octubre 7, 2026

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#4 Tiempos

Yo defiendo al CIDE | Columna de Víctor Meade C.

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SIGAMOS DERECHO.

 

En 1974, Trinidad Martínez Tarragó —española, llegada a México por el exilio causado por la Guerra Civil— fundó el Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE) con el objetivo de que en México se produjera investigación científica y se ofertaran programas de posgrado, ambos de la más alta calidad en materia económica y áreas afines. Formado en aquel entonces principalmente por académicos provenientes del exilio sudamericano, el CIDE arrancó con un programa de maestría en Economía y pronto extendió su oferta académica al área de la Administración Pública. Hoy, el CIDE ofrece cuatro licenciaturas, ocho maestrías y tres doctorados repartidos entre sus dos sedes; todos sus programas, con amplio reconocimiento tanto a nivel nacional como internacional. Con el CIDE siendo una institución pública de excelencia, financiada en su gran mayoría por recursos públicos y con una irrenunciable vocación social, vale la pena recordar las palabras de Trinidad: «Yo cumplí con lo que me enseñaron mis padres: ‘México nos ha dado todo, denle a México lo que puedan’. Y creo que cumplí con México.»

La consigna de los padres de Trinidad la he llevado muy presente a lo largo de los casi dos años y medio que llevo en la institución. Precisamente en la ceremonia de bienvenida a la licenciatura, el Dr. Ugo Pipitone, de voz gentil, pero de palabra contundente, insistió en la irremediable necesidad que tiene México de contar con personas decentes y que, ciertamente, tengan con las herramientas, capacidad y compromiso permanente, no solo de entender, sino de transformar nuestra apremiante realidad. Pipitone cinceló en nosotros la responsabilidad de darle a México todo lo que podamos, pues, desde ese momento, el centenar de alumnas y alumnos reunidos en el auditorio nos convertíamos en beneficiarios de una educación pública de la más alta calidad, financiada con recursos públicos que se estaban apostando en nosotros y no, por ejemplo, en servicios de salud. Por supuesto, esta responsabilidad la refrendamos con cada clase que se imparte con pasión, con cada curso que cuestiona nuestros paradigmas, con cada semestre que confirma nuestra vocación.

Desde su fundación, la producción académica del CIDE y su naturaleza crítica han impulsado muchos de los temas más relevantes de la agenda pública. De sus aulas se han graduado generaciones completas de personas fuertemente comprometidas con el beneficio colectivo y que hoy se desempeñan, en su mayoría, en la administración pública, otro tanto en las organizaciones de la sociedad civil, en la docencia y en la iniciativa privada. En los jardines, pasillos y cubículos del CIDE, además, se han gestado proyectos de gran impacto para el país y que van desde estudios en corrupción, desigualdad y violencia, hasta el litigio pro bono de asuntos de trascendencia nacional y el diseño de reformas constitucionales en materia de acceso a la justicia.

En general, la ciencia y la tecnología se han visto severamente mermadas en términos presupuestarios desde hace algunas administraciones; el CIDE, al ser un centro público de investigación perteneciente al CONACYT, también. Sin embargo, desde el comienzo de esta administración, los embates se han agudizado y la comunidad científica del país en su conjunto lo ha resentido. A punta de mentiras, el gobierno federal logró extinguir de tajo los fideicomisos de los centros públicos de investigación, a través de los cuales muchas de estas instituciones lograban gestionar de manera transparente y eficiente los recursos fiscales y los autogenerados. Hoy, el destino de los fondos contenidos en los fideicomisos es desconocido y las pruebas de corrupción que prometió el gobierno federal se quedaron simplemente en eso, en promesa matutina. Sumado a ello, la penosa gestión de María Elena Álvarez-Buylla al frente del CONACYT se ha caracterizado por minar severamente la autonomía y condiciones laborales de la comunidad científica, como fue la reciente introducción de una norma que prohíbe a catedráticos hablar mal del CONACYT, y otra nutrida sarta de ocurrencias profundamente desafortunadas.

