agosto 11, 2026

Conecta con nosotros

Letras minúsculas

Bodas | Columna de Juan Jesús Priego

Publicado hace

el

LETRAS minúsculas

En algunos pueblos de la Huasteca –hablo de la potosina, en la que nací, gatée y crecí-, la fiesta de bodas era un acontecimiento que no pasaba nunca inadvertido. En cuanto había una a la vista, los mayores desempolvaban sus vestidos de gala, y los pequeños, durante todo aquel día, eran instados a no comer demasiado en sus casas para que pudieran desquitarse después en la de los novios, es decir, a la hora del banquete. Asistir a una cena de bodas era entonces sinónimo de comer y beber gratuitamente.

No obstante, desde hace algunos años, las cosas ya no son así. Por pequeña que siga siendo la ciudad, la gente ya no se conoce y por lo mismo se invita cada vez menos entre ella: esto por un lado; pero, por otro, según una moda que imagino de origen anglosajón, los recién casados prefieren gastar su dinero en un buen viaje de luna de miel –un crucero en el caribe, por ejemplo- a dedicarse a llenar panzas aventureras.

-¿Darle de comer a toda esa chusma? ¡Pero por quien me tomas! -oí que decía una muchacha a su papá, que se mostraba consternado ante el hecho de no poder ofrecer nada a sus vecinos el día en que se casaba su hija.
-¡Oh! –exclamaba el padre-. ¿Qué irán a decir los amigos de nosotros? ¡Que somos unos tacaños!
-Que digan misa.

Las jóvenes generaciones no entienden ya por qué haya que dar nada a nadie, y esto ha tenido como consecuencia que en la actualidad los banquetes de bodas sean fiestas muy poco expansivas; en muchas ocasiones, dichos festejos se limitan a ser reuniones en las que tres docenas de hombres y mujeres debidamente identificados gracias a un control casi policial bostezan a intervalos regulares mientras escuchan a lo lejos una música suavísima. (En realidad ya sólo falta, para dejarnos entrar a estas reuniones luctuosas, que nos obliguen a estampar nuestra huella digital y a mostrarle a un guardia armado nuestra credencial para votar con fotografía.)

Cuando Jesús dijo que el reino de los cielos era parecido a un banquete de bodas, pensaba, me imagino, más en las bodas como las conocí yo siendo niño que en las que hoy tienen lugar en casi todos nuestros salones de caché.

«El reino de los cielos es semejante a un rey que preparó un banquete de bodas para su hijo» (Mateo 22,2). ¡Cuántas veces aparece en los evangelios esta comparación! Según un estudioso de las parábolas del Señor, «la boda era entonces considerada por los judíos como una imagen del tiempo del gozo mesiánico» (Alfons Kemmer). Esto, dicho con otras palabras, quiere decir que, para los judíos de hace dos mil años, lo más parecido en la tierra a la alegría con que se alegrarán los redimidos en el cielo es el gozo con que se ríe, se baila y se canta en un festín de bodas.

En un festín de bodas, los invitados no tienen que ganarse el pan con el sudor de su frente, pues éste les es ofrecido de manera gratuita, y tampoco deben temer que el vino se les acabe, pues los esposos previsores lo darán en abundancia: de hecho, lo más penoso que podía pasar en un festín como éste era que el vino se acabara. (Recuérdese que el evangelio habla de un banquete, en Caná, donde sucedió esto precisamente, y que fue la ocasión de que Cristo realizara el primero de sus signos; con este gesto, nuestro Salvador demostró ser un celoso defensor de la sana alegría de los hombres).


