mayo 26, 2026

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#4 Tiempos

Reyes por un día | Columna de Juan Jesús Priego

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El largo plazo se halla en vías de extinción. Todo, hoy, tiende a durar poco: la amistad, el matrimonio, los zapatos y el trabajo. Según Manuel Castells, renombrado sociólogo de la Universidad de California, en la era del capitalismo global (es decir, la nuestra) un hombre de 54 años de edad puede ya considerarse muerto. Los grupos transnacionales no lo quieren, y las empresas locales lo desprecian: ha pasado a formar parte del horroroso quinto mundo, es decir, de la tercera edad.

En una entrevista reciente, Richard Sennett, uno de los estudiosos más preocupados por esta situación, observó: «La cultura del trabajo ya no se basa en la lealtad, en las relaciones a largo plazo entre empresarios y trabajadores. El empresario ya no se compromete con el trabajador porque su objetivo es quemarlo, y el trabajador tampoco no se compromete con el empresario porque se siente inseguro. Antes, podías ir subiendo en la organización de la empresa; ahora simplemente tienes un empleo en el que debes rendir a corto plazo y sin perspectivas de futuro».

En este nuevo mundo laboral, ¿quién tiene seguridad de nada? Nadie. Las garantías no existen, y el que hoy está en una mullida oficina en el octavo piso de un rascacielos, mañana mismo podría estar en la calle.

Según Sennett, es debido a esta inseguridad que reina entre los trabajadores de todas clases y sectores que se han multiplicado las neurosis y las depresiones. Y continúa diciendo en la misma entrevista: «La nueva forma de organizar el trabajo desorganiza la vida de las personas. Conseguir resultados en breve y que el único premio sea no perder el empleo provoca presión. Los psicólogos afirman que hay mucha más ansiedad y estrés en los trabajadores de hoy que en los de antaño».

El miedo a perder el empleo en el momento menos pensado ha hecho, también, que los trabajadores se sumerjan a ritmos laborales realmente patológicos. Tengo en mi escritorio, a un lado de la computadora, un interesante libro titulado: Not for Sale. Saving your Soul and your Sanity at Work; en español, algo así como: No se vende. Cómo salvar tu alma y tu salud en el trabajo, escrito por J. Murray Elwood. De él transcribo el siguiente párrafo: «A los patrones les gusta ver al personal en la oficina todo el tiempo trabajando como castores. Si los empleados tratan de trabajar en base a un programa razonable de tiempo (por ejemplo, de las 8 de la mañana a las 5 de la tarde), o a tiempo parcial, con frecuencia son tenidos como desleales… En cierto sentido, la alta dirigencia considera que cualquier persona que posea vida privada e intereses fuera de la empresa es desleal al equipo o a la familia corporativa. Para muchos profesionales el trabajo se está convirtiendo en una especie de hogar, y el hogar en un lugar para el trabajo».

Ante esta situación nada grata ni cómoda, Richard Sennett piensa que lo mejor que pueden hacer los trabajadores para salir de este círculo infernal en el que han sido recluidos por un capitalismo crapuloso es «aprender a trazar una línea que divida lo que quieren ser como seres humanos y sus aspiraciones económicas». Murray Elwood, a su vez, dice que es despertando sus potencialidades dormidas como los trabajadores del siglo XXI podrán recuperar el gusto por la vida: «la meditación, andar en bicicleta o tocar un instrumento musical» serían para ellos, dice, grandes cosas.

Esta última solución me parece demasiado blanda. Yo propondría, más bien, hacer una relectura de lo que significaba el shabat o sábado para los judíos y lo que debiera significar el domingo para los cristianos. Cuando Dios ordenó un día de reposo semanal, lo hizo, ante todo, para recordar a sus fieles que no valen únicamente por lo que hacen, sino simple y sencillamente por lo que son: un pueblo de redimidos.