Luego de una muy digna defensa de la institución, el Dr. Sergio López Ayllón decidió dejar la Dirección General del CIDE y, en sus palabras, abrir paso a “una dirección renovada que pueda seguir dando cauce a las nuevas necesidades institucionales”. Álvarez-Buylla colocó a José Antonio Romero Tellaeche —economista, académico del Colegio de México— al frente de la institución mientras se lleva a cabo el proceso de renovación de la Dirección General. En un primer acercamiento a la comunidad, Romero afirmó que su papel sería el de asegurar una transición tranquila hacia la nueva dirección general; incluso señaló que no daría golpes de timón ni tomaría decisiones que comprometan el futuro de la institución en ningún sentido. Además, prometió convocar al estudiantado a una serie de diálogos para discutir sobre el panorama del país. Como verá, estas fueron solo palabras que rápidamente significaron nada.

Al cabo de algunas semanas, luego de que el Dr. Alejandro Madrazo Lajous —entonces director del CIDE Región Centro— se pronunciara en favor de mejorar las condiciones laborales de las Cátedras Conacyt, Romero Tellaeche lo destituyó argumentando la “pérdida de la confianza”. Sobra resaltar la muy destacada gestión de Madrazo al frente de la sede regional del CIDE, quien además cuenta con el reconocimiento de la comunidad cideíta. Dada la arbitrariedad, varios alumnos y alumnas realizamos solicitudes de acceso a la información requiriendo a la Dirección General Interina que nos explicara cuáles eran los criterios para la pérdida de la confianza de un funcionario. Como podrán imaginarse, no existe criterio alguno; se trató de un acto de autoridad puro y duro. Es cierto que el Estatuto del CIDE le confiere esa facultad a la Dirección General, sin embargo, vale la pena preguntarse: ¿con qué solvencia moral puede alguien destituir a un directivo que defiende los derechos laborales de su plantilla docente? ¿En qué quedó la promesa del interino de no realizar modificaciones sustanciales al CIDE?

El ambiente se respiraba muy tenso en la institución desde entonces. Pasaron las semanas e inició el procedimiento de designación de la nueva Dirección General, a la cual se postularon solo dos personas: Romero Tellaeche y Vidal Llerenas —morenista, exalcalde de Azcapotzalco y sin experiencia académica alguna—. Ambos presentaron sus respectivos planes de trabajo y, para sorpresa de nadie, el de Romero Tellaeche está centrado en el neoliberalismo y en cómo el CIDE ha servido únicamente a esos intereses y no a los del pueblo de México. En unas cuantas páginas, Romero construyó un plan basado en prejuicios, mentiras e interpretaciones a modo de algunas cifras del CIDE. Por ejemplo, Romero hace notar que las solicitudes de admisión al CIDE han bajado desde 2018, según él, debido a que la institución se ha vuelto irrelevante. Quizás sería bueno que, no lo sé, considerara que no a muchas personas les parece atractivo estudiar en una institución con cada vez menos presupuesto y más incertidumbre, con crecientes retos estructurales y que continuamente se le estigmatiza y denosta desde el púlpito presidencial. Incluso en una condición de ventaja sobre su contrincante, Romero tuvo la oportunidad de conocer al CIDE desde adentro y acercarse a su comunidad para presentar un plan de trabajo propositivo y constructivo, lo cual decidió no hacer. En lo que respecta al plan de trabajo de Llerenas, basta con decir que su mayor virtud es la brevedad y una calculada inocuidad que le compromete a muy poco.

