febrero 17, 2026

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#4 Tiempos

Un año de mi vida | Columna de Carlos López Medrano

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Mejor dormir

En un hotel de la colonia Cuauhtémoc, una encargada me relató, con un tono que oscilaba entre el chisme y la confidencia, la historia de un huésped que, durante su estancia, sufrió un colapso mental. Una noche, sin decir palabra, abandonó la habitación y pasó horas de pie en medio de la calle, inmóvil, como si aguardara una señal que jamás llegó.

Otro día, en la oficina, un hombre mayor de origen asiático se me acercó con gesto educado para entregarme dos bolillos. «Es un regalo para usted», me dijo.

Probé 101 vinos diferentes; los mejores fueron un Malbec de Valle de Uco, un Santo Tomás Barbera, un prieto picudo de Julio Crespo, un Corbières, un griego que no recuerdo el nombre y un barbaresco de 2013 que aún resuena con aquella pasta tomatosa preparada por el Heresiarca.

Salí una vez con una chica que dijo que ni ella ni su familia comían nunca ensalada ni fruta y que su platillo favorito era la sopa de pasta; viajaba por todo el mundo y vivía de sus rentas… al parecer tenía fijación por los jóvenes mulatos y yo no era de uno de ellos.

Fui a la Cineteca para ver La doble vida de Verónica, pero estaba totalmente descompuesto por el desvelo y los excesos y no me involucré como hice hace años al verla medianoche desde casa. También vi Hiroshima mon amour en pantalla grande por primera vez y esa sí que me atravesó por dentro, con un sentimiento que creía ya haber olvidado.

Conversé una tarde con una chica de Monterrey sobre Ases Falsos y otras bandas chilenas, sobre historias de terror en rincones de provincia y sobre la idea de viajar a la playa. Todo fluyó con ligereza, como si estuviéramos ensayando un diálogo que no tenía por qué acabar; pero terminó, y no volví a saber de ella.

Le regalé a un amigo un vino de Madeira. Me hubiera gustado preguntarle qué le había parecido, pero no lo volví a ver tras varias reuniones canceladas. Por otro lado, salí profundamente conmovido del cine tras ver Past Lives.

Mientras estaba en Ciudad de México recibí la llamada de alguien que aseguraba haberme visto en el municipio de Santa Lucía del Camino conduciendo una camioneta unos segundos antes. «¿Por qué no me avisaste que estabas aquí?», me dijo. Quedé descolocado ante la posibilidad de tener un doppelgänger, aunque más bien sospeché que se trataba de una alucinación etílica, un espejismo nacido de la soledad y el ron.

Tras un par de décadas, fui nuevamente a Plaza Satélite, y no una, sino dos veces. La primera, para conocer en persona a un amigo nicaragüense con el que había intercambiado mensajes sobre música y cine durante 18 años gracias a las redes sociales. La segunda, para acompañar a una mujer oriunda de la zona. La pasé mejor con mi amigo nicaragüense.

Conversé y almorcé durante un par de horas con una mujer en la Embajada de la India en México; hablamos de cosas intrascendentes pero necesarias, de esas que solo cobran sentido cuando ya se han ido. Luego la acompañé a comprar unos calcetines, esperé paciente sus pruebas y tras despedirnos en el estacionamiento desapareció para siempre, aunque en ese momento no parecía que eso fuera a ocurrir.

En Zona Maco conocí a Laura, una cineasta con mirada amable y redonda. Hablamos sobre cómo el servicio público se había convertido en un refugio para artistas con horizontes rotos. Me dijo que no renunciara a escribir, como si supiera algo que yo ignoraba y cada tanto la recuerdo para volver al teclado.

