junio 7, 2026

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Del diario de un burgués | Columna de Juan Jesús Priego

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(Una noche, san Francisco, el pobre de Asís, se puso a tocar las campanas de una de las iglesias de su ciudad, pidiendo a todos, grandes y chicos, jóvenes y viejos, sanos y enfermos, que saliesen de sus lechos para contemplar la belleza de la luna. Un comerciante de aquella ciudad se dio a la tarea de consignar en su diario las impresiones que causó en él tan insólito acontecimiento, y he aquí lo que escribió).

 

Asís. 20 de noviembre de 1205. Todos sabemos lo que es la luna: un disco que aparece por la noche y se esfuma al amanecer. Me corrijo: no, quizá la luna no sea un disco, sino un plato, y los platos se hicieron más para comer en ellos que para pasarse la vida contemplándolos. Si mi mujer, por ejemplo, me despertara por la noche para que me pusiera a ver con atención las escudillas que se amontonan en el baúl de mi cocina, ¿no merecería que la apaleara? Como digo, los platos se inventaron para servirse de ellos, y una vez que han sido utilizados los lavas, los secas y los pones nuevamente allí donde deben estar, es decir, en el sitio menos visible de la casa.

Pero, ¿y la luna? La luna es el plato más inservible que se haya visto jamás. Si se me permite decirlo así, es como un error de la creación. ¿Para qué hizo Dios la luna? Alguien, una vez, la definió así: «Es la lámpara de los juerguistas», y yo estoy bien de acuerdo con tan ingeniosa definición. Si todos durmiéramos a la hora debida, nadie tendría necesidad de la luna; al menos, eso es lo que pienso yo. Como dice el dicho, acostarse pronto y levantarse temprano, hace al hombre bueno y sano.

Cómplice de amores prohibidos, alcahueta de infieles, aviso de truhanes, brújala de engañadores, mapa de holgazanes, linterna de ladrones, consuelo de borrachos, guía de amantes extraviados: si me lo preguntan, para mí eso es la luna, y nada más que eso.

He aquí una palabra que dice más de una cosa: lunático. ¿Qué significa? ¿No la empleamos para referirnos a esos seres desgraciados que viven con la mirada puesta en las estrellas, es decir, a los locos? Un filósofo de la antigüedad, según se sabe, por ir mirando al cielo cayó en un hoyo y se rompió la cabeza. ¡Merecido se lo tiene por despistado y distraído! Lunático: aquel que camina con la vista puesta en el otro mundo. ¡Bonito espectáculo! ¡Que le aproveche!

Los valores se han trastocado hoy de un modo jamás visto. El día, y así lo aprendí de mis mayores, se hizo para abrir los ojos, y la noche para cerrarlos. Hay un tiempo para cada cosa. Pero ahora viene un loco que despierta a medio mundo y grita que abandonemos nuestros lechos para salir a los peligros de la intemperie.

Sé que para las autoridades de nuestra ciudad, el «pequeño incidente» –como lo han llamado con esa prudencia oficial tan propia de los burócratas- no tiene ninguna importancia. ¡Pero vaya si la tiene! Un hombre despierta a la ciudad entera y grita como un poseído: «¡Habitantes de Asís, hermanos míos! ¿No veis qué luna más bella nos ha regalado Dios?». Entonces todos salen de entre las frazadas a la noche fría y lanzan sorprendidas exclamaciones. A unos les brillan los ojos a través de las ventanas, a otros se les va el aliento, y el resto se queda con la mirada puesta en el más allá.

Pero –y seamos fríos, seamos incluso despiadados-, cuando un hombre no ha dormido bien, ¿qué otra cosa puede hacer más que haraganear al día siguiente? Andará toda la jornada como atontado, eso es lo que quiero decir, y ya no trabajará como se debe, esto es seguro; y si no trabaja, no produce; y si no produce, no compra ni vende, y la economía se tambalea entonces como un ebrio al borde del precipicio.