Así las cosas, el martes pasado Romero Tellaeche destituyó a la Dra. Catherine Andrews —Secretaria General del CIDE, segunda al mando de la institución— luego de que el Director Interino trató de posponer de manera unilateral, contrario al Estatuto, las Comisiones Académicas Dictaminadoras. Andrews actuó en estricto apego a lo mandatado por la propia normatividad interna del CIDE y ello le valió para ser removida de su cargo en la Secretaría General. Romero también intentó destituir a la directora de Evaluación Académica, la Mtra. Céline González Schont, sin embargo, por hacerlo —de nuevo— transgrediendo la normativa, esta destitución no surtió efectos. Imagine usted: Romero acusó a Catherine Andrews y a Céline González de cometer actos de “rebeldía” e incluso sugirió la posibilidad de imputarles responsabilidades penales. Por respetar la normativa interna de la institución.

En tan solo tres meses, José Antonio Romero Tellaeche, un extraño que llegó a casa y no hizo el mínimo intento por salir de su calidad de extraño, se echó encima a toda la comunidad estudiantil y plantilla docente. En solo tres actos, Romero desató una crisis al interior del CIDE que terminó por realizar la última llamada a una comunidad estudiantil que tuvo que pasar de las enérgicas condenas y despliegue de comunicados a una eficiente y horizontal organización que rápidamente se movilizó para convocar a una manifestación en las instalaciones del CONACYT y a solicitar la destitución inmediata del déspota interino, con la promesa de la toma de las instalaciones en caso de que ello no ocurra. Ante el bullicio de la comunidad, Romero convocó a una reunión virtual que, más que diálogo, pretendía ser letanía. A pesar de ello, mis compañeros y compañeras estudiantes dieron a Romero, por casi tres horas, una cátedra sobre la calidad y relevancia de lo que se produce en el CIDE; de la diversidad ideológica que priva en las aulas; de la regla de la casa: la imprescriptible libertad de sostener lo que sea, pero con el ineludible deber de defenderlo con argumentos.

No tiene sentido negar que el CIDE debe ser cuestionado y criticado. No tiene sentido, tampoco, negar los tropiezos del pasado, pero es aún más absurdo denostar al CIDE desde los prejuicios y desde las mentiras. Llamar al CIDE neoliberal, irrelevante, personalista y, además, decir que su comunidad estudiantil es manipulable, es tan burdo como miope; pensar en las instituciones en términos de absolutos y etiquetar todos los males bajo el calificativo de “neoliberal”, a estas alturas, resta seriedad a cualquier cuestionamiento y lo reduce a un hombre de paja. Paralelamente, en el ambiente de torpe polarización que priva en el país, sectores de la oposición no desaprovechan oportunidad alguna —esta incluida— para denostar al grupo de estudiantes cideítas que su momento externaron su apoyo a López Obrador. En el mejor de los casos, estas injurias no son más que arrebatos de imbecilidad de quienes consideran que el sufragio es una hoja firmada en blanco, o que el ejercicio democrático es cosa de una vez cada seis años y no más. Toda crítica a la institución, su arreglo administrativo, plantilla docente, alumnado y producción académica será recibida y atendida siempre que aquélla se sustente con argumentos razonables.

Defiendo al CIDE porque, considero, la imposición de las ideas y el desdén a la libertad de cátedra y de expresión no tienen cabida en nuestro sistema democrático. Defiendo al CIDE porque, tanto para mí como para muchas más personas, representa la mejor y única opción de acceder a una educación en ciencias sociales de la más alta calidad, y que de otro modo no hubiese podido costear. Defiendo al CIDE porque es mi alma máter y porque en ella encontré mi vocación y la oportunidad de compartirla con una comunidad maravillosa. Defiendo al CIDE porque en torno a él he construido mi proyecto de vida y porque es mi más importante motor de movilidad social. Defiendo al CIDE porque, en vez de someterse, debe ser más autónomo y replicarse a lo largo y ancho del país. Defiendo la rebeldía del CIDE porque no se puede actuar de otra manera cuando uno se enfrenta al autoritarismo. Defiendo al CIDE porque, a través de él, México me ha dado todo y porque es mi mejor oportunidad para regresárselo.

#YoDefiendoAlCIDE con una comunidad estudiantil a la que da orgullo pertenecer, que resiste con pasión, inteligencia, unidad y compromiso.

