marzo 31, 2026

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Permaneced distantes | Columna de Juan Jesús Priego

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Por: Juan Jesús Priego

¿Ha leído usted, estimado señor, un relato de Thomas Mann (1875-1955) titulado Mario y el mago? Ah, es magnífico, es terrible. Léalo, léalo usted.

A un pueblo de Italia –un pueblecito del Sur- llegó un día un prestidigitador famoso capaz de hipnotizar a los espectadores y hacer que éstos ejecutaran al instante cuanto él les ordenase. Usted, seguramente, habrá conocido alguna vez a hombres como éste, pues en otro tiempo fueron muy comunes, sobre todo en las ferias de pueblo. Éste del que nos habla Mann en su novela se llamaba Cipolla –es decir, cebolla- y, efectivamente, era un maestro consumado en la ejecución de su arte. Si decía a uno de los asistentes, por ejemplo: «Ahora marcharás como soldado», éste, a la vista de todos, comenzaba a caminar a paso redoblado. Y si le ordenaba: «Ahora tienes que demostrar que eres un niño», el sujeto en cuestión, aunque fuera ya un anciano al borde del abismo, empezaba a lloriquear cual si hubiese regresado a las edades más tempranas de su existencia y necesitara urgentemente, para calmarse, un chupón.

A veces, también, pedía a espectadores tomados al azar que contaran algo de su vida, y éstos, en voz alta, empezaban entonces a hablar largo y tendido de sus miedos y decepciones, de sus quebrantos financieros y hasta de sus decepciones amorosas. Por demás está decir que los espectadores se hallaban siempre entre la maravilla, el suspiro y el espanto. ¿Cómo era posible que este hombre, flaco y un tanto desgarbado, con ojos de buitre, se apoderarse así de la voluntad de las personas? Y, sin embargo, nadie dudaba de que en verdad lo hacía, pues ante su vista realizaba éste cada una de sus maniobras.

Entre los asistentes a aquella memorable representación estaba también Mario, un campesino muy bien parecido que, como todo mortal, también había sufrido lo suyo… El mago le habló, pidiéndole que se acercara, y en poco tiempo éste quedó convertido en una máquina humana cuyo control parecía tenerlo únicamente Cipolla. La gente estaba en suspenso. ¿Qué iba a decir o a hacer este muchacho codiciado por más de una mujer del pueblo? ¿Qué es lo que iba a pasar?

«-Noto en tu cara –le dijo el mago- un rasgo de carácter taciturno y triste, un rasgo de melancolía… Dime ahora –y aquí cogió una mano del muchacho, como para animarle-, ¿tienes algún pesar? »-No, señor –respondió Mario.

»-Sé que lo tienes. ¿Cómo quieres que no me dé cuenta? ¿Vas a engañarme a mí, al gran Cipolla? Y, desde luego, se trata de las muchachas: de una chica. Tienes un gran pesar de amor»… ¡Ah, señor, lo que sigue es tremendo, inaudito, vergonzoso! Pues sucede que, de pronto, Cipolla, el malvado hipnotizador, la estrella de las ferias, da a Mario la siguiente orden:

»-¡Bésame! Tú puedes hacerlo. Créeme que puedes hacerlo. Te quiero. Bésame, aquí –y con la punta del índice, tendiendo brazo, mano y dedo meñique, designó la mejilla, cerca de la boca. Y Mario se inclinó y le besó».

Expectación general. ¡Mario ha besado a aquel hombre repugnante, Mario ha besado en público a otro hombre! Y, cuando vuelve en sí, hay en su rostro la expresión de quien se pregunta qué ha pasado, pues en re alidad no lo sabe. La gente se ríe de él y le silba gritándole todo tipo de cosas. ¿Qué fue lo que sucedió? Mario se hace esta pregunta mientras camina en dirección a las butacas. Algo terrible debió haber ocurrido: lo nota en la expresión divertida y socarrona de la gente. Algo, pero ¿qué?

Pocos minutos después, Mario vuelve al escenario con una pistola en la mano

. «Un silencio se produjo inmediatamente. Incluso los bailarines se detuvieron en su ejercicio, mirando con ojos desorbitados. Cipolla se incorporó súbitamente. Allí estaba, de pie, con los brazos tendidos hacia un lado, como si quisiera rechazar algo y gritar». Se oyeron unas detonaciones. «Y allí quedó Cipolla, tendido, inmóvil, formando un montón desordenado de prendas y huesos».