Viajé a Chiapas. Una señora de unos ochenta años partió un coco con un machete para mí, como si su acto fuera la cosa más natural del mundo, en una carretera a la altura de Arriaga. Estuve 20 minutos mirando la marea en Puerto Arista y vi a decenas de migrantes caminar kilómetros bajo el sol. En Tapachula vi a jóvenes haitianos con físicos que parecían tallados para competir desde ya en cualquier deporte, en cualquier lucha. Caminé sin rumbo bajo el sol inclemente de Tuxtla Gutiérrez. Al alejarme del Parque Central y doblar en una esquina, una joven me preguntó si necesitaba compañía.

Probé el lomo salteado y el agua de chicha por primera vez. Intenté enamorarme de vuelta, pero fracasé con el desencanto de quien ya sabe que todo va cuesta abajo. Bebí Glenfiddich —más de lo recomendable — en un par de eventos donde todos los demás preferían vino. Alguien perdió un vuelo por quedarse a comer helado conmigo.

Fui dos veces a la exposición de Damien Hirst en el Museo Jumex: una con una trigueña y otra con una rubia. Con la segunda tuve más suerte, sin entender cómo, salí con un autógrafo del autor. Comí una hamburguesa terrible en un hotel Hampton Inn de Guanajuato mientras veía un reportaje sobre los perros clonados de Milei. Comí a solas más de doscientas veces.

Me conmoví hasta la rendición en la Parroquia de San Juan Bautista. También en Coyoacán, vi a una mujer tener un ataque de nervios y perder el control tras insultar a vendedores de la zona. Traté de ayudarla un poco tras la llegada de la policía; pero supe que no había nada que hacer cuando me preguntó si yo era un espía. «Tienes cara de espía. Eres un espía, ¿verdad?».

Probé un pedacito de pulpo a las brasas y me indigné cuando un costarricense quitó una canción de Juan Gabriel para poner una bachata. Me enteré de la muerte de un amigo oaxaqueño con el que guardaba historias entrañables y con el que tenía más en común de lo que él creía. El tiempo, como suele suceder, no me alcanzó: dejé encuentros sin concretar, no por frivolidad o indiferencia, sino porque estaba rebasado por las circunstancias. Perdí a personas que estimaba, colmé su paciencia sin querer y terminaron alejándose (con razón).

Conocí a una mujer encantadora y tuve el privilegio de acompañarla un tramo del camino. Fue un honor, pero decidí no ir más allá; estábamos en frecuencias distintas, aunque nada nos quitará ese rosado espumoso que compartimos ni los cafés, ni las charlas, ni los paseos al calor de la música. Espero que aún lleve alguna de las canciones que puse en su lista de reproducción.

Vi a un vagabundo lanzando latigazos contra la nada en el Boulevard Miguel de la Madrid en Manzanillo. Fui a Xochimilco y admiré a un puñado de axolotls, criaturas simpáticas. Mantuve comunicación remota constante con dos personas de San Luis Potosí, quienes mantuvieron vivo el lazo con mi lugar de origen. Eché de menos y me ilusioné fugazmente. Comí tacos gobernador en Ensenada y acudí a la escena de un crimen en Baja California. Estuve en un restaurante tipo Art Decó en Tijuana y fui saludado por el dueño a quien conocía de casualidad de otro lado. Salí en un periódico local en una nota imprecisa con un titular de lo más chusco. Revisité dos buenas películas con Nicolas Cage: Leaving Las Vegas y The Family Man, tras varios años resonaron hondo en mí.

Volví a ver el mar varias veces. En una de ellas, ya por la noche tras un viaje relámpago de trabajo, dispuse mojar los pies en la orilla, el agua parecía tranquila hasta que una ola gigante me cubrió hasta la cintura por más que corrí, empapando el único pantalón que llevaba.

Comprobé la comodidad y sofisticación de las sillas Herman Miller, aunque nunca pagaría por una lo equivalente a un viaje por Europa. Comparé el sabor del Poire Williams con el de un curado de nanche con mezcal ante una sala llena de esnobs. El sommelier estuvo de acuerdo conmigo. «No lo había pensado, y sí», dijo.

