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Del diario de un burgués | Columna de Juan Jesús Priego
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(Una noche, san Francisco, el pobre de Asís, se puso a tocar las campanas de una de las iglesias de su ciudad, pidiendo a todos, grandes y chicos, jóvenes y viejos, sanos y enfermos, que saliesen de sus lechos para contemplar la belleza de la luna. Un comerciante de aquella ciudad se dio a la tarea de consignar en su diario las impresiones que causó en él tan insólito acontecimiento, y he aquí lo que escribió).
Asís. 20 de noviembre de 1205. Todos sabemos lo que es la luna: un disco que aparece por la noche y se esfuma al amanecer. Me corrijo: no, quizá la luna no sea un disco, sino un plato, y los platos se hicieron más para comer en ellos que para pasarse la vida contemplándolos. Si mi mujer, por ejemplo, me despertara por la noche para que me pusiera a ver con atención las escudillas que se amontonan en el baúl de mi cocina, ¿no merecería que la apaleara? Como digo, los platos se inventaron para servirse de ellos, y una vez que han sido utilizados los lavas, los secas y los pones nuevamente allí donde deben estar, es decir, en el sitio menos visible de la casa.
Pero, ¿y la luna? La luna es el plato más inservible que se haya visto jamás. Si se me permite decirlo así, es como un error de la creación. ¿Para qué hizo Dios la luna? Alguien, una vez, la definió así: «Es la lámpara de los juerguistas», y yo estoy bien de acuerdo con tan ingeniosa definición. Si todos durmiéramos a la hora debida, nadie tendría necesidad de la luna; al menos, eso es lo que pienso yo. Como dice el dicho, acostarse pronto y levantarse temprano, hace al hombre bueno y sano.
Cómplice de amores prohibidos, alcahueta de infieles, aviso de truhanes, brújala de engañadores, mapa de holgazanes, linterna de ladrones, consuelo de borrachos, guía de amantes extraviados: si me lo preguntan, para mí eso es la luna, y nada más que eso.
He aquí una palabra que dice más de una cosa: lunático. ¿Qué significa? ¿No la empleamos para referirnos a esos seres desgraciados que viven con la mirada puesta en las estrellas, es decir, a los locos? Un filósofo de la antigüedad, según se sabe, por ir mirando al cielo cayó en un hoyo y se rompió la cabeza. ¡Merecido se lo tiene por despistado y distraído! Lunático: aquel que camina con la vista puesta en el otro mundo. ¡Bonito espectáculo! ¡Que le aproveche!
Los valores se han trastocado hoy de un modo jamás visto. El día, y así lo aprendí de mis mayores, se hizo para abrir los ojos, y la noche para cerrarlos. Hay un tiempo para cada cosa. Pero ahora viene un loco que despierta a medio mundo y grita que abandonemos nuestros lechos para salir a los peligros de la intemperie.
Sé que para las autoridades de nuestra ciudad, el «pequeño incidente» –como lo han llamado con esa prudencia oficial tan propia de los burócratas- no tiene ninguna importancia. ¡Pero vaya si la tiene! Un hombre despierta a la ciudad entera y grita como un poseído: «¡Habitantes de Asís, hermanos míos! ¿No veis qué luna más bella nos ha regalado Dios?». Entonces todos salen de entre las frazadas a la noche fría y lanzan sorprendidas exclamaciones. A unos les brillan los ojos a través de las ventanas, a otros se les va el aliento, y el resto se queda con la mirada puesta en el más allá.
Pero –y seamos fríos, seamos incluso despiadados-, cuando un hombre no ha dormido bien, ¿qué otra cosa puede hacer más que haraganear al día siguiente? Andará toda la jornada como atontado, eso es lo que quiero decir, y ya no trabajará como se debe, esto es seguro; y si no trabaja, no produce; y si no produce, no compra ni vende, y la economía se tambalea entonces como un ebrio al borde del precipicio.
