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Del diario de un burgués | Columna de Juan Jesús Priego
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(Una noche, san Francisco, el pobre de Asís, se puso a tocar las campanas de una de las iglesias de su ciudad, pidiendo a todos, grandes y chicos, jóvenes y viejos, sanos y enfermos, que saliesen de sus lechos para contemplar la belleza de la luna. Un comerciante de aquella ciudad se dio a la tarea de consignar en su diario las impresiones que causó en él tan insólito acontecimiento, y he aquí lo que escribió).
Asís. 20 de noviembre de 1205. Todos sabemos lo que es la luna: un disco que aparece por la noche y se esfuma al amanecer. Me corrijo: no, quizá la luna no sea un disco, sino un plato, y los platos se hicieron más para comer en ellos que para pasarse la vida contemplándolos. Si mi mujer, por ejemplo, me despertara por la noche para que me pusiera a ver con atención las escudillas que se amontonan en el baúl de mi cocina, ¿no merecería que la apaleara? Como digo, los platos se inventaron para servirse de ellos, y una vez que han sido utilizados los lavas, los secas y los pones nuevamente allí donde deben estar, es decir, en el sitio menos visible de la casa.
Pero, ¿y la luna? La luna es el plato más inservible que se haya visto jamás. Si se me permite decirlo así, es como un error de la creación. ¿Para qué hizo Dios la luna? Alguien, una vez, la definió así: «Es la lámpara de los juerguistas», y yo estoy bien de acuerdo con tan ingeniosa definición. Si todos durmiéramos a la hora debida, nadie tendría necesidad de la luna; al menos, eso es lo que pienso yo. Como dice el dicho, acostarse pronto y levantarse temprano, hace al hombre bueno y sano.
Cómplice de amores prohibidos, alcahueta de infieles, aviso de truhanes, brújala de engañadores, mapa de holgazanes, linterna de ladrones, consuelo de borrachos, guía de amantes extraviados: si me lo preguntan, para mí eso es la luna, y nada más que eso.
He aquí una palabra que dice más de una cosa: lunático. ¿Qué significa? ¿No la empleamos para referirnos a esos seres desgraciados que viven con la mirada puesta en las estrellas, es decir, a los locos? Un filósofo de la antigüedad, según se sabe, por ir mirando al cielo cayó en un hoyo y se rompió la cabeza. ¡Merecido se lo tiene por despistado y distraído! Lunático: aquel que camina con la vista puesta en el otro mundo. ¡Bonito espectáculo! ¡Que le aproveche!
Los valores se han trastocado hoy de un modo jamás visto. El día, y así lo aprendí de mis mayores, se hizo para abrir los ojos, y la noche para cerrarlos. Hay un tiempo para cada cosa. Pero ahora viene un loco que despierta a medio mundo y grita que abandonemos nuestros lechos para salir a los peligros de la intemperie.
Sé que para las autoridades de nuestra ciudad, el «pequeño incidente» –como lo han llamado con esa prudencia oficial tan propia de los burócratas- no tiene ninguna importancia. ¡Pero vaya si la tiene! Un hombre despierta a la ciudad entera y grita como un poseído: «¡Habitantes de Asís, hermanos míos! ¿No veis qué luna más bella nos ha regalado Dios?». Entonces todos salen de entre las frazadas a la noche fría y lanzan sorprendidas exclamaciones. A unos les brillan los ojos a través de las ventanas, a otros se les va el aliento, y el resto se queda con la mirada puesta en el más allá.
Pero –y seamos fríos, seamos incluso despiadados-, cuando un hombre no ha dormido bien, ¿qué otra cosa puede hacer más que haraganear al día siguiente? Andará toda la jornada como atontado, eso es lo que quiero decir, y ya no trabajará como se debe, esto es seguro; y si no trabaja, no produce; y si no produce, no compra ni vende, y la economía se tambalea entonces como un ebrio al borde del precipicio.
