#4 Tiempos
La utilidad de la nostalgia | Columna de Juan Jesús Priego
LETRAS minúsculas
Una época son sus acontecimientos, pero también sus sonidos, sus voces y sus presencias. Pertenecer a una generación es haber cantado unas canciones que no pudieron conocer los que vivieron en la precedente y que no cantarán del mismo modo ni con la misma emoción los que vivan en la siguiente.
A un joven que hoy tenga quince años podrá gustarle, por ejemplo, una canción de hace veinte años, pero a su padre lo hará llorar. Esto pude comprobarlo hace poco, cuando mi hermano y yo veíamos en un canal de televisión una sección musical dedicada al recuerdo. Mi sobrino nos miraba profundamente arrobados y se reía de nosotros. Por supuesto, aquellos ritmos, aquellas voces, nada decían a este jovenzuelo que no dejaba de lanzarnos miradas agridulces y sonrisas llenas de sarcasmo. ¡En cambio a nosotros! Mientras escuchábamos, por primera vez después de muchos años, Los ojos de Bette Davis (interpretada Kim Carnes, y además en vivo), nuestras miradas se perdían en un pasado en el que mamá aún vivía y en el que nuestra vida era todavía joven y estaba llena de promesas. ¿Era posible que el tiempo hubiera pasado tan de prisa? ¿Era posible que se nos hubiera ido tan callando, como dice el poeta? No, un muchacho de hoy jamás cantará Los ojos de Bette Davis como la cantábamos nosotros cuando teníamos veinticinco años menos y los cabellos de nuestra cabeza estaban todavía en su sitio y las canas… ¡Ah, las canas! ¿Y qué son las canas, sino cabellos que, al ver el vertiginoso paso del tiempo, han empalidecido de terror?
Pertenecer a una generación, a una época, es haber conocido a unos seres, contemplado unos rostros que los de la generación anterior no conocieron y que los de la siguiente no conocerán (por lo menos no en toda su frescura ni en todo su esplendor).
Miro, mientras escribo esto, a una hermosa jovencita que va por la calle: lleva una bolsa roja en cada mano y camina como si volase. Luego se detiene a esperar un taxi, enciende un cigarrillo, y así puedo yo verla de perfil. ¡Qué bella es! Y me digo a mí mismo, lleno de nostalgia: «Esta belleza sólo la conoceremos nosotros, los que vivimos en este lugar y en este tiempo. Los que vengan después ya no la adivinarán entre las arrugas y, de aquí a cincuenta años, los nietos de esta mujer hablarán de ella como de una anciana. ¡Ah, si ellos supieran! Pero no; ellos no sabrán nada, no se imaginarán nada, y pasarán ante ella como ante algo que ya no interesa.
Los que nos sigan en la historia se harán ciertas preguntas; se preguntarán, por ejemplo: «¿Cómo se las arreglaban los hombres y mujeres del pasado para vivir sin nuestros modernos artefactos, para arreglársela sin la comodidad que nos procuran nuestros cada vez más refinados adelantos tecnológicos?». Acaso se pregunten también: «¿De veras hubo una época en la que la televisión no funcionaba todo el día y toda la noche, sino sólo unas pocas horas, y que para cambiar de canal había que levantarse del asiento? ¿De veras soportaron ver aquellas gentes sus programas en blanco y negro? ¿Cómo pudieron permitir semejante cosa? ¿Es cierto que para realizar llamadas telefónicas tenían que pedir la conexión a una telefonista lejana y que incluso había que esperar varios minutos para establecer el contacto?».
Todo esto se preguntarán en un futuro no muy lejano –o tal vez se lo estén preguntando ya- los muchachos posmodernos. Y la respuesta es: sí . Sí, hubo realmente una época en que las transmisiones televisivas acababan por la noche con el noticiero de las diez; hubo un tiempo en que veíamos nuestros programas en blanco y negro; no es mentira que hubo una época en la que no nadie conoció el cd rom, el dvd, ni, por supuesto, el mp3. Y, no obstante eso, los que vivimos en aquellos tiempos jurásicos sobrevivimos a la experiencia de no haber tenido nunca nada de esto. ¡Henos aquí, sobrevivientes a la carencia tecnológica, a la ausencia de Internet y a la falta de teléfonos celulares! ¿Y fuimos infelices por ello? ¡El que lo haya sido, que levante la mano! ¡Para la falta que nos hicieron todos estos artilugios!