Fui a un show de burlesque para acompañar a una mujer importante en mi vida. La pasamos bien, creo, y estuvo divertido, pero al final, como en cada uno de nuestros encuentros, se instaló esa desazón que parece inevitable entre nosotros. Esta vez parece que fue el último. Es una buena chica; seguro le irá de maravilla, aunque yo no esté ahí para verlo.

Para celebrar el 15 de septiembre tuve una noche de vinos mexicanos con diplomáticos y académicos, un enfrentamiento en el que botellas de Ensenada, Aguascalientes y Parras buscaron imponerse sin que nadie se decidiera a declarar un ganador.

Echaré de menos a una músico y socióloga, una ternura andante a la que apenas vi unas cuantas veces. Sobre este alejamiento todas las culpas serán mías, como decía no sé quién.

Me robaron el Kindle en una aglomeración del Centro Histórico. No me di cuenta hasta mucho después, cuando ya no había remedio. Perdí diez años de subrayados digitales, un registro de lecturas que en su mayoría jamás respaldé y que no podré reconstruir. Cada día me fastidia más salir, sobre todo si hay que ir lejos.

Sin proponérmelo, vi el arranque de una etapa de la carrera Panamericana. También vi a Luis Antonio de Villena caminar por una calle solitaria; pensé decirle algo, tomarme una foto… me parece unos segundos y luego me fui. Probé un ron salvadoreño, estaba bien. Pagué veinte pesos por la autobiografía de Chaplin en italiano.

Hice un último intento de reconectar con personas del pasado y no volveré a cometer ese error otra vez. Mi amigo Luis Ángel y su familia me compraron un pastel por mi cumpleaños, un gesto que no olvidaré, como tampoco el año en que Ana Michel hizo lo mismo o lo que me mandó Ixchel. Hay gente que me aprecia, pese a todo, y no dejo de sorprenderme por ello.

Por culpa del tránsito en la ciudad hice dos horas y media para llegar a un coctel en el Instituto Matías Romero, al llegar todo se había acabado y emprendí otra hora en el camino de regreso. Seguí promoviendo al Sanborns como refugio para beber unos tragos sin complicarse la vida. Topé con Laura León en un aeropuerto.

Un hombre de Georgia me dijo que no había restaurantes con comida de su país en México, y yo le dije que sí pensando más bien en uno armenio. Me adentré en zonas turbias de Iztapalapa con una comitiva en seguridad, una experiencia que parecía sacada de un reportaje de televisión abierta en los noventa. Conocí a la miss universo de Indonesia en una reunión (parecía mexicana). Fui romántico con quien no debía y también con quien no lo merecía, un error recurrente que no sé si terminaré por corregir. Leí un libro de Édouard Levé que me inspiró a escribir esto.

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#4 Tiempos

Emergencia ambiental urbana, por Renato Ramos | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

 

En 2006 en el marco de los cincuenta años de la física profesional en San Luis inicia la serie La Ciencia en el Bar, por lo que en este ciclo que inicia el próximo 25 de febrero estará cumpliendo veinte años de actividades ininterrumpidas.

La Ciencia en el Bar, es un programa pionero en el país que lleva el conocimiento a la población de viva voz de sus productores, creando un escenario informal de comunicación entre la comunidad científica y el público en general; un escenario de debate ciudadano. El programa ha sido replicado en varios puntos del país y se convierte en un referente en actividades de comunicación pública de la ciencia.

El programa de aniversario comienza tratando un tema de interés para la población, como es el caso del escenario ambiental urbano, como un recurso para regular el clima de la ciudad y reactivar una vegetación acorde a las características climáticas y de suelo de una ciudad como San Luis Potosí. Los problemas de inundación en tiempo de lluvia que ahora suceden muy seguido en la ciudad es uno de los problemas que debe atenderse con el uso de áreas verdes urbanas y de los que carecemos con diseño adecuado y con especies acordes a la ciudad.

