noviembre 7, 2026

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#4 Tiempos

Las lenguas de los pueblos originarios y la media noche | Artículo de Alberto I. Gutiérrez

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Por: Alberto I. Gutiérrez

Las reflexiones que me han surgido recientemente no pueden ser pensadas, ni concebidas, sin el componente de la virtualidad. No porque yo lo haya decidido así o sea una criatura de tipo asocial que ve con desagrado cualquier clase de interacción, en lo absoluto, sino que esto se debe a las constricciones de la tan sonada pandemia, cuyos efectos parecen fomentar dicha tendencia o condición en los individuos.

Lo anterior ha convertido a la pantalla de mi celular en una suerte de ventana al mundo, la cual se abre o se cierra en función del tiempo que paso en línea. Fue precisamente durante uno de esos lapsos que me enteré de una noticia que causó gran agitación entre mis allegados que se encuentran inmersos en lo que algunos denominan poéticamente como el “medio antropológico”: la intención del gobierno federal mexicano de que el Instituto Nacional de Lenguas Indígenas (INALI) sea “asimilado” o “incorporado” al Instituto Nacional de los Pueblos Indígenas (INPI), tentativa que tuvo lugar a finales del 2021, y que resurgió con fuerza en el 2022 en la víspera del Día Internacional de la Lengua Materna que se conmemora el 21 de febrero de cada año.

Recuerdo que cuando volvió a resurgir la noticia, una ola de críticas apareció de la nada en varias de mis redes sociales, consignas que fueron en escalada contra dicha iniciativa del gobierno federal. Llegó a tal punto el grado de saturación al que fui expuesto que, decidí escribir algunas líneas para dar un poco de claridad sobre lo que están pasando las lenguas de los pueblos originarios, así como las posibles soluciones. Todo esto a partir del principio personal que me rige desde tiempos antiguos: dejos de sentido común con trazas de oscuridad.

No es secreto para nadie que las lenguas de los pueblos originarios están experimentando reducciones considerables en el número de hablantes, una situación más que evidente, palpable tanto estadística como vivencialmente. Basta con ir a las localidades de México para atestiguar en “carne propia” los distanciamientos lingüísticos que existen entre generaciones, muchos de ellos ocasionados por el miedo que existía a la discriminación, a las vejaciones, al rechazo —que por cierto se trata de una aversión que existe por defecto o default en la especie humana para garantizar la supervivencia del ego—, o por los esfuerzos integracionistas llevados a cabo por algunos gobiernos durante el siglo XX.

Los factores antedichos cuyos impactos han ido disminuyendo con el paso del tiempo, siguen repitiéndose en cada foro, conversatorio o evento que versa sobre la temática, siendo también la globalización la cereza que decora la punta del pastel, y que tras su colocación contamina a la tarta entera. Sin embargo, no concuerdo en que suela omitirse u ocultarse una figura clave bajo la égida de la conectividad global, un ingrediente de vital importancia dentro del entramado: el papel de la institución del Mercado capitalista, instancia de carácter económico con efectos socioculturales que han llevado a las lenguas de varios pueblos a estar en riesgo o en crisis.

Cualquier productor, comerciante o habitante del mundo contemporáneo, sabe o al menos intuye, que el Mercado así como da, también está en condiciones de quitar. Extrapolando esta última sentencia a la realidad social, podemos decir que el Mercado nos ofrece la oportunidad de sostenernos a través del empleo, pero a cambio exige para muchos un sacrificio: pagar el precio de cercenar la lengua para imponer una glosa única con miras al pragmatismo y la interacción. En adición a esto último, la institución en cuestión demanda pleitesía, exigiendo consumidores devotos, activos y dispuestos a compartir un hilo comunicativo, justificando el predominio del español en la arena nacional.

En vista de esto, la desaparición de las lenguas de los pueblos originarios no parece una situación irracional e infundada ante la evidencia empírica, algo que contraría las ideas de muchos actores que participan en foros. Siendo honesto con ustedes, la verdad es que yo no me sentiría muy cómodo ir a eventos para culpar o reprochar a las personas por la negativa a emplear o transmitir su lengua, tras haberles dicho durante décadas que dejaran de hacerlo, y me sentiría el doble de contrariado si insistiera, aunque las condiciones sean “adversas”, no sean propicias en lo absoluto.

