#4 Tiempos
Un año malo | Columna de Juan Jesús Priego
LETRAS minúsculas
Este año ha sido malo, dice el periódico de ayer, porque de los tantos y tantos empleos que era necesario crear, sólo pudimos generar tantos y cuantos, que son insuficientes, etcétera.
Nuestros gobernantes ven en la creación de empleos la panacea última, el remedio a todos los males del planeta. Dijo hace poco uno de nuestros políticos mientras ponía una cara muy risueña a la cámara que lo enfocaba: «¡Este año, 10 000 nuevos puestos de trabajo!». Parecía sumido en una especie de arrobamiento místico: la Santa Teresa de Bernini no hubiera podido mostrarse menos extasiada en comparación con este hipócrita optimista. Y bien, sí, hay que alegrarnos con él, pero antes sería necesario saber si las cifras corresponden a la realidad y, sobre todo, si se trata de empleos dignos de este nombre. Porque no basta con tener trabajo. A lo que sabemos, los esclavos de la vieja Roma también lo tenían –y mucho-, aunque no por eso dejaban de ser lo que eran.
Alegrarse porque en el transcurso de un año la solicitud de 10 000 trabajadores ha sido aceptada en las diversas oficinas, fábricas y establecimientos de nuestro país me parece que equivale a festejar antes de tiempo. Porque, ¿qué pasará después? ¿Cuánto ganará este hombre que, al menos en apariencia, ha sido agraciado por la fortuna? ¿Dos mil pesos al mes, dos mil quinientos o, a lo mucho, tres mil? ¿Y qué hará este pobre individuo para arreglárselas con esa exigua suma, si ya sabemos que no le alcanzará?
Querer que todos los ciudadanos trabajen es, sin duda, un buen deseo. Pero no hay que olvidar que en los países comunistas de hace unas décadas todos los ciudadanos trabajaban, aunque no por eso vivían con mayor comodidad. En realidad, más que trabajadores eran esclavos; esclavos no ya de poderes privados o de intereses particulares, sino del Estado, detentador indiscutible de eso que los sociólogos han dado en llamar el monopolio de la violencia legítima.
Ahora bien, un capitalismo animal como el nuestro, que hace a los hombres trabajar, y trabajar, y trabajar, pero dejando que vivan y mueran en la miseria, ¿no es una especie de comunismo disfrazado? ¿O no será más bien que el comunismo es el mismo capitalismo de siempre, sólo que visto al revés? Franz Werfel, el gran escritor austriaco, ya había notado que hay un lazo finísimo y secreto que hermanaba a ambas ideologías, y así escribió en uno de sus ensayos. en 1944: «A la luz de esta verdad, el comunismo aparece como el hijo natural, legitimado, del capitalismo. Aunque aún es un niño rebelde, va mostrando sus rasgos familiares de una manera cada vez más clara. En lugar de un gran número de empresarios, el Estado ruso es el único capitalista. Ya no se explota a una sola clase de esclavos asalariados: ahora el pueblo entero, sin excepción, está formado por esclavos asalariados». Y conste que Werfel no era economista, ni politólogo, sino poeta y escritor, aunque no de los menores. Un cómico italiano lo dijo mejor que nadie valiéndose de la paradoja y el humor: «¿Qué es el capitalismo? La explotación del hombre por el hombre. ¿Y el comunismo? Exactamente lo contrario».
En una novela de Kurt Vonnegut Jr. (1922-2007), el escritor norteamericano, hay un pasaje que sería en extremo gracioso si no fuera, al mismo tiempo, demasiado triste. Un shah venido de alguna parte visita una vez los Estados Unidos para ver cómo funcionan las cosas allí. El gobierno estadounidense, por supuesto, quiere agradar a este extraño hombre vestido de túnica y tocado con turbante, y comisiona a uno de sus hombres para que le dé un recorrido guiado. El shah mira con embeleso a través de los cristales de la limusina, y al ver a un grupo de hombres y mujeres trabajando en la calle, pregunta al oficial:
-«¿Quién es el dueño de estos esclavos que hemos visto hace poco?».
El funcionario americano apenas daba crédito a lo que estaba oyendo. ¿Cómo se atrevía a hablar de esclavitud en el país de la libertad?
-«Señor, aquí no hay esclavos –respondió molesto el oficial, cuyo nombre era Halyard-. Son ciudadanos empleados por el gobierno. Tienen los mismos derechos que los demás ciudadanos. ¡Libertad de palabra, libertad de culto, derecho al voto!».
