octubre 20, 2026

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#4 Tiempos

La mano derecha | Columna de Juan Jesús Priego

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-No, así no se saluda; con la otra, dijo la madre al niño que me tendía la mano izquierda en gesto de bienvenida.

-Es que la otra la tengo sucia.

-Pues ve a lavártela y luego vienes a saludar como se debe.

El encanto se había roto y, así, aunque el pequeño obedeció la orden con docilidad, algo me decía que, cuando regresara, su saludo ya no sería el mismo, pues lo que ganara en corrección lo perdería en espontaneidad.

¿Pero qué habría sucedido si el niño me hubiese saludado desde el principio con la mano izquierda? Que quizá me habría sentido igual de incómodo. Cuando saludamos con la mano izquierda algo falta a nuestros saludos: es como si no estuviéramos plenamente disponibles, como si de alguna manera el visitante hubiese llegado a nosotros en un momento poco oportuno. Tal es, por ejemplo, la impresión que nos causa el amigo al que encontramos en el garaje de su casa reparando su automóvil: nos saluda efusivamente, sí, pero con la otra mano, pues la derecha la tiene sucia. Se limpia como puede, hace todo para parecer amable, pero…

Por una especie de acuerdo universal la mano derecha (y no la izquierda) es la mano de la cordialidad. He recordado ya en otra ocasión (véase La sonrisa del ángel, capítulo 32) que dar la mano derecha era en la antigüedad un gesto altamente simbólico, ya que era precisamente en ésta en la que se llevaban la espada y la lanza, de modo que tenderla significaba desarmarse. La mano derecha es la mano de la paz. Y también la mano de la juventud.

Ser joven es tender constantemente la mano derecha, crear relaciones, hacer amigos. Entre muchos filósofos y pensadores del pasado era tenido por axioma indiscutible el que sólo los jóvenes podían ser capaces de amistad, pues la amistad exige energía, pasión y mucha generosidad, cosas éstas que el hombre maduro o el anciano no suelen ya tener en las dosis que quisieran. «¿Para qué busco un amigo?», se preguntaba Séneca, el filósofo estoico: «Busco un amigo para tener por quien morir, para tener a quien seguir en el destierro, a cuya muerte salga yo al paso sacrificando mi vida».

Como es natural, el hombre maduro tiene ya otros deberes mucho más imperiosos que los de la pura amistad, otros muchos seres por quienes morir: la esposa, los hijos e incluso los nietos. Entre un hijo y un amigo, ya se sabe a quién preferirá un honesto padre de familia.

En uno de sus su diálogos –digamos su nombre: Fedro-, Platón se quejaba ya de que el amor –léase el matrimonio-, en cuanto llegaba, provocaba casi siempre «un desierto de amigos». Y tenía razón, pues tan pronto como se casan, éstos dejan de frecuentarse con una naturalidad que casi a nadie sorprende; lo que significa, en muchísimos casos, la pérdida efectiva de la amistad. ¡Cuántos amigos he tenido que desde que se casaron no han vuelto a tener tiempo para tomarse un café conmigo! Y si lo hacen, se lo toman de prisa, entre llamada y llamada, pues su mujer  no deja preguntarles: «¿Te vas a tardar mucho todavía, cariño?». En tan penosas condiciones mejor es esperar a tomárnoslo en la otra vida, donde seguramente habrá tiempo de sobra y todos seremos como ángeles en el cielo, según ha dicho Jesús.

Los viejos no hacen amigos; cuando mucho, conservan los que ya tenían. En un bellísimo libro acerca de la juventud, François Mauriac (1885-1970), el novelista francés, cita unas palabras de Barbey d´Aurevilly (1808-1889) según las cuales «el hombre es un solitario solamente desde que dejó de tener veinticinco años. Porque ser joven significa no estar nunca solo. Ser joven es desconocer la soledad». ¿Y los que sobrepasan esta edad, es decir, los que no tienen ya veinticinco años? ¡Adivínelo usted!

Acaso los viejos filósofos paganos tenían más razón de la que estábamos dispuestos a otorgarles: la amistad requiere juventud.

