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¡No tocar! | Columna de Juan Jesús Priego
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Suele decirse, y al parecer es verdad, que quienes inventaron la pólvora hace muchos, muchos siglos, fueron nada menos que los chinos. Y lo hicieron para distraerse un poco, haciéndose la vida más llevadera jugando con fuegos de artificio. ¡Qué hermoso espectáculo, sobre todo por las noches, era ver el cielo lleno de estrellas que en cuestión de minutos se encendían y apagaban! No creyeron los chinos que la pólvora pudiera servir para otra cosa, de modo que nunca la utilizaron para nada más.
Pero un occidental, viendo a lo lejos aquel derroche de luz, se preguntó: «¿Pero, en qué piensan estos tontos? ¡Mirad lo que han inventado! ¿Es que no han entrevisto siquiera la magnitud de su hallazgo? ¡La de cosas que pueden hacerse con la pólvora! ¡Nada menos que dominar el mundo! ¡Y éstos la gastan en infiernitos!».
Y el occidental se puso entonces a hacer cuentas. Con esa nueva arma el universo podría caer rendido a sus pies, los cielos y la tierra serían suyos. Viéndolo bien, la pólvora era esa palanca que pedía Arquímedes para…
«¿Cómo es posible inventar la brújula –se preguntaba el europeo- sin llevar su curiosidad y continuar su atención hasta la ciencia del magnetismo? ¿Y cómo, habiéndola inventado, es posible dejar de pensar en conducir una flota que vaya a explorar y a dominar las comarcas de allende los mares? Los mismos que inventan la pólvora no saben avanzar en el camino de la química y no fabrican cañones; la disipan, por el contrario, en artificios y en vanas diversiones nocturnas» (Paul Valéry, Miradas al mundo actual).
Los chinos inventaron el papel, pero no por eso fueron más allá, ni crearon empresas editoriales; inventaron la brújula, pero no les interesó dedicarse a la navegación; inventaron la tinta y la pólvora, pero nunca se les ocurrió que estas cosas pudieran hacerlos invencibles: en realidad, ni siquiera les pasó por la cabeza. Ahora bien, si todo esto inventaron los chinos en una determinada época de la historia, quiere decir que por lo menos en esta misma época fueron los hombres más adelantados de su tiempo. ¿Cuándo, entonces, se quedaron atrás, y, sobre todo por qué? La respuesta a esta pregunta es muy sencilla: porque la mirada de aquella gente era mucho más contemplativa que utilitaria. Contra todo lo que pudieran decir en contra de ella Marx y sus secuaces, a esta gente no les hacía maldita la gracia transformar el mundo; ellos querían únicamente contemplarlo.
La mirada oriental era contemplativa; la de Occidente casi siempre ha sido instrumental. Aquélla se contentaba con reverenciar la belleza de las cosas; ésta, en cambio, quiso siempre dominar para poseer. A un hombre de Oriente, como bien dijo Erich Fromm en uno de sus libros, le bastaba con admirar las rosas de su jardín, y cuando las había contemplado a suficiencia, proseguía su camino; el occidental, en cambio, si las flores le parecen bellas, las corta para ponerlas más tarde en un jarrón (y, a ser posible, en el jarrón de su mesa de centro). El oriental admiraba; el occidental nunca ha tenido tiempo para eso: él sólo ha querido poseer; y si la rosa se le muere entre las manos, ¿qué remedio? Él, como quiera que sea, ya la tiene porque la quería.
Prosigamos con nuestra comparación. Para un oriental, un río era un río, y con él sólo era posible hacer dos cosas: o navegar por sus aguas a la hora del crepúsculo sacando de la experiencia enseñanzas filosóficas («Todo fluye», etcétera), o bien sumergirse en él para experimentar lo que podría llamarse «un nuevo nacimiento». El occidental, por el contrario, no ve nada de esto; para él el río no es una maravilla que se mueve, sino un banco de peces que lo sacarán de pobre si sabe venderlos bien. Para este ser utilitarista no hay bosques encantados ni montañas sagradas; a él, sencillamente, «un río no se le presenta más que como energía para sus turbinas, un bosque como madera o materia prima de vario aprovechamiento y una montaña como un yacimiento de piedras o de menas que puede utilizar para sus edificios o depurar en sus altos hornos» (Johannes B. Lotz, SJ, De la soledad del hombre).