¡Ah, señor, qué historia! Ya sé que una obra de arte –y ésta novela lo es, sin duda- se presta poco a las moralejas, pero ¿qué le vamos a hacer? Está en nuestra naturaleza sacarle a todo una enseñanza. Hay quien sugiere que Mario y el mago es ante todo una parábola; Thomas Mann quiso con ella, según eso, advertir a los dictadores de su tiempo lo que con toda seguridad les ocurriría cuando los pueblos sometidos a su embrujo oyeran el chasquido del látigo y salieran, por fin, del sueño en el que se hallaban sumidos. Hay quien ha dicho, abundando en lo anterior, que más concretamente Mario y el mago era un grito de amenaza lanzado contra el fascismo.

Pudiera ser; en todo caso, señor, yo no lo pongo en duda. «Vosotros, encantadores, habéis, con vuestra voz, arrullado a Mario y hecho con él cuanto se os ha antojado. Incluso, sin que él se diera cuenta, porque dormía, le habéis pedido cosas que estando despierto jamás se habría atrevido a hacer: lo indujisteis a realizar acciones vergonzosas; pero tened cuidado, porque Mario despertará y entonces es muy posible que no reaccione de otra manera que como lo hizo en esta trágica historia». Tal interpretación es justa: Mussolini, en efecto, murió ahorcado en 1945, es decir, dieciséis años después de que Thomas Mann escribiera este relato profético. Pero si leyéramos Mario y el mago sólo en esta clave, la historia ya no tendría nada que decirnos, pues el fascismo, como Cipolla, está hoy bien muerto; en cambio, si lo abordamos desde otra perspectiva –desde una perspectiva puramente humana-, el relato no podría ser más actual. «Toma tus distancias. Respeta los límites. No te acerques demasiado». Tal parece ser el mensaje.

¡Cuántas veces he visto noviazgos y amistades que fueron demasiado lejos en sus efusiones y que por su sed de caricias lo echaron todo a perder! A éstos habría que recitarles los siguientes versos de Rainer Maria Rilke (1875-1926): “Quiero siempre precaver y avisar: permaneced distantes. Me gusta oír cómo cantan las cosas. Las tocáis y se vuelven mudas y rígidas; vosotros me matáis todas las cosas. No tocar, permaneced distantes; en ocasiones, tal vez sea esto lo único que habría que decir a los que quieren salvar su amor, o ya por lo menos conservarlo. ¡No tocar! Hay caricias que son demasiado peligrosas, hay atrevimientos que se pagan caros. Traspasar los límites –y esto es algo sabido desde los tiempos de Adán y Eva- puede resultar mortal.

Pero debo callarme ya. Hasta luego, estimado señor.

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El pobre Señor Goliadkin | Columna de Juan Jesús Priego

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Por: Juan Jesús Priego

Jacobo Petrovich Goliadkin era consejero titular en aquellos tiempos gloriosos en que los consejeros titulares eran vistos por todo el mundo, y sobre todo en Rusia, con cierta admiración. Por ejemplo, a nadie hubiera permitido este calvo y honesto burócrata un tuteo imprudente o una falta a las reglas de la cortesía. Las distancias, como quiera que sea, debían ser siempre respetadas.  Digamos, pues, que Jacobo Petrovich Goliadkin, más que caminar por la vida, flotaba, y que aunque no era rico tampoco lo pasaba tan mal. Claro, ¿cuándo se ha visto que los que viven del erario público esperen con aprensión la llegada del casero o el recibo de la luz? Pues bien, nuestro consejero titular había vivido del Estado desde muy joven, de modo que, en cierto sentido, podía decir con el salmista que nada le faltaba. Y en tal mundo de ensueño habría transcurrido la existencia de este irreprochable funcionario si no hubiera sucedido algo que… pero vayamos por partes.