Pero si ellos –los muchachos de hoy- pueden vivir sin los artefactos que sólo hasta mañana se inventarán, quiere decir que se puede vivir sin ellos; quiere decir –y esto es lo más importante- que lo que hace felices a los hombres no son precisamente estos artefactos, sino otras cosas muy distintas…
El asombro de estos ciber-adictos es legítimo: ¿cómo pudimos vivir tan incómodamente?, ¿cómo lo hicimos?, ¿cómo lo logramos? Es muy simple: gracias a unas presencias, a unos seres que el tiempo y el espacio nos han arrebatado; fueron estos seres los que dieron sentido a nuestra vida, aunque ahora ya no estén. Y cuando escuchamos aquellas viejas canciones los recordamos con afecto. ¿Adónde se han ido, dónde están ahora? Por eso nos ponemos tristes cuando escuchamos viejas canciones: porque pensamos en ellos, y con la fuerza de nuestra nostalgia los traemos nuevamente al lugar del que nunca debieron haber salido: a nuestra memoria, ese palacio –como lo llamó San Agustín- donde estábamos siempre juntos porque éramos amigos y nos queríamos.
Dice Orrin E. Klapp, el famoso sociólogo estadounidense: «Al escuchar canciones de nuestra propia época tenemos la sensación de volver a ser nosotros mismos, de vivir otra vez una época en que quizá estábamos más vivos». Sí, en que estábamos más vivos, y quizá también un poco menos solos. Toda nostalgia verdadera es siempre nostalgia del otro, de los otros. No son, en realidad, las ciudades las que nos interesan, sino las dos o tres personas amadas que viven en ellas. Tampoco es el pasado en sí lo buscamos en nuestros recuerdos, sino esos dos o tres rostros que el pasado ha intentado arrebatarnos, pero que nosotros no queremos dejar perder. ¡Ah, la nostalgia! Gracias a ella seguimos siendo fieles a los que se han marchado, a los que ya no están, y volvemos a estar con ellos como cuando éramos jóvenes y la vida transcurría con mayor lentitud.

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El Cronopio
María Luisa Toranzo, pionera del cuento mexicano | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash
EL CRONOPIO
Por: J.R. Martínez/Dr. Flash
En la antología de Liliana Pedroza sobre el cuento mexicano, A Golpe de Linternas, que en su tomo I dedica a las pioneras, se encuentra entre las antologadas la potosina María Luisa Toranzo, que dedicó parte de su vida a la escritura y que fuera figura cultural mexicana. Madre y abuela del filósofo Luis Villoro y el escritor Juan Villoro, respectivamente.
Parte de su obra literaria se recoge en libros como: Azahares, espinas y rosas; Meditaciones, Suegras; Esbozos; Tres Chiquillas; Cuadros de una exposición; Páginas viejas; Charlas con mi hija; Átomos tontos, entre otros. Libros que reflejan su formación en el campo potosino y la época que le tocó vivir, donde impera el existencialismo y la fenomenología, campos que experimentaría posteriormente su hijo Luis Villoro. En su libro de ensayos: Esbozos, que lleva como ensayo central: El dominio de sí mismo, Sophrosyne vs la Hybris, “el dominio de sí mismo” no es una negación de la vida o de los impulsos, sino la condición necesaria para la auténtica libertad. Sin el gobierno de uno mismo, el ser humano queda a merced de fuerzas externas o de impulsos ciegos, perdiendo su autonomía.
María Luisa Toranzo Jordana nació en San Luis Potosí el 13 de marzo de 1890, perteneciente a familia de hacendados, vivió su infancia en la Hacienda de Cerro Prieto en el altiplano potosino, rumbo a Zacatecas, fue hija natural y creció entre libros, estudiando idiomas y cultivando la música tocando el arpa y la mandolina. El movimiento revolucionario le llevó en la adolescencia a radicar en la Ciudad de México, donde la vida placentera se trastocaba y la famosa banda del automóvil gris hacía de las suyas, y que quedó registrada en una de las primeras películas realizadas en México, llamada justo La banda del automóvil gris de 1919 de Enrique Rosas, filmada en los lugares donde pertrecharan sus ataques. En la película aparece la casa Toranzo donde vivió María Luisa en México y donde aparece en escena acechada en el asalto a su casa por tan peculiar banda.
Los acechos no pararon para María Luisa y fue pretendida por un general revolucionario del que logró escapar partiendo a España e instalándose en Barcelona donde se casaría con el médico barcelonés Miguel Villoro Villoro, procreando a tres hijos, entre ellos al filósofo Luis Villoro. Quedaría viuda y al iniciar la guerra civil española regresa a México huyendo de nuevo de la violencia. Se instala por un tiempo en la Hacienda de Cerro Prieto y parte a la Ciudad de México para que sus hijos continuaran sus estudios de formación.
