#4 Tiempos
Un año de mi vida | Columna de Carlos López Medrano
Mejor dormir
En un hotel de la colonia Cuauhtémoc, una encargada me relató, con un tono que oscilaba entre el chisme y la confidencia, la historia de un huésped que, durante su estancia, sufrió un colapso mental. Una noche, sin decir palabra, abandonó la habitación y pasó horas de pie en medio de la calle, inmóvil, como si aguardara una señal que jamás llegó.
Otro día, en la oficina, un hombre mayor de origen asiático se me acercó con gesto educado para entregarme dos bolillos. «Es un regalo para usted», me dijo.
Probé 101 vinos diferentes; los mejores fueron un Malbec de Valle de Uco, un Santo Tomás Barbera, un prieto picudo de Julio Crespo, un Corbières, un griego que no recuerdo el nombre y un barbaresco de 2013 que aún resuena con aquella pasta tomatosa preparada por el Heresiarca.
Salí una vez con una chica que dijo que ni ella ni su familia comían nunca ensalada ni fruta y que su platillo favorito era la sopa de pasta; viajaba por todo el mundo y vivía de sus rentas… al parecer tenía fijación por los jóvenes mulatos y yo no era de uno de ellos.
Fui a la Cineteca para ver La doble vida de Verónica, pero estaba totalmente descompuesto por el desvelo y los excesos y no me involucré como hice hace años al verla medianoche desde casa. También vi Hiroshima mon amour en pantalla grande por primera vez y esa sí que me atravesó por dentro, con un sentimiento que creía ya haber olvidado.
Conversé una tarde con una chica de Monterrey sobre Ases Falsos y otras bandas chilenas, sobre historias de terror en rincones de provincia y sobre la idea de viajar a la playa. Todo fluyó con ligereza, como si estuviéramos ensayando un diálogo que no tenía por qué acabar; pero terminó, y no volví a saber de ella.
Le regalé a un amigo un vino de Madeira. Me hubiera gustado preguntarle qué le había parecido, pero no lo volví a ver tras varias reuniones canceladas. Por otro lado, salí profundamente conmovido del cine tras ver Past Lives.
Mientras estaba en Ciudad de México recibí la llamada de alguien que aseguraba haberme visto en el municipio de Santa Lucía del Camino conduciendo una camioneta unos segundos antes. «¿Por qué no me avisaste que estabas aquí?», me dijo. Quedé descolocado ante la posibilidad de tener un doppelgänger, aunque más bien sospeché que se trataba de una alucinación etílica, un espejismo nacido de la soledad y el ron.
Tras un par de décadas, fui nuevamente a Plaza Satélite, y no una, sino dos veces. La primera, para conocer en persona a un amigo nicaragüense con el que había intercambiado mensajes sobre música y cine durante 18 años gracias a las redes sociales. La segunda, para acompañar a una mujer oriunda de la zona. La pasé mejor con mi amigo nicaragüense.
Conversé y almorcé durante un par de horas con una mujer en la Embajada de la India en México; hablamos de cosas intrascendentes pero necesarias, de esas que solo cobran sentido cuando ya se han ido. Luego la acompañé a comprar unos calcetines, esperé paciente sus pruebas y tras despedirnos en el estacionamiento desapareció para siempre, aunque en ese momento no parecía que eso fuera a ocurrir.
En Zona Maco conocí a Laura, una cineasta con mirada amable y redonda. Hablamos sobre cómo el servicio público se había convertido en un refugio para artistas con horizontes rotos. Me dijo que no renunciara a escribir, como si supiera algo que yo ignoraba y cada tanto la recuerdo para volver al teclado.
Viajé a Chiapas. Una señora de unos ochenta años partió un coco con un machete para mí, como si su acto fuera la cosa más natural del mundo, en una carretera a la altura de Arriaga. Estuve 20 minutos mirando la marea en Puerto Arista y vi a decenas de migrantes caminar kilómetros bajo el sol. En Tapachula vi a jóvenes haitianos con físicos que parecían tallados para competir desde ya en cualquier deporte, en cualquier lucha. Caminé sin rumbo bajo el sol inclemente de Tuxtla Gutiérrez. Al alejarme del Parque Central y doblar en una esquina, una joven me preguntó si necesitaba compañía.
