octubre 16, 2026

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#4 Tiempos

La generación impotente | Columna de Juan Jesús Priego

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Desde hace mucho quería escribir este artículo; prácticamente, desde que leí una triste novela de Dan Frank titulada La separación [existen dos versiones castellanas: México, Joaquín Mortiz, 1997; Barcelona, Circe, 1999].

La historia contada allí no podía ser más sencilla, ni tampoco más trágica: un día, una joven mujer, madre de dos hijos, confiesa a su esposo estar perdidamente enamorada de otro hombre. Se lo dice así, tranquilamente, como quien confiesa a su dentista haber sentido ayer por la noche un fuerte dolor de muelas. «¿Es que estás loca?» –le pregunta él. Y ella: «Tienes razón. Estoy loca.
Estoy locamente enamorada de ese hombre».

Por la madrugada, él y ella lloran: «Ella llora la ausencia del otro, mientras que él llora la ausencia de ella». El marido siente que el mundo vuela en pedazos, que la tierra se hunde, que pierde pie. Tal vez si volvieran a hacer el amor podría reconquistarla, piensa él. Pero ella ya no quiere hacer el amor: no le quiere ser infiel al otro.

Para consolarlo, la esposa le jura que, hasta el momento, aún no ha pasado nada entre ella y el otro, y que, por lo tanto, no debe deprimirse y menos aún espantarse; además, se hallaba sólo enamorada: ¿para qué hacer un drama de algo tan banal, tan insignificante? «No estés triste. Todavía estoy aquí». ¡Como si este todavía pudiera servir de algo!

«¿Debo separarme?», se pregunta él. ¡Así que está enamorada de otro! Pero el enamoramiento pasa pronto; la pasión se extingue como el fuego de un cerillo. Pasará, sí, ¿pero cuándo? Más que en ella, piensa en los niños; mejor aún, piensa en los niños y en ella. ¿Qué va a ser de los críos?

Él comienza entonces a consumir ansiolíticos, a beber más de lo debido y a abrigar pensamientos suicidas; ella, entre tanto, se observa a sí misma en el espejo con una frecuencia inusual; se arregla como no se arregló antes, sale de casa y no regresa hasta bien entrada la noche, si no es que hasta el amanecer. ¿Cómo vivir así, cómo soportar este infierno?

No hay más remedio que la separación. Pero, antes, el esposo decide jugarse la última carta: buscar a sus amigos comunes y pedirles que aboguen por él, por los niños. Les suplica que hablen con ella, que la hagan recapacitar. Mas pronto tuvo que rendirse a la evidencia: estos seres nada podían porque en el fondo justificaban el comportamiento de ella. «Los amigos entienden, pero no pertenecen a una generación que considere sagrada la familia. Cada quien es libre de marcharse o quedarse. La familia es un ensamble que bien pudiera ser temporal… Para ellos, engañar o ser engañados no quiere decir nada. Esas palabras carecen de sentido. No las entienden. El hecho de acostarse con alguien, dicen ellos, no implica engañar al otro».

El esposo esperaba de aquellos amigos un poco de horror, una pizca de indignación, pero no obtiene de ellos más que este simple consejo: «Procura tomar tu Lexomil, pero sin exagerar la dosis. Póntelo debajo de la lengua. Toma dos por las noches. Nunca lo tomes al despertar. Tómate el último con un whisky sin hielo». Esto todo lo que pueden hacer por él: recomendarle un medicamento e indicarle la manera de tomarlo. Ellos no quieren juzgar, se niegan a aconsejar. ¡Eso excedería, piensan, los límites de la amistad! Un amigo no debe entrometerse, ni fisgonear, ni, por supuesto, impartir lecciones de moral. ¡No, ellos no pueden hacer eso!

¿Cómo no reconocer que pertenecemos a una generación impotente? Impotente porque ha perdido la brújula, la orientación. Pues si no hay moral y todo es de acuerdo al color con que se mira; si no hay normas que indiquen acerca de lo bueno y de lo malo, entonces ¿qué podemos hacer más que lanzarnos sobre los ansiolíticos y mantenernos a base de antidepresivos?