¡Oh, es preciso no tomarse estas cosas tan a la ligera! Si nuestros jóvenes se nos vuelven románticos, ¿qué será de nuestra ciudad? He hablado con franqueza acerca de todo esto con nuestras autoridades y hasta les he confiado mis sospechas. ¿Y si el agitador de anoche no fuera sino un enviado de Perugia, nuestra mortal enemiga? El alcalde parecía divertirse con mis suposiciones. Los guardias civiles se miraban unos a otros y se dirigían miradas llenas de picardía. Les pregunté: «¿Os burláis de mí, caballeros?». El jefe de todos ellos, un hombre calvo y detestable al que puedo jurar que nunca antes había visto, trató de calmarme diciendo: «No se preocupe usted, Piero, amigo. Ese agitador que cree usted un enviado de Perugia no es sino Francesco, el hijo de Pietro Bernardote, a quien usted seguramente conoce bien. Este muchacho está un poco chiflado, es verdad, pero me alegra decirle que es inofensivo».
Dije yo a mi vez: «Sí, pero»… Mas no me dejaron continuar. Por lo menos me prometieron que semejante alteración del orden no volverá a producirse. ¡Por el bien de la comunidad, así lo espero!
De acuerdo: por esta única vez, pase. Pero si ese loco inofensivo –como lo han llamado- vuelve esta noche a despertarnos a todos, ya se enterará de quién soy yo.
Mas, ¿y por qué, si es tan inofensivo, como dicen, también a mi esposa le brillaban los ojos mientras sacaba la cabeza por la ventana? Mañana mismo, o, mejor, la semana que entra, cuando regrese de ese viaje que tengo que hacer, le preguntaré por qué lloraba. ¿Qué es lo que le dijo la luna? ¿Hay algo que yo no sepa?
Al momento de partir, mientras mi mujer me daba el beso de la despedida, me dijo al oído: «No sólo de pan vive el hombre, querido». ¿Por qué me dijo estas palabras tan extrañas? ¿De qué libro subversivo las sacó para arrojármelas a la cara? ¡Ya veremos lo que hace ella sin pan!
Pues bien, ya lo he dicho: si este hombre se empeña en que salga a ver la luna, se enterará de quién soy yo. La economía no necesita poetas, sino hombres que se desvelen menos. De modo que buenas noches.
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Saber esperar | Columna de Juan Jesús Priego
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Por: Juan Jesús Priego
«Había caído enfermo un tal Lázaro, natural de Betania, el pueblecito de María y su hermana Marta. Fue María la que ungió al Señor con perfume y le secó los pies con sus cabellos; Lázaro, el enfermo, era hermano suyo, y por eso las hermanas le mandaron un recado a Jesús:
»-Señor, mira que tu amigo está enfermo.
»Jesús, al oírlo, dijo:
»-Esta enfermedad no es para muerte, sino para honra de Dios, para que ella honre al Hijo de Dios.
»(Jesús era muy amigo de Marta, de su hermana y de Lázaro).
»Y cuando se enteró de la enfermedad esperó dos días donde estaba; sólo entonces dijo a los discípulos:
»-Vamos otra vez a Judea» (Juan 11, 1-7).
Detengámonos aquí, pues hay cosas en este relato que no siempre le quedan claras al lector. Si Jesús era muy amigo de Lázaro, ¿cómo es que se demoró dos días para ir a verlo? ¡Dos días! ¿No hubiera sido necesario que, al oír tan triste noticia, echara literalmente a correr? Por lo menos, esto es lo que esperaríamos de un amigo . Pero Jesús no hace nada de esto, y en lugar de encaminarse a Betania sí que se dispone a partir, pero a otro lugar que no es precisamente Betania. Para dar una idea de lo que ha sucedido tomemos el siguiente ejemplo. Supongamos que llega alguien y nos dice: «Mira, tu amigo, al que tanto quieres, está en el hospital casi muriéndose», y que nosotros, entonces, respondemos así:
-¿Enfermo? ¿Dices que muy enfermo? ¡Pobrecito! Me doy por enterado. A ver si puedo ir a verlo uno de estos días.
Así como se habla de negligencia médica, ¿así podría hablarse igualmente de negligencia afectiva?
Desde que era muy joven, estas palabras me hacían removerme en mi silla: «Cuando se enteró de la enfermedad, esperó dos días donde estaba». Y me decía a mí mismo: «Si de veras Lázaro hubiera sido su amigo, Jesús habría partido a Betania en ese mismo instante. ¿Para qué esperar? ¿Por qué dejar para mañana, para pasado mañana, para después?».