A estas alturas de la existencia, su servidor es incapaz de confundir sueños con realidad, la gente es lógica y punto.

Así que, para aversión de unos, para alegría de otros, considero que todos podemos concordar en que los billetes están en castellano, el dinero habla español, y a nivel internacional, se vale de idiomas como el inglés, y en tiempos venideros tal vez del mandarín. Ante la aseveración anterior, que podría generar incomodidad a más de uno —una sensación molesta que de acuerdo con lo que me han explicado se siente en el abdomen, entre la región del epigastrio y la zona umbilical, y también en el plano emocional—, cabría preguntarse sí es posible modificar esta tendencia para dar cabida a una mayor pluralidad lingüística en varios ámbitos de la vida colectiva del país.

Afirmar que no pueden hacerse ajustes sería algo irrisorio e irresponsable de mi parte, es evidente que siempre es posible realizar adecuaciones. Sin embargo, no podría dejar de observar la cartera, ya que es un tema que de llevarse a cabo costaría cantidades ingentes de dinero. Recuerdo que cuando recién comenzó a circular la noticia que detonó esta instantánea de lo social, un contacto que labora en una instancia afín al INALI salió en defensa de dicha institución, y la verdad es que no pude evitar preguntarle sí tenía el dato exacto de cuánto costaba conservar o perpetuar la lengua de un pueblo originario. También aproveché para indagar sí sabía cuál era el monto que se requiere destinar por individuo para el logro de tal cometido, pensando en variables como el desarrollo de etiquetas de productos, libros didácticos, vídeos, novelas, literatura, profesores, cine, todo.

Luego de esta primera ronda de preguntas, mi interlocutor se quedó en silencio para después escribir unas palabras emotivas que no surtieron efecto en mí, pues si algo me ha enseñado la vida, es que, al tratar ciertos asuntos relacionados con el pensamiento, el corazón se debe quedar en casa para que la mente pueda operar con libertad.

Fue entonces que le pregunté abiertamente si él estaría dispuesto a pagar más impuestos para lograr la conservación de las 68 lenguas y las 364 variantes que hay en México. Lo anterior fue secundado por una pausa aún mayor, mucho más prologada que la primera, que dio paso a un no rotundo, para yo cerrar con tres términos que siempre me han parecido mágicos, bastante enigmáticos: trágico, decepcionante, el horror.

Yo, en cambio, le dije que en mi caso particular no tenía inconveniente alguno en la aplicación de un “impuesto por y para la cultura”, claro, siempre y cuando se destinara eficazmente en función de criterios de calidad y prioridad.

A propósito de esto que acabo de narrarles, ustedes se preguntarán lo siguiente ¿qué quiero lograr con el hecho o el suceso que les he contado? Una cuestión bastante sencilla, simple, que caigan en cuenta de que la pluralidad puede tener un alto costo

, hay un desconocimiento de los montos para elaborar planes de acción, y el mesianismo de mi contacto es más cercano al “egoactivismo” que otra cosa, un concepto que espero desarrollar en próximos trabajos, cuando concluya un curso de Auxilios Psicológicos al cuál me inscribí recientemente.

Bien, hasta el momento les he hablado de algunas de las dificultades que experimentan las lenguas de los pueblos originarios. Por lo que la cuestión que hay que preguntarse a estas alturas de la entrega, es qué podemos hacer ante este escenario que muestra mayor predisposición a la media noche que al día, a esta versión renovada, si se quiere, actualizada de la Torre de Babel. La realidad es que no tengo una respuesta definitiva, aunque desde mi perspectiva y siguiendo los principios de la lógica básica, yo solo sugeriría intensificar el desarrollo de registros lingüísticos de alto nivel, el inventariado de todas las lenguas y sus variantes, esto mediante la colaboración de expertos en materia lingüística y etnológica con hablantes de la sociedad civil.

Puede que para ustedes no sea una medida novedosa, pues en el pasado se han realizado ejercicios de este tipo, aunque con base en mi experiencia y la de varios científicos sociales, suelen ser productos que no están estandarizados en términos lingüísticos, muchos trabajos son inaccesibles o se encuentran dispersos; circunstancias que, querámoslo o no, nos llevan invariablemente al mismo punto de partida. El resultado de adherirse a esta recomendación, permitiría garantizar la “materia prima” para su respectivo procesamiento, a la par de que facilitaría la acción de planificar, proponer montos y posteriormente implementar proyectos de conservación.

