#4 Tiempos
La mano derecha | Columna de Juan Jesús Priego
LETRAS minúsculas
-No, así no se saluda; con la otra, dijo la madre al niño que me tendía la mano izquierda en gesto de bienvenida.
-Es que la otra la tengo sucia.
-Pues ve a lavártela y luego vienes a saludar como se debe.
El encanto se había roto y, así, aunque el pequeño obedeció la orden con docilidad, algo me decía que, cuando regresara, su saludo ya no sería el mismo, pues lo que ganara en corrección lo perdería en espontaneidad.
¿Pero qué habría sucedido si el niño me hubiese saludado desde el principio con la mano izquierda? Que quizá me habría sentido igual de incómodo. Cuando saludamos con la mano izquierda algo falta a nuestros saludos: es como si no estuviéramos plenamente disponibles, como si de alguna manera el visitante hubiese llegado a nosotros en un momento poco oportuno. Tal es, por ejemplo, la impresión que nos causa el amigo al que encontramos en el garaje de su casa reparando su automóvil: nos saluda efusivamente, sí, pero con la otra mano, pues la derecha la tiene sucia. Se limpia como puede, hace todo para parecer amable, pero…
Por una especie de acuerdo universal la mano derecha (y no la izquierda) es la mano de la cordialidad. He recordado ya en otra ocasión (véase La sonrisa del ángel, capítulo 32) que dar la mano derecha era en la antigüedad un gesto altamente simbólico, ya que era precisamente en ésta en la que se llevaban la espada y la lanza, de modo que tenderla significaba desarmarse. La mano derecha es la mano de la paz. Y también la mano de la juventud.
Ser joven es tender constantemente la mano derecha, crear relaciones, hacer amigos. Entre muchos filósofos y pensadores del pasado era tenido por axioma indiscutible el que sólo los jóvenes podían ser capaces de amistad, pues la amistad exige energía, pasión y mucha generosidad, cosas éstas que el hombre maduro o el anciano no suelen ya tener en las dosis que quisieran. «¿Para qué busco un amigo?», se preguntaba Séneca, el filósofo estoico: «Busco un amigo para tener por quien morir, para tener a quien seguir en el destierro, a cuya muerte salga yo al paso sacrificando mi vida».
Como es natural, el hombre maduro tiene ya otros deberes mucho más imperiosos que los de la pura amistad, otros muchos seres por quienes morir: la esposa, los hijos e incluso los nietos. Entre un hijo y un amigo, ya se sabe a quién preferirá un honesto padre de familia.
En uno de sus su diálogos –digamos su nombre: Fedro-, Platón se quejaba ya de que el amor –léase el matrimonio-, en cuanto llegaba, provocaba casi siempre «un desierto de amigos». Y tenía razón, pues tan pronto como se casan, éstos dejan de frecuentarse con una naturalidad que casi a nadie sorprende; lo que significa, en muchísimos casos, la pérdida efectiva de la amistad. ¡Cuántos amigos he tenido que desde que se casaron no han vuelto a tener tiempo para tomarse un café conmigo! Y si lo hacen, se lo toman de prisa, entre llamada y llamada, pues su mujer no deja preguntarles: «¿Te vas a tardar mucho todavía, cariño?». En tan penosas condiciones mejor es esperar a tomárnoslo en la otra vida, donde seguramente habrá tiempo de sobra y todos seremos como ángeles en el cielo, según ha dicho Jesús.
Los viejos no hacen amigos; cuando mucho, conservan los que ya tenían. En un bellísimo libro acerca de la juventud, François Mauriac (1885-1970), el novelista francés, cita unas palabras de Barbey d´Aurevilly (1808-1889) según las cuales «el hombre es un solitario solamente desde que dejó de tener veinticinco años. Porque ser joven significa no estar nunca solo. Ser joven es desconocer la soledad». ¿Y los que sobrepasan esta edad, es decir, los que no tienen ya veinticinco años? ¡Adivínelo usted!
Acaso los viejos filósofos paganos tenían más razón de la que estábamos dispuestos a otorgarles: la amistad requiere juventud.