Sin embargo, hoy las cosas han cambiado tanto que también para los orientales la naturaleza ha perdido ya su carácter prodigioso y se ha convertido en una cantera gigantesca que es necesario saber explotar y, por supuesto, aprovechar. ¡También para ellos, cuyo destino parecía ser enseñarnos el arte de la quietud! ¿Y cuál ha sido el resultado de todo ello? Un mundo que se cae a pedazos. Gracias a la mirada codiciosa (a la «razón instrumental», como la llaman algunos), todo ha perdido su misterio: las aves, las nubes, los mares y aun el hombre, que ya no es ese ente sagrado que hacía maravillarse a los filósofos de la antigüedad, sino sólo un par de pies a los que hay que traer marcando el paso para prosperidad y beneficio de las naciones, es decir, de unos cuantos individuos. ¡Todo tiene un precio y todo sirve para algo: he aquí el principio número uno de la razón instrumental!
Hoy se habla de que, para evitar las catástrofes ecológicas que se avecinan, debemos aprender a racionar nuestra energía, plantar árboles, desconectar de cuando en cuando nuestros aparatos eléctricos y aligerar las cajuelas de nuestros vehículos. Y todo esto está muy bien. Pero la verdadera solución va mucho más allá: consiste en aprender nuevamente a contemplar, a maravillarnos, sustituyendo nuestros delirios de grandeza por esa humilde virtud llamada reverencia. La contemplación consiste en ver sin querer poseer; deleitarse con el aroma de la flor, pero sin querer cortarla; estar en este mundo como quien se halla en casa ajena. ¿Quién nos dijo que este mundo era nuestro y que podíamos disponer de él a nuestro antojo? «¡No tocar!»: he aquí una orden que había que elevar a rango de imperativo categórico, o, incluso, de exigencia moral.
Creo que fue André Malraux quien dijo que el siglo XX será religioso o no será. Karl Rahner dijo de él a su vez que sería contemplativo o no sería. ¡Nunca como hasta ahora resultó ser esto tan verdadero! O aprendemos a contemplar, sin querer nada más, o simplemente no habrá futuro. ¡Ah, si también los novios adoptaran también esta máxima, su relación sería más feliz, y estaría menos aquejada de sentimientos de culpa!…
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La orla del manto | Columna de Juan Jesús Priego
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¡Dios me libre, amigo mío, de condenar a los pecadores! ¿No vino Cristo a salvarlos? Si él no condenó a la mujer adúltera, ¿por qué de hacerlo yo?
Pero detengámonos, aunque sólo sea un momento, en esta mujer. ¿Tan infeliz era en su matrimonio que hubo de andar por calles y plazas buscando afecto? Y, sobre todo, ¿tan necesitados de cariño estamos los humanos como para comportarnos así? Pobre mujer, pobre mujer.
Mas no nos engañemos, amigo mío: también los animales, cuando se les ofrece una caricia, quedan desarmados. Piense usted en esos perrotes que se acercan a uno en actitud agresiva: una caricia basta para tenerlos de nuestra parte toda la vida.
“Sólo el amor carnal, tan primario, es capaz de aplacar un dolor metafísico”, escribió poco antes de morir don José María Cabodevilla (1928-2003), el sacerdote español. ¿Y por qué aclaro que poco antes de morir? Porque estas cosas, amigo, sólo se descubren hasta el final, es decir, al cabo de un largo recorrido.
Hablábamos de la mujer adúltera. Pero, ¿y qué decir de las otras mujeres del evangelio? De la samaritana mejor ni hablemos: había tenido cinco maridos y, cuando Jesús se la encontró un día cabe el brocal de un pozo, andaba ya rompiendo con el sexto. Sí, señor: necesitamos cariño, una caricia, un gesto afectuoso para no desesperar.
