enero 28, 2022

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#4 Tiempos

¿Por qué no hay globeros en Tequis? | Columna de Jorge Saldaña

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Tercera Llamada

 

Le contaré, Culto Público, una historia muy breve. Un cuento urbano que encontré en un rincón de mi imaginación junto a una anécdota bochornosa.

Es el cuento de un niño y de un globo. Un globo esclavo de un hilo, y un niño esclavo de su miedo a perder el globo.

Era un domingo caluroso del año de 1981. El jardín de Tequis se llenaba de familias que salían apenas de recibir la bendición del padre Lucas que ofició ese día la misa de una.

Los puestos a la salida del templo no eran tan numerosos ni mucho menos variados como hoy, los niños podían comprarse quizás un algodón, una bolsa de recortes de ostias de las Madres Reparadoras, una gelatina con rompope, o los más consentidos un globo.

Resulta pues que uno de esos niños, dicen que de pelo rizado, lentes grandes, camisita marinera y short de domingo, a sus nueve pero casi 10 años cumplidos se separó corriendo de su familia para ir a admirar los productos de un vendedor de globos que por primera, y única vez, se le vio ubicado en la esquina que hacen las calles de Mariano Ávila y Mariano Arista.

Se dice que el flaco jovenzuelo del pelo rizado pidió con insistencia a su padre, primero con ternura, pero después con berrinche, que le comprara un globo grande de color amarillo que llamó su atención.

Por respuesta recibió un -Espera a que te den tu domingo y tú te lo compras- lo que produjo una rabieta más de aquel chiquillo acostumbrado a hacer su voluntad.

Llegó enseguida a casa del abuelo, que se cuenta estaba muy cerca. Ahí, el padre de su padre, un hombre sabio y sereno, escuchó la urgencia de uno de sus nietos por comprar aquel globo.

-Un globo dura poco – le explicó el abuelo – pero si quieres gastar en ello tu domingo, toma tu dinero y úsalo de la mejor manera.

El chiquillo regresó corriendo a la esquina con el globero, sin embargo, y todavía con la voz de su abuelo en la cabeza, pensó: “Es cierto, quiero el globo, pero no quiero gastar mi dinero…tendré que encontrar la manera”.

El chiquillo sin vergüenza y por su cuenta, inició con lisonjas al globero y a sus globos.

“Caray, que bonitos globos vende”, “Mire ese globo amarillo es más vistoso”, “Yo quisiera un globo como ese” le decía al emprendedor de las esferas flotantes.

Luego, el de shorts y camisa marinera, empezó a negociar diciendo que, si aquel globero le prestara aunque sea por un rato el globo, seguramente otros niños lo verían y muchos irían a comprarle un globo igual. “Le conviene señor globero, porque todos los niños de éste jardín me conocen, y seguro si yo tengo un globo como ese, yo me encargaré de traer a todos a que le compren a usted”.

Conmovido un poco por lo lastimoso del papel de aquel chiquillo insistente, el globero terminó por prestarle el globo. “Te lo presto por tres vueltas al jardín, pero si traes a otros niños que me compren, entonces te lo regalo”, propuso el comerciante.

Feliz aquel chiquillo presumió su globo, dio muy lentamente las tres vueltas acordadas porque se entretenía mucho en ver a una niña bonita de moños que los domingos esperaba afuera de la tienda de su padre frente a un edificio de tres pisos contiguo a la panadería Avenida.

En la última vuelta, el chiquillo soltó el globo. Unos dicen que tropezó, otros que se distrajo con la niña de moños, otros aseguran que por pura maldad soltó la esfera voladora prestada, porque ya le había aburrido el color.

Como haya sido (porque esta historia no tiene registros precisos) el niño salió corriendo al puesto del globero a llorar una vez más:

-Señor, me robaron el globo que usted me prestó. Yo no lo solté, yo no lo perdí, yo lo usé de la mejor manera pero alguien llegó a robármelo. Présteme ahora un globo de color azul.

El globo azul ya está vendido. Es de otro niño, no te lo puedo prestar y con el globo amarillo no me diste resultados. Lo siento jovencito.

Pobre hombre, Culto Público, sin saberlo había cometido el peor error de su carrera de comercialización de globos. No supo lo que hizo y su franqueza fue su peor condena.

Montado en cólera, enojado por no poder presumir globo, ni querer gastar su dinero, ni poder impresionar a la niña de los moños, el escuincle de los cabellos rizados y los lentes grandes corrió una vez más a la casa de su abuelo.

Ahí lloró y lloró de nuevo. “El globero no me dio mi globo y además se quedó con el dinero de mi domingo”.