¡Oh, es preciso no tomarse estas cosas tan a la ligera! Si nuestros jóvenes se nos vuelven románticos, ¿qué será de nuestra ciudad? He hablado con franqueza acerca de todo esto con nuestras autoridades y hasta les he confiado mis sospechas. ¿Y si el agitador de anoche no fuera sino un enviado de Perugia, nuestra mortal enemiga? El alcalde parecía divertirse con mis suposiciones. Los guardias civiles se miraban unos a otros y se dirigían miradas llenas de picardía. Les pregunté: «¿Os burláis de mí, caballeros?». El jefe de todos ellos, un hombre calvo y detestable al que puedo jurar que nunca antes había visto, trató de calmarme diciendo: «No se preocupe usted, Piero, amigo. Ese agitador que cree usted un enviado de Perugia no es sino Francesco, el hijo de Pietro Bernardote, a quien usted seguramente conoce bien. Este muchacho está un poco chiflado, es verdad, pero me alegra decirle que es inofensivo».

Dije yo a mi vez: «Sí, pero»… Mas no me dejaron continuar. Por lo menos me prometieron que semejante alteración del orden no volverá a producirse. ¡Por el bien de la comunidad, así lo espero!

De acuerdo: por esta única vez, pase. Pero si ese loco inofensivo –como lo han llamado- vuelve esta noche a despertarnos a todos, ya se enterará de quién soy yo.

Mas, ¿y por qué, si es tan inofensivo, como dicen, también a mi esposa le brillaban los ojos mientras sacaba la cabeza por la ventana? Mañana mismo, o, mejor, la semana que entra, cuando regrese de ese viaje que tengo que hacer, le preguntaré por qué lloraba. ¿Qué es lo que le dijo la luna? ¿Hay algo que yo no sepa?

Al momento de partir, mientras mi mujer me daba el beso de la despedida, me dijo al oído: «No sólo de pan vive el hombre, querido». ¿Por qué me dijo estas palabras tan extrañas? ¿De qué libro subversivo las sacó para arrojármelas a la cara? ¡Ya veremos lo que hace ella sin pan!

Pues bien, ya lo he dicho: si este hombre se empeña en que salga a ver la luna, se enterará de quién soy yo. La economía no necesita poetas, sino hombres que se desvelen menos. De modo que buenas noches.

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#4 Tiempos

La sociedad de la indiferencia | Columna de Juan Jesús Priego

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“Quizá dejé abierta una de las ventanillas”, dijo alarmado un amigo mío mientras se acercaba a su coche; yo iba con él. Uno nunca sabe por qué presiente estas cosas, pero la verdad es que las presiente. “Sí –repitió en voz baja-, quizá olvidé cerrar la ventanilla trasera”. El corazón le latía de prisa, con violencia, como un trote de caballos.

Pero no, el vidrio no estaba abierto: estaba roto. Lo supimos por el crujido de los vidrios que pisábamos. Además, nada de lo que había en el auto seguía allí: unos libros todavía sin abrir, un estéreo de la mejor marca, varios estuches con discos, cinco o seis camisas que acababa él de pasar a recoger a la lavandería y algunas cosas más. En los asientos sólo había vidrios y un desarmador estropeado que, por supuesto, no era suyo.

Justo enfrente de donde había estacionado el coche un hombre picaba fruta; corrimos hacia él.

-Me robaron –dijo mi amigo-. Acaban de robarme. ¿No vio usted quién fue?

El hombre meneó la cabeza y hundió los ojos en la fruta que picaba. Silencio absoluto, total.

-Señor –insistió mi amigo-, es que usted debió haber visto algo; no pudo dejar de ver; tal vez hasta haya oído el ruido de los cristales al romperse…

-No, yo no oí nada –dijo el hombre. Se notaba a las claras que no quería seguir hablando. Bien, en este momento lo dejamos en paz. Adiós para siempre, indiferente señor.

Nos acercamos entonces a una mujer que por la lentitud con que escogía verduras y regateaba el precio debía tener  bastante tiempo parada allí.