Probé el lomo salteado y el agua de chicha por primera vez. Intenté enamorarme de vuelta, pero fracasé con el desencanto de quien ya sabe que todo va cuesta abajo. Bebí Glenfiddich —más de lo recomendable — en un par de eventos donde todos los demás preferían vino. Alguien perdió un vuelo por quedarse a comer helado conmigo.
Fui dos veces a la exposición de Damien Hirst en el Museo Jumex: una con una trigueña y otra con una rubia. Con la segunda tuve más suerte, sin entender cómo, salí con un autógrafo del autor. Comí una hamburguesa terrible en un hotel Hampton Inn de Guanajuato mientras veía un reportaje sobre los perros clonados de Milei. Comí a solas más de doscientas veces.
Me conmoví hasta la rendición en la Parroquia de San Juan Bautista. También en Coyoacán, vi a una mujer tener un ataque de nervios y perder el control tras insultar a vendedores de la zona. Traté de ayudarla un poco tras la llegada de la policía; pero supe que no había nada que hacer cuando me preguntó si yo era un espía. «Tienes cara de espía. Eres un espía, ¿verdad?».
Probé un pedacito de pulpo a las brasas y me indigné cuando un costarricense quitó una canción de Juan Gabriel para poner una bachata. Me enteré de la muerte de un amigo oaxaqueño con el que guardaba historias entrañables y con el que tenía más en común de lo que él creía. El tiempo, como suele suceder, no me alcanzó: dejé encuentros sin concretar, no por frivolidad o indiferencia, sino porque estaba rebasado por las circunstancias. Perdí a personas que estimaba, colmé su paciencia sin querer y terminaron alejándose (con razón).
Conocí a una mujer encantadora y tuve el privilegio de acompañarla un tramo del camino. Fue un honor, pero decidí no ir más allá; estábamos en frecuencias distintas, aunque nada nos quitará ese rosado espumoso que compartimos ni los cafés, ni las charlas, ni los paseos al calor de la música. Espero que aún lleve alguna de las canciones que puse en su lista de reproducción.
Vi a un vagabundo lanzando latigazos contra la nada en el Boulevard Miguel de la Madrid en Manzanillo. Fui a Xochimilco y admiré a un puñado de axolotls, criaturas simpáticas. Mantuve comunicación remota constante con dos personas de San Luis Potosí, quienes mantuvieron vivo el lazo con mi lugar de origen. Eché de menos y me ilusioné fugazmente. Comí tacos gobernador en Ensenada y acudí a la escena de un crimen en Baja California. Estuve en un restaurante tipo Art Decó en Tijuana y fui saludado por el dueño a quien conocía de casualidad de otro lado. Salí en un periódico local en una nota imprecisa con un titular de lo más chusco. Revisité dos buenas películas con Nicolas Cage: Leaving Las Vegas y The Family Man, tras varios años resonaron hondo en mí.
Volví a ver el mar varias veces. En una de ellas, ya por la noche tras un viaje relámpago de trabajo, dispuse mojar los pies en la orilla, el agua parecía tranquila hasta que una ola gigante me cubrió hasta la cintura por más que corrí, empapando el único pantalón que llevaba.
Comprobé la comodidad y sofisticación de las sillas Herman Miller, aunque nunca pagaría por una lo equivalente a un viaje por Europa. Comparé el sabor del Poire Williams con el de un curado de nanche con mezcal ante una sala llena de esnobs. El sommelier estuvo de acuerdo conmigo. «No lo había pensado, y sí», dijo.
Fui a un show de burlesque para acompañar a una mujer importante en mi vida. La pasamos bien, creo, y estuvo divertido, pero al final, como en cada uno de nuestros encuentros, se instaló esa desazón que parece inevitable entre nosotros. Esta vez parece que fue el último. Es una buena chica; seguro le irá de maravilla, aunque yo no esté ahí para verlo.
Para celebrar el 15 de septiembre tuve una noche de vinos mexicanos con diplomáticos y académicos, un enfrentamiento en el que botellas de Ensenada, Aguascalientes y Parras buscaron imponerse sin que nadie se decidiera a declarar un ganador.
Echaré de menos a una músico y socióloga, una ternura andante a la que apenas vi unas cuantas veces. Sobre este alejamiento todas las culpas serán mías, como decía no sé quién.
