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Bodas | Columna de Juan Jesús Priego
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En algunos pueblos de la Huasteca –hablo de la potosina, en la que nací, gatée y crecí-, la fiesta de bodas era un acontecimiento que no pasaba nunca inadvertido. En cuanto había una a la vista, los mayores desempolvaban sus vestidos de gala, y los pequeños, durante todo aquel día, eran instados a no comer demasiado en sus casas para que pudieran desquitarse después en la de los novios, es decir, a la hora del banquete. Asistir a una cena de bodas era entonces sinónimo de comer y beber gratuitamente.
No obstante, desde hace algunos años, las cosas ya no son así. Por pequeña que siga siendo la ciudad, la gente ya no se conoce y por lo mismo se invita cada vez menos entre ella: esto por un lado; pero, por otro, según una moda que imagino de origen anglosajón, los recién casados prefieren gastar su dinero en un buen viaje de luna de miel –un crucero en el caribe, por ejemplo- a dedicarse a llenar panzas aventureras.
-¿Darle de comer a toda esa chusma? ¡Pero por quien me tomas! -oí que decía una muchacha a su papá, que se mostraba consternado ante el hecho de no poder ofrecer nada a sus vecinos el día en que se casaba su hija.
-¡Oh! –exclamaba el padre-. ¿Qué irán a decir los amigos de nosotros? ¡Que somos unos tacaños!
-Que digan misa.
Las jóvenes generaciones no entienden ya por qué haya que dar nada a nadie, y esto ha tenido como consecuencia que en la actualidad los banquetes de bodas sean fiestas muy poco expansivas; en muchas ocasiones, dichos festejos se limitan a ser reuniones en las que tres docenas de hombres y mujeres debidamente identificados gracias a un control casi policial bostezan a intervalos regulares mientras escuchan a lo lejos una música suavísima. (En realidad ya sólo falta, para dejarnos entrar a estas reuniones luctuosas, que nos obliguen a estampar nuestra huella digital y a mostrarle a un guardia armado nuestra credencial para votar con fotografía.)
Cuando Jesús dijo que el reino de los cielos era parecido a un banquete de bodas, pensaba, me imagino, más en las bodas como las conocí yo siendo niño que en las que hoy tienen lugar en casi todos nuestros salones de caché.
«El reino de los cielos es semejante a un rey que preparó un banquete de bodas para su hijo» (Mateo 22,2). ¡Cuántas veces aparece en los evangelios esta comparación! Según un estudioso de las parábolas del Señor, «la boda era entonces considerada por los judíos como una imagen del tiempo del gozo mesiánico» (Alfons Kemmer). Esto, dicho con otras palabras, quiere decir que, para los judíos de hace dos mil años, lo más parecido en la tierra a la alegría con que se alegrarán los redimidos en el cielo es el gozo con que se ríe, se baila y se canta en un festín de bodas.
En un festín de bodas, los invitados no tienen que ganarse el pan con el sudor de su frente, pues éste les es ofrecido de manera gratuita, y tampoco deben temer que el vino se les acabe, pues los esposos previsores lo darán en abundancia: de hecho, lo más penoso que podía pasar en un festín como éste era que el vino se acabara. (Recuérdese que el evangelio habla de un banquete, en Caná, donde sucedió esto precisamente, y que fue la ocasión de que Cristo realizara el primero de sus signos; con este gesto, nuestro Salvador demostró ser un celoso defensor de la sana alegría de los hombres).
En una boda está prohibido estar tristes, y la hilaridad y el buen humor que reina entre los comensales es una imagen de la hilaridad y el buen humor que reinarán para siempre en el Reino celestial.
Sin embargo, y esto es algo de suma importancia, la boda es un acontecimiento en el que no es posible estar solos: es el lugar de la conversación, de la compañía y de la vida compartida. Durante mucho tiempo creí que la boda era imagen del reino de Dios sólo por su gratuidad (todo es dado abundantemente, y gratis además); pero hoy, leyendo esta parábola con mayor detenimiento, caigo en la cuenta de que, entendida únicamente así, queda bastante empobrecida. ¿No quiso decir Jesús, al comparar el cielo con un banquete de bodas, que allí encontraremos a aquellos que hemos amado para alegrarnos juntos y decirles lo que aquí, en el país del olvido, dadas las circunstancias o nuestra timidez, no pudimos decirles?