Narra San Agustín en el libro de sus Confesiones qué fue lo que experimentó al perder al gran amigo de su mocedad: «Mi corazón se oscureció y no veía a mi alrededor más que muerte. La patria era un suplicio para mí y la casa paterna una extraña desdicha. Todo cuanto con él había compartido se había vuelto, sin él, atroz tortura. Por dondequiera lo reclamaban mis ojos, pero me era negado. Y llegué a aborrecer todas las cosas porque no le tenían, ni podían ya decirme: “Mira, ya viene”, como cuando vivía y estaba ausente… Sólo las lágrimas me eran dulces y habían ocupado el lugar de mi amigo en las delicias de mi alma». Tan insoportable se le hizo la ciudad natal sin su amigo, que tuvo que irse a vivir a otra, a Cartago, porque –según dijo- sus ojos «le buscarían menos donde no solían verle».
Sin embargo, cuando San Agustín escribe sus Confesiones es ya un hombre de 43 años de edad que se avergüenza de sus antiguos sentimientos. «Ahora, Señor –dice-, ya pasaron aquellas cosas… Entonces era yo un necio: bullía, suspiraba, me turbaba sin tener descanso ni plan». Ya piensa como hombre maduro, es decir, como alguien que pone la amistad en el lugar que le corresponde…. ¡y que no precisamente en el primero!
La mano derecha es la mano de la juventud: así lo insinúa un aforismo pitagórico que ordena: «No des a cualquiera la mano derecha». ¿Y la mano izquierda? Es la de la vejez: no olvidemos que es con ella con la que se apoya el anciano para no caer.
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El Cronopio
Juana María Alvarado, La Vida es Química | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash
EL CRONOPIO
Por: J.R. Martínez/Dr. Flash
Andrés Manuel del Río, el científico español naturalizado mexicano que desarrolló su carrera científica en México en el Seminario de Minería de México en los albores del siglo XIX y finales del XVIII se convirtió en una figura representativa de la química en México; se encargó de la cátedra de Mineralogía del también llamado Colegio de Minería y escribió el libro Elementos de Orictognosia que llevaría el potosino Mariano Jiménez, que sería su alumno.
De sus logros sobresalientes fue el descubrimiento del eritronio, un nuevo elemento químico que descubriera en 1801 en una muestra recolectada en Zimapán Hidalgo. La historia de este descubrimiento es una de las tristes historias de la ciencia mexicana, pues el descubrimiento de este elemento fue adjudicado años después a E. Wöhler que lo bautizó como vanadio. El elemento vanadio debe ser considerado como descubrimiento de Andrés Manuel del Río, quien también descubrió otros compuestos, como la plata azul o la aleación del rodio y el oro.
El nombre de Andrés Manuel del Río lo tiene asignado la Sociedad Química de México para denominar sus premios de química en México a destacados investigadores y docentes de la química en el país. Este año 2026 la profesora investigadora de la Facultad de Ciencias Químicas de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí, Juana María Alvarado Rodríguez se hizo merecedora al Premio Nacional de Química “Andrés Manuel del Río” 2026, por su actividad docente.
El Premio Nacional de Química se otorga desde 1964 y es otorgado en tres categorías: Docencia, Investigación Científica y Desarrollo Tecnológico, tiene como finalidad hacer un reconocimiento público nacional a la labor realizada por profesionales de la Química que hayan contribuido de manera extraordinaria a elevar la calidad y el prestigio de la profesión Química en México.
Juana María Alvarado estudió en la licenciatura en la Facultad de Ciencias Químicas y realizó una maestría en hidrosistemas con opción en irrigación, en el 2006. Fue coordinadora de la licenciatura en química de la Facultad de Ciencias Químicas de la UASLP y ha desempeñado una destacada labor docente en dicha Facultad.
Juana María Alvarado ha incursionado en el área de divulgación de la ciencia en varias de sus facetas de comunicación, entre ellas y de manera importante en la radio. En 2008 inició la producción del programa La Vida es Química en Radio Universidad el cual ella misma conduce y en los que invita a participar a alumnos de química, lo que les ha permitido ser un factor más en su formación.
El amor y la pasión por la química que tiene la maestra Juanita, como se le conoce en el medio, la ha llevado a especializarse en comunicación social de la ciencia para lo que decide ir a España a Almería en particular a realizar el máster en Comunicación Social de la Ciencia en la Universidad de Almería realizando un trabajo comparativo de fin de máster entre dos jóvenes radios universitarias españolas, RadioUAL y RadioOlavide, y dos radios veteranas mexicanas, Radio UNAM y Radio UASLP.
