#4 Tiempos
El punto de equilibrio del amor | Columna de Juan Jesús Priego
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En tiempos de la segunda guerra mundial el alimento escaseó por toda Europa. Era natural: si los campesinos habían sido movilizados y los campos bombardeados, ¿qué otra cosa podía hacerse sino racionar la comida y hacer que familias enteras se las arreglasen para vivir con menos de 250 gramos diarios de pan? Pues bien, durante aquellos años terribles, en Francia, una heroica madre de familia, al ver que sus dos hijos crecían anémicos y sin padre (pues, como Mambrú, se había ido a la guerra), tomó una firme determinación: en adelante, toda la comida que recibiera del Estado la daría a sus hijos. Toda. Ella no se quedaría con nada. La mujer había escuchado en alguna parte que la única medida del amor es amar sin medida, y quería poner en práctica tan bello pensamiento. Era su vida o la de los niños, y había que elegir. Sin embargo, conforme pasaron los días, el rostro de la mujer fue adquiriendo tonalidades casi cadavéricas. Ya no se alegraba como antes cuando los hijos comían con ansia los pocos mendrugos de pan que repartía todas las mañanas un hombre uniformado. Ya no se alegraba; antes bien, empezó a experimentar un sentimiento nunca antes sentido, y mucho menos hacia sus pequeños: odio, rencor, ganas de matarlos.
-¡Cómo comen! –gemía la mujer-. ¡Cómo se atragantan! ¡Y lo hacen sin apenas verme, no sea que les vaya a pedir algo! ¿Por qué no me ofrecen aunque sea un poquito? ¡Yo también necesito comer, yo también me puedo morir de hambre! ¿Por qué no me dan siquiera lo que les sobra?
Sí, quería torcerles el pescuezo cuando los veía atragantarse, aunque se reprimía, conformándose con restregarse salvajemente las manos. El suyo era ya un odio demencial, casi diabólico, y si una vecina no hubiera corrido a impedirlo, la madre hubiera acabado ahorcándolos, pues ya se disponía a hacerlo valiéndose de una cuerda…
¿Qué era lo que había pasado con este amor grande y sacrificado? ¿Cómo y por qué un amor así había acabado convirtiéndose en el odio más feroz? Si Carlos G. Vallés hubiera conocido esta historia, seguramente la habría contado en Te quiero, te odio, libro en el que explica que en todo amor, por grande que sea, se agazapan inadvertidas pequeñas dosis de odio. Los sentimientos humanos no son nunca puros –dice el jesuita español-, y allí donde hay odio puede haber también un amor muy bien agazapado, así como es posible que existan resentimientos ocultos allí donde pareciera que no hay más que vida, dulzura y esperanza nuestra. «La mamá quiere con toda el alma a su hijo –escribe-: no hay amor más bello, más puro y sacrificado en esta tierra. Pero un hijo le hace perder la libertad, la juventud: la ata; ella quisiera irse de vacaciones, y no puede; quisiera ir a algún sitio, pero tiene que atenderlo a él… Junto con ese amor inenarrable de cuerpo y alma que siente por esa criatura que ha llevado nueve meses en su seno, siente también resentimiento».
El amor es entrega absoluta, pero también retiene absolutamente; da, pero también quita; acaricia, pero también lastima; y es precisamente en ese retener, quitar y lastimar que se introduce el odio, aunque sólo sea en pequeñísimas dosis. Al amigo se le quiere -¡cómo no va a querérsele!-, pero se le odia cuando no llama a las 7.56, como prometió hacerlo ; cuando se permite un chiste de mal gusto a nuestra costa; cuando se olvida de nosotros por andar a la caza de nuevas amistades; cuando se entremete demasiado en nuestra vida, o bien cuando se entromete demasiado poco. Te quiero, te odio. He aquí la química de los sentimientos humanos. Tal es el motivo por el que Carlos G. Vallés confiesa no despertar a sus amigos ni aun cuando se lo pidan de rodillas : «Yo no despierto a nadie –confiesa serenamete- porque me odian después por despertarlos; aunque me lo agradezcan, el cuerpo está rabioso. Les digo que para eso están los despertadores; que la maquinita cargue con su odio, no yo».
Bien, esta sería la respuesta del padre González Vallés a la pregunta por el odio de aquella madre famélica, aunque un médico quizá pensaría de otra manera. Un médico diría tal vez (como el doctor Paul Chauchard, que es quien cuenta la historia en uno de sus libros) que la respuesta habría que buscarla más bien en la falta de una cierta vitamina necesaria para el organismo. Sea como sea, una cosa es cierta: el hombre, por más que ame, no puede dejarse morir así como así. Hay que pensar también en uno, aunque sólo sea en breves periodos, aunque sólo sea de manera esporádica. Darlo todo, todo, sin dejar nada para sí, puede ser un bello gesto de generosidad, pero que a la larga corre el riesgo de convertirse en odio, en ganas de torcerle el pescuezo a la misma persona que se ama.
