enero 11, 2026

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Bodas | Columna de Juan Jesús Priego

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En algunos pueblos de la Huasteca –hablo de la potosina, en la que nací, gatée y crecí-, la fiesta de bodas era un acontecimiento que no pasaba nunca inadvertido. En cuanto había una a la vista, los mayores desempolvaban sus vestidos de gala, y los pequeños, durante todo aquel día, eran instados a no comer demasiado en sus casas para que pudieran desquitarse después en la de los novios, es decir, a la hora del banquete. Asistir a una cena de bodas era entonces sinónimo de comer y beber gratuitamente.

No obstante, desde hace algunos años, las cosas ya no son así. Por pequeña que siga siendo la ciudad, la gente ya no se conoce y por lo mismo se invita cada vez menos entre ella: esto por un lado; pero, por otro, según una moda que imagino de origen anglosajón, los recién casados prefieren gastar su dinero en un buen viaje de luna de miel –un crucero en el caribe, por ejemplo- a dedicarse a llenar panzas aventureras.

-¿Darle de comer a toda esa chusma? ¡Pero por quien me tomas! -oí que decía una muchacha a su papá, que se mostraba consternado ante el hecho de no poder ofrecer nada a sus vecinos el día en que se casaba su hija.
-¡Oh! –exclamaba el padre-. ¿Qué irán a decir los amigos de nosotros? ¡Que somos unos tacaños!
-Que digan misa.

Las jóvenes generaciones no entienden ya por qué haya que dar nada a nadie, y esto ha tenido como consecuencia que en la actualidad los banquetes de bodas sean fiestas muy poco expansivas; en muchas ocasiones, dichos festejos se limitan a ser reuniones en las que tres docenas de hombres y mujeres debidamente identificados gracias a un control casi policial bostezan a intervalos regulares mientras escuchan a lo lejos una música suavísima. (En realidad ya sólo falta, para dejarnos entrar a estas reuniones luctuosas, que nos obliguen a estampar nuestra huella digital y a mostrarle a un guardia armado nuestra credencial para votar con fotografía.)

Cuando Jesús dijo que el reino de los cielos era parecido a un banquete de bodas, pensaba, me imagino, más en las bodas como las conocí yo siendo niño que en las que hoy tienen lugar en casi todos nuestros salones de caché.

«El reino de los cielos es semejante a un rey que preparó un banquete de bodas para su hijo» (Mateo 22,2). ¡Cuántas veces aparece en los evangelios esta comparación! Según un estudioso de las parábolas del Señor, «la boda era entonces considerada por los judíos como una imagen del tiempo del gozo mesiánico» (Alfons Kemmer). Esto, dicho con otras palabras, quiere decir que, para los judíos de hace dos mil años, lo más parecido en la tierra a la alegría con que se alegrarán los redimidos en el cielo es el gozo con que se ríe, se baila y se canta en un festín de bodas.

En un festín de bodas, los invitados no tienen que ganarse el pan con el sudor de su frente, pues éste les es ofrecido de manera gratuita, y tampoco deben temer que el vino se les acabe, pues los esposos previsores lo darán en abundancia: de hecho, lo más penoso que podía pasar en un festín como éste era que el vino se acabara. (Recuérdese que el evangelio habla de un banquete, en Caná, donde sucedió esto precisamente, y que fue la ocasión de que Cristo realizara el primero de sus signos; con este gesto, nuestro Salvador demostró ser un celoso defensor de la sana alegría de los hombres).


