octubre 22, 2026

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#4 Tiempos

La utilidad de la nostalgia | Columna de Juan Jesús Priego

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Una época son sus acontecimientos, pero también sus sonidos, sus voces y sus presencias. Pertenecer a una generación es haber cantado unas canciones que no pudieron conocer los que vivieron en la precedente y que no cantarán del mismo modo ni con la misma emoción los que vivan en la siguiente.

A un joven que hoy tenga quince años podrá gustarle, por ejemplo, una canción de hace veinte años, pero a su padre lo hará llorar. Esto pude comprobarlo hace poco, cuando mi hermano y yo veíamos en un canal de televisión una sección musical dedicada al recuerdo. Mi sobrino nos miraba profundamente arrobados y se reía de nosotros. Por supuesto, aquellos ritmos, aquellas voces, nada decían a este jovenzuelo que no dejaba de lanzarnos miradas agridulces y sonrisas llenas de sarcasmo. ¡En cambio a nosotros! Mientras escuchábamos, por primera vez después de muchos años, Los ojos de Bette Davis (interpretada Kim Carnes, y además en vivo), nuestras miradas se perdían en un pasado en el que mamá aún vivía y en el que nuestra vida era todavía joven y estaba llena de promesas. ¿Era posible que el tiempo hubiera pasado tan de prisa? ¿Era posible que se nos hubiera ido tan callando, como dice el poeta? No, un muchacho de hoy jamás cantará Los ojos de Bette Davis como la cantábamos nosotros cuando teníamos veinticinco años menos y los cabellos de nuestra cabeza estaban todavía en su sitio y las canas… ¡Ah, las canas! ¿Y qué son las canas, sino cabellos que, al ver el vertiginoso paso del tiempo, han empalidecido de terror?

Pertenecer a una generación, a una época, es haber conocido a unos seres, contemplado unos rostros que los de la generación anterior no conocieron y que los de la siguiente no conocerán (por lo menos no en toda su frescura ni en todo su esplendor).

Miro, mientras escribo esto, a una hermosa jovencita que va por la calle: lleva una bolsa roja en cada mano y camina como si volase. Luego se detiene a esperar un taxi, enciende un cigarrillo, y así puedo yo verla de perfil. ¡Qué bella es! Y me digo a mí mismo, lleno de nostalgia: «Esta belleza sólo la conoceremos nosotros, los que vivimos en este lugar y en este tiempo. Los que vengan después ya no la adivinarán entre las arrugas y, de aquí a cincuenta años, los nietos de esta mujer hablarán de ella como de una anciana. ¡Ah, si ellos supieran! Pero no; ellos no sabrán nada, no se imaginarán nada, y pasarán ante ella como ante algo que ya no interesa.

Los que nos sigan en la historia se harán ciertas preguntas; se preguntarán, por ejemplo: «¿Cómo se las arreglaban los hombres y mujeres del pasado para vivir sin nuestros modernos artefactos, para arreglársela sin la comodidad que nos procuran nuestros cada vez más refinados adelantos tecnológicos?». Acaso se pregunten también: «¿De veras hubo una época en la que la televisión no funcionaba todo el día y toda la noche, sino sólo unas pocas horas, y que para cambiar de canal había que levantarse del asiento? ¿De veras soportaron ver aquellas gentes sus programas en blanco y negro? ¿Cómo pudieron permitir semejante cosa? ¿Es cierto que para realizar llamadas telefónicas tenían que pedir la conexión a una telefonista lejana y que incluso había que esperar varios minutos para establecer el contacto?».

Todo esto se preguntarán en un futuro no muy lejano –o tal vez se lo estén preguntando ya- los muchachos posmodernos. Y la respuesta es: sí

. Sí, hubo realmente una época en que las transmisiones televisivas acababan por la noche con el noticiero de las diez;
hubo un tiempo en que veíamos nuestros programas en blanco y negro; no es mentira que hubo una época en la que no nadie conoció el cd rom, el dvd, ni, por supuesto, el mp3. Y, no obstante eso, los que vivimos en aquellos tiempos jurásicos sobrevivimos a la experiencia de no haber tenido nunca nada de esto. ¡Henos aquí, sobrevivientes a la carencia tecnológica, a la ausencia de Internet y a la falta de teléfonos celulares! ¿Y fuimos infelices por ello? ¡El que lo haya sido, que  levante la mano! ¡Para la falta que nos hicieron todos estos artilugios!

