junio 19, 2026

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#4 Tiempos

Una pregunta inconveniente | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas

Una vez, en una importante reunión, cometí la imprudencia de preguntarle la edad a una señora de cabeza respetable.

-¿Para qué quiere usted saberla? -me preguntó sinceramente indignada. Y luego protestó amenazándome con el puño-: ¡Nunca hay que preguntarle la edad a una mujer! ¿No sabe usted que es una molesta falta de educación?

La verdad es que no lo sabía. ¿En qué manual de urbanidad y buenas maneras está escrito que no haya que hacer esto bajo ningún motivo? Más tarde pude darme cuenta; sin embargo, que este rechazo a hablar de la propia edad no es de ningún modo privativa de las mujeres, y que también a los varones les resulta sumamente embarazoso el tener que referirse a ella.

En otra ocasión, mientras abrazaba a un amigo el día de su cumpleaños y le deseaba tanta felicidad como pudiera sentir en esta vida y en la otra, se me escapó de los labios la malhadada pregunta:

-¿Cuántos años ya?

Mi amigo se limitó a sonreír, a encogerse de hombros y a preguntarme si quería una limonada.

A veces me lamento de ser tan imprudente, y aunque trato de justificarme a mí mismo diciendo que no es culpa mía que en mi casa no se me haya enseñado a ser más sutil a la hora de formular ciertas preguntas, siempre queda en mí una especie de remordimiento por haber tocado una llaga a todas luces mal cicatrizada. Eugène Ionesco, el dramaturgo rumano, por ejemplo, solía robarle tres años a la vida: decía haber nacido en 1912, cuando en realidad había resonado su primer vagido en 1909.

¿Por qué esta especie de cleptomanía mediante la cual, sin quererlo y sin pensarlo, nos quitamos años constantemente a nosotros mismos? Se me ocurren tres razones.

La primera de ellas es que hemos glorificado tanto la juventud que lo viejo nos parece francamente extemporáneo o fuera de lugar. Hoy todos quieren ser jóvenes, aunque estén bien lejos de serlo o de haberlo sido. ¿No fue la canción Forever young (joven por siempre) una especie de himno que todo el mundo cantó en la lejana década de los ochentas? La juventud, se dice allí, es cosa del corazón y no de los años. Y creeríamos que así es en realidad, si no fuera porque quienes dicen esto son casi siempre los viejos.

Recuerdo haber dicho un día a una mujer que acababa de ser abuela:

-¡Pero qué joven luce usted hoy! Pensé, mirándola de lejos, que se trataba de su hija.

La mujer no encontraba palabras para agradecerme tan subido elogio.

¿Mentiría si digo que daba incluso saltitos de satisfacción? En los tiempos que corren, decirle viejo a alguien es como llamarlo cadáver, o exponerse a objeciones del tipo: «¡Viejos los cerros!», u otras semejantes.

Pero hay todavía otra razón. Hablar de la edad es hablar, se quiera o no, de la proximidad de la muerte. Al menos más cerca de ella que el año anterior, que el día de ayer, sí que nos encontramos. Cad a día que pasa nos acercamos a la fecha en la que ya no estaremos: fecha que nos es desconocida, pero que es tan cierta como nuestra nariz.

«Desde el instante en que comenzamos a existir en este cuerpo mortal, nunca dejamos de tender hacia la muerte…

No existe nadie que no esté más cercano a la muerte después de un año que antes de él, y mañana más que hoy, y hoy más que ayer, y poco después más que ahora, y ahora poco más que antes.

Porque el tiempo vivido es un pellizco dado a la vida, y diariamente disminuye lo que resta; de tal forma que esta vida no es más que una carrera hacia la muerte.

No permite a nadie detenerse o caminar más despacio, sino que todos siguen el mismo compás y se mueven con igual presteza», escribió el genial San Agustín en La ciudad de Dios (XIII, 10).

En La dama del alba, una magnífica pieza teatral de Alejandro Casona (1903-1965), el dramaturgo español, un anciano se queja del tiempo ido, y exclama lleno de pesadumbre:

«-¡Tengo setenta años!».