La influencia que ha tenido, inyectando a su vez su pasión y amor por la química en sus estudiantes les ha permitido seguir con éxito sus carreras profesionales, algunos de los cuales se han convertido en sus colegas en el seno de la Facultad de Ciencias Químicas. Su interés por la historia de la química en San Luis se ha manifestado al difundir la labor de mujeres químicas pioneras en química y mantener la memoria del desarrollo de la química en la Universidad Autónoma de San Luis Potosí y compartirlo con el pueblo potosino, sin descartar a los niños y jóvenes con talleres de ciencia donde la química es la protagonista, entusiasmándolos para orientar su vocación a la química y mostrarles, como reza el título del que fuera su programa en Radio Universidad, que La Vida es Química. ¡Felicidades a la maestra Juanita!
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El Cronopio
Un pionero de la astrofísica en San Luis Potosí | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash
EL CRONOPIO
Por: J.R. Martínez/Dr. Flash
Uno de los dos primeros potosinos en estudiar formalmente astronomía y en realizar investigación en astrofísica son Joel Cisneros Parra oriundo de Salinas, San Luis Potosí, y de quien hemos tratado ya en esta columna, y Antonio Sarmiento Galán que se recibiera como físico y como matemático en la década de los setenta del siglo XX en la Universidad Nacional Autónoma de México.
Antonio Sarmiento Galán comenzó a estudiar física en la entonces Escuela de Física de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí, para interrumpir sus estudios y emigrar a la Ciudad de México donde ingresaría a la Facultad de Ciencias de la UNAM para estudiar simultáneamente la carrera de física y la carrera de matemáticas, mismas que concluiría en 1976. Estas líneas de formación regirían su vida académica y profesional, pues contribuiría a la investigación en física en el área de la astrofísica y posteriormente en el ámbito de las matemáticas, siendo actualmente investigador del Instituto de Matemáticas, Unidad Cuernavaca de la UNAM desde 1999; previamente había sido investigador del Instituto de Astronomía de la UNAM de 1981 a 1998.
Su formación primaria en astrofísica fue en el tema en el que coincidieron estos dos personajes potosinos, pioneros en el estudio de la astrofísica, sistemas binarios. Su tesis de licenciatura en física presentado en 1978 versó sobre Etapas Evolutivas Avanzadas en Sistemas Binarios. Realizó su maestría en ciencias en la propia Facultad de Ciencias de la UNAM y su doctorado en el Departamento de Matemáticas Aplicadas del Queen Mary College en la Universidad de Londres donde vuelve a combinar su interés en la física y la matemática, que no la física-matemática. Su tesis de doctorado en dicha universidad fue sobre Gravitación en el Sistema Solar que presentó en 1981.
Entre sus estudios de formación y, en especial en astrofísica se encuentran Estudios para la Localización de un Sitio Astronómico en la República Mexicana, en la Facultad de Ciencias de la UNAM en 1977 y 1978 y, Ph ysical Cosmology en Francia en la École d’Été de Physique Théorique. Université de Grenoble. Les Houches, Haute Savoie en julio de 1979.
Antonio Sarmi ento, como astrofísico ha hecho importantes aportaciones científicas teóricas en temas como la evolución química del Universo, la gran explosión, la gravitación en teoría general de la relatividad y el vacío en sistemas no inerciales.
Su contribución no se ha limitado al carácter de investigación pues ha tenido una intensa actividad en educación, no sólo impartiendo cursos de astrofísica, relatividad, física teórica y gravitación, sino que ha realizado una destacada participación en actividades de educación no formal, en especial en divulgación de la ciencia, donde ha escrito numerosos textos entre artículos y libros entre los que se encuentran libros técnicos y de divulgación, participando, además, con conferencias, videos y programas de radio para todo tipo de público con temas de física y astronomía.
Antonio Sarmiento ha contribuido al desarrollo de la educación y la investigación científica en su tierra de nacimiento apoyando programas de divulgación como Domingos en la Ciencia en San Luis Potosí, La Semana de Física y La Ciencia en el Bar, donde ha participado en varias sesiones. Como la charla Fractales que puede consultarse en la dirección: https://www.youtube.com/watch?v=AutyQCtnuI8
En una entrevista para la revista “¿Cómo Ves?”, de la UNAM, rechaza la idea de que la labor científica sea evaluada por premios, “Por fortuna hay muchos investigadores para quienes lo valioso es tener amor por la camiseta de la ciencia, o pasar horas en el laboratorio haciendo un experimento. Ellos se olvidan por completo de premios o publicidad en la radio o la televisión”.