Para hablar de ello le toca el turno al Dr. Renato Ramos, investigador y profesor de la Facultad del Hábitat de la UASLP y colaborador de la Agenda Ambiental de la propia universidad. El tema a tratar será: Espacios Verdes y Emergencia Ambiental Urbana; charla que será impartida el próximo miércoles 25 de febrero en punto de las ocho de la noche en la Cervecería San Luis, ubicada en Calzada de Guadalupe número 326.

El Dr. Renato Ramos Palacios es especialista en la ecología vegetal, el balance energético y el microclima de los ecosistemas forestales. Y realiza investigación en temas como: estudios ambientales y microclimáticos, planificación urbana de arbolado y vegetación en proyectos de paisaje, espacios verdes bajo principios eco hidrológicos, relación entre áreas verdes y sociedad, así como los beneficios de espacios naturados de acuerdo con la teoría de la biofilia.

La vegetación, las áreas naturales y los espacios públicos es la línea que guía sus trabajos en investigación en la Universidad Autónoma de San Luis Potosí.

Actualmente trabaja en medidas de la forma y volumen de árboles básicas y su distribución en banquetas  y en la introducción de módulos de vegetación urbana para el control de escurrimientos en vialidades con pendiente.

Ramos palacios estudió la licenciatura en biología en la Universidad Nacional Autónoma de México realizando una maestría en la misma institución en Ciencias Biológicas y su doctorado en Ciencias Ambientales con especialidad en Ecología Forestal en el Instituto Potosino de investigación Científica y Tecnológica (IPICyT), graduándose en el 2014.

El propio Renato Ramos nos describe su interés de trabajo: Los temas que desarrollo se centran en la ecología vegetal y forestal, tanto en zonas naturales como urbanas. Los estudios base para el restablecimiento de las condiciones ecológicas y ambientales mediante la práctica de reforestación y la plantación de árboles urbanos. Otras líneas se enfocan en la recuperación y diseño de áreas verdes, la eco-hidrología y ecología urbana vegetal. También, abordo los estudios sobre teoría biofílica entorno a la vegetación y la percepción social con aplicación en la calidad de vida humana.

Los invitamos a que asistan a esta charla que inaugura el programa conmemorativo de los veinte años de La Ciencia en el Bar y participar en este importante tema para nuestra condición urbana y así poder colaborar en la resolución de nuestros problemas como sociedad en ecología urbana.

Espacios Verdes y Emergencia Ambiental Urbana; charla impartida por el Dr. Renato Ramos palacios, miércoles 25 de febrero en punto de las ocho de la noche en la Cervecería San Luis, ubicada en Calzada de Guadalupe número 326.

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El genio que se niega al olvido | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

 

Este 11 de febrero se conmemora un aniversario más del nacimiento de Francisco Javier Estrada Murguía, brillante potosino que merece un mejor recuerdo en la vida cultural de San Luis Potosí. Varias entregas de La Orquesta se las hemos dedicado y ahora compartimos un libro que escribí en 2021 sobre la vida y aportación de Estrada a las comunicaciones inalámbricas de las que él es el inventor. El libro es de distribución gratuita y puede descargarse de:

https://www.researchgate.net/publication/356747746_El_inventor_de_la_comunicacion_inalambrica_Francisco_Javier_Estrada

o la dirección:

http://galia.fc.uaslp.mx/museo/libros/ESTRADA%20COMUNICACION%20INALAMBRICA.pdf

Uno de los desarrollos que caracterizan nuestra vida cotidiana y que marcan a la sociedad actual son los procesos que involucran la comunicación a distancia, la comunicación inalámbrica. Nuestro país, depende de los servicios que las transnacionales ofrecen en materia de comunicación, producto del rezago tecnológico en que nos han sumido las políticas seguidas en materia científica en el país. Lo paradójico, es que la comunicación inalámbrica como tal, fue desarrollada primeramente en México, antes que en cualquier otro punto del mundo y, específicamente en la ciudad de San Luis Potosí, por el físico potosino Francisco Javier Estrada Murguía.