Su familia potosina de abolengo le propició una considerable fortuna que le permitió ir a Barcelona, su abuela paterna Genoveva Peña Santacruz que casó en segundas nupcias con Casimiro Toranzo Ortiz, había sido esposa de Pantaleón Ipiña Eguía, siendo madre de José Encarnación Ipiña Peña.
Su pensamiento que de cierta forma influyera en su hijo Luis Villoro lo destaca en su libro Esbozos: “El dominio de sí mismo sobre la soberbia debe de consistir, no sólo en dominarse ‘delante de la gente’ y en vuestras ‘relaciones sociales’ para que los demás ‘vean’ que sois humildes o sencillos, sino que este dominio sobre vosotros mismos y sobre vuestra soberbia debe ser de tal modo profundo, que no sea un dominio efímero, originado únicamente por el bien parecer; tampoco debe ser un dominio de autosugestión, que sin serlo, os haga creer que ya sois humildes; sino que este dominio de vosotros mismos sobre la soberbia, debe ser una especie de ‘cura’ si queréis lenta y suave, pero sí honda, minuciosa y profunda. El dominio de vosotros mismos debe ser como un cauterio que tienda a curar, aunque sea quemando; a cauterizar, aunque sea con dolor, la llaga de vuestra soberbia, el cáncer de vuestro orgullo”
María Luisa Toranzo fue una mujer de una cultura vasta que participó activamente en la vida intelectual mexicana, aportando una sensibilidad ética que complementaba el rigor lógico de la época. Su enfoque en el “dominio de sí” suele leerse como un puente entre la virtud antigua, la psicología moderna y la abierta espiritualidad. Su nieto Juan Villoro la describe como una mujer que intentaba descifrar los secretos de la convivencia humana.
María Luisa Toranzo Jordana murió en la Ciudad de México a los 78 años de edad, el 2 de abril de 1968.
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Acento Ajeno
Maestría en derechos humanos y la incómoda pregunta | Columna de Haniel Valdés
Por: Haniel Valdés
La comunidad cubana en el exilio, en Estados Unidos y en México, ha escrito en estos días cartas y mensajes dirigidos a la Universidad Autónoma de San Luis Potosí (UASLP). Cuestionan que Gabriela Fernández Álvarez, presentadora del programa oficialista “Con Filo”, haya sido admitida en la Maestría en Derechos Humanos de la UASLP y que hoy esté cursándola en esta ciudad.
Los hechos conocidos son pocos. Su nombre aparece en la lista de la generación 2026-2028. Está en San Luis Potosí. En 2025, durante una gira por España, sostuvo que en Cuba no hay presos políticos. Todo lo demás es una discusión de fondo, y es más incómoda de lo que parece.
“Con Filo” nació en 2021, tras las protestas del 11 de julio, como respuesta de la televisión estatal cubana. Sus defensores dicen que desmiente falsedades. Sus críticos, que en algún punto dejó de desmentir y empezó a ridiculizar a la oposición, dentro y fuera de la isla, y a señalar como “vendepatrias” a quien se fue. Muchos exiliados lo viven como algo personal, porque vieron su rostro en pantalla como blanco de burla por opinar distinto. Esa es la versión de ellos, y es la que han hecho llegar a la UASLP.
Hay una ironía que ellos señalan y que no puedo dejar pasar. Quien llamó traidor al que salió de Cuba pudo salir, viajar y dar charlas en Europa. Pocos cubanos tienen ese privilegio.
La pregunta para México
Aquí es donde el caso deja de ser solo cubano. La universidad pública mexicana, ¿puede negar un lugar por lo que una persona ha dicho en público? Mi respuesta es que no debería. Una maestría en derechos humanos que excluya por opinión traicionaría la materia que enseña. La libertad de expresión protege también a quien piensa lo contrario de lo que a uno le gustaría.
Pero esa respuesta no cierra el tema. Un posgrado no es una tribuna. El objetivo del programa es formar profesionistas críticos y comprometidos con la solución de problemas de derechos humanos, en lo local, en lo nacional y en lo internacional. Y de eso sí podemos preguntar, porque no es lo mismo defender el derecho de alguien a estudiar que ignorar lo que esa persona dijo en pantalla durante años.
Y en México la materia no es teórica. Este es un país con miles de personas desaparecidas, periodistas asesinados y presos que esperan sentencia durante años. Un aula de derechos humanos en San Luis Potosí no es un espacio neutro. Se habla de casos reales, con familias reales.