-Y usted, señora, ¿no vio nada? –dije yo.

-¿Nada de qué?

-No, no se preocupe, estoy loco –dije. Me quedaba bien claro que la mujer no estaba dispuesta a hablar, aunque supiera bastante bien lo que le estaba preguntando.

Al otro lado del puesto de frutas estaba una joven que vendía gelatinas y flanes.

-¿Usted sabe quién fue, señorita? –pregunté señalando en dirección al auto de mi amigo.

-No –dijo-. Yo no he visto nada.

Nada, nada, nada. Todos estaban ciegos y sordos. Antes de darnos por vencidos, corrimos a buscar al tendero de la esquina con la esperanza de que por lo menos él tuviera algo que decir.

-No –dijo-. No vi. Además, no pensará usted que yo me paso la vida viendo lo que no me importa.

Me le quedé mirando; quería leer la verdad en sus ojos, pero él los cerró, haciéndome creer que lo cegaba el sol. ¡Qué impotencia! De pronto nos sentimos solos, o por lo menos así me sentí yo. Solo en medio de una multitud de hombres y mujeres que preferían callar. Pero yo estaba seguro de una cosa: que el vendedor de fruta vio, que la señorita de las gelatinas vio también, que el tendero de la esquina… Pues bien, me dije, ahora soy yo, ahora somos nosotros, pero mañana serán ellos, y entonces sabrán lo que se siente… Ponemos en marcha el motor del auto y desaparecemos dejando una estela de vidrios rotos.

Mientras escribo estas líneas me viene a la memoria la escena de una novela de Jay McInerney (“Bright Lights, Big City

”)
en la que un hombre –el protagonista de la historia- sube una mañana al metro de Nueva York y ve que se le acerca un tipo que anda como perdido, que seguramente está drogado y se cree en la luna; de pronto el tipo le palmea el hombre y le dice:

“-Mi cumpleaños es el trece de enero. Cumpliré veintinueve.

“-Magnífico” –responde el protagonista, retomando la lectura de su diario.

“Cuando te palmea el hombro por segunda vez –se dice a sí mismo el narrador- lo miras. Y cuando vuelves a levantar la mirada, el tipo está en la mitad del vagón… Acto seguido, se sienta sobre la falda de una anciana. Ella trata de librarse de él, pero la tiene atrapada.

“-Perdóneme, caballero, pero creo que está sentado arriba de mí -dice la viejecita-. ¿Señor? Perdón, señor…

“Casi todo en el vagón contemplan la escena y simulan no hacerlo. El tipo se cruza de brazos y acomoda sus asentaderas en la falda de la viejecita.

“-Señor, por favor, quiere levantarse de…

No puedes creerlo. Hay por lo menos media docena de hombres saludables en torno a la mujer. Tú mismo estuviste a punto de levantarte pero creíste que reaccionaría alguno más cercano. La mujer está sollozando. Tienes la secreta esperanza de que el tipo se levante y deje tranquila a la viejita.

“-Por favor, señor.

“Te levantas, por fin. En ese preciso instante, el tipo hace lo mismo. Luego se sacude las arrugas del saco con la mano y se aleja por el pasillo del vagón. Te sientes estúpido, de pie. La viejecita se está enjugando las lágrimas con un pañuelo de papel. Te gustaría preguntarle si está bien, pero a esta altura de los acontecimientos no serviría de mucho. Y te sientas”.

A veces -¡oh incurables románticos que somos!- creemos que la soledad es quién sabe qué cosa profunda y misteriosa, cuando en realidad a veces es sólo esto: que tu desgracia no le importe a nadie; que te puedan matar en medio de la multitud y que nadie se mueva para impedirlo; que mientras te mueres, todos estarán viendo lo que sucede, pero cada uno en su mutismo y prosiguiendo su camino para no enredarse en dificultades que no son suyas.

