#4 Tiempos
El miedo a los hijos | Columna de Juan Jesús Priego
LETRAS minúsculas
Monólogo imaginario de Tihamér Tóth
[Llamamos hombres clarividentes no a los adivinos, sino a los que saben interpretar los signos de los tiempos. Uno de estos hombres clarividentes fue Tihamér Tóth (1889-1939), un obispo y escritor húngaro que, ya en el primer tercio del siglo XX, había vislumbrado por dónde irían las cosas con respecto a la familia. Oliendo los aromas de la cultura ambiente había percibido un cierto tufo que mucho tenía que ver con lo que llamaría después el miedo a los hijos. He aquí algo de lo que escribió en un libro suyo titulado El matrimonio cristiano (Madrid, Sociedad de Educación Atenas, 1942, pp. 167-175) y que yo presento aquí a manera de monólogo. Advierto al lector que, aunque no utilizo las comillas, nada es mío de lo que leerá a continuación.]
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Dime: ¿has visto jamás un pájaro que haga un nido para dejarlo vacío, o para instalar en él nada más que un polluelo único y enclenque? ¡No! Solamente el hombre ha inventado este contrasentido: la familia sin hijos.
El mundo actual, egoísta, ha trastornado el antiguo modo de sentir.
Nuestro mundo moderno no quiere oír sino de comodidades y goces, jamás de sacrificios. Para el mundo moderno el niño no es una «bendición de Dios», sino una «plaga de Dios», carga de la cual hay que librarse con todos los métodos posibles para que no estorben los placeres de dos personas adultas. Por este motivo, la mayoría de los esposos llegan a aceptar solamente un hijo de las manos de Dios. ¡Solamente uno! ¡Como mucho, dos! ¡Por nada del mundo quieren más! Y no advierten que al presentar excusas para no tener hijos, hablan mal del que ya tienen.
Los padres con un solo hijo suelen alegar que lo que importa no es el número, sino la calidad: ellos no dan muchos hijos a la patria, no dan más que uno, pero éste tiene un valor peculiar.
Por desgracia, la vida no da muestras de que este razonamiento sea verdadero. La vida demuestra, por el contrario, que los hombres verdaderamente insignes no fueron «hijos únicos», sino que muchos de ellos salieron de familias numerosas. Y si investigamos cuál pueda ser la causa de esto, descubriremos que los padres pueden educar más rectamente y con mayor éxito a varios niños que a uno solo.
A primera vista, esto parece extraño, pero tal es la realidad. Y es que con varios hijos la autoridad de los padres y su amor se ejercitan más sana y equitativamente, y así no aplastan la personalidad del hijo con un mandar continuo, ni echan a perder su fuerza de voluntad mimándolo sin cesar. Así se explica que salgan más hombres insignes de familias numerosas que de familias con un solo hijo. Donde no hay más que un solo hijo, los padres lo matan a fuerza de mimos y cuidados. Todo el amor que Dios puso en el corazón de los padres se consagra al hijo único, y entonces al pobrecito no le queda ocasión de ejercitar su independencia, su creatividad, y de ahí que acabe siendo inhábil, torpe, tímido y a veces hasta afeminado cuando llega a la edad adulta.
Pero el hecho de que generalmente salgan hombres mejor educados de familias numerosas tiene aún otro motivo. Y es que en tales familias no son únicamente los padres quienes educan a sus hijos, sino que los mismos hermanos se educan mutuamente.
Es un hecho bastante conocido que al niño le gusta jugar; pero, para jugar, necesita camaradas. Y los mejores camaradas son los propios hermanos. El niño que ha crecido sin hermanos propiamente nunca ha sido niño, nunca ha podido disfrutar plenamente de la infancia: moviéndose siempre entre adultos, llega pronto a la madurez; al principio es un poco petulante, más tarde ya quiere saberlo todo, lo ha probado todo, se siente hastiado: es un niño viejo, alguien que ha envejecido antes de tiempo. Donde, en cambio, varios hermanos viven juntos, hay equilibrio, freno. Es cierto que hay también muchos roces, pero precisamente así se pule el carácter: como se pulen los guijarros del arroyo, que adquieren brillantez gracias al continuo roce.
La vida de los padres que tienen un solo hijo es un temor incesante. «¡Ay! ¡Quiera Dios que no se resfríe, que no le suceda algo, que no se ponga malo y muera!». En cambio, si de muchos hijos muere alguno, claro que les duele a los
padres y les da honda pena, pero por lo menos ahí están los demás para consolarlos. Pero, ¿y si muere el hijo único?
