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Envidia | Columna de Juan Jesús Priego

LETRAS minúsculas

 

«La envidia –definió San Agustín (354-430) al comentar la epístola paulina dirigida a los gálatas- es un dolor del ánimo que ocurre cuando vemos que alguien, a quien consideramos indigno, alcanza un bien, aun cuando nosotros no lo procurásemos».

Para decirlo con nuestra pobres palabras, una persona envidiosa es aquella a la que le duele en el alma, en el corazón, en los tuétanos y en todo el cuerpo la prosperidad, los talentos y los pequeños y grandes éxitos de cierta persona a la que conoce muy bien y a la que en el fondo quisiera parecerse.

El envidioso trabaja metódicamente y no fija su mirada sino en un uno a la vez. «De entre todos los nombres que envidie –observa perspicazmente Angus Wilson (1913-1991)-, siempre habrá uno que lo persiga y amargue adonde quiera que vaya». Uno, no dos. De éste ha llegado a saberlo todo, o casi todo. No es improbable que conozca su número telefónico, el día de su cumpleaños, el nombre de sus hijos, el password de su cuenta en Hotmail y hasta la clave secreta de sus tarjetas bancarias.

El envidioso no ve a su rival: lo espía. Lleva una cuenta mental exactísima de las veces que el jefe le palmeó en el hombro, de las veces que le sonrió la secretaria de a lado (de quien antes ni siquiera había notado la existencia, pero a la que en adelante tratará de seducir para que a él también le sonría), de la cantidad de llamadas que recibió en el transcurso de una mañana y de muchas otras cosas igual de insignificantes. De él se podría decir que nada del envidiado le es ajeno. Cuenta sus idas y venidas, hace preguntas aparentemente inocentes a terceros acerca de su vida privada y finge un desinterés rayano en la insolencia cuando se refiere a aquel al que secretamente admira. Dice a sus amigos a la hora del café:

-Tengo entendido que… ¿Cómo me dijeron que se llamaba?

Finge que ni siquiera lo conoce, que ni siquiera recuerda su nombre, pero, ¡ay!, si todos supieran…

Si a éste le aumentan el sueldo, el envidioso se queja del suyo, que siempre le parecerá miserable; si se compró un automóvil más nuevo o más caro que el que ya tenía, al envidioso le duele, porque, según él, nunca ha tenido uno igual y, al parecer, ni lo tendrá. «¿Por qué la vida es tan madre con unos y tan madrastra con otros?», se pregunta lleno de rabia al estrujar un papel. Si el otro tiene los ojos azules, el envidioso increpa a la naturaleza por haberle dado a él, precisamente a él, unos ojos ordinariamente negros. Se dice a sí mismo en el baño a la hora del aseo: «Los antepasados de mi madre tenían todos ojos verdes. ¡Maldita sea! ¿Por qué tuvieron que influir tanto en mí los genes de mi padre?».

Si oye que alguien alaba alguna virtud o hazaña de su enemigo, el envidioso interviene de inmediato para poner remedio: «¡Oh! –exclama-, no es para tanto. Es verdad que no podemos restar méritos a ese individuo, pero debemos tomar en cuenta que, dadas las circunstancias…». En el fondo también él está de acuerdo con todo lo que dice el panegirista, pues no en balde admira a su contrario.

La envidia empequeñece al hombre, decía Casiano, y esto lo explicaba del siguiente modo: «El envidioso, por lo mismo que se abandona a la envidia, demuestra su pequeñez y complejo de inferioridad, ya que su envidia atestigua que es mayor aquel cuya prosperidad le entristece y saca de quicio» (Instituciones V, 22).

En la misma medida en que se dedica a observar al otro, el envidioso deja de observarse a sí mismo. Sabe de las riquezas que ha recibido aquél –el afortunado, el enemigo-, pero de las que ha recibido él no sabe absolutamente nada. Éstas se le escapan, no las ve, le pasan inadvertidas. «¿Cuáles riquezas?», pregunta indignado cuando alguien le menciona alguna de ellas. Porque su rival es rico, él se imagina a sí mismo necesariamente pobre: su riqueza lo empobrece. Si aquél tiene una casa bonita y espaciosa, éste no piensa en la suya, que también podría ser bonita y espaciosa: a él le desagrada por el hecho de ser suya, como desea la otra por el hecho de ser ajena.

Una observación más: el envidioso puede ser todo lo tenaz que se quiera, pero es muy poco original: no innova ni inventa, sino que se limita a repetir lo que ha visto que el otro, su envidiado, suele hacer. Como puede, y si puede, frecuenta los mismos clubes, maneja los mismos autos, fuma la misma marca de cigarrillos y compra las mismas marcas tanto de corbatas como de pantalones y perfumes. Lo único que no hace, por evidentes motivos de decoro y dignidad, es reírse de los mismos chistes.

Los viejos tratados de ascética y moral decían que la envidia faltaba a la caridad, pues en vez de alegrarse de la prosperidad del prójimo se entristecía. Pienso que más que faltar a la caridad, la envidia falta a la justicia. En el fondo, el envidioso piensa siempre que Dios es injusto por haber repartido sus bienes de manera muy desigual. A los otros les ha dado mucho, mientras que a él no le ha dado absolutamente nada.

Confesaba al final de su vida el personaje de una novela de Silvina Bullrich (1915-1990), la novelista argentina: «Mi error fue creerme más mediocre de lo que soy». Pues bien, tal es el error de todo envidioso: creerse más mediocre de lo que es. Ya lo hemos dicho: su vicio lo empequeñece. ¡Ah, si se decidiese a hacer una lista de las cosas buenas y bellas que posee, si se decidiera a ser él mismo, acaso terminaría haciendo un descubrimiento que le cambiaría la vida! Pero mientras no la haga, tendrá que resignarse a ser el pobre hombre que en la actualidad se limita a ser.

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