Un día, Jacobo Petrovich Goliadkin, habiendo salido de la oficina y tomado una de las calles de San Petersburgo, vio a lo lejos a un hombre que se parecía mucho a él. Viéndolo más de cerca, llegó incluso a admitir que se le parecía demasiado, y esto, como podrá imaginar el avispado lector, no le hizo maldita la gracia. ¿Cómo es que había en la ciudad un hombre que era algo así como su doble? Por más que puso a trabajar su cerebro (cosa en la que, a decir verdad, no son muy duchos los consejeros titulares) llegó a la conclusión de que no tenía hermanos gemelos, ni nada por el estilo, de manera que la existencia de aquel desvergonzado individuo lo sacó de sus casillas. ¡Qué broma más pesada le había jugado la naturaleza!

¡Dios mío!, se quejaba el señor Goliadkin, ¿de modo que también la naturaleza se había puesto contra él? ¿Y si el doble, por llamarlo así, cometía más de un destrozo público haciéndose pasar por él? No, no quería ni pensar en semejante eventualidad: se moriría de la pena. ¿Qué iban a pensar de él sus conocidos y compañeros? ¿Y si aquel diablo entraba, por ejemplo, a la casa de su jefe y decía cosas indecentes a la hija de éste, esa hermosa señorita de la que ni siquiera se atrevía a pronunciar el nombre? Todos pensarían, entonces, que había sido él, Jacobo Petrovich Goliadkin el autor de tales indecencias. Al pensar en estas cosas, nuestro funcionario se secaba el sudor de la frente, hablaba solo y hasta quiso ponerse a buscar por la ciudad a ese energúmeno que, aprovechándose de su cara, podía hacer cuanto le viniera en gana y sin pagar por ello las consecuencias.

Pero ni siquiera fue necesario buscarlo, porque en los días que siguieron a aquel encuentro desgraciado, nuestro consejero titular se encontraba a cada paso con su doble. En la oficina, fuera de ella, en las plazas y en los tranvías, él estaba siempre allí. Una mañana, harto ya de verlo por doquier, Jacobo Petrovich Goliadkin se acercó a él, lo tomó por las solapas y le dijo: «¿Cómo se llama? ¿Podría decírmelo usted?». A lo que el doble respondió amablemente así: «Jacobo Petrovich Goliadkin, estimado señor». ¡Cómo! ¿De modo que hasta tenían el mismo nombre? ¿Y no era esto para volverse loco?

Desde entonces la vida de nuestro burócrata se convirtió literalmente en un infierno. Sobornaba ujieres, interrogaba policías, se acercaba sigilosamente a los guardianes nocturnos para hacerles las preguntas más extrañas. ¡Hasta se llegó pelear más de una vez con su otro yo a la vista de todos!

Pues bien, si usted ya lo pensó, déjeme decirle que no se ha equivocado: Jacobo Petrovich Goliadkin se había vuelto loco. En realidad, no había tal doble, y todo lo que veía y pensaba eran puros cuentos -¿engendros, se los llama?- de su imaginación. ¡Pobre señor Goliadkin! El que quiera conocer la historia completa de su vida, haría bien en leer El doble, la novela del escritor ruso Fedor Dostoievski (1821-1881).

Sin embargo, lo que me interesa, al menos por ahora, es reproducir la entrevista que nuestro funcionario tuvo con su médico de cabecera pocos días antes del colapso. Como el pobre señor Goliadkin ya no podía más, digamos que se atrevió a hacerle a su médico una breve visita, y que éste, tras revisarlo atentamente, le habló así:

«-Cambie su modo de vivir. A esto se reduce todo mi tratamiento. Las distracciones le convienen. Frecuente usted a sus amigos, viva en sociedad. Tampoco hay por qué ser amigo declarado de la bebida. Conviva con gente alegre».

El señor Golidkin no entendía. ¡Él sentía morirse y el doctor le hablaba de asistir a reuniones y cambiar de vida! «El señor Goliadkin se apresuró a manifestar que vivía igual a todo el mundo; que se distraía honestamente, como pudieran hacerlo los demás; que podía acudir a los teatros, pues disponía, como cualquier otra persona, con los medios suficientes para ello; que durante el día se hallaba ocupado en la oficina, como tantos otros funcionarios de la Administración, y que por las noches solía quedarse en casa.