No queda más que la cuna vacía, el cuarto sumido en el silencio, los juguetes sin dueño… «El niño es como un vaso de cristal: se rompe fácilmente». Por lo tanto, conviene que haya varios.
Es verdad que el niño trae muchas preocupaciones, muchos gastos, quebraderos de cabeza, sacrificios. Pero no es menos cierto que también brinda muchos consuelos a los padres: les da alegría, rayo de sol, esperanza, ayuda para el provenir; y, no en último lugar, les da también vigor para la vida matrimonial.
¡De manera que el niño no es obstáculo para la felicidad de los padres, ni es él quien les causa la desdicha! En la mayoría de los casos, los esposos que se divorcian son precisamente aquellos cuya felicidad «no se vio turbada por los hijos».
Pero veamos las cosas desde otra perspectiva. ¿Y si el que muere es uno de los esposos? Allí queda el esposo o la mujer; si hay hijos, habrá también pesares, es cierto; pero si no queda ningún hijo –porque no los hay-, entonces la desolación es cien veces más amarga. ¡Bendito consuelo es en estos trances para el esposo o la esposa la charla de los labios infantiles, que siguen hablando del cónyuge que murió, así como la mirada de unos ojos en que sigue viviendo la expresión del padre o de la madre ausente!…
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#4 Tiempos
Historias de valor | Columna de Juan Jesús Priego
LETRAS minúsculas
Una vez, un famoso orador se presentó ante un auditorio muy numeroso para disertar acerca de La dignidad humana y sus fundamentos teóricos (así tituló su conferencia). ¡Pero, ay, tan largamente habló de estos asuntos que muchos asistentes empezaron a bostezar y otros francamente se durmieron! Entonces decidió cambiar de táctica y sacó de su cartera un billete de quinientos pesos, lo agitó en el aire y preguntó con voz tonante:
–¿Alguien quiere este billete?
Los que estaban despiertos levantaron la mano, y los que en ese momento dormían también la levantaron, e incluso más firmemente que los otros, un poco así como los diputados y los senadores la levantan en la Cámara a la hora de las votaciones. ¿Sobre qué van a votar? Sólo Dios lo sabe, pero ellos de todas maneras, para fingir que viven, dan muestras de asentimiento. Pero sigamos con nuestra historia. Era claro que todos querían participar en el dichoso concurso, pero ¿qué tenían que hacer para ganarse esos quinientos pesos?
El orador adoptó un aire misterioso, tiró al billete al suelo, lo pisoteó una, dos y cien veces, cual si bailara sobre él el jarabe tapatío, lo levantó del suelo y volvió a decir:
-El billete ha quedado un poco maltratado, como ustedes pueden ver. Pero si alguien lo sigue queriendo, que me lo diga.
Por demás está decir el revuelo que se armó. ¿A quién le importaba que estuviera maltratado? ¡Todos seguían queriendo aquel billete!
Luego el orador escupió sobre él, lo dobló, hizo con él una bola del tamaño de una pelota de golf y lo enseñó otra vez a su auditorio.
-Quien en tales condiciones siga queriendo este billete no tiene más que decírmelo y se lo daré.
Y he aquí que todos volvieron a levantar la mano.
-Bien –dijo entonces el orador-. Ahora ya están en mejor condiciones de saber qué es la dignidad humana. Cuando el billete estaba liso y crujiente, todos lo querían, pues valía lo que dice en cada uno de sus cuatro ángulos, es decir, quinientos pesos. Cuando lo pisoteé no una, sino varias veces, y quedó manchado con el lodo de mis zapatos, ustedes quisieron tenerlo aún, pues seguía valiendo quinientos pesos: mis golpes, como quiera que sea, no le hicieron perder nada de su valor. Luego lo escupí, pero no por eso ustedes le hicieron ascos. Pues así sucede con el hombre, señores y señoras. El hombre puede ser pisoteado, escupido, humillado; pero, pase lo que pase con él y le hagan lo que le hagan, nunca perderá su valor ni su dignidad.
El auditorio esbozó una sonrisa de comprensión y amabilidad, y el orador prosiguió de esta manera:
-Suceda lo que suceda, ante Dios siempre seremos valiosos e importantes: infinitamente más valiosos que este billete que, por lo demás, sólo vale quinientos pesos. ¿Ahora han comprendido ya en qué consiste la dignidad humana?