Conocí una vez a un anciano que tenía fama de lujurioso. Su mujer lo despreciaba, lo despreció siempre, sin darse cuenta de que, en el fondo, ella era la culpable de los deslices de su marido. ¡Oh, no es lo que usted piensa! Déjeme terminar y comprenderá. Digo que, en el fondo, ella era la culpable porque no tuvo para con su esposo ni el más leve gesto de ternura. Se había casado con él quién sabe por qué, he ahí todo. Le gritaba, lo amenazaba, lo reprendía; y el hombre, que no estaba hecho precisamente de piedra, se puso a buscar caricias aquí y allá, con mujeres desconocidas. Lo que este hombre necesitaba era sentirse querido, y lo que no encontró en su casa fue a buscarlo fuera de ella. Me dijo un día:
-¡Pero yo no soy un lujurioso! Yo lo único que quiero comprobar es que mi cuerpo no causa asco…
Sí, amigo: sólo el amor carnal, tan primario, es capaz de aplacar un dolor metafísico.
Durante un tiempo me he dedicado a pensar en una mujer que, por lo menos en el evangelio, carece de nombre. Se le conoce como “la hemorroísa”, es decir, como “la mujer de las hemorragias”. Ahora le contaré su historia: “Se encontraba allí una mujer que desde hacía doce años padecía de hemorragias.
Había sufrido mucho en manos de numerosos médicos y gastado todos sus bienes sin resultado; al contrario, cada vez estaba peor.
Como había oído hablar de Jesús, se le acercó por detrás, entre la multitud, y tocó su manto,
porque pensaba: ‘Con sólo tocar su manto quedaré curada’.
Inmediatamente cesó la hemorragia, y ella sintió en su cuerpo que estaba curada de su mal.
Jesús se dio cuenta en seguida de la fuerza que había salido de él, se dio vuelta y, dirigiéndose a la multitud, preguntó:
“-¿Quién tocó mi manto?
“Sus discípulos le dijeron:
“-¿Ves que la gente te aprieta por todas partes y preguntas quién te ha tocado?
“Pero él seguía mirando a su alrededor, para ver quién había sido.
Entonces la mujer, muy asustada y temblando, porque sabía bien lo que le había ocurrido, fue a arrojarse a sus pies y le confesó toda la verdad.
Jesús le dijo:
“-Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz, y queda curada de tu enfermedad” (Marcos 5, 21-43).
Y así esta mujer desaparece de la Historia sin volver a aparecer en ella nunca más. Y me pregunta usted, amigo, qué tiene que ver la hemorroísa con la mujer adúltera, y yo le digo que mucho: que son almas gemelas, por hablar así.
Esta última padecía constantes flujos de sangre; por lo tanto, para la cultura judía era no sólo una mujer impura, sino una fuente perenne de impureza para quien se acercase a ella; la ley de Moisés era bastante clara a este respecto: “Cuando una mujer tenga hemorragias frecuentes fuera o después de la menstruación, quedará impura mientras le duren las hemorragias. La cama en que se acueste quedará impura; el asiento en que se siente quedará impuro. El que la toque quedará impuro” (Levítico 15, 25)…
¿Qué es lo que hay que concluir de todo esto? Que la mujer se sentía sucia, impura –legalmente lo era-, repulsiva. ¿A quién podía acercarse que no la rechazara? Y, ¿sabe usted? Ella tenía necesidad de tocar, de utilizar el sentido del tacto y, tímidamente lo usó, alcanzando con sus dedos la orla del manto de Jesús.
Sí, señor: tenemos necesidad de tocar y ser tocados, de amar y ser amados, pues de otra forma nos sentimos muertos. ¡A los muertos no se los toca! Necesitamos que alguien nos diga, tocándonos, que nuestro cuerpo no es repulsivo, ni asqueroso. “El amor verdadero –escribió el novelista italiano Vasco Pratolini (1913-1991) en su Crónica de mi familia– es el de los pobres. Un hombre y una mujer pobres que se casan tienen que poder unir sus dos almas para resistir y darse coraje. Amarse es darse coraje… Un hombre pobre, sumido siempre en la miseria, es más fuerte con una compañera a su lado. Sólo entonces valora plenamente el vigor de sus propios brazos, el significado de su presencia en la tierra, ve con claridad y perspectiva; sus angustias desaparecen con una caricia”.