En una boda está prohibido estar tristes, y la hilaridad y el buen humor que reina entre los comensales es una imagen de la hilaridad y el buen humor que reinarán para siempre en el Reino celestial.
Sin embargo, y esto es algo de suma importancia, la boda es un acontecimiento en el que no es posible estar solos: es el lugar de la conversación, de la compañía y de la vida compartida. Durante mucho tiempo creí que la boda era imagen del reino de Dios sólo por su gratuidad (todo es dado abundantemente, y gratis además); pero hoy, leyendo esta parábola con mayor detenimiento, caigo en la cuenta de que, entendida únicamente así, queda bastante empobrecida. ¿No quiso decir Jesús, al comparar el cielo con un banquete de bodas, que allí encontraremos a aquellos que hemos amado para alegrarnos juntos y decirles lo que aquí, en el país del olvido, dadas las circunstancias o nuestra timidez, no pudimos decirles?
Para llegar a esta convicción fue sumamente decisiva la lectura de un libro del teólogo alemán Eugen Walter, en el que dice: «Un banquete, y sobre todo un banquete de fiesta se celebra únicamente cuando se reúnen muchas personas: personas que tienen lazos internos de unión, no sólo con el anfitrión, sino también entre sí. Tampoco la eternidad puede consistir únicamente en que estemos con Dios, sino además en que estemos unos con otros» (Esencia y poder del amor).
Para Plotino, el filósofo griego, los bienaventurados (él los llamaba los moradores del Elíseo) serán «todo ojos», es decir, seres que se verán unos a otros en su más pura verdad. Pero –uno se pregunta-, ¿y las palabras?, ¿dónde quedan en su cielo las palabras? En un festín de bodas, después de todo, también se habla, se canta y se baila. Si Plotino tuviera razón, el paraíso no sería muy diferente a ese infierno que tan bien describió Jean Paul Satre en A puerta cerrada, ese antro siempre iluminado donde, por haberles sido cortados los párpados, los hombres no hacían otra cosa que vigilarse unos a otros. Pero no: el cielo no será un panóptico, sino un banquete.
Escribió François Mauriac (1885-1970): «Erramos al creer que la muerte nos arrebata a los que amamos. Todo lo contrario: ella nos los guarda». Guardados para el banquete final. Porque el cielo es lugar al que confluirán todos los demás: aquellos a quienes habíamos perdido de vista y echábamos de menos. «El Reino es semejante a un banquete de bodas» en el que no se estará solo ya nunca más; en el que la soledad, por fin, quedará definitivamente abolida. Porque no es bueno que el hombre esté solo (Génesis 2,18). Y si no es bueno que el hombre esté solo en la tierra, mucho menos lo es que esté solo en el cielo.

 

También lee: La señora Rogowska | Columna de Juan Jesús Priego

Letras minúsculas

Siempre hay gente así | Columna de Juan Jesús Priego

Publicado hace

el

LETRAS minúsculas

 

Hay gente que sólo llama cuando nos necesita. Mientras comen y beben, todo está bien, pero tan pronto como se les atora un hueso allí los tienes acordándose de nosotros. Yo conozco a muchos miembros de esta raza canina, y cuando veo su número telefónico parpadeando en la pantalla de mi celular, me digo: “¿Qué se les ofrecerá ahora? ¿De qué apuro hay que sacarlos?”.

Juan Jesús, ¡qué milagro! ¿Cuánto hace que no nos vemos? ¡Hombre, déjate ver más a menudo! Pero, mira, en realidad te hablaba para esto…
¡Vaya, por lo menos son sinceros! ¡Por lo menos no tratan de engañarnos diciéndonos que nos han hablado para otra cosa!
-¿En qué puedo servirte? –digo, sabiendo perfectamente que no estoy usando una frase retórica.
Pero las cosas se complican todavía más cuando suceden cosas como las que voy a contar.

Desde hace muchos años conozco una pareja que siempre anda, como decimos en mi tierra, a la cuarta pregunta. Yo no sé cómo han hecho para que sus hijos estudien en los mejores colegios, tomen por las tardes clases de alemán, y además sean socios de varios clubes recreativos de nuestra ciudad. Esto es un misterio para mí, pero no pienso desentrañarlo. ¿Para qué? ¿Qué me importa a mí saber cómo le hacen para sostener semejante tren de vida? Pero sucedió una vez que el patriarca de aquella extraña familia vino en mi busca para suplicarme que por favor le ayudara a conseguir una beca para su hijo mayor.

