enero 19, 2022

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#Si Sostenido

Karma, bitch! | Columna de Daniel Tristán

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LaguNotas mentales

 

Tan añeja es la lucha entre el bien y el mal como la humanidad misma. Desde la aparición del hombre en la tierra este se ha visto inmerso en el eterno forcejeo entre la bondad y el dark side. Representaciones de esto sobran: Caín y Abel, el cielo e infierno de Dante en su Divina Comedia, el día y la noche, etc.

Tal lucha entre polos opuestos incluso se ha llegado a caricaturizar a tal grado que es común verla representada en un montón de sketches de la Warner Brothers (la imagen de Bugs Bunny con un diablito y un angelito sobre sus hombros es sin duda parte de la cultura pop mundial), en películas de antaño como Santa Claus v.s. El Diablo (dirigida por René Cardona en 1959) y en prácticamente todo lo que Hollywood produce.

Con la guerra entre luz y oscuridad surge el dilema eterno: ¿Se puede ser totalmente bueno o malo? Resulta complicado pensar que se puede ser todo el tiempo policía o ladrón, angel o demonio, lobo o cordero. Parte de nuestra configuración como seres humanos es la dualidad, la lucha entre bien y mal no solamente se da de manera externa, sino que en nuestro interior también hay una lucha constante que definirá la tendencia negativa o positiva de nuestras acciones.

En resumen, podemos afirmar simplemente que a veces somos buenos y a veces somos malos. Es aquí donde entra en escena el viejo asunto del Karma y el Dharma. Sin pretender entrar en honduras filosóficas ni religiosas, el asunto se concentra en la siguiente premisa: Si obras bien te va a ir bien, si obras mal se te pudre el tamal. Así de simple.

Hasta el momento pareciera muy sencillo entender las reglas del juego sin mayor complicación. Sé bueno y te vas al cielo, si eres malo arderás en el infierno. Siembra bondad y cosecharás bondad. Desgraciadamente no es así fácil. La situación se pone densa y enmarañada cuando ni el karma ni el dharma parecieran funcionar adecuadamente. Seguramente tal error en la matrix sucede una y otra vez en todos y cada uno de los rincones del planeta, pero pareciera que nuestro país fuera el caldo de cultivo para que esta anomalía se diera de manera incontenible. Seguramente la vida resultaría mucho más sencilla en nuestra sociedad si a los buenos el dharma les duplicara sus acciones y a los malos los hundiera el karma.

Prueba irrefutable de que en México este sistema, al igual que muchos otros, no funciona es la impunidad. Estadísticas aseguran que en nuestro país, de los delitos cometidos, solamente el 1 por ciento es castigado. Esto les da licencia a los chicos malos de delinquir y actuar de la peor manera posible y salir bien librado del karma (y de la ley, claro está). Esto sucede a todos los niveles, desde los ladrones “de a pie” hasta los ratones de saco y corbata que han saqueado al país y jamás ven vulnerado su final feliz. Inmunidad al karma.

Por el lado contrario hay un sector de la población lleno de bondades que nada más no ve llegar la suya. El pueblo de valores, trabajador, noble, honesto y dispuesto a aportar su granito de arena para que que este país marche mejor. Esos infortunados guerreros que pelean todas las batallas sabiendo que las perderán invariablemente. 

¿Por qué el dharma no funciona con el pueblo mexicano? ¿Qué explicación le podemos encontrar a la maldición opresora que tiene en la desgracia a nuestro pueblo?

Todos los días los medios de comunicación están llenos de víctimas dobles. Ejemplos sobran: balas perdidas que deciden aterrizar en la cabeza de un niño de 10 años que ni la debía ni la temía. Víctima de la imprudencia de un desgraciado que decidió disparar al aire y víctima también de un karma chafa que decidió caerle a él sin tener por qué. Los indígenas condenados a purgar condenas eternas en los penales de nuestro país sin tener capacidad de defenderse por el simple hecho de hablar una lengua distinta. Los campesinos que trabajan la tierra pero jamás ven las ganancias pues se las llevan los peces gordos. Los ciudadanos responsables que pagan sus impuestos pero tienen que circular en las mismas calles infestadas de baches que los que jamás han cumplido con sus obligaciones ciudadanas.

