#4 Tiempos
Respeto al destino | Columna de Juan Jesús Priego
LETRAS minúsculas
Siempre que me toca asistir a una pareja de jóvenes que se casan, a la hora del sermón les hago evocar el día en que se conocieron. ¿Qué día fue ese, de qué mes y año? Es claro que las más de las veces estos despistados no recuerdan la fecha exacta, pero es raro que se olviden de todo lo demás. ¿Fue en una fiesta o en una reunión de trabajo? Y si fue en una fiesta, ¿cómo llegaron a ella, por invitación de quién? ¿O fue más bien en la escuela, a la hora del recreo, o incluso en el salón de clases?.
Cuando los que están a unos minutos de contraer matrimonio piensan en estas cosas, casi siempre se enternecen a tal punto que los ojos comienzan a brillarles. «¡Ah –parecen exclamar cada uno por su lado o viéndose el uno al otro-, qué suerte haber conocido a esta persona con la que pronto me uniré para siempre!».
Después les hago ver que, de haberse buscado, jamás se habrían encontrado. Abandonados a sus propios recursos no hubieran hecho otra cosa que jugar a las escondidas: uno habría caminado por una calle, y el otro por otra, como dos líneas perfectamente paralelas que nunca llegan a tocarse. Pero por fortuna existe la Providencia y ha sido ella la que provocó lo que ninguno de los dos, por sí mismo, hubiera podido producir. Fue Dios, el Señor de la vida, el que los hizo coincidir, luego conocerse y finalmente amarse. Ahora bien, ¿qué se deduce de todo ello? Que si ha sido Él quien provocó el encuentro y el amor, Él bendecirá con mucho gusto su unión.
Por último, suelo pedirles que den gracias a este Dios maravilloso que con tanta puntería los llevó el uno hacia el otro, y que hagan todo lo posible para que lo que Él ha querido no lo dejen de querer ellos cuando la rutina los canse y el cansancio los venza.
Lo que me propongo al decirles estas cosas es hacerles ver que su amor es un misterio que tiene su origen en el querer divino y que como tal deberá ser siempre tratado, es decir, con respeto y reverencia. Si en el nacimiento de todo amor ha intervenido Dios, si ha sido gracias a Él que estos dos seres han llegado a amarse, entonces hay que quitarse las sandalias y caminar despacio porque la tierra que pisan es sagrada.
En más de una ocasión, cuando he tenido que hablar con esposos a punto del divorcio, me he dado cuenta de que cuando éstos evocan los tiempos y las circunstancias en las que se conocieron, así como los lugares que frecuentaron, los conflictos se suavizan y la tensión aminora. Hay quienes –me consta- han superado sus conflictos yéndose a hospedar al mismo hotel y en la misma habitación en la que se hospedaron veinte años atrás, durante su luna de miel, o volviendo a bailar las canciones que les gustaban cuando eran jóvenes y andaban de novios. ¡Qué misterioso es el poder del recuerdo! Una pareja amiga mía, cuando las cosas andan mal y se descubren concibiendo ideas separatistas, corren inmediatamente al parque en el que se conocieron y en el que, a hurtadillas, se dieron su primer beso. ¡Santo remedio!
Todo esto viene a cuento porque hace poco, leyendo un libro de Thomas Moore quedé gratamente sorprendido al leer en una de sus páginas la siguiente expresión que de moderna no tiene nana: respeto al destino. ¡Cómo! ¿Por fin alguien se atrevía a hablar de este modo? ¿Cómo era posible semejante expresión en una época que sólo cree en la soberanía de la libertad? Este autor, psicólogo de profesión, aunque muy poco ortodoxo, dice que, cuando en un matrimonio las dificultades se multiplican, los cónyuges deberían aprender el arte del respeto al destino. «Debemos respetar –dice- el espíritu inexorable que nos reunió en un principio. Desde el punto de vista del alma, nada ocurre por casualidad. El sino que rodea los comienzos de una relación profunda sugiere una intencionalidad incomprensible para las personas implicadas».
Este respeto al destino –continúa Moore- puede y debe convertirse en un elemento fundamental de la espiritualidad de la pareja. Y sólo entonces «a partir de ahí la relación se puede cimentar sobre una base que no es del todo humana, sobre un fundamento de roca más firme que nada de lo que pueda crear el ingenio humano».
