#Si SostenidoCartas de NavegaciónHistorias para perros callejeros

Acabar con los extraterrestres

Por: Luis Alberto Moreno Flores

La mejor forma de conocer una ciudad, y por consiguiente a sus habitantes, es analizar sus desechos (y la forma en que lidia con ellos).

En el cuento Planeta Cloralex, escrito por Martín Solares, un agente del FBI de nombre Cormac McCormick es asignado para ejecutar una misión súper secreta: descubrir por qué los mexicanos ensuciamos nuestro territorio.

Durante años, McCormick diseña complejas hipótesis, pero la que mejor recibimiento tiene y que lo dota de mayor presupuesto para su investigación, es que los mexicanos somos extraterrestres, por ello nos da igual contaminar el hogar temporal. Es más, llenarlo de basura es parte nuestra misión colonizadora, pues llegará un momento en el que la República Mexicana esté tan cubierta de las fluorescentes botellas vacías de Cloralex, aluminio de las bolsas de Sabritas y millones de chicles en el pavimento que terminarán por ser una señal para que la nave nodriza comprenda que estamos listo para comenzar la conquista total de la Tierra.

Ante nuestra falta de civismo, la teoría de McCormick (por consecuencia de Solares) no es tan difícil de aceptar. Nuestras autoridades también parecen empeñadas en implementar políticas que aceleren el llamado a nuestros hermanos extraterrestres.

“No podría hacerlo otro”, fue el lema de campaña de Homero Simpson cuando se postuló a comisionado de limpia. Sus promesas iban encaminadas a que los trabajadores del Ayuntamiento hicieran las labores de los habitantes de Springfield (tirar su basura, lavar sus platos, encerar sus autos…). El resultado fue que en un mes Homero acabó con el presupuesto de toda la administración. Hace algunos años en San Luis Potosí, el gobierno de la capital implementó una medida similar: determinó que se podían dejar cualquier día a cualquier hora las bolsas de basura afuera de las casas, pues los empleados de la empresa encargada del manejo de los desechos pasarían (en algún momento) por ellas, con ello se desterró para siempre la necesidad de salir a la calle cuando pase el camión recolector. 

Para el perezoso interior (que seguramente hubiera votado por Homero Simpson) esta idea fue excelente, sin embargo, al paso de casi una década se ha vuelto tema recurrente en las sobremesas de mi casa (y supongo en muchas otras) los daños colaterales que la medida ha dejado y es que nada asegura que las bolsas de plástico donde dejamos nuestros desechos queden intactas hasta llegar al camión, lo que deriva en la obstrucción de los drenajes y colectores pluviales (inundaciones); contribuye a la proliferación de perros callejeros; afecta la imagen urbana; y, como se comprobó al final del trienio de Victoria Labastida, empodera a la concesionaria Vigue, pues vuelve a la ciudad rehén de sus caprichos.

Regresar al viejo sistema de que cada hogar se haga responsable de sacar su basura en el momento adecuado dejaría además el beneficio de generar sentido de comunidad, ya que cuando menos veríamos el rostro de nuestros vecinos, no obstante requiere de un mínimo de compromiso por parte de los potosinos. Le he expuesto la idea a algunos amigos y el principal argumento en contra es qué harían si un día no están en casa cuando pase la recolección, la respuesta es simple: ¡Guárdala dos días hasta que vuelva a pasar! Demostremos que no somos extraterrestres.

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