Narra San Agustín en el libro de sus Confesiones qué fue lo que experimentó al perder al gran amigo de su mocedad: «Mi corazón se oscureció y no veía a mi alrededor más que muerte. La patria era un suplicio para mí y la casa paterna una extraña desdicha. Todo cuanto con él había compartido se había vuelto, sin él, atroz tortura. Por dondequiera lo reclamaban mis ojos, pero me era negado. Y llegué a aborrecer todas las cosas porque no le tenían, ni podían ya decirme: “Mira, ya viene”, como cuando vivía y estaba ausente… Sólo las lágrimas me eran dulces y habían ocupado el lugar de mi amigo en las delicias de mi alma». Tan insoportable se le hizo la ciudad natal sin su amigo, que tuvo que irse a vivir a otra, a Cartago, porque –según dijo- sus ojos «le buscarían menos donde no solían verle».

Sin embargo, cuando San Agustín escribe sus Confesiones es ya un hombre de 43 años de edad que se avergüenza de sus antiguos sentimientos. «Ahora, Señor –dice-, ya pasaron aquellas cosas… Entonces era yo un necio: bullía, suspiraba, me turbaba sin tener descanso ni plan». Ya piensa como hombre maduro, es decir, como alguien que pone la amistad en el lugar que le corresponde…. ¡y que no precisamente en el primero!

La mano derecha es la mano de la juventud: así lo insinúa un aforismo pitagórico que ordena: «No des a cualquiera la mano derecha». ¿Y la mano izquierda? Es la de la vejez: no olvidemos que es con ella con la que se apoya el anciano para no caer.

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El Cronopio

Leticia Almazán de la Garza, compositora potosina | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

San Luis Potosí ha sido tierra de compositores, donde la música de concierto y las canciones de concierto han sobresalido. Algunos de estos personajes los hemos tratado en esta sección, aunque entre ellos han escaseado las mujeres, en cuanto a composiciones se refiere. Los tiempos cambian al abrirse oportunidades a las damas y, afortunadamente, en este siglo veintiuno podemos contar con algunas compositoras potosinas. Como muestra está el concierto que ofreciera la Orquesta Sinfónica de San Luis Potosí en el mes de marzo pasado donde interpretó, en el marco del Día Internacional de la Mujer, composiciones de autoras potosinas. Entre las compositoras potosinas programadas en el concierto se encontraba Leticia Almazán de la Garza.

Leticia Almazán, al menos fue mencionada en esta columna cuando tratamos el caso de la pianista potosina Malkhut Zavala, quien tiene entre su repertorio obras de Leticia Almazán, quien actualmente es encargada de las Escuelas de Iniciación Artística Asociadas que están asociadas al Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, que a pesar del esfuerzo de sus integrantes ha sido difícil su continuación, como suele suceder con el cambio de administraciones. Leticia Almazán se desempeña como Directora Académica del CEART San Luis.

Entre sus composiciones se encuentra La Noche, obra basada en los poemas de Manuel José Othón, obra con la que obtuvo el premio 20 de noviembre “Julián Carrillo”; la obra se estrenó en 2006, y ha sido poco interpretada, hasta que se armó el concierto de marzo.

A cien años de la muerte de Othón se compone esta obra musical, que da concreción a la obra inconclusa que contemplaran Othón y Carrillo, su conjunción lírica que habían titulado Tetralogía. Una pieza para celebrar el centenario de la Independencia de México que estaría dividida en cuatro partes: Descubrimiento de América, Conquista, Virreinato e Independencia. Así sería una obra que recorrería la historia hispana de México y la construcción de un nuevo país. La muerte sorprendió al poeta y la obra quedó en suspenso; colaboración entre dos grandes figuras potosinas del arte, cuestión ya tratada en muy anterior entrega de esta sección de El Cronopio.

Ahora Leticia Almazán, se basa en la poesía de Othón para crear su obra musical La Noche. Una forma de apreciar el nuevo arte musical potosino de la mano de Leticia Almazán y la poesía del máximo poeta potosino. Por desgracia, es música que no se encuentra grabada por lo que dificulta su difusión, de por sí escasa, en aquellas obras de que se disponen grabaciones.

