octubre 28, 2026

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#4 Tiempos

El punto de equilibrio del amor | Columna de Juan Jesús Priego

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En tiempos de la segunda guerra mundial el alimento escaseó por toda Europa. Era natural: si los campesinos habían sido movilizados y los campos bombardeados, ¿qué otra cosa podía hacerse sino racionar la comida y hacer que familias enteras se las arreglasen para vivir con menos de 250 gramos diarios de pan? Pues bien, durante aquellos años terribles, en Francia, una heroica madre de familia, al ver que sus dos hijos crecían anémicos y sin padre (pues, como Mambrú, se había ido a la guerra), tomó una firme determinación: en adelante, toda la comida que recibiera del Estado la daría a sus hijos. Toda. Ella no se quedaría con nada. La mujer había escuchado en alguna parte que la única medida del amor es amar sin medida, y quería poner en práctica tan bello pensamiento. Era su vida o la de los niños, y había que elegir. Sin embargo, conforme pasaron los días, el rostro de la mujer fue adquiriendo tonalidades casi cadavéricas. Ya no se alegraba como antes cuando los hijos comían con ansia los pocos mendrugos de pan que repartía todas las mañanas un hombre uniformado. Ya no se alegraba; antes bien, empezó a experimentar un sentimiento nunca antes sentido, y mucho menos hacia sus pequeños: odio, rencor, ganas de matarlos.

-¡Cómo comen! –gemía la mujer-. ¡Cómo se atragantan! ¡Y lo hacen sin apenas verme, no sea que les vaya a pedir algo! ¿Por qué no me ofrecen aunque sea un poquito? ¡Yo también necesito comer, yo también me puedo morir de hambre! ¿Por qué no me dan siquiera lo que les sobra?

Sí, quería torcerles el pescuezo cuando los veía atragantarse, aunque se reprimía, conformándose con restregarse salvajemente las manos. El suyo era ya un odio demencial, casi diabólico, y si una vecina no hubiera corrido a impedirlo, la madre hubiera acabado ahorcándolos, pues ya se disponía a hacerlo valiéndose de una cuerda…

¿Qué era lo que había pasado con este amor grande y sacrificado? ¿Cómo y por qué un amor así había acabado convirtiéndose en el odio más feroz? Si Carlos G. Vallés hubiera conocido esta historia, seguramente la habría contado en Te quiero, te odio, libro en el que explica que en todo amor, por grande que sea, se agazapan inadvertidas pequeñas dosis de odio. Los sentimientos humanos no son nunca puros –dice el jesuita español-, y allí donde hay odio puede haber también un amor muy bien agazapado, así como es posible que existan resentimientos ocultos allí donde pareciera que no hay más que vida, dulzura y esperanza nuestra. «La mamá quiere con toda el alma a su hijo –escribe-: no hay amor más bello, más puro y sacrificado en esta tierra. Pero un hijo le hace perder la libertad, la juventud: la ata; ella quisiera irse de vacaciones, y no puede; quisiera ir a algún sitio, pero tiene que atenderlo a él… Junto con ese amor inenarrable de cuerpo y alma que siente por esa criatura que ha llevado nueve meses en su seno, siente también resentimiento».

El amor es entrega absoluta, pero también retiene absolutamente; da, pero también quita; acaricia, pero también lastima; y es precisamente  en ese retener, quitar y lastimar que se introduce el odio, aunque sólo sea en pequeñísimas dosis. Al amigo se le quiere -¡cómo no va a querérsele!-, pero se le odia cuando no llama a las 7.56, como prometió hacerlo

; cuando se permite un chiste de mal gusto a nuestra costa; cuando se olvida de nosotros por andar a la caza de nuevas amistades; cuando se entremete demasiado en nuestra vida, o bien cuando se entromete demasiado poco. Te quiero, te odio. He aquí la química de los sentimientos humanos. Tal es el motivo por el que Carlos G. Vallés confiesa no despertar a sus amigos ni aun cuando se lo pidan de rodillas
: «Yo no despierto a nadie –confiesa serenamete- porque me odian después por despertarlos; aunque me lo agradezcan, el cuerpo está rabioso. Les digo que para eso están los despertadores; que la maquinita cargue con su odio, no yo».