A lo que responde la muerte vestida de mujer, que anda por ahí cerca:

«-Muchos menos, abuelo. Esos setenta que dices, son los que no tienes ya».

Es verdad: los años que tenemos son los que ya no tenemos. Porque han pasado, porque ya no están. Y como hablar de nuestra edad es hablar de los años que ya no tenemos, damos carpetazo a la cuestión y pasamos a hablar de otra cosa: nos ponemos, como mi amigo, a repartir limonadas…

La tercera razón, me parece, tiene que ver con el miedo. Miedo a sentirnos descontinuados, fuera de circulación, de la vida. Miedo a que los demás decreten que ya les estamos robando el aire, a que nos inviten a irnos a otra parte.

¿Ha observado usted que es más fácil decir una palabra de consuelo a uno que ha perdido a un abuelo nonagenario que a un hija de veinte? «Ah, noventa años –decimos-. Ya el pobre necesitaba un descanso». En un relato de Antón Chéjov (Los campesinos) se lee que una mujer hipocondríaca, cuando iba al médico –e iba cada vez que podía- aseguraba tener cincuenta años, cuando en realidad tenía setenta, pues «pensaba que el médico, si se enteraba de su verdadera edad, no querría curarla y le diría que no estaba ya para curarse, sino para morirse». Éste es el tipo de miedo a que me refiero.

No se crea; sin embargo, que por escribir estas líneas, el autor habla gustosamente de su edad. Hace una semana, para no ir tan lejos, alguien le preguntó cuántos años tenía, y él dijo una cifra que hubiera correspondido a la realidad si a ésta no le hubieran sido escamoteados dos años de 365 preciosos días cada uno. ¿Qué quiere usted? Él tampoco es ajeno a la condición humana.

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#4 Tiempos

Hagamos Fan Fest, eso lo paga el pueblo | Columna de Haniel Valdés

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Acento Ajeno

 

La clase política potosina parece estar de acuerdo en una sola cosa: es hora de pelearse. Sin embargo para coordinarse y ahorrar dinero público, para cumplir promesas de campaña o terminar las obras conjuntas, para dialogar como adultos o políticos maduros, serios, profesionales, en lugar de andar tirando piedras con cuanta pregunta lanzan mis colegas del gremio, para eso: “no señor, no tenemos tiempo”.

El Mundial de 2026 está dejando una imagen que resume buena parte de la relación entre el gobernador Ricardo Gallardo y el alcalde Enrique Galindo: dos Fan Fest en la misma ciudad, financiados con recursos públicos distintos, promovidos por gobiernos distintos y dirigidos exactamente al mismo público, los potosinos.

Por un lado, el Gobierno del Estado adquirió un paquete de derechos de transmisión para llevar los partidos a San Luis Potosí, Soledad, Ciudad Valles y Rioverde. Por otro, el Ayuntamiento capitalino firmó sus propios acuerdos para organizar transmisiones en Plaza del Carmen.

La pregunta es inevitable: ¿era realmente necesario dos fan fest en la capital del estado?

Porque más allá de los argumentos políticos o administrativos que cada autoridad pueda presentar, el resultado práctico fue que dos gobiernos sostenidos por los mismos contribuyentes terminaron desarrollando estructuras paralelas para ofrecer exactamente el mismo servicio: que los ciudadanos vieran partidos del Mundial en espacios públicos.

Pantallas, logística, promoción, personal operativo, actividades complementarias y derechos de transmisión. Todo por duplicado.

Hasta ahora, ninguna autoridad ha transparentado completamente cuánto costaron los derechos de transmisión en cada caso. Se especula que mientras el Ayuntamiento capitalino gastó unos 11 millones, el “tetrapack” estatal superó los 60 millones.

Estas cifras pueden o no ser ciertas, pero lo que sí se conoce es que tanto el Ayuntamiento como el Gobierno del Estado comprometieron millones de pesos en contratos relacionados con sus Fan Fest destinando recursos para un mismo esquema de transmisiones mundialistas, solo que en dos plazas distintas.

El problema no es que existan eventos para acercar el Mundial a la gente. Eso puede justificarse perfectamente. El problema es la ausencia de coordinación institucional.

¿Alguien analizó cuánto habría costado un solo gran Fan Fest respaldado por ambas administraciones?