Y así acabó aquella conferencia. Espero que, por su bien, el orador haya sorteado entre el auditorio aquel billete, pues, de lo contrario…
Cuando leí esta historia en un libro de cuyo título no puedo acordarme, también yo sonreí. Pero no por el ingenio de este orador, sino porque ya había leído yo en un libro de la antigüedad cristiana una historia parecida.
Una vez –así comienza esta otra historia, mucho más antigua que la primera-, un peregrino fue en busca de un anacoreta para pedirle ayuda y un consejo. Estaba muy afligido por sus pecados pasados y no estaba seguro de que Dios fuera a perdonárselos. “No he sido bueno –gemía, desconsolado-; no he sido trigo limpio. ¿Tendrá Dios compasión de mí?”.
El anacoreta le habló largamente de la misericordia divina, le contó la historia de David y otras muchas tomadas de la Biblia; lo amonestó con graves palabras para que confiara más en la misericordia divina, pero el pobre peregrino seguía mostrándose al borde de la desesperación.
Entonces el santo hombre de Dios le hizo esta pregunta:
-Dime, si tu túnica se rasgara, ¿la tirarías?
-No. Esta túnica es la única que tengo; si se rasgara, la remendaría y volvería a usarla.
-Entonces, fíjate bien –respondió el anacoreta-: si tú cuidas así tus vestidos, que no son más que paño, ¿crees que Dios no va a tener misericordia de uno que ha sido creado a su imagen y semejanza?
El peregrino sonrió lleno de gozo, luego lloró durante unos instantes, emocionado, y por último besó la mano del santo anacoreta: había comprendido la lección. ¡Ahora ya sabía cuál es el valor de la vida humana! Y, dándole las más sinceras gracias, reemprendió su camino…
¿No es ésta una historia bella y profundamente humana? En realidad, me gusta mucho más que la anterior. ¿Crees que, por lo que has hecho, Dios se va a deshacer de ti echándote en el olvido? ¿Crees que Dios se deshace de este modo de sus criaturas? Sí así lo crees, si esto es lo que piensas de Él, déjame decírtelo: aún no lo conoces. Como el billete del conferencista, el hombre puede estar sucio; como la túnica del peregrino, su corazón puede estar roto, pero no por eso a sus ojos vale menos. Tal es, en pocas palabras, el fundamento de la dignidad humana. Y quien quiera fundamentarla de otra manera y con otros argumentos construye sencillamente en el vacío.
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El Cronopio
El artista, narrador, periodista e ingeniero, Alberto Sustaita | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash
EL CRONOPIO
J.R. Martínez/Dr. Flash
En la lista de los grandes literatos potosinos del siglo XIX y principios del siglo XX se encuentra Miguel Alberto Sustaita Zavala que combinó su actividad profesional entre el periodismo, la literatura, el dibujo y la música. Esta última exponiendo la vena musical familiar pues su abuelo fue el músico potosino de reconocimiento internacional León Zavala, cuyo nombre perduró en el imaginario potosino al preservarse la orquesta con su nombre, en la cual, por cierto, iniciaría sus actividades musicales Julián Carrillo.
Su nombre se suma a la lista de personajes que combinan su vocación entre las ciencias e ingeniería con las letras. Alberto Sustaita ingresaría a estudiar ingeniería en el Colegio Militar de México, después de terminar sus estudios de preparatoria en el Instituto Científico y Literario de San Luis Potosí, mismos que abandonaría para dedicarse a la escritura iniciando actividades de literatura y periodismo, en San Luis Potosí.
Miguel Alberto Sustaita Zavala nació en San Luis Potosí el 10 de mayo de 1863, su primera infancia la vivió bajo la ocupación francesa en San Luis. Si bien su obra literaria no es del todo conocida, sus composiciones musicales lo son menos, las cuales fueron influenciadas por el ambiente familiar en el cual varios de sus tíos ejercían su vocación musical heredada de su abuelo.
En sus primeros años como escritor se distinguiría por su trabajo periodístico, donde luego usaba la poesía como forma de expresión. Sus contribuciones en los periódicos locales de la época, como El Estandarte y El Correo de San Luis, usaba el seudónimo de P.K. Dor, el que luego también usaría en su obra literaria. Fue director del periódico potosino El Contemporáneo.
Su obra literaria incluye teatro, cuento, drama y novela , la cual produjo desde fines del siglo XIX hasta su muerte que ocurrió el 29 de junio de 1909.
