abril 3, 2026

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Opinión

Rafa Márquez vino a San Luis, pero para eso, mejor se hubiera quedado en Barcelona

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Lo que prometía ser un evento histórico para los potosinos aficionados al futbol se acabó convirtiendo en un evento histórico… pero para los trajeados

Por: Carlos Ruíz

La presentación de la Copa Potosí 2026 tenía un protagonista muy marcado. No era Pablo Aguilar, no era Paul Aguilar, no era Juan Carlos Valladares, no era Ruth González, ni tampoco era Ricardo Gallardo… el hombre que jaló todas las miradas fue Rafael Márquez.

El anuncio de la presencia del ‘Káiser’ despertó gran expectación en la afición potosina. No todos los días tienes a un ex-jugador del Barcelona y cinco veces mundialista en San Luis Potosí. Tener cerca al michoacano era el sueño de muchos niños y grandes que ahora lo iban a poder cumplir… o eso se suponía, porque la realidad fue otra.

La tarde en la Unidad Adolfo López Mateos comenzó con la no tan aclamada presencia de los dos Aguilar, quienes si bien estaban medio escondidos entre vallas y la parte de atrás del escenario, sí se tomaron fotografías y firmaron artículos a quienes los encontraron.

Cuando apenas la gente se estaba dando cuenta de dónde estaban los ex-futbolistas del América, todos empezaron a correr rumbo a la entrada de Himno Nacional, pues llegó el “pitazo” de que había arribado el gran protagonista.

Efectivamente, unos segundos después, un convoy entró en la Cancha 2 del complejo, con la presencia estelar del gobernador junto con el auxiliar de la Selección Mexicana, aunque algo se sentía raro desde el principio.

Mientras se dirigían al estrado, tenían a todo un séquito a su alrededor impidiendo que nadie se les acercara, mientras Gallardo hablaba con un Márquez que desprendía una notable soberbia.

La presentación en sí no fue nada fuera de lo ordinario. Mensajes breves de los principales involucrados, videos de presentación y el intercambio correspondiente de regalos para posteriormente dar pie a la tan esperada “sesión de preguntas”.

Sesión que fue una vergüenza. Rafa traía un muy buen discurso de cómo estos torneos sirven para darle una oportunidad de mostrarse a los jóvenes en un gran escenario, de fomentar el deporte y promover la sana competencia; así de la importancia de que el deporte se acompañe de educación para no solo crear buenos futbolistas, sino buenas personas. Grandes palabras del capitán, pero fue todo lo que dijo.

Seamos honestos, a nadie le importaba lo que Márquez, Paul o Pablo tuvieran que decir en torno a la Copa Potosí. Que era la presentación del certamen, ¿pero qué más iban a poder decir aparte de que era un gran torneo y estaban muy felices de haber sido invitados?

Nosotros no fuimos a que dijeran que estaban honrados de estar en esta presentación. Íbamos a preguntarle a Paul de la crisis en el América y en la lateral derecha del ‘Tri’, a Pablo del buen momento de Cruz Azul y Paraguay… y a Rafa ni se diga.

No puedes llevar al actual auxiliar de la Selección Mexicana a menos de 100 días de una Copa del Mundo que aparte se juega en México y pretender que nadie le pregunte al respecto. De la Potosí, a lo mucho, les podías hacer tres preguntas, ¿cuál era el objetivo entonces de hacer ese espacio?

Después de que se hicieran esas tres preguntas protocolarias (y una lamentable de cómo se sentía Paul Aguilar en Fox Sports) por fin alguien cuestionó a Rafa acerca de cuáles eran las expectativas del ‘Tri’ en la Copa del Mundo

… y entonces entró nuestro amigo Francisco Serrano.

Nuestro querido director del Inpode tomó el micrófono antes de que el zamorano pudiera responder algo, y alegando que eso no tenía nada que ver con el evento, cerró el espacio a la respuesta, y como se dieron cuenta de que ya nadie iba a preguntar “¿cómo te sientes de estar en San Luis?”, mejor acabaron su fallido ejercicio. Fallido para la prensa, porque ellos sí lograron que hablaran bien de su torneo.