Hoy, este hecho, al igual que el descubridor del principio e inventor del primer sistema de comunicación inalámbrica en el mundo, son desconocidos en su propia tierra. Una lección que hay que tener presente, es la historia de este acontecimiento científico, así como los factores que impidieron fuese aprovechado el invento de Francisco Estrada, para apuntalar el desarrollo social e industrial que requería el país y dejó ir entre las manos.

La cultura del olvido se liga a esta lamentable situación. En las escuelas y, lastimosamente, en las universidades se repite la historia parcializada que la historia de la ciencia oficial ha construido a lo largo de los años. De esta forma, personajes como Edison, Tesla Marconi, vienen a ser los protagonistas en esta historia, dejando de lado a su principal gestor el mexicano Francisco Estrada. Francisco Javier Estrada, un personaje sobresaliente que en un medio no propicio para el estudio de la ciencia y el desarrollo tecnológico, tuvo aportaciones de primicia mundial colocándose, no sólo como un hombre que creaba en la frontera del conocimiento práctico en temas de electromagnetismo, una de las áreas importantes en el siglo XIX, sino como el físico mexicano más importante del siglo XIX, a pesar de haber estudiado la carrera de farmacéutico, área que eligió para poder sostenerse económicamente en un país convulsionado por los movimientos bélicos que imperaban en el país.

Las condiciones adversas para su desarrollo no fueron solo las sociales, la salud mermada al iniciar su trabajo científico, que inhibiría su movimiento y dificultaría su vista, pondría en dificultades e incluso en la imposibilidad del trabajo práctico y creativo a cualquier ser humano; sin embargo, Estrada brillaría a pesar de estas circunstancias lo que hace más valioso su trabajo. Trabajo y aportaciones que merecen sean puestas al conocimiento del pueblo mexicano y, en especial el de su tierra natal, donde sigue siendo un total desconocido.

Lamentablemente, la institución donde dictaba cátedra y donde compartía con sus discípulos sus contribuciones, como muestra de los fundamentos que enseñaba en la cátedra de física en el Instituto Científico y Literario de San Luis Potosí, no ha asumido el compromiso de sacar de las penumbras las extraordinarias aportaciones de uno de sus principales catedráticos, que si bien, no realizaba formalmente su trabajo de desarrollos tecnológicos en su seno, si los usaba para adiestrar a sus alumnos en el mundo de la ciencia y como elementos para enfrentar los problemas que les fuera demandando el país. Así la actual Universidad Autónoma de San Luis Potosí está en deuda con Francisco Javier Estrada.

Mientras se entregan Doctorados Honoris Causa a toda una serie de personajes que, si bien son merecedores a dicha distinción,

deja de lado a personajes locales que dieron brillo a la institución. Las contribuciones de Francisco Estrada son muy amplias y después de más de ciento cincuenta años, siguen siendo de actualidad y, comúnmente se encuentran aportaciones que Estrada había ya apuntando en el siglo XIX. Ejemplos sobran, pero podríamos mencionar un par de casos, el relativo a la predicción de temblores y el relativo a la energía, en el que contribuyó Estrada con el desarrollo del motor eléctrico y los primeros sistemas de iluminación eléctrica en el Continente Americano que combinaba con el estudio de sistemas de aprovechamiento de la energía solar para el movimiento motriz.

En la etapa de máximo deterioro en su salud, se centra en el problema de la reproducción del sonido, que le llevaría a tener aportaciones sobresalientes, como el desarrollo del micrófono de carbón que mejoraría los sistemas de comunicación telefónica, que permitirían que Estrada lograra la comunicación a larga distancia más grande en aquella época a nivel mundial y de manera especial, el descubrimiento de la comunicación inalámbrica y el invento del primer sistema de comunicación basado en este descubrimiento, como fuera la posibilidad de comunicar trenes en movimiento con la estación central.