¡Oh, es preciso no tomarse estas cosas tan a la ligera! Si nuestros jóvenes se nos vuelven románticos, ¿qué será de nuestra ciudad? He hablado con franqueza acerca de todo esto con nuestras autoridades y hasta les he confiado mis sospechas. ¿Y si el agitador de anoche no fuera sino un enviado de Perugia, nuestra mortal enemiga? El alcalde parecía divertirse con mis suposiciones. Los guardias civiles se miraban unos a otros y se dirigían miradas llenas de picardía. Les pregunté: «¿Os burláis de mí, caballeros?». El jefe de todos ellos, un hombre calvo y detestable al que puedo jurar que nunca antes había visto, trató de calmarme diciendo: «No se preocupe usted, Piero, amigo. Ese agitador que cree usted un enviado de Perugia no es sino Francesco, el hijo de Pietro Bernardote, a quien usted seguramente conoce bien. Este muchacho está un poco chiflado, es verdad, pero me alegra decirle que es inofensivo».
Dije yo a mi vez: «Sí, pero»… Mas no me dejaron continuar. Por lo menos me prometieron que semejante alteración del orden no volverá a producirse. ¡Por el bien de la comunidad, así lo espero!
De acuerdo: por esta única vez, pase. Pero si ese loco inofensivo –como lo han llamado- vuelve esta noche a despertarnos a todos, ya se enterará de quién soy yo.
Mas, ¿y por qué, si es tan inofensivo, como dicen, también a mi esposa le brillaban los ojos mientras sacaba la cabeza por la ventana? Mañana mismo, o, mejor, la semana que entra, cuando regrese de ese viaje que tengo que hacer, le preguntaré por qué lloraba. ¿Qué es lo que le dijo la luna? ¿Hay algo que yo no sepa?
Al momento de partir, mientras mi mujer me daba el beso de la despedida, me dijo al oído: «No sólo de pan vive el hombre, querido». ¿Por qué me dijo estas palabras tan extrañas? ¿De qué libro subversivo las sacó para arrojármelas a la cara? ¡Ya veremos lo que hace ella sin pan!
Pues bien, ya lo he dicho: si este hombre se empeña en que salga a ver la luna, se enterará de quién soy yo. La economía no necesita poetas, sino hombres que se desvelen menos. De modo que buenas noches.
También lee: El arte de callar | Columna de Juan Jesús Priego
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La orla del manto | Columna de Juan Jesús Priego
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¡Dios me libre, amigo mío, de condenar a los pecadores! ¿No vino Cristo a salvarlos? Si él no condenó a la mujer adúltera, ¿por qué de hacerlo yo?
Pero detengámonos, aunque sólo sea un momento, en esta mujer. ¿Tan infeliz era en su matrimonio que hubo de andar por calles y plazas buscando afecto? Y, sobre todo, ¿tan necesitados de cariño estamos los humanos como para comportarnos así? Pobre mujer, pobre mujer.
Mas no nos engañemos, amigo mío: también los animales, cuando se les ofrece una caricia, quedan desarmados. Piense usted en esos perrotes que se acercan a uno en actitud agresiva: una caricia basta para tenerlos de nuestra parte toda la vida.
“Sólo el amor carnal, tan primario, es capaz de aplacar un dolor metafísico”, escribió poco antes de morir don José María Cabodevilla (1928-2003), el sacerdote español. ¿Y por qué aclaro que poco antes de morir? Porque estas cosas, amigo, sólo se descubren hasta el final, es decir, al cabo de un largo recorrido.
Hablábamos de la mujer adúltera. Pero, ¿y qué decir de las otras mujeres del evangelio? De la samaritana mejor ni hablemos: había tenido cinco maridos y, cuando Jesús se la encontró un día cabe el brocal de un pozo, andaba ya rompiendo con el sexto. Sí, señor: necesitamos cariño, una caricia, un gesto afectuoso para no desesperar.
