octubre 30, 2026

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#4 Tiempos

La mano derecha | Columna de Juan Jesús Priego

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-No, así no se saluda; con la otra, dijo la madre al niño que me tendía la mano izquierda en gesto de bienvenida.

-Es que la otra la tengo sucia.

-Pues ve a lavártela y luego vienes a saludar como se debe.

El encanto se había roto y, así, aunque el pequeño obedeció la orden con docilidad, algo me decía que, cuando regresara, su saludo ya no sería el mismo, pues lo que ganara en corrección lo perdería en espontaneidad.

¿Pero qué habría sucedido si el niño me hubiese saludado desde el principio con la mano izquierda? Que quizá me habría sentido igual de incómodo. Cuando saludamos con la mano izquierda algo falta a nuestros saludos: es como si no estuviéramos plenamente disponibles, como si de alguna manera el visitante hubiese llegado a nosotros en un momento poco oportuno. Tal es, por ejemplo, la impresión que nos causa el amigo al que encontramos en el garaje de su casa reparando su automóvil: nos saluda efusivamente, sí, pero con la otra mano, pues la derecha la tiene sucia. Se limpia como puede, hace todo para parecer amable, pero…

Por una especie de acuerdo universal la mano derecha (y no la izquierda) es la mano de la cordialidad. He recordado ya en otra ocasión (véase La sonrisa del ángel, capítulo 32) que dar la mano derecha era en la antigüedad un gesto altamente simbólico, ya que era precisamente en ésta en la que se llevaban la espada y la lanza, de modo que tenderla significaba desarmarse. La mano derecha es la mano de la paz. Y también la mano de la juventud.

Ser joven es tender constantemente la mano derecha, crear relaciones, hacer amigos. Entre muchos filósofos y pensadores del pasado era tenido por axioma indiscutible el que sólo los jóvenes podían ser capaces de amistad, pues la amistad exige energía, pasión y mucha generosidad, cosas éstas que el hombre maduro o el anciano no suelen ya tener en las dosis que quisieran. «¿Para qué busco un amigo?», se preguntaba Séneca, el filósofo estoico: «Busco un amigo para tener por quien morir, para tener a quien seguir en el destierro, a cuya muerte salga yo al paso sacrificando mi vida».

Como es natural, el hombre maduro tiene ya otros deberes mucho más imperiosos que los de la pura amistad, otros muchos seres por quienes morir: la esposa, los hijos e incluso los nietos. Entre un hijo y un amigo, ya se sabe a quién preferirá un honesto padre de familia.

En uno de sus su diálogos –digamos su nombre: Fedro-, Platón se quejaba ya de que el amor –léase el matrimonio-, en cuanto llegaba, provocaba casi siempre «un desierto de amigos». Y tenía razón, pues tan pronto como se casan, éstos dejan de frecuentarse con una naturalidad que casi a nadie sorprende; lo que significa, en muchísimos casos, la pérdida efectiva de la amistad. ¡Cuántos amigos he tenido que desde que se casaron no han vuelto a tener tiempo para tomarse un café conmigo! Y si lo hacen, se lo toman de prisa, entre llamada y llamada, pues su mujer  no deja preguntarles: «¿Te vas a tardar mucho todavía, cariño?». En tan penosas condiciones mejor es esperar a tomárnoslo en la otra vida, donde seguramente habrá tiempo de sobra y todos seremos como ángeles en el cielo, según ha dicho Jesús.

Los viejos no hacen amigos; cuando mucho, conservan los que ya tenían. En un bellísimo libro acerca de la juventud, François Mauriac (1885-1970), el novelista francés, cita unas palabras de Barbey d´Aurevilly (1808-1889) según las cuales «el hombre es un solitario solamente desde que dejó de tener veinticinco años. Porque ser joven significa no estar nunca solo. Ser joven es desconocer la soledad». ¿Y los que sobrepasan esta edad, es decir, los que no tienen ya veinticinco años? ¡Adivínelo usted!

Acaso los viejos filósofos paganos tenían más razón de la que estábamos dispuestos a otorgarles: la amistad requiere juventud.

