enero 1, 2026

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#4 Tiempos

Obesidad infantil y los retos que representa en la sociedad actual

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Autor: Dra. Claudia Angélica Reyes Aguilar, pediatra certificada y estudiante de Maestría en Nutrición Pediátrica en Universidad Autónoma de Durango Campus Zacatecas.

Resumen

Evolutiva e históricamente, la obtención de alimentos ha sido una de las funciones básicas de los seres humanos. ¿En qué momento la elección de alimentos dejó de ser la ideal? La obesidad se puede definir como un estado de exceso de grasa corporal, predominantemente intraabdominal, que varía con la edad, sexo, genética o medio cultural y en la actualidad representa la enfermedad crónica nutricional no transmisible más frecuente, constituyendo uno de los problemas crecientes en la salud pública mundial.

Es una compleja combinación de factores que actúan en muchas etapas durante toda la vida de una persona y es importante saber que aquellos niños que los presentan constituyen un grupo vulnerable en el que se hace imprescindible comenzar tempranamente con estrategias de prevención.

Palabras clave: obesidad, alimentación, factores de riesgo, prevención

Abstract

Evolutionarily and historically, obtaining food has been one of the basic functions of human beings. At what point did the food choice stop being ideal? Obesity can be defined as a state of excess body fat, predominantly intra-abdominal, which varies with age, sex, genetics or cultural background and currently represents the most common chronic non-communicable nutritional disease, constituting one of the growing problems in global public health. It is a complex combination of factors that act in many stages throughout a person’s life, and it is important to know that those children who present them constitute a vulnerable group in which it is essential to start prevention strategies early.

Keywords: obesity, diet, risk factors, prevention.

Introducción

Evolutiva e históricamente, la obtención de alimentos ha sido una de las funciones básicas de los seres humanos. ¿En qué momento la elección de alimentos dejó de ser la ideal? Según algunos consensos, la etiología de la obesidad se relaciona con la occidentalización de los hábitos alimenticios y el sedentarismo. La etiopatogenia de la obesidad es compleja y heterogénea. Existen algunos casos en los que es posible identificar una causa primordial que contribuye a su desarrollo, como es el caso de ciertas enfermedades genéticas, patologías endócrinas, fármacos, etc.

Se entiende a la alimentación como el conjunto de productos consumidos por un individuo con objeto de procurarse satisfacciones sensoriales y cubrir los requerimientos de su organismo y el aporte necesario de nutrimentos. Es un acto social voluntario que ayuda a saciar las necesidades nutrimentales del cuerpo además de aquellas que tienen que ver con gustos, preferencias de sabores y la socialización.

A nivel mundial la prevalencia de obesidad en niños en edad escolar se ha incrementado en forma alarmante en las últimas décadas. La aparición temprana de obesidad durante la vida temprana se ha relacionado con enfermedades crónicas del adulto de comienzo cada vez más precoz.

En la actualidad representa la enfermedad crónica nutricional no transmisible más frecuente constituyendo uno de los problemas crecientes en la salud pública mundial

Definición

Actualmente es común escuchar que se usen los términos de sobrepeso y obesidad casi como sinónimos, pero es importante aclarar que el sobrepeso se refiere a un exceso de peso corporal comparado con la talla, mientras que la obesidad se refiere a un exceso de grasa corporal.

Como menciona Luján Sánchez et al (2010), la obesidad se puede definir como un estado de exceso de grasa corporal, predominantemente intraabdominal, que varía con la edad, sexo, genética o medio cultural (p19). También Pérez et al (2008) la define como el exceso de adiposidad corporal, debido a un desequilibrio energético ocasionado por una alta ingesta de energía superpuesta a un bajo gasto (p23). Y de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, la obesidad se debe definir como IMC ≥ a percentil 95 para el sexo y la edad.

Epidemiología

En México, de acuerdo con los datos de la ENSANUT 2018, el 22.2% de los niños de 0-4 años se identifica en riesgo de sobrepeso. En ese mismo año en población de 5-11 años, el 35.6% de los niños eran obesos y teniendo una incidencia mayor en la población urbana con un 19.5% en comparación con la población rural donde fue de 12.3%.

Estas cifras no varían mucho con la población entre 12-19 años, en donde tiene una prevalencia de 35.8%.