Bien, esta sería la respuesta del padre González Vallés a la pregunta por el odio de aquella madre famélica, aunque un médico quizá pensaría de otra manera. Un médico diría tal vez (como el doctor Paul Chauchard, que es quien cuenta la historia en uno de sus libros) que la respuesta habría que buscarla más bien en la falta de una cierta vitamina necesaria para el organismo.  Sea como sea, una cosa es cierta: el hombre, por más que ame, no puede dejarse morir así como así. Hay que pensar también en uno, aunque sólo sea en breves periodos, aunque sólo sea de manera esporádica. Darlo todo, todo, sin dejar nada para sí, puede ser un bello gesto de generosidad, pero que a la larga corre el riesgo de convertirse en odio, en ganas de torcerle el pescuezo a la misma persona que se ama.

El Papa Benedicto XVI lo dijo con claridad: el que da, también quiere recibir, y si no recibe nunca, se cansa y se va; he aquí cómo lo dijo exactamente en esa encíclica bellísima titulada Deus caritas est: «El hombre no puede vivir exclusivamente del amor oblativo, descendente. No puede dar únicamente y siempre: también desea recibir. Quien quiere dar amor, debe a su vez recibirlo como don» (n. 7).

Hay que amar a los otros como a uno mismo, dice la Escritura santa, pero no más que a uno mismo, ni tampoco menos. Pues si la balanza se inclina hacia acá, el amor deja de existir y se convierte en egoísmo; pero si se carga sólo hacia allá –sólo hacia los otros, como pasó con aquella madre buena pero ingenua- el amor también deja de existir y se convierte en odio.

Sí, el gesto de aquella madre nos parece abnegado y generoso, pero el tiempo reveló que era imprudente. ¿En dónde está el punto de equilibrio del amor? En hacerle caso a Dios y aceptar que tal equilibrio está justamente aquí: en que no debemos pensar sólo en nosotros mismos, pero que tampoco podemos olvidarnos por completo. ¡Todo hubiera acabado bien si la madre, bajando la cabeza, se hubiera sentado a la mesa con sus hijos compartiendo lo poco que tenían! Después de todo, también ella tenía ese modesto derecho. ¿O me equivoco?

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El Cronopio

Carlos Villatoro, el actor de corazón potosino | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

Los inicios del cine mexicano están marcados por la participación de actores y actrices de San Luis Potosí; algunos personajes han sido tratados en esta columna. Desde la época del cine mudo hasta los albores del cine sonoro en México, aparecen estas contribuciones potosinas que se extienden a lo largo de toda la historia del cine mexicano.

Entre los personajes que inician su actividad actoral en el cine mudo se encuentra Carlos Villatoro, que si bien se registra su lugar de nacimiento en Comitán, Chiapas, en 1903, siempre subrayó su sello de potosino en virtud que sus hermanos mayores habían nacido en San Luis Potosí y su familia radicaba en la ciudad potosina al finalizar el siglo XIX.

Carlos Villatoro, actor del cine mudo y sonoro mexicano

Uno de dichos hermanos era Héctor Villatoro que a principios de la década de los veinte se encontraba como cónsul en Canadá, y con quien fue enviado Carlos Villatoro por su padre. Este periplo marcaría su primera relación con el mundo del cine, pues al quedar varado en Nueva York por una huelga que imposibilitó su viaje a Canadá, conoció a quienes iniciarían la dirección de películas en México, Gabriel García Moreno y Manuel Ojeda, en ese momento se acercaba a la actividad actoral en Nueva York. Como consecuencia, en 1925 García Moreno le propuso el papel estelar de la película El Buitre, y una serie de películas que se filmaron en Orizaba, Veracruz, de 1925 a 1927, entre ellas el Puño de Hierro de 1927 que se considera la primera película que trata el mundo de las drogas.

Como pionero del cine mudo mexicano Carlos Villatoro se convierte en uno de los mejores actores del cine mudo mexicano y de los primeros años del cine sonoro, al protagonizar películas sonoras desde 1934, entre ellas la película de Juan Bustillo Oro, Dos Monjes, donde participa también la actriz potosina Emma Roldán, en el papel de Gertrudis la madre de Javier, protagonizado por Carlos Villatoro; en esa película participa también en realización de Dos Monjes, el matehualense Juan José Ortega García, de quien trataremos en futuras entregas de esta columna.