Tal vez vivamos en la civilización de la indiferencia, es decir, de la soledad. Tal vez, en el fondo, estemos más solos de lo que pensamos…

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Amor empieza con A | Columna de Juan Jesús Priego

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Me preguntas, estimada lectora, acerca de la muerte del amor: «¿Cuándo se ha dejado de querer a una persona?». Esta pregunta es tan difícil de responder como su contraria, es decir, aquella que inquiere por el día en que se ha empezado a amarlo. ¿Quién podría precisar el año, la fecha exacta en que se ha descubierto uno a sí mismo pensando en alguien más de lo ordinario, o, quizá, de lo debido? 

El amor, como la vejez, llega siempre sin avisar. Nadie envejece de un día para otro, sino que más bien, llegado a un cierto punto de la vida, se descubre viejo. ¿Cómo se hace casi siempre este descubrimiento? Un día, por ejemplo, asistes a una graduación: el que se recibe es tu pariente y quieres estar con él en este acto decisivo. Tú lo ves recibir el diploma, sonreír satisfecho, regresar a su asiento, lanzar al auditorio agradecidas miradas. Y, de pronto, reaccionas: «¡Dios mío! ¡Pero si a este médico yo lo vi gatear y usar chupón!». Estas palabras te producen, por decir así, un ataque de nervios. Y te alegras por él, pero te entristeces por ti. Ya de regreso a casa, observas tu cabeza en el espejo retrovisor y la encuentras más bien gris: en todo caso, tu cabello ya no tiene el bello color de la noche, y vuelves a entristecerte. Y, así, yendo de descubrimiento en descubrimiento y de tristeza en tristeza,  es como uno se da cuenta finalmente de que el tiempo ha pasado.

Pues bien, lo mismo sucede con el amor: no lo vemos nacer, sino que lo descubrimos. Pero tú no quieres saber esto. Tu pregunta se refiere más a la muerte que al nacimiento: quieres saber cuáles son las actitudes reveladoras de que algo bello y bueno ha acabado entre dos seres que se amaban.

Acaso el siguiente pasaje pueda revelarte algo; lo he tomado de una novela de Dan Frank, el escritor francés, titulada La separación. 

Un hombre y una mujer, casados desde hace tiempo, han ido al teatro; sus ojos están fijos en el escenario y, mientras los actores hablan y se mueven, él intenta tomar, para tenerla consigo, la mano de ella. Siempre que van al teatro se toman de la mano; cuando viajan en auto hacen siempre lo mismo. Pero ahora no es como siempre, ahora algo extraño está pasando: 

«Ella dice en voz baja, exasperada: 

-“¡Ya déjame ver la obra! 

«Luego se separa bruscamente y se aleja, para recargarse del otro lado… En el camino de regreso, en moto, ella se mantiene recargada hacia atrás, no anuda los brazos alrededor de su torso, ni apoya la mejilla en su espalda, como acostumbraba. Él le pregunta si tiene frío; ella responde que sí. Él dice: 

“Pon las manos en mi bolsillo”. 

«Pero como ella no se mueve, las toma y las introduce él mismo. Ella las deja allí. Pero se aparta insensiblemente, extendiendo los brazos. Las palmas están lejos del cuerpo. Es una pasajera, ni mujer ni amiga. Él ha perdido la batalla de las manos».

Cuando se ha perdido la batalla de las manos, el amor ha muerto. El cuerpo del otro se ha convertido en un bulto que camina y respira, en una cosa que se agita y se mueve: ya no es una piel que invita al tacto, a la caricia, sino un objeto más entre millones de objetos: se puede pasar ante él con indiferencia y sin detenerse. 

La muerte del amor tiene mucho que ver, según la bellísima expresión del mismo Frank, con «la desaparición de los signos». 

«En la mañana, en la recámara, ella se arregla concienzudamente ante el espejo. Está radiante, pero sin él, o más bien fuera de él». Él, al verla embellecerse acaso para otro, acaso sólo para ella misma, se pregunta: «¿Por qué esos parpadeos?, ¿en qué piensa?, ¿rechazará mi mano?, ¿y mi brazo?, ¿qué pasa?, ¿por fin me mirará? Pero ella no lo mira, y rechaza brazo, mano, todo». 