Puntualizando que los estados con mayor obesidad infantil son Veracruz, Quintana Roo, Colima, Sonora y Tabasco.

Etiología y factores de riesgo

Una tendencia importante de la biología del ser humano es el incremento de tamaño, conforme los niños van creciendo de igual manera van ganando peso. A los 4 meses de edad, se tiene gran cantidad de grasa, que disminuye de forma constante entre los 2 y 6 años. Sin embargo, si 1 niño es obeso entre los 6 meses y 7 años, la probabilidad de que siga siendo obeso en la edad adulta es del 40%. Si un niño es obeso entre los 10 y 13 años, las probabilidades aumentan al 70%. Esto se explica porque los adipocitos, se multiplican en esta etapa de la vida, por lo cual aumenta la posibilidad del niño de ser obeso en su vida adulta.

Burguete-García et al. (2014) hace hincapié en que la obesidad es una compleja combinación de factores que actúan en muchas etapas durante toda la vida de una persona y es importante saber que aquellos niños que los presentan constituyen un grupo vulnerable en el que se hace imprescindible comenzar tempranamente con estrategias de prevención. (p19).

La mecanización de nuestros trabajos, las mejores comunicaciones y mejor transporte han hecho que nuestro gasto energético disminuya sensiblemente en todas las edades y niveles sociales de una sociedad que es cada vez más urbana y menos rural. Más cercana y menos distante, sean cuantos sean los kilómetros que medien entre destinos. A ello han contribuido la TV, el abono al cable, la computadora, internet, los medios de transporte cada vez más accesibles, la falta de tiempo para hacer ejercicio, el temor a la violencia y a las drogas, la escasez de espacios públicos para la práctica de actividades deportivas, y la falta de apoyo gubernamental. Tal como lo comenta Carrasco y Galgani (2012).

Diagnóstico

Según López et al. (2010), “la grasa corporal no puede medirse en forma directa en los seres humanos, por ello hay varias medidas indirectas para usar en los niños y adolescentes”.

La primera sería realizar una adecuada anamnesis: peso y talla al nacer, comienzo de la lactancia y duración de la misma, edad del destete, edad de comienzo de la obesidad, tiempo que pasa en actividades sedentarias, enfermedades que padece, medicamentos que se le administran, etc. Evaluar su antropometría con indicadores del IMC, peso relativo del P/T (Peso/Talla), pliegues cutáneos, circunferencia de brazo, cintura, glúteos y exámenes de laboratorio: glucemia, perfil de lípidos, biometría hemática.

Complicaciones

Al hacer una búsqueda intencionada de las causas y entender su fisiopatología, así como el impacto que está causando a nivel mundial, tendríamos que saber que se pueden presentar complicaciones que dependen particularmente del grado de sobrepeso y del tiempo de evolución:

Complicaciones inmediatas: desviaciones de columna, arcos plantares vencidos, apneas del sueño y ronquidos, estrías en tronco y cara interna de muslo y acantosis nigricans en cuello. Así como consecuencias psicosociales producto de la discriminación que sufre el niño y el adolescente. (Kaufer-Horwitz, 2010, p 502).

Complicaciones a largo plazo: enfermedades cardiovasculares (hipertensión arterial a expensa de la sistólica y diastólica, isquemias coronarias) y metabólicas (dislipidemia, gota, diabetes tipo II). El síndrome metabólico está en la mitad de los obesos graves (49,7%) y en el 38,7% de los niños con sobrepeso. (Kaufer-Horwitz, 2010, p 504).

Prevención

Que los niños y niñas crezcan sanos, aprendan y se desarrollen adecuadamente, depende de gran medida de la alimentación que reciben en sus primeros años, es por eso que es necesario poder hacer la detección temprana del niño con factores de riesgo y poderlos prevenir desde al nacimiento. Por lo que Raimann y Verdugo (2011) no invitan a tener protocolos estandarizados, así como recomendaciones para disminuir el riesgo en estos niños.

Conclusiones

El desarrollo de la obesidad en la mayoría de los niños afectos tiene una etiología multifactorial sobre una base poligénica, dicha base poligénica tiene per se un efecto limitado sobre el fenotipo y únicamente su combinación con otras variantes predisponentes y sobre todo la concurrencia de factores ambientales favorecedores de obesidad, determinaran finalmente el desarrollo del fenotipo obeso.