Lo mismo que a este esposo desesperado le pasó a aquel joven que fue un día a consultar al filósofo Jean Paul Sartre (1905-1980). La situación en que se encontraba era ésta: su padre había huido de casa, y su único hermano acababa de morir en la ofensiva alemana, durante la segunda guerra mundial; ¿qué debía hacer: quedarse con su madre haciéndole compañía o partir a vengar a su hermano uniéndose a las fuerzas francesas libres? El filósofo lo escucha, pero como él no cree en la existencia de unos valores objetivos y eternos, lo aconseja del siguiente modo: «¿Quién puede elegir por usted? Nadie. Usted es libre, elija, invente. Ninguna moral puede indicarle lo que debe hacer: no hay signos en el mundo». Y deja ir al muchacho tal y como había venido, es decir, desorientado.

Pero, ¿es que nadie podía decirle a este pobre muchacho lo que era bueno, lo que prudente, lo que era mejor? Y, por lo demás, ¿no lo había dejado demasiado solo el señor Sartre con el pretexto de que el joven no sólo era libre, sino libre soberanamente? ¡Qué fácil! Usted es libre, así que váyase y déjeme en paz. Elija lo que quiera, que si lo que elige es consecuencia de una sopesada decisión personal, el suyo será siempre un acto de buena fe, etcétera.

¡A veces me da la impresión de que predicamos una libertad así –ilimitada, soberana- para no tener que cargar con el peso del otro! Pero, bueno, se trata solamente de una sospecha.

Reconozcámoslo: si no existe eso que llamamos ética; si no hay en el cielo esos signos de que hablaba Sartre en El existencialismo es un humanismo; si no existen valores objetivos y universales que obliguen a todos, entonces estamos solos, perdidos como barcos en la noche.

Al mismo tiempo que los discursos acerca de las libertades se multiplican por todas partes, las farmacias se llenan de píldoras para los nervios. ¿Serán éstos los únicos remedios que nos quedan para curar nuestra impotencia y nuestra soledad: esa agorafobia que se ha apoderado de nosotros una vez que hemos dejado a nuestras espaldas esa casa ordenada y espaciosa que es la ética? ¿Será que como nada podemos pedir ya al otro –a los otros, pues éstos son libres y soberanos- lo único que nos queda es la pastilla para soportar tanto dolor? Tal vez sí.

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El Cronopio

María Luisa Toranzo, pionera del cuento mexicano | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

Por: J.R. Martínez/Dr. Flash

En la antología de Liliana Pedroza sobre el cuento mexicano, A Golpe de Linternas, que en su tomo I dedica a las pioneras, se encuentra entre las antologadas la potosina María Luisa Toranzo, que dedicó parte de su vida a la escritura y que fuera figura cultural mexicana. Madre y abuela del filósofo Luis Villoro y el escritor Juan Villoro, respectivamente.

Parte de su obra literaria se recoge en libros como: Azahares, espinas y rosas; Meditaciones, Suegras; Esbozos; Tres Chiquillas; Cuadros de una exposición; Páginas viejas; Charlas con mi hija; Átomos tontos, entre otros. Libros que reflejan su formación en el campo potosino y la época que le tocó vivir, donde impera el existencialismo y la fenomenología, campos que experimentaría posteriormente su hijo Luis Villoro. En su libro de ensayos: Esbozos, que lleva como ensayo central: El dominio de sí mismo, Sophrosyne vs la Hybris, “el dominio de sí mismo” no es una negación de la vida o de los impulsos, sino la condición necesaria para la auténtica libertad. Sin el gobierno de uno mismo, el ser humano queda a merced de fuerzas externas o de impulsos ciegos, perdiendo su autonomía.

María Luisa Toranzo Jordana nació en San Luis Potosí el 13 de marzo de 1890, perteneciente a familia de hacendados, vivió su infancia en la Hacienda de Cerro Prieto en el altiplano potosino, rumbo a Zacatecas, fue hija natural y creció entre libros, estudiando idiomas y cultivando la música tocando el arpa y la mandolina. El movimiento revolucionario le llevó en la adolescencia a radicar en la Ciudad de México, donde la vida placentera se trastocaba y la famosa banda del automóvil gris hacía de las suyas, y que quedó registrada en una de las primeras películas realizadas en México, llamada justo La banda del automóvil gris de 1919 de Enrique Rosas, filmada en los lugares donde pertrecharan sus ataques. En la película aparece la casa Toranzo donde vivió María Luisa en México y donde aparece en escena acechada en el asalto a su casa por tan peculiar banda.

Los acechos no pararon para María Luisa y fue pretendida por un general revolucionario del que logró escapar partiendo a España e instalándose en Barcelona donde se casaría con el médico barcelonés Miguel Villoro Villoro, procreando a tres hijos, entre ellos al filósofo Luis Villoro. Quedaría viuda y al iniciar la guerra civil española regresa a México huyendo de nuevo de la violencia. Se instala por un tiempo en la Hacienda de Cerro Prieto y parte a la Ciudad de México para que sus hijos continuaran sus estudios de formación.