Cuando caemos en la cuenta de que no fue el azar el que nos hizo encontrarnos con este ser particular, sino la Providencia –sigue diciendo Moore- sólo entonces podemos crear una intimidad más honda y crear lazos prácticamente indestructibles.
El día de su ordenación, casi todo sacerdote piensa –y lo digo con conocimiento de causa- en cómo Dios lo fue llevando hasta ese día sin que él supiera cómo. Toda su historia personal es leída entonces por él en clave de llamada, de vocación, de misión. «¡Cómo fue necesario –dice para sus adentros mientras se postra en el suelo a la hora de la letanía- que sucediera esto y lo otro para que hoy yo estuviera aquí!». De este modo el sacerdote, que se sabe llamado por Dios, ya no tan fácilmente, después, renunciará a ser lo que es.
Pues bien, eso es lo que deberían pensar también los esposos, pues su vocación es tan sagrada como lo es la sacerdotal. Desde la perspectiva del respeto al destino todo se vuelve más luminoso. «Dios lo quiso así»: he aquí un pensamiento capaz de hacernos vencer cualquier tentación por grande que sea. Un conocido mío –esposo intachable- era literalmente perseguido por una mujer hasta que éste le dijo con comprensión y amabilidad:
-Mira, de haberte conocido diez años antes, tal vez habría habido algo grande y bello entre nosotros. Pero yo ya estoy casado, y esto quiere decir que llegaste tarde a mi vida. Y si llegaste tarde es porque no estabas destinada a mí. ¡De haber querido Dios que hubiera algo entre tú y yo, Él habría provocado el encuentro en el momento en que amarnos no hubiera sido pecar!
¡Ah, si todos los esposos pudieran hablar de la misma manera! Bien, esto es lo que quiere decir, ya en la práctica, ese respeto al destino sin el cual todo se vuelve nebuloso, caótico y problemático.

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El Cronopio
Leticia Almazán de la Garza, compositora potosina | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash
EL CRONOPIO
San Luis Potosí ha sido tierra de compositores, donde la música de concierto y las canciones de concierto han sobresalido. Algunos de estos personajes los hemos tratado en esta sección, aunque entre ellos han escaseado las mujeres, en cuanto a composiciones se refiere. Los tiempos cambian al abrirse oportunidades a las damas y, afortunadamente, en este siglo veintiuno podemos contar con algunas compositoras potosinas. Como muestra está el concierto que ofreciera la Orquesta Sinfónica de San Luis Potosí en el mes de marzo pasado donde interpretó, en el marco del Día Internacional de la Mujer, composiciones de autoras potosinas. Entre las compositoras potosinas programadas en el concierto se encontraba Leticia Almazán de la Garza.
Leticia Almazán, al menos fue mencionada en esta columna cuando tratamos el caso de la pianista potosina Malkhut Zavala, quien tiene entre su repertorio obras de Leticia Almazán, quien actualmente es encargada de las Escuelas de Iniciación Artística Asociadas que están asociadas al Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, que a pesar del esfuerzo de sus integrantes ha sido difícil su continuación, como suele suceder con el cambio de administraciones. Leticia Almazán se desempeña como Directora Académica del CEART San Luis.
Entre sus composiciones se encuentra La Noche, obra basada en los poemas de Manuel José Othón, obra con la que obtuvo el premio 20 de noviembre “Julián Carrillo”; la obra se estrenó en 2006, y ha sido poco interpretada, hasta que se armó el concierto de marzo.
A cien años de la muerte de Othón se compone esta obra musical, que da concreción a la obra inconclusa que contemplaran Othón y Carrillo, su conjunción lírica que habían titulado Tetralogía. Una pieza para celebrar el centenario de la Independencia de México que estaría dividida en cuatro partes: Descubrimiento de América, Conquista, Virreinato e Independencia. Así sería una obra que recorrería la historia hispana de México y la construcción de un nuevo país. La muerte sorprendió al poeta y la obra quedó en suspenso; colaboración entre dos grandes figuras potosinas del arte, cuestión ya tratada en muy anterior entrega de esta sección de El Cronopio.
Ahora Leticia Almazán, se basa en la poesía de Othón para crear su obra musical La Noche. Una forma de apreciar el nuevo arte musical potosino de la mano de Leticia Almazán y la poesía del máximo poeta potosino. Por desgracia, es música que no se encuentra grabada por lo que dificulta su difusión, de por sí escasa, en aquellas obras de que se disponen grabaciones.
