octubre 16, 2026

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#4 Tiempos

Yo defiendo al CIDE | Columna de Víctor Meade C.

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SIGAMOS DERECHO.

 

En 1974, Trinidad Martínez Tarragó —española, llegada a México por el exilio causado por la Guerra Civil— fundó el Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE) con el objetivo de que en México se produjera investigación científica y se ofertaran programas de posgrado, ambos de la más alta calidad en materia económica y áreas afines. Formado en aquel entonces principalmente por académicos provenientes del exilio sudamericano, el CIDE arrancó con un programa de maestría en Economía y pronto extendió su oferta académica al área de la Administración Pública. Hoy, el CIDE ofrece cuatro licenciaturas, ocho maestrías y tres doctorados repartidos entre sus dos sedes; todos sus programas, con amplio reconocimiento tanto a nivel nacional como internacional. Con el CIDE siendo una institución pública de excelencia, financiada en su gran mayoría por recursos públicos y con una irrenunciable vocación social, vale la pena recordar las palabras de Trinidad: «Yo cumplí con lo que me enseñaron mis padres: ‘México nos ha dado todo, denle a México lo que puedan’. Y creo que cumplí con México.»

La consigna de los padres de Trinidad la he llevado muy presente a lo largo de los casi dos años y medio que llevo en la institución. Precisamente en la ceremonia de bienvenida a la licenciatura, el Dr. Ugo Pipitone, de voz gentil, pero de palabra contundente, insistió en la irremediable necesidad que tiene México de contar con personas decentes y que, ciertamente, tengan con las herramientas, capacidad y compromiso permanente, no solo de entender, sino de transformar nuestra apremiante realidad. Pipitone cinceló en nosotros la responsabilidad de darle a México todo lo que podamos, pues, desde ese momento, el centenar de alumnas y alumnos reunidos en el auditorio nos convertíamos en beneficiarios de una educación pública de la más alta calidad, financiada con recursos públicos que se estaban apostando en nosotros y no, por ejemplo, en servicios de salud. Por supuesto, esta responsabilidad la refrendamos con cada clase que se imparte con pasión, con cada curso que cuestiona nuestros paradigmas, con cada semestre que confirma nuestra vocación.

Desde su fundación, la producción académica del CIDE y su naturaleza crítica han impulsado muchos de los temas más relevantes de la agenda pública. De sus aulas se han graduado generaciones completas de personas fuertemente comprometidas con el beneficio colectivo y que hoy se desempeñan, en su mayoría, en la administración pública, otro tanto en las organizaciones de la sociedad civil, en la docencia y en la iniciativa privada. En los jardines, pasillos y cubículos del CIDE, además, se han gestado proyectos de gran impacto para el país y que van desde estudios en corrupción, desigualdad y violencia, hasta el litigio pro bono de asuntos de trascendencia nacional y el diseño de reformas constitucionales en materia de acceso a la justicia.

En general, la ciencia y la tecnología se han visto severamente mermadas en términos presupuestarios desde hace algunas administraciones; el CIDE, al ser un centro público de investigación perteneciente al CONACYT, también. Sin embargo, desde el comienzo de esta administración, los embates se han agudizado y la comunidad científica del país en su conjunto lo ha resentido. A punta de mentiras, el gobierno federal logró extinguir de tajo los fideicomisos de los centros públicos de investigación, a través de los cuales muchas de estas instituciones lograban gestionar de manera transparente y eficiente los recursos fiscales y los autogenerados. Hoy, el destino de los fondos contenidos en los fideicomisos es desconocido y las pruebas de corrupción que prometió el gobierno federal se quedaron simplemente en eso, en promesa matutina. Sumado a ello, la penosa gestión de María Elena Álvarez-Buylla al frente del CONACYT se ha caracterizado por minar severamente la autonomía y condiciones laborales de la comunidad científica, como fue la reciente introducción de una norma que prohíbe a catedráticos hablar mal del CONACYT, y otra nutrida sarta de ocurrencias profundamente desafortunadas.