Dieron paso entonces a los clásicos penales de los célebres invitados para sellar la inauguración… y Rafa se fue. Se tomó su infaltable foto con Ruth, y rodeado de nueva cuenta por su séquito, emprendió la huida sin prácticamente pelar a los aficionados que lo rodeaban en búsqueda de la foto o la firma.

Sí, qué bueno que la “Copa del Millón” pueda tener a esta clase de invitados para engalanar el evento. Qué bueno que nuestro gobernador tenga su playera de Rusia 2018 firmada por el capitán. Qué bueno que Paul Aguilar tenga su pollo de juguete. Pero a la gente, se le quedó a deber.

La gente no fue a oír a Rafa decir que “es una gran copa”. La gente no fue a ver a Juan Carlos Valladares tirar su penal. La gente en general no iba por la Copa, iba por la foto, por el saludo, por la firma… y al menos con el ‘Káiser’ eso no hubo.

Un evento para el pueblo se acabó convirtiendo en un evento para unos pocos. Los que no iban de traje quedaron en segundo plano. Querían que casi casi solo sirvieran de fondo para la exaltación de su copa. Tuvieron la cancha llena… pero esa gente que la llenó, recibió muy poco.

Mínimo Paul sí se tomó algunas fotos (aunque aplicó la del Místico y aseguró que no lo dejaban dar entrevistas). El único que cumplió a cabalidad fue ‘Pablito’, quien sí repartió fotos, autógrafos, videos y entrevistas.

El paraguayo expresó confianza en que su selección tenga un buen desempeño en el Mundial…y tiene toda la razón. Ojo con Paraguay, que con Alfaro acabó siendo el equipo que mejor jugaba en las Eliminatorias de Sudamérica y en el verano bien puede arruinarle la fiesta a Estados Unidos. 

Deberíamos estar hablando de Rafa y el éxito del evento, pero esta crónica la cerramos con los guaraníes por culpa de tan nefasta planificación.

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Siete altares, siete copas: La fe y la sed. Apuntes de Jorge Saldaña

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APUNTES

 

Es jueves, siempre lo es.

En San Luis Potosí, el jueves no es un día de la semana, es un estado de la conciencia. Es el momento exacto en que la piedra cantera comienza a exudar un sudor frío, una mezcla de incienso y aguardiente. Hoy, las puertas de los siete templos se abren de par en par para recibir a los que buscan perdón, mientras que, a pocos metros, las puertas batientes de las cantinas reciben a los que buscan olvido.

La tradición dicta siete paradas. Siete altares donde se expone el cuerpo de un Dios que sufre. Pero en este “primer cuadro” de la ciudad, la geografía del dolor es compartida. El parroquiano camina la misma banqueta que el devoto, y a veces, son la misma persona.

En ese cuadro delimitado en el que, por cierto, hay más estaciones para el alivio del cuerpo que para el alivio del alma. (7 Iglesias y al menos 25 bares).

El poeta y ensayista, Alfredo García Valdez, lo supo escribir con el mejor tino: “la cantina es espacio y tema, forma, ambiente, sujeto y paisaje, ese laboratorio donde el alma se descompone para volverse a armar”.

Es el templo lo mismo que de vividores que periodistas, que el del albañil que carga el mundo o del cirujano que sueña con salvarlo. Allí, la melancolía se corona con la misma solemnidad con la que se corona de espinas al que va camino al Gólgota.

¿Qué diferencia hay entre el pecador que se arrodilla frente a la imagen de la Virgen de los Dolores, que el hombre que se desploma sobre la barra de El Tampico, La Montaña, o el Banco?.

Ambos cargan una cruz. Cristo cayó tres veces, y en el suelo falaz de una taberna, ¿quién no ha besado el polvo, literal o figuradamente?

Las caídas en la cantina obligan a levantar el propio peso porque ahí se cae a solas, mientras el cantinero —ese sacerdote de a deshoras— oficia la misa del último trago.

La última cena se repite en cada ronda. “Este es mi cuerpo, esta es mi sangre”, se traduce en el pan compartido y el vino que quema la garganta antes de que la tormenta estalle.