El sábado, los judíos leen, conversan entre ellos e incluso se quitan el reloj. Ese día, en el que no deben caminar más de dos mil pasos (unos 900 metros), ni siquiera cargan la cartera, y con los cigarrillos pactan tregua, para demostrar que no son esclavos ni siquiera de sus propios deseos –pero, sobre todo, porque en ese día santo no está permitido encender fuego-. El sábado es el tiempo para las cosas esenciales: es el tiempo para tener tiempo, el tiempo para celebrar el reposo: «Durante todo el día se lo celebra orando y comiendo, escuchando la Palabra de Dios, paseando, leyendo y bailando, discutiendo y cantando» (Peter Eicher).

El sábado se rompen las cadenas que atan al trabajo; como dice una canción judía, «el viernes por la noche todo judío es un rey. Las risas se apoderan de la casa y todas las personas saltan de alegría». Con la aparición de la primera estrella del viernes, la esposa enciende el candelabro de los siete brazos mientras el esposo recita un texto del libro de los Proverbios: «Una mujer hacendosa, ¿quién la hallará?… Se ciñe la cintura con firmeza y despliega la fuerza de sus brazos. Está vestida de fuerza y dignidad; sonríe al día de mañana. Muchas mujeres reúnen riquezas, pero tú les ganas a todas» (31,10-29).

Para los judíos, el descanso es una cosa muy seria. ¿Por qué? Vea usted: porque Dios mismo guarda el sábado. En efecto, ¿no descansó Él el séptimo día tras las fatigas de la creación? Los diez mandamientos fueron dados a los hombres para que los cumplan, pero Dios mismo observa por lo menos uno de ellos: el descanso sabático. Por eso, a los que no guarden el sábado Dios los amenaza con la muerte: «Seis días se trabajará, mas en el séptimo día habrá descanso, reposo absoluto consagrado a Yahvé; todo el que haga cualquier obra en el día de sábado morirá irremisiblemente» (Éxodo 31,15). Y si es Dios quien lo dice, hay muchas razones para creer que esto es verdad. Si no descansamos, moriremos irremisiblemente: de angustia, de infarto, de pena o de desesperación.

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El Cronopio

Elke Köppen y la sociología visual | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

El estudio de las imágenes como medio de comunicación, aprendizaje y generación de nuevo conocimiento, es una de las áreas que están desarrollándose. Pocos estudios en comparación con otros temas, son los que se han realizado en este tema. Nuestro mundo, un mundo de imágenes, que ahora con el advenimiento de las redes sociales, se despliegan, en parte, como transformadoras de la realidad, producen además un detrimento en la capacidad lectora de los jóvenes.

Las imágenes en sí, también requieren de decodificar su significado y reconstruir la narrativa que encierran en su construcción, sea producida por una fotografía y elaborada por otros métodos, incluyendo la iconografía. De esta manera, requiere una alfabetización para su apreciación y su interpretación, lo que la convierte en un recurso pedagógico que es poco aprovechado.

La construcción de nuevo conocimiento en nuestra era nanotecnológica, y astronómica, requiere del manejo de imágenes que adquieren sentido para los especialistas, como medio de extensión de nuestros sentidos para el entendimiento de nuestro mundo. Una imagen dice más que mil palabras, dicen por ahí, pero no siempre estas palabras están al alcance del observador. 

Una de las investigadoras que ha incursionado en este tema, y en el uso de las imágenes en el área de biblioteconomía, es la Dra. Elke Köppen que desarrolla lo que llama, sociología visual, que tiene como objetivo alentar el uso de material visual en la investigación social y, en otras áreas del conocimiento.

La Dra. Elke Köppen es investigadora del Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades de la Universidad Nacional Autónoma de México, donde participa activamente en el Programa de Investigación Estudios Visuales, enfocándose primordialmente en la fotografía. Su línea de investigación es sobre recursos y sistemas de información en bibliotecas, archivos y repositorios. Ha fincado una destacada carrera académica de más de treinta y nueve años en la UNAM, iniciando en el Instituto de Investigaciones Sociales de dicha institución, generando una buena cantidad de estudios que han sido publicados en revistas y diversas publicaciones internacionales, entre artículos, capítulos de libro y libros coordinados sobre información visual, archivos fotográficos, imágenes científicas graffiti y fotografía.