Pero por fortuna existen los estudiosos de la Biblia, y gracias a uno de ellos he podido enterarme de algo que hasta hace poco ignoraba y que aclara bastante bien todo este embrollo que me sumía en hondas –y muy amargas- cavilaciones. He aquí, pues, lo que hasta hace poco no sabía y ahora sé:
«¿Qué motivo pudo haber tenido Jesús para retrasar dos días su viaje? No basta para explicar esta demora el peligro que suponía el regreso, ni la resistencia del grupo de discípulos. Se trata de una decisión que Jesús toma desde el primer momento. En la mente del autor (es decir, del evangelista Juan, que es quien puso por escrito este episodio de la vida del Maestro), desde el momento en que recibe la noticia de la enfermedad de su amigo, Jesús ya sabe que Lázaro está muerto. Si retrasa dos días su viaje es para que la resurrección tenga lugar cuando ya el cadáver haya empezado a descomponerse, y el milagro sea absolutamente patente. Se trata de hacer algo “más difícil todavía”. Según la creencia judía, durante tres días el alma no dejaba el cuerpo. Era al cuarto día, al comenzar la putrefacción, cuando la muerte real era ya irreversible» (Juan Manuel Martín-Moreno, Personajes del cuarto evangelio).
¡Así las cosas cambian! Si Jesús no hubiera dejado pasar esos dos días, lo más probable es que más de alguno, al ver a Lázaro saliendo del sepulcro, hubiera dicho: «No, en realidad este hombre no ha resucitado a nadie; lo que pasa, más bien, es que Lázaro aún no moría» . O, dicho a la mexicana: «No estaba muerto; andaba de parranda». Pero, ¿quién podría objetar el milagro cuando el cuerpo ya apestaba? «Señor –dice Marta, la hermana del difunto-, ya huele mal, lleva cuatro días» (Juan 11,39).
El cuerpo de Lázaro estaba ya en proceso de franca descomposición y este hecho, para los judíos de aquella época, no podía significar más que una cosa: que se trataba de un auténtico fallecimiento. Pues bien, es entonces –y sólo hasta entonces- cuando Jesús grita con voz potente: «¡Lázaro, sal fuera!» (Juan 11,43). ¿Quién podía negar ahora que lo que Jesús había hecho era un milagro, un milagro como nunca antes se había visto uno en Israel?
Pero ahora pongámonos en el lugar de Marta y María. ¿Estaban desesperadas al ver que Jesús no llegaba? ¡Es claro que lo estaban! Y no solamente desesperadas, sino también molestas. ¿Qué creían en lo más hondo de sí mismas? ¿Pensaban que Jesús, por negligencia afectiva o por lo que sea, había llegado tarde a la cita? De que estaban francamente airadas, no hay ninguna duda; basta con prestar un poco de atención a lo que dice Marta a Jesús cuando por fin lo ve llegar: «Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano» (Juan 11,21). ¿Y qué es esto si no un reclamo? ¡Y cómo se arrepentiría después esta mujer, hoy tan venerada en más de un templo de nuestra ciudad, por sus pucheros y su falta de confianza!
Por eso, valiéndose de este pasaje evangélico, los maestros espirituales de ayer y de hoy nos recomiendan la paciencia y la esperanza. Él vendrá. Aún cuando pareciera que tarda, no dejará de venir. Y cuando todo parezca perdido, cuando todo parezca venirse abajo, cuando todas las puertas parezcan cerradas, Él lo hará todo de nuevo con la sola fuerza de su voz. ¿Lo llamaste? Entonces llegará.
En uno de sus libros, por ejemplo, Thomas Keating dice así: «Si Dios te quiere mucho, no esperes que vaya a acudir en el momento en que lo necesites. Al contrario, parecerá que no acude. Pero hará más de lo que piensas. Tiene todo planeado. Parece ignorarte. Y esa es la señal más maravillosa de que algo grande va a ocurrir. Cuando Jesús acudió por fin a Betania, resucitó a Lázaro de entre los muertos».
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Permaneced distantes | Columna de Juan Jesús Priego
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Por: Juan Jesús Priego
¿Ha leído usted, estimado señor, un relato de Thomas Mann (1875-1955) titulado Mario y el mago? Ah, es magnífico, es terrible. Léalo, léalo usted.
