octubre 14, 2026

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#4 Tiempos

Monólogo del archivista | Columna de Juan Jesús Priego

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¿Podría decirme la hora, estimado señor? Créame que lamento mucho tener que molestarlo. ¿Las cuatro y quince? Lo sospechaba. Quiero decir que sospechaba ya que eran más de las cuatro. Lo supuse por el color del cielo. En invierno, pasadas las cuatro, el cielo suele adquirir este tono grisáceo que, para decirlo de una vez, siempre me ha resultado deprimente.

¿Espera desde hace mucho el autobús? ¿Quince minutos, dice usted? Esto quiere decir que, si tenemos suerte, el siguiente pasará pronto. ¡Eso espero! ¿Y no se ha puesto a pensar nunca en cómo se nos va la vida: tan callando, como dice el poeta? «¿Tú por ventura sabes lo que vale un día? ¿Entiendes de cuánto precio es una hora? ¿Has examinado el valor del tiempo? Dime: ¿has visto las pisadas de los días?». Así escribió don Francisco de Quevedo y Villegas en el libro de sus Sueños. ¡Ah, señor, esto es poesía en estado puro! Pero no; seamos sinceros: no examinamos casi nunca el valor del tiempo, y si juntáramos nuestros minutos perdidos, es decir, todos los instantes que se nos han robado en espera como éstas a lo largo de la vida, es casi seguro, estimado señor, que nos llevaríamos un susto.

No, de ninguna manera es usted indiscreto al preguntarme acerca de mi profesión. Soy archivista. Esto quiere decir que un día hago una cosa y otro día otra. Por ejemplo, una mañana recorto artículos de periódico, los agrupo según cierta unidad temática y por último los guardo en unas cajas amarillas que más tarde –cada medio año, según mis cálculos- un conserje recoge para llevarlas a quemar. La mañana siguiente, en cambio…

¿Que por qué recorto entonces todos esos artículos? En realidad, no lo sé. Supongo que para eso me pagan, después de todo. ¡Sin embargo, imagine usted lo que pasaría si conserváramos para siempre todos esos papeles que tan pronto como uno los recorta empiezan a ponerse amarillos! Esto llevo haciéndolo desde hace veinticinco años, estimado señor. ¿Le parecen demasiados? A mí también.

Si no le parece inoportuno o fuera de lugar, permítame leerle un párrafo del libro que durante esta semana a andado conmigo adondequiera que voy. Se trata de una fina observación psicológica que, por decir así, ha acabado por quitarme la venda de los ojos. Pero antes debo ponerlo en contexto, como suele decirse. Bien, el contexto es éste: un hombre acaba de llegar a una cárcel siberiana y, al recoger sus primeras impresiones acerca de los trabajos que son forzados a realizar los prisioneros de aquel lugar, hace la siguiente digresión; escúchela usted. «En cuanto a los trabajos, me parecen menos penosos por su dureza que por el hecho de ser impuestos… Nuestros campesinos trabajan mucho más; algunos, sobre todo en verano, trabajan durante la noche; pero se fatigaban por su propia cuenta, en su interés, y por eso se cansaban infinitamente menos que el forzado, el cual realiza un trabajo impuesto y absolutamente inútil para él.

»Un día se me ocurrió la idea de que si quisiera aniquilar a un hombre, destrozarlo moralmente y castigarlo de manera implacable, bastaría dar a su trabajo un carácter de absoluta inutilidad, haciendo que resultara absurdo. Si, por ejemplo, se le obligara a trasladar agua de un tonel a otro, y de este otra vez al primero, o a triturar arena, o llevar montones de tierra de un sitio a otro para volver a transportarlo después al lugar en el que estaba al principio, estoy persuadido de que al cabo de unos días se ahorcaría o cometería infinidad de atrocidades con el fin de merecer la muerte y escapar a tal bajeza, a semejante vergüenza y tormento».

Estaba seguro, estimado señor, que le interesaría. Es una página esplendida, ¿no le parece? Mire usted cómo y de qué manera he subrayado párrafos y más párrafos a lo largo del libro. A que no adivina usted quién lo escribió. Nada menos que Fedor Dostoievsky. Se trata de un pasaje de La casa de los muertos. ¡Qué gran escritor fue este hombre! Todos los problemas filosóficos verdaderamente serios fueron ya planteados en sus novelas. Si quiere usted aprender filosofía, estimado señor, no lea usted a Bertrand Russell; lea a Dostoievsky.