Conocí una vez a un anciano que tenía fama de lujurioso. Su mujer lo despreciaba, lo despreció siempre, sin darse cuenta de que, en el fondo, ella era la culpable de los deslices de su marido. ¡Oh, no es lo que usted piensa! Déjeme terminar y comprenderá. Digo que, en el fondo, ella era la culpable porque no tuvo para con su esposo ni el más leve gesto de ternura. Se había casado con él quién sabe por qué, he ahí todo. Le gritaba, lo amenazaba, lo reprendía; y el hombre, que no estaba hecho precisamente de piedra, se puso a buscar caricias aquí y allá, con mujeres desconocidas. Lo que este hombre necesitaba era sentirse querido, y lo que no encontró en su casa fue a buscarlo fuera de ella. Me dijo un día:
-¡Pero yo no soy un lujurioso! Yo lo único que quiero comprobar es que mi cuerpo no causa asco…
Sí, amigo: sólo el amor carnal, tan primario, es capaz de aplacar un dolor metafísico.
Durante un tiempo me he dedicado a pensar en una mujer que, por lo menos en el evangelio, carece de nombre. Se le conoce como “la hemorroísa”, es decir, como “la mujer de las hemorragias”. Ahora le contaré su historia: “Se encontraba allí una mujer que desde hacía doce años padecía de hemorragias.
Había sufrido mucho en manos de numerosos médicos y gastado todos sus bienes sin resultado; al contrario, cada vez estaba peor.
Como había oído hablar de Jesús, se le acercó por detrás, entre la multitud, y tocó su manto,
porque pensaba: ‘Con sólo tocar su manto quedaré curada’.
Inmediatamente cesó la hemorragia, y ella sintió en su cuerpo que estaba curada de su mal.
Jesús se dio cuenta en seguida de la fuerza que había salido de él, se dio vuelta y, dirigiéndose a la multitud, preguntó:
“-¿Quién tocó mi manto?
“Sus discípulos le dijeron:
“-¿Ves que la gente te aprieta por todas partes y preguntas quién te ha tocado?
“Pero él seguía mirando a su alrededor, para ver quién había sido.
Entonces la mujer, muy asustada y temblando, porque sabía bien lo que le había ocurrido, fue a arrojarse a sus pies y le confesó toda la verdad.
Jesús le dijo:
“-Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz, y queda curada de tu enfermedad” (Marcos 5, 21-43).
Y así esta mujer desaparece de la Historia sin volver a aparecer en ella nunca más. Y me pregunta usted, amigo, qué tiene que ver la hemorroísa con la mujer adúltera, y yo le digo que mucho: que son almas gemelas, por hablar así.
Esta última padecía constantes flujos de sangre; por lo tanto, para la cultura judía era no sólo una mujer impura, sino una fuente perenne de impureza para quien se acercase a ella; la ley de Moisés era bastante clara a este respecto: “Cuando una mujer tenga hemorragias frecuentes fuera o después de la menstruación, quedará impura mientras le duren las hemorragias. La cama en que se acueste quedará impura; el asiento en que se siente quedará impuro. El que la toque quedará impuro” (Levítico 15, 25)…
¿Qué es lo que hay que concluir de todo esto? Que la mujer se sentía sucia, impura –legalmente lo era-, repulsiva. ¿A quién podía acercarse que no la rechazara? Y, ¿sabe usted? Ella tenía necesidad de tocar, de utilizar el sentido del tacto y, tímidamente lo usó, alcanzando con sus dedos la orla del manto de Jesús.
Sí, señor: tenemos necesidad de tocar y ser tocados, de amar y ser amados, pues de otra forma nos sentimos muertos. ¡A los muertos no se los toca! Necesitamos que alguien nos diga, tocándonos, que nuestro cuerpo no es repulsivo, ni asqueroso. “El amor verdadero –escribió el novelista italiano Vasco Pratolini (1913-1991) en su Crónica de mi familia– es el de los pobres. Un hombre y una mujer pobres que se casan tienen que poder unir sus dos almas para resistir y darse coraje. Amarse es darse coraje… Un hombre pobre, sumido siempre en la miseria, es más fuerte con una compañera a su lado. Sólo entonces valora plenamente el vigor de sus propios brazos, el significado de su presencia en la tierra, ve con claridad y perspectiva; sus angustias desaparecen con una caricia”.