A un pueblo de Italia –un pueblecito del Sur- llegó un día un prestidigitador famoso capaz de hipnotizar a los espectadores y hacer que éstos ejecutaran al instante cuanto él les ordenase. Usted, seguramente, habrá conocido alguna vez a hombres como éste, pues en otro tiempo fueron muy comunes, sobre todo en las ferias de pueblo. Éste del que nos habla Mann en su novela se llamaba Cipolla –es decir, cebolla- y, efectivamente, era un maestro consumado en la ejecución de su arte. Si decía a uno de los asistentes, por ejemplo: «Ahora marcharás como soldado», éste, a la vista de todos, comenzaba a caminar a paso redoblado. Y si le ordenaba: «Ahora tienes que demostrar que eres un niño», el sujeto en cuestión, aunque fuera ya un anciano al borde del abismo, empezaba a lloriquear cual si hubiese regresado a las edades más tempranas de su existencia y necesitara urgentemente, para calmarse, un chupón.
A veces, también, pedía a espectadores tomados al azar que contaran algo de su vida, y éstos, en voz alta, empezaban entonces a hablar largo y tendido de sus miedos y decepciones, de sus quebrantos financieros y hasta de sus decepciones amorosas. Por demás está decir que los espectadores se hallaban siempre entre la maravilla, el suspiro y el espanto. ¿Cómo era posible que este hombre, flaco y un tanto desgarbado, con ojos de buitre, se apoderarse así de la voluntad de las personas? Y, sin embargo, nadie dudaba de que en verdad lo hacía, pues ante su vista realizaba éste cada una de sus maniobras.
Entre los asistentes a aquella memorable representación estaba también Mario, un campesino muy bien parecido que, como todo mortal, también había sufrido lo suyo… El mago le habló, pidiéndole que se acercara, y en poco tiempo éste quedó convertido en una máquina humana cuyo control parecía tenerlo únicamente Cipolla. La gente estaba en suspenso. ¿Qué iba a decir o a hacer este muchacho codiciado por más de una mujer del pueblo? ¿Qué es lo que iba a pasar?
«-Noto en tu cara –le dijo el mago- un rasgo de carácter taciturno y triste, un rasgo de melancolía… Dime ahora –y aquí cogió una mano del muchacho, como para animarle-, ¿tienes algún pesar? »-No, señor –respondió Mario.
»-Sé que lo tienes. ¿Cómo quieres que no me dé cuenta? ¿Vas a engañarme a mí, al gran Cipolla? Y, desde luego, se trata de las muchachas: de una chica. Tienes un gran pesar de amor»… ¡Ah, señor, lo que sigue es tremendo, inaudito, vergonzoso! Pues sucede que, de pronto, Cipolla, el malvado hipnotizador, la estrella de las ferias, da a Mario la siguiente orden:
»-¡Bésame! Tú puedes hacerlo. Créeme que puedes hacerlo. Te quiero. Bésame, aquí –y con la punta del índice, tendiendo brazo, mano y dedo meñique, designó la mejilla, cerca de la boca. Y Mario se inclinó y le besó».
Expectación general. ¡Mario ha besado a aquel hombre repugnante, Mario ha besado en público a otro hombre! Y, cuando vuelve en sí, hay en su rostro la expresión de quien se pregunta qué ha pasado, pues en re alidad no lo sabe. La gente se ríe de él y le silba gritándole todo tipo de cosas. ¿Qué fue lo que sucedió? Mario se hace esta pregunta mientras camina en dirección a las butacas. Algo terrible debió haber ocurrido: lo nota en la expresión divertida y socarrona de la gente. Algo, pero ¿qué?
Pocos minutos después, Mario vuelve al escenario con una pistola en la mano . «Un silencio se produjo inmediatamente. Incluso los bailarines se detuvieron en su ejercicio, mirando con ojos desorbitados. Cipolla se incorporó súbitamente. Allí estaba, de pie, con los brazos tendidos hacia un lado, como si quisiera rechazar algo y gritar». Se oyeron unas detonaciones. «Y allí quedó Cipolla, tendido, inmóvil, formando un montón desordenado de prendas y huesos».