La obesidad se ha convertido en uno de los más importantes problemas de salud pública.

El IMC es la medida estándar aceptada en los niños. Es igual al peso corporal (en kilogramos) dividido por la altura (en metros) al cuadrado.

La obesidad se define por un IMC > percentil 95 para la edad y el sexo (tablas del CDC) y el sobrepeso por un IMC de 85 a 95 percentil para la edad y el sexo.

Los niños y adolescentes con obesidad deben ser evaluados y tratados por un equipo multidisciplinario para el control del peso y de los síntomas relacionados con apnea del sueño, síndrome de hipoventilación por obesidad, deslizamiento de la epífisis femoral, tibia vara (enfermedad de Blount), depresión y trastornos de la conducta alimentaria.

Referencias

Burguete-García Ana I., Y. N.-V. (2014). Definiciones para el diagnóstico de síndrome metabólico en población infantil. Gaceta Médica de México , 79-87.

Carrasco Fernando, G. J. (2012). Etiopatogénia de la obesidad . REV. MED. CLIN. CONDES, 129-135.

Kaufer-Horwitz Martha, T. G. (2008). Indicadores antropométricos para evaluar sobrepeso y obesidad en pediatría. Medigraphic Artemisa, 502-518.

Lujan Sanchez Ana Maria, L. G. (2019). Obesidad infantil, la lucha contra un ambiente obesogénico. Revista de Posgrado de la vía cátedra de medicina, 19-24.

Navarro., D. B. (2010). Evaluación clínica y nutricia del niño con síndrome metabólico y obesidad. Revista de Gastroenterología de México., 220-228.

Pérez Elisa Cecilia, J. M. (2018). Epidemiología del sobrepeso y la obesidad en niños y adolescentes. Revista de Posgrado de l 16 a VIa Cátedra de Medicina, 16-20.

Raimannt Ximena, D. F. (2011). Actividad física en la prevención y tratamiento de la obesidad infantil. REV. MED. CLIN. CONDES, 218-225.

Yeste Diego, García-Reyna Norma, Gussinyer Sandra, Marhuenda Claudia, Clemente María, Albisu Marian, Gussinyer Miquel, Carrascosa Antonio (2008). Revista Española de Obesidad, 139-152.

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#4 Tiempos

“Yo no olvido al año viejo” Por: Jorge Saldaña.

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Amigos (y Culto Público, hoy la lista va extendida aunque muchos pertenecen a las dos)

La vida es un “viene, viene”.

A unas horas de que termine el 2025, comparto con ustedes que me han acompañado, una breve reflexión.

En esta ocasión desde una calma y claridad especial, escribo desde algunos recuerdos, seguro también que desde muchos olvidos, lo mismo que de pequeños éxitos y fracasos por los que he transitado este año que fenece, y que he convertido según yo en aprendizajes.

Todos estos (y los que olvido) los quiero compartir con ustedes, y si de algo sirven, pues qué mejor.

Este 2025 no fue de certezas, pero sí de enseñanzas de las que se quedan tatuadas.

Aprendí a no creer en los “yo nunca te haría eso”, lo mismo que a desconfiar de mis “nunca diría eso”.

Aprendí que nunca acabamos de conocer a los demás ni a nosotros mismos, y que no sabemos quienes somos cuando nos acompaña el miedo, el poder o la prisa.

Aprendí que a veces las cosas no pasan como uno las piensa, pero definitivamente sí como uno las siente.

Sentir si es real, el dolor que sentimos o hacemos sentir existe, y por lo tanto, hay que ser cuidadosos y empáticos en dos vías: en la de no permitir heridas, ni en cometerlas.

El tiempo no regresa, las cosas que ya pasaron, no vuelven (bendita entropía), pero los demás fuegos si deben ser aliviarlos. Lo merecemos. Se los deseo.

Aprendí este año que por pesos y absurdos malos entendidos, hay quien te patea hasta el parentesco, cambiando así, de por vida, los próximos encuentros: que de lo que pudieron ser fiestas y abrazos, pasarán a ser funerales y pésames. Lamento mucho la pérdida, pero aprecio más el cambio.

Siempre será mejor saber quién es quién, y con quien no volver a contar jamás.