Su familia potosina de abolengo le propició una considerable fortuna que le permitió ir a Barcelona, su abuela paterna Genoveva Peña Santacruz que casó en segundas nupcias con Casimiro Toranzo Ortiz, había sido esposa de Pantaleón Ipiña Eguía, siendo madre de José Encarnación Ipiña Peña.

Su pensamiento que de cierta forma influyera en su hijo Luis Villoro lo destaca en su libro Esbozos: “El dominio de sí mismo sobre la soberbia debe de consistir, no sólo en dominarse ‘delante de la gente’ y en vuestras ‘relaciones sociales’ para que los demás ‘vean’ que sois humildes o sencillos, sino que este dominio sobre vosotros mismos y sobre vuestra soberbia debe ser de tal modo profundo, que no sea un dominio efímero, originado únicamente por el bien parecer; tampoco debe ser un dominio de autosugestión, que sin serlo, os haga creer que ya sois humildes; sino que este dominio de vosotros mismos sobre la soberbia, debe ser una especie de ‘cura’ si queréis lenta y suave, pero sí honda, minuciosa y profunda. El dominio de vosotros mismos debe ser como un cauterio que tienda a curar, aunque sea quemando; a cauterizar, aunque sea con dolor, la llaga de vuestra soberbia, el cáncer de vuestro orgullo”

María Luisa Toranzo fue una mujer de una cultura vasta que participó activamente en la vida intelectual mexicana, aportando una sensibilidad ética que complementaba el rigor lógico de la época. Su enfoque en el “dominio de sí” suele leerse como un puente entre la virtud antigua, la psicología moderna y la abierta espiritualidad. Su nieto Juan Villoro la describe como una mujer que intentaba descifrar los secretos de la convivencia humana.

María Luisa Toranzo Jordana murió en la Ciudad de México a los 78 años de edad, el 2 de abril de 1968.

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Acento Ajeno

Maestría en derechos humanos y la incómoda pregunta | Columna de Haniel Valdés

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Por: Haniel Valdés

La comunidad cubana en el exilio, en Estados Unidos y en México, ha escrito en estos días cartas y mensajes dirigidos a la Universidad Autónoma de San Luis Potosí (UASLP). Cuestionan que Gabriela Fernández Álvarez, presentadora del programa oficialista “Con Filo”, haya sido admitida en la Maestría en Derechos Humanos de la UASLP y que hoy esté cursándola en esta ciudad.

Los hechos conocidos son pocos. Su nombre aparece en la lista de la generación 2026-2028. Está en San Luis Potosí. En 2025, durante una gira por España, sostuvo que en Cuba no hay presos políticos. Todo lo demás es una discusión de fondo, y es más incómoda de lo que parece.

“Con Filo” nació en 2021, tras las protestas del 11 de julio, como respuesta de la televisión estatal cubana. Sus defensores dicen que desmiente falsedades. Sus críticos, que en algún punto dejó de desmentir y empezó a ridiculizar a la oposición, dentro y fuera de la isla, y a señalar como “vendepatrias” a quien se fue. Muchos exiliados lo viven como algo personal, porque vieron su rostro en pantalla como blanco de burla por opinar distinto. Esa es la versión de ellos, y es la que han hecho llegar a la UASLP.

Hay una ironía que ellos señalan y que no puedo dejar pasar. Quien llamó traidor al que salió de Cuba pudo salir, viajar y dar charlas en Europa. Pocos cubanos tienen ese privilegio.

La pregunta para México

Aquí es donde el caso deja de ser solo cubano. La universidad pública mexicana, ¿puede negar un lugar por lo que una persona ha dicho en público? Mi respuesta es que no debería. Una maestría en derechos humanos que excluya por opinión traicionaría la materia que enseña. La libertad de expresión protege también a quien piensa lo contrario de lo que a uno le gustaría.

Pero esa respuesta no cierra el tema. Un posgrado no es una tribuna. El objetivo del programa es formar profesionistas críticos y comprometidos con la solución de problemas de derechos humanos, en lo local, en lo nacional y en lo internacional. Y de eso sí podemos preguntar, porque no es lo mismo defender el derecho de alguien a estudiar que ignorar lo que esa persona dijo en pantalla durante años.