Para llegar a esta convicción fue sumamente decisiva la lectura de un libro del teólogo alemán Eugen Walter, en el que dice: «Un banquete, y sobre todo un banquete de fiesta se celebra únicamente cuando se reúnen muchas personas: personas que tienen lazos internos de unión, no sólo con el anfitrión, sino también entre sí. Tampoco la eternidad puede consistir únicamente en que estemos con Dios, sino además en que estemos unos con otros» (Esencia y poder del amor).
Para Plotino, el filósofo griego, los bienaventurados (él los llamaba los moradores del Elíseo) serán «todo ojos», es decir, seres que se verán unos a otros en su más pura verdad. Pero –uno se pregunta-, ¿y las palabras?, ¿dónde quedan en su cielo las palabras? En un festín de bodas, después de todo, también se habla, se canta y se baila. Si Plotino tuviera razón, el paraíso no sería muy diferente a ese infierno que tan bien describió Jean Paul Satre en A puerta cerrada, ese antro siempre iluminado donde, por haberles sido cortados los párpados, los hombres no hacían otra cosa que vigilarse unos a otros. Pero no: el cielo no será un panóptico, sino un banquete.
Escribió François Mauriac (1885-1970): «Erramos al creer que la muerte nos arrebata a los que amamos. Todo lo contrario: ella nos los guarda». Guardados para el banquete final. Porque el cielo es lugar al que confluirán todos los demás: aquellos a quienes habíamos perdido de vista y echábamos de menos. «El Reino es semejante a un banquete de bodas» en el que no se estará solo ya nunca más; en el que la soledad, por fin, quedará definitivamente abolida. Porque no es bueno que el hombre esté solo (Génesis 2,18). Y si no es bueno que el hombre esté solo en la tierra, mucho menos lo es que esté solo en el cielo.
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El Guardián y la Espera | Columna de Juan Jesús Priego
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Por: Juan Jesús Priego
Los cuentos de Franz Kafka (1883-1924) pueden ser todo lo extraños que se quiera, pero, aunque a primera vista parezcan absurdos, están llenos de sentido y de mensajes ocultos que es preciso descifrar. He aquí, por ejemplo, uno de ellos; se titula: Ante la ley.
Un campesino llega un día ante las puertas de la ley y pide al guardián que lo deje entrar.
-No –dice éste adoptando un tono de evidente superioridad-. No puede usted pasar.
«La puerta de entrada de la ley está abierta, como siempre. El guardián se hace a un lado. El hombre se agacha para mirar hacia adentro. Cuando el guardián lo advierte se ríe y dice:
«-Si tanto le atrae, intente entrar a pesar de mi prohibición».
Pero el campesino, que es hombre obediente y amante del orden, opta por quedarse allí hasta obtener el permiso. «El guardián le da un banquito y le permite sentarse al lado de la puerta. Allí el hombre se queda sentado días y años».
De cuando en cuando, el hombre vuelve a la carga pidiendo permiso para que se le deje pasar, pero el guardián se le queda mirando fijamente y vuelve a denegar con la cabeza.
«-Se le dejará pasar –le dice en el mismo tono severo de siempre-, pero no ahora».
Pero si no era ahora, ¿cuándo? De esto, por desgracia, el hombre uniformado no decía absolutamente nada.
En cierta ocasión el campesino quiso incluso sobornar al guardia ofreciéndole alguna cosa de cierto valor que había traído consigo, y el guardia aceptó el obsequio, pero sin dejarlo pasar y aún diciéndole:
«-Lo acepto solamente para que no pienses haber omitido algún esfuerzo».