En las siete estaciones eclesiásticas, se recuerda el sudor de sangre en Getsemaní; en los siete bares, se suda el delirio de la derrota, del desamor, de la euforia y la tristeza perfumada de fiesta y del “sírveme otra” como si fuera el “hágase tu voluntad y no la mía”.

En la cantina también se comparte el vaso, la palabra, la herida y a veces la soledad

: La que se tiene o la que viene.

Observo la procesión silenciosa de la fe y la ruidosa procesión de la sed.

Aquí cerca de San Agustín las velas se consumen rezando por los pecados del mundo. El sacrificio del cordero.

En la cantina de más adelante, los vasos se vacían urdiendo poemas que nadie escribirá. Es el punto de encuentro definitivo: el santo sufrimiento.

Unos lo entregan a la divinidad para que tenga sentido, otros lo ahogan en el alcohol para que deje de tenerlo.

Me quedo con esa imagen: la ciudad dividida entre el incienso y el paseo por el duro adoquín en el suelo que conecta lo mismo iglesias que cantinas.

Siento una profunda admiración por la fe que mueve los pies de los creyentes hacia los altares y al mismo tiempo siento una profunda admiración por la impredecible condición humana de aquellos que, a pesar de la caída, piden (pedimos con fe) una última ronda antes de que el mundo se acabe.

Una ronda más antes de la traición. Una ronda más antes de lo que viene, y que con mayor o menor sufrimiento, más o menos espinas y caídas, también nos va matar: la vida.

Es lo mismo cuando el cantinero avisa que es hora de cerrar que cuando el sacristán apaga la última vela.

Todos, tanto los fieles borrachos como los piadosos pecadores- caminamos hacia la misma noche.

Porque hay noches en las que el alma pesa y no siempre se sabe rezar, por lo tanto…se bebe. En este jueves, que siempre lo es, la ciudad lo entiende sin decirlo. Nadie interrumpe, nadie corrige. Es un mismo tránsito, algunos con fe, otros con sed, pero todos con algo encima.

Dos “tradiciones”, una milenaria y otra mundana. Las dos que se encuentran no en la moral, no en el juicio, sino en esa condición profundamente humana que no distingue entre el altar y la barra: el dolor, la caída y la posibilidad, siempre incierta, de poder volver a levantarse.

Culto Público, en jueves, que siempre lo es, pero no tan santo no es tan distinta la oración que el trago, ni la cruz del vaso.

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El Cronopio

Miguel de Cervantes, un personaje de novela

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EL CRONOPIO

Por: J.R. Martínez / Dr. Flash

En la plataforma Netflix se presenta la película “El Cautivo”, producida en 2025, sobre el episodio de cautiverio que vivió Miguel de Cervantes en Argel. Película de Alejandro Amenábar, muy recomendable. Ahora nos referiremos a otro episodio de Cervantes en novela de Miguel de Zévaco.

Miguel de Cervantes Saavedra ha pasado a la historia de las letras con su magna obra sobre el Quijote, su excepcional pluma que ha dado gloria a las letras españolas no fue excusa para omitirlo como personaje de historias literarias. Entre ellas la obra de Miguel Zévaco, “Los Pardallain” en el que aparece acompañando a este caballero francés en sus aventuras de capa y espada.

Comencé a leer Los Pardallain en mi época de estudios secundarios, mi hermano tenía la colección de veintisiete volúmenes que recogían las aventuras de los Pardallain a fines del siglo XVI y principios del XVII. No pude completar la lectura de esta obra de Miguel Zévaco, pues al entrar a física mis lecturas se ajustaron a la demanda de lecturas de los textos de física y matemáticas, que fueron muy demandantes. Lo extenso de esa historia hacía que leyera algunos de los libros de forma aislada. Recientemente conseguí la colección en la editorial Porrúa en su serie de la colección sepan cuantos en la cual Los Pardallain se presentan en nueve volúmenes que encierran a su vez tres libros cada uno.

Esta fascinante historia que saliera a luz en 1902 donde Zévaco refleja algunas de sus ideas políticas cercanas al anarquismo y al socialismo del cual fue partidario el escritor francés.