Espléndido, ¿no le parece? ¡Realmente espléndido, diría yo!
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El Anatomista de Almas | Columna de Juan Jesús Priego
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Ha caído en mis manos muy extrañamente –como caen casi siempre los libros en nuestras manos- una vieja novela de Paul Bourget (1852-1935) publicada en México en 1917. Se trata de una pequeña novela titulada Lazarine. ¿Y cómo iba a dejarla en aquel botadero de venerables volúmenes ante el que los transeúntes seguían de largo con paso apresurado?
Es una pena que ya nadie lea a Paul Bourget, ese anatomista de almas, como me gusta llamarlo. Todos los problemas de la vida están planteados en sus novelas y, por eso, no es casualidad que Jean Paul Sartre lo cite constantemente en El ser y la nada, su obra filosófica más ambiciosa, aunque no sea más que para refutarlo.
Sus análisis de los desórdenes del corazón son implacables. Él es el padre, a pleno título, de la novela psicológica moderna, o novela de tesis. Para él, un novelista es ante todo un moralista cuya misión consiste en mostrar la vida tal como es, y de sus propias novelas llegó a decir que no eran sino “simples planchas de anatomía moral”. Con Émile Zola creía que “la novela es un tratado de anatomía moral, una recopilación de hechos humanos y una filosofía experimental de las pasiones”. En 1894, es decir, a sus 42 años de edad, fue elegido para ocupar uno de los cuarenta sillones de la Academia Francesa, sillón que ocuparía tras su muerte el famoso crítico literario Edmond Jaloux. En fin, si mis lectores quieren saber quién fue Paul Bourget y conocer la elegancia de su prosa, harían bien en leer El demonio del mediodía o, también, El sentido de la muerte, dos de sus novelas más representativas y logradas.
Pero me he dejado llevar por la pluma en vez de llevarla yo a ella y nada he dicho aún de Lazarine. Era ésta una hermosa joven de provincias, hija de un militar ya retirado, que de pronto descubre haberse enamorado de un apuesto joven, también militar de carrera, llamado Robert Graffeteau, y algo le dice a nuestra heroína que es plenamente correspondida… ¡Ah, los signos del amor no mienten nunca!
En una carta a su única hermana, mayor que ella y ya casada, Lazarine le escribe, por ejemplo: “Dime, ¿no tienes por extraordinaria, por estupefaciente, por milagrosa la aventura de que los dos caminos por los que andábamos el señor Graffeteau y yo, tan lejos el uno del otro, se hayan entrecruzado repentinamente?”.
Lazarine llora de felicidad y todo le parece milagroso. ¿Cómo era posible, siendo el mundo tan ancho, que ella y Robert Graffeteau se encontraran en un pequeño rincón del universo? Ya esto era en sí mismo un milagro. Pero que además se vieran el uno al otro con amor… ¡Oh, ya esto era demasiado! En la misma carta –fechada el 4 de abril de 1916-, Lazarine prosigue así sus confesiones: “Le amo y sé que me ama. ¿Cuándo me lo dirá? ”.
Pero había un pequeño problema, y era éste: que el tal Robert Graffeteau estaba ya casado, sólo que no lo decía; casado con una mujer de la peor especie que luego lo abandonó para irse en pos de otros hombres. El nombre de su esposa era Thérèse Aldière, y vivía por esos días con un individuo que la había introducido –o ella a él- en el terrorífico mundo de las drogas .
Se sorprenderá el lector –como me sorprendí yo- que estas palabras, dichas por el actual amante de Thérèse, no hubiesen sido pronunciadas ayer por la noche, sino hace ya casi un siglo: “Figúrate que ayer, con ocasión de asistir a la catedral de Tolón a los funerales de esos soldados de marina de que te he hablado, me quedé todo suspenso y maravillado al oír la definición que da la Iglesia del paraíso: ‘El absoluto descanso en la luz’. Te traduzco las palabras latinas al pie de la letra. El opio no es más que eso. Entremos, pues, en el paraíso, sin demora. Algunas pipas bastan, con la adición de un poco de cocaína en el reverso de la uña”.