¡Qué canalla! El campesino maldijo entonces su mala suerte. ¿Por qué tenía que haberse topado con un centinela tan duro de corazón? Y, además, ¿qué ganaba éste con impedirle la entrada? ¡La vida se le estaba yendo en esta espera que se había alargado ya mucho más de lo debido! Su pelo se le había vuelto blanco, el tiempo había pasado y, mientras tanto, el guardia seguía allí, en su puesto, como un tigre feroz, impidiéndole el paso. ¡Qué viejo se sentía! Su cuerpo se doblaba cada día más bajo el peso de los años y sus articulaciones empezaban a crujir como un pedazo de leña seca.
»Cercana ya su muerte, el hombre reúne mentalmente todas las experiencias que ha recogido durante todo este tiempo en una pregunta que hasta ahora no había hecho al guardián; le hace señas de que se acerque ya que él no puede enderezar más su cuerpo, que se está paralizado. El guardián tiene que agacharse mucho ante él, ya que la diferencia de las estaturas se ha pronunciado mucho en desmedro del hombre.
«-¿Qué más quiere saber todavía? –pregunta el centinela. Es usted insaciable.
»-Todos tienden a la ley –dijo el hombre-. ¿Cómo es que durante tantos años nadie, excepto yo, ha pedido que se lo deje entrar?
»El guardián se da cuenta de que el fin del hombre está cerca, y para hacerse entender por esos oídos que ya casi no funcionan, se le acerca y le dice:
»-A nadie se le habría permitido el acceso por aquí, porque esta entrada estaba exclusivamente destinada para ti. Ahora voy y la cierro »”.
¡Dios mío! ¡Si este pobre no hubiera vacilado tanto y se hubiese atrevido a trasponer la puerta sin más! ¿Para qué pedir permiso? Y, sobre todo, ¿por qué dar importancia a las carantoñas del guardia? ¡Tanta espera inútil para nada! Los años se le habían ido y ahora era ya demasiado tarde.
¡Atrévete a traspasar la puerta! El guardián hará siempre como que no te lo puede permitir, pero tú sigue adelante igualmente. ¡Que nadie te detenga! Y, cuando te vea dentro, el guardia no irá por ti: a lo más se limitará a encogerse de hombros fingiendo quedar muy sorprendido por tu atrevimiento. No te sientes en espera del guiño de autorización que te facilitaría las cosas. ¡Nadie, nunca, te hará ese guiño! La puerta está abierta: aprovecha antes de que ahora sí la cierren para siempre porque han pasado los años y ha caído sobre ti la última noche. Entra ahora que eres fuerte y tus piernas te llevan; entra ahora para que no te arrepientas después…
Una vez conocí a una linda joven que se moría por estudiar una cosa que ahora no recuerdo qué sea, pero no lo hizo porque eso significaba salir de su casa y dejar sola a su madre, que se quejaba continuamente de un dolor aquí y de una punzada allá.
–Cuando mi madre ya no esté –me decía la linda muchacha-, seguro que lo hago.
Bien, han pasado veinte largos años desde entonces, la muchacha es ya una solterona infeliz y su madre sigue poniendo la casa de cabeza con sus quejidos y sus lamentos. ¿Por qué no se atrevió a cruzar la puerta? ¿Esperaba que la vida le hiciera señas guiñándole un ojo?
En Desde el fondo de la tierra, la novela del argentino Ernesto L. Castro, aparece un hombre que, ya viejo, se pone a lamentarse de que el tiempo se le hubiera ido tan rápido y de su propia cobardía por no haberse atrevido a realizar los sueños de su juventud: «No lo hice –confiesa casi llorando- porque se me atravesaron otras cosas. ¡Me quedé con las ganas! Hoy pienso que cuando uno desea algo, debe hacerlo cueste lo que cueste. Nada peor que llegar a cierta altura de la vida y sufrir suponiendo que nos hubiera ido mejor de haber hecho lo que nunca nos atrevimos a hacer».
Y dígame usted si no son éstas las palabras más tristes de la literatura universal. Y no sólo de la literatura universal, sino de la vida misma…
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Carta al rey | Columna de Juan Jesús Priego
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Por: Juan Jesús Priego
A veces me da por pensar que la felicidad no es lo que creemos, y que quizá sea algo mucho más modesto de lo que pensamos. ¿Y si no fuera, por ejemplo, más que poder realizar en libertad lo que nos gusta, lo que nos sale mejor, o, dicho con palabras llanas, lo que nuestro corazón prefiere?