He aquí, finamente expresados, los estertores de un amor.

Se ha dicho innumerables veces que se deja de amar un ser cuando se deja de esperar en él. Es posible que así sea. Pero antes de dejar de esperar en él se ha dejado de tocarlo y de mirarlo. Sus movimientos ya no son seguidos por una mirada curiosa e interesada: éstos, por decir así, han perdido toda trascendencia y se han vuelto insignificantes. Antes, uno y otro casi se espiaban; hoy, en cambio, apenas se miran. Cuando en otro tiempo salían juntos a dar un paseo por la ciudad, no se percataban de la existencia del mundo exterior: iban hombro con hombro y se miraban a los ojos. Hoy los dos se recargan indolentemente en su respectiva ventanilla y fingen un extraño interés por las fachadas de los edificios y los monumentos históricos, es decir, por cosas en las que antes ni siquiera reparaban. 

El amor ha muerto cuando el otro ya no nos sorprende ni nos maravilla. 

No es casual que la palabra amor empiece con a, que es la letra del arrebato, el asombro y la admiración (experiencias éstas que igualmente empiezan con a). Te invito a que comiences a decir la palabra amor una vez, y luego una segunda; que te dispongas a decirla una tercera vez, pero sin llegar a pronunciar las letra que siguen, es decir, la m, la o y la r. Quédate por ahora sólo en la primera letra. ¿A qué suena esta a de la palabra amor? Al “¡ah!” del asombro y del azoro, ¿no es verdad? 

Como la filosofía, el amor ha nacido de un “¡ah!” lleno de sorpresa. Sorpresa ante el mundo y la vida en la filosofía; sorpresa ante un rostro, ante una presencia en el amor. Y cuando el otro y todo lo que él es y hace ya no nos hace exclamar: “¡ah!”, entonces el amor ha muerto. 

¿He respondido a tu pregunta, mi querida amiga?

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Robots Joviales | Columna de Juan Jesús Priego

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Por: Juan Jesús Priego

La señorita acababa de perder a su madre, de modo que aquel día se mostraba aún un tanto pensativa y silenciosa. Su madre… ¡Cómo había sufrido en la vida! Durante muchos años había estado enferma y, pese a todo, nunca se quedó en la cama compadeciéndose a sí misma ni quejándose de la vida. El desayuno siempre estuvo listo, la casa siempre estuvo limpia: la enfermedad no le impidió jamás cumplir con sus deberes.

-¿Encontró todo lo que buscaba? ¿Necesita tiempo aire para su teléfono? –preguntó la señorita mientras se esforzaba por no romper a llorar y sin levantar la cabeza. Tenía que hacer la pregunta en voz alta, y la hizo, pero sin demasiado entusiasmo. 

No escuchó la respuesta; en realidad, no le interesaba que los clientes hubieran encontrado o no lo que buscaban; había otras cosas mucho más importantes en qué pensar: «La enfermedad –se dijo a sí misma la señorita-, la enfermedad, cualquiera que ésta sea, es siempre absurda. ¿Es que no nos vamos a morir? Ya esto es suficiente, ya esto es incluso demasiado. ¿Es que no nos vamos a morir? ¡Y, por si esto fuera poco, antes de morirnos hemos de padecer muchos males! Hay quienes, como mi madre, no hicieron en la vida más que ir de una enfermedad a otra. ¡Pobres de nosotros! Si por lo menos pudiéramos vivir apaciblemente los años que preceden a la muerte. Pero aun esto nos ha sido negado».

Así pensaba la señorita cuando oyó que una voz enérgica y malhumorada le decía: 

Pues no, no he encontrado todo lo que buscaba. Busqué amabilidad y no la he encontrado; busqué con un poco de atención por parte del personal y ya ve usted con lo que me encuentro: con un trozo de hielo. ¿Qué clase de tienda es ésta? ¿Así se cuidan aquí las relaciones públicas? 