El Papa Benedicto XVI lo dijo con claridad: el que da, también quiere recibir, y si no recibe nunca, se cansa y se va; he aquí cómo lo dijo exactamente en esa encíclica bellísima titulada Deus caritas est: «El hombre no puede vivir exclusivamente del amor oblativo, descendente. No puede dar únicamente y siempre: también desea recibir. Quien quiere dar amor, debe a su vez recibirlo como don» (n. 7).
Hay que amar a los otros como a uno mismo, dice la Escritura santa, pero no más que a uno mismo, ni tampoco menos. Pues si la balanza se inclina hacia acá, el amor deja de existir y se convierte en egoísmo; pero si se carga sólo hacia allá –sólo hacia los otros, como pasó con aquella madre buena pero ingenua- el amor también deja de existir y se convierte en odio.
Sí, el gesto de aquella madre nos parece abnegado y generoso, pero el tiempo reveló que era imprudente. ¿En dónde está el punto de equilibrio del amor? En hacerle caso a Dios y aceptar que tal equilibrio está justamente aquí: en que no debemos pensar sólo en nosotros mismos, pero que tampoco podemos olvidarnos por completo. ¡Todo hubiera acabado bien si la madre, bajando la cabeza, se hubiera sentado a la mesa con sus hijos compartiendo lo poco que tenían! Después de todo, también ella tenía ese modesto derecho. ¿O me equivoco?

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El Cronopio
Juan José Ortega, director cinematográfico matehualense | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash
EL CRONOPIO
En las primeras décadas del siglo XX un buen número de potosinos van a la Ciudad de México a continuar su formación y su desarrollo profesional. La mayoría sobresalen en las actividades que se realizan, como lo muestra la nutrida membresía de la Academia Potosina de Ciencias y Artes formada por potosinos que radican en la Ciudad de México, donde la mayoría ocupan puestos de importancia en la vida cultural mexicana. Entre estos personajes se encuentra el camelense Juan José Ortega García que destacaría en la industria cinematográfica en la época de oro del cine nacional a la que se incorpora en la década de los treinta siendo otro de los potosinos pioneros en el cine mexicano.
Juan José Ortega García nació en Matehuala, San Luis Potosí, el 27 de octubre de 1904, donde inicia su educación primaria la que tuvo que suspender, para proseguirla de manera autodidacta, para contribuir al sostenimiento de su familia. La familia se traslada a San Luis Potosí y continúa su formación autodidacta, entre ellos el oficio de mecanografía, lo que le conduciría a iniciarse en el periodismo en 1925 colaborando en el periódico Acción de San Luis Potosí, del que sería su subdirector en 1928 y, director en 1932 del periódico potosino Vanguardia. Fundó en el Bajío un par de periódicos: el Diario del Centro en Aguascalientes y El Globo en León, Guanajuato. Colaboró como corresponsal en los periódicos Excélsior y El Universal.

Al llegar a la Ciudad de México para integrarse a la Comisión de Irrigación en el periodo presidencial de Lázaro Cárdenas inicia su carrera en el cine dirigiendo documentales oficiales, Irrigación en México y Gigantes de Piedra. Al dirigir estos largometrajes comprendió que su carrera sería el cine y se adentra dirigiendo su primera película en 1939, Sendas del Destino, donde actúa, entre otros, Eduardo Arozamena, en una trama que se desarrolla en la presa La Angostura en Sonora, reminiscencia de sus primeros largometrajes, la cual fue financiada de su propio peculio y con aportación de la Comisión Nacional de Irrigación, donde laboraba Ortega García.
Sendas del Destino sería su ópera prima de, al menos 42 películas que dirigió
, realizando también coproducciones internacionales, con Cuba, Venezuela, Colombia y Perú. Entre las películas que dirigió se encuentran: La mujer legítima en 1945, con Isabela Corona; La insaciable de 1947, con María Antonieta Pons, con un guion escrito por el propio Juan José Ortega incursionando así en el guionismo; Cuando el alba llegue, en 1950, con Meche Barba; Lodo y armiño, de 1951, con Armando Calvo; Cuentan de una mujer, en 1958, con Marga López; En carne propia, de 1961, con Joaquín Cordero; Pacto de sangre, en 1966, con Manuel López Ochoa, entre otras.Entre los melodramas, género preferido de Juan José Ortega, filmados en Cuba se encuentran: la comedia musical filmada en 1953 en La Habana, intitulada Me gustan Todas con Adalberto Martínez Resortes; en 1954 las cintas, Frente al pecado de ayer y Yo no creo en los hombres, protagonizadas por Sarita Montiel; en 1956 dirige No me olvides nunca, con actuaciones de Luis Aguilar, Rosita Fornés y Olga Guillot.