También aprendí que prestar dinero a los amigos no es malo, lo malo es prestarlo a quienes en realidad nunca fueron tus amigos, esos que no vuelven, ni mucho menos devuelven…

(Los pueden distinguir porque suelen ser los más fanfarrones) ¿Te suena Daniel Díaz Félix?

La ganancia es que por unos pesos te deshaces de ellos para siempre, te dejan de hablar y te agachan la mirada. No tendrán cara de pedirte jamás y eso también suma.

Aprendí en este camino que hay tres posibles explicaciones sobre el amigo que te cuestiona sobre cuánto tienes:

Que debe ser muy pobre, o que por mucho que tenga, internamente nunca ha conocido la satisfacción de lo suficiente, o hay algo que te envidia que jamás podrá comprar.

Lo compadezco, lo abrazo y le deseo valores y experiencias de las que llenan el alma y no las cuentas.

Ahí mismo, aprendí que la vida simple es un lujo: dormir tranquilo, no dar explicaciones, no intentar demostrar nada, reír sin público, escribir para uno, y estar en paz con la propia conciencia y la honestidad intelectual.

También aprendí a no mencionar a quien no merece mención. Punto.

Entre otras duras pruebas, aprendí (y sigo aprendiendo) que es muy complejo tener a dos amigos arriba del ring, porque moverse un milímetro en esa delgada cuerda floja que separa una esquina de otra, puede interpretarse como traición o deslealtad, por lo tanto, decidí hacer lo que me corresponde: no traicionarme a mi mismo… y nada más. Por mi, que suene la campana el día que quieran.

Otra cosa de las que caí en cuenta este año es que a veces las cosas que parecen salir mal, al final resultan salir bien, por ejemplo: aprendí que algo tan inocuo como aplaudir en unos tacos me expulsó violenta y dolorosamente de una historia, pero a la distancia el resultado fue maravilloso, porque en esa historia nunca fui querido, ni protagonista.

Al mismo tiempo, los aplausos taqueriles rompieron hechizos del pasado, y el eco de aquel aspaviento me colocó en un camino de Damasco.

En resumen, el gesto al principio castigado, resultó ser una de las mejores cosas que he hecho en mi vida. (Igual fue pura suerte).

Este año también aprendí a tomar decisiones, que aunque parecen menores, me son importantes.

Prometí por ejemplo, que seguiré sin usar jamás herramientas como Tinder y similares. No quiero ofrecerme como vínculo disponible en catálogo portátil.

Respeto y no juzgo a quien usa esas herramientas, pero les deseo de todo corazón que en su permanente búsqueda de novedad (y no de verdaderos vínculos) no caigan en el vicio de las primeras citas, es decir, las de la satisfacción inmediata y desechable.

No les vaya a pasar lo que a las flores, que por lo efímero de sentirse deseadas por toda la colmena, y atender a todas las abejas, al final terminan vacías, solas y marchitas.

Aprendí de igual forma a vivir los duelos, pero también a soltarlos. A reconocer mis sombras sin dejar que me gobiernen.

Aprendí que hay gente que se queda, que baja a tu sótano sin juzgar y que eso vale más que mil palabras.

El año se va. Yo me quedo, pero más liviano, más consciente y con ganas genuinas de lo que viene.

Porque, como dije al principio, la vida siempre viene…siempre.

Viene en el siguiente respiro, en el siguiente amanecer, en el siguiente segundo, en el siguiente suspiro, en la siguiente elección, en la siguiente columna, en el siguiente semáforo, en mañana, en el día primero…siempre viene y viene… y solamente una vez se va.

Pero mientras tanto -mientras no se va- los invito con el aprecio que tengo a todas y todos, a dejar que venga, y así como llegue, la convirtamos momento a momento en experiencia, en aprendizaje, en oportunidad de metamorfosis, en crecimiento, en nuevo comienzo, en perdón, en risa, en dolor del que transforma, o en suspiro del que alivia.

Les deseo que en 2026, con todo lo que traiga, dejemos más huellas que cicatrices.

Les deseo que todo lo bueno los alcance, que lo necesario los encuentre y lo bonito siempre se quede.

La vida viene,
Perdonar es seguir;

Con todo cariño:

Jorge Saldaña.