Quiero que tengan presente algo que me dijo un lingüista alguna vez, informante que me comentó que registrar una lengua toma alrededor de 5 a 10 años. Siendo optimistas, con sonrisa en rostro, aunque partiendo desde cero, emprender el registro en territorio nacional tomaría alrededor de 2,160 años en llevarse a cabo, ya es cuestión decidir si lo hacemos secuencialmente o simultáneamente —sugiero optar por la segunda, pues en una de esas, para esa fecha la especie humana llegó a su desenlace—. Teniendo en mente esta estimación, sugeriría dirigir toda la energía, todos los recursos, todas esas emociones a áreas prioritarias que lleven al desarrollo de diccionarios definitivos, materiales didácticos, manuales gramaticales y de escritura, entre otros.

Ahora, intuyo que la idea de que se escriban las lenguas de los pueblos originarios parece contrariar su propia esencia o naturaleza, esa espontaneidad producto del talante y el genio colectivo, no obstante, es innegable que la mayoría de los sistemas de comunicación de este planeta comenzaron siendo orales, para después dar el salto al momento escrito. Por lo que sugeriría hacer a un lado el terror o prejuicio que esto puede suscitar, viendo en esta medida como una gran oportunidad, ya que leer y escribir pueden ser un excelente ejercicio de empoderamiento, de respeto y aceptación. No quiero ponerme sentimental, ni mucho menos, pero aún recuerdo con agrado cuando empecé a leer, lo que marcó un parteaguas en mi itinerario de vida, cosa que probablemente todos experimentamos.

Considero que disponer de estos materiales, permitirá diseñar estrategias de conservación puntuales y efectivas. ¿Se imaginan la preparación de personal docente calificado para atender solicitudes de localidades que pidan instrucción o bien fortalecer a los hablantes con el elemento escritural? No sé qué piensen ustedes, pero tiene su poética pensar en una institución de nombre “Academia Mexicana de las Lenguas de los Pueblos Originarios” o que el INALI pueda dirigir sus esfuerzos exclusivamente a tan noble tarea. La verdad es que hay mucho por hacer y poco tiempo, ser disciplinados es más necesario que nunca, pues nadie baja de peso haciendo dieta un día.

Bien, para ir cerrando, me gustaría apuntar que las medidas de concientización —la mayoría basadas en la técnica de la repetición sistemática para reorientar la conducta de los individuos, suele ser bastante efectiva, excepto cuando parece contrariar al espíritu de la practicidad—, a estas alturas han logrado cumplir su cometido a la perfección, pues tenemos una sociedad que ya es consciente del valor cultural de las lenguas y de las manifestaciones de los pueblos originarios. Sin embargo, no podemos dejar de lado que los discursos de conservación pierden sentido si desaparece el objeto o el elemento que buscan mantener, por lo que, si estamos ante la reducción de hablantes, la necesidad del inventariado lingüístico adquiere relevancia. Dirían con sabiduría los matemáticos que la lengua es la variable independiente, el resto son las variables dependientes, como resultado hay que jerarquizar, priorizar.

Llegados a este punto de la exposición que pareció no dar tregua en ningún momento —me disculpo por ello—, éstas serían mis observaciones y recomendaciones sobre el tema. Me gustaría finalizar el texto de una vez, pues no tengo intención alguna de alargar más este trabajo, ya que no hay tiempo que perder. Pero antes de cortar el hilo comunicativo que nos ata, que nos sujeta, lo único que sí quiero recordarles es que, para emprender una misión de tal envergadura, hay que ser plenamente conscientes de que las posibilidades de éxito son relativamente bajas, que estamos yendo contra fuerzas que nos superan, que nos trascienden, que nos rompen el corazón, ¿pero qué cosa en esta vida no es así? La existencia misma es un claro ejemplo de necedad, una insistencia constante de no querer volver a las simples cosas, a lo inerte, lo inanimado, lo aburrido.

Teniendo en mente lo anterior, si vamos a chocar inevitablemente contra la pared, de lleno contra un muro llamado destino que, parece estar íntimamente ligado al espíritu de la practicidad y el del Mercado, al menos sugiero que lo hagamos con conocimiento, disciplina y técnica, eligiendo fracasar con elegancia, en lugar de un adiós sin gracia, sin conciencia, lo que, sin duda, es de los peores desenlaces que puede haber.

