mayo 19, 2026

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#4 Tiempos

Una ciencia muy triste | Columna de Juan Jesús Priego

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El hombre llevaba allí, esperando el milagro, la bagatela de 38 años. Se dice rápido, pero en aquel entonces 38 años eran toda una vida.

Según la creencia de los judíos de la época, cada determinado tiempo –aunque nadie sabía con exactitud cuándo- un ángel bajaba a agitar con sus alas el agua de la piscina, y quienes se zambullían en ella justo en el momento en que el mensajero de Dios hacía su aparición, quedaban curados de sus males, cualesquiera que éstos fueran. Pero el hombre era paralítico y cuando con mucha dificultad alcanzaba finalmente la piscina, el ángel ya se había ido. Siempre era así, año tras año, vez tras vez.

Un día; sin embargo, alguien se acercó a este hombre y le preguntó:
«¿Quieres curarte?». Respondió el enfermo con marcada amargura: «Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando el agua ha sido agitada, porque mientras voy, otro entra antes que yo».

Le dijo entonces el extraño visitante: «Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa». El hombre se levantó, conforme le había sido ordenado, tomó su camilla y ya se marchaba cuando escuchó esta severa advertencia: «Mira que ya estás sano; no peques mas, si no quieres que te suceda algo peor» (Cf. Juan 5, 1- 16).

El lector moderno se queda perplejo ante estas últimas palabras del Señor. En efecto, ¿qué tiene que ver el perdón con la salud, o, visto desde otro ángulo, el pecado con la enfermedad?

En tiempos de Jesús el hombre aún no había sido partido en alma y cuerpo (estas divisiones son de origen griego, no judío) y era evidente que lo que le sucedía en el alma repercutía más tarde también en su cuerpo, y viceversa. ¿Lo que sufría el paralítico del evangelio era, pues, una enfermedad anímica que no hizo más que exteriorizarse en la forma que ya sabemos?, ¿un mal anímico que luego se somatizó? Todo parece indicar que sí; de otra manera, Jesús se habría limitado a curarlo, omitiendo toda alusión al pecado y al arrepentimiento. De hecho, en otro lugar del evangelio, cuando los discípulos, al ver a lo lejos a un ciego de nacimiento, le preguntaron si éste había nacido así a causa de sus propios pecados o más bien de los de sus padres, Jesús les respondió de esta manera: «Ni él pecó, ni pecaron sus padres» (Cf. Juan 9,1).

¿Qué habría sufrido aquel paralítico en su niñez o en su juventud para acabar en el estado en que ahora se encontraba? Hoy esta evidencia de que «lo que afecta al alma afecta igualmente al cuerpo» se ha perdido casi por completo en los círculos más serios y científicos de la sociedad, y, así, vemos a psicólogos y terapeutas ocupados en curar los síntomas, pero olvidándose lindamente de las causas que los han originado.

Recuerdo la historia de una mujer separada de su marido desde hacía diez años. Su psicólogo le había recomendado un potente fármaco para combatir sus constantes ataques de angustia, pero ella seguía igual; había incluso repasado toda la farmacopea pertinente al caso, pero no por eso se sentía mejor. Ahora bien, no era necesario ser psicólogo para darse cuenta de que lo que esta mujer sufría era una enorme pena por haber abandonado a su esposo precisamente cuando éste más lo necesitaba y, sobre todo, por haber provocado que sus tres hijos crecieran


sin la presencia protectora del padre.

En casos como éste, ¿para qué sirve un antidepresivo? ¿Puede un ansiolítico curar la falta de amor, o la nostalgia, o la pena, o la culpabilidad, o el remordimiento? Pero a su psicólogo le parecía que no era de su competencia hacer juicios morales –aconsejándole volver a su casa-, de modo que se limitaba a extenderle una receta cada mes y a cobrar sus honorarios.

Otro caso. Un hombre, casi empujado por un terapeuta, abandonó a su esposa y a sus hijos para irse tras lo que él llamaba «el amor de su vida». El consejero le advirtió que debía hacerlo, pues uno tiene que ir siempre a donde el corazón nos lleve. Muy bonito, es verdad, y muy romántico. Pero me pregunto si los ataques de pánico que este hombre empezó a sufrir poco después no se debían, más que a otra cosa, al hecho de haber renunciado a sus deberes de esposo.