Me robaron el Kindle en una aglomeración del Centro Histórico. No me di cuenta hasta mucho después, cuando ya no había remedio. Perdí diez años de subrayados digitales, un registro de lecturas que en su mayoría jamás respaldé y que no podré reconstruir. Cada día me fastidia más salir, sobre todo si hay que ir lejos.
Sin proponérmelo, vi el arranque de una etapa de la carrera Panamericana. También vi a Luis Antonio de Villena caminar por una calle solitaria; pensé decirle algo, tomarme una foto… me parece unos segundos y luego me fui. Probé un ron salvadoreño, estaba bien. Pagué veinte pesos por la autobiografía de Chaplin en italiano.
Hice un último intento de reconectar con personas del pasado y no volveré a cometer ese error otra vez. Mi amigo Luis Ángel y su familia me compraron un pastel por mi cumpleaños, un gesto que no olvidaré, como tampoco el año en que Ana Michel hizo lo mismo o lo que me mandó Ixchel. Hay gente que me aprecia, pese a todo, y no dejo de sorprenderme por ello.
Por culpa del tránsito en la ciudad hice dos horas y media para llegar a un coctel en el Instituto Matías Romero, al llegar todo se había acabado y emprendí otra hora en el camino de regreso. Seguí promoviendo al Sanborns como refugio para beber unos tragos sin complicarse la vida. Topé con Laura León en un aeropuerto.
Un hombre de Georgia me dijo que no había restaurantes con comida de su país en México, y yo le dije que sí pensando más bien en uno armenio. Me adentré en zonas turbias de Iztapalapa con una comitiva en seguridad, una experiencia que parecía sacada de un reportaje de televisión abierta en los noventa. Conocí a la miss universo de Indonesia en una reunión (parecía mexicana). Fui romántico con quien no debía y también con quien no lo merecía, un error recurrente que no sé si terminaré por corregir. Leí un libro de Édouard Levé que me inspiró a escribir esto.
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El Cronopio
Matilde Soto Landeta, pionera directora cinematográfica de México | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash
EL CRONOPIO
Por: J.R. Martínez/Dr. Flash
A la larga lista de personajes potosinos que participaron brillantemente en el cine mexicano, en especial en la época de oro, siendo pioneros en el género, algunos de los cuales los hemos tratado en esta columna, se encuentra Matilde Soto Landeta, que si bien nació en la Ciudad de México, vivió su infancia y cursó sus primeros estudios en la ciudad de San Luis Potosí donde tiene sus raíces.
En 1913 México pasaba por importantes cambios políticos que agitaban al país, Madero había asumido la presidencia de la República, pero enfrentaba serios problemas de dirección que le llevaría a ser derrocado en los eventos de la decena trágica. Por esas fechas las enfermedades asolaban a la población, en especial la tifoidea, enfermedad que le causaría la muerte a Matilde Landeta Dávalos madre de Matilde Soto cuando esta tenía tres años de edad. Su madre originaria de Matehuala, San Luis Potosí, se casó en 1903 con Gregorio Soto Conde en San Luis Potosí, donde nacieron sus primeros hijos y fueron a radicar a la Ciudad de México, donde nació Matilde Soto Landeta el 20 de septiembre de 1910, aunque en varias crónicas sitúan su nacimiento en 1913.
Al morir su madre, Matilde Soto es traída a San Luis Potosí con su abuela y vive su infancia y adolescencia en la capital potosina. Estudió sus primeras letras en el colegio del Sagrado Corazón y la secundaria con las madres dominicas. En sus estudios mostró una fuerte inclinación por el arte pues comenzó a montar obras de teatro para su familia y amigos.
Al igual que el resto de los personajes potosinos que incursionaron en el cine. Nace su inclinación a este arte en una de sus visitas a Estados Unidos que realizó cuando tenía diecisiete años, con su hermano el actor Eduardo Landeta, lugar donde nacería su inquietud por incursionar en la realización de películas.
A inicios de la década de los treinta regresa al país y se familiariza con el ambiente cinematográfico al visitar los estudios de la Nacional Productora donde fue contratado su hermano como actor en la película de Miguel Zacarías, “Sobre las olas”, protagonizada por los potosinos Adolfo Girón y Emma Roldán, ya tratados en esta columna. Desde entonces estaría ligada a ese ambiente por alrededor de sesenta años. Contra viento y marea emprendió el aprendizaje del quehacer cinematográfico adentrándose, además, en aspectos de edición y fotografía de la mano de los grandes creadores de la época.