Leticia Almazán surge, así como una de las mujeres que abren camino en el campo de la composición en San Luis Potosí. Su incursión en esta línea de la composición es alentadora, pues puede sumarse a la escasa pero existente lista de compositoras mexicanas que incursionaron en la música clásica, entre ellas, María Grever, Sofía Cancino de Cuevas, Rosa Guraieb, Consuelo Velázquez, Ángela Peralta, María Teresa Prieto, Alicia Urreta, Guadalupe Olmedo, y ahora la joven compositora potosina Galya Cisneros, por citar algunas.
Leticia Almazán se tituló en la Licenciatura en Composición en la Escuela Estatal de Música en el año 2015, y realizó una Maestría en Administración Pública en la Universidad Latinoamericana.
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Acento Ajeno
Ni Moisés dividió tanto el agua | Columna de Haniel Valdés
Por: Haniel Valdés
Hoy escribo porque cometí un error. Fui de los periodistas que estuvimos en rueda de prensa con el alcalde de la capital, Enrique Galindo Ceballos, al terminar la Junta de Gobierno con Interapas. El miércoles pasado ofreció declaraciones a medios de prensa que sí acudimos a la cita nocturna y compartió los acuerdos tomados en dicha reunión.
Ahí está mi error: al parecer mis notas no fueron lo suficientemente claras. O quizás solo fue que varios medios salieron a llenar huecos que no había.
Lo interesante de ese encuentro es que se aprobó el plan de estímulos fiscales que se llevará al Congreso del Estado para su aprobación de cara a 2027, donde se aclaró además (y se insistió mucho en eso) que la tarifa de cobro del líquido se mantendría igual que en este año.
Al día siguiente muchos medios ya traían la nota de que aumentaría la tarifa y quién sabe cuántos inventos más de colegas que no estuvieron en la conferencia de prensa y que les pareció divertido el imaginar datos e informar a medias.
Pero lo que más me preocupa no es el ruido que generaron esas notas, sino la incoherencia que se vivió en dicha reunión por parte del síndico y el alcalde de Soledad, así como de Pascual Martínez.
Según informa Galindo, entre las decisiones tomadas, está la de revisar si es posible cumplir con la petición que hizo el gobernador de no cobrar el servicio a adultos mayores. Ni los participantes por Soledad, ni el titular de la CEA, votaron a favor de dicha propuesta. ¿No están de acuerdo con la idea de Gallardo? Es que la primera vez que el gobernador habló sobre el tema, fui muy cuidadoso y me fijé claramente que ambos, Pascual
y Navarro, estaban aplaudiendo esa iniciativa.La CEA ya es habitual que no aporte a esas reuniones, según Galindo, el titular solo ha ido a tres y no votó en esta última, tampoco dio razones ni propuso algo. Sí, el organismo responsable de la política pública del agua en el Estado no tiene nada que aportar sobre el tema.
Según informó el presidente de la junta, Juan Manuel Navarro sí aportó algo, propuso un estímulo fiscal que también quedó dentro de los acuerdos que se enviaron al Congreso. Ahora, cuando tocó votar, Navarro se abstuvo de hacerlo, ¿no está de acuerdo con una idea que él mismo había planteado? ¿o algo lo hizo cambiar de opinión?
Lo cierto es que mientras la diputada Nancy Jeannine García, presidenta de la Comisión del Agua, llama a no politizar, todos lo continúan haciendo, lo hace el aquaman Gámez Macías, lo hace el alcalde capitalino, lo hace el gobernador del estado, lo hace el alcalde de Soledad y la CEA. Mientras hay cuentas sin pagar, tinacos sin llenar, conductoras sin reparar y rezos por hacer para que El Realito no vuelva a fallar.
“Entonces extendió Moisés su mano sobre el mar, y Jehová hizo que el mar se retirase por recio viento oriental toda aquella noche; y volvió el mar en seco, y las aguas quedaron divididas.” (Éxodo 14:21)
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El Cronopio
María Luisa Toranzo, pionera del cuento mexicano | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash
EL CRONOPIO
Por: J.R. Martínez/Dr. Flash
En la antología de Liliana Pedroza sobre el cuento mexicano, A Golpe de Linternas, que en su tomo I dedica a las pioneras, se encuentra entre las antologadas la potosina María Luisa Toranzo, que dedicó parte de su vida a la escritura y que fuera figura cultural mexicana. Madre y abuela del filósofo Luis Villoro y el escritor Juan Villoro, respectivamente.