En la obra, y a través de las correrías de uno de Los Pardallain por España, coincide con personajes entre los que se encuentra Cervantes Saavedra, que en las fechas donde Zévaco ubica su historia, ya había escrito el Quijote. Así Cervantes acompaña a Pardallain en algunas de sus aventuras que corre por España en la corte de Felipe II como embajador del rey de Francia Enrique IV.

Si bien, Cervantes no empuña la espada más que en muy contadas ocasiones, su participación es un homenaje de Zévaco a tan insigne escritor y engalana la lectura de esta extensa obra. La participación de Cervantes termina cuando el caballero de Pardallain está por salir de España y al buscarlo afanosamente para pedir su auxilio, Pardallain se entera de su viaje a Cádiz como empleado del Gobierno de Indias.

Ahora que combino mis lecturas de literatura con lecturas sobre filosofía, ciencia e historia, entre otros, se nutre lo leído en esas páginas y se disfrutan esas creaciones de los grandes escritores donde entrelineas se plasman asuntos sociales y la complejidad de la condición humana.

Por cierto, bajo un estudio de Juan Villoro, y festejando los cincuenta años de la librería Gandhi han editado una versión especial sobre el Quijote.

Miguel Zévaco, el escritor francés, orientó sus ideas sociales en el héroe valiente y presto para defender al oprimido, el caballero de Pardaillan y su linaje. Mediante estos caballeros Zévaco expuso sus tesis humanistas, así como sus opiniones republicanas y anticlericales. El éxito de su serie de Pardallain con una narrativa ligera y muy bien lograda, transmite las preocupaciones políticas que le acercaron al socialismo y al anarquismo franceses y que habrían de acompañarle siempre, inclusive su pena de ocasionarle la mengua en su libertad al expresarlas.

Esta serie de Zévaco es una buena forma de acercar a la lectura a los jóvenes.

 

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Letras minúsculas

El pobre Señor Goliadkin | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas

Por: Juan Jesús Priego

Jacobo Petrovich Goliadkin era consejero titular en aquellos tiempos gloriosos en que los consejeros titulares eran vistos por todo el mundo, y sobre todo en Rusia, con cierta admiración. Por ejemplo, a nadie hubiera permitido este calvo y honesto burócrata un tuteo imprudente o una falta a las reglas de la cortesía. Las distancias, como quiera que sea, debían ser siempre respetadas.  Digamos, pues, que Jacobo Petrovich Goliadkin, más que caminar por la vida, flotaba, y que aunque no era rico tampoco lo pasaba tan mal. Claro, ¿cuándo se ha visto que los que viven del erario público esperen con aprensión la llegada del casero o el recibo de la luz? Pues bien, nuestro consejero titular había vivido del Estado desde muy joven, de modo que, en cierto sentido, podía decir con el salmista que nada le faltaba. Y en tal mundo de ensueño habría transcurrido la existencia de este irreprochable funcionario si no hubiera sucedido algo que… pero vayamos por partes.

Un día, Jacobo Petrovich Goliadkin, habiendo salido de la oficina y tomado una de las calles de San Petersburgo, vio a lo lejos a un hombre que se parecía mucho a él. Viéndolo más de cerca, llegó incluso a admitir que se le parecía demasiado, y esto, como podrá imaginar el avispado lector, no le hizo maldita la gracia. ¿Cómo es que había en la ciudad un hombre que era algo así como su doble? Por más que puso a trabajar su cerebro (cosa en la que, a decir verdad, no son muy duchos los consejeros titulares) llegó a la conclusión de que no tenía hermanos gemelos, ni nada por el estilo, de manera que la existencia de aquel desvergonzado individuo lo sacó de sus casillas. ¡Qué broma más pesada le había jugado la naturaleza!