Inmediatamente participa como ayudante de guionista en la película de transición del cine mudo al sonoro, “El prisionero trece” de Fernando de Fuentes y en el lapso de diez años da sus primeros pasos como asistente de dirección. Los problemas de desigualdad de género se manifestaron pues su trabajo no era del todo reconocido, y su inquietud por dirigir sus propias películas se dificultaron entre estas desigualdades y la facilidad para conseguir los recursos económicos. Terminó financiando sus propios proyectos y logró dirigir sus primeras películas a fines de los cuarentas, con el estreno de Lola Casanova en 1948, primera película dirigida por una mujer
, en 1949 estrenaba su película La negra Angustias y en 1951 Trotacalles, donde se presentaron conflictos sindicales que la retiraron por un buen tiempo del cine.Uno de sus grandes proyectos que no dejaron de estar entre la lista de obstáculos a su carrera, fue el proyecto que trabajó junto a su hermano Eduardo Landeta, la dirección de la película Tribunal de Menores, proyecto sobre el cual la convencieron de vender el guion y los financiadores se lo otorgaron a otro cineasta que realizó la película “El camino de la vida”, película que se hizo merecedora al Premio Ariel de 1957 y fue merecedora al premio del mejor Argumento en los premios Ariel, así como la Mención de Honor en el Festival de Berlín. Matilde Landeta, como se le conoce en el medio, al asumir el apellido de su madre al igual que su hermano, demandó a la financiadora, pues además decidieron eliminar su nombre de los créditos del guion, demanda que prosperó y logró se conservaran su nombre y el de su hermano como los realizadores del guion de la premiada película que fue dirigida por Alfonso Corona Blake, una película donde Matilde Landeta retrata la vida de los niños marginados en Ciudad de México a través de tres delincuentes de un centro tutelar de menores. Uno de ellos mató a su padrastro para proteger a su madre, otro dejó ciego a su tutor para defenderse de sus abusos, y un tercero se ve obligado a robar para poder comer.
Temas que serían comunes en los guiones y películas de Matilde Landeta, donde coloca como protagonistas a las mujeres y grupos desfavorecidos sosteniendo la mirada femenina en el relato. Lo que definía como el cine de la mujer, aspirando a crear ese otro cine, creando un estilo narrativo donde las mujeres dejaban de ser figuras inmóviles.
Tras los conflictos en que se vio envuelta, fue excluida del cine mexicano, incursiona en la realización de alrededor de 110 cortometrajes en Estados Unidos. Impartió clases en la primera escuela de cine en México en el Instituto Cinematográfico y llegó a presidir la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas. Regresó al set de filmación, después de cuarenta años de haber sido excluida, dirigiendo en 1992 Nocturno a Rosario.
Su obra fílmica es marcada por la defensa de la libertad y la capacidad de las mujeres a decidir sus acciones y sus vidas. Murió el 26 de enero de 1999 en la Ciudad de México.
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El Cronopio
La formación científica de Mariano Jiménez | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash
EL CRONOPIO
Por: J.R. Martínez/Dr. Flash
José Mariano Jiménez ha pasado a la historia por ser uno de los caudillos del movimiento revolucionario. Por lo común ha quedado ausente en las arengas que en las ceremonias del grito de independencia los quince de septiembre se invocan a los héroes que nos dieron patria y libertad. Lo lamentable, es que en su propia tierra se le ignore en esas festividades.
Mariano Jiménez luchó con las armas al lado del Padre Hidalgo y Allende y superó en estrategias a los mismos generales en la Batalla de las Cruces, donde pedía Jiménez dar el golpe definitivo. La historia fue otra. Pero también combatió con las armas del conocimiento, como forma de emancipación del pueblo mexicano que exigía libertad y justicia. Mariano Jiménez se preparó en el Real Seminario de Minería con los mejores profesores de la época a nivel mundial y cultivó, junto a sus compañeros que dieron la vida por forjar una patria independiente, un pensamiento crítico donde se cuestionaba el estado social de la época.