(PD: No hay explicaciones, reclamos, devoluciones ni debates, si lo leyó fue bajo su propio riesgo)

Hasta el próximo año y Feliz año. 😉

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#4 Tiempos

Otro año de mi vida | Columna de Carlos López Medrano

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Mejor dormir

 

Volví al gimnasio y luego dejé de ir. Desde la noche de un hotel en Querétaro, envié un último mensaje para intentar conectar con una chica, y después no volví a acercarme en absoluto. Ha sido un año de desprenderme con facilidad, de aprender a alejarme de aquellos lugares en los que uno debe esforzarse demasiado para obtener algo que debería caer con la naturalidad de una hoja seca en otoño.

Me invitaron a un seminario sobre migración impartido por un sociólogo de la Universidad de Beirut; escuché con atención durante dos horas y, al final, no supe qué preguntar ni anotar, simplemente me fui.

Después de una cita fallida entré al cine a ver Parthenope, de Sorrentino, uno de los míos, y quedé cautivado. Me remitió a aquellas películas que de niño veía de madrugada en Canal Once y que forjaron buena parte de mi educación sentimental: filmes que avanzaban con un tempo peculiar, casi distraído, y que te hacían desear estar lejos, con esa gente y en esas pinceladas de conversación. La considero una de las películas de mi vida; varios de sus fragmentos regresan a mí de vez en cuando, como ocurre con las obras definitivas. Estaba ya todo previsto con esa otra mujer cuyo nombre empezaba con las mismas letras, aunque entonces no lo supiera.

Fantaseé con la idea de ir a lugares a los que no fui y me sorprendí visitando otros que jamás imaginé conocer. Supe de los Zo’é, una tribu del Pará brasileño en la que las mujeres tienen varios maridos. Un amigo, exiliado nicaragüense, me habló de sucesos paranormales, y sobre todo de lo difícil que resulta lidiar con estadounidenses como parte de su trabajo. Ese mismo día tuve la única cita de mi vida en la que no sentí el menor interés por besar a la contraparte.

Quedé deslumbrado por un caballo llamado Calven Cool en un evento de equitación, aunque un poco menos que por la belleza de la mujer que lo montaba. Probé más vinos que nunca. Mis favoritos, sin orden en específico: el Xolo Nebbiolo del Valle de Guadalupe; el Saperavi de Moldavia; un Josh Cellars Reserve de North Coast; el Pradorey Reserva 2019 de Finca La Mina; un tinto Pesquera Reserva 2020; un Félix Callejo 2018 (el mejor, tal vez); un Gran Valtravieso Reserva 2015; un Cru Garage Nebbiolo 2020; un Taparacá Gran Reserva 2015, abierto en el momento exacto por mi amigo Luis Ángel; un Sirius 2019; The Prisoner Red Blend; el Mas La Plana Cabernet Sauvignon y un Marqués de Murrieta Reserva. Constelación púrpura.

Compré una edición estadounidense de El gran Gatsby, con un fotograma de Robert Redford y Mia farrow como portada (en la adaptación cinematográfica de Jack Clayton de 1974). Cada vez que tengo una edición de esa novela entre las manos leo el inicio y el final: una de las mejores aperturas y, sobre todo, uno de los mejores cierres de la literatura estadounidense. Y así vamos, botes contra la corriente, arrastrados sin cesar hacia el pasado.

Coqueteé, al fin, con la comida del mar, con resultados irregulares. Bien: ceviche negro en Manzanillo (entré al puerto y me regalaron una medalla); carpaccio de salmón en San Miguel de Allende; tostada de atún fresco con base de hummus en Al-Ándalus. Mal: taco de marlín ahumado. Fatal: un trozo de pato frito, que no es comida de mar. Hay que estar realmente mal para comerse a un animal tan simpático como el pato.

Un amigo me contó su aspiración de abandonar su trabajo como director corporativo para volverse cantante. Caminé bajo el sol de Amealco hasta encontrar una taquería llamada Chayan, aunque no pedí nada. Vi una película en la que uno de los personajes dice: «Cambia de cara o te quedarás fea y sola en tu rincón». Fui feliz deambulando por San Ángel; el Templo del Carmen quizá sea mi lugar favorito de la Ciudad de México. Vi un lápiz colgado en una galería de arte contemporáneo.