Carlos Villatoro conoce a Juan Bustillo Oro cuando estudiaban en la Escuela Nacional Preparatoria, lo que fue otro encuentro que le marcaría su destino a la actuación en cine, donde también se formaría como guionista y director, dirigiendo a principios de los cuarenta los cortometrajes: Viaje a Jalapa, Canciones y Danzas Mexicanas, Compositores Mexicanos y Juan Diego. Escribió el argumento de la famosa y exitosa película Quinto Patio, dirigida por Rafael Sevilla en 1950.

Después de su participación en el cine mudo en México donde actuó en cinco películas en la década de los veinte, inicia su participación en el cine sonoro en 1934 en la película Águilas de América dirigida por Manuel Ojeda, participando en alrededor de veinte películas en el lapso de diez años, terminando su actuación en 1943 en la película La Mujer sin Alma de Fernando de Fuentes en 1943, al lado de María Félix.

A partir de 1944 se desempeña como anotador y asistente de director hasta 1963, año de su muerte. En esta actividad trabaja en numerosas producciones norteamericanas filmadas en México, teniendo apariciones incidentales.

También tuvo participación en la radio en México, siendo locutor en varias estaciones desde 1929. En la XEW tuvo el programa en 1951 “El rincón bohemio de Carlos Villatoro”.

Carlos Villatoro Escobedo el actor pionero del cine mexicano y baluarte en su desarrollo, quien se consideró un potosino de corazón, es uno de los fervientes hacedores del cine en México, quien consideraba que “la vida no era de película, pero hacer cine era su vida”.

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El Cronopio

Leticia Almazán de la Garza, compositora potosina | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

San Luis Potosí ha sido tierra de compositores, donde la música de concierto y las canciones de concierto han sobresalido. Algunos de estos personajes los hemos tratado en esta sección, aunque entre ellos han escaseado las mujeres, en cuanto a composiciones se refiere. Los tiempos cambian al abrirse oportunidades a las damas y, afortunadamente, en este siglo veintiuno podemos contar con algunas compositoras potosinas. Como muestra está el concierto que ofreciera la Orquesta Sinfónica de San Luis Potosí en el mes de marzo pasado donde interpretó, en el marco del Día Internacional de la Mujer, composiciones de autoras potosinas. Entre las compositoras potosinas programadas en el concierto se encontraba Leticia Almazán de la Garza.

Leticia Almazán, al menos fue mencionada en esta columna cuando tratamos el caso de la pianista potosina Malkhut Zavala, quien tiene entre su repertorio obras de Leticia Almazán, quien actualmente es encargada de las Escuelas de Iniciación Artística Asociadas que están asociadas al Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, que a pesar del esfuerzo de sus integrantes ha sido difícil su continuación, como suele suceder con el cambio de administraciones. Leticia Almazán se desempeña como Directora Académica del CEART San Luis.

Entre sus composiciones se encuentra La Noche, obra basada en los poemas de Manuel José Othón, obra con la que obtuvo el premio 20 de noviembre “Julián Carrillo”; la obra se estrenó en 2006, y ha sido poco interpretada, hasta que se armó el concierto de marzo.

A cien años de la muerte de Othón se compone esta obra musical, que da concreción a la obra inconclusa que contemplaran Othón y Carrillo, su conjunción lírica que habían titulado Tetralogía. Una pieza para celebrar el centenario de la Independencia de México que estaría dividida en cuatro partes: Descubrimiento de América, Conquista, Virreinato e Independencia. Así sería una obra que recorrería la historia hispana de México y la construcción de un nuevo país. La muerte sorprendió al poeta y la obra quedó en suspenso; colaboración entre dos grandes figuras potosinas del arte, cuestión ya tratada en muy anterior entrega de esta sección de El Cronopio.