Espléndido, ¿no le parece? ¡Realmente espléndido, diría yo!
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El Anatomista de Almas | Columna de Juan Jesús Priego
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Ha caído en mis manos muy extrañamente –como caen casi siempre los libros en nuestras manos- una vieja novela de Paul Bourget (1852-1935) publicada en México en 1917. Se trata de una pequeña novela titulada Lazarine. ¿Y cómo iba a dejarla en aquel botadero de venerables volúmenes ante el que los transeúntes seguían de largo con paso apresurado?
Es una pena que ya nadie lea a Paul Bourget, ese anatomista de almas, como me gusta llamarlo. Todos los problemas de la vida están planteados en sus novelas y, por eso, no es casualidad que Jean Paul Sartre lo cite constantemente en El ser y la nada, su obra filosófica más ambiciosa, aunque no sea más que para refutarlo.
Sus análisis de los desórdenes del corazón son implacables. Él es el padre, a pleno título, de la novela psicológica moderna, o novela de tesis. Para él, un novelista es ante todo un moralista cuya misión consiste en mostrar la vida tal como es, y de sus propias novelas llegó a decir que no eran sino “simples planchas de anatomía moral”. Con Émile Zola creía que “la novela es un tratado de anatomía moral, una recopilación de hechos humanos y una filosofía experimental de las pasiones”. En 1894, es decir, a sus 42 años de edad, fue elegido para ocupar uno de los cuarenta sillones de la Academia Francesa, sillón que ocuparía tras su muerte el famoso crítico literario Edmond Jaloux. En fin, si mis lectores quieren saber quién fue Paul Bourget y conocer la elegancia de su prosa, harían bien en leer El demonio del mediodía o, también, El sentido de la muerte, dos de sus novelas más representativas y logradas.
Pero me he dejado llevar por la pluma en vez de llevarla yo a ella y nada he dicho aún de Lazarine. Era ésta una hermosa joven de provincias, hija de un militar ya retirado, que de pronto descubre haberse enamorado de un apuesto joven, también militar de carrera, llamado Robert Graffeteau, y algo le dice a nuestra heroína que es plenamente correspondida… ¡Ah, los signos del amor no mienten nunca!
En una carta a su única hermana, mayor que ella y ya casada, Lazarine le escribe, por ejemplo: “Dime, ¿no tienes por extraordinaria, por estupefaciente, por milagrosa la aventura de que los dos caminos por los que andábamos el señor Graffeteau y yo, tan lejos el uno del otro, se hayan entrecruzado repentinamente?”.
Lazarine llora de felicidad y todo le parece milagroso. ¿Cómo era posible, siendo el mundo tan ancho, que ella y Robert Graffeteau se encontraran en un pequeño rincón del universo? Ya esto era en sí mismo un milagro. Pero que además se vieran el uno al otro con amor… ¡Oh, ya esto era demasiado! En la misma carta –fechada el 4 de abril de 1916-, Lazarine prosigue así sus confesiones: “Le amo y sé que me ama. ¿Cuándo me lo dirá? ”.
Pero había un pequeño problema, y era éste: que el tal Robert Graffeteau estaba ya casado, sólo que no lo decía; casado con una mujer de la peor especie que luego lo abandonó para irse en pos de otros hombres. El nombre de su esposa era Thérèse Aldière, y vivía por esos días con un individuo que la había introducido –o ella a él- en el terrorífico mundo de las drogas .
Se sorprenderá el lector –como me sorprendí yo- que estas palabras, dichas por el actual amante de Thérèse, no hubiesen sido pronunciadas ayer por la noche, sino hace ya casi un siglo: “Figúrate que ayer, con ocasión de asistir a la catedral de Tolón a los funerales de esos soldados de marina de que te he hablado, me quedé todo suspenso y maravillado al oír la definición que da la Iglesia del paraíso: ‘El absoluto descanso en la luz’. Te traduzco las palabras latinas al pie de la letra. El opio no es más que eso. Entremos, pues, en el paraíso, sin demora. Algunas pipas bastan, con la adición de un poco de cocaína en el reverso de la uña”.