¿Y no le parece que estas observaciones suyas acerca de los trabajos forzados no son sólo atinadas sino incluso aterradoras? En efecto, si quiere usted matar a un hombre, póngalo todo el día a hacer cosas intrascendentes. Si quiere usted hacerle estallar los nervios, póngalo a ejecutar tareas que no le interesan en modo alguno y a las que nos les encuentra ninguna utilidad. Es el caso de muchos oficinistas de nuestra ciudad. En resumen, es mi caso. Porque sé a dónde irán a parar mis recortes de periódico, así como los innumerables papeles que un día sí y otro no me veo en el deber de catalogar.

Créame, estimado señor: si hoy vivimos en la era de la depresión, como se la llama, no es más que por eso. Quiero decir, no porque vivamos de prisa –aunque también esto tenga que ver no poco con este malestar que de pronto se ha apoderado de nuestra civilización-, sino porque no encontramos sentido a nuestro diario ajetreo: porque nos vemos en el deber de ocuparnos durante demasiado tiempo de cosas a las que no les vemos la utilidad desde ninguna perspectiva. Véanos usted, estimado señor, véanos usted. Estamos destrozados de los nervios, estamos rotos. ¡Ah, si tuviéramos tiempo para realizar aquello que nos conmueve, y sólo para eso! Por lo demás, observe usted las plantas: ¿crecen por ventura flores en el desierto o tunas en las selvas profundas? Cada fruto requiere el ambiente que le es más propicio, y lo que decimos de los frutos es preciso decirlo igualmente de las almas. ¡Pero qué me dice usted! ¡No sabía que usted también perteneciera al gremio de los míos, a la raza de los infelices! En ese caso, olvide lo que he dicho. Haga usted como si no hubiera escuchado nada, entierre mis palabras en ese cementerio que debe ser su cansado corazón.

¡Vaya! Veo que finalmente aparece nuestro autobús. Ya era tiempo, ¿no le parece? Deme el brazo, estimado señor. La grada es alta. No se vaya a caer. Pues sin nosotros, ¿qué sería de la organización, después de todo?

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El Cronopio

María Luisa Toranzo, pionera del cuento mexicano | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

Por: J.R. Martínez/Dr. Flash

En la antología de Liliana Pedroza sobre el cuento mexicano, A Golpe de Linternas, que en su tomo I dedica a las pioneras, se encuentra entre las antologadas la potosina María Luisa Toranzo, que dedicó parte de su vida a la escritura y que fuera figura cultural mexicana. Madre y abuela del filósofo Luis Villoro y el escritor Juan Villoro, respectivamente.

Parte de su obra literaria se recoge en libros como: Azahares, espinas y rosas; Meditaciones, Suegras; Esbozos; Tres Chiquillas; Cuadros de una exposición; Páginas viejas; Charlas con mi hija; Átomos tontos, entre otros. Libros que reflejan su formación en el campo potosino y la época que le tocó vivir, donde impera el existencialismo y la fenomenología, campos que experimentaría posteriormente su hijo Luis Villoro. En su libro de ensayos: Esbozos, que lleva como ensayo central: El dominio de sí mismo, Sophrosyne vs la Hybris, “el dominio de sí mismo” no es una negación de la vida o de los impulsos, sino la condición necesaria para la auténtica libertad. Sin el gobierno de uno mismo, el ser humano queda a merced de fuerzas externas o de impulsos ciegos, perdiendo su autonomía.

María Luisa Toranzo Jordana nació en San Luis Potosí el 13 de marzo de 1890, perteneciente a familia de hacendados, vivió su infancia en la Hacienda de Cerro Prieto en el altiplano potosino, rumbo a Zacatecas, fue hija natural y creció entre libros, estudiando idiomas y cultivando la música tocando el arpa y la mandolina. El movimiento revolucionario le llevó en la adolescencia a radicar en la Ciudad de México, donde la vida placentera se trastocaba y la famosa banda del automóvil gris hacía de las suyas, y que quedó registrada en una de las primeras películas realizadas en México, llamada justo La banda del automóvil gris de 1919 de Enrique Rosas, filmada en los lugares donde pertrecharan sus ataques. En la película aparece la casa Toranzo donde vivió María Luisa en México y donde aparece en escena acechada en el asalto a su casa por tan peculiar banda.

Los acechos no pararon para María Luisa y fue pretendida por un general revolucionario del que logró escapar partiendo a España e instalándose en Barcelona donde se casaría con el médico barcelonés Miguel Villoro Villoro, procreando a tres hijos, entre ellos al filósofo Luis Villoro. Quedaría viuda y al iniciar la guerra civil española regresa a México huyendo de nuevo de la violencia. Se instala por un tiempo en la Hacienda de Cerro Prieto y parte a la Ciudad de México para que sus hijos continuaran sus estudios de formación.

