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Una nueva constitución | Columna de Víctor Meade C.

SIGAMOS DERECHO. 

El día de ayer, los y las ciudadanas de Chile aprobaron mediante un plebiscito la abrogación de su Constitución vigente, que fue promulgada por el dictador Augusto Pinochet. Para esto, el plebiscito preguntó: “¿Quiere usted una Nueva Constitución?”; y “Qué tipo de órgano debiera redactar la Nueva Constitución?”. Esta última pregunta dio la opción a los chilenos de escoger si querían que la nueva constitución fuera escrita por un congreso mixto —políticos y ciudadanos— o por un congreso constituyente, conformado solamente por ciudadanos. Evidentemente, ganó la segunda opción.

El pueblo chileno ahora tendrá que volver a salir a votar en mayo del 2021 para elegir a las y los 155 ciudadanos —repartidos equitativamente— que conformarán el congreso constituyente, en donde también están contemplados lugares para los representantes de los pueblos indígenas. Este momento histórico habrá de aleccionar al mundo entero: en plena pandemia, los chilenos han demostrado que sí es posible dejar atrás los vestigios de un pasado indigno de ser recordado. A través de un ejercicio democrático ejemplar, la ciudadanía chilena se volcó a las urnas para decidir, sin dejar fuera a nadie, el nuevo rumbo de su país.

Sin el afán de hacer que todo lo bueno o malo que le pasa a los demás se trate de nosotros, considero que sí es de suma importancia que, como mexicanos, aprendamos de lo sucedido.

La primera lección que nos dejó la jornada electoral del día de ayer es la importancia de la protesta y de la lucha social como un verdadero agente de cambio. Desde que terminó la dictadura, diversos grupos han salido a protestar por distintas causas, con el fin de resolver las deficiencias y desigualdades que dejó Pinochet. Sin embargo, en octubre del año pasado se desató una serie de protestas que movilizaron a millones de personas. A este estallido social se le puede atribuir como resultado, en buena medida, el plebiscito para redactar una nueva constitución. Ojalá lo tengamos en mente cuando sintamos apatía por las protestas y las causas que le duelen y aquejan a los mexicanos; o cuando sintamos la necesidad de decir que “esas no son formas de protestar”.

En segundo lugar, el caso chileno ha dejado claro que la respuesta —o, al menos, una de las respuestas— a los problemas del país es la opción más obvia, pero a veces no la más clara: ponerse a trabajar en serio. Chile ha optado por un cambio de fondo, por una verdadera transformación a su régimen. Por un lado, llevaron a cabo un proceso de consulta popular sin preguntas facciosas, sin poner en duda su legitimidad y en un lenguaje extremadamente sencillo y fácil de comprender. Por otro lado, obtuvieron un resultado que también nos dice mucho sobre el contexto chileno: casi el 80% de los participantes votaron en favor de la nueva constitución. Esto quiere decir que, previo a la consulta, existió un procedimiento serio de publicidad para informar a la población de la
problemática en cuestión.

Dice mucho del proceso de consulta popular en México cuando la única publicidad es la que viene todos los días desde la Mañanera, o la que escuchamos de la extrema “oposición”. Dice mucho, también, que el presidente decida de manera completamente discrecional qué temas sí van para consulta y cuáles no. De la Suprema Corte, ni hablar; el hecho de que el Ministro Presidente le tire línea a sus compañeros y compañeras ministras sobre la postura a seguir, y que además el voto de la mayoría sostenga con alfileres la constitucionalidad de la consulta también emite un mensaje
clarísimo.

En tercer y último lugar, habrá que tomar nota de la manera en que se llevo a cabo la jornada electoral: las medidas de distanciamiento social fueron eficaces, hubo transporte público gratuito y destinaron horarios exclusivos para adultos mayores. No hubo enfrentamientos, violencia ni votos robados; claramente tampoco se les cayó el sistema. Lo que sí hay que tomar en consideración es que Chile es un país de 20 millones de personas; México tiene 100 millones más. El día de ayer votaron 7 millones de chilenos, pero aun así probaron que con organización y arreglo, sí es posible tener votaciones ordenadas, en donde nunca se dude de su legitimidad.

El caso de ayer sin duda demuestra que la democracia se construye todos los días. El año pasado, por estas fechas, precisamente, todo Chile estuvo enfrascado en una jornada de protesta con
represiones violentas por parte de la policía. Un año después, la ciudadanía logró reunir las voces de todos, sin descalificaciones, para darle un nuevo rumbo al país entero. Evidentemente no optaron por frivolidades como una Constitución Moral (lo que sea que eso signifique) o por simplemente descalificar a las voces disidentes; Chile está ofreciendo un respiro de esperanza para todas las tambaleantes democracias de América Latina.

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