Narra San Agustín en el libro de sus Confesiones qué fue lo que experimentó al perder al gran amigo de su mocedad: «Mi corazón se oscureció y no veía a mi alrededor más que muerte. La patria era un suplicio para mí y la casa paterna una extraña desdicha. Todo cuanto con él había compartido se había vuelto, sin él, atroz tortura. Por dondequiera lo reclamaban mis ojos, pero me era negado. Y llegué a aborrecer todas las cosas porque no le tenían, ni podían ya decirme: “Mira, ya viene”, como cuando vivía y estaba ausente… Sólo las lágrimas me eran dulces y habían ocupado el lugar de mi amigo en las delicias de mi alma». Tan insoportable se le hizo la ciudad natal sin su amigo, que tuvo que irse a vivir a otra, a Cartago, porque –según dijo- sus ojos «le buscarían menos donde no solían verle».

Sin embargo, cuando San Agustín escribe sus Confesiones es ya un hombre de 43 años de edad que se avergüenza de sus antiguos sentimientos. «Ahora, Señor –dice-, ya pasaron aquellas cosas… Entonces era yo un necio: bullía, suspiraba, me turbaba sin tener descanso ni plan». Ya piensa como hombre maduro, es decir, como alguien que pone la amistad en el lugar que le corresponde…. ¡y que no precisamente en el primero!

La mano derecha es la mano de la juventud: así lo insinúa un aforismo pitagórico que ordena: «No des a cualquiera la mano derecha». ¿Y la mano izquierda? Es la de la vejez: no olvidemos que es con ella con la que se apoya el anciano para no caer.

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También lea: Festín de palabras | Columna de Juan Jesús Priego

Acento Ajeno

La alcancía sin fondo de Margarito | Columna de Haniel Valdés

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ACENTO AJENO

Por: Haniel Valdés Velázquez

Dice Shakira, “tiene nombre de persona buena, claramente no es como suena”. Nombre de flor, pero actuar de mala hierba. Mientras el Estado amplía las rutas gratuitas y de calidad, para los potosinos, las empresas que operan el otro, el caro y de pésima calidad, dicen que no les alcanza y necesitan duplicar el precio del pasaje.

Margarito Terán, representante del sector camionero, que nunca ha usado el transporte público para moverse, solo para llenar sus bolsillos, por eso no sabe el pésimo servicio que prestan, pide tarifa récord y dinero público sin explicar qué pasó con el aumento de este año ni con los camiones nuevos que el Estado ya entregó al sector.

En enero, Margarito Terán pidió subir el pasaje de 12.50 a 15 pesos. El Estado le autorizó 13.50. Nueve meses después vuelve con una cifra que ya no es petición sino ultimátum: 23 pesos por viaje, 2,797 millones del erario y la amenaza de que el sistema “va a colapsar por inercia”.

Veintitrés pesos son 70% más que la tarifa vigente y 53% más que los 15 que el propio Terán decía indispensables hace diez meses. Si 15 eran la salvación en enero, ¿qué cambió para que ahora cueste ocho pesos más?

Hay un dato que Terán omite. Ese mismo enero, el 12, el gobernador Ricardo Gallardo entregó 100 camiones nuevos con una inversión de 266 millones de pesos en financiamientos. Son 2.66 millones por unidad. Al ritmo de ese precio, renovar las 768 unidades de la iniciativa costaría unos 2,043 millones. Faltarían casi 750 millones para llegar a los 2,797 que piden. El resto cubriría déficits de operación, un margen de 15% de utilidad para los concesionarios y las pérdidas de la pandemia. Es decir: dinero público para garantizarles ganancia.

Tampoco está claro qué pasó con los camiones ya entregados. El Gobierno presumió 100 en enero; en octubre, la SCT habló ante el Congreso de “más de 70 unidades urbanas” renovadas. Nadie ha dicho cuántos circulan, en qué rutas ni quién paga el financiamiento. Antes de pedir más, habría que rendir cuentas de lo que ya se dio.

Yo, usuario del transporte público de la capital, debo ser un desafortunado, solo una vez subí a una unidad de las nuevas, al parecer las rutas 53, 21, 30, 27, 10 y 5, que son las que utilizo con frecuencia, no recibieron la dicha de contar con los nuevos camiones, porque he conocido autos clásicos más modernos que los camiones que suelen llevarme por la ciudad.

La flota vieja no es una sorpresa. Terán dice que 882 unidades

ya debieron salir de circulación. La Ley de Transporte Público no permite camiones de más de 10 años, y renovarlos es obligación de quien tiene la concesión, no del usuario. En 2015 el padrón registraba mil 174 unidades; hoy hay mil 203. Once años después, el parque casi no creció, y tampoco se renovó. Y en mayo, el propio Terán reconoció que de mil 200 unidades autorizadas solo circulaban unas 800.