En 1892 publicó Siete Pecados, libro de narraciones editado por la imprenta Vélez e hijos, donde Manuel José Othón hizo la presentación; presentación donde Othón lamentaba “porque en San Luis nadie lee” (¿qué tanto ha cambiado esta apreciación?).
Iniciando el siglo XX llevaría a la imprenta varias de sus obras, entre las que se encuentran la realizada en la Imprenta Popular en 1906 intitulada Las Bolado. En la Tipografía de la Escuela Militar de San Luis Potosí, editaría las obras: Nita. Drama en un prólogo y tres actos, en 1904; El crimen del Pullman en 1907; Mortales y veniales en 1907; El padre Adrián. Drama en tres, también en 1907; Mutilado en 1909, poco antes de su muerte.
En 2010 el Ayuntamiento de San Luis Potosí publicó la obra Cuentos Potosinos donde se incluyeron los escritos por Alberto Sustaita y en 1998 El Colegio de San Luis, en su colección Literatura Potosina 1850 – 1950 coordinada por Ignacio Betancourt, publicó los cuentos Un Truchiman, Doña Juanita y el Tren de Balastre.
Alberto Sustaita procreó cinco hijos en su matrimonio el 7 de mayo de 1898 con María Emilia Muñoz López realizado en San Luis Potosí.
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#4 Tiempos
El pionero de la música electrónica en América Latina | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash
EL CRONOPIO
Uno de los trascendentes desarrollos artísticos y científicos potosinos lo son los pianos metamorfoseados desarrollados por Julián Carrillo, únicos en el mundo y que abriera la puerta a un nuevo universo musical. Los pianos, diseñados dando importancia al esquema práctico del propio piano, o sea sin cambiar la disposición de las teclas, fueron diseñados para poder tocar en tercios, cuartos, hasta dieciseisavos de tono, conformando así una serie de quince pianos que fueron presentados en la Feria Internacional de Bruselas en 1958 donde obtuvieron la medalla de oro.
Previamente Carrillo había diseñado y transformado un piano comercial de alta calidad a piano de tercios de tono, cambiando por completo el cuerpo del piano, el arpa que daba paso a tener un piano en tercios de tono, lo cual fue desarrollado a finales de la década de los cuarenta del siglo XX.
En este importante diseño del piano de tercios de tono, participó un joven que se haría camino en el mundo de la música y de la tecnología, Raúl Pavón Sarrelangue que pasa a la historia de la música mexicana como el pionero en la música electrónica en América Latina.
Por el lado musical, Raúl Pavón estudiaría guitarra con el célebre guitarrista Andrés Segovia y en Milán, Italia y en Colonia, Alemania, música electroacústica. Posterior a su participación el piano de tercios de tono, continuó su trabajo en nuevos diseños y construcción de guitarras y sintetizadores.
En el ámbito de la ingeniería y tecnología Raúl Pavón se formaría en el Instituto Politécnico Nacional egresando de la licenciatura en ingeniería en electrónica y comunicaciones en 1954, graduándose como ingeniero en radiocomunicación y electrónica con un diplomado en computación, continuando sus estudios superiores en electrónica en Milán, Colonia y París.
Su formación, así, estuvo ori entada a la música y la ingeniería lo que le permitiría unir esas disciplinas en sus futuras contribuciones en la música electroacústica de la que sería pionero en América Latina destacando además como compositor e investigador.
En 1964 construyó el primer sintetizador hecho en México, el Ominifón, uno de los primeros sistemas de sintetizador didáctico, que anticipó la idea de la tecnología musical como herramienta educativa y creativa.
En el Conservatorio Nacional de México fundaría en 1970 el Laboratorio de Música Electrónica junto a Héctor Quintanar, con quien colaboró en los primeros conciertos de música electrónica y electroacústica realizados en México. En 1976 dedicándose por completo a la música electrónica y al desarrollo del Icofón, instrumento de imagen y sonido electrónicos para el cual compuso las obras Suite icofónica (1983), Fantasía creacionista (1985), Una antifantasía (1986), Fantasía de la muerte (1987), Fantasía abstracta (1989) y Fantasía cósmica (1984), algunas de las cuales pueden escucharse por Youtube.
Publicó el primer libro sobre el tema de la música electrónica en 1981, intitulado La electrónica en la música y en el arte, editado por el Centro de Investigación y Documentación Musical Carlos Chávez (CENIDIM).
Raúl Pavón Sarrelangue, que tuvo relación con una de las aportaciones potosinas al mundo, nació en 1928 y falleció en el 2008.
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