En la década de los sesenta dirige la serie de películas tipo westerns de Leonardo Moncada, serie de cinco películas estelarizadas por Joaquín Cordero, basadas en una serie radiofónica cubana. En esa década Ortega comienza a dedicarse a la distribución de películas creando la distribuidora Compañía Cinematográfica Mexicana y Productora Mexicana de Películas. Es propietario también de Producción Fílmica de México y Películas y Videos Internacionales, todo ello en los ochenta.
Recibió varios reconocimientos a su carrera cinematográfica, como productor, director, guionista y distribuidor actividades que siguió después del periodismo, donde sería también pionero en el periodismo potosino del siglo XX. Juan José Ortega García murió en la Ciudad de México el 27 de diciembre de 1996.
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Acento Ajeno
La alcancía sin fondo de Margarito | Columna de Haniel Valdés
ACENTO AJENO
Por: Haniel Valdés Velázquez
Dice Shakira, “tiene nombre de persona buena, claramente no es como suena”. Nombre de flor, pero actuar de mala hierba. Mientras el Estado amplía las rutas gratuitas y de calidad, para los potosinos, las empresas que operan el otro, el caro y de pésima calidad, dicen que no les alcanza y necesitan duplicar el precio del pasaje.
Margarito Terán, representante del sector camionero, que nunca ha usado el transporte público para moverse, solo para llenar sus bolsillos, por eso no sabe el pésimo servicio que prestan, pide tarifa récord y dinero público sin explicar qué pasó con el aumento de este año ni con los camiones nuevos que el Estado ya entregó al sector.
En enero, Margarito Terán pidió subir el pasaje de 12.50 a 15 pesos. El Estado le autorizó 13.50. Nueve meses después vuelve con una cifra que ya no es petición sino ultimátum: 23 pesos por viaje, 2,797 millones del erario y la amenaza de que el sistema “va a colapsar por inercia”.
Veintitrés pesos son 70% más que la tarifa vigente y 53% más que los 15 que el propio Terán decía indispensables hace diez meses. Si 15 eran la salvación en enero, ¿qué cambió para que ahora cueste ocho pesos más?
Hay un dato que Terán omite. Ese mismo enero, el 12, el gobernador Ricardo Gallardo entregó 100 camiones nuevos con una inversión de 266 millones de pesos en financiamientos. Son 2.66 millones por unidad. Al ritmo de ese precio, renovar las 768 unidades de la iniciativa costaría unos 2,043 millones. Faltarían casi 750 millones para llegar a los 2,797 que piden. El resto cubriría déficits de operación, un margen de 15% de utilidad para los concesionarios y las pérdidas de la pandemia. Es decir: dinero público para garantizarles ganancia.
Tampoco está claro qué pasó con los camiones ya entregados. El Gobierno presumió 100 en enero; en octubre, la SCT habló ante el Congreso de “más de 70 unidades urbanas” renovadas. Nadie ha dicho cuántos circulan, en qué rutas ni quién paga el financiamiento. Antes de pedir más, habría que rendir cuentas de lo que ya se dio.
Yo, usuario del transporte público de la capital, debo ser un desafortunado, solo una vez subí a una unidad de las nuevas, al parecer las rutas 53, 21, 30, 27, 10 y 5, que son las que utilizo con frecuencia, no recibieron la dicha de contar con los nuevos camiones, porque he conocido autos clásicos más modernos que los camiones que suelen llevarme por la ciudad.
La flota vieja no es una sorpresa. Terán dice que 882 unidades
ya debieron salir de circulación. La Ley de Transporte Público no permite camiones de más de 10 años, y renovarlos es obligación de quien tiene la concesión, no del usuario. En 2015 el padrón registraba mil 174 unidades; hoy hay mil 203. Once años después, el parque casi no creció, y tampoco se renovó. Y en mayo, el propio Terán reconoció que de mil 200 unidades autorizadas solo circulaban unas 800.Hay una concentración que pesa. Cuatro empresas controlan 36% del padrón y diez, 61%. El dinero público llegaría sobre todo a quienes ya tienen más peso. Una de ellas, Tangamanga, enfrenta una denuncia de Ciudadanos Observando por mantener suspendidas tres rutas de su concesión.
El diputado Héctor Serrano lo dijo claro: las concesiones “son potestad del Estado, no propiedad de los concesionarios”. Quien explota un bien público no puede presentarse a pedir rescate cuando el negocio le sale mal.