Y en México la materia no es teórica. Este es un país con miles de personas desaparecidas, periodistas asesinados y presos que esperan sentencia durante años. Un aula de derechos humanos en San Luis Potosí no es un espacio neutro. Se habla de casos reales, con familias reales.

Lo que corresponde

A la UASLP le corresponde explicar cómo se evalúa a quien aspira a este posgrado y qué responde a las cartas que recibió. Hasta ahora no hay una postura pública de la universidad, y el silencio solo alimenta la sospecha. También corresponde buscar la versión de la estudiante, que no ha respondido a los señalamientos. A ella le corresponde algo más difícil: sentarse en una clase donde se discute lo que defendió negar y escuchar.

Defiendo que se quede. Si la maestría sirve para algo, es para que esas ideas se confronten con argumentos, casos y compañeros que vivieron lo que ella calificó de mentira. Pero defender su derecho a estar no me obliga a fingir que la pregunta no existe.

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El Cronopio

El influyente divulgador de la ciencia, Luis González de Alba | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

 

Uno de los importantes divulgadores científicos de México fue el charquense Luis González de Alba, que emergió como un personaje famoso por su participación en el Comité Nacional de Huelga en el movimiento estudiantil de 1968; compromiso que asumió justo al egresar de la carrera de psicología en la UNAM. Fue aprehendido y recluido en la cárcel de Lecumberri donde inicia su labor literaria al escribir la novela Los Días y los Años. Lo narrado en esta novela fue usado por Elena Poniatowska lo que derivó en un conflicto entre González de Alba y la Poniatowska lo que la llevó a corregir lo dicho en su libro de La Noche de Tlatelolco.

Este lamentable episodio en la historia del México moderno, en el cual tuvo un protagonismo Luis González de Alba, marcó su derrotero profesional, participando en el periodismo y la política, siendo colaborador de los medios de comunicación: Grupo Milenio, Excélsior, Punto, Punto de Partida, Revista de Revistas, Siempre, Unomásuno y Nexos. Participó en la creación del diario La Jornada, de donde sería expulsado en 1997 tras la polémica con Elena Poniatowska.

En La Jornada, iniciaría su aventura como escritor científico en la columna “La Ciencia en la Calle” que atendió durante una década. Continuó su labor como divulgador de la ciencia en una nueva columna en Milenio Diario, que llamó “Se descubrió que…” donde escribía sobre ciencia y temas nacionales. Estas columnas marcan un momento especial en la historia de la divulgación de la ciencia en México, pues entrelazan los temas científicos, que era una de sus pasiones, con los históricos y sociales lo que enriquece el contenido tratado de manera clara y amena.

Esta labor lo llevó a escribir, además de novelas, poesía, ensayos y cuentos, libros de divulgación de la ciencia como La Ciencia, La Calle y Otras Mentiras; El Burro de Sancho y El Gato de Schrödinger: un paseo al trote por cien años de física cuántica y su inesperada relación con la conciencia, donde muestra la relación entre física y sociedad a través de la historia, libros publicados en 1989 y 2001, respectivamente.

Escribió además los libros de divulgación científica: Bases biológicas de la bisexualidad, (1985); La orientación sexual: reflexiones sobre la bisexualidad originaria y la homosexualidad, (2003); Niño o niña. Las diferencias sexuales, (2006), donde refleja y explica las bases científicas sobre la homosexualidad, manifestando su labor como activista gay

. Publica además los libros: Maravillas y misterios de la física cuántica: un paseo por la física del siglo XX y su inesperada relación con la conciencia, (2010) y Teoría de los grafos en las ciencias sociales, (1984).

Luis González de Alba nació en Charcas, San Luis Potosí, el 6 de marzo de 1944, donde realizó sus primeros estudios. Del pueblo minero, su familia se traslada a Guadalajara y González de Alba va luego a la Ciudad de México a continuar sus estudios profesionales de psicología en la Universidad Nacional Autónoma de México.

Entre sus actividades destacan la política, el activismo, la literatura y de manera especial su labor como divulgador científico pues se convirtió en uno de los divulgadores más influyentes e importantes del país, sumándose a la lista de divulgadores potosinos que forman parte de lo que llamo la tradición mexicana en divulgación de la ciencia donde se privilegia el compromiso social de la ciencia y su enfoque cultural. Fue un apasionado de los temas de física moderna y del cerebro humano, relación que marca una nueva etapa de estudio para entender la conciencia y la función del hombre en el universo con el desarrollo de la mente.

Luis González de Alba se suicidó el 2 de octubre de 2016, fecha de la conmemoración del 48 aniversario de la masacre de Tlatelolco.

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