Robert Graffeteau amaba a Lazarine, pero chocaba contra una pared que, bien lo sabía él, no iba a poder derribar con tanta facilidad: el catolicismo de ésta, que no toleraba el adulterio.
¡No, Lazarine jamás sería suya! ¡Jamás! Y, de pronto, al comprenderlo, sintió que aborrecía a la Iglesia. ¿Por qué tenía que entrometerse entre él y ella? ¿Quién le dio permiso para interferir en su felicidad? He aquí sus pensamientos, tal como los consigna Bourget en su novela:
“Su inteligencia entera se esforzaba en combinar los razonamientos que habían de vencer la resistencia de la tierna niña: su derecho –el derecho de él- a rehacer su vida; su crueldad –la crueldad de ella- al negarle su apoyo; la inhumanidad, la injusticia de un dogma en cuyo nombre habrían de quedar despedazados sus corazones. Y esto por nada, y para nada, puesto que al casarse a nadie ocasionaban perjuicio. A medida que este raciocinio se presentaba en su cerebro, sentía crecer en su interior un instinto de rebeldía, hasta entonces desconocido para él, y que le llenaba de extrañeza. Hasta ahora su actitud respecto de la Iglesia había consistido en la veneración indiferente –valga la expresión-, muy frecuente en las familias de la burguesía parisiense, en la que la huella hereditaria sobrevive a la creencia. Semejante sumisión a las ritualidades exteriores está muy próxima a la total desafección… Lo que ahora experimentaba Graffeteau era un verdadero acceso de odio”…
¡Cuán implacable es el análisis de Boruget! Sí, muchas veces la Iglesia es odiada no por lo que hace, sino por lo que impide hacer. ¡Ah, si la Iglesia no existiera, qué fácil sería todo para Graffeteau! Pero existía, y la odiaba por existir. ¡Con qué gusto la habría dinamitado, si pudiera! Y, al terminar de leer Lazarine me pregunto: ¿cuántos, hoy, la odian por idénticos motivos?
También lee: La Orla del Manto | Columna de Juan Jesús Priego
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La Orla del Manto | Columna de Juan Jesús Priego
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¡Dios me libre, amigo mío, de condenar a los pecadores! ¿No vino Cristo a salvarlos? Si él no condenó a la mujer adúltera, ¿por qué de hacerlo yo?
Pero detengámonos, aunque sólo sea un momento, en esta mujer. ¿Tan infeliz era en su matrimonio que hubo de andar por calles y plazas buscando afecto? Y, sobre todo, ¿tan necesitados de cariño estamos los humanos como para comportarnos así? Pobre mujer, pobre mujer.
Mas no nos engañemos, amigo mío: también los animales, cuando se les ofrece una caricia, quedan desarmados. Piense usted en esos perrotes que se acercan a uno en actitud agresiva: una caricia basta para tenerlos de nuestra parte toda la vida.
“Sólo el amor carnal, tan primario, es capaz de aplacar un dolor metafísico”, escribió poco antes de morir don José María Cabodevilla (1928-2003), el sacerdote español. ¿Y por qué aclaro que poco antes de morir? Porque estas cosas, amigo, sólo se descubren hasta el final, es decir, al cabo de un largo recorrido.
Hablábamos de la mujer adúltera. Pero, ¿y qué decir de las otras mujeres del evangelio? De la samaritana mejor ni hablemos: había tenido cinco maridos y, cuando Jesús se la encontró un día cabe el brocal de un pozo, andaba ya rompiendo con el sexto. Sí, señor: necesitamos cariño, una caricia, un gesto afectuoso para no desesperar.