Leticia Almazán surge, así como una de las mujeres que abren camino en el campo de la composición en San Luis Potosí. Su incursión en esta línea de la composición es alentadora, pues puede sumarse a la escasa pero existente lista de compositoras mexicanas que incursionaron en la música clásica, entre ellas, María Grever, Sofía Cancino de Cuevas, Rosa Guraieb, Consuelo Velázquez, Ángela Peralta, María Teresa Prieto, Alicia Urreta, Guadalupe Olmedo, y ahora la joven compositora potosina Galya Cisneros, por citar algunas.

Leticia Almazán se tituló en la Licenciatura en Composición en la Escuela Estatal de Música en el año 2015, y realizó una Maestría en Administración Pública en la Universidad Latinoamericana.

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Acento Ajeno

Ni Moisés dividió tanto el agua | Columna de Haniel Valdés

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Por: Haniel Valdés

Hoy escribo porque cometí un error. Fui de los periodistas que estuvimos en rueda de prensa con el alcalde de la capital, Enrique Galindo Ceballos, al terminar la Junta de Gobierno con Interapas. El miércoles pasado ofreció declaraciones a medios de prensa que sí acudimos a la cita nocturna y compartió los acuerdos tomados en dicha reunión.

Ahí está mi error: al parecer mis notas no fueron lo suficientemente claras. O quizás solo fue que varios medios salieron a llenar huecos que no había.

Lo interesante de ese encuentro es que se aprobó el plan de estímulos fiscales que se llevará al Congreso del Estado para su aprobación de cara a 2027, donde se aclaró además (y se insistió mucho en eso) que la tarifa de cobro del líquido se mantendría igual que en este año.

Al día siguiente muchos medios ya traían la nota de que aumentaría la tarifa y quién sabe cuántos inventos más de colegas que no estuvieron en la conferencia de prensa y que les pareció divertido el imaginar datos e informar a medias.

Pero lo que más me preocupa no es el ruido que generaron esas notas, sino la incoherencia que se vivió en dicha reunión por parte del síndico y el alcalde de Soledad, así como de Pascual Martínez.

Según informa Galindo, entre las decisiones tomadas, está la de revisar si es posible cumplir con la petición que hizo el gobernador de no cobrar el servicio a adultos mayores. Ni los participantes por Soledad, ni el titular de la CEA, votaron a favor de dicha propuesta. ¿No están de acuerdo con la idea de Gallardo? Es que la primera vez que el gobernador habló sobre el tema, fui muy cuidadoso y me fijé claramente que ambos, Pascual

y Navarro, estaban aplaudiendo esa iniciativa.

La CEA ya es habitual que no aporte a esas reuniones, según Galindo, el titular solo ha ido a tres y no votó en esta última, tampoco dio razones ni propuso algo. Sí, el organismo responsable de la política pública del agua en el Estado no tiene nada que aportar sobre el tema.

Según informó el presidente de la junta, Juan Manuel Navarro sí aportó algo, propuso un estímulo fiscal que también quedó dentro de los acuerdos que se enviaron al Congreso. Ahora, cuando tocó votar, Navarro se abstuvo de hacerlo, ¿no está de acuerdo con una idea que él mismo había planteado? ¿o algo lo hizo cambiar de opinión?

Lo cierto es que mientras la diputada Nancy Jeannine García, presidenta de la Comisión del Agua, llama a no politizar, todos lo continúan haciendo, lo hace el aquaman Gámez Macías, lo hace el alcalde capitalino, lo hace el gobernador del estado, lo hace el alcalde de Soledad y la CEA. Mientras hay cuentas sin pagar, tinacos sin llenar, conductoras sin reparar y rezos por hacer para que El Realito no vuelva a fallar.

“Entonces extendió Moisés su mano sobre el mar, y Jehová hizo que el mar se retirase por recio viento oriental toda aquella noche; y volvió el mar en seco, y las aguas quedaron divididas.” (Éxodo 14:21)

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El Cronopio

María Luisa Toranzo, pionera del cuento mexicano | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

Por: J.R. Martínez/Dr. Flash

En la antología de Liliana Pedroza sobre el cuento mexicano, A Golpe de Linternas, que en su tomo I dedica a las pioneras, se encuentra entre las antologadas la potosina María Luisa Toranzo, que dedicó parte de su vida a la escritura y que fuera figura cultural mexicana. Madre y abuela del filósofo Luis Villoro y el escritor Juan Villoro, respectivamente.