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El influyente divulgador de la ciencia, Luis González de Alba | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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Uno de los importantes divulgadores científicos de México fue el charquense Luis González de Alba, que emergió como un personaje famoso por su participación en el Comité Nacional de Huelga en el movimiento estudiantil de 1968; compromiso que asumió justo al egresar de la carrera de psicología en la UNAM. Fue aprehendido y recluido en la cárcel de Lecumberri donde inicia su labor literaria al escribir la novela Los Días y los Años. Lo narrado en esta novela fue usado por Elena Poniatowska lo que derivó en un conflicto entre González de Alba y la Poniatowska lo que la llevó a corregir lo dicho en su libro de La Noche de Tlatelolco.

Este lamentable episodio en la historia del México moderno, en el cual tuvo un protagonismo Luis González de Alba, marcó su derrotero profesional, participando en el periodismo y la política, siendo colaborador de los medios de comunicación: Grupo Milenio, Excélsior, Punto, Punto de Partida, Revista de Revistas, Siempre, Unomásuno y Nexos. Participó en la creación del diario La Jornada, de donde sería expulsado en 1997 tras la polémica con Elena Poniatowska.

En La Jornada, iniciaría su aventura como escritor científico en la columna “La Ciencia en la Calle” que atendió durante una década. Continuó su labor como divulgador de la ciencia en una nueva columna en Milenio Diario, que llamó “Se descubrió que…” donde escribía sobre ciencia y temas nacionales. Estas columnas marcan un momento especial en la historia de la divulgación de la ciencia en México, pues entrelazan los temas científicos, que era una de sus pasiones, con los históricos y sociales lo que enriquece el contenido tratado de manera clara y amena.

Esta labor lo llevó a escribir, además de novelas, poesía, ensayos y cuentos, libros de divulgación de la ciencia como La Ciencia, La Calle y Otras Mentiras; El Burro de Sancho y El Gato de Schrödinger: un paseo al trote por cien años de física cuántica y su inesperada relación con la conciencia, donde muestra la relación entre física y sociedad a través de la historia, libros publicados en 1989 y 2001, respectivamente.

Escribió además los libros de divulgación científica: Bases biológicas de la bisexualidad, (1985); La orientación sexual: reflexiones sobre la bisexualidad originaria y la homosexualidad, (2003); Niño o niña. Las diferencias sexuales, (2006), donde refleja y explica las bases científicas sobre la homosexualidad, manifestando su labor como activista gay

. Publica además los libros: Maravillas y misterios de la física cuántica: un paseo por la física del siglo XX y su inesperada relación con la conciencia, (2010) y Teoría de los grafos en las ciencias sociales, (1984).

Luis González de Alba nació en Charcas, San Luis Potosí, el 6 de marzo de 1944, donde realizó sus primeros estudios. Del pueblo minero, su familia se traslada a Guadalajara y González de Alba va luego a la Ciudad de México a continuar sus estudios profesionales de psicología en la Universidad Nacional Autónoma de México.

Entre sus actividades destacan la política, el activismo, la literatura y de manera especial su labor como divulgador científico pues se convirtió en uno de los divulgadores más influyentes e importantes del país, sumándose a la lista de divulgadores potosinos que forman parte de lo que llamo la tradición mexicana en divulgación de la ciencia donde se privilegia el compromiso social de la ciencia y su enfoque cultural. Fue un apasionado de los temas de física moderna y del cerebro humano, relación que marca una nueva etapa de estudio para entender la conciencia y la función del hombre en el universo con el desarrollo de la mente.

Luis González de Alba se suicidó el 2 de octubre de 2016, fecha de la conmemoración del 48 aniversario de la masacre de Tlatelolco.