Muchas de estas curas psicológicas, como se las llama, ¿no se parecen al acto de barrer el cuarto para echar después la basura debajo de la cama?

Escribió hace poco la doctora Hellen Goodman, famosa psicóloga norteamericana: «La palabra mal no me viene fácilmente a la boca. Sin embargo, hay veces en las que uno se pregunta si el haber reemplazado el lenguaje de matriz religiosa por una terminología laica de mayor aceptación no haya producido, al mismo tiempo, una suerte de lobotomía moral. Pudiera ser que nuestro rechazo a expresar juicios morales nos haya hecho incapaces de expresar todo tipo de juicios».

Que la psicología haya acabado convirtiéndose en una ciencia como cualquier otra fue sin duda algo muy positivo; pero por haber renunciado a emitir juicios de valor acabó convirtiéndose, sin quererlo, en una ciencia muy triste (Theodor W. Adorno).

Así escribí hace muchos años en Tiempo y silencio [Madrid, Fundación Emmanuel Mounier, 2006], y lo que dije entonces lo digo ahora, pues las cosas no han cambiado nada desde entonces: «La psicología ha renunciado a abordar los problemas éticos que subyacen a muchos problemas psicológicos para ocuparse únicamente de la motivación de sus pacientes… Lo que en la actualidad busca la psicología es que las personas se mantengan en pie y trabajando, aunque sus problemas más hondos –que casi siempre son de carácter ético o religioso- permanezcan sin resolver. Cómo mantener el equilibrio en medio del caos: he aquí no sólo el subtítulo de un libro de Arthur Jeon acerca de la difícil vida en la ciudad (Dharma urbano), sino el programa general de la psicología en tiempos posdemocráticos y posmodernos».

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El Cronopio

El formador de humanistas, Villaseñor Tejeda | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

Hace setenta y un años iniciaban las actividades académicas de la extinta Facultad de Humanidades de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí (UASLP) desaparecida ignominiosamente por motivos políticos en 1962. La UASLP caía en un largo periodo de oscurantismo del que costó salir, en la década de los ochenta, con el esfuerzo de la planta académica que comenzó su formación en la propia UASLP y que redondeara esa formación en universidades e instituciones de vanguardia a nivel mundial.

Sesenta años después se restablecían en la UASLP estudios humanísticos y sociales. Los primeros tiempos de aquella Facultad de Humanidades fueron brillantes y una pléyade de profesores figuraron en el claustro académico de la UASLP, muchos de los cuales han caído en el olvido y que hemos estado recordando en esta columna, tanto a profesores como profesoras que aparecen en el libro Damas de Potosí, perfiles publicados en La Orquesta.

En cuanto a la licenciatura de filosofía, activa en la actualidad en la UASLP, que cumple once años de ser reactivada, pues esta carrera era una de las carreras que existían en aquella Facultad de Humanidades, requiere conocer sus antecedentes y principalmente los profesores que le dieron vida en la década de los cincuenta y principios de los sesenta.

Uno de esos profesores fue José Villaseñor Tejeda, que impartió cátedra en la Facultad de Humanidades potosina de enero de 1958 a agosto de 1962, año y mes en que fue cerrada. A decir de Josefina de Ávila Cervantes, estudiante y profesora de la mencionada Facultad y de quien hemos tratado en esta columna, “el profesor Villaseñor fue el eje silencioso del cual partían y al cual volvían maestros y alumnos”.

En ese lustro de trabajo en la UASLP por formar maestros en filosofía y en letras escribiría su Introducción a la Filosofía, su estudio sobre la Crítica de la Razón Pura y sus ensayos sobre Sócrates, Freud, Proust, Dostoievski, el humanismo y otros temas que fueron publicados en la Revista de la Facultad de Hum anidades, en Letras Potosinas y en Vitral, revista del Instituto de Cultura Superior, así como escritos inéditos consistentes en investigaciones filosóficas, ensayos sobre arte: pintura, cine, literatura.