¡Vaya injusticia! – expresaron sus padres, sus tíos y sus hermanos. No puede pasarle esto a un niño tan bueno y noble.

Mandaron entre todos al tío del chiquillo a arreglar semejante abuso en contra del menor (en realidad dicen que era su tío político, apenas recién casado con una hermana de su padre y que hacía méritos para quedar bien con la familia)

De la mano y a paso veloz, tío y sobrino se encaminaron a reclamar la injusticia.

“No te preocupes, sobrino, iremos rápido con el injusto globero y tendrá que darte el globo que tu quieras, el de mayor tamaño y el de tu color favorito. Faltaba más, que para eso soy tu tío”.

-Caray señor, el niño miente. Yo ni siquiera tomé su dinero, yo le presté el globo con la mejor voluntad, si lo perdió, ya no puedo regalarle otro.

“Verás que sí se podrá” –espetó el tío-

“Escoge sobrino que, o lo compro, o nos regala todos los globos, o éste globero jamás podrá vender en esta esquina ni alfiler. De eso me encargo yo”.

El chiquillo farsante se salió con la suya. Cuentan que escogió de entre todos los colores y hasta se dio el gusto de soltar uno que otro envalentonado en la figura de su tío.

“Vaya usted, sobrino, a presumir su globo, pero no digas a tu abuelo la forma en que lo conseguimos, el obtenerlo es lo importante y no la forma en que lo hicimos. No se te olvide”.

La escena fue vergonzosa, las familias y los demás niños alrededor sí se dieron cuenta de las mentiras, del llanto fingido y de la actitud dolosa del niño mimado y pillo, sin embargo, con el dinero de su domingo (recuerden que no lo había gastado) compró dulces baratos y chucherías para obtener el silencio de los niños testigos.

Finalmente, y sin castigo, vendría otro domingo qué cobrar por no hacer nada y obtener lo que entonces se le antojase.

Ese fue el primer y último domingo que hubo globos en la esquina de Mariano Ávila y Arista. Del globero generoso pero engañado por el truhan infante, jamás se supo nada.

En cambio, el abusivo niño sí aprendió cosas: aprendió a fingir, mentir, robar, manipular, engañar y comprar complicidades para obtener cualquier cosa en la vida. Finalmente no hubo castigo. Finalmente siempre encontrará a su tío, o al dinero, o al silencio para que, perfumado del buen nombre de su familia, la villanía le rinda frutos.

Se supone que solo unos cuantos saben el nombre de aquel pillo en potencia. Se dice que algunos años después abusó de una sirvienta a la que su familia corrió por mentirosa, por acusar a aquel adolescente inocente, bueno y noble de cometer abusos inconfesables.

Nada se supo tampoco de aquella joven servidumbre…quizás se fugó con globero.

El pilluelo del cuento tendría hoy unos 48 años, algunos dicen que hasta se casó con la bonita de los moños y que como en aquel domingo caluroso, el facineroso y maquiavélico escuincle hoy va por la vida fingiendo el llanto, montando farsas, robando y silenciando conciencias para salirse con la suya, prueba irrefutable de que jamás escuchó o entendió al abuelo sabio.

Aprendida la impunidad, se asegura que aquel niño todavía quiere globo, poco le importa el color y poco le importa cómo conseguirlo, él solo quiere dar 6 vueltas por la plaza y quedarse con su domingo. Su esencia es la misma.

Sí Usted, Culto Público, lo ve por ahí, sí usted lo ubica por lo rizado del pelo o por los gruesos lentes, por alguna pista, dirección o enfermizo comportamiento, por favor denuncie, señale, cobre sus fechorías, pero sobre todo, jamás le preste o regale un globo, ni de los que flotan o mucho menos de los que “botan” (disculpe la mala ortografía).

Solo por ponerle un nombre al personaje del cuento, digamos que se llama Xavier, por ejemplo, y digamos se apellida Nava.

Fin.

Hasta la próxima.

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#4 Tiempos

El terror en tiempos de pandemia | Columna de Mario Candia

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APUNTES DE UN CINEÓFITO.

Desde aquel 28 de diciembre de 1895 en el que los hermanos Lumière proyectaron la salida de los obreros de una fábrica de Lyon, hasta la fecha, el cine como entretenimiento ha sobrevivido a todas las adversidades que se le han presentado, guerras mundiales, censuras, la televisión, a los videoclubs, a las plataformas de cine en línea, a la piratería y quedó demostrado ya que ni la pandemia pudo terminan con este bendito entretenimiento. La más reciente entrega del universo Marvel (Disney) Spiderman: No Way Home (Watts, 2021) su impresionante taquilla, las salas llenas e incluso las peleas por conseguir boletos, dieron un respiro a una industria que nos sigue sorprendiendo.

