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El mito de la democracia | Columna de Daniel Tristán

LaguNotas Mentales

 

Querido lector, no es ningún secreto que a lo largo de los años he manifestado que entre el mar de propuestas y de personalidades en la política siempre me he sentido más inclinado a las del actual Presidente: Andrés Manuel López Obrador. Digamos que el universo de ideales del “Peje” es el que más se acerca a lo que a mi como ciudadano mexicano me gustaría que sucediera con nuestro país.

Lo anterior, como usted debe saber, me ha costado el odio y el rencor de muchos otros mexicanos. Está en la naturaleza del mexicano tirarle con todo a la figura presidencial, se llame como se llame y venga del partido político que venga. A decir verdad dudo mucho que llegue el momento en que la población mexicana pueda identificarse de manera tal con su Presidente como para permitirle librar su sexenio sin salir con las vestiduras rasgadas y la aceptación por los suelos.

Ahora bien, existen los anti AMLO, mismos que juzgarán con extrema dureza cada paso y acción del mandatario, pero están en el polo contrario los AMLOVERS. Desgraciadamente este sector de simpatizantes del actual Presidente han caído en el grave error de defenderlo a capa y espada, de meter las manos al fuego por él incluso en los momentos en los que, evidentemente, está regándola en grande.

Después de analizar la situación he caído en cuenta de que la sociedad mexicana ha cometido un grave error en cada sexenio. Los mexicanos hemos decidido juzgar a las figuras presidenciales de manera totalmente extremista. En pocas palabras, para los mexicanos el Presidente solamente puede ser bueno o malo, negro o blanco. Sin medias tintas, sin gamas de grises, sin ninguna valoración intermedia. 

El Presidente de la República Mexicana es un ser humano de carne y hueso y al igual que el resto de los mexicanos tiene errores y aciertos. Resulta injusto pretender juzgar a un mandatario como totalmente bueno o totalmente malo. Aunque también el mismo AMLO ha caído en ese mismo error de polarizar todo su discurso a hacia un solo extremo.

En días recientes tuve la oportunidad de leer el libro de López Obrador (“Hacia una economía moral”). Como era de esperarse las páginas del libro están repletas de los trofeos de Obrador, que si bien son ciertos da la impresión de que quiere restregar en la cara de los mexicanos todos los aciertos, ignorando tajantemente los traspiés de su gobierno.

Llamó particularmente mi atención un párrafo en el que Obrador hace hincapié en que el pueblo mexicano debe estar despreocupado pues él ha alcanzado el Gobierno de la República de manera democrática. Habría que entender primero que el hecho de que un gobernante sea elegido de manera democrática no lo convierte automáticamente en un buen gobernante.

Si el día de hoy fueran las elecciones para Presidente sin duda volvería a darle mi voto a AMLO, pero bajo ninguna circunstancia caería en el grave error de odiarlo o amarlo ciegamente. Hace falta mucho más que frases ingeniosas y sentido del humor para lograr convencer al pueblo de que el triunfo de la democracia se ve reflejado en un gobierno de calidad. Hace falta comprender que una figura presidencial debe de ser vista, analizada, juzgada y valorada desde una infinidad de ángulos y ópticas para poder lograr emitir una calificación integral y real. Pero lo más importante de todo, hace falta entender que la democracia mexicana, si bien puede funcionar de manera adecuada, sigue siendo un mito: ganar por medio de la democracia no es sinónimo de gobernar bien.

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