#4 TiemposDesde mi clóset

¿Qué hacer frente a la violencia feminicida? | Columna de Paul Ibarra

Desde mi clóset

 

Estas semanas han sido brutales para la sociedad mexicana. La oleada de la violencia feminicida nos explota en la cara. No han servido protocolos, leyes, programas ni acto político que mitigue los efectos de la aniquilación que mantiene a las mujeres en alerta. La coyuntura en casos como el de Ingrid y Fátima me hacen cuestionarme el papel de los hombres y las instituciones androcéntricas en relación con este fenómeno

Es necesario reconocer que el actual régimen no ha modificado en nada el carácter falocéntrico estatal. El decálogo de Andrés Manuel lo resume en esos famélicos puntos. Algunas voces intentan justificarle, sin embargo este gobierno es igual de responsable como lo han sido los anteriores. Existe una falta de voluntad política y displicencia que se traduce en desestimar el arraigo de la violencia feminicida en el aparato institucional. El régimen obradorista con una tradición marxista de izquierda moderada es igual de misógino que los socialdemócratas peñistas y que los fundamentalistas del partido acción nacional, así en minúsculas. 

El feminicidio es un mecanismo aleccionador que busca acallar los cuerpos femeninos. La desesperación ha llevado a la resistencia. Las mujeres se organizan y luchan para visibilizar un problema estructural. Ellas no le han echo daño a nadie, la sociedad patriarcal si que ha minado su devenir histórico. 

En este sentido, ¿qué tienen que hacer los hombres de frente a esta coyuntura? Lo primero es asumir su condición política como sujetos de opresión. Encarnan la violencia porque así lo aprendieron. Han aprendido a trabajar con ella y a utilizarla a su beneplácito. No es que sean violentos por naturaleza, es que aprendieron a serlo. En este momento se require que guarden silencio, que dejen de opinar, que no quieran imponer decálogos y decirles a las mujeres que se calmen. Que vayan a reflexionar en sus espacios individuales y/o colectivos a emprender procesos de desnaturalización. Tienen que destruirse como sujetos epistémicos, deshacerse y proponer otra cosa alejada de la categoría masculina. 

La falacia de las nuevas masculinidades solo ha traído a sujetos más preparados para el ejercicio de las violencias, que las utilizan de formas novedosas que escapan de la percepción, se sutilizan. Las nuevas masculinidades fagocitan la violencia machista e incluso la resignifican. La “friendzone” es un buen ejemplo de ello. El vato se crea expectativas que atribuye a una mujer que ha sido amable y le otorga una carga erótica y/o afectiva que pareciera otorgarle concesiones por sobre su cuerpo. Como ya te regalé un oso de peluche, ya te llevé a comer sushi, ahora tengo licencia de “robarte un beso” aunque no quieras. Puedo tocarte la pierna y restregarte el pene por entre las bragas. ¡Y no! Eso se llama acoso sexual, intento de violación, que puede incluso derivar en un feminicidio al creer que ese cuerpo de mujer, que ha podido adquirir como propiedad está a disposición suya. Incluso luego de una ruptura amorosa. 

El anterior, es un claro ejemplo de la forma en la que opera la falocracia. Lo mismo sucede a nivel macro, un sujeto al que elegimos como presidente le dice al pueblo malo que deje de pelear como el pueblo bueno. Que deje de envidiar la felicidad que le proporcionó su redentora llegada. Pensamiento más patriarcal no puede haber. Y contradiciendo al López Obrador, los extremos no se juntan y son necesarios. Las sufragistas no fueron solo a hablar con los legisladores de la época para pedirles de favor que las incluyeran en los procesos de la democracia liberal. Salieron a las calles, lo exigieron y lo consiguieron. No fue una concesión del estado. 

El presidente de la República habla del amor, pero habla del amor romántico y de los mitos que consigo trae. En sus palabras, dice que el pueblo está contento, y lo está, o lo estaba porque desde la teoría de los círculos de violencia estamos en la etapa de la luna de miel, nos reconciliamos, pero es un círculo, luego la tensión se acrecienta y la violencia regresa. Es el modus operandi del pensamiento falocentrico. 

Por lo tanto, reitero la importancia del silencio. Si te preguntas que tienes que hacer como hombre, la respuesta es sencilla, cállate y vete a meditar. Reflexiona en tu violencia. Todos y todas la ejercemos de cierta manera y si me dices que no, entonces no has entendido nada y deberías ir a meditar un poco más.

Sería más productivo que en vez de seguir hablando, el ocupante del Palacio de Gobierno se ponga a trabajar, que reflexione con su equipo y deje de usar la palabra como una verdad para evangelizar.

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