Luego de una muy digna defensa de la institución, el Dr. Sergio López Ayllón decidió dejar la Dirección General del CIDE y, en sus palabras, abrir paso a “una dirección renovada que pueda seguir dando cauce a las nuevas necesidades institucionales”. Álvarez-Buylla colocó a José Antonio Romero Tellaeche —economista, académico del Colegio de México— al frente de la institución mientras se lleva a cabo el proceso de renovación de la Dirección General. En un primer acercamiento a la comunidad, Romero afirmó que su papel sería el de asegurar una transición tranquila hacia la nueva dirección general; incluso señaló que no daría golpes de timón ni tomaría decisiones que comprometan el futuro de la institución en ningún sentido. Además, prometió convocar al estudiantado a una serie de diálogos para discutir sobre el panorama del país. Como verá, estas fueron solo palabras que rápidamente significaron nada.

Al cabo de algunas semanas, luego de que el Dr. Alejandro Madrazo Lajous —entonces director del CIDE Región Centro— se pronunciara en favor de mejorar las condiciones laborales de las Cátedras Conacyt, Romero Tellaeche lo destituyó argumentando la “pérdida de la confianza”. Sobra resaltar la muy destacada gestión de Madrazo al frente de la sede regional del CIDE, quien además cuenta con el reconocimiento de la comunidad cideíta. Dada la arbitrariedad, varios alumnos y alumnas realizamos solicitudes de acceso a la información requiriendo a la Dirección General Interina que nos explicara cuáles eran los criterios para la pérdida de la confianza de un funcionario. Como podrán imaginarse, no existe criterio alguno; se trató de un acto de autoridad puro y duro. Es cierto que el Estatuto del CIDE le confiere esa facultad a la Dirección General, sin embargo, vale la pena preguntarse: ¿con qué solvencia moral puede alguien destituir a un directivo que defiende los derechos laborales de su plantilla docente? ¿En qué quedó la promesa del interino de no realizar modificaciones sustanciales al CIDE?

El ambiente se respiraba muy tenso en la institución desde entonces. Pasaron las semanas e inició el procedimiento de designación de la nueva Dirección General, a la cual se postularon solo dos personas: Romero Tellaeche y Vidal Llerenas —morenista, exalcalde de Azcapotzalco y sin experiencia académica alguna—. Ambos presentaron sus respectivos planes de trabajo y, para sorpresa de nadie, el de Romero Tellaeche está centrado en el neoliberalismo y en cómo el CIDE ha servido únicamente a esos intereses y no a los del pueblo de México. En unas cuantas páginas, Romero construyó un plan basado en prejuicios, mentiras e interpretaciones a modo de algunas cifras del CIDE. Por ejemplo, Romero hace notar que las solicitudes de admisión al CIDE han bajado desde 2018, según él, debido a que la institución se ha vuelto irrelevante. Quizás sería bueno que, no lo sé, considerara que no a muchas personas les parece atractivo estudiar en una institución con cada vez menos presupuesto y más incertidumbre, con crecientes retos estructurales y que continuamente se le estigmatiza y denosta desde el púlpito presidencial. Incluso en una condición de ventaja sobre su contrincante, Romero tuvo la oportunidad de conocer al CIDE desde adentro y acercarse a su comunidad para presentar un plan de trabajo propositivo y constructivo, lo cual decidió no hacer. En lo que respecta al plan de trabajo de Llerenas, basta con decir que su mayor virtud es la brevedad y una calculada inocuidad que le compromete a muy poco.