El cine siempre ha estado bajo presión y en constante evolución: tecnológica o narrativa. Hoy en día estamos ante la interesante disyuntiva de un cambio de discurso cinematográfico, lo políticamente correcto ha tomado por asalto a la industria y han puesto bajo lupa la narrativa del cine. La diversidad y la inclusión están delante y detrás de cámaras y ya no hay vuelta atrás, esto es sin duda una de las aportaciones más interesantes y generosas que ha hecho el cine a las nuevas generaciones. Es como si se hubiese volteado, lo que antes estaba en el underground, lo independiente, las historias personales e íntimas, las propuestas emergentes y avant-garde, son ahora las que están en las marquesinas. Y para sobrevivir los famosos blockbusters han tenido que cambiar sus fórmulas clásicas, ahora los buenos no son tan buenos, los malos no son del todo los villanos, lo blanco es negro y lo negro es ahora blanco. Y como diría C. Tangana “demasiadas mujeres”, muchas mujeres, detrás y delante de la cámara con papeles protagónicos y no de ornato, vamos bien.

En la edición de este año en el Festival de Cannes, la palma de oro a mejor película se la llevó Titane (Ducournau, 2021), una película que algunos críticos ubicaron en el género de terror, Julia Ducournau nos muestra de manera brutal los avatares de una especie de cyborg asesina en serie, en una desquiciada historia con un cierto tufo al cine de Gaspar Noé, en el que la música marca el ritmo sensual e inquietante de un relato insólito y descarnado.

Me parece muy interesante el discurso, Ducournau nació en 1983, deviene de una generación joven con muchas referencias cinematográficas pero también hay mucho de la cultura del ánime japonés, detalle que he visto en muchas de la nuevas narrativas cinematográficas de los directores jóvenes, es el caso también de otra película que recién acabo de ver de este mismo género, una muy interesante película noruega The Innocents a.k.a De uskyldige (Vogt, 2021) un inquietante film que nos muestra en un ejercicio de total libertad discursiva, un mundo infantil en el que la discapacidad, la raza y los adultos son irrelevantes en la narrativa, es una lucha entre el bien y el mal con todas las consecuencias que esto implica, un relato brutal, complejo y bien llevado por el director noruego Eskil Vogt, quien utiliza el recurso de los súper poderes casi a manera de metáfora, en una historia de maldad y desasosiego, un verano donde un grupo de niñas y niños juegan a hacer el mal y a hacer el bien. No tiene desperdicio.

En este mismo tenor de cambios discursivos deben ver la película islandesa Lamb (Johannsson, 2021), una cinta bizarra, surrealista e inquietante. Una trama sencilla, un entorno frío, bucólico y una recién nacida muy peculiar que una pareja estéril encuentra en su granja, son los componentes de una historia que no los dejará insatisfechos. En el hipertexto narrativo esta la inclusión, el silencio, la soledad, la locura, las consecuencias de arrebatar lo que deseas y el miedo constante a perder lo que te hace feliz. Imperdible.

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#4 Tiempos

El “Consejo” significa más de lo que dice | Apuntes de viernes de Jorge Saldaña

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APUNTES

Amigos de “se los dije”, e hijos de mi frágil ego: son apuntes de viernes, los condimentados de infidencias, recovecos y secretos de la vida pública potosina.

Juro que no hay intención consciente de chocantería, pero “como se lo adelanté desde la semana pasada”, hoy el estado amaneció con un nuevo decreto publicado en el periódico oficial. Un decreto que más que decir, significa.

Se trata de la creación de un órgano colegiado, un consejo formado por la academia, la cúspide del empresariado y el gobierno de San Luis Potosí para, juntos, proyectar y ejecutar infraestructura a lo largo y ancho del estado.

Se llama “Consejo Potosí”, pero se escribe: voto de confianza entre un pueblo que integra sin agravios a la que fue su oligarquía, para construir en conjunto el futuro del estado.

Hay que reconocerlo, es también el apretón de manos entre algunos de los que más temían la llegada de Gallardo al poder ejecutivo, y el reconocimiento de los mismos a la voluntad de un pueblo mayoritario que lo hizo posible.

Es fumar la pipa de la paz entre absurdas y anticuadas visiones clasistas  con el reconocimiento de un San Luis mucho más grande, diverso, complejo y poblado que la corta “potosinidad” perfumada de “abolengos” y falsos privilegios que perdieron desde hace mucho.

Es una invitación abierta al público en general al Baile de los Lanceros. 