Pero si ellos –los muchachos de hoy- pueden vivir sin los artefactos que sólo hasta mañana se inventarán, quiere decir que se puede vivir sin ellos; quiere decir –y esto es lo más importante- que lo que hace felices a los hombres no son precisamente estos artefactos, sino otras cosas muy distintas… 

El asombro de estos ciber-adictos es legítimo: ¿cómo pudimos vivir tan incómodamente?, ¿cómo lo hicimos?, ¿cómo lo logramos? Es muy simple: gracias a unas presencias, a unos seres que el tiempo y el espacio nos han arrebatado; fueron estos seres los que dieron sentido a nuestra vida, aunque ahora ya no estén. Y cuando escuchamos aquellas viejas canciones los recordamos con afecto. ¿Adónde se han ido, dónde están ahora? Por eso nos ponemos tristes cuando escuchamos viejas canciones: porque pensamos en ellos, y con la fuerza de nuestra nostalgia los traemos nuevamente al lugar del que nunca debieron haber salido: a nuestra memoria, ese palacio –como lo llamó San Agustín- donde estábamos siempre juntos porque éramos amigos y nos queríamos.

Dice Orrin E. Klapp, el famoso sociólogo estadounidense: «Al escuchar canciones de nuestra propia época tenemos la sensación de volver a ser nosotros mismos, de vivir otra vez una época en que quizá estábamos más vivos». Sí, en que estábamos más vivos, y quizá también un poco menos solos. Toda nostalgia verdadera es siempre nostalgia del otro, de los otros. No son, en realidad, las ciudades las que nos interesan, sino las dos o tres personas amadas que viven en ellas. Tampoco es el pasado en sí lo buscamos en nuestros recuerdos, sino esos dos o tres rostros que el pasado ha intentado arrebatarnos, pero que nosotros no queremos dejar perder. ¡Ah, la nostalgia! Gracias a ella seguimos siendo fieles a los que se han marchado, a los que ya no están, y volvemos a estar con ellos como cuando éramos jóvenes y la vida transcurría con mayor lentitud.

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El Cronopio

Leticia Almazán de la Garza, compositora potosina | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

San Luis Potosí ha sido tierra de compositores, donde la música de concierto y las canciones de concierto han sobresalido. Algunos de estos personajes los hemos tratado en esta sección, aunque entre ellos han escaseado las mujeres, en cuanto a composiciones se refiere. Los tiempos cambian al abrirse oportunidades a las damas y, afortunadamente, en este siglo veintiuno podemos contar con algunas compositoras potosinas. Como muestra está el concierto que ofreciera la Orquesta Sinfónica de San Luis Potosí en el mes de marzo pasado donde interpretó, en el marco del Día Internacional de la Mujer, composiciones de autoras potosinas. Entre las compositoras potosinas programadas en el concierto se encontraba Leticia Almazán de la Garza.

Leticia Almazán, al menos fue mencionada en esta columna cuando tratamos el caso de la pianista potosina Malkhut Zavala, quien tiene entre su repertorio obras de Leticia Almazán, quien actualmente es encargada de las Escuelas de Iniciación Artística Asociadas que están asociadas al Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, que a pesar del esfuerzo de sus integrantes ha sido difícil su continuación, como suele suceder con el cambio de administraciones. Leticia Almazán se desempeña como Directora Académica del CEART San Luis.

Entre sus composiciones se encuentra La Noche, obra basada en los poemas de Manuel José Othón, obra con la que obtuvo el premio 20 de noviembre “Julián Carrillo”; la obra se estrenó en 2006, y ha sido poco interpretada, hasta que se armó el concierto de marzo.

A cien años de la muerte de Othón se compone esta obra musical, que da concreción a la obra inconclusa que contemplaran Othón y Carrillo, su conjunción lírica que habían titulado Tetralogía. Una pieza para celebrar el centenario de la Independencia de México que estaría dividida en cuatro partes: Descubrimiento de América, Conquista, Virreinato e Independencia. Así sería una obra que recorrería la historia hispana de México y la construcción de un nuevo país. La muerte sorprendió al poeta y la obra quedó en suspenso; colaboración entre dos grandes figuras potosinas del arte, cuestión ya tratada en muy anterior entrega de esta sección de El Cronopio.