Así las cosas, el martes pasado Romero Tellaeche destituyó a la Dra. Catherine Andrews —Secretaria General del CIDE, segunda al mando de la institución— luego de que el Director Interino trató de posponer de manera unilateral, contrario al Estatuto, las Comisiones Académicas Dictaminadoras. Andrews actuó en estricto apego a lo mandatado por la propia normatividad interna del CIDE y ello le valió para ser removida de su cargo en la Secretaría General. Romero también intentó destituir a la directora de Evaluación Académica, la Mtra. Céline González Schont, sin embargo, por hacerlo —de nuevo— transgrediendo la normativa, esta destitución no surtió efectos. Imagine usted: Romero acusó a Catherine Andrews y a Céline González de cometer actos de “rebeldía” e incluso sugirió la posibilidad de imputarles responsabilidades penales. Por respetar la normativa interna de la institución.

En tan solo tres meses, José Antonio Romero Tellaeche, un extraño que llegó a casa y no hizo el mínimo intento por salir de su calidad de extraño, se echó encima a toda la comunidad estudiantil y plantilla docente. En solo tres actos, Romero desató una crisis al interior del CIDE que terminó por realizar la última llamada a una comunidad estudiantil que tuvo que pasar de las enérgicas condenas y despliegue de comunicados a una eficiente y horizontal organización que rápidamente se movilizó para convocar a una manifestación en las instalaciones del CONACYT y a solicitar la destitución inmediata del déspota interino, con la promesa de la toma de las instalaciones en caso de que ello no ocurra. Ante el bullicio de la comunidad, Romero convocó a una reunión virtual que, más que diálogo, pretendía ser letanía. A pesar de ello, mis compañeros y compañeras estudiantes dieron a Romero, por casi tres horas, una cátedra sobre la calidad y relevancia de lo que se produce en el CIDE; de la diversidad ideológica que priva en las aulas; de la regla de la casa: la imprescriptible libertad de sostener lo que sea, pero con el ineludible deber de defenderlo con argumentos.

No tiene sentido negar que el CIDE debe ser cuestionado y criticado. No tiene sentido, tampoco, negar los tropiezos del pasado, pero es aún más absurdo denostar al CIDE desde los prejuicios y desde las mentiras. Llamar al CIDE neoliberal, irrelevante, personalista y, además, decir que su comunidad estudiantil es manipulable, es tan burdo como miope; pensar en las instituciones en términos de absolutos y etiquetar todos los males bajo el calificativo de “neoliberal”, a estas alturas, resta seriedad a cualquier cuestionamiento y lo reduce a un hombre de paja. Paralelamente, en el ambiente de torpe polarización que priva en el país, sectores de la oposición no desaprovechan oportunidad alguna —esta incluida— para denostar al grupo de estudiantes cideítas que su momento externaron su apoyo a López Obrador. En el mejor de los casos, estas injurias no son más que arrebatos de imbecilidad de quienes consideran que el sufragio es una hoja firmada en blanco, o que el ejercicio democrático es cosa de una vez cada seis años y no más. Toda crítica a la institución, su arreglo administrativo, plantilla docente, alumnado y producción académica será recibida y atendida siempre que aquélla se sustente con argumentos razonables.

Defiendo al CIDE porque, considero, la imposición de las ideas y el desdén a la libertad de cátedra y de expresión no tienen cabida en nuestro sistema democrático. Defiendo al CIDE porque, tanto para mí como para muchas más personas, representa la mejor y única opción de acceder a una educación en ciencias sociales de la más alta calidad, y que de otro modo no hubiese podido costear. Defiendo al CIDE porque es mi alma máter y porque en ella encontré mi vocación y la oportunidad de compartirla con una comunidad maravillosa. Defiendo al CIDE porque en torno a él he construido mi proyecto de vida y porque es mi más importante motor de movilidad social. Defiendo al CIDE porque, en vez de someterse, debe ser más autónomo y replicarse a lo largo y ancho del país. Defiendo la rebeldía del CIDE porque no se puede actuar de otra manera cuando uno se enfrenta al autoritarismo. Defiendo al CIDE porque, a través de él, México me ha dado todo y porque es mi mejor oportunidad para regresárselo.