¿Alguien calculó cuánto dinero público se habría ahorrado compartiendo infraestructura, producción y permisos?

¿Alguien explicó por qué era mejor tener dos proyectos compitiendo entre sí en lugar de uno complementario?

La impresión que queda es incómoda: la rivalidad política terminó pesando más que la eficiencia administrativa.

Mientras los discursos oficiales hablan de unidad, promoción turística y convivencia familiar, las decisiones muestran otra cosa. Muestran dos gobiernos empeñados en demostrar quién podía organizar el mejor evento, aunque eso implique gastar más recursos públicos de los necesarios.

Yo veo dos niños pequeños, organizando su cumpleaños y peleados por ver quien hace la fiesta más linda. ¿El problema? Como los niños son de la misma familia, el dinero sale de la misma bolsa y los invitados son exactamente los mismos “amiguitos”.

El Mundial dura unas semanas. Las consecuencias de gastar sin coordinación permanecen mucho más tiempo.

Porque el dinero utilizado para financiar proyectos paralelos no pertenece ni al gobernador ni al alcalde. Pertenece a los ciudadanos.

Y los ciudadanos tienen derecho a preguntarse si realmente era indispensable pagar dos veces por lo mismo.

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El Cronopio

El incansable escrutador del cielo, Enrique Chavira Navarrete | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

El 5 de junio de 1925 nace en la Ciudad de México Enrique Chavira Navarrete, el incasable escrutador del cielo; personaje que representa el renacer de la astronomía mexicana moderna. Heredero de los pioneros mexicanos de la astronomía que formaron los establecimientos para el estudio de la disciplina, entre ellos los potosinos Valentín Gama y Rodolfo Jurado y, muy especialmente de Joaquín Gallo quien le enseñó a observar y dar seguimiento a cuerpos celestes en el Observatorio de Tacubaya donde ingresó Chavira a trabajar, para luego pasar, al entonces naciente, Observatorio Nacional de Tonantzintla en Puebla, siendo de los astrónomos que iniciaron actividades en aquel lugar en 1943.

Su labor sería pionera al llevar a la astronomía observacional y a explicar que sucede en los fenómenos celestes que fue un paso significativo de la astronomía para usos prácticos que se realizaba en México a la astronomía moderna en el país, con el uso de nuevos instrumentos con los que contaría el Observatorio de Tonantzintla, como la cámara Schmidt, convirtiéndose en uno de los grandes observadores del cielo. El Observatorio de Tonantzintla se convertiría en uno d ellos principales centros de astronomía a nivel mundial, donde se descubrieron una buena cantidad de objetos celestes, participando en ello Enrique Chavira.  

En los setenta, cuando yo estudiaba física en San Luis, visitamos el INAOE que había asumido ese nombre a principios de los setenta al extenderse el observatorio de Tonantzintla a las áreas de electrónica y óptica que se agregaban a la de astrofísica, el Instituto Nacional de Astrofísica Óptica y Electrónica, conocimos a Enrique Chavira quien nos mostraba parte de la instrumentación telescópica que contaba esa institución, posteriormente al ir a continuar mis estudios a Puebla, fui compañero de la maestría en física de su hija Elsa Chavira, de quien ya hemos comentado en esta sección, y visité varias veces su casa además de encontrarlo seguido en el INAOE; entre las visitas a su casa, una de ellas de varios días pues estaba convaleciente y la familia de Elsa me albergó, descubrí que Enrique Chavira era un estudioso de las arqueología, y que había recopilado una buena colección de objetos prehispánicos propios de la región cholulteca donde estaba alojado el INAOE

, mismos que estudiaba con ahínco. 

Enrique Chavira es uno de los pilares de la astronomía observacional en México, que lo llevo a ser integrado como investigador en 1952 del Observatorio Astrofísico Nacional de Tonantzintla (OANTon), destacando en la identificación y clasificación de galaxias y estrellas azules gracias a su preparación en análisis espectral.