-No te imaginas –me dijo- cómo andan de mal nuestras economías. ¡A veces siento la tentación de colgarme de la viga más alta del techo!
“¡Pero si el techo de tu casa no tiene vigas!”, dije para mi coleto. Además, a este hombre yo lo había oído muchas veces hablar así, de modo que aquella confesión apenas me impresionó.
-Sí –dije yo-. Los tiempos son malos. Y en España están peor.
-¿Malos? Te quedas corto. Yo no sé cómo le vamos a hacer. Yo no sé. Pero, mira, todo es cuestión de que hables con los directivos del colegio y…
-Pero si se trata sólo de hablar, ¿por qué no lo haces tú?
-Ah, es que a ti te harán más caso. No es lo mismo que hable yo a que hables tú. ¿Comprendes?

Total que le prometí hacer lo que pudiera. Y, vanidad aparte, debo confesar que conseguí mucho más de lo que yo mismo hubiera deseado.

Para celebrar el triunfo, la familia me invitó a cenar a su casa. Y aunque dudé en hacerlo para no exponerme a nuevos sablazos, acabé yendo gracias a esa perniciosa incapacidad de decir que no que vengo padeciendo desde las más tempranas etapas de mi existencia. Bien, estábamos en la mesa cuando de pronto me preguntó la mujer; quiero decir, la matriarca:

-¿Y con quién habló usted para solucionar el asunto, si puede saberse?
Como la cosa podía saberse, dije:
-Con el señor Martínez.
-¿Con el señor Martínez? ¿Con Rogelio Martínez?


-Así es –respondí.
-¡Hombre! –exclamó la mujer-. ¡Pero si Rogelio Martínez es amiguísimo de mi marido! ¿Verdad que es amiguísimo tuyo, cariño?
-Sí –respondió éste-. Fuimos compañeros en la preparatoria, y además éramos inseparables.
-¡Ay! –volvió a gemir la mujer-. ¿Para qué molestaste al padre? ¡Tan fácil que hubiéramos podido arreglar este asunto nosotros!

Pues lo hubieran hecho”, dije en voz tan baja que nadie pudo oírme. Y en este tono transcurrió aquella cena maldita. Por demás está decir que regresé a mi casa pateando latas. Y pasó un mes. Y luego otro mes. Y luego otro mes más. Y he aquí que mi teléfono, una tarde, volvió a sonar. Y, sí, era el número temido. “¿Qué se les ofrecerá ahora? ¿De qué apuro hay que sacarlos esta vez?”, me pregunté visiblemente angustiado.

-Juan Jesús, ¡qué milagro! ¿Cuánto hace que no nos vemos? ¡Hombre, déjate ver más a menudo! Pero, mira, en realidad te hablaba para esto…

¿De qué se trataba ahora? De que por falta de pago la familia había perdido la membresía de cierto club recreativo… ¿Podía yo, en pocas palabras, conseguirles un pase de cortesía, de manera que los muchachos pudieran ir todas las tardes a nadar? ¡Ay, sufrían tanto por no poder hacerlo! Bien, se lo conseguí.

Y una vez que me encontré a esta pareja en un gran centro comercial, el capitán de aquellas panzas aventureras se aproximó a mí, me llamó su bienhechor y ya casi me estrangulaba con su abrazo cuando me preguntó su mujer:

– ¿Y con quién habló para solucionar este asunto, si puede saberse?
Como la cosa podía saberse, dije:
-Con la señorita Torres.
-¿Con Paty Torres?
-Así es –respondí.
-¡Ay, pero si Paty es casi mi comadre! ¿Verdad que es casi mi comadre, cariño?

Y para evitar lo que seguía miré el reloj, dije que tenía mucha prisa y me despedí de ellos corriendo. A los guardianes les pareció muy sospechoso que saliera del centro comercial arrollando a quien se me pusiese enfrente. Pero era mejor caer en la cárcel que volver a ver a estos mequetrefes.

Dios mío, ¿por qué tiene que haber gente así?

También lee: Conversación a tres voces | Columna de Juan Jesús Priego

Continuar leyendo

Letras minúsculas

Conversación a tres voces | Columna de Juan Jesús Priego

Publicado hace

el

LETRAS minúsculas

Apago la luz, me meto en la cama, doy una vuelta y luego cien más. ¿Qué le vamos a hacer? Me espera otra linda, larga e interminable noche de insomnio. Pero esta vez no me desespero porque de pronto se me ocurre una idea: escribir este artículo. ¿Y de qué voy a hablar en él? Fíjese usted: de lo que tres grandes señores de la República de las Letras dijeron hace mucho, cada uno en su tiempo, acerca de la catedral de Francia. ¿Por qué no hacerlos dialogar entre ellos? La idea me emociona a tal punto que el pájaro del sueño, espantado, echa a volar para ir a posarse muy lejos de mi cama.

