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El pelícano o de la mala madre | Columna de Andréa Lárraga

Mosaico de plumas

 

Madres, yo querría que no ignorarais que la mayor parte

de los hombres malos llegan a serlo por vuestra culpa…

Juan Luis Vives, Instrucciones de la mujer cristiana (1523), II, XI.9

 

Las representaciones sobre la figura materna siempre se inscriben en línea del amor más puro, incondicional y omnipotente. La madre como aquel ser que deja todo por sus hijos. Una madre es la personificación de la bondad. Decir que las mamás pueden ser seres que encarnen las peores aristas de la personalidad humana siempre resulta sorprendente e inaceptable. Es por ello que la negación de las masas cuando se enfrentan, de vez en cuando, con noticias perturbadoras como aquellos casos donde  las madres prostituyen a sus hijos o aceptan la violación sexual de los menores por sus parejas sentimentales.

Otras noticias que sacuden la estabilidad de los habitantes es encontrar madres que tienen hijos en condiciones deplorables. Madres que encadenan a los mismos como animales salvajes, obligándolos a comer en el piso, si tienen la suerte de que se les brinde un poco de alimento. Las consignas siempre recalcan el carácter de ser madre y poder tener el corazón para tratar así a su descendencia. A la mayoría se les olvida que antes de ser madres son seres humanos y, como tal, son capaces de hacer cualquier acción sin importar su carácter moral.

Las malas y buenas madres existen desde el momento que los seres humanos habitaron la tierra. Así como en el mundo animal se encuentran hembras que devoran a sus crías a los pocos momentos de nacer o las madres pelícanos que se creía que alimentaban a sus hijos con su propia sangre como símbolo del amor filial o en otras representaciones, no brindan su sangre por la vida de los suyos, en cambio los asesinaban, y cuando la culpa no las dejaba tranquilas, resucitaba a sus hijos por medio de la sangre que les provocaba el homicidio. Las dos concepciones de las hembras pelicanas retratan a las madres, buenas o malas, pero madres. Dicha simbolización es retomada por August Strindberg, dramaturgo sueco, en la pieza teatral El pelícano, estrenada por primera vez en 1907.

La trama se resume a una familia burguesa sueca a finales del siglo diecinueve que enfrenta la muerte del padre. Una muerte que ha sido provocada por el desprecio y desinterés que le brindaba la esposa y madre de sus hijos. Como avanza la acción el lector se dará cuenta que La Madre es una mujer posesiva y egoísta que todo el amor brindado por su marido hacia sus hijos lo impide con sus actos. Los mismos van desde darles las sobras de comida como engañar a su propia hija para casarse con Axel, amante de la misma Madre. Cada evento retratado en la obra de Strindberg provoca extrañeza y repudio por parte del lector. No sólo por no cumplir con el estereotipo de buena madre, sino por la crudeza del sueco para retratar las situaciones de cientos de hijos que han tenido la mala fortuna de nacer de un útero poco bondadoso.

Las líneas de Strindberg resuenan en mi cabeza, una y otra vez cuando me cuestiono sobre el ser o no ser creadora y guía de vida. Sin duda, es una obra tan vigente aquí, en Suecia o en cualquier parte del mundo, pues muestra el lado B de la maternidad. Un lado que poco se quiere saber, pero que existen en decenas de obras literarias que esperan ser leídas por nuevos lectores.

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