En una boda está prohibido estar tristes, y la hilaridad y el buen humor que reina entre los comensales es una imagen de la hilaridad y el buen humor que reinarán para siempre en el Reino celestial.
Sin embargo, y esto es algo de suma importancia, la boda es un acontecimiento en el que no es posible estar solos: es el lugar de la conversación, de la compañía y de la vida compartida. Durante mucho tiempo creí que la boda era imagen del reino de Dios sólo por su gratuidad (todo es dado abundantemente, y gratis además); pero hoy, leyendo esta parábola con mayor detenimiento, caigo en la cuenta de que, entendida únicamente así, queda bastante empobrecida. ¿No quiso decir Jesús, al comparar el cielo con un banquete de bodas, que allí encontraremos a aquellos que hemos amado para alegrarnos juntos y decirles lo que aquí, en el país del olvido, dadas las circunstancias o nuestra timidez, no pudimos decirles?
Para llegar a esta convicción fue sumamente decisiva la lectura de un libro del teólogo alemán Eugen Walter, en el que dice: «Un banquete, y sobre todo un banquete de fiesta se celebra únicamente cuando se reúnen muchas personas: personas que tienen lazos internos de unión, no sólo con el anfitrión, sino también entre sí. Tampoco la eternidad puede consistir únicamente en que estemos con Dios, sino además en que estemos unos con otros» (Esencia y poder del amor).
Para Plotino, el filósofo griego, los bienaventurados (él los llamaba los moradores del Elíseo) serán «todo ojos», es decir, seres que se verán unos a otros en su más pura verdad. Pero –uno se pregunta-, ¿y las palabras?, ¿dónde quedan en su cielo las palabras? En un festín de bodas, después de todo, también se habla, se canta y se baila. Si Plotino tuviera razón, el paraíso no sería muy diferente a ese infierno que tan bien describió Jean Paul Satre en A puerta cerrada, ese antro siempre iluminado donde, por haberles sido cortados los párpados, los hombres no hacían otra cosa que vigilarse unos a otros. Pero no: el cielo no será un panóptico, sino un banquete.
Escribió François Mauriac (1885-1970): «Erramos al creer que la muerte nos arrebata a los que amamos. Todo lo contrario: ella nos los guarda». Guardados para el banquete final. Porque el cielo es lugar al que confluirán todos los demás: aquellos a quienes habíamos perdido de vista y echábamos de menos. «El Reino es semejante a un banquete de bodas» en el que no se estará solo ya nunca más; en el que la soledad, por fin, quedará definitivamente abolida. Porque no es bueno que el hombre esté solo (Génesis 2,18). Y si no es bueno que el hombre esté solo en la tierra, mucho menos lo es que esté solo en el cielo.

 

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Yo estaba sinceramente emocionado. ¡Cómo! ¿Aún había hombres así? ¡Qué educación, qué maneras! Cuando una señorita, por ejemplo, pasaba frente a él, el hombre casi se desbarataba a fuerza de las inclinaciones, genuflexiones y contorsiones que le hacía. «Pase, pase usted, señorita» –suplicaba quitándose el sombrero y ejecutando con él extraños movimientos de alabanza-. «¿Quitándose el sombrero? –se preguntará, tal vez, algún lector-. ¡Pero si ya nadie usa sombreros!». Pues bien, sí, este hombre usaba uno para poder hacer con él justamente lo que ya hemos dicho. «De ninguna manera, señorita. Después de usted».

Y cuando un individuo de alguna importancia hacía su aparición en uno de los corredores del piso en el que trabajaba, ¡cómo corría a atenderlo y a llenarlo de empalagos! «Señoría, por acá. Permítame, si no se ofende, mostrarle el camino». Nosotros nos reíamos a sus espaldas oyéndolo decir palabras tan desusadas, pero él parecía no darse cuenta de nuestros bisbiseos, ni hacía el menor caso de nuestras burlas.

Quizá este detalle sirva para explicar cómo era, a fin de cuentas, este sujeto del que hablo. Una vez vino a nuestra oficina un modesto policía para pedir no sé qué merced, o a dejar un oficio dirigido a alguien de nuestro personal; y, claro está, quien literalmente voló para ir a recibirlo fue nuestro amigo. Nos llamó la atención el hecho de que no se dirigiera al recién llegado llamándolo «oficial», o algo por el estilo. ¿Adivina usted cómo lo llamaba? Lo llamaba «teniente».

-Sí, teniente –le decía-. Yo entregaré con mucho gusto este oficio a la persona que usted busca pero que ahora no está.

En otro momento de la conversación lo llamó «general». «Sí, mi general, así es».

Todos nos reímos, menos él; y cuando nos acercamos para preguntarle –el visitante ya se había ido- por qué daba semejantes tratamientos a un simple oficial o mandadero uniformado, nos respondió de esta manera:

-Yo no sé nada de graduaciones policíacas ni de jerarquías militares, y como nada de esto sé, prefiero darle un tratamiento mayor que uno menor: así no me equivoco y, sobre todo, no lo ofendo.