Tratemos de imaginarnos un diálogo entre Léon Bloy, Stefan Zweig y Heinrich Heine. Después de todo, ¿por qué no? ¿Qué tiene de malo pensar que los muertos podrían hablar continuamente entre ellos? Así pues, enciendo la luz, tomo tinta y papel y me pongo a escribir. Advierto al lector que yo no he inventado nada, y que si bien se trata de un diálogo imaginario, las palabras que éstos pronunciarán aquí no lo son en modo alguno: el que quiera, puede ir a buscarlas en los libros de cada cual. Pero como no quiero abrumar al lector con advertencias preliminares, comienzo ya.

LÉON BLOY: “La Edad Media era una inmensa iglesia como no se volverá a ver más hasta que Dios vuelva a la tierra: un lugar de oraciones tan vasto como todo el Occidente y construido sobre diez siglos de éxtasis. Era el arrodillamiento universal en la adoración o en el terror. Los blasfemos mismos y los sanguinarios estaban de rodillas, porque no había otra actitud en presencia del Crucificado terrible, que debía juzgar a todos los hombres… Las pobres gentes del campo trabajaban el suelo temblando, como si tuviesen temor de despertar a los difuntos antes de la hora. ¡Ah, sí! Y estos hombres de oración, estos ignorantes sin murmuración que desprecia nuestra suficiencia de idiotas, esos oprimidos llevaban en sus corazones y en sus cerebros la Jerusalén Celeste. Traducían como podían sus éxtasis en las piedras de las catedrales, en las vidrieras ardientes de las capillas, en la vitela de los libros de horas, y todo nuestro esfuerzo, cuando tenemos un poco de genio, está en volver a esta fuente luminosa. Vean ustedes, señores, esta inmensa catedral. ¿Qué es si no un éxtasis petrificado, una inmensa piedra florecida?”.

Stefan Zweig y Heinrich Heine escuchan con respeto a este león al que los ricos temen y los pobres aman. Sí, piensan los dos: una catedral como ésta a cuya sombra se hallan no pudo nacer así como así. ¿Qué tenían los antiguos que los moder nos hemos perdido?

Esto es lo que se pregunta Stefan Zweig lanzando la mirada “allá donde las cumbres besan los luceros”, y, tras un largo silencio, dice a su vez:

STEFAN ZWEIG: “Los verdaderos constructores de esta Catedral se llaman Fe y Paciencia. Fe de miles de seres anónimos desaparecidos y Paciencia de muchos miles de obreros trabajando en soledad. Inútilmente se examinan las líneas, los planos: no contestan la inexcusable pregunta de cómo pocos individuos tuvieron una vez el valor de construir semejante Catedral gigantesca

en el vacío de la naturaleza, apenas apoyada en una ciudad mísera”.

Aquí el escritor austriaco detiene su discurso para contemplar esas rocas milenarias que cada día parecen florecer, como acaba de decir el señor Bloy; esas piedras que son, al mismo tiempo, naturaleza y paisaje. Luego continúa así:

“Con respeto se siente aquí el espíritu de lo gótico, el siglo de la Fe y de la Paciencia, un siglo que no volverá. Porque nunca surgirán en nuestro mundo obras semejantes; nuestro mundo cuenta las horas con otras medidas y vive con ritmos distintos:  

“No –siguió diciendo el famoso novelista, tras una breve pausa-: los hombres ya no construyen catedrales: cuando se vuelve de estas formas duraderas, se siente nuestra época como una pobreza, ante todo. Nuestros planos tienden a fines más rápidos, nuestro ritmo es más acelerado y ya nunca una sola obra dura más que toda una generación y aun raras veces más que una sola vida. Nosotros, a quienes una chispa de sonido permite en un segundo hablar con otro continente, olvidamos lo que hemos aprendido: expresar nuestra esencia, nuestro modo de ser en lentas piedras, en años sin fin… Sí, eso se acabó: los hombres no construyen más catedrales”.