José Villaseñor Tejeda murió joven, a los cuarenta años, el 23 de diciembre de 1968 en la Ciudad de México a donde fue a laborar al Instituto de Cultura Superior después del cierre de la Facultad de Humanidades. En ese Instituto reestructuró el curso filosofía de la religión que había iniciado en la UASLP. 

Villaseñor comenzó sus estudios de filosofía en el Seminario Conciliar de México y para 1947 pasó a la Universidad Nacional Autónoma de México donde terminó sus estudios de maestría en filosofía. Al terminar, ingresó como profesor a la Universidad de Guanajuato donde laboró por un poco tiempo al renunciar en protesta por el despido de un grupo de compañeros de trabajo tratados injustamente por las autoridades escolares.

Su compañera de aventura académica en la UASLP, la mencionada Josefina de Ávila lo retrata en un comentario de recuerdo: “La contrapartida de su historia -la que ofrece tan poco a aquellos que esperan todo de los hechos-, fue (usando términos suyos), su intrahistoria. Para quienes no traducen su propia existencia como un activismo urgente y aceptan, por el contrario, que la aventura del espíritu no puede ser corrida con la esperanza de una respuesta concreta y tranquilizadora sino con la pura actitud contemplativa, encontrarán en su obra una invitación a detenerse ante el misterio develable que envuelve y penetra esto que llamamos el Universo”.

El recuerdo de quienes contribuyeron al desarrollo de nuestras instituciones y, participaron en la formación de la juventud potosina y profesionales que contribuyen al desarrollo social es imprescindible en una institución que se jacta de ser representativa de la educación superior en el país; pero más importante es darles vida manteniendo su obra en difusión.

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Acento Ajeno

Educar en el siglo veintiuno es un acto de fe, no solo de vocación | Columna de Haniel Valdés Velázquez

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ACENTO AJENO

Por: Haniel Valdés Velázquez

¿Te has fijado que en las escuelas hay muchas maestras y maestros veinteañeros o apenas llegados a sus treintas? Hay mucha gente joven llevando en sus hombros el futuro de este país.

Muchos recién egresados de las universidades están eligiendo el magisterio como forma de vida, muchos viven hoy de formar nuevas generaciones, de enseñar lo que pocos años antes aprendieron. Y creo que no lo ven solo como un trabajo, lo ven ya, quizás inconscientemente, como su misión de vida.

Las redes sociales se han llenado de nuevos maestros que comparten sus experiencias, sus historias frente a un aula, y están construyendo una forma distinta de educar, una de cercanía, de compañerismo, de ser uno más de sus alumnos, porque sí, educan, enseñan, pero también aprenden y crecen en el proceso.

Las escuelas son hoy, más que nunca, una bonita convergencia de generaciones, maestros experimentados, con años frente al pizarrón, alumnos muy jóvenes y que apenas comienzan ese largo camino que es el crecer, y noveles maestros, más cerca en edad de sus alumnos que de sus compañeros de profesión, que inician su vida laboral en la más noble de las tareas, educar.

A veces sin apoyo institucional, con un Mario Delgado como secretario de Educación Pública al que le falta la educación y el sentido común, con directivos a distintos niveles, que se preocupan más por las ganancias o los días libres que por el objetivo principal de los centros educativos, los maestros siguen firmes en su convicción de que sin su trabajo no existirían los demás, no habría mañana.

Educar, en pleno siglo veintiuno, en este mundo en el que vivimos, no solo es un acto de valentía, es un acto de fe, de esperanza, de profundo amor. ¿Cómo no creer en ustedes, que hoy entregan tanto?

No felicito a los maestros hoy, eso ya lo han hecho todos, mejor les pido disculpas, por las veces que fui del grupito de atrás que había que separar, por las tareas sin hacer, hasta por los padres incomprensivos que no supieron ver que su hijos no eran los angelitos que ellos pensaban. 

Mejor les agradezco, sé que su labor no la hacen esperando la felicitación del único día del año que parece nos acordáramos de ustedes, les agradezco por seguir, por levantarse en las mañanas y salir dispuestos a cambiar vidas, a formar personas de bien, por no pensar en las carencias y solo ver oportunidades de crecimiento en cada alma que llega a sus clases.

A ustedes maestros, gracias, que no se les acaben nunca la experiencia, la creatividad, el amor y sobre todo, que no se les acabe nunca las ganas de construir futuro.