¡Con aquella explicación nos cerró la boca a todos! Y yo hubiera admirado toda mi vida a este dechado de bondad si no me hubiese enterado después de ciertas cosas referentes a su misteriosa persona. ¿Cómo cuáles? Como que ese mismo sombrero que se quitaba en la oficina para homenajear a los extraños le servía después en su casa como arma mortal. ¡Cómo aporreaba con él a su señora esposa! El buen vino de este hombre, tan pronto como llegaba a su hogar, se trocaba en áspero vinagre. Con los hijos de los extraños era tierno y encantador –«¿Quién quiere a este niño lindo, quién lo quiere?»-, pero con los suyos era un verdugo y un tirano. Bueno, de tal manera esto era así, que tan pronto como aparecía en el marco de la puerta de la casa, su familia no sabía si echarse a correr o ponerse a temblar. ¿Me creerá usted si le digo que una noche hasta puso un pedazo de cinta adhesiva en la boca de su mujer para sellársela porque, según él, no lo dejaba ver a gusto el noticiero de la noche? Ahora bien, si con todos era este hombre dulce y abnegado, ¿por qué no lo era igualmente con los suyos? ¡Vaya usted a saber! En todo caso, no seré yo quien se atreva a preguntárselo.

Desde entonces –quiero decir, desde que conocí a este sujeto- he aprendido a desconfiar de la gente demasiado amable. ¡Quién sabe si por serlo conmigo hasta este extremo, otro sea el que tenga que pagar los platos rotos, pues con alguien necesariamente tendrá que desahogarse! Entiéndaseme bien: me gusta que la gente sea servicial y solícita, pero cuando alguna vez veo que se enoja tampoco monto un drama. De lo que desconfío es de ese siempre que me sumerge en un mar de dudas…

Cuando Jesús habló en uno de sus discursos de que los cristianos teníamos que ser «luz del mundo» (Mateo 5, 13-16) dijo que no teníamos derecho a ocultar nuestro resplandor debajo de una olla, pues era necesario iluminar «a todos los de la casa». ¡Sí, también a los de la casa! No dijo que sólo a ellos, pero dijo que también a ellos.

«¡No te olvides de los tuyos!»: he aquí una máxima que no habría que olvidar. Una vez tuve un patrón que era, con los que le solicitaban algún favor, generoso, caritativo y magnánimo; no así con los que trabajaban para él, que no tenían derecho a pedirle nada. Una vez le supliqué casi de rodillas que me adelantara una quincena de mi sueldo, pues tenía que pagar urgentemente una deuda. «Ni lo pienses», me respondió. «¡Pero si con todos es usted muy liberal! –exclamé-. A los extraños incluso les regala cosas; yo no le pido que me regale nada, sino únicamente que»…

-No, y no. ¿Tienes amigos? Pues bien, para estas emergencias son.

Recordé entonces las palabras que Fray Antonio de Guevara (1475-1545) escribió en su Menosprecio de corte y alabanza de aldea, palabras que ahora transcribo aquí para aviso de los que en este mundo dirigen y mandan: «No condeno, sino antes alabo, que los señores partan con todos, socorran a todos y den a todos, pues tienen para todos; mas también es justo que entre estos todos también entren sus criados, porque los príncipes y grandes señores son servidos, mas no son amados por los salarios que dan, sino por las mercedes que hacen; cuando los señores dan a los extraños y no dan a los suyos, téngase por dicho que no sólo murmurarán de él los que le vieren dar, mas aún los acusarán de lo que les vieren hacer; porque no hay en el mundo tan cruel enemigo como es que criado que anda descontento».

¿Quiere usted, señor, que su esposa termine odiándolo? Es muy sencillo: sea amable con todos, menos con ella. ¿Quiere usted, patrón, que sus empleados y obreros no sueñen más que con encontrar otro trabajo? Ah, entonces haga lo que hizo el mío. ¡Verá usted cómo lo consigue!

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#4 Tiempos

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Como, por lo general, me gusta leer a viejos autores olvidados, hoy he recitado en voz alta ante mis alumnos, antes de iniciar la clase, un poema de Sully Prudhomme (1839-1907), el famoso escritor francés.

-¿Famoso? –dijo al punto uno de ellos, que era un diablo-. ¡En su casa lo conocen!