Falta fe, falta paciencia, falta ver pasar el tiempo de otra manera. ¡Vivimos tan apresurados! Heinrich Heine sonrió el escuchar estas palabras. Estaba en pleno acuerdo con ellas. ¿Para qué añadir algo a lo que ya de por sí estaba tan bien dicho? En todo caso, se limitó a contar lo siguiente:

HEINRICH HEINE: “Cuando hace poco me detuve con un amigo ante esta Catedral me preguntó por qué no construíamos ya monumentos semejantes; a lo cual contesté: ‘Querido Alphonse, los hombres de aquellos tiempos tenían convicciones; nosotros, los modernos, no tenemos más que opiniones, y para construir una catedral gótica se necesita algo más que una opinión’ ”.

Léon Bloy lanzó una carcajada; Stefan Zweig se limitó a esbozar una sonrisa, pues su temperamento tristón y melancólico no daba para más, y prosiguieron su camino a paso lento…
Fe, paciencia, lentitud, convicciones: ¿es esto lo que antes teníamos y hemos perdido? ¿Es esto lo que se requiere para emprender grandes cosas?, ¿es la carencia de todo ello lo que nos hace, de alguna manera, unos enanos espirituales? Y mientras estros tres señores se pierden en las sombras, de las que salieron, yo me incorporo, voy corriendo hacia el interruptor y apago la luz, haciendo un guiño al pájaro del sueño para que se digne volver…

También lee: Llamadas telefónicas | Columna de Juan Jesús Priego

Continuar leyendo

Letras minúsculas

Llamadas telefónicas | Columna de Juan Jesús Priego

Publicado hace

el

LETRAS minúsculas

 

-¿Qué me decía usted? –pregunté al anciano mientras éste luchaba, sudando y todo, por coger con firmeza el hilo de nuestra conversación.

-Ah, sí, le estaba diciendo que uno de mis hijos, el menor de todos, ha tomado para conmigo o respecto a mí, como prefiera usted decir, una actitud bastante extraña. Ya no me saluda cuando llega a casa, ni me dice adiós cuando se va. De la noche a la mañana, según parece, le ha dado por pensar…

Y otra vez el teléfono. El anciano se me quedó mirando como a la expectativa, se encogió de hombros, esbozó una sonrisa que quería ser de comprensión –aunque no llegó a tanto: sólo quiso serlo- y se ovilló en la silla como un derrotado.

-Sí –dije a quien me llamaba esta vez-. ¡Hombre, qué pena! Lo comprendo, pero no traigo conmigo mi agenda. Lo que pasa es que la dejé ayer en mi otra chamarra y aún no he podido ir por ella. ¿Podría hablarme más tarde? ¿Qué tan tarde? Déjeme ver. ¿Podría marcarme nuevamente a eso de las diez? ¡No, qué va a ser tarde! A esa hora apenas estoy llegando a casa. Bien, espero su llamada. Hasta entonces.

Miré al anciano como diciéndole: “Puede continuar usted, señor”. Pero no dije nada, sino que únicamente lo miré. Éste se incorporó en la silla, trazó con la mano sobre el borde de mi escritorio una figura incomprensible (era evidente que no recordaba en qué punto de la conversación nos habíamos quedado) y dijo por fin:

-Entonces mi mujer tomó la decisión de dormir en camas separadas. ¿Por qué razón? Hasta ahora no ha querido decírmelo. Además, jura por Dios que ni siquiera me lo dirá. ¿Qué debo pensar de todo esto? No lo sé. La única palabra que me viene a la mente es ésta: conspiración.

-No, no –dije yo-. Todavía no llegábamos allí, si esto es lo que seguía. Se había quedado usted en que su hijo el menor estaba tomando con respecto a usted actitudes un tanto extrañas…

-Ah, sí –dijo el anciano-. Extrañas, claro. Como por ejemp lo no avisar a dónde va ni de dónde viene. De la noche a la mañana se ha puesto a decir, figúrese usted, que yo no cuidé bien de él cuando era niño

. ¿Que no me preocupé por él? ¿Quién, entonces, le pagó las colegiaturas, la ropa que se ponía, la comida y los estudios? ¿Quién?