Robert Graffeteau amaba a Lazarine, pero chocaba contra una pared que, bien lo sabía él, no iba a poder derribar con tanta facilidad: el catolicismo de ésta, que no toleraba el adulterio.
¡No, Lazarine jamás sería suya! ¡Jamás! Y, de pronto, al comprenderlo, sintió que aborrecía a la Iglesia. ¿Por qué tenía que entrometerse entre él y ella? ¿Quién le dio permiso para interferir en su felicidad? He aquí sus pensamientos, tal como los consigna Bourget en su novela:
“Su inteligencia entera se esforzaba en combinar los razonamientos que habían de vencer la resistencia de la tierna niña: su derecho –el derecho de él- a rehacer su vida; su crueldad –la crueldad de ella- al negarle su apoyo; la inhumanidad, la injusticia de un dogma en cuyo nombre habrían de quedar despedazados sus corazones. Y esto por nada, y para nada, puesto que al casarse a nadie ocasionaban perjuicio. A medida que este raciocinio se presentaba en su cerebro, sentía crecer en su interior un instinto de rebeldía, hasta entonces desconocido para él, y que le llenaba de extrañeza. Hasta ahora su actitud respecto de la Iglesia había consistido en la veneración indiferente –valga la expresión-, muy frecuente en las familias de la burguesía parisiense, en la que la huella hereditaria sobrevive a la creencia. Semejante sumisión a las ritualidades exteriores está muy próxima a la total desafección… Lo que ahora experimentaba Graffeteau era un verdadero acceso de odio”…
¡Cuán implacable es el análisis de Boruget! Sí, muchas veces la Iglesia es odiada no por lo que hace, sino por lo que impide hacer. ¡Ah, si la Iglesia no existiera, qué fácil sería todo para Graffeteau! Pero existía, y la odiaba por existir. ¡Con qué gusto la habría dinamitado, si pudiera! Y, al terminar de leer Lazarine me pregunto: ¿cuántos, hoy, la odian por idénticos motivos?
También lee: La Orla del Manto | Columna de Juan Jesús Priego
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La Orla del Manto | Columna de Juan Jesús Priego
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¡Dios me libre, amigo mío, de condenar a los pecadores! ¿No vino Cristo a salvarlos? Si él no condenó a la mujer adúltera, ¿por qué de hacerlo yo?
Pero detengámonos, aunque sólo sea un momento, en esta mujer. ¿Tan infeliz era en su matrimonio que hubo de andar por calles y plazas buscando afecto? Y, sobre todo, ¿tan necesitados de cariño estamos los humanos como para comportarnos así? Pobre mujer, pobre mujer.
Mas no nos engañemos, amigo mío: también los animales, cuando se les ofrece una caricia, quedan desarmados. Piense usted en esos perrotes que se acercan a uno en actitud agresiva: una caricia basta para tenerlos de nuestra parte toda la vida.
“Sólo el amor carnal, tan primario, es capaz de aplacar un dolor metafísico”, escribió poco antes de morir don José María Cabodevilla (1928-2003), el sacerdote español. ¿Y por qué aclaro que poco antes de morir? Porque estas cosas, amigo, sólo se descubren hasta el final, es decir, al cabo de un largo recorrido.
Hablábamos de la mujer adúltera. Pero, ¿y qué decir de las otras mujeres del evangelio? De la samaritana mejor ni hablemos: había tenido cinco maridos y, cuando Jesús se la encontró un día cabe el brocal de un pozo, andaba ya rompiendo con el sexto. Sí, señor: necesitamos cariño, una caricia, un gesto afectuoso para no desesperar.