El Cronopio

Juan José Ortega, director cinematográfico matehualense | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

En las primeras décadas del siglo XX un buen número de potosinos van a la Ciudad de México a continuar su formación y su desarrollo profesional. La mayoría sobresalen en las actividades que se realizan, como lo muestra la nutrida membresía de la Academia Potosina de Ciencias y Artes formada por potosinos que radican en la Ciudad de México, donde la mayoría ocupan puestos de importancia en la vida cultural mexicana. Entre estos personajes se encuentra el camelense Juan José Ortega García que destacaría en la industria cinematográfica en la época de oro del cine nacional a la que se incorpora en la década de los treinta siendo otro de los potosinos pioneros en el cine mexicano.

Juan José Ortega García nació en Matehuala, San Luis Potosí, el 27 de octubre de 1904, donde inicia su educación primaria la que tuvo que suspender, para proseguirla de manera autodidacta, para contribuir al sostenimiento de su familia. La familia se traslada a San Luis Potosí y continúa su formación autodidacta, entre ellos el oficio de mecanografía, lo que le conduciría a iniciarse en el periodismo en 1925 colaborando en el periódico Acción de San Luis Potosí, del que sería su subdirector en 1928 y, director en 1932 del periódico potosino Vanguardia. Fundó en el Bajío un par de periódicos: el Diario del Centro en Aguascalientes y El Globo en León, Guanajuato. Colaboró como corresponsal en los periódicos Excélsior y El Universal.

Juan José Ortega García, director cinematográfico matehualense

Al llegar a la Ciudad de México para integrarse a la Comisión de Irrigación en el periodo presidencial de Lázaro Cárdenas inicia su carrera en el cine dirigiendo documentales oficiales, Irrigación en México y Gigantes de Piedra. Al dirigir estos largometrajes comprendió que su carrera sería el cine y se adentra dirigiendo su primera película en 1939, Sendas del Destino, donde actúa, entre otros, Eduardo Arozamena, en una trama que se desarrolla en la presa La Angostura en Sonora, reminiscencia de sus primeros largometrajes, la cual fue financiada de su propio peculio y con aportación de la Comisión Nacional de Irrigación, donde laboraba Ortega García.

Sendas del Destino sería su ópera prima de, al menos 42 películas que dirigió

, realizando también coproducciones internacionales, con Cuba, Venezuela, Colombia y Perú. Entre las películas que dirigió se encuentran: La mujer legítima en 1945, con Isabela Corona; La insaciable de 1947, con María Antonieta Pons, con un guion escrito por el propio Juan José Ortega incursionando así en el guionismo; Cuando el alba llegue, en 1950, con Meche Barba; Lodo y armiño, de 1951, con Armando Calvo; Cuentan de una mujer, en 1958, con Marga López; En carne propia, de 1961, con Joaquín Cordero; Pacto de sangre, en 1966, con Manuel López Ochoa, entre otras.

Entre los melodramas, género preferido de Juan José Ortega, filmados en Cuba se encuentran: la comedia musical filmada en 1953 en La Habana, intitulada Me gustan Todas con Adalberto Martínez Resortes; en 1954 las cintas, Frente al pecado de ayer y Yo no creo en los hombres, protagonizadas por Sarita Montiel; en 1956 dirige No me olvides nunca, con actuaciones de Luis Aguilar, Rosita Fornés y Olga Guillot.

En la década de los sesenta dirige la serie de películas tipo westerns de Leonardo Moncada, serie de cinco películas estelarizadas por Joaquín Cordero, basadas en una serie radiofónica cubana. En esa década Ortega comienza a dedicarse a la distribución de películas creando la distribuidora Compañía Cinematográfica Mexicana y Productora Mexicana de Películas. Es propietario también de Producción Fílmica de México y Películas y Videos Internacionales, todo ello en los ochenta.

Recibió varios reconocimientos a su carrera cinematográfica, como productor, director, guionista y distribuidor actividades que siguió después del periodismo, donde sería también pionero en el periodismo potosino del siglo XX. Juan José Ortega García murió en la Ciudad de México el 27 de diciembre de 1996.