¡Dios mío!, se quejaba el señor Goliadkin, ¿de modo que también la naturaleza se había puesto contra él? ¿Y si el doble, por llamarlo así, cometía más de un destrozo público haciéndose pasar por él? No, no quería ni pensar en semejante eventualidad: se moriría de la pena. ¿Qué iban a pensar de él sus conocidos y compañeros? ¿Y si aquel diablo entraba, por ejemplo, a la casa de su jefe y decía cosas indecentes a la hija de éste, esa hermosa señorita de la que ni siquiera se atrevía a pronunciar el nombre? Todos pensarían, entonces, que había sido él, Jacobo Petrovich Goliadkin el autor de tales indecencias. Al pensar en estas cosas, nuestro funcionario se secaba el sudor de la frente, hablaba solo y hasta quiso ponerse a buscar por la ciudad a ese energúmeno que, aprovechándose de su cara, podía hacer cuanto le viniera en gana y sin pagar por ello las consecuencias.

Pero ni siquiera fue necesario buscarlo, porque en los días que siguieron a aquel encuentro desgraciado, nuestro consejero titular se encontraba a cada paso con su doble. En la oficina, fuera de ella, en las plazas y en los tranvías, él estaba siempre allí. Una mañana, harto ya de verlo por doquier, Jacobo Petrovich Goliadkin se acercó a él, lo tomó por las solapas y le dijo: «¿Cómo se llama? ¿Podría decírmelo usted?». A lo que el doble respondió amablemente así: «Jacobo Petrovich Goliadkin, estimado señor». ¡Cómo! ¿De modo que hasta tenían el mismo nombre? ¿Y no era esto para volverse loco?

Desde entonces la vida de nuestro burócrata se convirtió literalmente en un infierno. Sobornaba ujieres, interrogaba policías, se acercaba sigilosamente a los guardianes nocturnos para hacerles las preguntas más extrañas. ¡Hasta se llegó pelear más de una vez con su otro yo a la vista de todos!

Pues bien, si usted ya lo pensó, déjeme decirle que no se ha equivocado: Jacobo Petrovich Goliadkin se había vuelto loco. En realidad, no había tal doble, y todo lo que veía y pensaba eran puros cuentos -¿engendros, se los llama?- de su imaginación. ¡Pobre señor Goliadkin! El que quiera conocer la historia completa de su vida, haría bien en leer El doble, la novela del escritor ruso Fedor Dostoievski (1821-1881).

Sin embargo, lo que me interesa, al menos por ahora, es reproducir la entrevista que nuestro funcionario tuvo con su médico de cabecera pocos días antes del colapso. Como el pobre señor Goliadkin ya no podía más, digamos que se atrevió a hacerle a su médico una breve visita, y que éste, tras revisarlo atentamente, le habló así:

«-Cambie su modo de vivir. A esto se reduce todo mi tratamiento. Las distracciones le convienen. Frecuente usted a sus amigos, viva en sociedad. Tampoco hay por qué ser amigo declarado de la bebida. Conviva con gente alegre».

El señor Golidkin no entendía. ¡Él sentía morirse y el doctor le hablaba de asistir a reuniones y cambiar de vida! «El señor Goliadkin se apresuró a manifestar que vivía igual a todo el mundo; que se distraía honestamente, como pudieran hacerlo los demás; que podía acudir a los teatros, pues disponía, como cualquier otra persona, con los medios suficientes para ello; que durante el día se hallaba ocupado en la oficina, como tantos otros funcionarios de la Administración, y que por las noches solía quedarse en casa.

»-Hum –respondió el doctor-. No, no es eso lo que quiero decir. Lo que deseo saber es si de veras le agradan a usted las diversiones, si le gusta pasar alegremente su tiempo… ¿Qué vida lleva? ¿Continúa usted con sus melancolías o, por el contrario, se ha vuelto ya optimista? En una palabra, es precisa una radical transformación de su vida. Usted, en cierto sentido, debe variar su carácter. Es necesario que busque usted distracciones. Debe hacer también alegres cosas. No debe encerrarse en su casa. ¡Eso es altamente nocivo para su salud!».

¡Ah, doctor, usted es un sabio, usted había anticipado la catástrofe! Yo también, como el señor Goliadkin, apenas tengo tiempo para visitar amigos, escuchar canciones o ir a caminar a los parques. ¡Todo es trabajo para mí! Hasta podría decir que he perdido el gusto por las fiestas. De modo que, como no quiero que me pase lo mismo que a aquel pobre consejero titular, he decidido a partir de hoy seguir su tratamiento.

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