»-Hum –respondió el doctor-. No, no es eso lo que quiero decir. Lo que deseo saber es si de veras le agradan a usted las diversiones, si le gusta pasar alegremente su tiempo… ¿Qué vida lleva? ¿Continúa usted con sus melancolías o, por el contrario, se ha vuelto ya optimista? En una palabra, es precisa una radical transformación de su vida. Usted, en cierto sentido, debe variar su carácter. Es necesario que busque usted distracciones. Debe hacer también alegres cosas. No debe encerrarse en su casa. ¡Eso es altamente nocivo para su salud!».

¡Ah, doctor, usted es un sabio, usted había anticipado la catástrofe! Yo también, como el señor Goliadkin, apenas tengo tiempo para visitar amigos, escuchar canciones o ir a caminar a los parques. ¡Todo es trabajo para mí! Hasta podría decir que he perdido el gusto por las fiestas. De modo que, como no quiero que me pase lo mismo que a aquel pobre consejero titular, he decidido a partir de hoy seguir su tratamiento.

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El Guardián y la Espera | Columna de Juan Jesús Priego

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Por: Juan Jesús Priego

Los cuentos de Franz Kafka (1883-1924) pueden ser todo lo extraños que se quiera, pero, aunque a primera vista parezcan absurdos, están llenos de sentido y de mensajes ocultos que es preciso descifrar. He aquí, por ejemplo, uno de ellos; se titula: Ante la ley.

Un campesino llega un día ante las puertas de la ley y pide al guardián que lo deje entrar.

-No –dice éste adoptando un tono de evidente superioridad-. No puede usted pasar.

«La puerta de entrada de la ley está abierta, como siempre. El guardián se hace a un lado. El hombre se agacha para mirar hacia adentro. Cuando el guardián lo advierte se ríe y dice:

«-Si tanto le atrae, intente entrar a pesar de mi prohibición».

Pero el campesino, que es hombre obediente y amante del orden, opta por quedarse allí hasta obtener el permiso. «El guardián le da un banquito y le permite sentarse al lado de la puerta. Allí el hombre se queda sentado días y años».

De cuando en cuando, el hombre vuelve a la carga pidiendo permiso para que se le deje pasar, pero el guardián se le queda mirando fijamente y vuelve a denegar con la cabeza.

«-Se le dejará pasar –le dice en el mismo tono severo de siempre-, pero no ahora».

Pero si no era ahora, ¿cuándo? De esto, por desgracia, el hombre uniformado no decía absolutamente nada.

En cierta ocasión el campesino quiso incluso sobornar al guardia ofreciéndole alguna cosa de cierto valor que había traído consigo, y el guardia aceptó el obsequio, pero sin dejarlo pasar y aún diciéndole:

«-Lo acepto solamente para que no pienses haber omitido algún esfuerzo».

¡Qué canalla! El campesino maldijo entonces su mala suerte. ¿Por qué tenía que haberse topado con un centinela tan duro de corazón? Y, además, ¿qué ganaba éste con impedirle la entrada? ¡La vida se le estaba yendo en esta espera que se había alargado ya mucho más de lo debido! Su pelo se le había vuelto blanco, el tiempo había pasado y, mientras tanto, el guardia seguía allí, en su puesto, como un tigre feroz, impidiéndole el paso. ¡Qué viejo se sentía! Su cuerpo se doblaba cada día más bajo el peso de los años y sus articulaciones empezaban a crujir como un pedazo de leña seca.

»Cercana ya su muerte, el hombre reúne mentalmente todas las experiencias que ha recogido durante todo este tiempo en una pregunta que hasta ahora no había hecho al guardián; le hace señas de que se acerque ya que él no puede enderezar más su cuerpo, que se está paralizado. El guardián tiene que agacharse mucho ante él, ya que la diferencia de las estaturas se ha pronunciado mucho en desmedro del hombre.

«-¿Qué más quiere saber todavía? –pregunta el centinela. Es usted insaciable.

»-Todos tienden a la ley –dijo el hombre-. ¿Cómo es que durante tantos años nadie, excepto yo, ha pedido que se lo deje entrar?

»El guardián se da cuenta de que el fin del hombre está cerca, y para hacerse entender por esos oídos que ya casi no funcionan, se le acerca y le dice:

»-A nadie se le habría permitido el acceso por aquí, porque esta entrada estaba exclusivamente destinada para ti. Ahora voy y la cierro

»”.