Sus compañeros egresados del Real Seminario de Minería que fueron ejecutados tras la toma de la Alhóndiga de Granaditas por el ejército realista, fueron Rafael Dávalos, Casimiro Chowell, Ramón Fabié, Vicente Valencia y Mariano Jiménez que fue capturado y fusilado junto a Allende y Aldama, entre otros cabecillas de la insurgencia.
Mariano Jiménez también pasa a la historia de la ciencia mexicana y de la potosina al ser uno de los primeros potosinos que cursó cátedras formales de matemáticas, química, física y mineralogía, orictognosia, geognosia y laboreo de minas, con los profesores y científicos Andrés José Rodríguez, Francisco Antonio Bataller, Andrés Manuel del Río, Luis Linder y Fausto de Elhuyar. Destacó en su carácter de estudiante del Real Seminario de Minería ocupando los primeros puestos en aprovechamiento y por lo mismo, siendo elegido para presentar exámenes públicos, llamados Actos Públicos, ante el Tribunal de Minería y público interesado. Fue de los pocos alumnos que participó en todos los años que estuvo como estudiante, desde 1796 hasta 1800. Siendo examinado en los exámenes generales para proceder a su periodo de practicante el 8 de enero de 1801.
Sus prácticas las realizó en el Mineral de Sombrerete y posteriormente en la mina del Márquez de Raya en Guanajuato a petición de este. Las prácticas las terminó en 1804 y presentó su examen de titulación para graduarse como perito facultativo minero el 19 de abril de 1804.
Los Actos Públicos que presentó Mariano Jiménez dan cuenta de su formación científica, que fueron presentados en cinco ocasiones, correspondientes a sus años de preparación, desde 1796 donde presentó el Acto Público de Matemáticas donde sustentó sobre aritmética, álgebra y geometría elemental. En 1797 presentaba el Acto Público de Matemáticas sustentando los temas de trigonometría rectilínea, secciones cónicas y cálculo infinitesimal, diferencial e integral. En 1798 sustentaba el Acto Público de física contestando sobre física experimental, dando razón de las propiedades generales de los cuerpos, de la estática, dinámica, hidrostática, hidráulica y aerometría.
En dichos exámenes públicos los estudiantes no sólo defendían los conocimientos adquiridos sino presentaban resultados novedosos en los diversos temas científicos, donde la contribución con nuevo conocimiento fue muy común en los alumnos del Real Seminario de Minería. Una de sus famosas presentaciones públicas fue en la materia de orictognosia, o el estudio de los fósiles, que en aquella época iniciaba como disciplina y en la cual, geognosia y labores mineras junto a su compañero Miguel Álvarez Ruiz. Con respecto a la orictognosia, manifestaron que de las notas o caracteres exteriores, químicos, físicos y empíricos que pueden servir para distinguir los fósiles y clasificarlos es necesario recurrir al análisis químico, pues su distribución en clases, familias, géneros, especies y variedades se funda en sus principios constitutivos. Esta conclusión guió los trabajos de investigación en el tema muchos años después.
Otra de sus contribuciones importantes fue en el área de la química y con ello inauguraba la introducción del estudio de la química moderna en México. Los químicos del siglo XVIII sostenían la presencia del flogisto como responsable de la combustión de los objetos, se decía que al arder los objetos perdían flogisto, por lo que, el flogisto era una sustancia que formaba parte de los cuerpos combustibles. Tal era el estado del arte en la química, cuando el joven potosino y su compañero Álvarez Ruiz demostraron que el aire y el agua eran sustancias compuestas, que la teoría del flogisto era falsa.
El estudio presentado por Mariano Jiménez y Álvarez Ruiz, contribuía a esclarecer los principios de la combustión y la composición de los cuerpos, pues aún en esos años algunos químicos seguían apoyando la teoría del flogisto y la aseveración que el agua no era una sustancia compuesta.
En estos días de festejos patrios, es necesario recordar que los procesos de emancipación incorporan también al conocimiento y en este sentido los potosinos debemos sentirnos orgullosos de personajes como José Mariano Jiménez que brilló más allá de la lucha armada por construir un país.