Antonio Sarmiento Galán nació en San Luis Potosí el 23 de abril de 1954 y se convierte en el segundo potosino en formarse profesionalmente como astrofísico y contribuir al desarrollo de la ciencia y la educación científica, siendo además uno de los primeros matemáticos potosinos.
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#4 Tiempos
El filósofo de Lo Mexicano, Luis Villoro Toranzo | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash
EL CRONOPIO
En 1950 El Colegio de México publicaba la obra: Los grandes momentos del indigenismo en México, escrita por Luis Villoro Toranzo, que iniciaba su trayectoria filosófica en México, después de graduarse en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México, donde se doctoró en filosofía.
Bajo la influencia del filósofo español desterrado y que fuera Rector de la Universidad de Madrid, José Gaos, emprendió en el grupo filosófico Hiperion, el estudio del Ser del Mexicano y la producción de la filosofía de Lo Mexicano desde corrientes como el existencialismo, el historicismo y la fenomenología.
Aunque el interés en el tema del indigenismo al parecer tuvo sus raíces en las experiencias de juventud en el altiplano potosino, en la Hacienda de Cierro Prieto al noroeste de la ciudad de San Luis Potosí, donde la familia de su madre tenía sus raíces y donde viviría por un tiempo, antes de trasladarse a la Ciudad de México a estudiar filosofía en la UNAM.
En dicha hacienda, al decir de su hijo el escritor Juan Villoro en su libro sobre su padre: la figura del mundo, le marcaría la escena de un campesino que al encontrarlo le saluda besándole la mano y refiriéndose a su persona como “patroncito”.
Luis Villoro nació el 3 de noviembre de 1922 en Barcelona, España; su padre un médico barcelonés y su madre una rica hacendada potosina. Tras el conflicto de la guerra civil española, su familia regresa a México y se instala en primera instancia en San Luis Potosí a fines de la década de los treinta.
La trayectoria intelectual de Luis Villoro, siempre estuvo en torno al tema de lo mexicano lo que lo llevó a estar de cerca y apoyar el movimiento zapatista en Chiapas al parejo de su vida académica en la UNAM.
En su pensamiento se subraya la convivencia social bajo el respeto entre culturas, exige reconocer al otro y construir comunidades que incluyan la diversidad, sin sacrificar la autonomía de las personas ni de los pueblos. Lo que le llevo a proponer enfoques para una democracia que reconozca la pluralidad de identidades.
Profesor de la UNAM desde 1954 en la Facultad de Filosofía y Letras de donde egresó, fue también investigador del Instituto de Investigaciones Filosóficas desde 1971 y en el cual es nombrado Investigador Emérito en 1989, mismo año en que recibe el Premio Universidad Nacional en Investigación en Humanidades. En 1998 es nombrado Investigador Nacional Emérito de la UNAM.
En la creación de instituciones también tuvo participación, fue profesor fundador de la Facultad de Filosofía de Guadalajara y de la Universidad Autónoma Metropolitana unidad Iztapalapa haciéndose cargo de la dirección de la División de Ciencias Sociales y Humanidades. En 1978 ingresa a El Colegio Nacional y en 1986 recibe el Premio Nacional de Ciencias Sociales, Historia y Filosofía.
La Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo le otorgó el Doctorado Honoris Causa en el 2002, y en el 2004 se lo otorga la Universidad Autónoma Metropolitana. Finalizando el año de 2007 es nombrado Miembro Honorario de la Academia Mexicana de la Lengua.
Respecto a su obra filosófica, el Centro de Estudios de Filosofía Mexicana la reseña: “La obra de Villoro no es posible clasificarla en una sola línea de investigación, pues su producción filosófica se desarrolló en varias vertientes a lo largo de su vida intelectual, por ejemplo: el campo de la historia de las ideas y de la filosofía de la cultura, la filosofía de la historia, la filosofía política, la teoría del conocimiento, la analítica, la ética, entre otras”.
Luis Villoro Toranzo, que se nutrió de la vida mexicana en el altiplano potosino es considerado uno de los más destacados representantes de la filosofía mexicana, siendo su obra una parte indispensable de la filosofía. Villoro murió en la Ciudad de México el 5 de marzo del 2014.
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