Sí, el consejo estará conformado por los 15 empresarios más importantes de San Luis, el rector de la Universidad Autónoma y cuatro secretarios de estado, pero las obras que imaginen, que proyecten, acompañen y vigilen en su ejecución, serán en beneficio de todos los potosinos. Sin el “unos y otros”, con el “de nosotros para todos” y un fondo sin precedente de 4 mil millones de pesos.

Entre los empresarios que hasta la madrugada de ayer pude confirmar estarán en el Consejo se encuentran: Pablo Valladares García, su hermano Juan Carlos Valladares, Carlos López Medina “El Chato López”, Teófilo Torres Corzo, Don Jacobo Payán, Félix Bocard, y Luis Mahbub.

A ellos y otros ocho nombres, también los acompañará el rector de la UASLP, el doctor Alejandro Zermeño, y la representación de la conocida “Alianza Empresarial” (ni modo) que aglutina a la mayoría de las cámaras, asociaciones y colegios involucrados con el desarrollo económico en el estado. 

El decreto que norma el Consejo para esta hora que usted esté leyendo estas líneas ya estará publicado. El evento, la firma, el protocolo y la fotografía aún no tiene fecha, pero se anticipa que será en días muy próximos.

No hubo necesidad de persecuciones o encarcelamientos (que tampoco se descartan) ni de bravuconadas o venganzas con el pasado. El Pacto Potosí, políticamente, legitima al gobierno de Ricardo Gallardo, que se hace de los avales que necesitaba para destensar la polarización social generada durante años y le abre un margen de operación y acción más duradero que el del efímero “bono democrático”.

De acuerdo al decreto, los secretarios de estado que serán parte del Consejo son los titulares de la secretaría general, finanzas, desarrollo urbano y la de desarrollo económico.

–¿Quién firmará por Sedeco si no tiene titular? –Preguntará Usted, mi Culto Público, siempre con mucha razón.

Pues no tema, hay un “90 por ciento de posibilidades” de que hoy mismo conozcamos al nombre del nuevo secretario.

No le puedo adelantar el nombre, todavía ayer en la noche se estaban concretando las cosas, pero en el transcurso del día, si ocurre el nombramiento, le estaré puntualmente revelando la primicia que a muchos dejará creo que gratamente sorprendidos. La cosa urge.

Si se están preguntando ¿De dónde sale la lana? Mil 500 millones serán aportados por el gobierno del estado y 2 mil 500 más serán producto de un crédito bancario a corto plazo, y según el decreto, el propio consejo estará a cargo y vigilante de que los recursos sean pagados antes de que termine la administración para no dejar cargas financieras al futuro, además de transparentar totalmente su uso. 

No se oye nada mal y según supe en ciudades como Orizaba y otras, la existencia de este tipo de consejos lleva más de una década dejando buenos resultados, ojalá sea el caso para los potosinos.

Los dejo ya disfrutar su viernes, hijos del “cuerpo lo sabe”, no sin antes adelantarles que dentro de la agenda de celebraciones de los 100 años de autonomía universitaria se tiene contemplada la participación de Juan Villoro a quien Cynthia Valle ya está contactando por cielo mar y tierra para que pueda estar pronto en tierras potosinas en un evento por demás interesante. También se editará un libro, se produce ya una obra de teatro en la que estará involucrado el maestro Oscar Montero, se acuñará una moneda conmemorativa, se organiza un magno desfile alegórico y quizás hasta se emita un billete de lotería. Nuestra máxima casa de estudios lo merece. Ya estaré comentando también cosas de fondo de la UASLP, pero será hasta la próxima semana.

Disfrute su fin.

Atentamente,

Jorge Saldaña.

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#4 Tiempos

Diálogos en el parque | Columna de Juan Jesús Priego

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Hace diez años y algunos meses –lo sé por el boleto de autobús, que se quedó a dormir la eternidad entre las páginas del libro-, mientras viajaba a la Ciudad de México, me puse a leer Hambre, la novela de Knut Hamsun, el escritor noruego (premio Nobel de literatura 1920), y si no recuerdo mal ésta me aburrió entonces de tal manera que me prometí a mí mismo no volver a abrir nunca más obras de autores tan monótonos y tediosos. Pero hace poco volví a leerla, faltando a mi juramento, y esta vez me pareció no sólo extraordinaria, sino profundamente humana y, en ocasiones, hasta divertida.

