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El niño potosino que soñó con una la luna de hielo | Columna de J.R. Martínez / Dr. Flash

Ojos hacia las telarañas cósmicas.

EL CRONOPIO.

En 1977 inicié mi trabajo de divulgación con los jóvenes y niños en San Luis Potosí. En la Feria Nacional Potosina del 78, FENAPO 78, teníamos montado una exhibición de aparatos antiguos de física y algunos arreglos experimentales con los que realizábamos demostraciones recreativas. Las preguntas de los niños, que era el público mayoritario en esa exposición, no se hacían esperar. Por lo regular cada demostración tenía su explicación, pero los niños comenzaban a proponer explicaciones, que se alejaban de las que teníamos. Por fortuna, no caímos en el error de desechar sus teorías, seguíamos el camino de la contrastación de hipótesis, y les permitimos experimentaran sus formulaciones, a lo más les dábamos otras ideas y los invitábamos a que experimentaran en cuanto tuvieran oportunidad.

A lo largo de los años, fuimos cayendo en la cuenta, que en la mayoría de las ideas que daban los niños había algo de verdad. Finalmente, por más sencillo que fuera el experimento formaba parte de un sistema complejo, en el cual son varios los factores presentes en un fenómeno, y por atrevida que fuera la interpretación, guardaba algo de cierta. 

Desde entonces, sigo esa línea de trabajo con los niños, y en ese proceso uno aprende mucho. Por desgracia crecen y pierden poco a poco esa chispa, o se las hacen perder. Ahora, están muy de moda los talleres de ciencia recreativa para niños, y suelen adolecer del respeto a la idea del niño y la invitación con preguntas intrigantes a la indagación. 

Para muestra un botón: En 1930 un niño potosino observaba el cielo y le intrigaba la Luna, la que creía estaba hecha de hielo, su brillantez y su intensa blancura le orillaban a decir que deducir que la formaba un líquido congelado. Esta idea bien podía ser rebatida por algún adulto o maestro a quién le habían enseñado que la Luna era similar a la Tierra, pero carente de atmósfera y su brillantez no era otra cosa que el reflejo de la luz del Sol sobre ella.  

Para el caso de nuestra Luna, que la vemos cubierta de cráteres, y donde el ser humano se encontró con una superficie seca, hubo gran entusiasmo cuando en 1996 la nave espacial Clementina y en 1998 el Explorador Lunar, sugerían la presencia de pequeñas cantidades de hielo en algunos cráteres. Estos se localizan cerca de los polos lunares, que están fuera del alcance de los rayos solares, donde seguramente las colisiones con asteroides depositaron pequeñas cantidades de agua que podría conservarse miles de millones de años en forma de hielo. Así que cuando todos creíamos que la Luna era un verdadero desierto, nos llegó la noticia del descubrimiento de agua en su superficie. Esto fue en septiembre del 2009, cuando el instrumento Moon Mineralogy Mapper de la NASA a bordo de una sonda lunar de la India Chandrayaan-1, identificó agua en un cráter localizado en el lado obscuro de la Luna. Semanas después la sonda lunar LCROSS, también de la NASA, analizó los componentes originados de un impacto deliberado hecho en el cráter, confirmando la existencia de agua en forma de hielo, que salió pulverizada hacia el exterior.

En octubre del presente año, la NASA anunció un descubrimiento de agua en la superficie iluminada de la Luna con ayuda del observatorio SOFIA, un telescopio infrarrojo aerotransportado, el más grande de su tipo en el mundo. Esto es crucial para su futura exploración y colonización, aunque aún no sabemos cuánta agua realmente hay.

El niño potosino en cuestión finalmente tenía razón: la Luna es de hielo o al menos contiene una parte de hielo. Ese niño era Gustavo del Castillo y Gama, destacado físico potosino que fundó el Instituto de Física de la UASLP y que detectó por primera vez en México rayos cósmicos en el laboratorio de radiación cósmica instalado en el edificio central de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí, tema que le inquietó de niño cuando observaba el cielo y veía esa Luna que creía de hielo.

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