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LaguNotas Mentales

 

Han pasado nueve meses desde que el primer caso de covid-19 fue registrado en nuestro país. La evolución de la pandemia no se ha dado únicamente en las actualizaciones de cifras de contagios y defunciones, también se ha dado una evolución en términos sociales y de costumbres. Hoy en día existe, sin duda alguna, mucha más información acerca del monstruo contra el cual estamos luchando. Conocemos datos más precisos acerca del virus y por consiguiente la sensación de incertidumbre y pánico en cuanto a cómo debemos comportarnos ante el problema es menor.

Comenzamos ya a acostumbrarnos en términos sociales a tener que convivir con el virus, cada vez nos sentimos menos aterrados ante la posibilidad de un posible contagio, ya que los expertos aseguran que prácticamente la totalidad de la sociedad habremos de contraer el virus en algún momento. Hemos memorizado y mecanizado el uso del cubrebocas al punto de ya portarlo de manera automática, al igual que hacemos con los calcetines, sin pensarlo, simplemente ejecutando la acción. Aunque es una realidad que aún existe un sector de la población que se muestra renuente a acatar la orden de portar cubrebocas, entre ellos el mismísimo presidente Andrés Manuel López Obrador.

Mucho se habló al inicio de la pandemia acerca de si el uso del cubrebocas resultaba benéfico o contraproducente como método preventivo. Se polemizó al respecto pues algunos aseguraban que lejos de ayudar a evitar contagios podía ser un factor de riesgo pues la humedad causada por la respiración podía convertir al cubrebocas en un causante de más contagios.

Después de meses de investigación se ha comprobado científicamente que el uso del cubrebocas si ayuda a reducir en un porcentaje alto el contagio de covid-19. Los países que han acatado la regla de usar este medio de prevención lo han visto reflejado positivamente no sólo en los índices bajos de contagios, sino también en términos económicos.

En nuestro país la situación dista mucho de estar bajo control. Cifras de muertos y contagiados maquilladas, la economía paralizada y una parte de la sociedad que no ha entendido que la reducción de contagios depende del esfuerzo individual han puesto nuevamente en semáforo rojo a varias poblaciones.

La situación se complica aún más al ver que el presidente de la República ha sido el primero en desacatar la recomendación de portar el cubrebocas. No cabe duda de que el presidente está mal asesorado por su equipo pues no le han hecho entender la importancia que tiene la comunicación no verbal en un puesto de alto rango como el suyo. Independientemente de si el señor presidente crea o no en la eficacia del cubrebocas como reductor de contagios debe comprender que está al mando de uno de los países con el manejo más pobre de la pandemia. Somos el país número uno en el mundo en muertes de personal médico por covid-19 y alguien debería aconsejarle a Obrador que, al menos por solidaridad, debería portar el cubrebocas en sus apariciones en público.

No todo es malo, hay también aciertos en el gobierno de López Obrador. Al presidente de la República hay que aplaudirle el buen tino, pero también hay que reclamar y exigir explicaciones y cuentas cuando algo no nos cuadra. Alguien tiene que recordarle al presidente que está al frente de un país democrático en el que la mayoría depositó su voto confiando en él y no puede darse el lujo de hacer frente a esta pandemia desacatando la regla más básica del combate contra la misma.

López Obrador, cegado por su terquedad, se ha convertido en el nutriólogo gordo, en el papá que aconseja a sus hijos nunca fumar mientras enciende el cigarrillo, en el terapeuta de pareja que ya va por el quinto divorcio. Hay un corto circuito al escuchar decir al Presidente que vamos bien, que todo está bajo control y que los contagios van a la baja cuando no ha sido capaz, al menos por empatía social, de portar un cubrebocas en muestra de empatía y unión con el pueblo que depositó su esperanza al votar por él.

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