Ahora Leticia Almazán, se basa en la poesía de Othón para crear su obra musical La Noche. Una forma de apreciar el nuevo arte musical potosino de la mano de Leticia Almazán y la poesía del máximo poeta potosino. Por desgracia, es música que no se encuentra grabada por lo que dificulta su difusión, de por sí escasa, en aquellas obras de que se disponen grabaciones.

Leticia Almazán surge, así como una de las mujeres que abren camino en el campo de la composición en San Luis Potosí. Su incursión en esta línea de la composición es alentadora, pues puede sumarse a la escasa pero existente lista de compositoras mexicanas que incursionaron en la música clásica, entre ellas, María Grever, Sofía Cancino de Cuevas, Rosa Guraieb, Consuelo Velázquez, Ángela Peralta, María Teresa Prieto, Alicia Urreta, Guadalupe Olmedo, y ahora la joven compositora potosina Galya Cisneros, por citar algunas.

Leticia Almazán se tituló en la Licenciatura en Composición en la Escuela Estatal de Música en el año 2015, y realizó una Maestría en Administración Pública en la Universidad Latinoamericana.

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Acento Ajeno

Ni Moisés dividió tanto el agua | Columna de Haniel Valdés

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Por: Haniel Valdés

Hoy escribo porque cometí un error. Fui de los periodistas que estuvimos en rueda de prensa con el alcalde de la capital, Enrique Galindo Ceballos, al terminar la Junta de Gobierno con Interapas. El miércoles pasado ofreció declaraciones a medios de prensa que sí acudimos a la cita nocturna y compartió los acuerdos tomados en dicha reunión.

Ahí está mi error: al parecer mis notas no fueron lo suficientemente claras. O quizás solo fue que varios medios salieron a llenar huecos que no había.

Lo interesante de ese encuentro es que se aprobó el plan de estímulos fiscales que se llevará al Congreso del Estado para su aprobación de cara a 2027, donde se aclaró además (y se insistió mucho en eso) que la tarifa de cobro del líquido se mantendría igual que en este año.

Al día siguiente muchos medios ya traían la nota de que aumentaría la tarifa y quién sabe cuántos inventos más de colegas que no estuvieron en la conferencia de prensa y que les pareció divertido el imaginar datos e informar a medias.

Pero lo que más me preocupa no es el ruido que generaron esas notas, sino la incoherencia que se vivió en dicha reunión por parte del síndico y el alcalde de Soledad, así como de Pascual Martínez.

Según informa Galindo, entre las decisiones tomadas, está la de revisar si es posible cumplir con la petición que hizo el gobernador de no cobrar el servicio a adultos mayores. Ni los participantes por Soledad, ni el titular de la CEA, votaron a favor de dicha propuesta. ¿No están de acuerdo con la idea de Gallardo? Es que la primera vez que el gobernador habló sobre el tema, fui muy cuidadoso y me fijé claramente que ambos, Pascual

y Navarro, estaban aplaudiendo esa iniciativa.

La CEA ya es habitual que no aporte a esas reuniones, según Galindo, el titular solo ha ido a tres y no votó en esta última, tampoco dio razones ni propuso algo. Sí, el organismo responsable de la política pública del agua en el Estado no tiene nada que aportar sobre el tema.

Según informó el presidente de la junta, Juan Manuel Navarro sí aportó algo, propuso un estímulo fiscal que también quedó dentro de los acuerdos que se enviaron al Congreso. Ahora, cuando tocó votar, Navarro se abstuvo de hacerlo, ¿no está de acuerdo con una idea que él mismo había planteado? ¿o algo lo hizo cambiar de opinión?

Lo cierto es que mientras la diputada Nancy Jeannine García, presidenta de la Comisión del Agua, llama a no politizar, todos lo continúan haciendo, lo hace el aquaman Gámez Macías, lo hace el alcalde capitalino, lo hace el gobernador del estado, lo hace el alcalde de Soledad y la CEA. Mientras hay cuentas sin pagar, tinacos sin llenar, conductoras sin reparar y rezos por hacer para que El Realito no vuelva a fallar.

“Entonces extendió Moisés su mano sobre el mar, y Jehová hizo que el mar se retirase por recio viento oriental toda aquella noche; y volvió el mar en seco, y las aguas quedaron divididas.” (Éxodo 14:21)

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El Cronopio

María Luisa Toranzo, pionera del cuento mexicano | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

Por: J.R. Martínez/Dr. Flash

En la antología de Liliana Pedroza sobre el cuento mexicano, A Golpe de Linternas, que en su tomo I dedica a las pioneras, se encuentra entre las antologadas la potosina María Luisa Toranzo, que dedicó parte de su vida a la escritura y que fuera figura cultural mexicana. Madre y abuela del filósofo Luis Villoro y el escritor Juan Villoro, respectivamente.