Parte de su obra literaria se recoge en libros como: Azahares, espinas y rosas; Meditaciones, Suegras; Esbozos; Tres Chiquillas; Cuadros de una exposición; Páginas viejas; Charlas con mi hija; Átomos tontos, entre otros. Libros que reflejan su formación en el campo potosino y la época que le tocó vivir, donde impera el existencialismo y la fenomenología, campos que experimentaría posteriormente su hijo Luis Villoro. En su libro de ensayos: Esbozos, que lleva como ensayo central: El dominio de sí mismo, Sophrosyne vs la Hybris, “el dominio de sí mismo” no es una negación de la vida o de los impulsos, sino la condición necesaria para la auténtica libertad. Sin el gobierno de uno mismo, el ser humano queda a merced de fuerzas externas o de impulsos ciegos, perdiendo su autonomía.
María Luisa Toranzo Jordana nació en San Luis Potosí el 13 de marzo de 1890, perteneciente a familia de hacendados, vivió su infancia en la Hacienda de Cerro Prieto en el altiplano potosino, rumbo a Zacatecas, fue hija natural y creció entre libros, estudiando idiomas y cultivando la música tocando el arpa y la mandolina. El movimiento revolucionario le llevó en la adolescencia a radicar en la Ciudad de México, donde la vida placentera se trastocaba y la famosa banda del automóvil gris hacía de las suyas, y que quedó registrada en una de las primeras películas realizadas en México, llamada justo La banda del automóvil gris de 1919 de Enrique Rosas, filmada en los lugares donde pertrecharan sus ataques. En la película aparece la casa Toranzo donde vivió María Luisa en México y donde aparece en escena acechada en el asalto a su casa por tan peculiar banda.
Los acechos no pararon para María Luisa y fue pretendida por un general revolucionario del que logró escapar partiendo a España e instalándose en Barcelona donde se casaría con el médico barcelonés Miguel Villoro Villoro, procreando a tres hijos, entre ellos al filósofo Luis Villoro. Quedaría viuda y al iniciar la guerra civil española regresa a México huyendo de nuevo de la violencia. Se instala por un tiempo en la Hacienda de Cerro Prieto y parte a la Ciudad de México para que sus hijos continuaran sus estudios de formación.
Su familia potosina de abolengo le propició una considerable fortuna que le permitió ir a Barcelona, su abuela paterna Genoveva Peña Santacruz que casó en segundas nupcias con Casimiro Toranzo Ortiz, había sido esposa de Pantaleón Ipiña Eguía, siendo madre de José Encarnación Ipiña Peña.
Su pensamiento que de cierta forma influyera en su hijo Luis Villoro lo destaca en su libro Esbozos: “El dominio de sí mismo sobre la soberbia debe de consistir, no sólo en dominarse ‘delante de la gente’ y en vuestras ‘relaciones sociales’ para que los demás ‘vean’ que sois humildes o sencillos, sino que este dominio sobre vosotros mismos y sobre vuestra soberbia debe ser de tal modo profundo, que no sea un dominio efímero, originado únicamente por el bien parecer; tampoco debe ser un dominio de autosugestión, que sin serlo, os haga creer que ya sois humildes; sino que este dominio de vosotros mismos sobre la soberbia, debe ser una especie de ‘cura’ si queréis lenta y suave, pero sí honda, minuciosa y profunda. El dominio de vosotros mismos debe ser como un cauterio que tienda a curar, aunque sea quemando; a cauterizar, aunque sea con dolor, la llaga de vuestra soberbia, el cáncer de vuestro orgullo”
María Luisa Toranzo fue una mujer de una cultura vasta que participó activamente en la vida intelectual mexicana, aportando una sensibilidad ética que complementaba el rigor lógico de la época. Su enfoque en el “dominio de sí” suele leerse como un puente entre la virtud antigua, la psicología moderna y la abierta espiritualidad. Su nieto Juan Villoro la describe como una mujer que intentaba descifrar los secretos de la convivencia humana.
María Luisa Toranzo Jordana murió en la Ciudad de México a los 78 años de edad, el 2 de abril de 1968.
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