#4 TiemposColumna de Dalia García

Aniversario | Columna de Dalia García

Divertimentos

 

El 17 de enero se cumplió un año de esta columna semanal, Divertimentos, mi laboratorio personal, mi zona de creación y una especie de buzón, a través del cual mando señales de vida a quienes me leen.

Divertimentos surgió de forma inesperada, sorpresiva. La invitación llegó en voz de un gran compañero de trabajo, un tipo admirable que patrocinaba las risas y el buen humor en la oficina, un joven hiperactivo y sumamente listo: Adrián Ibelles, el responsable de este palabrerío.

En música, un divertimento es una técnica de composición, de forma relativamente libre y cuya característica principal es su estilo desenfadado y lúdico; es el lugar en el que un músico se divierte; de ahí el nombre de esta columna. Salvo contadas excepciones, los Divertimentos que han visto la luz en las páginas de este diario han sido creados bajo esa consigna: desenfado y diversión lo que pueda vislumbrarse fuera del borde de estas dos líneas es parte de los efectos colaterales.

He de confesar que, al principio, Divertimentos obedecía más al compromiso de haber aceptado la invitación para escribir en este diario; sin embargo, dicha sensación de compromiso fue sustituida por el placer que provoca el entrenamiento constante de un músculo. Divertimentos ha sido, entre otras cosas, una disciplina; y esto último constituye la bondad más importante de este ciclo.

Agradezco sinceramente a La Orquesta por la libertad que se me ha dado para ocupar este espacio durante un año. Gracias al equipo de trabajo que recibe cada Divertimento, lo revisa y lo forma tanto en la página impresa como en la digital.

Gracias, lectores, porque, aunque no los conozco de nombre a todos, su figura existe para mí y, en gran parte, es gracias a eso que el sentido de creatividad es constantemente estimulado.

Sin más, dejaré aquí la amenaza de seguir ocupando este espacio por tiempo indefinido y me iré lentamente…

También lea: En defensa de la rutina | Columna de Dalia García

Nota Anterior

Traga santos, caga diablos | Columna de La Varsoviana

Siguiente Nota

En defensa del automóvil | Columna de Carlos López Medrano