Pon a un estudioso a organizar reuniones y a dirigirlas, y verás cómo poco a poco el carácter se le avinagra; pon a un alma serena y contemplativa en la situación de tener que organizar una oficina y verás cómo, con el paso del tiempo, se le muda el semblante: ya no se reirá de nada, ya no sonreirá con nadie, y tal vez hasta se le vaya la vida quejándose de todo. ¿Ha conocido usted gentes así, doloridas y quejumbrosas? No las juzgue, entonces, señor, con tanta severidad: acaso alguien las hayan sacado del agua, a ellas, que tenían vocación de peces…
También empiezo a creer que la felicidad pública tiene que ver, y mucho, con la felicidad privada. ¿No me cree? Bien, lo invito a contemplar la siguiente escena: una mujer tiene que estar ocho horas al día detrás de un mostrador cuando lo que quisiera es estar en casa escribiendo una novela; observe usted cómo trata a los demás, cómo se deshace de ellos en cuestión de segundos para que no sigan molestándola con sus preguntas impertinentes. ¿Qué le importan a ella los papeles que debe llenar o las solicitudes que debe expedir? ¡Un comino, eso es lo que le importan, y si pudiera prendería fuego a todos esos legajos de una vez por todas! Sí, señor: seamos benévolos con estas pobres gentes malhumoradas, pues se ve a las claras que no están haciendo lo que quieren.
¡Ah, si todos estuviéramos en donde debemos estar, cómo cambiaría la vida! Seríamos entonces amables y educados: en una palabra, felices, porque esto y no otra cosa es la llamada felicidad.
Era el año de 1575 cuando don Juan Huarte de San Juan publicó un libro que llevaba por título Examen de ingenios para las ciencias; en él hacía ver –con muy poderosos argumentos, según mi modesta opinión- que los hombres nacimos sólo para una cosa, y que únicamente si logramos dedicarnos a esta sola cosa estaremos en paz con nosotros mismos; por lo cual, aconsejaba nada menos que al rey que legislara en tono a este grave asunto y no permitiese de ninguna manera que el labrador se metiese a zapatero, ni el legislador a médico, ni el abogado a matemático, ni el médico a filósofo, ya que si esto llegase a suceder la sociedad acabaría pagando tarde o temprano las consecuencias. Escuche usted lo que este docto varón escribió al invencible rey de todas las Españas:
«Para que las obras de los artífices tuviesen la perfección que convenía al uso de la República, me pareció, Católica Real Majestad, que se había de establecer una ley: que el carpintero no hiciese obra tocante al oficio del labrador, ni el tejedor del arquitecto, ni el jurisperito curase, ni el médico abogase, sino que cada uno ejercitase sola aquel arte (sic) por la cual tenía talento natural, y dejase las demás. Porque considerando cuán corto y limitado es el ingenio del hombre para una cosa y no más, tuve siempre entendido que ninguno podía saber dos artes con perfección sin que en la una faltase. Y porque no errase en elegir la que a su natural estaba mejor
, había de haber diputados en la República, hombres de gran prudencia y saber, que en la tierna edad descubriesen a cada uno su ingenio, haciéndole estudiar por fuerza la ciencia que le convenía , y no dejarlo a su elección».Querer no es poder, ni poder querer: he ahí la cuestión, querido amigo. Éste hombre que tenemos enfrente, por ejemplo –el que preside la fila, ese de pantalones color caqui y camisa a cuadros-, tal vez quiso en otro tiempo ser escritor, pero le faltó ingenio y claridad para convertir sus pensamientos en ensayos y libros; pero, en cambio, cuando habla es un águila descalza. Ahora bien, ¿no sería perder el tiempo querer dedicarlo a lo primero cuando podría ser un maestro consumado en lo segundo? Por eso, pues, sigue diciendo nuestro autor:
«Eso mismo quisiera yo que hicieran las Academias de vuestros reinos; que pues no consienten que el estudiante pase a otra facultad no estando en la lengua latina perito, que tuvieran también examinadores para saber si el que quiere estudiar dialéctica, filosofía, medicina, teología o leyes tiene el ingenio que cada una de estas ciencias ha menester. Porque si no, fuera del daño que este tal hará después en la República usando su arte mal sabida, es lástima ver a un hombre trabajar y quebrarse la cabeza en cosa que es imposible salir con ella. Por no hacer hoy día esta diligencia han destruido la cristiana religión los que no tenían ingenio para teología; y echan a perder la salud de los hombres los que son inhábiles para medicina: y la jurisprudencia no tiene la perfección que pudiera por no saber a qué potencia racional pertenece el uso y buena interpretación de las leyes. Todos los filósofos antiguos hallaron por experiencia que donde no hay naturaleza que disponga al hombre a saber, por demás es trabajar en las reglas del arte».