Entre sus descubrimientos observacionales se encuentran, el de una supernova en la región de Sagitario, el registro del quasar Ton256, que en el nombre lleva las siglas del observatorio de Tonantzintla, el objeto extragaláctico más lejano observado por la Cámara Schmidt de Tonantzintla y del Cometa Haro-Chavira en 1954 en la región del Toro. No es de extrañar que aparezca en el par de novelas de Elena Poniatowska que le dedicó la escritora al Observatorio de Tonantzintla donde trabajaba su esposo Guillermo Haro, compañero de Enrique Chavira.

A lo largo de más de cincuenta años contribuyó a la colección de más de 15 mil placas astrofotográficas del INAOE, sucesor del OANTON. La colección de placas astrofotográficas de la Cámara Schmidt de Tonantzintla que fue reconocida oficialmente en 2015 en el programa Memoria del Mundo de la UNESCO, cuestión que ya no pudo ser testigo Enrique Chavira Navarrete, pues su muerte ocurrió el 23 de noviembre del año 2000 en la Ciudad de Puebla donde radicó en todo ese tiempo. 

Sus grandes descubrimientos y la intensa labor en pro de la astronomía mexicana le valieron diversas distinciones, diplomas, cédulas reales, medallas al mérito académico y el nombramiento de Investigador Emérito en el INAOE.

Enrique Chavira, el gran astrónomo observacional, pasa a la historia como uno de los pilares de la astronomía mexicana moderna. 

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#4 Tiempos

Gallardo manejó, Claudia le leyó el mapa | Apuntes de Jorge Saldaña

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APUNTES

 

 

Culto Público, hijos de la forma y el fondo:

Les traigo la primicia. Hace unas horas estuvo aquí en la capital la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo.

Así. Sin aviso previo. Sin discurso. Rompiendo por completo — y si no me equivoco, por primera vez en su mandato — la forma de acudir a sus giras de fin de semana.

Los eventos a los que vino son, por donde se vea, guiños tiernos: premiar a un equipo de fut femenil en la Politécnica e inaugurar una cancha de futbol en Santa María del Río. Nada que ver con el estilo de sus giras. Y eso dice mucho.

La presidenta comenzó a visitar gobernadores. Y que el primero haya sido el potosino habla de la importancia que le da la mandataria a este estado de cara a la próxima contienda.

No dio discurso — seguramente algunas palabras a las premiadas y a los usuarios de la cancha —, pero su sola presencia dijo mucho más que cualquier micrófono encendido.

En los traslados estuvieron solo ella y el gobernador. Ni siquiera hubo chofer: manejó Gallardo. Y yo les apuesto, sin haberlo visto, que no hablaron del clima ni del partido México contra Corea.

Temas que sí tocaron, a mí juicio: la llamada Ley Serrano, la narrativa nacional construida sin contexto sobre la persecución a “voces críticas” — por fin la presidenta supo la calaña de personas a las que organismos internacionales defendieron con tanto ardor — y la realidad de fondo de ese asunto. Si hubo regaños, que bueno. Si se puso cada cosa en su lugar y en justa dimensión pues qué mejor.

En lo político les dejo dato para que ustedes le den mejor interpretación:

Nadie de Morena ni de Bienestar fue enterado. En Santa María del Río ni despertaron a la presidenta municipal — que es de Morena — y se enteró de la visita de Sheinbaum cuando apenas se andaba haciendo un huevito para el desayuno. Memo Morales y Rita tampoco estuvieron enterados, hasta donde se sabe.

Esos no son descuidos. Eso es mensaje.

Preguntas que dejo en el aire, porque yo no sé nada y ustedes sabrán leer mejor:

¿Comenzó la presidenta a hacer acuerdos rumbo al 27?

Si es así, se le aplaude que los haga en persona. Los mensajes encriptados y los “te mando decir con gestos” caen gordos.

¿Vino a conceder la “Excepción Ruth” estatutaria para amarrar la alianza Verde-Morena de cara a la gubernatura?

¿Vino a decirle al gobernador — no a preguntarle, ojo— cómo se va a llamar el candidato?

¿O ya quedaron en jugar a las venciditas uno contra el otro y buena suerte?

Yo por mi parte no sé nada. Yo apenas estaba echando baño para ir a misa de una en Tequis.

Buen domingo a todos y todas.

Yo soy Jorge Saldaña.

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Opinión

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