Hay una concentración que pesa. Cuatro empresas controlan 36% del padrón y diez, 61%. El dinero público llegaría sobre todo a quienes ya tienen más peso. Una de ellas, Tangamanga, enfrenta una denuncia de Ciudadanos Observando por mantener suspendidas tres rutas de su concesión.

El diputado Héctor Serrano lo dijo claro: las concesiones “son potestad del Estado, no propiedad de los concesionarios”. Quien explota un bien público no puede presentarse a pedir rescate cuando el negocio le sale mal.

Terán tiene razón en algo: los costos de operar suben. Pero una industria que pide más tarifa, más subsidio y más tiempo, sin ofrecer metas, plazos ni auditoría, no pide apoyo: pide un cheque en blanco.

Los costos suben, pero el respeto a la vialidad, la buena educación y atención por los conductores de las unidades, la limpieza de las mismas y el respeto a sus horarios y paradas, disminuyen.

La SCT debería preocuparse más por velar que las unidades de transporte urbano cumplan con aquello por lo que reciben dinero público, ofrecer un transporte de calidad. Pero primero y más fácil, cerrarle la boca y pararle los pies a este señor que ya parece alcancía, solo pidiendo dinero para guardar y no para emplear en lo que se necesita. O mínimo, salir con urgencia a desmentir sus falacias y exigirle resultados.

Lo mínimo que el usuario merece antes de pagar un peso más es saber cuántos de los 100 camiones nuevos circulan, un plan de renovación con fechas, rutas que realmente operen y cuentas abiertas sobre qué se hizo con el aumento de este año. Sin eso, los 23 pesos no son un precio. Son una factura sin desglose.

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El Cronopio

Carlos Villatoro, el actor de corazón potosino | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

Los inicios del cine mexicano están marcados por la participación de actores y actrices de San Luis Potosí; algunos personajes han sido tratados en esta columna. Desde la época del cine mudo hasta los albores del cine sonoro en México, aparecen estas contribuciones potosinas que se extienden a lo largo de toda la historia del cine mexicano.

Entre los personajes que inician su actividad actoral en el cine mudo se encuentra Carlos Villatoro, que si bien se registra su lugar de nacimiento en Comitán, Chiapas, en 1903, siempre subrayó su sello de potosino en virtud que sus hermanos mayores habían nacido en San Luis Potosí y su familia radicaba en la ciudad potosina al finalizar el siglo XIX.

Carlos Villatoro, actor del cine mudo y sonoro mexicano

Uno de dichos hermanos era Héctor Villatoro que a principios de la década de los veinte se encontraba como cónsul en Canadá, y con quien fue enviado Carlos Villatoro por su padre. Este periplo marcaría su primera relación con el mundo del cine, pues al quedar varado en Nueva York por una huelga que imposibilitó su viaje a Canadá, conoció a quienes iniciarían la dirección de películas en México, Gabriel García Moreno y Manuel Ojeda, en ese momento se acercaba a la actividad actoral en Nueva York. Como consecuencia, en 1925 García Moreno le propuso el papel estelar de la película El Buitre, y una serie de películas que se filmaron en Orizaba, Veracruz, de 1925 a 1927, entre ellas el Puño de Hierro de 1927 que se considera la primera película que trata el mundo de las drogas.

Como pionero del cine mudo mexicano Carlos Villatoro se convierte en uno de los mejores actores del cine mudo mexicano y de los primeros años del cine sonoro, al protagonizar películas sonoras desde 1934, entre ellas la película de Juan Bustillo Oro, Dos Monjes, donde participa también la actriz potosina Emma Roldán, en el papel de Gertrudis la madre de Javier, protagonizado por Carlos Villatoro; en esa película participa también en realización de Dos Monjes, el matehualense Juan José Ortega García, de quien trataremos en futuras entregas de esta columna.

Carlos Villatoro conoce a Juan Bustillo Oro cuando estudiaban en la Escuela Nacional Preparatoria, lo que fue otro encuentro que le marcaría su destino a la actuación en cine, donde también se formaría como guionista y director, dirigiendo a principios de los cuarenta los cortometrajes: Viaje a Jalapa, Canciones y Danzas Mexicanas, Compositores Mexicanos y Juan Diego. Escribió el argumento de la famosa y exitosa película Quinto Patio, dirigida por Rafael Sevilla en 1950.