En este libro, abordamos esta desconocida historia de la comunicación inalámbrica, esperando sea una aportación para colocar la figura de Francisco Javier Estrada en el lugar que le corresponde, así como subrayar su trascendental descubrimiento colocándolo en el escenario mundial, como lo merece.

Su patente de comunicación inalámbrica fue realizada diez años antes que la realizada por Marconi, cuando aún se comenzarían a dar los desarrollos teóricos que la sustentaran. Marconi tuvo el camino libre una vez vencida la patente de Estrada cuyo privilegio le fue concedido por diez años y, una vez que la patente de idea de Edison, que sospechosamente también era para comunicar trenes en movimiento y que solo quedó en patente de idea, fue cedida a Marconi por Edison, dejando el camino libre para su registro por Marconi en 1896 que lo haría famoso, dejando en la sombra a figuras como Francisco Estrada en la cual sus propios paisanos han contribuido.

El talento mexicano está más que comprobado, debemos eliminar no solo la cultura del olvido, sino el llamado malinchismo que padecemos, debemos de sentirnos orgullosos de nuestros personajes como el caso de Francisco Javier Estrada. Por fortuna, la obra de Estrada ha cobrado cierto interés en últimas fechas, entre algunos sectores de la sociedad.

Este libro forma parte de este ejercicio de rescate y difusión uniéndose a los esfuerzos que la sociedad civil realiza por reivindicar a personajes ilustres, acción en la que se enfoca la asociación que pretende formarse llamada Personajes Ilustres de México.

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#4 Tiempos

Pensamientos en la Catedral | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas

 

Los dos jóvenes se toman de la mano por unos instantes y él le dice a ella: «Yo, Juan, te acepto a ti, Lucía, como mi esposa, y prometo serte fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, y amarte y respetarte todos los días de mi vida».

De reojo observo a la mamá de la novia: está llorando, y con discreción se pasa un pañuelito blanco por el área de los ojos. El padre del novio, en cambio, se muestra pensativo y perplejo. Quizá se pregunte: «¿A qué hora creció este niño? ¡Apenas ayer se me sentaba en las piernas, y mírenlo ahora! ¿Tan rápido se va entonces la vida? ¿Tan rápido nos hacemos viejos? Dentro de un año, tal vez, ya seré abuelo». Todas estas preguntas y exclamaciones, y aún otras más de la misma índole, puedo leer en su rostro, en su cabeza que se mueve a intervalos rítmicos y en sus pies que casi tiemblan. Sí, ¿en qué momento se hicieron grandes estos niños que hoy, dejándolo todo, se van de casa, a qué hora crecieron y se enamoraron?

La ceremonia continúa. Ahora ya no miro a los papás, sino a los novios, que se entregan el uno al otro un anillo dorado. Y yo pienso en la grandeza de este sacramento. Porque esto es lo que es: un sacramento, es decir, un rito sagrado que no sólo simboliza, sino que también realiza y aun trasciende, la materialidad de los signos. «Este es un gran misterio –decía San Pablo hablando del matrimonio-, y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia» (Efesios 5,32). De pronto empecé a pensar cosas en las que nunca antes había pensado.

Esto que los dos jóvenes están haciendo hoy en la Catedral –me decía a mí mismo- es una imagen terrena de lo que sucede místicamente en el alma de los hombres. ¡Dios se ha desposado con cada una de sus criaturas! ¿Es esto posible? Dios se desposa con ellos, y lo que este muchacho acaba de decir a su amada lo dice Dios también a cada uno y de manera individual: «Prometo serte fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad…, todos los días de mi vida». ¿Pero Dios puede decir: todos los días de mi vida? Sí, sólo que, para Él, ese todos los días se designa con una sola palabra: eternidad. Por la eternidad estaré contigo. No te abandonaré ni siquiera por un momento, ni siquiera en la muerte. Porque es fuerte el amor como la muerte, dice la lectura que hace un momento acabamos de escuchar (Cantar de los cantares 8,6).