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Los espejos Olmecas, El Señor del Espejo Humeante | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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Por: J.R. Martínez/Dr. Flash

La cultura Olmeca se considera la madre de las culturas mesoamericanas, con presencia desde el Preclásico o periodo formativo, alrededor de 1200 años antes de nuestra Era. Su influencia se percibe desde Jalisco hasta Costa Rica; se destacan como una sociedad compleja, con diversos estamentos, donde los gobernantes eran identificados con los dioses. Su estilo artístico, arquitectónico y simbólico influyó en otras sociedades de la región, destacando, entre otros aspectos, en el descubrimiento del hule o látex natural y su control como artefacto de uso en su vida simbólica.

Un buen número de estudios se han realizado en torno de esta cultura, con el fin de entender nuestro pasado y el desarrollo cultural de nuestros pueblos mesoamericanos que sucedieron en el tiempo a esta cultura madre y la influencia que sobre ellos tuvo en todos los ámbitos culturales. Sin embargo, quedan muchas preguntas por resolver que puedan aumentar el grado de conocimiento sobre estas culturas prehispánicas. El acceder a un conocimiento más completo requiere el auxilio del grueso de las disciplinas científicas que complementen los estudios antropológicos, arqueológicos etnohistóricos, entre otros.

Un ejemplo es el análisis y estudios de artefactos encontrados en las zonas de influencia de esta cultura, artefactos que fueron construidos con diversos fines a lo largo de los periodos culturales, desde el esplendor Olmeca hasta las culturas surgidas en nuestra Era, desde el occidente hasta el sureste del país, y más allá de las actuales fronteras, como la cultura maya, la cultura tolteca, cultura mixteca, cultura teotihuacana, entre otras.

Por lo regular, varios de estos artefactos son asociados a cuestiones ornamentales, principalmente por la belleza de su construcción y materiales utilizados como el jade y la obsidiana, tanto para uso personal, como religioso en torno a sus gobernantes.

Uno de los artefactos que habían llamado la atención eran un conjunto de espejos fabricados de materiales como la turquesa, la pirita y óxidos ferrosos. Una de las colecciones más conocidas es la de los investigadores Carlson and Gullberg, que incluye espejos olmecas y mayas, como la preciosa pieza de la placa de mosaico turquesa del Templo de los Guerreros en Chichén Itzá.

Uno de los aspectos extraordinarios que presentan los espejos encontrados, es que no son simples espejos planos, sino que son espejos cóncavos, los cuales concentran la luz solar reflejada en un punto, y cuya elaboración requiere el conocimiento adecuado del material y las técnicas de pulido necesarias para darle la forma parabólica, difícil de lograr, y que se realiza con pulimentos adecuados y el uso de materiales para el pulido que al parecer se usaba guano de murciélago.

Yuri Nahamad Molinari, investigador del Instituto de Física de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí y un grupo de trabajo interdisciplinario, realizaron un estudio termodinámico de transferencia de calor, cuyos resultados apuntan a que estos objetos eran utilizados con el fin de producir fuego, y elaborados para los gobernantes que en su calidad de dioses realizaban ceremonias donde la producción del fuego tenía un interés central. Estos resultados aportan al conocimiento del desarrollo técnico de estas culturas y en la necesidad de realizar los estudios con el apoyo de otras disciplinas científicas, como en este caso la física, para ampliar el conocimiento y el entendimiento organizacional de culturas como la Olmeca.

Los resultados del grupo de trabajo donde participa Yuri Nahmad serán publicados en dos artículos que aparecerán próximamente en la revista Ancient Mesoamerica de la editorial Cambridge University Press. En uno de ellos muestran de los resultados del cálculo del poder quemador de algunos espejos cóncavos olmecas, evaluando teóricamente su capacidad para encender fuego en receptores de celulosa ennegrecida con un enfoque de equilibrio termodinámico de transferencia de calor y con base en los diagramas de restauración del espejo de Chichen Itza, muestran que esta pieza corresponde a un espejo cóncavo de pirita

(Clásico tardío) y calculan su poder quemador. Los resultados muestran la continuidad en la tradición lapidaria de manufacturar espejos cóncavos desde el Preclásico hasta el periodo de Contacto en Mesoamérica. A su vez, las dimensiones de este espejo muestran su claro potencial como instrumento para el encendido ritual de fuego como uno de sus principales usos.

