junio 11, 2026

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“Pisála” ahora, Ricardo | Columna de Arturo Mena “Nefrox”

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Ricardo Centurión

Testeando

 

Te “llamás” Ricardo y te decimos Centu. Jugaste para Rácing, para Boca, Sao Paulo y Genoa, pero hoy “jugás” para San Luis, ¿y ”sabés” algo? Por fin es momento de romperla. 

Ricardo: no me queda duda la calidad que tienes; me pareces un fuera de serie tal vez mal comprendido. Pero quiero decirte algo: después de tu paso por Italia, Brasil y Boca, y después de esa salida tan desastrosa de Rácing, este es el mejor momento de volver a levantar la mano. 

Vives en un país que ama el futbol y en una ciudad que se enamora rápidamente de los buenos jugadores, principalmente de los extranjeros; te encuentras en el momento exacto para despegar nuevamente. Jugar para el San Luis justo en su año de regreso a la primera división es la mejor oportunidad para volver a ser ídolo. 

Conozco tu paso por Rácing: ese gol para el campeonato, ese baile de Wachiturro y ese gran gol a River vistiendo la camiseta de Boca. Conozco también esos problemas fuera de la cancha, esas salidas al boliche y el tema de Melisa, ¿pero sabes qué? Me importa poco lo malo, yo quiero resaltar lo bueno. 

Hace poco hablaste con la gente de Fox Sports y decías que estabas feliz en México. Lo entiendo perfectamente: vives en una ciudad tranquila, donde pocos te conocen para bien y para mal, y donde puedes reiniciar tu carrera alejado de todas las broncas de la Argentina. Eres un privilegiado y un fuera de serie. 

Ricardo, hoy juegas para San Luis, y te cuento: nuestro “clásico” es Querétaro, nos gusta el buen futbol y nos enganchamos rápido con los extranjeros. De tu país no olvidamos a Ariel González o “el Chango” Moreno, y si nos vamos más atrás aún recordamos a Trapasso, a Gottfrit, a Verderi o a Coscia. Nos gustan los jugadores atrevidos, de buen trato de balón, los que seducen a la tribuna y enamoran con jugadas de peligro; perdonamos indisciplinas y hasta defendemos a los que anotan goles cuando son atacados fuera de la cancha por la prensa. Somos nobles pero exigentes

Ricardo, recuerdo bien cuando Enzo te lo dijo en la cancha de River: “pisála ahora” con ese tono de burla, recuerdo tu coraje y lo que le gritaste a la tribuna. Y no me lo tomes a mal, sino todo lo contrario, Ricardo ¡pisála ahora!. Ahora es justo el momento para despertar tu gambeta, para reencontrarte con ese gran juego que desplegaste en Rácing y en Boca; vuelve a lo tuyo, a disfrutar el juego y a bailar de Wachiturro, rompe la liga, aspira a selección o a regresar a Europa. Estás en el lugar indicado, con el equipo perfecto y la afición más entregada, aprovecha cada minuto en cancha y recuerda cada gambeta en la Bombonera o en el Cilindro. 

Dale crack, dale Centu, que hay que despertar y demostrar lo que mucho se ha hablado, pero en la cancha, donde tú sabes jugar a todo ritmo.

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Que arranque la fiesta | Columna de Arturo Mena “Nefrox”

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TESTEANDO

 

Hay fechas que aparecen en el calendario. Y hay otras que parecen escritas desde hace décadas.

El 11 de junio de 2026 pertenece a la segunda categoría.

Porque cuando la pelota se lance en el Estadio Azteca, no comenzará solamente un Mundial. Comenzará una historia que México lleva años esperando volver a contar. Será la tercera vez que el país reciba una Copa del Mundo y la tercera vez que el Azteca ocupe un lugar central en la memoria del fútbol. Ningún otro estadio puede decir eso.
Durante meses hablamos de sedes, remodelaciones, boletos y logística.

Ahora ya no.

Ahora empieza el fútbol.

Y eso cambia todo.

México tendrá partidos en Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey. El Azteca volverá a ser protagonista con el partido inaugural y encuentros de eliminación directa; Guadalajara y Monterrey también recibirán juegos de fase de grupos y la sultana del norte, uno de ronda posterior.

Habrá aficionados de todos los continentes.
Habrá camisetas imposibles de encontrar juntas en otro lugar.
Y por unas semanas, el país volverá a sentirse el centro del mundo futbolístico.
Quizá por eso resulta tan difícil dimensionar lo que viene. Porque los Mundiales no se entienden antes de empezar.

Se sienten.