He aquí, por ejemplo, uno de sus pasajes que sería cómico si no fuese, en cierto sentido, trágico. El protagonista de la historia, un muchacho con ambiciones literarias permanentemente hambriento, camina sin rumbo fijo por uno de los parques de Cristianía –la antigua capital noruega- donde se encuentra en una de las bancas con un viejo cegatón. El viejo carga consigo un periódico vuelto al revés, cosa que produce en la febril imaginación de nuestro héroe una infinidad de sospechas. «El hombre estaba tranquilamente sentado y dormitaba.

¿Por qué no llevaba su periódico como cualquier individuo lo lleva, con el título hacia fuera? ¿Qué significaba tanta astucia?» -se pregunta el joven profundamente intrigado-. Y añade: «La imposibilidad de penetrar ese misterio me enloquecía de curiosidad».

El lector de estas líneas podrá pensar: «Hombre, pero si no es para tanto».

Lo que prueba que no conoce todavía a este muchacho bueno y a veces un poco loco. Porque, sí, él se interesaba precisamente por este tipo de misterios.

Buscando entablar diálogo con el desconocido y descifrar así el enigma que oculta su persona, nuestro joven le ofrece un cigarrillo, pero como aquél no fuma tiene que intentar llegarle por otro camino.

-¿Hace tiempo que está usted con los ojos enfermos? –le pregunta-.

Entonces, ¿no puede leer? ¿Ni los periódicos?

-¡Ni los periódicos, desgraciadamente! –responde el viejo, excitando todavía más la curiosidad de su interlocutor.

¡Así que ni los periódicos! ¿Y cómo es que traía uno entre las manos? ¡Ah, bribón!

Vivo en la calle San Olaf, número 2 –volvió a decir el muchacho, mintiendo descaradamente, pues, como ya se dijo, era éste casi un vagabundo.

-¿De veras? –preguntó el viejo, que conocía cada piedra de la Plaza San Olaf-. ¿En el número 2 ha dicho usted? Hubo un tiempo en que conocí a todos los vecinos del número 2. ¿Cómo se llama su patrón?

Mintiendo descaradamente otra vez, nuestro héroe escupió un nombre.

-Happolati –dijo.

-Happolati, sí –aprobó el viejo-. ¿No es marino el señor Happolati? Creo recordar que el señor Happolati era marino.

-¿Marino? –respondió el muchacho -. No. Éste es Happolati, agente.

¿Creía nuestro joven que el viejo iba a quedar callado o por lo menos desconcertado? ¡Pues no! Y, además, añadió:

-Parece que es un hombre hábil, según me han dicho.

¿Quién se lo había dicho, si todo era mentira, si ese tal Happolati ni siquiera existía? ¡Qué cinismo de viejo!

-¡Oh! Es un hombre muy astuto: una gran cabeza en los negocios, agente para todas las cosas, sean las que sean –siguió el muchacho-: plantas de China, plumas de aves de todas las clases, pieles de Rusia, pasta de madera, tinta…

-¡Je, je! –rió el anciano-. ¡Valiente pillo!

-¿Ha oído usted hablar del salterio eléctrico que Happolati ha inventado?

-¡Cómo! ¿Eléctrico?

-¡Con letras luminosas en la oscuridad! Una empresa sencillamente colosal.

Millones de coronas en movimiento.

-¡Qué me dice usted! – exclamó el anciano con dulzura.

Luego pasaron a hablar de la hija del ficticio Happolati, «una princesa que tenía trescientos y esclavos y dormía sobre un lecho de rosas amarillas», etcétera.

-¡Ah! – exclamó el viejo -. ¿Tan bella es?

Pero a este punto, cansado ya de que el anciano le estuviera siguiendo la corriente todo el tiempo, el muchacho empezó a insultarlo y se apartó de él a grandes zancadas. ¡Vejete mentiroso! ¿Cómo hablaba con tanta seguridad de cosas que no conocía? ¡Más que esto se merecía por entrometido y hablador! Y así es como desaparece de las páginas de la literatura universal un pobre viejecillo que nunca más volverá a aparecer. ¡Ah, qué pena: con lo bien que me había caído!

En realidad, al anciano le daba lo mismo tanto el señor Happolati como la Plaza San Olaf: él únicamente quería hablar, tener alguien a un lado suyo para dirigirle la palabra y no sentirse tan solo en este mundo. Y si otro distinto de nuestro joven le hubiera mencionado al embajador de Persia o al chá de Irán, él lo mismo habría aprobado con la cabeza diciendo: «Parece que son hombres hábiles, según me han dicho». Lo importante era hablar, expresarse, ser tomado en cuenta.

Pienso que yo no hubiera abandonado tan pronto a aquel anciano. Me habría divertido mucho oírlo hablar. Y él, quizá, hasta se habría sentido un poco menos solo.

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