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Miedo a mañana | Columna de Juan Jesús Priego

LETRAS minúsculas

 

Hace ya varias décadas –en 1942, para ser exactos- el famoso escritor irlandés C.S. Lewis (1898-1963) escribió un libro ingeniosísimo y lleno de antisabiduría cuyo título era Cartas del diablo a su sobrino. En él hacía hablar al príncipe de los demonios para aconsejar a un tal Orugario, pariente suyo, acerca de las tácticas que debía seguir para alejar a los hombres de Dios y hacerlos profundamente desdichados.

Le decía el diablo a su pariente en una de esas cartas: «Nada hay como el suspense para atrincherar el alma de un humano contra el Enemigo. Él quiere que los hombres se preocupen por lo que hacen; nuestro trabajo consiste en tenerles pensando qué les pasará».

Lanzada por Lewis o por el mismo diablo, la flecha ha dado en el blanco: en efecto, hay un sentimiento que, llevado hasta el extremo, nos separa de Dios y nos vuelve ansiosos y tristes: la desconfianza, el miedo al mañana.

«¿Qué me va a pasar? Tengo que hacer este viaje; ahora bien, ¿y si se descarrila el tren?». «Dios mío, ¿qué le sucederá a mi hijo ahora que parte para estudiar a esa ciudad que me causa tanto horror?». «¿Qué pasará si… si… si…?». Los adivinos de todos los tiempos se han hecho millonarios con esta sola pregunta que a veces cobra en nuestras almas rasgos de verdadera obsesión.

Al diablo le gustan estos miedos porque nos paralizan. «Tuve miedo y me escondí» (Génesis 3,10), dice Adán tras haberse dejado seducir por la serpiente en el jardín del Edén. Allí donde el diablo mete el rabo, allí surge la inseguridad, el temor y la parálisis. Por eso Dante, sin tentarse el corazón, manda a los pusilánimes al infierno: porque «nada hicieron en la vida» (La divina comedia, canto III).

¿Y si Abraham hubiera tenido miedo de emprender ese largo y penoso viaje que le ordenó hacer el Señor? ¿Y si María hubiese retrocedido ante el qué dirán? La verdad es que hubiera podido decir: «¿Por qué no te buscas otra, Dios Altísimo? Yo tengo mucho miedo. Estoy segura de que no me creerán mis amigas cuando les diga que ese niño del que me ofreces ser la madre es del Espíritu Santo. ¡Sí –me dirán-, del Espíritu Santo, claro! ¿Y qué más? ¡Ya me las imagino! Además, tú, que todo lo sabes, no desconoces este dicho tan popular entre nosotros: pueblo chico, infierno grande. Eso que me propones es muy bonito y te agradezco de todo corazón el que te hayas fijado en mí para llevarlo a cabo. Pero, ya que tengo que decirlo, te lo diré: no me interesa meterme en problemas que no son míos. Acaso la vecina de al lado, si insistieras un poco… Ella es huérfana, y eso facilitaría las cosas enormemente. Yo, en cambio, ¿qué explicaciones voy a dar a mis papás cuando me hagan las preguntas que ya te imaginas?». ¡No! María no tuvo miedo, y, si por un momento lo tuvo, fue lo suficientemente audaz como para hacerlo a un lado. Es claro que las amigas iban a hablar, que las vecinas iban a cuchichear; es más, hasta era posible que le aplicaran el castigo que la sociedad de su tiempo reservaba a las mujeres poco honorables: la muerte por lapidación. Todo esto era más que probable. Y, pese a todo, su respuesta fue un sí. Un sí decidido, con acento en la i.

«¿Qué me va a pasar?». Conozco a una persona a quien esta pregunta le deshizo todos los planes y le frustró todos los proyectos. Nunca aprendió a nadar por miedo a ahogarse; nunca se atrevió a conducir por miedo a atropellar a alguien; nunca se subió a un avión pensando en que podría caerse a medio océano; jamás tuvo amigos por miedo a verse traicionado… ¡A cuántas cosas no renunció a causa de sus miedos! Y, sin embargo, Jesús dijo: «No vivan preocupados… Fíjense en los pájaros que ni siembran, ni cosechan, ni guardan en bodegas y, sin embargo, su Padre celestial los alimenta. ¿No valen ustedes mucho más que ellos? ¿Y quién de ustedes, a fuerza de preocuparse, podrá añadir una sola hora al tiempo de su vida?» (Mateo 6, 26-27).

«No anden preocupados». Pero casi nadie se toma en serio esto que no es precisamente un consejo, sino un mandamiento, es decir, una orden. 

¿Por qué vivir en la angustia si el Padre cuida de nosotros? ¿Por qué andar ansiosos todo el tiempo si Él se tiene el control hasta de las aves del cielo? ¿Y por qué todo tendrá siempre que acabar mal? ¿No es verdad que Él es Padre? ¿Por qué, entonces, el día de mañana tendrá que estar siempre sembrado de desgracias?

En una bellísima carta fechada el 30 de abril de 1616, escribía así San Francisco de Sales a una señora tan piadosa como asustadiza: «No temáis demasiado los acontecimientos de esta vida, ni queráis prevenirlos si no es con una perfecta esperanza de que, a medida que se presenten, Dios, de quien dependemos absolutamente, os librará… El os asistirá, y en cada ocasión en que sea imposible caminar, Él os cargará en sus brazos… No penséis en lo que vendrá mañana, porque el mismo Padre que la cuida hoy, la cuidará mañana y siempre». Y a una religiosa angustiada: «La desconfianza que tiene de usted misma es buena con tal de que sirva de fundamento a la confianza que debe tener en Dios; pero si la lleva a la inquietud, al descorazonamiento, al fastidio y a la melancolía, la conjuro a que la rechace como una tentación del demonio».

Sí, Dios quiere que los hombres se preocupen por lo que hacen, pero el trabajo del demonio consiste en tenerlos preocupados pensando en qué les pasará.

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