Parte de su obra literaria se recoge en libros como: Azahares, espinas y rosas; Meditaciones, Suegras; Esbozos; Tres Chiquillas; Cuadros de una exposición; Páginas viejas; Charlas con mi hija; Átomos tontos, entre otros. Libros que reflejan su formación en el campo potosino y la época que le tocó vivir, donde impera el existencialismo y la fenomenología, campos que experimentaría posteriormente su hijo Luis Villoro. En su libro de ensayos: Esbozos, que lleva como ensayo central: El dominio de sí mismo, Sophrosyne vs la Hybris, “el dominio de sí mismo” no es una negación de la vida o de los impulsos, sino la condición necesaria para la auténtica libertad. Sin el gobierno de uno mismo, el ser humano queda a merced de fuerzas externas o de impulsos ciegos, perdiendo su autonomía.

María Luisa Toranzo Jordana nació en San Luis Potosí el 13 de marzo de 1890, perteneciente a familia de hacendados, vivió su infancia en la Hacienda de Cerro Prieto en el altiplano potosino, rumbo a Zacatecas, fue hija natural y creció entre libros, estudiando idiomas y cultivando la música tocando el arpa y la mandolina. El movimiento revolucionario le llevó en la adolescencia a radicar en la Ciudad de México, donde la vida placentera se trastocaba y la famosa banda del automóvil gris hacía de las suyas, y que quedó registrada en una de las primeras películas realizadas en México, llamada justo La banda del automóvil gris de 1919 de Enrique Rosas, filmada en los lugares donde pertrecharan sus ataques. En la película aparece la casa Toranzo donde vivió María Luisa en México y donde aparece en escena acechada en el asalto a su casa por tan peculiar banda.

Los acechos no pararon para María Luisa y fue pretendida por un general revolucionario del que logró escapar partiendo a España e instalándose en Barcelona donde se casaría con el médico barcelonés Miguel Villoro Villoro, procreando a tres hijos, entre ellos al filósofo Luis Villoro. Quedaría viuda y al iniciar la guerra civil española regresa a México huyendo de nuevo de la violencia. Se instala por un tiempo en la Hacienda de Cerro Prieto y parte a la Ciudad de México para que sus hijos continuaran sus estudios de formación.

Su familia potosina de abolengo le propició una considerable fortuna que le permitió ir a Barcelona, su abuela paterna Genoveva Peña Santacruz que casó en segundas nupcias con Casimiro Toranzo Ortiz, había sido esposa de Pantaleón Ipiña Eguía, siendo madre de José Encarnación Ipiña Peña.

Su pensamiento que de cierta forma influyera en su hijo Luis Villoro lo destaca en su libro Esbozos: “El dominio de sí mismo sobre la soberbia debe de consistir, no sólo en dominarse ‘delante de la gente’ y en vuestras ‘relaciones sociales’ para que los demás ‘vean’ que sois humildes o sencillos, sino que este dominio sobre vosotros mismos y sobre vuestra soberbia debe ser de tal modo profundo, que no sea un dominio efímero, originado únicamente por el bien parecer; tampoco debe ser un dominio de autosugestión, que sin serlo, os haga creer que ya sois humildes; sino que este dominio de vosotros mismos sobre la soberbia, debe ser una especie de ‘cura’ si queréis lenta y suave, pero sí honda, minuciosa y profunda. El dominio de vosotros mismos debe ser como un cauterio que tienda a curar, aunque sea quemando; a cauterizar, aunque sea con dolor, la llaga de vuestra soberbia, el cáncer de vuestro orgullo”

María Luisa Toranzo fue una mujer de una cultura vasta que participó activamente en la vida intelectual mexicana, aportando una sensibilidad ética que complementaba el rigor lógico de la época. Su enfoque en el “dominio de sí” suele leerse como un puente entre la virtud antigua, la psicología moderna y la abierta espiritualidad. Su nieto Juan Villoro la describe como una mujer que intentaba descifrar los secretos de la convivencia humana.

María Luisa Toranzo Jordana murió en la Ciudad de México a los 78 años de edad, el 2 de abril de 1968.

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