Mientras pienso en estas cosas que me llenan de emoción, los padrinos de arras me llaman al orden pidiéndome que las bendiga. Hay que bendecirlas, claro. Y lo hago. Derramo sobre las monedas unas gotas de agua bendita y se las entrego al esposo para qué él, a su vez, las haga llegar a su mujer como un río que fluye, sin quedarse con ninguna, y yo sigo diciendo para mis adentros: «¡Por toda la eternidad! Porque nos hiciste, Señor, para ti, nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en ti. ¡Hermosas palabras éstas de San Agustín! ¿Nos hiciste, entonces, para ti? Sí, sólo para ti. Tú eres el esposo verdadero de nuestras almas y a los demás sólo nos los prestas por un tiempo, para el tiempo. ¡La eternidad te la reservas Tú, pues eres el Señor de ella!».

Estoy distraído o, mejor aún, embebido. Los padrinos de lazo me hacen señas desde la distancia y me preguntan como jugando a caras y gestos si ya es tiempo de ponérselo a los nuevos esposos. Yo les hago un gesto afirmativo con la cabeza. ¡Claro, el lazo! Sí, ya es tiempo de ponérselo. Y mientras los padrinos ejecutan esta sencilla maniobra, yo sigo pensando: «Haber nacido es haber sido elegido. Estamos aquí, Señor, porque nos quisiste, porque nos amaste. ¡Nos elegiste para la vida, es decir, para ser tuyos! Nadie está en este mundo por causalidad, o por azar. ¡Tú elegiste a los que viven para desposarte con ellos en el amor y la fidelidad! Así pues, nunca los dejas solos, ni los has dejado, ni los dejarás jamás. Esto es lo que dices a cada hombre que nace, y aún antes de que nazca, desde que está en el seno de su madre: «Prometo serte fiel».

Creo estar más emocionado que los mismos novios. Pero sus padres –los cuatro- me miran con extrañeza y casi diría que hasta con rencor. Seguramente piensan que he estado muy distraído durante la ceremonia. Ha sido mi actitud exterior la que quizá les haya hecho pensar que no he estado realmente con ellos, sino en otra parte: en la luna, por decir un lugar. Y, sin embargo, nunca había estado más cerca de alguien que con estos jóvenes que ahora se tal vez se preguntaban por qué me habían elegido a mí, precisamente a mí, para…

¿Cómo no había pensado con más detenimiento en este misterio? Jesús elevó a rango de sacramento la unión definitiva entre el hombre y la mujer para que éstos, celebrándolo, vayan todavía más allá y piensen en Dios, que nos ama así: con un amor que ni se arrepiente ni vacila. Todo lo podemos temer, menos que Dios deje de querernos. «Podrán desaparecer las colinas y los montes, pero mi amor por ti no desaparecerá». ¿Y no es esto justamente lo que hemos recordado, lo que hemos celebrado hoy? ¡No se enojen, amigos! Enseguida estoy con ustedes.

Mientras coloco los dones sobre el altar, sigo pensando: «No hay historia de amor más bella que la del alma con su Dios. ¿Acaso el verdadero matrimonio sea sólo éste? Sí, quizá sea así, de manera que el matrimonio que acabamos de celebrar no sea, en el fondo, más que una imagen pálida –aunque visible y real- de aquél.

Y cuando termino la Misa y los padres de la novia se me acercan para darme las gracias por haber venido de lejos únicamente para celebrarla, me dicen sonrientes:

-Estuvo muy bonita la ceremonia, ¿verdad? ¡No lo niegue! Se le veía a usted emocionado.

Emocionado, sí, esa es la palabra: pero no era por las flores que ellos mismos habían mandado colocar a todo largo y ancho de la iglesia, sino únicamente por esos pensamientos míos que ya conoce el lector.

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