No me va usted a creer, lector, seguro que no me va a creer, pero justo en ese momento empezó a sonar otra vez el teléfono, mi pequeño, caro, odioso y portátil teléfono celular. Miré a mi interlocutor, pero no ya como diciéndole: “Puede usted continuar, señor”, sino como preguntándole: “¿Contesto o no contesto?”. Durante unos segundos dudé. ¡Dios mío, qué dilema! Tomé el teléfono en mi mano derecha sin saber todavía qué hacer con él.

-Sí, soy yo (Dios mío, qué respuestas más tontas da uno por teléfono: si yo no soy yo, ¿quién más podría ser?). A sus órdenes. Comprendo, claro, pero aún no sé cómo voy a andar ese día y no tengo a la mano mi agenda para saber lo, pero si me habla usted a eso de las diez y media, yo le digo si puedo o no. No, no, lo que pasa es que ahora estoy ocupado con una persona. No importa: si no puede hablarme a las diez y media, puede perfectamente hacerlo a las once. ¡No, qué va! Está usted hablando con el noctámbulo más incorregible del planeta. No se preocupe; si puedo, lo haré con mucho gusto. ¡Hasta luego!

Cuando colgué, ya no me atreví a mirar al anciano. ¡Era demasiado penoso verlo a la cara! ¿Y qué cree usted? Que antes de que lo viera a la cara el teléfono volvió a sonar una vez más. Y como esto ya era demasiado, lentamente, con parsimonia, con sadismo, lo apagué. ¿Por qué no me había atrevido antes a realizar este saludable ritual? ¡No más llamadas telefónicas, al menos por ahora!

¿Qué tienen los pitidos del teléfono que nos hacen ponernos enseguida al aparato? ¿Qué es lo que nos impulsa a contestar con tanta rapidez? ¿De qué magia se valen para ponernos tan nerviosos cuando suenan? He aquí un tema de obligada meditación. ¿Por qué cuando estamos ocupados con una persona sentimos que una llamada telefónica es más urgente e interesante que todo lo que esta persona pudiera decirnos? ¿De qué noche de los tiempos nos viene esa sensación? “Algo grave está pasando”, nos decimos a nosotros mismos, y somos capaces de hacer a un lado a quien esté enfrente con tal de que esa llamada no se pierda.

Pero no: hoy ya no lo haré. Esta persona que está aquí, conmigo, este hombre cargado de años ha tenido que tomar un taxi para venir a encontrarme, y resulta que ni caso le hago para dedicarme a responder al primero que llama. El anciano se había tomado el trabajo de ponerse en camino, en tanto que aquella otra gente sólo se había limitado a marcar un número para obligarme a escucharla. ¡Qué sencillo y qué injusto al mismo tiempo! Cuando éste me vio apagar el teléfono, suspiró aliviado y sonrió dulcemente.

Ahora se sentía importante, único; ahora podía hablar con libertad y sin el temor de verse interrumpido. Desde entonces he tomado una seria resolución: dar prioridad a los que vienen en lugar de a los que simplemente llaman. Ya no me cohibirá ni me pondrá a temblar el pitido tramposo del teléfono; desde ahora lo tendré por lo que es: por una alarma que hacen sonar los que no se tomaron el trabajo de buscarme como se debe buscar realmente a las personas. Y, sobre todo, esto: que la presencia valga más y la sola voz menos, mucho menos. Siempre y cuando, claro está, no me estén hablando desde Hawaii…

También lee: El bosque y los pirómanos | Columna de Juan Jesús Priego

Continuar leyendo

Opinión

Pautas y Redes de México S.A. de C.V.
Av Cuauhtemoc 643 B
Col. Las Aguilas CP 78260
San Luis Potosí, S.L.P.
Teléfono 444 2440971

EL EQUIPO:

Director General
Jorge Francisco Saldaña Hernández

Director Administrativo
Luis Antonio Martínez Rivera

Directora Editorial
Ana G. Silva

Periodistas

Diseño
Karlo Sayd Sauceda Ahumada

Productor
Fermin Saldaña Ocampo

 

 

 

Copyright ©, La Orquesta de Comunicaciones S.A. de C.V. Todos los Derechos Reservados