Ahora Leticia Almazán, se basa en la poesía de Othón para crear su obra musical La Noche. Una forma de apreciar el nuevo arte musical potosino de la mano de Leticia Almazán y la poesía del máximo poeta potosino. Por desgracia, es música que no se encuentra grabada por lo que dificulta su difusión, de por sí escasa, en aquellas obras de que se disponen grabaciones.

Leticia Almazán surge, así como una de las mujeres que abren camino en el campo de la composición en San Luis Potosí. Su incursión en esta línea de la composición es alentadora, pues puede sumarse a la escasa pero existente lista de compositoras mexicanas que incursionaron en la música clásica, entre ellas, María Grever, Sofía Cancino de Cuevas, Rosa Guraieb, Consuelo Velázquez, Ángela Peralta, María Teresa Prieto, Alicia Urreta, Guadalupe Olmedo, y ahora la joven compositora potosina Galya Cisneros, por citar algunas.

Leticia Almazán se tituló en la Licenciatura en Composición en la Escuela Estatal de Música en el año 2015, y realizó una Maestría en Administración Pública en la Universidad Latinoamericana.

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Acento Ajeno

Ni Moisés dividió tanto el agua | Columna de Haniel Valdés

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Por: Haniel Valdés

Hoy escribo porque cometí un error. Fui de los periodistas que estuvimos en rueda de prensa con el alcalde de la capital, Enrique Galindo Ceballos, al terminar la Junta de Gobierno con Interapas. El miércoles pasado ofreció declaraciones a medios de prensa que sí acudimos a la cita nocturna y compartió los acuerdos tomados en dicha reunión.

Ahí está mi error: al parecer mis notas no fueron lo suficientemente claras. O quizás solo fue que varios medios salieron a llenar huecos que no había.

Lo interesante de ese encuentro es que se aprobó el plan de estímulos fiscales que se llevará al Congreso del Estado para su aprobación de cara a 2027, donde se aclaró además (y se insistió mucho en eso) que la tarifa de cobro del líquido se mantendría igual que en este año.

Al día siguiente muchos medios ya traían la nota de que aumentaría la tarifa y quién sabe cuántos inventos más de colegas que no estuvieron en la conferencia de prensa y que les pareció divertido el imaginar datos e informar a medias.

Pero lo que más me preocupa no es el ruido que generaron esas notas, sino la incoherencia que se vivió en dicha reunión por parte del síndico y el alcalde de Soledad, así como de Pascual Martínez.

Según informa Galindo, entre las decisiones tomadas, está la de revisar si es posible cumplir con la petición que hizo el gobernador de no cobrar el servicio a adultos mayores. Ni los participantes por Soledad, ni el titular de la CEA, votaron a favor de dicha propuesta. ¿No están de acuerdo con la idea de Gallardo? Es que la primera vez que el gobernador habló sobre el tema, fui muy cuidadoso y me fijé claramente que ambos, Pascual

y Navarro, estaban aplaudiendo esa iniciativa.

La CEA ya es habitual que no aporte a esas reuniones, según Galindo, el titular solo ha ido a tres y no votó en esta última, tampoco dio razones ni propuso algo. Sí, el organismo responsable de la política pública del agua en el Estado no tiene nada que aportar sobre el tema.

Según informó el presidente de la junta, Juan Manuel Navarro sí aportó algo, propuso un estímulo fiscal que también quedó dentro de los acuerdos que se enviaron al Congreso. Ahora, cuando tocó votar, Navarro se abstuvo de hacerlo, ¿no está de acuerdo con una idea que él mismo había planteado? ¿o algo lo hizo cambiar de opinión?

Lo cierto es que mientras la diputada Nancy Jeannine García, presidenta de la Comisión del Agua, llama a no politizar, todos lo continúan haciendo, lo hace el aquaman Gámez Macías, lo hace el alcalde capitalino, lo hace el gobernador del estado, lo hace el alcalde de Soledad y la CEA. Mientras hay cuentas sin pagar, tinacos sin llenar, conductoras sin reparar y rezos por hacer para que El Realito no vuelva a fallar.

“Entonces extendió Moisés su mano sobre el mar, y Jehová hizo que el mar se retirase por recio viento oriental toda aquella noche; y volvió el mar en seco, y las aguas quedaron divididas.” (Éxodo 14:21)

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