¿Quiénes son estos filósofos de los que se habla en este delicioso Examen de ingenios? Platón, quien dijo así en su tratado sobre las leyes: «Nadie sea a la vez fundidor y carpintero, porque dos oficios y profesiones no pueden desempeñarse debidamente». Y Cicerón, que también dijo: «Quien viva, pues, según su talento natural, que persevere allí, pues nada le está mejor, salvo que llegue a persuadirse de haber errado en la elección» (De los oficios).
¡El que diga que los antiguos eran unos tontos, merecería que lo colgasen! En efecto, nada descorazona tanto a un hombre que el que tenga que pasarse la vida ejecutando tareas para las que no se siente hecho. ¡Casi todas nuestras enfermedades mentales, malos humores y depresiones vienen de allí! Y si no me cree usted, señor, pregúntele a la señorita que se agazapa al otro lado de la ventanilla. Ella se lo podrá decir mejor que yo, por lo que puedo inferir al ver su rostro.
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Los últimos días de Friedrich Nietzsche | Columna de Juan Jesús Priego
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Por: Juan Jesús Priego
En 1889 Friedrich Nietzsche era ya muy famoso: había escrito una gran cantidad de libros y su madre estaba orgullosa de él, si bien había en esos libros muchas cosas que ella no lograba entender. Además, a esta buena mujer le bastaba la lectura de sus devocionarios, y no creía que pudiera comprender, ni entonces ni nunca, esos pensamientos sin pies ni cabeza que se le ocurrían a su muchacho.
¡Bien sabía Dios con cuántos sacrificios el pequeño Fritz, como lo llamaba ella cariñosamente, había logrado abrirse paso en la vida! Primero estudió en Bonn, luego en Leipzig, mostrándose siempre muy despejado de mente, y ahora enseñaba filología clásica en la famosa universidad de Basilea. Y, a propósito, ¿qué era eso de filología clásica? Ya estas palabrejas le causaban a la buena mujer no pocos escalofríos. Pero de una cosa no le quedaba duda: que su pequeño Fritz era un genio.
La madre se conformaba con ver la cubierta de los libros de su hijo y acaso, yendo más allá, sólo los títulos de éstos: El origen de la tragedia (1871), Consideraciones intempestivas (1873-1876), Humano, demasiado humano (1878), Aurora (1880), La gaya ciencia (1882), etcétera. ¡Qué bien! Esto quería decir que Fritz era un hombre importante en la república alemana de la filosofía y las letras.
Y estos sentimientos de admiración le habrían durado toda la vida si alguien, en cierta ocasión, no le hubiese hecho abrir los libros de su hijo mostrándole todo lo que se podía leer en ellos: «Un día mi nombre irá unido a algo formidable: el recuerdo de una crisis como jamás ha habido otra en la tierra.
Yo no soy un hombre, soy dinamita. Me rebelo como jamás nadie se ha rebelado». ¿Qué había querido decir su pequeño con semejantes palabras? La madre se quedó pensativa durante largo rato, pero no por eso se le aclararon las cosas. Le hicieron abrir otro libro al azar y allí se encontró ahora con el siguiente pensamiento: «El Dios de la cruz es una maldición contra la vida, una flecha indicadora para huir de la vida».