¡Dios mío! ¡Si este pobre no hubiera vacilado tanto y se hubiese atrevido a trasponer la puerta sin más! ¿Para qué pedir permiso? Y, sobre todo, ¿por qué dar importancia a las carantoñas del guardia? ¡Tanta espera inútil para nada! Los años se le habían ido y ahora era ya demasiado tarde.

¡Atrévete a traspasar la puerta! El guardián hará siempre como que no te lo puede permitir, pero tú sigue adelante igualmente. ¡Que nadie te detenga! Y, cuando te vea dentro, el guardia no irá por ti: a lo más se limitará a encogerse de hombros fingiendo quedar muy sorprendido por tu atrevimiento. No te sientes en espera del guiño de autorización que te facilitaría las cosas. ¡Nadie, nunca, te hará ese guiño! La puerta está abierta: aprovecha antes de que ahora sí la cierren para siempre porque han pasado los años y ha caído sobre ti la última noche. Entra ahora que eres fuerte y tus piernas te llevan; entra ahora para que no te arrepientas después…

Una vez conocí a una linda joven que se moría por estudiar una cosa que ahora no recuerdo qué sea, pero no lo hizo porque eso significaba salir de su casa y dejar sola a su madre, que se quejaba continuamente de un dolor aquí y de una punzada allá.

Cuando mi madre ya no esté –me decía la linda muchacha-, seguro que lo hago.

Bien, han pasado veinte largos años desde entonces, la muchacha es ya una solterona infeliz y su madre sigue poniendo la casa de cabeza con sus quejidos y sus lamentos. ¿Por qué no se atrevió a cruzar la puerta? ¿Esperaba que la vida le hiciera señas guiñándole un ojo?

En Desde el fondo de la tierra, la novela del argentino Ernesto L. Castro, aparece un hombre que, ya viejo, se pone a lamentarse de que el tiempo se le hubiera ido tan rápido y de su propia cobardía por no haberse atrevido a realizar los sueños de su juventud: «No lo hice –confiesa casi llorando- porque se me atravesaron otras cosas. ¡Me quedé con las ganas! Hoy pienso que cuando uno desea algo, debe hacerlo cueste lo que cueste. Nada peor que llegar a cierta altura de la vida y sufrir suponiendo que nos hubiera ido mejor de haber hecho lo que nunca nos atrevimos a hacer».

Y dígame usted si no son éstas las palabras más tristes de la literatura universal. Y no sólo de la literatura universal, sino de la vida misma…

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Carta al rey | Columna de Juan Jesús Priego

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Por: Juan Jesús Priego

A veces me da por pensar que la felicidad no es lo que creemos, y que quizá sea algo mucho más modesto de lo que pensamos. ¿Y si no fuera, por ejemplo, más que poder realizar en libertad lo que nos gusta, lo que nos sale mejor, o, dicho con palabras llanas, lo que nuestro corazón prefiere?

Pon a un estudioso a organizar reuniones y a dirigirlas, y verás cómo poco a poco el carácter se le avinagra; pon a un alma serena y contemplativa en la situación de tener que organizar una oficina y verás cómo, con el paso del tiempo, se le muda el semblante: ya no se reirá de nada, ya no sonreirá con nadie, y tal vez hasta se le vaya la vida quejándose de todo. ¿Ha conocido usted gentes así, doloridas y quejumbrosas? No las juzgue, entonces, señor,  con tanta severidad: acaso alguien las hayan sacado del agua, a ellas, que tenían vocación de peces…

También empiezo a creer que la felicidad pública tiene que ver, y mucho, con la felicidad privada. ¿No me cree? Bien, lo invito a contemplar la siguiente escena: una mujer tiene que estar ocho horas al día detrás de un mostrador cuando lo que quisiera es estar en casa escribiendo una novela; observe usted cómo trata a los demás, cómo se deshace de ellos en cuestión de segundos para que no sigan molestándola con sus preguntas impertinentes. ¿Qué le importan a ella los papeles que debe llenar o las solicitudes que debe expedir? ¡Un comino, eso es lo que le importan, y si pudiera prendería fuego a todos esos legajos de una vez por todas! Sí, señor: seamos benévolos con estas pobres gentes malhumoradas, pues se ve a las claras que no están haciendo lo que quieren.

¡Ah, si todos estuviéramos en donde debemos estar, cómo cambiaría la vida! Seríamos entonces amables y educados: en una palabra, felices, porque esto y no otra cosa es la llamada felicidad.