Infinidad de karmas que deciden caer sobre los buenos sin explicación alguna y no hacen más que dejar menos claro el por qué en México siempre le va bien a  los malos. La única seguridad que tenemos es que nunca va a caerle la karma police a Salinas, Duarte, los cárteles de la droga, los que secuestran, violan, matan y secuestran. Si, aquí puede usted decidir unirse a las filas del dark side teniendo la total certeza de que nada va a sucederle, pues aquí las leyes del karma no funcionan. 

 

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Playa | Un texto de Eduardo L. Marceleño

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Merecíamos viajar de otra forma, estar juntos y no lejos. Mientras dure esta locura quiero estar contigo.

Hay personas que piensan que volar es un asunto muy sencillo, yo pienso que es un asunto extraordinario. En mi casa, volar era un asunto serio.

Caminábamos por la carretera en el desierto de Sonora, a un costado del Mar de Cortez. Para mí el calor nunca ha sido problema, por el contrario, suelo celebrarlo.

Mientras se hacía de tarde y los niños jugaban futbol en la playa paramos en un puesto que vendía pescado frito. Nos comimos nuestros buenos ejemplares y de a poco la celebración del sol mostraba sus efectos. Puse la mirada en las burbujas que deja la cerveza sobre los bordes del vaso, estas reventaban según me perdía en una suerte de hipnosis provocada por el golpe de calor.

La señora del puesto de pescados llamó a los niños a cenar. Dejaron la pelota para jugar con nosotros. Tiraban de mi ropa y se correteaban alrededor de nuestra mesa. Gritaban y se divertían con la presencia de unos extraños, acorralando el momento de que llegara la cena servida.

Luego se hizo de noche y yo ya me había bebido unos ocho o diez vasos de cerveza. Me levanté al baño, es decir, a la playa. T una vez me dijo en Mazatlán que uno tiene permitido mearse dentro del mar. La diferencia con Guaymas, Sonora, es que para mearse dentro del mar hay que espabilarse y soportar las frías aguas del angosto y silencioso Golfo de California, a diferencia de Mazatlán donde la fuerza del Pacífico Norte genera un buen oleaje y una temperatura deliciosamente templada, factores que, por otro lado, ayudan a disimular frente a la demás gente el calor de los meados esparcidos en el agua.

No quería que los niños me vieran orinar, ni mucho menos faltar al honor de la familia que tan bien nos había recibido en su puesto de pescados, pero tampoco estaba dispuesto a mojarme. Así que caminé sobre la playa hasta alejarme lo suficiente y perderme de la vista del puesto.

Al volver, todos los puestos de comida se habían cubierto de un velo oscuro. Cada que se me hace de noche en la playa me siento en la obligación de recordar a T aunque yo ya no lo quiera, y a sentir algo que ya no siento. El rumor de su voz crece en el silencio, como gotas de agua que escurren de una llave rota en medio de la noche, pequeños golpes casi inaudibles que en conjunto se vuelven un prolongado fastidio.

Es como si gracias a ella hubiera conocido el mar, y no a esa ocasión cuando a los 8 años fui a pescar con mis tíos a Nayarit. Todas mis memorias acerca del mar se remiten a mi único encuentro con T.

Si todo esto se tratara de un libro único, no dejaría de escribir interrogantes existenciales en torno al mar y a la persona que aparece frente a ti para mostrártelo de forma diferente a como lo veías antes.

A menudo chapoteamos tranquilos desde una tierna infancia, dentro de la pequeña piscina de nuestras más afianzadas comodidades. Luego, sin avisar, llega alguien a sacarte del chapoteadero para llevarte a nadar a las heladas aguas del cálculo adulto. Entonces todo se estropea, y no importa una mierda que hayas aprendido a asearte como los osos en medio del verano, o que conozcas el bosque como la palma de tu mano. Ahora todo se trata de saber nadar.

Si volar es extraordinario para unos, nadar es imposible para otros.

Puede que todo este asunto del mar o de ella tenga que ver con el propósito sexual de la gratificación narcisista. El dominio que uno tiene sobre el terreno del otro. Acaso pensarlo responde a un entendimiento más práctico, aunque no por ello menos frío.