Su familia potosina de abolengo le propició una considerable fortuna que le permitió ir a Barcelona, su abuela paterna Genoveva Peña Santacruz que casó en segundas nupcias con Casimiro Toranzo Ortiz, había sido esposa de Pantaleón Ipiña Eguía, siendo madre de José Encarnación Ipiña Peña.

Su pensamiento que de cierta forma influyera en su hijo Luis Villoro lo destaca en su libro Esbozos: “El dominio de sí mismo sobre la soberbia debe de consistir, no sólo en dominarse ‘delante de la gente’ y en vuestras ‘relaciones sociales’ para que los demás ‘vean’ que sois humildes o sencillos, sino que este dominio sobre vosotros mismos y sobre vuestra soberbia debe ser de tal modo profundo, que no sea un dominio efímero, originado únicamente por el bien parecer; tampoco debe ser un dominio de autosugestión, que sin serlo, os haga creer que ya sois humildes; sino que este dominio de vosotros mismos sobre la soberbia, debe ser una especie de ‘cura’ si queréis lenta y suave, pero sí honda, minuciosa y profunda. El dominio de vosotros mismos debe ser como un cauterio que tienda a curar, aunque sea quemando; a cauterizar, aunque sea con dolor, la llaga de vuestra soberbia, el cáncer de vuestro orgullo”

María Luisa Toranzo fue una mujer de una cultura vasta que participó activamente en la vida intelectual mexicana, aportando una sensibilidad ética que complementaba el rigor lógico de la época. Su enfoque en el “dominio de sí” suele leerse como un puente entre la virtud antigua, la psicología moderna y la abierta espiritualidad. Su nieto Juan Villoro la describe como una mujer que intentaba descifrar los secretos de la convivencia humana.

María Luisa Toranzo Jordana murió en la Ciudad de México a los 78 años de edad, el 2 de abril de 1968.

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Acento Ajeno

Maestría en derechos humanos y la incómoda pregunta | Columna de Haniel Valdés

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Por: Haniel Valdés

La comunidad cubana en el exilio, en Estados Unidos y en México, ha escrito en estos días cartas y mensajes dirigidos a la Universidad Autónoma de San Luis Potosí (UASLP). Cuestionan que Gabriela Fernández Álvarez, presentadora del programa oficialista “Con Filo”, haya sido admitida en la Maestría en Derechos Humanos de la UASLP y que hoy esté cursándola en esta ciudad.

Los hechos conocidos son pocos. Su nombre aparece en la lista de la generación 2026-2028. Está en San Luis Potosí. En 2025, durante una gira por España, sostuvo que en Cuba no hay presos políticos. Todo lo demás es una discusión de fondo, y es más incómoda de lo que parece.

“Con Filo” nació en 2021, tras las protestas del 11 de julio, como respuesta de la televisión estatal cubana. Sus defensores dicen que desmiente falsedades. Sus críticos, que en algún punto dejó de desmentir y empezó a ridiculizar a la oposición, dentro y fuera de la isla, y a señalar como “vendepatrias” a quien se fue. Muchos exiliados lo viven como algo personal, porque vieron su rostro en pantalla como blanco de burla por opinar distinto. Esa es la versión de ellos, y es la que han hecho llegar a la UASLP.

Hay una ironía que ellos señalan y que no puedo dejar pasar. Quien llamó traidor al que salió de Cuba pudo salir, viajar y dar charlas en Europa. Pocos cubanos tienen ese privilegio.

La pregunta para México

Aquí es donde el caso deja de ser solo cubano. La universidad pública mexicana, ¿puede negar un lugar por lo que una persona ha dicho en público? Mi respuesta es que no debería. Una maestría en derechos humanos que excluya por opinión traicionaría la materia que enseña. La libertad de expresión protege también a quien piensa lo contrario de lo que a uno le gustaría.

Pero esa respuesta no cierra el tema. Un posgrado no es una tribuna. El objetivo del programa es formar profesionistas críticos y comprometidos con la solución de problemas de derechos humanos, en lo local, en lo nacional y en lo internacional. Y de eso sí podemos preguntar, porque no es lo mismo defender el derecho de alguien a estudiar que ignorar lo que esa persona dijo en pantalla durante años.