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Acento Ajeno

La alcancía sin fondo de Margarito | Columna de Haniel Valdés

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ACENTO AJENO

Por: Haniel Valdés Velázquez

Dice Shakira, “tiene nombre de persona buena, claramente no es como suena”. Nombre de flor, pero actuar de mala hierba. Mientras el Estado amplía las rutas gratuitas y de calidad, para los potosinos, las empresas que operan el otro, el caro y de pésima calidad, dicen que no les alcanza y necesitan duplicar el precio del pasaje.

Margarito Terán, representante del sector camionero, que nunca ha usado el transporte público para moverse, solo para llenar sus bolsillos, por eso no sabe el pésimo servicio que prestan, pide tarifa récord y dinero público sin explicar qué pasó con el aumento de este año ni con los camiones nuevos que el Estado ya entregó al sector.

En enero, Margarito Terán pidió subir el pasaje de 12.50 a 15 pesos. El Estado le autorizó 13.50. Nueve meses después vuelve con una cifra que ya no es petición sino ultimátum: 23 pesos por viaje, 2,797 millones del erario y la amenaza de que el sistema “va a colapsar por inercia”.

Veintitrés pesos son 70% más que la tarifa vigente y 53% más que los 15 que el propio Terán decía indispensables hace diez meses. Si 15 eran la salvación en enero, ¿qué cambió para que ahora cueste ocho pesos más?

Hay un dato que Terán omite. Ese mismo enero, el 12, el gobernador Ricardo Gallardo entregó 100 camiones nuevos con una inversión de 266 millones de pesos en financiamientos. Son 2.66 millones por unidad. Al ritmo de ese precio, renovar las 768 unidades de la iniciativa costaría unos 2,043 millones. Faltarían casi 750 millones para llegar a los 2,797 que piden. El resto cubriría déficits de operación, un margen de 15% de utilidad para los concesionarios y las pérdidas de la pandemia. Es decir: dinero público para garantizarles ganancia.

Tampoco está claro qué pasó con los camiones ya entregados. El Gobierno presumió 100 en enero; en octubre, la SCT habló ante el Congreso de “más de 70 unidades urbanas” renovadas. Nadie ha dicho cuántos circulan, en qué rutas ni quién paga el financiamiento. Antes de pedir más, habría que rendir cuentas de lo que ya se dio.

Yo, usuario del transporte público de la capital, debo ser un desafortunado, solo una vez subí a una unidad de las nuevas, al parecer las rutas 53, 21, 30, 27, 10 y 5, que son las que utilizo con frecuencia, no recibieron la dicha de contar con los nuevos camiones, porque he conocido autos clásicos más modernos que los camiones que suelen llevarme por la ciudad.

La flota vieja no es una sorpresa. Terán dice que 882 unidades

ya debieron salir de circulación. La Ley de Transporte Público no permite camiones de más de 10 años, y renovarlos es obligación de quien tiene la concesión, no del usuario. En 2015 el padrón registraba mil 174 unidades; hoy hay mil 203. Once años después, el parque casi no creció, y tampoco se renovó. Y en mayo, el propio Terán reconoció que de mil 200 unidades autorizadas solo circulaban unas 800.

Hay una concentración que pesa. Cuatro empresas controlan 36% del padrón y diez, 61%. El dinero público llegaría sobre todo a quienes ya tienen más peso. Una de ellas, Tangamanga, enfrenta una denuncia de Ciudadanos Observando por mantener suspendidas tres rutas de su concesión.

El diputado Héctor Serrano lo dijo claro: las concesiones “son potestad del Estado, no propiedad de los concesionarios”. Quien explota un bien público no puede presentarse a pedir rescate cuando el negocio le sale mal.

Terán tiene razón en algo: los costos de operar suben. Pero una industria que pide más tarifa, más subsidio y más tiempo, sin ofrecer metas, plazos ni auditoría, no pide apoyo: pide un cheque en blanco.

Los costos suben, pero el respeto a la vialidad, la buena educación y atención por los conductores de las unidades, la limpieza de las mismas y el respeto a sus horarios y paradas, disminuyen.