El shah asintió con gravedad y siguió mirando por la ventanilla. El espectáculo, sin embargo, continuaba siendo el mismo: hombres y mujeres que trabajaban como hormigas; de pronto, exclamó:
-«¡Ah, takaru!», lo que en su lengua quería decir: «¡Oh, esclavos!». Pues no, que no, que no eran esclavos. ¿Cómo explicarle a ese pigmeo que la esclavitud no tenía cabida en Norteamérica? Halyard no sabía qué hacer, de modo que se limitó a corregir:
-«No, takaru no. Ciu-da-da-nos».
¡Con este hombre no había remedio! Sin embargo, llegados a cierto punto del trayecto, una carretilla entorpeció el paso de la limusina y el oficial, valiéndose de su alta investidura, gritó a los obreros vestidos de overol:
-«¡Quiten inmediatamente esa carretilla de mi camino!».
Los obreros obedecieron al instante. Y cuando la limusina reemprendió la marcha, el shah miró al funcionario con ojos sonrientes:
-«Takaru ciudadano, ciudadano takaru».
El shah, con todo su primitivismo, había descubierto el secreto: ser ciudadano no es lo contrario a ser esclavo, por lo menos en Occidente. No hay contradicción en los términos: se puede perfectamente ser ciudadano y al mismo tiempo esclavo; se puede ser esclavo y creerse (ingenuamente) ciudadano. ¿Quién ha dicho que una cosa excluya la otra? Quizá ambos términos se excluyeran en la antigua Grecia, pero hoy ya no. ¿Cuántos hombres y mujeres son esclavos a pesar de sus supuestas libertades y de su credencial para votar con fotografía? Esclavo ciudadano, ciudadano esclavo. ¡Nadie, hasta ahora, lo había dicho mejor que este hombre venido del desierto!

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Acento Ajeno
La alcancía sin fondo de Margarito | Columna de Haniel Valdés
ACENTO AJENO
Por: Haniel Valdés Velázquez
Dice Shakira, “tiene nombre de persona buena, claramente no es como suena”. Nombre de flor, pero actuar de mala hierba. Mientras el Estado amplía las rutas gratuitas y de calidad, para los potosinos, las empresas que operan el otro, el caro y de pésima calidad, dicen que no les alcanza y necesitan duplicar el precio del pasaje.
Margarito Terán, representante del sector camionero, que nunca ha usado el transporte público para moverse, solo para llenar sus bolsillos, por eso no sabe el pésimo servicio que prestan, pide tarifa récord y dinero público sin explicar qué pasó con el aumento de este año ni con los camiones nuevos que el Estado ya entregó al sector.
En enero, Margarito Terán pidió subir el pasaje de 12.50 a 15 pesos. El Estado le autorizó 13.50. Nueve meses después vuelve con una cifra que ya no es petición sino ultimátum: 23 pesos por viaje, 2,797 millones del erario y la amenaza de que el sistema “va a colapsar por inercia”.
Veintitrés pesos son 70% más que la tarifa vigente y 53% más que los 15 que el propio Terán decía indispensables hace diez meses. Si 15 eran la salvación en enero, ¿qué cambió para que ahora cueste ocho pesos más?
Hay un dato que Terán omite. Ese mismo enero, el 12, el gobernador Ricardo Gallardo entregó 100 camiones nuevos con una inversión de 266 millones de pesos en financiamientos. Son 2.66 millones por unidad. Al ritmo de ese precio, renovar las 768 unidades de la iniciativa costaría unos 2,043 millones. Faltarían casi 750 millones para llegar a los 2,797 que piden. El resto cubriría déficits de operación, un margen de 15% de utilidad para los concesionarios y las pérdidas de la pandemia. Es decir: dinero público para garantizarles ganancia.
Tampoco está claro qué pasó con los camiones ya entregados. El Gobierno presumió 100 en enero; en octubre, la SCT habló ante el Congreso de “más de 70 unidades urbanas” renovadas. Nadie ha dicho cuántos circulan, en qué rutas ni quién paga el financiamiento. Antes de pedir más, habría que rendir cuentas de lo que ya se dio.
Yo, usuario del transporte público de la capital, debo ser un desafortunado, solo una vez subí a una unidad de las nuevas, al parecer las rutas 53, 21, 30, 27, 10 y 5, que son las que utilizo con frecuencia, no recibieron la dicha de contar con los nuevos camiones, porque he conocido autos clásicos más modernos que los camiones que suelen llevarme por la ciudad.