¡Ah, señor, qué historia! Ya sé que una obra de arte –y ésta novela lo es, sin duda- se presta poco a las moralejas, pero ¿qué le vamos a hacer? Está en nuestra naturaleza sacarle a todo una enseñanza. Hay quien sugiere que Mario y el mago es ante todo una parábola; Thomas Mann quiso con ella, según eso, advertir a los dictadores de su tiempo lo que con toda seguridad les ocurriría cuando los pueblos sometidos a su embrujo oyeran el chasquido del látigo y salieran, por fin, del sueño en el que se hallaban sumidos. Hay quien ha dicho, abundando en lo anterior, que más concretamente Mario y el mago era un grito de amenaza lanzado contra el fascismo.
Pudiera ser; en todo caso, señor, yo no lo pongo en duda. «Vosotros, encantadores, habéis, con vuestra voz, arrullado a Mario y hecho con él cuanto se os ha antojado. Incluso, sin que él se diera cuenta, porque dormía, le habéis pedido cosas que estando despierto jamás se habría atrevido a hacer: lo indujisteis a realizar acciones vergonzosas; pero tened cuidado, porque Mario despertará y entonces es muy posible que no reaccione de otra manera que como lo hizo en esta trágica historia». Tal interpretación es justa: Mussolini, en efecto, murió ahorcado en 1945, es decir, dieciséis años después de que Thomas Mann escribiera este relato profético. Pero si leyéramos Mario y el mago sólo en esta clave, la historia ya no tendría nada que decirnos, pues el fascismo, como Cipolla, está hoy bien muerto; en cambio, si lo abordamos desde otra perspectiva –desde una perspectiva puramente humana-, el relato no podría ser más actual. «Toma tus distancias. Respeta los límites. No te acerques demasiado». Tal parece ser el mensaje.
¡Cuántas veces he visto noviazgos y amistades que fueron demasiado lejos en sus efusiones y que por su sed de caricias lo echaron todo a perder! A éstos habría que recitarles los siguientes versos de Rainer Maria Rilke (1875-1926): “Quiero siempre precaver y avisar: permaneced distantes. Me gusta oír cómo cantan las cosas. Las tocáis y se vuelven mudas y rígidas; vosotros me matáis todas las cosas. No tocar, permaneced distantes; en ocasiones, tal vez sea esto lo único que habría que decir a los que quieren salvar su amor, o ya por lo menos conservarlo. ¡No tocar! Hay caricias que son demasiado peligrosas, hay atrevimientos que se pagan caros. Traspasar los límites –y esto es algo sabido desde los tiempos de Adán y Eva- puede resultar mortal.
Pero debo callarme ya. Hasta luego, estimado señor.
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#4 Tiempos
Pensamientos en la Catedral | Columna de Juan Jesús Priego
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Los dos jóvenes se toman de la mano por unos instantes y él le dice a ella: «Yo, Juan, te acepto a ti, Lucía, como mi esposa, y prometo serte fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, y amarte y respetarte todos los días de mi vida».
De reojo observo a la mamá de la novia: está llorando, y con discreción se pasa un pañuelito blanco por el área de los ojos. El padre del novio, en cambio, se muestra pensativo y perplejo. Quizá se pregunte: «¿A qué hora creció este niño? ¡Apenas ayer se me sentaba en las piernas, y mírenlo ahora! ¿Tan rápido se va entonces la vida? ¿Tan rápido nos hacemos viejos? Dentro de un año, tal vez, ya seré abuelo». Todas estas preguntas y exclamaciones, y aún otras más de la misma índole, puedo leer en su rostro, en su cabeza que se mueve a intervalos rítmicos y en sus pies que casi tiemblan. Sí, ¿en qué momento se hicieron grandes estos niños que hoy, dejándolo todo, se van de casa, a qué hora crecieron y se enamoraron?
La ceremonia continúa. Ahora ya no miro a los papás, sino a los novios, que se entregan el uno al otro un anillo dorado. Y yo pienso en la grandeza de este sacramento. Porque esto es lo que es: un sacramento, es decir, un rito sagrado que no sólo simboliza, sino que también realiza y aun trasciende, la materialidad de los signos. «Este es un gran misterio –decía San Pablo hablando del matrimonio-, y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia» (Efesios 5,32). De pronto empecé a pensar cosas en las que nunca antes había pensado.