-Bueno –digo-, es verdad que son pocos los que hoy han oído hablar de él y, sin embargo, fue el primero en recibir el Premio Nobel de Literatura, lo que ya quiere decir algo. Lo recibió, para ser exactos, en 1901, y el poema que voy a leerles se titula Mi novia. Escuchen ustedes:

-«Aún no conozco a mi esposa, a la compañera destinada a mi corazón, a la que mi atormentada juventud espera. Pero sé que ha nacido ya y que respira en este mundo». He aquí el comienzo del poema: un muchacho, que no sabemos si será el poeta mismo, suspira por la que será más tarde su mujer. Pero, ¿dónde está ella? Él sabe –o por lo menos cree saberlo, o lo intuye- que ya nació. Ahora bien, ¿en dónde, en qué calle o país? ¿Y si nació, por ejemplo, al otro lado del mundo? ¡Ah, entonces no podría encontrarla!

-Je, je –hizo otro de mis alumnos. A leguas se veía que todo aquello le parecía demasiado cursi. Pero yo contraataqué, diciendo:

El amor, jovencitos, es un milagro de coincidencias. Vean ustedes a través de la ventana: dos seres, un hombre y una mujer, caminan abrazados por la avenida; ahora bien, ¿cómo hicieron éstos para coincidir, para encontrarse? ¿Cómo es que a un cierto punto sus caminos se cruzaron? Una cosa parece clara: que, de buscarse, jamás se habrían encontrado. ¿Comprenden ustedes? Pero prosigamos con nuestra lectura: «En lo desconocido yo te amo y me desposo contigo. Me perteneces desde el pasado, novia invisible de la que ignoro hasta el nombre»…

»La joven –proseguí- aún no ha sido vista, y aunque en presentimientos existe ya, por el momento no es más que una sombra. ¿Cómo es ella? Él lo ignora, pero pide a la Virgen «que sea tímida y que encienda un cirio cuando retumbe el trueno»; es decir, la quiere humilde y piadosa. ¿Y no es esto pedir mucho? Nuestro poeta camina por las calles y atraviesa las plazas con la mirada atenta. ¿Y si ella llegase hoy? ¡Pero, ay, son tantas las mujeres que se mueven a su lado! ¿Cuál de todas es? ¿Aquella del impermeable amarillo, quizás, o esta otra del vestido negro y el caminar cansado?

-Ji, ji –hizo otro de mis alumnos, pero al ver que lo fulminaba yo con la mirada regresó al silencio. Proseguí:

-«¡Y decir que, a pesar de todo, mi vida está desierta, que la felicidad puede pasar hoy a mi lado entre la multitud  y que acaso la multitud se cierre tras ella!». Es decir, ¿y si no la reconoce? ¿Y si pasa frente a ella sin notarla y sin detenerse? Ésta es la angustia que abate a nuestro muchacho: que quizá la mujer que espera camine ahora por otra avenida de la ciudad, o ría y sueñe bajo otras nubes, bajo otros cielos. ¿Cómo saber dónde se encuentra? El río humano fluye a su alrededor y él no logra distinguir aún a la elegida. Su angustia crece y crece hasta hacerlo decir: «Tal vez nos cruzaremos durante mucho tiempo en un punto del espacio sin sonreírnos, pues nadie se atrevería a decirle a una niña que pasa: “Tú, tú eres la que estoy esperando”».

»Sí, tal vez sea esta, tal vez sea aquella. Pero, ¿cómo saberlo? El joven  está a punto de volverse loco. Busca, mira y suspira: sólo esto hace, pues no puede detener a ninguna de las que pasan frente a él para decirle: “¡Eres tú, eres tú!”. ¿Cómo hacer esto sin exponerse a recibir una cachetada o, ya por lo menos, un empujón?

¡Qué dilema! Pero, entonces, nuestro joven toma una sabia decisión: ya no buscará, ya no se angustiará, sino que dejará su suerte en las manos de Dios: «Desde entonces me callo. Mi alma solitaria confía nuestra unión en el futuro al Dios que sabe unir las plantas de la tierra con hálitos del cielo».

Mis alumnos me ven sonreír, pero no alcanzan a comprender la razón de mi alegría. Uno, el más rijoso de la clase, se pone de pie y me dice:

-Yo no entendí nada. ¿Eso que nos leyó le parece bello? A mí, en realidad, me parece tonto.

Le respondo entonces que sí, que me parece bello, y no solamente bello, sino profundamente verdadero; que, en fin, hay allí un mensaje que es preciso descifrar.