#YoDefiendoAlCIDE con una comunidad estudiantil a la que da orgullo pertenecer, que resiste con pasión, inteligencia, unidad y compromiso.

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El Cronopio

María Luisa Toranzo, pionera del cuento mexicano | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

Por: J.R. Martínez/Dr. Flash

En la antología de Liliana Pedroza sobre el cuento mexicano, A Golpe de Linternas, que en su tomo I dedica a las pioneras, se encuentra entre las antologadas la potosina María Luisa Toranzo, que dedicó parte de su vida a la escritura y que fuera figura cultural mexicana. Madre y abuela del filósofo Luis Villoro y el escritor Juan Villoro, respectivamente.

Parte de su obra literaria se recoge en libros como: Azahares, espinas y rosas; Meditaciones, Suegras; Esbozos; Tres Chiquillas; Cuadros de una exposición; Páginas viejas; Charlas con mi hija; Átomos tontos, entre otros. Libros que reflejan su formación en el campo potosino y la época que le tocó vivir, donde impera el existencialismo y la fenomenología, campos que experimentaría posteriormente su hijo Luis Villoro. En su libro de ensayos: Esbozos, que lleva como ensayo central: El dominio de sí mismo, Sophrosyne vs la Hybris, “el dominio de sí mismo” no es una negación de la vida o de los impulsos, sino la condición necesaria para la auténtica libertad. Sin el gobierno de uno mismo, el ser humano queda a merced de fuerzas externas o de impulsos ciegos, perdiendo su autonomía.

María Luisa Toranzo Jordana nació en San Luis Potosí el 13 de marzo de 1890, perteneciente a familia de hacendados, vivió su infancia en la Hacienda de Cerro Prieto en el altiplano potosino, rumbo a Zacatecas, fue hija natural y creció entre libros, estudiando idiomas y cultivando la música tocando el arpa y la mandolina. El movimiento revolucionario le llevó en la adolescencia a radicar en la Ciudad de México, donde la vida placentera se trastocaba y la famosa banda del automóvil gris hacía de las suyas, y que quedó registrada en una de las primeras películas realizadas en México, llamada justo La banda del automóvil gris de 1919 de Enrique Rosas, filmada en los lugares donde pertrecharan sus ataques. En la película aparece la casa Toranzo donde vivió María Luisa en México y donde aparece en escena acechada en el asalto a su casa por tan peculiar banda.

Los acechos no pararon para María Luisa y fue pretendida por un general revolucionario del que logró escapar partiendo a España e instalándose en Barcelona donde se casaría con el médico barcelonés Miguel Villoro Villoro, procreando a tres hijos, entre ellos al filósofo Luis Villoro. Quedaría viuda y al iniciar la guerra civil española regresa a México huyendo de nuevo de la violencia. Se instala por un tiempo en la Hacienda de Cerro Prieto y parte a la Ciudad de México para que sus hijos continuaran sus estudios de formación.

Su familia potosina de abolengo le propició una considerable fortuna que le permitió ir a Barcelona, su abuela paterna Genoveva Peña Santacruz que casó en segundas nupcias con Casimiro Toranzo Ortiz, había sido esposa de Pantaleón Ipiña Eguía, siendo madre de José Encarnación Ipiña Peña.

Su pensamiento que de cierta forma influyera en su hijo Luis Villoro lo destaca en su libro Esbozos: “El dominio de sí mismo sobre la soberbia debe de consistir, no sólo en dominarse ‘delante de la gente’ y en vuestras ‘relaciones sociales’ para que los demás ‘vean’ que sois humildes o sencillos, sino que este dominio sobre vosotros mismos y sobre vuestra soberbia debe ser de tal modo profundo, que no sea un dominio efímero, originado únicamente por el bien parecer; tampoco debe ser un dominio de autosugestión, que sin serlo, os haga creer que ya sois humildes; sino que este dominio de vosotros mismos sobre la soberbia, debe ser una especie de ‘cura’ si queréis lenta y suave, pero sí honda, minuciosa y profunda. El dominio de vosotros mismos debe ser como un cauterio que tienda a curar, aunque sea quemando; a cauterizar, aunque sea con dolor, la llaga de vuestra soberbia, el cáncer de vuestro orgullo”