Su formación inicial es en sociología, de la que obtuvo la licenciatura en la Universidad de Bielefeld, Alemania. Vino a México a continuar sus estudios de posgrado y trabajar en investigación social. Realizó su maestría y posteriormente el doctorado en Bibliotecología y Estudios de la Información en la UNAM.

Elke Köppen ha colaborado como investigadora con receso sabático con la Universidad Autónoma de San Luis Potosí en la Facultad de Ciencias de la Información, en información visual y tecnologías disruptivas. Ha seleccionado a San Luis Potosí como uno de sus puntos de residencia lo que enriquece el ambiente cultural y académico de la ciudad.

La visión estética de las imágenes, principalmente a través de la fotografía, enlaza las áreas de las ciencias sociales y las exactas, resaltando el tema interdisciplinario que pregona el instituto para el que labora, desde su creación, el cual recientemente ha cumplido treinta años de fundado.

Algunos de los libros que le ha publicado la UNAM, son: los trazos de la ciencia, libro que es resultado del cruce de diversas investigaciones sobre procesos históricos de producción de conocimientos científicos y tecnológicos vehiculados por el uso de imágenes. Pero se trata de imágenes elaboradas para distintos destinatarios y con múltiples propósitos: información geográfica, educación moral, pasatiempos, diagnósticos médicos. Otro de ellos es: imágenes en la ciencia, ciencia en las imágenes, libro colectivo de la que fue coordinadora.

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El Cronopio

El formador de humanistas, Villaseñor Tejeda | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

Hace setenta y un años iniciaban las actividades académicas de la extinta Facultad de Humanidades de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí (UASLP) desaparecida ignominiosamente por motivos políticos en 1962. La UASLP caía en un largo periodo de oscurantismo del que costó salir, en la década de los ochenta, con el esfuerzo de la planta académica que comenzó su formación en la propia UASLP y que redondeara esa formación en universidades e instituciones de vanguardia a nivel mundial.

Sesenta años después se restablecían en la UASLP estudios humanísticos y sociales. Los primeros tiempos de aquella Facultad de Humanidades fueron brillantes y una pléyade de profesores figuraron en el claustro académico de la UASLP, muchos de los cuales han caído en el olvido y que hemos estado recordando en esta columna, tanto a profesores como profesoras que aparecen en el libro Damas de Potosí, perfiles publicados en La Orquesta.

En cuanto a la licenciatura de filosofía, activa en la actualidad en la UASLP, que cumple once años de ser reactivada, pues esta carrera era una de las carreras que existían en aquella Facultad de Humanidades, requiere conocer sus antecedentes y principalmente los profesores que le dieron vida en la década de los cincuenta y principios de los sesenta.

Uno de esos profesores fue José Villaseñor Tejeda, que impartió cátedra en la Facultad de Humanidades potosina de enero de 1958 a agosto de 1962, año y mes en que fue cerrada. A decir de Josefina de Ávila Cervantes, estudiante y profesora de la mencionada Facultad y de quien hemos tratado en esta columna, “el profesor Villaseñor fue el eje silencioso del cual partían y al cual volvían maestros y alumnos”.

En ese lustro de trabajo en la UASLP por formar maestros en filosofía y en letras escribiría su Introducción a la Filosofía, su estudio sobre la Crítica de la Razón Pura y sus ensayos sobre Sócrates, Freud, Proust, Dostoievski, el humanismo y otros temas que fueron publicados en la Revista de la Facultad de Hum anidades, en Letras Potosinas y en Vitral, revista del Instituto de Cultura Superior, así como escritos inéditos consistentes en investigaciones filosóficas, ensayos sobre arte: pintura, cine, literatura.

José Villaseñor Tejeda murió joven, a los cuarenta años, el 23 de diciembre de 1968 en la Ciudad de México a donde fue a laborar al Instituto de Cultura Superior después del cierre de la Facultad de Humanidades. En ese Instituto reestructuró el curso filosofía de la religión que había iniciado en la UASLP. 