Lo que corresponde
A la UASLP le corresponde explicar cómo se evalúa a quien aspira a este posgrado y qué responde a las cartas que recibió. Hasta ahora no hay una postura pública de la universidad, y el silencio solo alimenta la sospecha. También corresponde buscar la versión de la estudiante, que no ha respondido a los señalamientos. A ella le corresponde algo más difícil: sentarse en una clase donde se discute lo que defendió negar y escuchar.
Defiendo que se quede. Si la maestría sirve para algo, es para que esas ideas se confronten con argumentos, casos y compañeros que vivieron lo que ella calificó de mentira. Pero defender su derecho a estar no me obliga a fingir que la pregunta no existe.
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El Cronopio
El influyente divulgador de la ciencia, Luis González de Alba | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash
EL CRONOPIO
Uno de los importantes divulgadores científicos de México fue el charquense Luis González de Alba, que emergió como un personaje famoso por su participación en el Comité Nacional de Huelga en el movimiento estudiantil de 1968; compromiso que asumió justo al egresar de la carrera de psicología en la UNAM. Fue aprehendido y recluido en la cárcel de Lecumberri donde inicia su labor literaria al escribir la novela Los Días y los Años. Lo narrado en esta novela fue usado por Elena Poniatowska lo que derivó en un conflicto entre González de Alba y la Poniatowska lo que la llevó a corregir lo dicho en su libro de La Noche de Tlatelolco.
Este lamentable episodio en la historia del México moderno, en el cual tuvo un protagonismo Luis González de Alba, marcó su derrotero profesional, participando en el periodismo y la política, siendo colaborador de los medios de comunicación: Grupo Milenio, Excélsior, Punto, Punto de Partida, Revista de Revistas, Siempre, Unomásuno y Nexos. Participó en la creación del diario La Jornada, de donde sería expulsado en 1997 tras la polémica con Elena Poniatowska.
En La Jornada, iniciaría su aventura como escritor científico en la columna “La Ciencia en la Calle” que atendió durante una década. Continuó su labor como divulgador de la ciencia en una nueva columna en Milenio Diario, que llamó “Se descubrió que…” donde escribía sobre ciencia y temas nacionales. Estas columnas marcan un momento especial en la historia de la divulgación de la ciencia en México, pues entrelazan los temas científicos, que era una de sus pasiones, con los históricos y sociales lo que enriquece el contenido tratado de manera clara y amena.
Esta labor lo llevó a escribir, además de novelas, poesía, ensayos y cuentos, libros de divulgación de la ciencia como La Ciencia, La Calle y Otras Mentiras; El Burro de Sancho y El Gato de Schrödinger: un paseo al trote por cien años de física cuántica y su inesperada relación con la conciencia, donde muestra la relación entre física y sociedad a través de la historia, libros publicados en 1989 y 2001, respectivamente.
Escribió además los libros de divulgación científica: Bases biológicas de la bisexualidad, (1985); La orientación sexual: reflexiones sobre la bisexualidad originaria y la homosexualidad, (2003); Niño o niña. Las diferencias sexuales, (2006), donde refleja y explica las bases científicas sobre la homosexualidad, manifestando su labor como activista gay . Publica además los libros: Maravillas y misterios de la física cuántica: un paseo por la física del siglo XX y su inesperada relación con la conciencia, (2010) y Teoría de los grafos en las ciencias sociales, (1984).
Luis González de Alba nació en Charcas, San Luis Potosí, el 6 de marzo de 1944, donde realizó sus primeros estudios. Del pueblo minero, su familia se traslada a Guadalajara y González de Alba va luego a la Ciudad de México a continuar sus estudios profesionales de psicología en la Universidad Nacional Autónoma de México.
Entre sus actividades destacan la política, el activismo, la literatura y de manera especial su labor como divulgador científico pues se convirtió en uno de los divulgadores más influyentes e importantes del país, sumándose a la lista de divulgadores potosinos que forman parte de lo que llamo la tradición mexicana en divulgación de la ciencia donde se privilegia el compromiso social de la ciencia y su enfoque cultural. Fue un apasionado de los temas de física moderna y del cerebro humano, relación que marca una nueva etapa de estudio para entender la conciencia y la función del hombre en el universo con el desarrollo de la mente.
Luis González de Alba se suicidó el 2 de octubre de 2016, fecha de la conmemoración del 48 aniversario de la masacre de Tlatelolco.

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