Después de su participación en el cine mudo en México donde actuó en cinco películas en la década de los veinte, inicia su participación en el cine sonoro en 1934 en la película Águilas de América dirigida por Manuel Ojeda, participando en alrededor de veinte películas en el lapso de diez años, terminando su actuación en 1943 en la película La Mujer sin Alma de Fernando de Fuentes en 1943, al lado de María Félix.

A partir de 1944 se desempeña como anotador y asistente de director hasta 1963, año de su muerte. En esta actividad trabaja en numerosas producciones norteamericanas filmadas en México, teniendo apariciones incidentales.

También tuvo participación en la radio en México, siendo locutor en varias estaciones desde 1929. En la XEW tuvo el programa en 1951 “El rincón bohemio de Carlos Villatoro”.

Carlos Villatoro Escobedo el actor pionero del cine mexicano y baluarte en su desarrollo, quien se consideró un potosino de corazón, es uno de los fervientes hacedores del cine en México, quien consideraba que “la vida no era de película, pero hacer cine era su vida”.

Lee también: Leticia Almazán de la Garza, compositora potosina

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El Cronopio

Leticia Almazán de la Garza, compositora potosina | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

San Luis Potosí ha sido tierra de compositores, donde la música de concierto y las canciones de concierto han sobresalido. Algunos de estos personajes los hemos tratado en esta sección, aunque entre ellos han escaseado las mujeres, en cuanto a composiciones se refiere. Los tiempos cambian al abrirse oportunidades a las damas y, afortunadamente, en este siglo veintiuno podemos contar con algunas compositoras potosinas. Como muestra está el concierto que ofreciera la Orquesta Sinfónica de San Luis Potosí en el mes de marzo pasado donde interpretó, en el marco del Día Internacional de la Mujer, composiciones de autoras potosinas. Entre las compositoras potosinas programadas en el concierto se encontraba Leticia Almazán de la Garza.

Leticia Almazán, al menos fue mencionada en esta columna cuando tratamos el caso de la pianista potosina Malkhut Zavala, quien tiene entre su repertorio obras de Leticia Almazán, quien actualmente es encargada de las Escuelas de Iniciación Artística Asociadas que están asociadas al Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, que a pesar del esfuerzo de sus integrantes ha sido difícil su continuación, como suele suceder con el cambio de administraciones. Leticia Almazán se desempeña como Directora Académica del CEART San Luis.

Entre sus composiciones se encuentra La Noche, obra basada en los poemas de Manuel José Othón, obra con la que obtuvo el premio 20 de noviembre “Julián Carrillo”; la obra se estrenó en 2006, y ha sido poco interpretada, hasta que se armó el concierto de marzo.

A cien años de la muerte de Othón se compone esta obra musical, que da concreción a la obra inconclusa que contemplaran Othón y Carrillo, su conjunción lírica que habían titulado Tetralogía. Una pieza para celebrar el centenario de la Independencia de México que estaría dividida en cuatro partes: Descubrimiento de América, Conquista, Virreinato e Independencia. Así sería una obra que recorrería la historia hispana de México y la construcción de un nuevo país. La muerte sorprendió al poeta y la obra quedó en suspenso; colaboración entre dos grandes figuras potosinas del arte, cuestión ya tratada en muy anterior entrega de esta sección de El Cronopio.

Ahora Leticia Almazán, se basa en la poesía de Othón para crear su obra musical La Noche. Una forma de apreciar el nuevo arte musical potosino de la mano de Leticia Almazán y la poesía del máximo poeta potosino. Por desgracia, es música que no se encuentra grabada por lo que dificulta su difusión, de por sí escasa, en aquellas obras de que se disponen grabaciones.

Leticia Almazán surge, así como una de las mujeres que abren camino en el campo de la composición en San Luis Potosí. Su incursión en esta línea de la composición es alentadora, pues puede sumarse a la escasa pero existente lista de compositoras mexicanas que incursionaron en la música clásica, entre ellas, María Grever, Sofía Cancino de Cuevas, Rosa Guraieb, Consuelo Velázquez, Ángela Peralta, María Teresa Prieto, Alicia Urreta, Guadalupe Olmedo, y ahora la joven compositora potosina Galya Cisneros, por citar algunas.

Leticia Almazán se tituló en la Licenciatura en Composición en la Escuela Estatal de Música en el año 2015, y realizó una Maestría en Administración Pública en la Universidad Latinoamericana.

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