Terán tiene razón en algo: los costos de operar suben. Pero una industria que pide más tarifa, más subsidio y más tiempo, sin ofrecer metas, plazos ni auditoría, no pide apoyo: pide un cheque en blanco.
Los costos suben, pero el respeto a la vialidad, la buena educación y atención por los conductores de las unidades, la limpieza de las mismas y el respeto a sus horarios y paradas, disminuyen.
La SCT debería preocuparse más por velar que las unidades de transporte urbano cumplan con aquello por lo que reciben dinero público, ofrecer un transporte de calidad. Pero primero y más fácil, cerrarle la boca y pararle los pies a este señor que ya parece alcancía, solo pidiendo dinero para guardar y no para emplear en lo que se necesita. O mínimo, salir con urgencia a desmentir sus falacias y exigirle resultados.
Lo mínimo que el usuario merece antes de pagar un peso más es saber cuántos de los 100 camiones nuevos circulan, un plan de renovación con fechas, rutas que realmente operen y cuentas abiertas sobre qué se hizo con el aumento de este año. Sin eso, los 23 pesos no son un precio. Son una factura sin desglose.
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El Cronopio
Carlos Villatoro, el actor de corazón potosino | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash
EL CRONOPIO
Los inicios del cine mexicano están marcados por la participación de actores y actrices de San Luis Potosí; algunos personajes han sido tratados en esta columna. Desde la época del cine mudo hasta los albores del cine sonoro en México, aparecen estas contribuciones potosinas que se extienden a lo largo de toda la historia del cine mexicano.
Entre los personajes que inician su actividad actoral en el cine mudo se encuentra Carlos Villatoro, que si bien se registra su lugar de nacimiento en Comitán, Chiapas, en 1903, siempre subrayó su sello de potosino en virtud que sus hermanos mayores habían nacido en San Luis Potosí y su familia radicaba en la ciudad potosina al finalizar el siglo XIX.

Uno de dichos hermanos era Héctor Villatoro que a principios de la década de los veinte se encontraba como cónsul en Canadá, y con quien fue enviado Carlos Villatoro por su padre. Este periplo marcaría su primera relación con el mundo del cine, pues al quedar varado en Nueva York por una huelga que imposibilitó su viaje a Canadá, conoció a quienes iniciarían la dirección de películas en México, Gabriel García Moreno y Manuel Ojeda, en ese momento se acercaba a la actividad actoral en Nueva York. Como consecuencia, en 1925 García Moreno le propuso el papel estelar de la película El Buitre, y una serie de películas que se filmaron en Orizaba, Veracruz, de 1925 a 1927, entre ellas el Puño de Hierro de 1927 que se considera la primera película que trata el mundo de las drogas.
Como pionero del cine mudo mexicano Carlos Villatoro se convierte en uno de los mejores actores del cine mudo mexicano y de los primeros años del cine sonoro, al protagonizar películas sonoras desde 1934, entre ellas la película de Juan Bustillo Oro, Dos Monjes, donde participa también la actriz potosina Emma Roldán, en el papel de Gertrudis la madre de Javier, protagonizado por Carlos Villatoro; en esa película participa también en realización de Dos Monjes, el matehualense Juan José Ortega García, de quien trataremos en futuras entregas de esta columna.
Carlos Villatoro conoce a Juan Bustillo Oro cuando estudiaban en la Escuela Nacional Preparatoria, lo que fue otro encuentro que le marcaría su destino a la actuación en cine, donde también se formaría como guionista y director, dirigiendo a principios de los cuarenta los cortometrajes: Viaje a Jalapa, Canciones y Danzas Mexicanas, Compositores Mexicanos y Juan Diego. Escribió el argumento de la famosa y exitosa película Quinto Patio, dirigida por Rafael Sevilla en 1950.
Después de su participación en el cine mudo en México donde actuó en cinco películas en la década de los veinte, inicia su participación en el cine sonoro en 1934 en la película Águilas de América dirigida por Manuel Ojeda, participando en alrededor de veinte películas en el lapso de diez años, terminando su actuación en 1943 en la película La Mujer sin Alma de Fernando de Fuentes en 1943, al lado de María Félix.
A partir de 1944 se desempeña como anotador y asistente de director hasta 1963, año de su muerte. En esta actividad trabaja en numerosas producciones norteamericanas filmadas en México, teniendo apariciones incidentales.
También tuvo participación en la radio en México, siendo locutor en varias estaciones desde 1929. En la XEW tuvo el programa en 1951 “El rincón bohemio de Carlos Villatoro”.
Carlos Villatoro Escobedo el actor pionero del cine mexicano y baluarte en su desarrollo, quien se consideró un potosino de corazón, es uno de los fervientes hacedores del cine en México, quien consideraba que “la vida no era de película, pero hacer cine era su vida”.
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