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El Cronopio

Filosofa Paula Gómez Alonzo y el papel de las mujeres en la cultura | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

 

Con el propósito de preparar a las mujeres universitarias para que sirvan con mayor eficacia a los intereses de la colectividad, cooperando en esta forma al engrandecimiento de la Patria, se formó en la década de los cuarenta del siglo pasado la filial en San Luis Potosí de la organización Universitarias Mexicanas, situación ya tratada en esta columna.

Universitarias mexicanas en San Luis Potosí, reunía a las mujeres que estudiaban e impartían cátedra en la Universidad Autónoma de San Luis Potosí. La filial potosina tenía dos labores de fondo, una de aspecto cultural y, la otra de orden social; en el aspecto cultural se incluían charlas y conferencias sobre diferentes problemas de orden intelectual; la otra, de orden social que abordaba problemas como el de la miseria, la desnutrición infantil, entre otros. La desocupación, la prostitución y otros muchos, de los cuales hacen un minucioso estudio para luego presentarlos a las autoridades competentes y cooperar con ellos a su resolución.

Este movimiento nacional englobaba a un buen número de mujeres que se desempeñaban en el ámbito universitario y que contribuían al desarrollo del país en diversas áreas de estudio. Una de estas mujeres que colaboró con el grupo potosino y que visitó San Luis Potosí a dictar conferencias públicas fue la Doctora en Filosofía Paula Gómez Alonzo.

En 1953 dejaba la presidencia de la filial potosina de Universitarias Mexicanas, Rosario Oyarzun, ya tratada en esta columna, y se organizaron una serie de conferencias públicas, como era costumbre y como dictaban los objetivos de la agrupación femenina. Esa serie de conferencias estuvo marcada por los temas de filosofía, dándose cita en San Luis Potosí las escasas mujeres que realizaban filosofía en México y que se habían formado en la década de los veinte y treinta, como filósofas.

Paula Gómez Alonzo se considera la primera mujer en participar en la filosofía académica en México. Como es el caso de otras mujeres, realizó al menos un par de carreras para su formación, la del magisterio, como era común para ellas, y la carrera de filosofía, que cursó en la Universidad Nacional Autónoma de México. Esta condición de caminar entre brechas en la formación y en el interés de estudio de las mujeres, hasta llegar a su objetivo de formación, lo subraya la propia Paula Gómez: “a las mujeres se les excluye de la educación, pero se les reprocha que no sean cultas”.

Paula Gómez nació en Etzatlán, Jalisco el 1 de noviembre de 1896. En 1932 recibió el grado de maestra en filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM

defendiendo la tesis: la cultura femenina; en 1951 recibe el grado de Doctora en Filosofía en la propia Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, con la tesis: filosofía de la historia y ética.

Paula Gómez es una de las fundadoras del estudio de la filosofía en México, aunque poco o nada se le menciona en este sentido. En 1943, creó el curso de Historia de la Filosofía en México que se imparte en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, de la que fue profesora de tiempo completo desde 1933 y en la que laboró por treinta y tres años; pero desde 1925 dictaba cátedra en la Escuela Nacional Preparatoria.

Impartió clase en todos los niveles educativos, además de su participación en actividades públicas de educación informal, como fue su participación en 1953 en San Luis Potosí y en actividades de dirección, al encargarse de 1930 a 1940 de la subdirección de la Escuela Secundaria número 8 y directora de la Escuela Normal Superior de 1947 a 1948.

Paula Gómez se convertiría en la primera mujer en recibir un Doctorado Honoris Causa, por su valiosa contribución al desarrollo de la educación y la filosofía en México. En 1962 la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo se lo otorgó. Cuestión que es digna de mencionar, pues Paula Gómez, como otras de sus compañeras que hicieron filosofía en esa época, no suele mencionarse en la historia de la filosofía mexicana. Ya lo establecía Paula Gómez: “la diferencia entre los sexos es injusta, pues mientras la psicología del hombre parece separarse del especto físico, en la mujer se reduce a este”.

Paula Gómez Alonzo, que sentó las bases para la reflexión del papel de las mujeres en la cultura, murió en Coyoacán, en la Ciudad de México el 3 de noviembre de 1972.

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