Visité por fin Veracruz, uno de los estados que me faltaban. Conocí gente entrañable en Coatepec; una de ellas me regaló un chile habanero que guardé en el bolsillo hasta mi regreso a casa. En esas calles con olor a café —el cursi cliché resultó cierto— un gato negro iluminó mi noche con sus ronroneos mientras se restregaba en mis piernas. Comí en un poblado de menos de cinco mil habitantes y me enfermé del estómago. Débil, con náuseas, caminé por Córdoba buscando algo que me ayudara, pero acabé comiendo tacos árabes de cerdo.

Fui a la UNAM un 14 de febrero y añoré la vitalidad y facilidad romántica de aquellos muchachos de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, un aura entrañable, aunque ya solo dispuesta a lo lejos, sin dejarse tocar.

Usé un extinguidor por primera vez. Tuve un déjà vu en una zona residencial de Campeche, como si hubiera vivido ahí de niño, aunque era la primera vez que pisaba ese lugar. Acabé con el cuerpo raspado tras una capacitación de seguridad en un campo militar, en la que conocí personas bastante simpáticas de otras ciudades. Tomé un negroni mientras veía pasar una cucaracha en la cantina El Tío Pepe, en el Centro Histórico.

Vi por segunda vez al Liverpool ganar la Premier League. Conocí a Luis Pérez Sabido, autor de la letra de «Yo sé que volverás», en un entrañable local de dueños cubanos en Mérida. Tomé vino japonés y recorrí de noche el Museo de las Culturas con colegas y la ayuda de lámparas de celular. Probé un licor japonés llamado Shibitakojo Kuro Kirishima Genshu que me resultó mucho mejor que el sake, pero que no me atreveré a pronunciar en un bar.

Las habitaciones de Médica Sur me parecieron superiores a las de muchos hoteles. Coincidí con alguien a quien no veía desde hacía años; como aquella última vez, nos cruzamos por azar en una ciudad inmensa entre millones de habitantes, pero esta vez ya no nos saludamos. Encontré una nota tirada en la calle: «$150 de bistec, ¼ de chuleta ahumada, ½ de jitomate (6)». La reunión de Oasis me sacó del retiro de conciertos; fui a la segunda fecha y pensé que, aunque lo creamos, nunca nos alejamos tanto de la adolescencia.

Estado de ánimo: fastidiado. A menudo me sesentendido por días de otras personas y de lo que importa.

Unos admiradores de Pulp me invitaron a escuchar el nuevo álbum en un sitio especializado y recordé cuánto me gustaba esa banda; su concierto de 2012 en el Palacio de los Deportes sigue en mi top cinco de eventos musicales. Pedí un coctel malo con sabor chícharo solo porque se llamaba como mi canción favorita de Bob Dylan: «Simple Twist of Fate». Una amiga dedicada a la medicina me habló de su road trip universitario por Francia y España y de su deseo de repetirlo algún día.

Recuperé mi reloj favorito gracias a un relojero avezado que tardó un año en encontrar la refacción de un reloj ya descontinuado que nunca se vendió en México. Me reencontré con una compañera de secundaria después de veinte años;

quizá pasen otros veinte antes de volver a verla (o ni eso). Caminé por Iztacalco, Tláhuac e Iztapalapa por primera vez, con esa atmósfera tan aparte. Me faltan Milpa Alta y Magdalena Contreras para cerrar el circuito de la Ciudad de México, aunque no llevo ansias.

Un amigo de San Luis y su hija vinieron de visita y comimos como si el tiempo no hubiera pasado, aunque claramente sí lo había hecho. En Coyoacán, una chica me dijo que sus abuelos se conocieron cerca de ahí. Luego fuimos a uno de mis Sanborns favoritos. El pastel que comí en mi cumpleaños llegó desde San Luis de parte con la persona que me mantiene conectado por allá.

Falleció mi abuelo materno; siempre llevaré conmigo su nobleza y hedonismo. Vinimos a estar sentados y tomar una copa. Llevó una vida buena y tranquila. Me conmoví leyendo la autobiografía del papa Francisco y me desarmé al releer la contundencia del Credo católico, que no repasaba desde que era niño.