La flota vieja no es una sorpresa. Terán dice que 882 unidades
ya debieron salir de circulación. La Ley de Transporte Público no permite camiones de más de 10 años, y renovarlos es obligación de quien tiene la concesión, no del usuario. En 2015 el padrón registraba mil 174 unidades; hoy hay mil 203. Once años después, el parque casi no creció, y tampoco se renovó. Y en mayo, el propio Terán reconoció que de mil 200 unidades autorizadas solo circulaban unas 800.Hay una concentración que pesa. Cuatro empresas controlan 36% del padrón y diez, 61%. El dinero público llegaría sobre todo a quienes ya tienen más peso. Una de ellas, Tangamanga, enfrenta una denuncia de Ciudadanos Observando por mantener suspendidas tres rutas de su concesión.
El diputado Héctor Serrano lo dijo claro: las concesiones “son potestad del Estado, no propiedad de los concesionarios”. Quien explota un bien público no puede presentarse a pedir rescate cuando el negocio le sale mal.
Terán tiene razón en algo: los costos de operar suben. Pero una industria que pide más tarifa, más subsidio y más tiempo, sin ofrecer metas, plazos ni auditoría, no pide apoyo: pide un cheque en blanco.
Los costos suben, pero el respeto a la vialidad, la buena educación y atención por los conductores de las unidades, la limpieza de las mismas y el respeto a sus horarios y paradas, disminuyen.
La SCT debería preocuparse más por velar que las unidades de transporte urbano cumplan con aquello por lo que reciben dinero público, ofrecer un transporte de calidad. Pero primero y más fácil, cerrarle la boca y pararle los pies a este señor que ya parece alcancía, solo pidiendo dinero para guardar y no para emplear en lo que se necesita. O mínimo, salir con urgencia a desmentir sus falacias y exigirle resultados.
Lo mínimo que el usuario merece antes de pagar un peso más es saber cuántos de los 100 camiones nuevos circulan, un plan de renovación con fechas, rutas que realmente operen y cuentas abiertas sobre qué se hizo con el aumento de este año. Sin eso, los 23 pesos no son un precio. Son una factura sin desglose.
También lee: Gallardo renueva transporte público urbano
El Cronopio
Carlos Villatoro, el actor de corazón potosino | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash
EL CRONOPIO
Los inicios del cine mexicano están marcados por la participación de actores y actrices de San Luis Potosí; algunos personajes han sido tratados en esta columna. Desde la época del cine mudo hasta los albores del cine sonoro en México, aparecen estas contribuciones potosinas que se extienden a lo largo de toda la historia del cine mexicano.
Entre los personajes que inician su actividad actoral en el cine mudo se encuentra Carlos Villatoro, que si bien se registra su lugar de nacimiento en Comitán, Chiapas, en 1903, siempre subrayó su sello de potosino en virtud que sus hermanos mayores habían nacido en San Luis Potosí y su familia radicaba en la ciudad potosina al finalizar el siglo XIX.

Uno de dichos hermanos era Héctor Villatoro que a principios de la década de los veinte se encontraba como cónsul en Canadá, y con quien fue enviado Carlos Villatoro por su padre. Este periplo marcaría su primera relación con el mundo del cine, pues al quedar varado en Nueva York por una huelga que imposibilitó su viaje a Canadá, conoció a quienes iniciarían la dirección de películas en México, Gabriel García Moreno y Manuel Ojeda, en ese momento se acercaba a la actividad actoral en Nueva York. Como consecuencia, en 1925 García Moreno le propuso el papel estelar de la película El Buitre, y una serie de películas que se filmaron en Orizaba, Veracruz, de 1925 a 1927, entre ellas el Puño de Hierro de 1927 que se considera la primera película que trata el mundo de las drogas.
Como pionero del cine mudo mexicano Carlos Villatoro se convierte en uno de los mejores actores del cine mudo mexicano y de los primeros años del cine sonoro, al protagonizar películas sonoras desde 1934, entre ellas la película de Juan Bustillo Oro, Dos Monjes, donde participa también la actriz potosina Emma Roldán, en el papel de Gertrudis la madre de Javier, protagonizado por Carlos Villatoro; en esa película participa también en realización de Dos Monjes, el matehualense Juan José Ortega García, de quien trataremos en futuras entregas de esta columna.
Carlos Villatoro conoce a Juan Bustillo Oro cuando estudiaban en la Escuela Nacional Preparatoria, lo que fue otro encuentro que le marcaría su destino a la actuación en cine, donde también se formaría como guionista y director, dirigiendo a principios de los cuarenta los cortometrajes: Viaje a Jalapa, Canciones y Danzas Mexicanas, Compositores Mexicanos y Juan Diego. Escribió el argumento de la famosa y exitosa película Quinto Patio, dirigida por Rafael Sevilla en 1950.