La señorita se encogió de hombros, cortó de un tirón el ticket que debía entregar y lo tendió, sin verlo, a la dama vociferante. 

-¡Qué educación! –gritó la mujer-. Aquí ni siquiera le sonríen a una, ni la saludan. Ahora mismo iré a quejarme a la gerencia. 

La señorita no se atrevió a seguir con la mirada los movimientos de la dama: ella seguía pensando en su madre, a la que ya no encontraría en casa cuando volviera a ella. «Sí –se decía-, ¿es que no nos vamos a morir? ¿Por qué, pues, este mar de sufrimiento?».

El gerente de la tienda llegó a la caja, pidió a la señorita que la acompañara a algún lugar y le dijo enérgicamente, para que todos lo oyeran, que así no se podía tratar a la clientela. 

-Mírese usted en un espejo –le dijo el gerente-. Tiene cara de drogada. ¿Es que no duerme usted por las noches?

Anoche no pude dormir. 

-Lo siento por usted. ¿Por qué no va con un médico para que la revise y le dé un sedante  o lo que sea? ¡Usted, así, no puede seguir viniendo! Causa lástima, ¿no lo entiende? Y nuestro personal no tiene que causar lástima.

La señorita no decía nada; se limitaba a escuchar. 

-Usted bien sabe que a los clientes hay que saludarlos y sonreírles. ¡Usted debe mostrarse feliz de pertenecer a esta gran empresa! ¡La felicidad de pertenecer a esta gran empresa debe vérs ele desde todos los ángulos!

También, por supuesto, desde el otro lado de la caja…

Esta semana ha muerto mi madre –cortó la señorita. No quería conmover, sino sólo informar. ¿Conmover a quién, o por qué? ¿A quién podría interesarle la muerte de su madre más que a ella?

-Lo lamento –dijo el gerente-. Todos lo lamentamos. Pero mientras esté usted en la caja, olvídese de su madre. Durante las ocho horas que esté aquí, tiene usted prohibido pensar en ella.

Prohibido pensar en ella. Mientras la señorita se secaba las lágrimas al contarme este incidente, yo pensaba en lo que el sociólogo norteamericano C. Wright Mills (1916-1962) había dicho en uno de sus libros, a saber: que hoy a los trabajadores se les pide que sean externamente robots joviales (cheerful robots), aunque por dentro estén sintiendo que se los lleva el diablo. Sí, dicen los modernos manuales de relaciones públicas, hay que sonreír, hay que dar palmadas en el hombro de los clientes, hay que hacerles sentir que están en el mejor de los mundos posibles y en el que, por lo tanto, no hay ni puede haber razones para llorar… 

Esa misma noche, al escribir este artículo, me puse a buscar el libro en el que había leído la afirmación de Mills y copié la cita entera, que ahora transcribo aquí: 

«De este modo la sonrisa, la mirada amable, el modo de andar, la voz y todas las cualidades externas que puedan hacer atractiva la personalidad del vendedor se convierten en objetos de manipulación encaminados a un fin. Se abusa de ellos en aras del lucro y dejan de ser una efusión originaria de la personalidad del hombre. Con esto los rasgos personales adquiridos, la sonrisa y la sencillez adquiridas deben convertirse realmente en una parte integrante del hombre, porque sólo así convencen, porque sólo así venden. De este modo el hombre se aparta de su propio ser y se apropia una personalidad extraña. El hombre se aparta de sí mismo, pero se aparta también del prójimo, porque se convierte en un objeto de manipulación, un objeto al que hay que saber calibrar acertadamente”.

La señorita perdió el trabajo. Había defendido de tal manera su derecho a no sonreír al menos en esos momentos, que su defensa le costó cara. Y mientras yo casi lloro con ella, pienso en qué va a ser –y hacia dónde se encamina- una sociedad en la que por afán de dinero se le puede decir a alguien: “Sí, es triste lo que ha pasado. Todos lo lamentamos, pero mientras esté en la caja olvídese de su madre. Durante las ocho horas laborables tiene usted prohibido pensar en ella»…

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