Esto que los dos jóvenes están haciendo hoy en la Catedral –me decía a mí mismo- es una imagen terrena de lo que sucede místicamente en el alma de los hombres. ¡Dios se ha desposado con cada una de sus criaturas! ¿Es esto posible? Dios se desposa con ellos, y lo que este muchacho acaba de decir a su amada lo dice Dios también a cada uno y de manera individual: «Prometo serte fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad…, todos los días de mi vida». ¿Pero Dios puede decir: todos los días de mi vida? Sí, sólo que, para Él, ese todos los días se designa con una sola palabra: eternidad. Por la eternidad estaré contigo. No te abandonaré ni siquiera por un momento, ni siquiera en la muerte. Porque es fuerte el amor como la muerte, dice la lectura que hace un momento acabamos de escuchar (Cantar de los cantares 8,6).
Mientras pienso en estas cosas que me llenan de emoción, los padrinos de arras me llaman al orden pidiéndome que las bendiga. Hay que bendecirlas, claro. Y lo hago. Derramo sobre las monedas unas gotas de agua bendita y se las entrego al esposo para qué él, a su vez, las haga llegar a su mujer como un río que fluye, sin quedarse con ninguna, y yo sigo diciendo para mis adentros: «¡Por toda la eternidad! Porque nos hiciste, Señor, para ti, nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en ti. ¡Hermosas palabras éstas de San Agustín! ¿Nos hiciste, entonces, para ti? Sí, sólo para ti. Tú eres el esposo verdadero de nuestras almas y a los demás sólo nos los prestas por un tiempo, para el tiempo. ¡La eternidad te la reservas Tú, pues eres el Señor de ella!».
Estoy distraído o, mejor aún, embebido. Los padrinos de lazo me hacen señas desde la distancia y me preguntan como jugando a caras y gestos si ya es tiempo de ponérselo a los nuevos esposos. Yo les hago un gesto afirmativo con la cabeza. ¡Claro, el lazo! Sí, ya es tiempo de ponérselo. Y mientras los padrinos ejecutan esta sencilla maniobra, yo sigo pensando: «Haber nacido es haber sido elegido. Estamos aquí, Señor, porque nos quisiste, porque nos amaste. ¡Nos elegiste para la vida, es decir, para ser tuyos! Nadie está en este mundo por causalidad, o por azar. ¡Tú elegiste a los que viven para desposarte con ellos en el amor y la fidelidad! Así pues, nunca los dejas solos, ni los has dejado, ni los dejarás jamás. Esto es lo que dices a cada hombre que nace, y aún antes de que nazca, desde que está en el seno de su madre: «Prometo serte fiel».
Creo estar más emocionado que los mismos novios. Pero sus padres –los cuatro- me miran con extrañeza y casi diría que hasta con rencor. Seguramente piensan que he estado muy distraído durante la ceremonia. Ha sido mi actitud exterior la que quizá les haya hecho pensar que no he estado realmente con ellos, sino en otra parte: en la luna, por decir un lugar. Y, sin embargo, nunca había estado más cerca de alguien que con estos jóvenes que ahora se tal vez se preguntaban por qué me habían elegido a mí, precisamente a mí, para…
¿Cómo no había pensado con más detenimiento en este misterio? Jesús elevó a rango de sacramento la unión definitiva entre el hombre y la mujer para que éstos, celebrándolo, vayan todavía más allá y piensen en Dios, que nos ama así: con un amor que ni se arrepiente ni vacila. Todo lo podemos temer, menos que Dios deje de querernos. «Podrán desaparecer las colinas y los montes, pero mi amor por ti no desaparecerá». ¿Y no es esto justamente lo que hemos recordado, lo que hemos celebrado hoy? ¡No se enojen, amigos! Enseguida estoy con ustedes.
Mientras coloco los dones sobre el altar, sigo pensando: «No hay historia de amor más bella que la del alma con su Dios. ¿Acaso el verdadero matrimonio sea sólo éste? Sí, quizá sea así, de manera que el matrimonio que acabamos de celebrar no sea, en el fondo, más que una imagen pálida –aunque visible y real- de aquél.
Y cuando termino la Misa y los padres de la novia se me acercan para darme las gracias por haber venido de lejos únicamente para celebrarla, me dicen sonrientes:
-Estuvo muy bonita la ceremonia, ¿verdad? ¡No lo niegue! Se le veía a usted emocionado.
Emocionado, sí, esa es la palabra: pero no era por las flores que ellos mismos habían mandado colocar a todo largo y ancho de la iglesia, sino únicamente por esos pensamientos míos que ya conoce el lector.
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