Villaseñor comenzó sus estudios de filosofía en el Seminario Conciliar de México y para 1947 pasó a la Universidad Nacional Autónoma de México donde terminó sus estudios de maestría en filosofía. Al terminar, ingresó como profesor a la Universidad de Guanajuato donde laboró por un poco tiempo al renunciar en protesta por el despido de un grupo de compañeros de trabajo tratados injustamente por las autoridades escolares.

Su compañera de aventura académica en la UASLP, la mencionada Josefina de Ávila lo retrata en un comentario de recuerdo: “La contrapartida de su historia -la que ofrece tan poco a aquellos que esperan todo de los hechos-, fue (usando términos suyos), su intrahistoria. Para quienes no traducen su propia existencia como un activismo urgente y aceptan, por el contrario, que la aventura del espíritu no puede ser corrida con la esperanza de una respuesta concreta y tranquilizadora sino con la pura actitud contemplativa, encontrarán en su obra una invitación a detenerse ante el misterio develable que envuelve y penetra esto que llamamos el Universo”.

El recuerdo de quienes contribuyeron al desarrollo de nuestras instituciones y, participaron en la formación de la juventud potosina y profesionales que contribuyen al desarrollo social es imprescindible en una institución que se jacta de ser representativa de la educación superior en el país; pero más importante es darles vida manteniendo su obra en difusión.

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Acento Ajeno

Educar en el siglo veintiuno es un acto de fe, no solo de vocación | Columna de Haniel Valdés Velázquez

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ACENTO AJENO

Por: Haniel Valdés Velázquez

¿Te has fijado que en las escuelas hay muchas maestras y maestros veinteañeros o apenas llegados a sus treintas? Hay mucha gente joven llevando en sus hombros el futuro de este país.

Muchos recién egresados de las universidades están eligiendo el magisterio como forma de vida, muchos viven hoy de formar nuevas generaciones, de enseñar lo que pocos años antes aprendieron. Y creo que no lo ven solo como un trabajo, lo ven ya, quizás inconscientemente, como su misión de vida.

Las redes sociales se han llenado de nuevos maestros que comparten sus experiencias, sus historias frente a un aula, y están construyendo una forma distinta de educar, una de cercanía, de compañerismo, de ser uno más de sus alumnos, porque sí, educan, enseñan, pero también aprenden y crecen en el proceso.

Las escuelas son hoy, más que nunca, una bonita convergencia de generaciones, maestros experimentados, con años frente al pizarrón, alumnos muy jóvenes y que apenas comienzan ese largo camino que es el crecer, y noveles maestros, más cerca en edad de sus alumnos que de sus compañeros de profesión, que inician su vida laboral en la más noble de las tareas, educar.

A veces sin apoyo institucional, con un Mario Delgado como secretario de Educación Pública al que le falta la educación y el sentido común, con directivos a distintos niveles, que se preocupan más por las ganancias o los días libres que por el objetivo principal de los centros educativos, los maestros siguen firmes en su convicción de que sin su trabajo no existirían los demás, no habría mañana.

Educar, en pleno siglo veintiuno, en este mundo en el que vivimos, no solo es un acto de valentía, es un acto de fe, de esperanza, de profundo amor. ¿Cómo no creer en ustedes, que hoy entregan tanto?

No felicito a los maestros hoy, eso ya lo han hecho todos, mejor les pido disculpas, por las veces que fui del grupito de atrás que había que separar, por las tareas sin hacer, hasta por los padres incomprensivos que no supieron ver que su hijos no eran los angelitos que ellos pensaban. 

Mejor les agradezco, sé que su labor no la hacen esperando la felicitación del único día del año que parece nos acordáramos de ustedes, les agradezco por seguir, por levantarse en las mañanas y salir dispuestos a cambiar vidas, a formar personas de bien, por no pensar en las carencias y solo ver oportunidades de crecimiento en cada alma que llega a sus clases.

A ustedes maestros, gracias, que no se les acaben nunca la experiencia, la creatividad, el amor y sobre todo, que no se les acabe nunca las ganas de construir futuro.

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