En el otro artículo, estudian los espejos cóncavos y su relación con los puros de tabaco en la antigua Mesoamérica, donde los autores resaltan: “Con base en resultados previos (teóricos y experimentales) enfocados a demostrar el poder quemador de los espejos cóncavos Mesoamericanos el presente estudio se enfoca en analizar los posibles objetos que fueron utilizados como blanco receptor de la radiación concentrada del Sol para encender fuego. Nuestro análisis iconográfico, pictórico y etnohistórico, coincide en señalar al cigarro de tabaco como el mejor candidato, mostrando una significativa correlación entre cigarros y espejos. Experimentos realizados con modelos análogos de los espejos arqueológicos confirman físicamente la plausibilidad de nuestra propuesta, reafirmando la consistencia entre la información iconográfica, etnohistórica y termodinámica. De este modo, se propone al par cigarro-espejo como un instrumento inseparable para encender fuego en un contexto ritual de control de los dignatarios sobre el poder del Sol y las sustancias psicoactivas al interior del culto al Señor del Espejo Humeante.”

Detalles sobre estos resultados los pueden apreciar de viva voz por uno de sus autores, el Dr. Yuri Nahmad Molinari, investigador del Instituto de Física de la UASLP, en la charla ¿Un análogo Olmeca del Rayo de la Muerte o estoy muy fumado?, que será impartida en la próxima sesión de La Ciencia en el Bar, que se efectuará el miércoles 7 de octubre a las 8 de la noche en La Cervecería San Luis, en Calzada de Guadalupe 326. Entrada libre.

En la charla, el Dr. Yuri Nahmad abordará el tema cuyo resumen es: una de las deidades más antiguas de Mesoamérica —cuyas advocaciones más conocidas son Tezcatlipoca entre los mexicas y K’awiil entre los mayas— porta como signo distintivo un espejo humeante. En esta charla se explorarán los mitos de creación de los pueblos mesoamericanos y el conocimiento tecnológico que estos mitos contienen. Se abordará, asimismo, el desarrollo de dispositivos ópticos de concentración en sociedades de tecnología neolítica, así como la invención de uno de los receptores fototérmicos más eficaces para la producción de fuego.

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Matilde Soto Landeta, pionera directora cinematográfica de México | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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Por: J.R. Martínez/Dr. Flash

A la larga lista de personajes potosinos que participaron brillantemente en el cine mexicano, en especial en la época de oro, siendo pioneros en el género, algunos de los cuales los hemos tratado en esta columna, se encuentra Matilde Soto Landeta, que si bien nació en la Ciudad de México, vivió su infancia y cursó sus primeros estudios en la ciudad de San Luis Potosí donde tiene sus raíces.

En 1913 México pasaba por importantes cambios políticos que agitaban al país, Madero había asumido la presidencia de la República, pero enfrentaba serios problemas de dirección que le llevaría a ser derrocado en los eventos de la decena trágica. Por esas fechas las enfermedades asolaban a la población, en especial la tifoidea, enfermedad que le causaría la muerte a Matilde Landeta Dávalos madre de Matilde Soto cuando esta tenía tres años de edad. Su madre originaria de Matehuala, San Luis Potosí, se casó en 1903 con Gregorio Soto Conde en San Luis Potosí, donde nacieron sus primeros hijos y fueron a radicar a la Ciudad de México, donde nació Matilde Soto Landeta el 20 de septiembre de 1910, aunque en varias crónicas sitúan su nacimiento en 1913.

Al morir su madre, Matilde Soto es traída a San Luis Potosí con su abuela y vive su infancia y adolescencia en la capital potosina. Estudió sus primeras letras en el colegio del Sagrado Corazón y la secundaria con las madres dominicas. En sus estudios mostró una fuerte inclinación por el arte pues comenzó a montar obras de teatro para su familia y amigos.