Por supuesto, la mujer ya no pudo seguir mostrándose contenta. ¡Fritz estaba poseído por el demonio! Esto fue lo primero que pensó la buena mujer, y sus sentimientos de orgullo se trocaron en ese mismo instante en lágrimas por ese hijo suyo que acaso hasta hubiera perdido la razón, pues sólo un loco podía decir tales sandeces. Y así era, en efecto: Nietzsche enfermaba cada vez más. Los dolores de cabeza se le volvían insoportables y él se acercaba cada vez con mayor rapidez al precipicio.
¡Nadie, nadie antes que Friedrich Nietzsche había odiado a Cristo y al cristianismo con tal furor! «¡Dios ha muerto!», gritaba; «por lo tanto, todo está permitido; por lo tanto, el tú debes no existe más». A propósito de la publicación de Ecce homo, en 1888, había escrito a uno de sus amigos: «Me he narrado a mí mismo con un cinismo que hará época. El libro se llama Ecce homo y es un ataque sin miramientos al Crucificado; arremete con rayos y truenos contra todo lo cristiano: sí, dejará sin habla ni oído al que lo lea». Pero ya antes de escribir esto, había reprochado a su ídolo de otro tiempo, el famoso compositor alemán Richard Wagner: «¡Ah! Tú también te has inclinado ante la cruz. ¡También tú, también tú eres un vencido!».
No obstante, en enero de 1889 algo sucedió que vino a poner fin a las diatribas de este filósofo furibundo , y es que mientras caminaba por una calle de Turín sufrió un colapso nervioso del que ya nunca más se pudo recuperar. Fue internado en un manicomio en el que médicos y enfermeros se burlaban de él y le daban palmaditas en la espalda con el fin de amansarlo.
Era claro que ni unos ni otros estaban muy al tanto de quién era este hombre, y la verdad es que se mostraban bien poco interesados en saberlo: para ellos era solamente un lunático; y cuando alguien preguntó a uno de los doctores del establecimiento si había leído sus obras, éste respondió indignado: «Señor, yo no tengo tiempo para leer esas cosas».
Con muchas dificultades consiguió la madre que le entregaran a su hijo, pues todos le aseguraban que el loco, por ser violento, era peligroso. «La matará a usted, señora», le advirtieron los médicos. Pero una madre es siempre una madre, y sus razones se impusieron a las del personal de la institución. Durante once años cuidó esta mujer abnegada a su pequeño Fritz, y lo que sufrió por ello ha quedado debidamente registrado en las cartas que ésta enviaba con regularidad a un viejo amigo de la familia (cartas que, en 1937, fueron publicadas en Viena con el título de Nietzsche enfermo).
Gracias a ellas podemos enterarnos de que el filósofo había perdido incluso la facultad del habla y que, en el crepúsculo de su vida, hablaba todavía peor que un niño de cuatro años: «No me gustan los caballos», decía, por ejemplo. Todo esto hacía sufrir a su madre indeciblemente; a tal punto, que en una de estas cartas inolvidables, llegó a exclamar: «¡Ah, querido mío, nadie es capaz de entrever lo que yo sufro! Pero uno debe tener paciencia y confiar en la gracia y en la misericordia de Dios, que no nos abandona».
Pese a todo, la madre seguía encomendándose al Señor y permaneciendo en su sitio, como era su deber. ¡Qué bueno que esta abnegada mujer no había podido leer a Friedrich Nietzsche, pues de ser así se habría cruzado de brazos, dejando que el enfermo se ahogase en sus propios excrementos!
Sí –me digo al leer en un libro de Stefan Zweig el relato de los últimos días del filósofo alemán-, los hombres pueden odiar a Dios; pueden incluso gritar que muera, o una de esas cosas que el mundo aplaude por osadas y novedosas, pero estos que así gritan y blasfeman siempre tendrán necesidad, al final, de un ser que por puro amor de Dios les vende las heridas…
¡Qué fácil es gritar! ¡Qué fácil es atacar lo santo! Pero sin lo santo -es preciso confesarlo- somos como huérfanos en este mundo…
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