Se sienten cuando aparece la primera ceremonia. Cuando suena el primer himno. Cuando una selección desconocida le complica la vida a un favorito. Y, sobre todo, cuando descubrimos que los pronósticos casi nunca sobreviven intactos a julio.

Claro que hay candidatos.

Los de siempre.

La vigente campeona, la selección de Argentina, llega con el peso de defender una corona que pocas veces permite relajaciones.
Francia sigue teniendo una generación que parece diseñada para competir en cualquier escenario.
Brasil nunca deja de ser Brasil, incluso cuando las dudas aparecen.
España llega respaldada por una nueva generación que ha demostrado que el talento no entiende de ciclos.
Y luego están Alemania, Inglaterra y Portugal, selecciones que parecen estar siempre a una buena racha de distancia de la gloria.

Pero los Mundiales nunca pertenecen únicamente a los favoritos

. Si algo ha enseñado la historia es que siempre aparece alguien inesperado.

Croacia lo hizo.
Marruecos lo hizo.
Corea del Sur lo hizo.

Y este torneo también tendrá su sorpresa.
Porque siempre la tiene. Quizá una selección africana que encuentre confianza demasiado pronto. Quizá un equipo europeo que llegue sin reflectores. Quizá una nación americana que descubra que el miedo cambia de bando cuando avanzan las rondas.

Y en medio de todo eso está México.

El anfitrión.

El equipo que carga con la ilusión de una generación entera que sueña con ver algo distinto. Con romper una barrera que parece eterna. Con aprovechar la ventaja de jugar en casa. Porque un Mundial en México nunca es solamente un torneo. Es una conversación nacional. Una pausa colectiva.
Un momento donde millones de personas hablan el mismo idioma durante noventa minutos.

Dentro de algunos años recordaremos quién levantó la copa. Pero también recordaremos otras cosas. La primera vez que vimos el Azteca vestido de Mundial por tercera ocasión.
La fiesta en Guadalajara.
Las noches de Monterrey.
Las historias que todavía no conocemos.

Porque así funcionan los Mundiales. Empiezan con favoritos. Empiezan con estadísticas. Empiezan con pronósticos. Y terminan convirtiéndose en algo mucho más grande.

Algo que durante unas semanas nos hace creer que el futbol puede detener el tiempo.

Y, para fortuna de México, ese momento está a punto de comenzar, aquí.

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La respuesta siempre ha estado en casa | Columna de Arturo Mena “Nefrox”

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TESTEANDO

 

Durante años, el fútbol mexicano se acostumbró a mirar hacia afuera cada vez que necesitaba un entrenador. Como si la solución siempre hablara otro idioma o español con diferente acento. Como si la experiencia solo valiera cuando venía de Europa o Sudamérica. Como si aquí no pudiera construirse algo propio.

Y entonces aparece esta final.

Cruz Azul contra Pumas.

Joel Huiqui contra Efraín Juárez.

Dos técnicos mexicanos. Dos procesos jóvenes.
Dos historias que, hasta hace poco, parecían destinadas a esperar más tiempo.

Porque el fútbol mexicano suele ser impaciente con los entrenadores nacionales. Les exige resultados inmediatos, pero les niega margen. Los quiere preparados, pero rara vez les permite equivocarse. Y aun así, aquí están. A noventa minutos (o un poco más) de tocar el campeonato.

Lo de Joel Huiqui tiene algo profundamente simbólico. Un hombre que entendió durante años lo que significa cargar la presión de Cruz Azul desde adentro, ahora intentando devolverle identidad desde el banquillo. Sin reflectores exagerados, sin vender revoluciones tácticas, pero construyendo un equipo serio, compacto y emocionalmente estable. Que en Cruz Azul, después de tantos años de caos emocional, ya parece muchísimo.

Porque este equipo no juega desesperado.
No corre por ansiedad. No se rompe cuando recibe un golpe.

Y eso también se entrena.

Del otro lado aparece Efraín Juárez, quizá el caso más interesante de los dos.
Porque mientras muchos técnicos mexicanos siguen esperando una oportunidad local, él decidió salir. Aprender lejos. Equivocarse lejos. Crecer lejos.

Y eso pesa.

Su paso por el extranjero le dio algo que pocas veces se ve en entrenadores jóvenes mexicanos, una idea clara de juego y la personalidad suficiente para sostenerla. Pumas no es un equipo perfecto, pero sí es un equipo reconocible. Presiona, intenta ser agresivo, ocupa espacios con intención.

Tiene identidad.

Y en una liga donde muchos equipos cambian de rostro cada tres jornadas, eso ya es una ventaja enorme.

