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El regreso del clásico | Columna de Andrea Lárraga

Mosaico de plumas

 

En 1904, Arthur Conan Doyle publicó en The Strange Magazine, uno de sus 56 relatos cortos sobre Sherlock Holmes, “Los seis Napoleones”, el relato hace la primer mención a los “hooligans”, los famosos y violentos aficionados al fútbol inglés. En México llegarían a popularizarse de la mano de Andrés Bustamante con su personaje “El Hooligan” que destruía los escenarios de los programas televisivos mundialistas, causando la risa de los espectadores. Quizá la distancia con los aficionados ingleses o la diferencia racial nos hacía pensar que eso no pasaba en México, quizá en Argentina, pero las barras bravas era una problemática lejana. Eso pensábamos en los noventa o simplemente la poca inmediatez de los medios de comunicación nos mantenían en la burbuja de que el fútbol era un espectáculo familiar. Es en esa misma década que se establecen las primeras barras en la Liga MX, retomando los cánticos argentinos y en algunos casos, la violencia inglesa. Ejemplo de ello son “La Resistencia Albiazul” y “La Guerrilla”, quienes en el encuentro del domingo se enfrentaron dentro y fuera de la cancha.

La rivalidad entre los potosinos y los Gallos del Querétaro se remonta a incluso antes de los años ochenta, con las dos franquicias en la segunda división. Una rivalidad que creció con los años y que siempre se demostró más allá de las canchas. Consolidando así, el clásico de la 57, un clásico muy regional, pero tan pasional como el mismo clásico regio o el tapatío. Sin importar la cantidad de franquicias, los cambios de nombre y colores, la rivalidad se ha mantenido. Eventos como la final del ascenso 2005, donde los Gallos perdieron su boleto a primera división en el Lastras frente al San Luis, marcaría por siempre la rivalidad entre los dos conjuntos. Una rivalidad que hace ver al Lastras como las aficiones de Boca Juniors o Rosario Central, en palabras de los comentaristas de ESPN . Así que, el regreso del clásico, también es el regreso de sus incontables enfrentamientos violentos dentro y fuera de la cancha: en 2004 en la extinta Primera A, los potosinos dirigidos por Carlos Reynoso y los albiazules por Antonio Mohamed terminaron con un total de 11 expulsados. En el 2009, en “La Corregidora”, se registró el uso de gas lacrimógeno para dispersar a las barras al finalizar el encuentro. En 2011, la marcha de los cinco mil, convocada por “La Resistencia”, no permitió la entrada a la ciudad de decenas de autobuses de aficionados auriazules con boleto pagado. Un evento que sin dudas calentaría los ánimos de cientos de potosinos que habían realizado el viaje, aumentando el enojo contra los albiazules. En 2015, con la figura de Ronaldinho, se retomó la rivalidad en la Copa MX, un partido marcado por la invasión de los potosinos a la cancha, quizá sólo por el autógrafo del brasileño.

El clásico del centro siempre estará marcado por la poca capacidad de sus aficionados por comprender que solo se trata de un partido. Sí, lleno de pasión, lucha y honor, lo cual es válido dentro del futbol. Pues en noventa minutos se dejan en el estadio un cúmulo de emociones incontables que sin duda se deben expresar, pero no en contra de los aficionados. Sin importar los colores de la camiseta son seguidores del deporte y la pasión que conlleva. Los hechos del fin de semana demuestran que un ciento de personas pueden poner en riesgo a más de 19 mil. Poco importan los operativos de las autoridades mientras se siga sin comprender que el deporte es tan solo un espectáculo y una profesión como cualquier otra.

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