Hablé de jazz —esa vieja amante a la que había oxidado— con una gran conocedora del tema. Recordé mis primeros contactos con el género, hace más de veinte años, con el Kind of Blue de Miles Davis y el Blue Train de John Coltrane, que marcaron al jazz como algo definitivamente nocturno y azul para mí.

Titular de una vieja revista encontrada en San Fernando: «El peligroso acto de tragar espadas». Hubo una sola canción de los Stones a la que recurrí con constancia: «Fool to Cry». Fui jurado en una cata de vinos españoles, aunque las quince copas me supieron casi iguales porque apenas salía de una gripe prolongada.

Platiqué sobre música con un grupo de guatemaltecos mientras nos guarecíamos de la tormenta bajo una pequeña estructura de lámina, una versión chabacana de Lifeboat o Extraños en un Tren. Canté «Romance te puedo dar» en un karaoke con japoneses. Vi un par de veces a Ana, a quien aprecio, aunque no lo muestre de forma alguna. No tengo mucho por ofrecer.

Inicié el año en San Luis Potosí. En una pared leí: «Sal del bucle, cierra el círculo». Una muchacha punk me regaló un pin en el Bizarro Café. Le pedí a un peluquero que no me cortara mucho el cabello y me lo cortó mucho. Un chef de la costa del Pacífico me animó a comer un taco de lengua, algo a lo que hasta entonces me había negado rotundamente por darme repelús. El sabor fue maravilloso, pero intuí que fue por una preparación muy especial que no sé si encuentre en otro lado.

Pensé que debería filmarse una película nocturna en el Club France. Fui a bares con una mujer que no bebía. Encontré una carta intensa entre las páginas de un libro que hace mucho no abría; al leerla me sorprendí al no recordar el nombre de la autora y lamenté que no viniera firmada. Llegué tarde a un evento de L’Oréal.

Una desconocida en la calle me regaló una bolsa de tela luego de que se me rompiera la bolsa de papel en la que llevaba unos aguacates y estos cayeran dramáticamente al suelo. Fue uno de los mayores actos de bondad que recibí el año y reconocí nuevamente ese aire de misericordia que hay en las mujeres mexicanas. En los peores momentos siempre ha habido una mujer dispuesta a ayudarme.

Escuché sobre todo Beatles, boleros y canciones románticas, convencido de que los Beatles son una banda latina. Regalé un poemario que no fue valorado. Una piña, la última foto de un celular que perdí y que de manera infructuosa (y absurda) intenté rescatar al otro día en Iztacalco.

En medio de una reunión, me desencajé al enterarme de la muerte de Diane Keaton, esa mujer que muchos hombres buscamos y que, cuando se va —cuando se vuelve inalcanzable o simplemente desaparece—, queda adherida a la memoria para el resto de los días. Pensé entonces en la escena de las langostas de Annie Hall, un pequeño tratado sobre los amores irrecuperables: aquellos que creemos haber dejado atrás, pero que en realidad siguen ahí, acompañándonos, discretos y persistentes, como una forma añeja del recuerdo.

Fui a san Miguel de Allende después de más de veinte años; vi a un perro con las cejas pintadas, compré una figura de San Miguel Arcángel y me dio un ataque de tos antes de una reunión de trabajo. Una muchacha sentada en una banca me recordó a alguien del pasado. Probé ron de Santa Lucía y un destilado danés llamado Empirical que me invitó Clover, la talentosa hija de mi amigo Oswaldo.

En Insurgentes Sur, un anciano con el rostro cubierto por un paliacate me gritó «ÁNIMO, GÜERO, ÁNIMO» con tal enjundia que me levantó la emoción perdida, lo cabizbajo.  Pensé que a menudo Dios se manifiesta a través de personas que están ahí afuera, aunque luego desaparezcan en la esquina.

Di un tour de 5 minutos por un museo a unos visitantes del exterior antes de que tuvieran que correr al aeropuerto para olvidarse de México. Una persona muy generosa preparó tinga para mí, entre otros detalles invaluables. Leí que en Año Nuevo los griegos untaban aceite en la frente a los niños deseándoles que vivieran tanto tiempo como los olivos.

En la Narvarte vi a un amigo más ilusionado que nunca. Otro amigo cumplió dos años con su novia y lo vi más ilusionado que nunca (y me regaló unas plumas que me inspiraron a volver a escribir). Y aquí estoy, con la esperanza de escribir más el próximo año.