María Luisa Toranzo fue una mujer de una cultura vasta que participó activamente en la vida intelectual mexicana, aportando una sensibilidad ética que complementaba el rigor lógico de la época. Su enfoque en el “dominio de sí” suele leerse como un puente entre la virtud antigua, la psicología moderna y la abierta espiritualidad. Su nieto Juan Villoro la describe como una mujer que intentaba descifrar los secretos de la convivencia humana.

María Luisa Toranzo Jordana murió en la Ciudad de México a los 78 años de edad, el 2 de abril de 1968.

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Acento Ajeno

Maestría en derechos humanos y la incómoda pregunta | Columna de Haniel Valdés

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Por: Haniel Valdés

La comunidad cubana en el exilio, en Estados Unidos y en México, ha escrito en estos días cartas y mensajes dirigidos a la Universidad Autónoma de San Luis Potosí (UASLP). Cuestionan que Gabriela Fernández Álvarez, presentadora del programa oficialista “Con Filo”, haya sido admitida en la Maestría en Derechos Humanos de la UASLP y que hoy esté cursándola en esta ciudad.

Los hechos conocidos son pocos. Su nombre aparece en la lista de la generación 2026-2028. Está en San Luis Potosí. En 2025, durante una gira por España, sostuvo que en Cuba no hay presos políticos. Todo lo demás es una discusión de fondo, y es más incómoda de lo que parece.

“Con Filo” nació en 2021, tras las protestas del 11 de julio, como respuesta de la televisión estatal cubana. Sus defensores dicen que desmiente falsedades. Sus críticos, que en algún punto dejó de desmentir y empezó a ridiculizar a la oposición, dentro y fuera de la isla, y a señalar como “vendepatrias” a quien se fue. Muchos exiliados lo viven como algo personal, porque vieron su rostro en pantalla como blanco de burla por opinar distinto. Esa es la versión de ellos, y es la que han hecho llegar a la UASLP.

Hay una ironía que ellos señalan y que no puedo dejar pasar. Quien llamó traidor al que salió de Cuba pudo salir, viajar y dar charlas en Europa. Pocos cubanos tienen ese privilegio.

La pregunta para México

Aquí es donde el caso deja de ser solo cubano. La universidad pública mexicana, ¿puede negar un lugar por lo que una persona ha dicho en público? Mi respuesta es que no debería. Una maestría en derechos humanos que excluya por opinión traicionaría la materia que enseña. La libertad de expresión protege también a quien piensa lo contrario de lo que a uno le gustaría.

Pero esa respuesta no cierra el tema. Un posgrado no es una tribuna. El objetivo del programa es formar profesionistas críticos y comprometidos con la solución de problemas de derechos humanos, en lo local, en lo nacional y en lo internacional. Y de eso sí podemos preguntar, porque no es lo mismo defender el derecho de alguien a estudiar que ignorar lo que esa persona dijo en pantalla durante años.

Y en México la materia no es teórica. Este es un país con miles de personas desaparecidas, periodistas asesinados y presos que esperan sentencia durante años. Un aula de derechos humanos en San Luis Potosí no es un espacio neutro. Se habla de casos reales, con familias reales.

Lo que corresponde

A la UASLP le corresponde explicar cómo se evalúa a quien aspira a este posgrado y qué responde a las cartas que recibió. Hasta ahora no hay una postura pública de la universidad, y el silencio solo alimenta la sospecha. También corresponde buscar la versión de la estudiante, que no ha respondido a los señalamientos. A ella le corresponde algo más difícil: sentarse en una clase donde se discute lo que defendió negar y escuchar.