Al igual que el resto de los personajes potosinos que incursionaron en el cine. Nace su inclinación a este arte en una de sus visitas a Estados Unidos que realizó cuando tenía diecisiete años, con su hermano el actor Eduardo Landeta, lugar donde nacería su inquietud por incursionar en la realización de películas.

A inicios de la década de los treinta regresa al país y se familiariza con el ambiente cinematográfico al visitar los estudios de la Nacional Productora donde fue contratado su hermano como actor en la película de Miguel Zacarías, “Sobre las olas”, protagonizada por los potosinos Adolfo Girón y Emma Roldán, ya tratados en esta columna. Desde entonces estaría ligada a ese ambiente por alrededor de sesenta años. Contra viento y marea emprendió el aprendizaje del quehacer cinematográfico adentrándose, además, en aspectos de edición y fotografía de la mano de los grandes creadores de la época.

Inmediatamente participa como ayudante de guionista en la película de transición del cine mudo al sonoro, “El prisionero trece” de Fernando de Fuentes y en el lapso de diez años da sus primeros pasos como asistente de dirección. Los problemas de desigualdad de género se manifestaron pues su trabajo no era del todo reconocido, y su inquietud por dirigir sus propias películas se dificultaron entre estas desigualdades y la facilidad para conseguir los recursos económicos. Terminó financiando sus propios proyectos y logró dirigir sus primeras películas a fines de los cuarentas, con el estreno de Lola Casanova en 1948, primera película dirigida por una mujer

, en 1949 estrenaba su película La negra Angustias y en 1951 Trotacalles, donde se presentaron conflictos sindicales que la retiraron por un buen tiempo del cine.

Uno de sus grandes proyectos que no dejaron de estar entre la lista de obstáculos a su carrera, fue el proyecto que trabajó junto a su hermano Eduardo Landeta, la dirección de la película Tribunal de Menores, proyecto sobre el cual la convencieron de vender el guion y los financiadores se lo otorgaron a otro cineasta que realizó la película “El camino de la vida”, película que se hizo merecedora al Premio Ariel de 1957 y fue merecedora al premio del mejor Argumento en los premios Ariel, así como la Mención de Honor en el Festival de Berlín. Matilde Landeta, como se le conoce en el medio, al asumir el apellido de su madre al igual que su hermano, demandó a la financiadora, pues además decidieron eliminar su nombre de los créditos del guion, demanda que prosperó y logró se conservaran su nombre y el de su hermano como los realizadores del guion de la premiada película que fue dirigida por Alfonso Corona Blake, una película donde Matilde Landeta retrata la vida de los niños marginados en Ciudad de México a través de tres delincuentes de un centro tutelar de menores. Uno de ellos mató a su padrastro para proteger a su madre, otro dejó ciego a su tutor para defenderse de sus abusos, y un tercero se ve obligado a robar para poder comer.

Temas que serían comunes en los guiones y películas de Matilde Landeta, donde coloca como protagonistas a las mujeres y grupos desfavorecidos sosteniendo la mirada femenina en el relato. Lo que definía como el cine de la mujer, aspirando a crear ese otro cine, creando un estilo narrativo donde las mujeres dejaban de ser figuras inmóviles.

Tras los conflictos en que se vio envuelta, fue excluida del cine mexicano, incursiona en la realización de alrededor de 110 cortometrajes en Estados Unidos. Impartió clases en la primera escuela de cine en México en el Instituto Cinematográfico y llegó a presidir la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas. Regresó al set de filmación, después de cuarenta años de haber sido excluida, dirigiendo en 1992 Nocturno a Rosario.

Su obra fílmica es marcada por la defensa de la libertad y la capacidad de las mujeres a decidir sus acciones y sus vidas. Murió el 26 de enero de 1999 en la Ciudad de México.

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