Conocí una vez a un anciano que tenía fama de lujurioso. Su mujer lo despreciaba, lo despreció siempre, sin darse cuenta de que, en el fondo, ella era la culpable de los deslices de su marido. ¡Oh, no es lo que usted piensa! Déjeme terminar y comprenderá. Digo que, en el fondo, el la era la culpable porque no tuvo para con su esposo ni el más leve gesto de ternura . Se había casado con él quién sabe por qué, he ahí todo. Le gritaba, lo amenazaba, lo reprendía; y el hombre, que no estaba hecho precisamente de piedra, se puso a buscar caricias aquí y allá, con mujeres desconocidas. Lo que este hombre necesitaba era sentirse querido, y lo que no encontró en su casa fue a buscarlo fuera de ella. Me dijo un día:
-¡Pero yo no soy un lujurioso! Yo lo único que quiero comprobar es que mi cuerpo no causa asco…
Sí, amigo: sólo el amor carnal, tan primario, es capaz de aplacar un dolor metafísico.
Durante un tiempo me he dedicado a pensar en una mujer que, por lo menos en el evangelio, carece de nombre. Se le conoce como “la hemorroísa”, es decir, como “la mujer de las hemorragias”. Ahora le contaré su historia: “Se encontraba allí una mujer que desde hacía doce años padecía de hemorragias.
Había sufrido mucho en manos de numerosos médicos y gastado todos sus bienes sin resultado; al contrario, cada vez estaba peor.
Como había oído hablar de Jesús, se le acercó por detrás, entre la multitud, y tocó su manto,
porque pensaba: ‘Con sólo tocar su manto quedaré curada’.
Inmediatamente cesó la hemorragia, y ella sintió en su cuerpo que estaba curada de su mal.
Jesús se dio cuenta en seguida de la fuerza que había salido de él, se dio vuelta y, dirigiéndose a la multitud, preguntó:
“-¿Quién tocó mi manto?
“Sus discípulos le dijeron:
“-¿Ves que la gente te aprieta por todas partes y preguntas quién te ha tocado?
“Pero él seguía mirando a su alrededor, para ver quién había sido.
Entonces la mujer, muy asustada y temblando, porque sabía bien lo que le había ocurrido, fue a arrojarse a sus pies y le confesó toda la verdad.
Jesús le dijo:
“-Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz, y queda curada de tu enfermedad” (Marcos 5, 21-43).
Y así esta mujer desaparece de la Historia sin volver a aparecer en ella nunca más. Y me pregunta usted, amigo, qué tiene que ver la hemorroísa con la mujer adúltera, y yo le digo que mucho: que son almas gemelas, por hablar así.
Esta última padecía constantes flujos de sangre; por lo tanto, para la cultura judía era no sólo una mujer impura, sino una fuente perenne de impureza para quien se acercase a ella; la ley de Moisés era bastante clara a este respecto: “Cuando una mujer tenga hemorragias frecuentes fuera o después de la menstruación, quedará impura mientras le duren las hemorragias. La cama en que se acueste quedará impura; el asiento en que se siente quedará impuro. El que la toque quedará impuro” (Levítico 15, 25)…
¿Qué es lo que hay que concluir de todo esto? Que la mujer se sentía sucia, impura –legalmente lo era-, repulsiva. ¿A quién podía acercarse que no la rechazara? Y, ¿sabe usted? Ella tenía necesidad de tocar, de utilizar el sentido del tacto y, tímidamente lo usó, alcanzando con sus dedos la orla del manto de Jesús.
Sí, señor: tenemos necesidad de tocar y ser tocados, de amar y ser amados, pues de otra forma nos sentimos muertos. ¡A los muertos no se los toca! Necesitamos que alguien nos diga, tocándonos, que nuestro cuerpo no es repulsivo, ni asqueroso. “El amor verdadero –escribió el novelista italiano Vasco Pratolini (1913-1991) en su Crónica de mi familia– es el de los pobres. Un hombre y una mujer pobres que se casan tienen que poder unir sus dos almas para resistir y darse coraje. Amarse es darse coraje… Un hombre pobre, sumido siempre en la miseria, es más fuerte con una compañera a su lado. Sólo entonces valora plenamente el vigor de sus propios brazos, el significado de su presencia en la tierra, ve con claridad y perspectiva; sus angustias desaparecen con una caricia”.
Espléndido, ¿no le parece? ¡Realmente espléndido, diría yo!
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