Defiendo que se quede. Si la maestría sirve para algo, es para que esas ideas se confronten con argumentos, casos y compañeros que vivieron lo que ella calificó de mentira. Pero defender su derecho a estar no me obliga a fingir que la pregunta no existe.

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El Cronopio

El influyente divulgador de la ciencia, Luis González de Alba | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

 

Uno de los importantes divulgadores científicos de México fue el charquense Luis González de Alba, que emergió como un personaje famoso por su participación en el Comité Nacional de Huelga en el movimiento estudiantil de 1968; compromiso que asumió justo al egresar de la carrera de psicología en la UNAM. Fue aprehendido y recluido en la cárcel de Lecumberri donde inicia su labor literaria al escribir la novela Los Días y los Años. Lo narrado en esta novela fue usado por Elena Poniatowska lo que derivó en un conflicto entre González de Alba y la Poniatowska lo que la llevó a corregir lo dicho en su libro de La Noche de Tlatelolco.

Este lamentable episodio en la historia del México moderno, en el cual tuvo un protagonismo Luis González de Alba, marcó su derrotero profesional, participando en el periodismo y la política, siendo colaborador de los medios de comunicación: Grupo Milenio, Excélsior, Punto, Punto de Partida, Revista de Revistas, Siempre, Unomásuno y Nexos. Participó en la creación del diario La Jornada, de donde sería expulsado en 1997 tras la polémica con Elena Poniatowska.

En La Jornada, iniciaría su aventura como escritor científico en la columna “La Ciencia en la Calle” que atendió durante una década. Continuó su labor como divulgador de la ciencia en una nueva columna en Milenio Diario, que llamó “Se descubrió que…” donde escribía sobre ciencia y temas nacionales. Estas columnas marcan un momento especial en la historia de la divulgación de la ciencia en México, pues entrelazan los temas científicos, que era una de sus pasiones, con los históricos y sociales lo que enriquece el contenido tratado de manera clara y amena.

Esta labor lo llevó a escribir, además de novelas, poesía, ensayos y cuentos, libros de divulgación de la ciencia como La Ciencia, La Calle y Otras Mentiras; El Burro de Sancho y El Gato de Schrödinger: un paseo al trote por cien años de física cuántica y su inesperada relación con la conciencia, donde muestra la relación entre física y sociedad a través de la historia, libros publicados en 1989 y 2001, respectivamente.

Escribió además los libros de divulgación científica: Bases biológicas de la bisexualidad, (1985); La orientación sexual: reflexiones sobre la bisexualidad originaria y la homosexualidad, (2003); Niño o niña. Las diferencias sexuales, (2006), donde refleja y explica las bases científicas sobre la homosexualidad, manifestando su labor como activista gay

. Publica además los libros: Maravillas y misterios de la física cuántica: un paseo por la física del siglo XX y su inesperada relación con la conciencia, (2010) y Teoría de los grafos en las ciencias sociales, (1984).

Luis González de Alba nació en Charcas, San Luis Potosí, el 6 de marzo de 1944, donde realizó sus primeros estudios. Del pueblo minero, su familia se traslada a Guadalajara y González de Alba va luego a la Ciudad de México a continuar sus estudios profesionales de psicología en la Universidad Nacional Autónoma de México.

Entre sus actividades destacan la política, el activismo, la literatura y de manera especial su labor como divulgador científico pues se convirtió en uno de los divulgadores más influyentes e importantes del país, sumándose a la lista de divulgadores potosinos que forman parte de lo que llamo la tradición mexicana en divulgación de la ciencia donde se privilegia el compromiso social de la ciencia y su enfoque cultural. Fue un apasionado de los temas de física moderna y del cerebro humano, relación que marca una nueva etapa de estudio para entender la conciencia y la función del hombre en el universo con el desarrollo de la mente.

Luis González de Alba se suicidó el 2 de octubre de 2016, fecha de la conmemoración del 48 aniversario de la masacre de Tlatelolco.

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