-Mira -le digo, pero ya no sólo a él, sino a toda la clase a través de él-, cuando alguien se siente solo, como este muchacho, siempre estará tentado a ponerse a buscar la compañía que necesita, y en este o en aquel, o en esta y en aquella, creerá poder encontrar al amigo o a la amiga por quien suspira su alma. Pero no encontrará lo que busca precisamente por esto: porque lo busca. ¡Las personas que nuestra alma echa de menos no se buscan nunca, sino que se encuentran! Son un don de Dios, un regalo…

-¿Entonces no hay que buscar amigos? –me preguntó otro, el listillo del salón.

No. Las personas a las que hemos de amar llegarán por su propio pie. ¿Cuándo? Cuando dejemos de buscarlas, es decir, cuando Dios quiera. Hay gente que por sentirse sola y necesitada de ternura entabla todo tipo de relaciones con el primero que pasa; bien, déjenme decirles que estas relaciones por lo regular acaban mal. ¿Por qué? Porque aquí no se trata de amor, sino de un mero afán de sobrevivencia: algo así como el movimiento desesperado de un náufrago que se agarra a una tabla por la pura necesidad de mantenerse a flote. En realidad, no es que el otro les importe mucho: ¡ellos lo único que quieren es dejar de estar solos!

No, no hay que elegir a las personas, no hay que tomarlas del brazo para decirles: «¡Eres tú, eres tú!». Hay que dejar que lleguen, si es que llegan algún día. Hay que dejar que sea Dios mismo quien las ponga a nuestro lado, quien nos las presente, por decirlo así, pues de otro modo nos equivocaremos. En esto la intuición no funciona, y los presentimientos tampoco. ¿Qué le vamos a hacer? ¡Las cosas del afecto funcionan siempre así! 

«Yo hubiera podido conocer a mucha gente –confiesa el escritor austríaco Stefan Zweig (1881-1942) en uno de sus libros-, pero me preservaba de hacerme notar aquella timidez que más tarde reconocí como ley esotérica y feliz de mi vida, y de acuerdo con la cual no debía buscar nada, ya que todo me sería dado en el momento oportuno».

Así es. Así suceden las cosas de esta vida, y así seguirán sucediendo por los siglos de los siglos. Amén.

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Y así acaba esta historia, que no ha hecho más que confirmar mis sospechas, a saber: que la relación sexual, por sí sola, no puede unir a dos seres que no se aman. 

Sucede en un cuento de Arthur Schnitzler (1862-1931), el escritor austriaco. Una vez, un joven fue invitado a asistir a un duelo en calidad de padrino de un militar de cierto rango que, al ver ofendido su honor, retó a muerte a un caballero de la alta sociedad vienesa abofeteándolo con su guante. Qué razones había para lavar con sangre esa mancha real o imaginaria, no lo sabemos, pues éstas no quedan muy claras en el relato, aunque todo parece indicar que había unas faldas de por medio, y que estas faldas eran nada menos que las de la esposa del militar.

Como decimos, el padrino nada sabía de los motivos que impulsaron al teniente Loiberger a tomar tan drástica determinación, pero tampoco quiso averiguarlas. ¿Para qué? Como se dice, cada uno sabe dónde le aprieta el zapato; y, además, ¿para qué negar que en aquellos tiempos remotos la gente se mataba entre ella por los motivos más banales y fútiles? «El hecho –dice el narrador de esta historia, es decir, el padrino- de que en ciertos círculos tuviera que contarse con la posibilidad o incluso con la inevitabilidad de los duelos, ya sólo esto, créame, daba a la vida social una cierta dignidad o, al menos, un cierto estilo. Y a las personas de estos círculos, incluso a las más insignificantes o ridículas, les prestaba la apariencia de una continua disposición a la muerte, aun cuando a usted esta expresión le parezca, utilizada en este contexto, demasiado rimbombante».

Digámoslo ahora con nuestras palabras: en aquellos tiempos, batirse a muerte con adversarios verdadero o ficticios era una moda tan extendida, sobre todo entre las clases superiores, que nuestro joven narrador ni siquiera se extrañó cuando el teniente Loiberger solicitó amablemente su padrinazgo. Además, ¿no era ésta la séptima u octava vez que un caballero ofendido le pedía exactamente la misma cosa? Sin embargo, es necesario abreviar, y lo haremos diciendo cuanto antes que el muerto, allí, fue precisamente el señor Loiberger, que cayó al suelo con cierta elegancia y sin demasiados aspavientos a causa de una bala que vino a incrustársele a la altura del corazón. Se llevó la mano al pecho, lanzó un suspiro hondo, se tendió en la hierba como quien se dispone a permanecer en esa postura un tiempo muy largo y murió en el acto.