Por eso esta final importa más de lo que parece.

Porque sí, hay un campeonato en juego. Sí, hay historia, afición y presión. Pero también hay un mensaje. Uno que el fútbol mexicano llevaba tiempo necesitando escuchar.

Que los entrenadores mexicanos no tienen que esperar eternamente para estar listos. Que la juventud no es incapacidad. Que las ideas nuevas no necesariamente vienen de afuera.

Y quizá lo más importante: que un técnico mexicano también puede construir equipos modernos, competitivos y emocionalmente fuertes.

Cruz Azul puede romper otra barrera emocional levantando el título con Huiqui. Sería una especie de reconciliación con su propia historia, un hombre de casa devolviendo estabilidad donde tantas veces hubo caos.

Pumas, en cambio, puede confirmar algo distinto con Efraín Juárez, que el técnico mexicano también puede evolucionar, viajar, aprender y regresar más preparado que nunca.

Las dos historias tienen valor.

Las dos se sienten necesarias.

Y quizá por eso esta final tiene algo diferente. Porque más allá de quién levante el trofeo, el fútbol mexicano ya ganó una pequeña batalla que llevaba años perdiendo silenciosamente.

La de volver a confiar en los suyos.

En jóvenes entrenadores mexicanos que dejaron de pedir permiso para competir. Y que ahora, desde los dos banquillos más importantes del país esta semana, están demostrando algo que parecía olvidado, que el futuro también puede hablar con acento mexicano y que la respuesta, siempre estuvo en casa.

 

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Con coherencia en los banquillos | Columna de Arturo Mena “Nefrox”

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Hay partidos que llegan con tres puntos en juego y otros que llegan con una idea detrás.
El Atlético de San Luis contra Pumas es de esos segundos.

Y es que más allá de la tabla, más allá de si uno necesita meterse o el otro quiere escalar, hay algo que no siempre aparece en el fútbol mexicano: dos entrenadores que entendieron lo que tenían y dejaron de pelearse con eso.

San Luis, por ejemplo, dejó de ser un equipo confundido.
Raúl Chabrand, en silencio, hizo algo que a veces parece revolucionario: ordenar. Volver a lo simple. Apostar por un 4-2-3-1 claro, sin inventos, sin posiciones forzadas, con roles definidos.
Y eso, en un equipo que venía de la incertidumbre, pesa más que cualquier discurso.
Porque San Luis no necesariamente juega mejor que antes, pero eso sí, se entiende mejor, y cuando un equipo se entiende, compite.

Del otro lado está Pumas, que tampoco es casualidad.
Efraín Juárez agarró un equipo que necesitaba identidad más que nombres, y le dio algo que no siempre se nota en la Liga MX: intención. Un sistema que puede mutar, que puede presionar, que puede atacar sin perder orden y los resultados empiezan a acompañar.
Un 3-1 reciente que no solo suma puntos, sino que confirma algo más importante: Pumas sabe a qué juega, que en este fútbol, ya es bastante.

Por eso este partido no es tan simple como parece.
San Luis llega con urgencia. Necesita puntos, necesita creer que todavía está a tiempo a pesar de que el cambio se dio bastante tarde en el torneo.
Pumas llega con confianza. Ya entendió el camino, ahora quiere mejorar el destino, dejando atrás los errores del principio de año que lo desplazaron de Concacaf.

Uno persigue.
El otro se afirma.

Pero los dos comparten algo: coherencia.

Y eso cambia todo.

Porque cuando los equipos tienen idea, los partidos dejan de ser accidentes. Ya no dependen de una jugada aislada, de un error, de un rebote. Empiezan a tener lógica.
San Luis buscará ordenarse desde atrás, sostener el partido, encontrar a João Pedro en momentos clave.
Pumas intentará imponer ritmo, ocupar espacios, hacer que el juego pase por su mediocampo.

No es un choque de estilos opuestos. Es un choque de ideas bien trabajadas. Y quizá por eso este partido importa más de lo que parece.
Porque en medio de una liga que muchas veces vive de la inercia, ver a dos técnicos que sí están construyendo algo, incomoda.

A veces, es tan simple (y tan difícil) como tener claro qué quieres que haga tu equipo cuando tiene la pelota y cuando no.

Pero más allá del marcador, hay algo que ya se está jugando: la validación de dos procesos que, sin hacer ruido, empiezan a tomar forma.
Y en una liga donde muchas veces todo cambia demasiado rápido, ver a dos equipos que por fin parecen saber hacia dónde van, ya es, en sí mismo, una pequeña victoria.

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