Los detalles sobre su formación científica y su papel en los Actos Públicos en la llamada primera casa de las ciencias de América pueden leerse en mi reciente artículo disponible en la dirección: https://www.researchgate.net/publication/414299527_Los_Actos_Publicos_de_Jose_Mariano_Jimenez_en_el_Real_Seminario_de_Mineria
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El Cronopio
La joven promesa potosina del canto lírico, Jaqueline del Rocío | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash
EL CRONOPIO
Una de las herederas de la tradición potosina del canto lírico, representadas por María Luisa Escobar, Ernestina Perea y Oralia Domínguez, tratadas con anterioridad en esta columna, es la joven soprano Jaqueline del Rocío Medina Pérez.
Jaqueline del Rocío Medina creció en un ambiente musical, su padre es el chelista Raymundo Medina, mismo que comenzó a formalizar desde los cuatro años con lecciones de música combinando el juego y lo que sería su vocación, la música, iniciándose en la práctica del violín para después destacar en el ámbito del canto.
Egresada de la Licenciatura en Canto de la Unidad Académica de Artes de la Universidad Autónoma de Zacatecas “Francisco García Salinas”, se ha convertido en una de las voces más destacadas de la lírica mexicana contemporánea. Inició sus estudios en la Escuela Estatal de Iniciación Musical Julián Carrillo, en donde también imparte clase. En otro recinto con ese nombre del músico potosino, obtuvo en el mes de agosto de 2026, un doble premio: el Primer Lugar Femenino, así como el prestigioso Premio Concurso María Callas en la décima edición del Concurso Internacional de Canto Linus Lerner.
El certamen es reconocido como una de las plataformas de mayor exigencia y proyección para jóvenes intérpretes de la música clásica y la ópera en México, cuya final se realizó en la sala Julián Carrillo de la UNAM. Donde se evalúa principalmente aspectos técnicos esenciales del canto lírico como la solidez vocal, el dominio del repertorio operístico, la interpretación interpretativa y el desenvolvimiento escénico en disciplinas que incluyen zarzuela, oratorio, lied y canción de concierto.
Este prestigioso premio se suma a los galardones en otros certámenes que ha obtenido Jaqueline del Rocío, como el premio obtenido en 2024, Primer Lugar del XLI Concurso Nacional de Canto Carlos Morelli con la interpretación del aria de Il corsaro: Non so le tetre immagini, así como el Premio del Público Pro Ópera en el mismo evento, premio concedido por voto directo del público, donde participaron, como cifra récord, 180 aspirantes; además obtuvo el Premio de Ópera de Bellas Artes, un recital con la Coordinación Nacional de Música y Ópera del Inbal, un recital con la Dirección de Música de la Universidad Nacional Autónoma de México, la participación en un título de la temporada de la empresa Escena 77 Producciones y el Premio Ópera de San Miguel, la Orquesta Sinfónica del Estado de México le ofrece una actuación en su temporada de conciertos.
Los premios obtenidos en 2024 en Bellas Artes llevan el nombre del barítono italiano que realizó su carrera en México al llegar en 1938, a interpretar el papel titular en Rigoletto, de Verdi. A partir de entonces permaneció en nuestro país, hasta su deceso en 1970.
Jaqueline del Rocío ha formado parte de la Orquesta de Cámara de Zacatecas, y como solista en la Academia de Música Antigua de Zacatecas y la Camerata de San Luis Potosí. Otro premio digno de mención es el obtenido en el 2022, donde ganó el Premio del Público y Mención Honorífica en el Concurso de Canto Lírico de América Orfeo. Obtuvo el rol principal en las óperas Don Giovanni de Amadeus Mozart y La Boheme de Giacomo Puccini.
Lo anterior habla de una gran promesa en el canto lírico y que esperamos se puedan realizar conciertos locales donde el público potosino pueda apreciar su gran talento, como sucedió en el Festival de Ópera de San Luis Potosí, Linus Lerner, donde participó en La flauta mágica, de Mozart; y Hansel y Gretel, de E. Humperdinck. Tiene una importante carrera por delante, para la cual continúa en su preparación y perfeccionamiento redondeando su preparación en canto, expresión y actuación escénica.
Puede decirse que la vida de Jaqueline del Rocío ha transcurrido en la música y, que su futuro en el canto lírico dará mucho que hablar en los escenarios nacionales e internacionales, sumándose a pléyade de divas potosinas que han puesto en alto el nombre de San Luis Potosí en los grandes escenarios mundiales.

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