La SCT debería preocuparse más por velar que las unidades de transporte urbano cumplan con aquello por lo que reciben dinero público, ofrecer un transporte de calidad. Pero primero y más fácil, cerrarle la boca y pararle los pies a este señor que ya parece alcancía, solo pidiendo dinero para guardar y no para emplear en lo que se necesita. O mínimo, salir con urgencia a desmentir sus falacias y exigirle resultados.

Lo mínimo que el usuario merece antes de pagar un peso más es saber cuántos de los 100 camiones nuevos circulan, un plan de renovación con fechas, rutas que realmente operen y cuentas abiertas sobre qué se hizo con el aumento de este año. Sin eso, los 23 pesos no son un precio. Son una factura sin desglose.

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El Cronopio

Carlos Villatoro, el actor de corazón potosino | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

Los inicios del cine mexicano están marcados por la participación de actores y actrices de San Luis Potosí; algunos personajes han sido tratados en esta columna. Desde la época del cine mudo hasta los albores del cine sonoro en México, aparecen estas contribuciones potosinas que se extienden a lo largo de toda la historia del cine mexicano.

Entre los personajes que inician su actividad actoral en el cine mudo se encuentra Carlos Villatoro, que si bien se registra su lugar de nacimiento en Comitán, Chiapas, en 1903, siempre subrayó su sello de potosino en virtud que sus hermanos mayores habían nacido en San Luis Potosí y su familia radicaba en la ciudad potosina al finalizar el siglo XIX.

Carlos Villatoro, actor del cine mudo y sonoro mexicano

Uno de dichos hermanos era Héctor Villatoro que a principios de la década de los veinte se encontraba como cónsul en Canadá, y con quien fue enviado Carlos Villatoro por su padre. Este periplo marcaría su primera relación con el mundo del cine, pues al quedar varado en Nueva York por una huelga que imposibilitó su viaje a Canadá, conoció a quienes iniciarían la dirección de películas en México, Gabriel García Moreno y Manuel Ojeda, en ese momento se acercaba a la actividad actoral en Nueva York. Como consecuencia, en 1925 García Moreno le propuso el papel estelar de la película El Buitre, y una serie de películas que se filmaron en Orizaba, Veracruz, de 1925 a 1927, entre ellas el Puño de Hierro de 1927 que se considera la primera película que trata el mundo de las drogas.

Como pionero del cine mudo mexicano Carlos Villatoro se convierte en uno de los mejores actores del cine mudo mexicano y de los primeros años del cine sonoro, al protagonizar películas sonoras desde 1934, entre ellas la película de Juan Bustillo Oro, Dos Monjes, donde participa también la actriz potosina Emma Roldán, en el papel de Gertrudis la madre de Javier, protagonizado por Carlos Villatoro; en esa película participa también en realización de Dos Monjes, el matehualense Juan José Ortega García, de quien trataremos en futuras entregas de esta columna.

Carlos Villatoro conoce a Juan Bustillo Oro cuando estudiaban en la Escuela Nacional Preparatoria, lo que fue otro encuentro que le marcaría su destino a la actuación en cine, donde también se formaría como guionista y director, dirigiendo a principios de los cuarenta los cortometrajes: Viaje a Jalapa, Canciones y Danzas Mexicanas, Compositores Mexicanos y Juan Diego. Escribió el argumento de la famosa y exitosa película Quinto Patio, dirigida por Rafael Sevilla en 1950.

Después de su participación en el cine mudo en México donde actuó en cinco películas en la década de los veinte, inicia su participación en el cine sonoro en 1934 en la película Águilas de América dirigida por Manuel Ojeda, participando en alrededor de veinte películas en el lapso de diez años, terminando su actuación en 1943 en la película La Mujer sin Alma de Fernando de Fuentes en 1943, al lado de María Félix.

A partir de 1944 se desempeña como anotador y asistente de director hasta 1963, año de su muerte. En esta actividad trabaja en numerosas producciones norteamericanas filmadas en México, teniendo apariciones incidentales.

También tuvo participación en la radio en México, siendo locutor en varias estaciones desde 1929. En la XEW tuvo el programa en 1951 “El rincón bohemio de Carlos Villatoro”.

Carlos Villatoro Escobedo el actor pionero del cine mexicano y baluarte en su desarrollo, quien se consideró un potosino de corazón, es uno de los fervientes hacedores del cine en México, quien consideraba que “la vida no era de película, pero hacer cine era su vida”.

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