Conocí una vez a un anciano que tenía fama de lujurioso. Su mujer lo despreciaba, lo despreció siempre, sin darse cuenta de que, en el fondo, ella era la culpable de los deslices de su marido. ¡Oh, no es lo que usted piensa! Déjeme terminar y comprenderá. Digo que, en el fondo, el la era la culpable porque no tuvo para con su esposo ni el más leve gesto de ternura . Se había casado con él quién sabe por qué, he ahí todo. Le gritaba, lo amenazaba, lo reprendía; y el hombre, que no estaba hecho precisamente de piedra, se puso a buscar caricias aquí y allá, con mujeres desconocidas. Lo que este hombre necesitaba era sentirse querido, y lo que no encontró en su casa fue a buscarlo fuera de ella. Me dijo un día:
-¡Pero yo no soy un lujurioso! Yo lo único que quiero comprobar es que mi cuerpo no causa asco…
Sí, amigo: sólo el amor carnal, tan primario, es capaz de aplacar un dolor metafísico.
Durante un tiempo me he dedicado a pensar en una mujer que, por lo menos en el evangelio, carece de nombre. Se le conoce como “la hemorroísa”, es decir, como “la mujer de las hemorragias”. Ahora le contaré su historia: “Se encontraba allí una mujer que desde hacía doce años padecía de hemorragias.
Había sufrido mucho en manos de numerosos médicos y gastado todos sus bienes sin resultado; al contrario, cada vez estaba peor.
Como había oído hablar de Jesús, se le acercó por detrás, entre la multitud, y tocó su manto,
porque pensaba: ‘Con sólo tocar su manto quedaré curada’.
Inmediatamente cesó la hemorragia, y ella sintió en su cuerpo que estaba curada de su mal.
Jesús se dio cuenta en seguida de la fuerza que había salido de él, se dio vuelta y, dirigiéndose a la multitud, preguntó:
“-¿Quién tocó mi manto?
“Sus discípulos le dijeron:
“-¿Ves que la gente te aprieta por todas partes y preguntas quién te ha tocado?
“Pero él seguía mirando a su alrededor, para ver quién había sido.
Entonces la mujer, muy asustada y temblando, porque sabía bien lo que le había ocurrido, fue a arrojarse a sus pies y le confesó toda la verdad.
Jesús le dijo:
“-Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz, y queda curada de tu enfermedad” (Marcos 5, 21-43).
Y así esta mujer desaparece de la Historia sin volver a aparecer en ella nunca más. Y me pregunta usted, amigo, qué tiene que ver la hemorroísa con la mujer adúltera, y yo le digo que mucho: que son almas gemelas, por hablar así.
Esta última padecía constantes flujos de sangre; por lo tanto, para la cultura judía era no sólo una mujer impura, sino una fuente perenne de impureza para quien se acercase a ella; la ley de Moisés era bastante clara a este respecto: “Cuando una mujer tenga hemorragias frecuentes fuera o después de la menstruación, quedará impura mientras le duren las hemorragias. La cama en que se acueste quedará impura; el asiento en que se siente quedará impuro. El que la toque quedará impuro” (Levítico 15, 25)…
¿Qué es lo que hay que concluir de todo esto? Que la mujer se sentía sucia, impura –legalmente lo era-, repulsiva. ¿A quién podía acercarse que no la rechazara? Y, ¿sabe usted? Ella tenía necesidad de tocar, de utilizar el sentido del tacto y, tímidamente lo usó, alcanzando con sus dedos la orla del manto de Jesús.
Sí, señor: tenemos necesidad de tocar y ser tocados, de amar y ser amados, pues de otra forma nos sentimos muertos. ¡A los muertos no se los toca! Necesitamos que alguien nos diga, tocándonos, que nuestro cuerpo no es repulsivo, ni asqueroso. “El amor verdadero –escribió el novelista italiano Vasco Pratolini (1913-1991) en su Crónica de mi familia– es el de los pobres. Un hombre y una mujer pobres que se casan tienen que poder unir sus dos almas para resistir y darse coraje. Amarse es darse coraje… Un hombre pobre, sumido siempre en la miseria, es más fuerte con una compañera a su lado. Sólo entonces valora plenamente el vigor de sus propios brazos, el significado de su presencia en la tierra, ve con claridad y perspectiva; sus angustias desaparecen con una caricia”.
Espléndido, ¿no le parece? ¡Realmente espléndido, diría yo!
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