Una autoridad municipal dio fe del deceso –también sin demasiados aspavientos- y el día transcurrió como de costumbre, cual si en realidad nada grave hubiese acontecido. Sin embargo, un problema quedaba sin resolver, y era que la viuda, que vivía en la capital, es decir, en Viena, debía enterarse de la muerte de su marido. ¡Claro, era necesario decírselo, y cuanto antes mejor! ¿Y quién iba a encargarse de tan desagradable tarea? El padrino, naturalmente, que para eso estaba. Y allá va nuestro narrador. Frau Agathe, la esposa del señor Loiberger, lo recibe amablemente y lo hace pasar al recibidor. En realidad nunca en su vida había visto ella a este hombre, pero no le parece feo y hasta le invita una copa…

¡Dios mío, qué bella era Frau Agathe! Su rostro resplandecía como una hoguera encendida. Ahora bien, ¿para qué ponerse a hablar ahora, precisamente ahora, de cosas tan tristes como son las que se refieren a la muerte? Ya lo haría después; por el momento era preciso beber otra copa y disfrutar el momento. Frau Agathe se veía incluso feliz. ¿Para qué romper el hechizo? Entonces el visitante se puso a hablar con la joven viuda –ella aún no sabía que lo era- de cosas que nunca sabremos. Y tanto hablaron y hablaron, y tanto se gustaron el uno al otro que pronto, sin que nadie supiera cómo ni cuándo, ya estaban los dos tomados de la mano en la alcoba de ella. ¡Oh, no se habían reunido allí para entregarse a la práctica de ejercicios piadosos! Y pasó el tiempo. Cuando el visitante despertó por fin, pudo recordar como entre sueños que había venido a esta casa a cumplir una misión. ¿Cuál era ésta? Trataba de recordarlo. ¡Ah, sí, decirle a Frau Agathe que su marido había muerto en la vecina ciudad de Ischl, en el transcurso de un duelo, precisamente!… Aún no salía completamente de su modorra cuando oyeron ambos a lo lejos un ruido de pasos. Quien llegaba era el doctor Mülling, amigo de la familia, para preguntar a la señora si ya se había enterado de la triste noticia. Cuando la supo, la mujer se deshizo en llanto y pidió ver cuanto antes el cuerpo de su marido.

«Desde entonces –cuenta el narrador- no me dirigió ni una palabra… Efectivamente, aquella misma tarde partió sola y a la mañana siguiente condujo el cadáver a Viena. Al otro día tuvo lugar el entierro al que, por supuesto, asistí… Muchos años después nos encontramos en una reunión social. Mientras tanto se había casado de nuevo. Nadie que nos hubiera visto hablar habría adivinado que nos unía una profunda vivencia común. Pero, ¿realmente nos unía? Yo mismo habría podido considerar aquella estival y tranquila, misteriosa y, con todo, feliz hora como un sueño que sólo yo había soñado: tan clara, tan sin recuerdos, tan inocentemente profundizó su mirada en la mía».

Y así acaba esta historia, que no ha hecho más que confirmar mis sospechas, a saber: que la relación sexual, por sí sola, no puede unir a dos seres que no se aman. Hoy es común, o casi, afirmar que las relaciones sexuales son como el termómetro del amor, de manera que nada puede esperarse de dos seres que no saben -o no pueden- hacerse gozar el uno al otro. Hay quien dice, además, que para enamorarse de una persona antes hay que haberse acostado con ella. Pero esto es falso, pues las cosas, por lo regular, suceden exactamente al revés. Así como los milagros no producen la fe, sino que es más bien la fe la que produce los milagros, así habría que decir también que las relaciones sexuales no producen el amor, sino que, a lo más, cuando éste ya existe sólo lo alimentan. Los que no se amaban antes de ir juntos a la cama, no se amarán más cuando hayan regresado de ella, y hasta es posible en algunos casos que terminen queriéndose menos. Los cuerpos podrán acoplarse todo lo que quieran, pero, si las almas están lejos, entonces no hay nada que hacer.

Me decía hace poco un joven hablándome de su novia, con la que tenía ya estas relaciones y con quien acababa de romper: «Quizá deje más material para el recuerdo una tarde viendo juntos el crepúsculo que una relación sexual». Claro, claro. ¿Podría decirse mejor? He aquí la miseria del sexo.

 

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