 

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El Cronopio

Gonzalo Celorio, su relación con San Luis Potosí | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

 

Cerramos las entregas de El Cronopio del 2025, con el caso del ganador del Premio Cervantes 2025, el máximo galardón de las letras castellanas que fue otorgado a Gonzalo Celorio, escritor mexicano que se une a los seis mexicanos que han sido galardonados con este importantísimo premio. Octavio Paz (1981); Carlos Fuentes (1987); Sergio Pitol (2005); José Emilio Pacheco (2009); Elena Poniatowska (2013); y ahora Gonzalo Celorio, Reconocido por su “hondura reflexiva” y su defensa de la lengua española, el premio reconoce la obra de Celorio por su elegancia literaria, su lucidez crítica y su capacidad de explorar los matices de la identidad y la memoria. Pero también invita a mirar hacia atrás y recordar a los autores que antes que él, llevaron el español de México a la cima del mundo hispánico. El premio será entregado en abril del 2026 en el paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares en España.

La familia de Gonzalo Celorio está relacionada con San Luis Potosí, pues su padre al ser comisionado como inspector de timbres traslado a su familia a fines de la década de los treinta y principios de los cuarenta a radicar a San Luis Potosí, donde nacerían tres de los hermanos Celorio Blasco; Gonzalo Celorio nació en la Ciudad de México a donde fue su familia en ese peregrinar de trabajo del padre de Gonzalo, que lo llevó como trashumante a vivir en La Habana, Cuba donde nacieron sus primeros hijos, Estados Unidos, Guadalajara, San Luis potosí y México entre otras poblaciones.

La familia Celorio echaría ciertas raíces en San Luis, uno de los hermanos mayores de Gonzalo, Alberto Celorio, iría a radicar a Matehuala a regentear una tienda de sombreros y textiles propiedad de Santiago Vivanco, familia con la que tuvieron una relación muy cercana, y quien sería presidente Municipal de Matehuala en la década de los cincuenta.

La abundante biblioteca de Gonzalo Celorio inició al heredar una de las colecciones que su familia paterna comprara en San Luis Potosí, la enciclopedia juvenil ilustrada, lo que de cierta forma lo fue orillando al mundo de las letras.

Como parte de su formación, en los periodos vacacionales de estudios, entraba a trabajar con sus hermanos, de esta forma estaría en varias ocasiones viviendo en Matehuala,

mientras trabajaba en la tienda de su hermano Alberto.

Parte de esa vida relacionada a San Luis es narrada en la saga dedicada a sus orígenes y que publicara en la editorial Tus Quets, Tres lindas cubanas, los apostatas y la más reciente ese montón de espejos rotos.

Este año de 2025, ha sido un año de reconocimientos, pues además de haber sido nombrado ganador del premio Cervantes, recibió la Medalla José Vasconcelos, que se une a los Premios Xavier Villaurrutia en 2023; el Premio Nacional de Ciencias y Artes en el 2020 en el campo de Lingüística y Literatura; El premio Mazatlán de Literatura en el 2014; el Premio Novela IMPAC-CONARTE-ITESM en 1999; y el premio Prix des Deux Océans (Biarritz 1977).

Gonzalo Celorio ha sido profesor de literatura en la Universidad Nacional Autónoma de México desde 1974, donde ocupa la cátedra “maestros del exilio español”. En 2019 fue elegido director de la Academia Mexicana de la Lengua y su obra ha sido traducida al inglés, francés, italiano, portugués, griego y chino.

Entre sus obras como ensayista y narrador se encuentran sus novelas Amor propio (1992), Y retiemble en sus centros la tierra (1999), y la trilogía “Una familia ejemplar”, formada por Tres lindas cubanas (2006), el metal y la escoria (2014) y los apostatas (2020), así como los ensayos El viaje sedentario (1994), México, ciudad de papel (1997), Ensayo de contraconquista (2001), cánones subversivos (2009) y Del resplandor de la lengua española (2016); Mentideros de la memoria (2022).

Reavivar su obre a través de la lectura es el mejor homenaje que podemos hacerle a este importante escritor mexicano que pone en alto las letras mexicanas y del que podemos recrear parte de la historia potosina en con sus obras de la saga familiar.

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