Y en México la materia no es teórica. Este es un país con miles de personas desaparecidas, periodistas asesinados y presos que esperan sentencia durante años. Un aula de derechos humanos en San Luis Potosí no es un espacio neutro. Se habla de casos reales, con familias reales.

Lo que corresponde

A la UASLP le corresponde explicar cómo se evalúa a quien aspira a este posgrado y qué responde a las cartas que recibió. Hasta ahora no hay una postura pública de la universidad, y el silencio solo alimenta la sospecha. También corresponde buscar la versión de la estudiante, que no ha respondido a los señalamientos. A ella le corresponde algo más difícil: sentarse en una clase donde se discute lo que defendió negar y escuchar.

Defiendo que se quede. Si la maestría sirve para algo, es para que esas ideas se confronten con argumentos, casos y compañeros que vivieron lo que ella calificó de mentira. Pero defender su derecho a estar no me obliga a fingir que la pregunta no existe.

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El Cronopio

El influyente divulgador de la ciencia, Luis González de Alba | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

 

Uno de los importantes divulgadores científicos de México fue el charquense Luis González de Alba, que emergió como un personaje famoso por su participación en el Comité Nacional de Huelga en el movimiento estudiantil de 1968; compromiso que asumió justo al egresar de la carrera de psicología en la UNAM. Fue aprehendido y recluido en la cárcel de Lecumberri donde inicia su labor literaria al escribir la novela Los Días y los Años. Lo narrado en esta novela fue usado por Elena Poniatowska lo que derivó en un conflicto entre González de Alba y la Poniatowska lo que la llevó a corregir lo dicho en su libro de La Noche de Tlatelolco.

Este lamentable episodio en la historia del México moderno, en el cual tuvo un protagonismo Luis González de Alba, marcó su derrotero profesional, participando en el periodismo y la política, siendo colaborador de los medios de comunicación: Grupo Milenio, Excélsior, Punto, Punto de Partida, Revista de Revistas, Siempre, Unomásuno y Nexos. Participó en la creación del diario La Jornada, de donde sería expulsado en 1997 tras la polémica con Elena Poniatowska.

En La Jornada, iniciaría su aventura como escritor científico en la columna “La Ciencia en la Calle” que atendió durante una década. Continuó su labor como divulgador de la ciencia en una nueva columna en Milenio Diario, que llamó “Se descubrió que…” donde escribía sobre ciencia y temas nacionales. Estas columnas marcan un momento especial en la historia de la divulgación de la ciencia en México, pues entrelazan los temas científicos, que era una de sus pasiones, con los históricos y sociales lo que enriquece el contenido tratado de manera clara y amena.

Esta labor lo llevó a escribir, además de novelas, poesía, ensayos y cuentos, libros de divulgación de la ciencia como La Ciencia, La Calle y Otras Mentiras; El Burro de Sancho y El Gato de Schrödinger: un paseo al trote por cien años de física cuántica y su inesperada relación con la conciencia, donde muestra la relación entre física y sociedad a través de la historia, libros publicados en 1989 y 2001, respectivamente.

Escribió además los libros de divulgación científica: Bases biológicas de la bisexualidad, (1985); La orientación sexual: reflexiones sobre la bisexualidad originaria y la homosexualidad, (2003); Niño o niña. Las diferencias sexuales, (2006), donde refleja y explica las bases científicas sobre la homosexualidad, manifestando su labor como activista gay

. Publica además los libros: Maravillas y misterios de la física cuántica: un paseo por la física del siglo XX y su inesperada relación con la conciencia, (2010) y Teoría de los grafos en las ciencias sociales, (1984).

Luis González de Alba nació en Charcas, San Luis Potosí, el 6 de marzo de 1944, donde realizó sus primeros estudios. Del pueblo minero, su familia se traslada a Guadalajara y González de Alba va luego a la Ciudad de México a continuar sus estudios profesionales de psicología en la Universidad Nacional Autónoma de México.

Entre sus actividades destacan la política, el activismo, la literatura y de manera especial su labor como divulgador científico pues se convirtió en uno de los divulgadores más influyentes e importantes del país, sumándose a la lista de divulgadores potosinos que forman parte de lo que llamo la tradición mexicana en divulgación de la ciencia donde se privilegia el compromiso social de la ciencia y su enfoque cultural. Fue un apasionado de los temas de física moderna y del cerebro humano, relación que marca una nueva etapa de estudio para entender la conciencia y la función del hombre en el universo con el desarrollo de la mente.

Luis González de Alba se suicidó el 2 de octubre de 2016, fecha de la conmemoración del 48 aniversario de la masacre de Tlatelolco.

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