Parte de su obra literaria se recoge en libros como: Azahares, espinas y rosas; Meditaciones, Suegras; Esbozos; Tres Chiquillas; Cuadros de una exposición; Páginas viejas; Charlas con mi hija; Átomos tontos, entre otros. Libros que reflejan su formación en el campo potosino y la época que le tocó vivir, donde impera el existencialismo y la fenomenología, campos que experimentaría posteriormente su hijo Luis Villoro. En su libro de ensayos: Esbozos, que lleva como ensayo central: El dominio de sí mismo, Sophrosyne vs la Hybris, “el dominio de sí mismo” no es una negación de la vida o de los impulsos, sino la condición necesaria para la auténtica libertad. Sin el gobierno de uno mismo, el ser humano queda a merced de fuerzas externas o de impulsos ciegos, perdiendo su autonomía.

María Luisa Toranzo Jordana nació en San Luis Potosí el 13 de marzo de 1890, perteneciente a familia de hacendados, vivió su infancia en la Hacienda de Cerro Prieto en el altiplano potosino, rumbo a Zacatecas, fue hija natural y creció entre libros, estudiando idiomas y cultivando la música tocando el arpa y la mandolina. El movimiento revolucionario le llevó en la adolescencia a radicar en la Ciudad de México, donde la vida placentera se trastocaba y la famosa banda del automóvil gris hacía de las suyas, y que quedó registrada en una de las primeras películas realizadas en México, llamada justo La banda del automóvil gris de 1919 de Enrique Rosas, filmada en los lugares donde pertrecharan sus ataques. En la película aparece la casa Toranzo donde vivió María Luisa en México y donde aparece en escena acechada en el asalto a su casa por tan peculiar banda.

Los acechos no pararon para María Luisa y fue pretendida por un general revolucionario del que logró escapar partiendo a España e instalándose en Barcelona donde se casaría con el médico barcelonés Miguel Villoro Villoro, procreando a tres hijos, entre ellos al filósofo Luis Villoro. Quedaría viuda y al iniciar la guerra civil española regresa a México huyendo de nuevo de la violencia. Se instala por un tiempo en la Hacienda de Cerro Prieto y parte a la Ciudad de México para que sus hijos continuaran sus estudios de formación.

Su familia potosina de abolengo le propició una considerable fortuna que le permitió ir a Barcelona, su abuela paterna Genoveva Peña Santacruz que casó en segundas nupcias con Casimiro Toranzo Ortiz, había sido esposa de Pantaleón Ipiña Eguía, siendo madre de José Encarnación Ipiña Peña.

Su pensamiento que de cierta forma influyera en su hijo Luis Villoro lo destaca en su libro Esbozos: “El dominio de sí mismo sobre la soberbia debe de consistir, no sólo en dominarse ‘delante de la gente’ y en vuestras ‘relaciones sociales’ para que los demás ‘vean’ que sois humildes o sencillos, sino que este dominio sobre vosotros mismos y sobre vuestra soberbia debe ser de tal modo profundo, que no sea un dominio efímero, originado únicamente por el bien parecer; tampoco debe ser un dominio de autosugestión, que sin serlo, os haga creer que ya sois humildes; sino que este dominio de vosotros mismos sobre la soberbia, debe ser una especie de ‘cura’ si queréis lenta y suave, pero sí honda, minuciosa y profunda. El dominio de vosotros mismos debe ser como un cauterio que tienda a curar, aunque sea quemando; a cauterizar, aunque sea con dolor, la llaga de vuestra soberbia, el cáncer de vuestro orgullo”

María Luisa Toranzo fue una mujer de una cultura vasta que participó activamente en la vida intelectual mexicana, aportando una sensibilidad ética que complementaba el rigor lógico de la época. Su enfoque en el “dominio de sí” suele leerse como un puente entre la virtud antigua, la psicología moderna y la abierta espiritualidad. Su nieto Juan Villoro la describe como una mujer que intentaba descifrar los secretos de la convivencia humana.

María Luisa Toranzo Jordana murió en la Ciudad de México a los 78 años de edad, el 2 de abril de 1968.

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