Por lo demás, puedo decir que la calle o el monte ha sido lo que me ha salvado antes, y lo que pueda salvarme ahora; y volar me siga pareciendo increíble. Aunque, a qué negar, que nada pueda compararse con la inmensidad del mar. Algunas veces hay que meterse a nadar dentro del oleaje, o a jugar en el gran chapoteadero del mundo, como según se le vea.

Al llegar al puesto escuché poco ruido. Cuchicheando, la familia de los pescados fritos guardaba los utensilios en bolsas de mimbre. Los niños dormían, rendidos en los hombros de un hombre fornido que cuidaba de su sueño, supongo que se trataba del padre.

Agradecí, pagamos y nos fuimos. En el camino, ella me explicaba lo agradable que es volver a casa de noche caminando sobre la playa, después de haber pasado el día celebrado el calor de Sonora.

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Filosofía para qué | Columna de León García Lam

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VOLUTA

 

Ahora que nos encontramos justo en la antesala de los universos virtuales, se podría calcular que las actuales redes sociales son tres cuartas partes hate u odio. La UNICEF ha informado que, en los tiempos de covid-19, la participación en redes sociales se incrementó un 61%, con el consecuente aumento en las agresiones digitales: prácticamente no existe persona que, ante la exposición de imágenes o comentarios no haya sufrido comentarios hirientes por parte de su propio círculo de amistades virtuales y créame que no hay explicaciones para las causas de este fenómeno, personas expertas piensan que simplemente es porque así somos los seres humanos. Yo quiero proponer aquí una hipótesis: El hate se debe a la convergencia de dos tendencias, por un lado, algo que es muy fácil de observar: se ha generado una gran facilidad de opinión (la democratización de las redes) y por otro, algo que es muy difícil de reconocer, la falta de argumentos que casi todos padecemos.

Métase como espectador a una discusión en redes sociales y verá las ganas que dan de decirle a alguno de los participantes lo muy ignorante, estúpido, animal, baboso y bestia infinita que es y de paso a su progenitora que debió ser incapaz de tomar ácido fólico durante el embarazo. Ese es el nivel de cualquier discusión, no importa el tema. Esas discusiones se ganan insultando a desconocidos, profiriendo maldiciones como si se estuviera corriendo chamucos de la casa y yo pienso que se debe a una enorme falta de argumentos.

Ahora bien ¿a qué se debe esa falta de argumentos? ¿de dónde debimos obtenerlos? Yo pienso, estimado y culto público de La Orquesta, que esos argumentos provienen de la filosofía. Desde hace décadas, la tendencia educativa ha sido marginar las materias filosóficas de los planes de estudio como lógica, ética o estética, esos temas fueron erradicados de la currícula de varias carreras y de los estudios de bachillerato, bajo el argumento creciente en popularidad de que estas materias no ofrecen ninguna utilidad práctica.

Así como las matemáticas sirven para que a uno no lo hagan menso con el cambio en la tiendita de la esquina, la filosofía sirve para tener argumentos, o bien para reconocer que no se tienen.

Las discusiones son muy necesarias para la democracia, porque generan opinión, construyen puentes de diálogo, señalan convergencias, pero también nos indican flaquezas y errores. Para sacarle jugo a una democracia, se requiere de hartas discusiones sobre todos los temas, pero también se necesita de reglas: no se vale faulear al contrincante, ni tirar el tablero cuando se va perdiendo, ni llevarse el balón como niño emberrinchado, hay reglas para argumentar: es decir entender cuándo se puede generalizar, cuándo se debe particularizar, en qué condiciones se puede comparar, etcétera. Es decir, discutir sin falacias y mucho menos sin meterse con las engendradoras, ni con los defectos personales de las contrapartes. Eso se aprende en las clases de filosofía y por ello, hoy vemos cómo la filosofía es más necesaria que nunca.

Esto se lo comento, estimado y Culto Público de La Orquesta, porque nos rodean escenarios muy extraños, por ejemplo, mientras que en las cámaras de diputados y senadores la política nacional se revuelca en un lodazal de insultos, la Universidad Autónoma de San Luis Potosí planea suspender la oferta educativa 2022 de algunas carreras (se sospecha que Filosofía está entre ellas) por falta de interés de los estudiantes.

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El primer ser que pudo volar

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Después de casi un año, hemos interceptado una nueva carta de Eugen Blitz Zepief. Domie Vorti C. :

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Opinión