Era el año de 1575 cuando don Juan Huarte de San Juan publicó un libro que llevaba por título Examen de ingenios para las ciencias; en él hacía ver –con muy poderosos argumentos, según mi modesta opinión- que los hombres nacimos sólo para una cosa, y que únicamente si logramos dedicarnos a esta sola cosa estaremos en paz con nosotros mismos; por lo cual, aconsejaba nada menos que al rey que legislara en tono a este grave asunto y no permitiese de ninguna manera que el labrador se metiese a zapatero, ni el legislador a médico, ni el abogado a matemático, ni el médico a filósofo, ya que si esto llegase a suceder la sociedad acabaría pagando tarde o temprano las consecuencias. Escuche usted lo que este docto varón escribió al invencible rey de todas las Españas:

«Para que las obras de los artífices tuviesen la perfección que convenía al uso de la República, me pareció, Católica Real Majestad, que se había de establecer una ley: que el carpintero no hiciese obra tocante al oficio del labrador, ni el tejedor del arquitecto, ni el jurisperito curase, ni el médico abogase, sino que cada uno ejercitase sola aquel arte (sic) por la cual tenía talento natural, y dejase las demás. Porque considerando cuán corto y limitado es el ingenio del hombre para una cosa y no más, tuve siempre entendido que ninguno podía saber dos artes con perfección sin que en la una faltase. Y porque no errase en elegir la que a su natural estaba mejor

, había de haber diputados en la República, hombres de gran prudencia y saber, que en la tierna edad descubriesen a cada uno su ingenio, haciéndole estudiar por fuerza la ciencia que le convenía
, y no dejarlo a su elección».

Querer no es poder, ni poder querer: he ahí la cuestión, querido amigo. Éste hombre que tenemos enfrente, por ejemplo –el que preside la fila, ese de pantalones color caqui y camisa a cuadros-, tal vez quiso en otro tiempo ser escritor, pero le faltó ingenio y claridad para convertir sus pensamientos en ensayos y libros; pero, en cambio, cuando habla es un águila descalza. Ahora bien, ¿no sería perder el tiempo querer dedicarlo a lo primero cuando podría ser un maestro consumado en lo segundo? Por eso, pues, sigue diciendo nuestro autor:

«Eso mismo quisiera yo que hicieran las Academias de vuestros reinos; que pues no consienten que el estudiante pase a otra facultad no estando en la lengua latina perito, que tuvieran también examinadores para saber si el que quiere estudiar dialéctica, filosofía, medicina, teología o leyes tiene el ingenio que cada una de estas ciencias ha menester. Porque si no, fuera del daño que este tal hará después en la República usando su arte mal sabida, es lástima ver a un hombre trabajar y quebrarse la cabeza en cosa que es imposible salir con ella. Por no hacer hoy día esta diligencia han destruido la cristiana religión los que no tenían ingenio para teología; y echan a perder la salud de los hombres los que son inhábiles para medicina: y la jurisprudencia no tiene la perfección que pudiera por no saber a qué potencia racional pertenece el uso y buena interpretación de las leyes. Todos los filósofos antiguos hallaron por experiencia que donde no hay naturaleza que disponga al hombre a saber, por demás es trabajar en las reglas del arte».

¿Quiénes son estos filósofos de los que se habla en este delicioso Examen de ingenios? Platón, quien dijo así en su tratado sobre las leyes: «Nadie sea a la vez fundidor y carpintero, porque dos oficios y profesiones no pueden desempeñarse debidamente». Y Cicerón, que también dijo: «Quien viva, pues, según su talento natural, que persevere allí, pues nada le está mejor, salvo que llegue a persuadirse de haber errado en la elección» (De los oficios).

¡El que diga que los antiguos eran unos tontos, merecería que lo colgasen! En efecto, nada descorazona tanto a un hombre que el que tenga que pasarse la vida ejecutando tareas para las que no se siente hecho. ¡Casi todas nuestras enfermedades mentales, malos humores y depresiones vienen de allí! Y si no me cree usted, señor, pregúntele a la señorita que se agazapa al otro lado de la ventanilla. Ella se lo podrá decir mejor que yo, por lo que puedo inferir al ver su rostro.

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