Después de su participación en el cine mudo en México donde actuó en cinco películas en la década de los veinte, inicia su participación en el cine sonoro en 1934 en la película Águilas de América dirigida por Manuel Ojeda, participando en alrededor de veinte películas en el lapso de diez años, terminando su actuación en 1943 en la película La Mujer sin Alma de Fernando de Fuentes en 1943, al lado de María Félix.
A partir de 1944 se desempeña como anotador y asistente de director hasta 1963, año de su muerte. En esta actividad trabaja en numerosas producciones norteamericanas filmadas en México, teniendo apariciones incidentales.
También tuvo participación en la radio en México, siendo locutor en varias estaciones desde 1929. En la XEW tuvo el programa en 1951 “El rincón bohemio de Carlos Villatoro”.
Carlos Villatoro Escobedo el actor pionero del cine mexicano y baluarte en su desarrollo, quien se consideró un potosino de corazón, es uno de los fervientes hacedores del cine en México, quien consideraba que “la vida no era de película, pero hacer cine era su vida”.
Lee también: Leticia Almazán de la Garza, compositora potosina
El Cronopio
Leticia Almazán de la Garza, compositora potosina | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash
EL CRONOPIO
San Luis Potosí ha sido tierra de compositores, donde la música de concierto y las canciones de concierto han sobresalido. Algunos de estos personajes los hemos tratado en esta sección, aunque entre ellos han escaseado las mujeres, en cuanto a composiciones se refiere. Los tiempos cambian al abrirse oportunidades a las damas y, afortunadamente, en este siglo veintiuno podemos contar con algunas compositoras potosinas. Como muestra está el concierto que ofreciera la Orquesta Sinfónica de San Luis Potosí en el mes de marzo pasado donde interpretó, en el marco del Día Internacional de la Mujer, composiciones de autoras potosinas. Entre las compositoras potosinas programadas en el concierto se encontraba Leticia Almazán de la Garza.
Leticia Almazán, al menos fue mencionada en esta columna cuando tratamos el caso de la pianista potosina Malkhut Zavala, quien tiene entre su repertorio obras de Leticia Almazán, quien actualmente es encargada de las Escuelas de Iniciación Artística Asociadas que están asociadas al Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, que a pesar del esfuerzo de sus integrantes ha sido difícil su continuación, como suele suceder con el cambio de administraciones. Leticia Almazán se desempeña como Directora Académica del CEART San Luis.
Entre sus composiciones se encuentra La Noche, obra basada en los poemas de Manuel José Othón, obra con la que obtuvo el premio 20 de noviembre “Julián Carrillo”; la obra se estrenó en 2006, y ha sido poco interpretada, hasta que se armó el concierto de marzo.
A cien años de la muerte de Othón se compone esta obra musical, que da concreción a la obra inconclusa que contemplaran Othón y Carrillo, su conjunción lírica que habían titulado Tetralogía. Una pieza para celebrar el centenario de la Independencia de México que estaría dividida en cuatro partes: Descubrimiento de América, Conquista, Virreinato e Independencia. Así sería una obra que recorrería la historia hispana de México y la construcción de un nuevo país. La muerte sorprendió al poeta y la obra quedó en suspenso; colaboración entre dos grandes figuras potosinas del arte, cuestión ya tratada en muy anterior entrega de esta sección de El Cronopio.
Ahora Leticia Almazán, se basa en la poesía de Othón para crear su obra musical La Noche. Una forma de apreciar el nuevo arte musical potosino de la mano de Leticia Almazán y la poesía del máximo poeta potosino. Por desgracia, es música que no se encuentra grabada por lo que dificulta su difusión, de por sí escasa, en aquellas obras de que se disponen grabaciones.
Leticia Almazán surge, así como una de las mujeres que abren camino en el campo de la composición en San Luis Potosí. Su incursión en esta línea de la composición es alentadora, pues puede sumarse a la escasa pero existente lista de compositoras mexicanas que incursionaron en la música clásica, entre ellas, María Grever, Sofía Cancino de Cuevas, Rosa Guraieb, Consuelo Velázquez, Ángela Peralta, María Teresa Prieto, Alicia Urreta, Guadalupe Olmedo, y ahora la joven compositora potosina Galya Cisneros, por citar algunas.
Leticia Almazán se tituló en la Licenciatura en Composición en la Escuela Estatal de Música en el año 2015, y realizó una Maestría en Administración Pública en la Universidad Latinoamericana.
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