octubre 31, 2026

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#4 Tiempos

Una pregunta inconveniente | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas

Una vez, en una importante reunión, cometí la imprudencia de preguntarle la edad a una señora de cabeza respetable.

-¿Para qué quiere usted saberla? -me preguntó sinceramente indignada. Y luego protestó amenazándome con el puño-: ¡Nunca hay que preguntarle la edad a una mujer! ¿No sabe usted que es una molesta falta de educación?

La verdad es que no lo sabía. ¿En qué manual de urbanidad y buenas maneras está escrito que no haya que hacer esto bajo ningún motivo? Más tarde pude darme cuenta; sin embargo, que este rechazo a hablar de la propia edad no es de ningún modo privativa de las mujeres, y que también a los varones les resulta sumamente embarazoso el tener que referirse a ella.

En otra ocasión, mientras abrazaba a un amigo el día de su cumpleaños y le deseaba tanta felicidad como pudiera sentir en esta vida y en la otra, se me escapó de los labios la malhadada pregunta:

-¿Cuántos años ya?

Mi amigo se limitó a sonreír, a encogerse de hombros y a preguntarme si quería una limonada.

A veces me lamento de ser tan imprudente, y aunque trato de justificarme a mí mismo diciendo que no es culpa mía que en mi casa no se me haya enseñado a ser más sutil a la hora de formular ciertas preguntas, siempre queda en mí una especie de remordimiento por haber tocado una llaga a todas luces mal cicatrizada. Eugène Ionesco, el dramaturgo rumano, por ejemplo, solía robarle tres años a la vida: decía haber nacido en 1912, cuando en realidad había resonado su primer vagido en 1909.

¿Por qué esta especie de cleptomanía mediante la cual, sin quererlo y sin pensarlo, nos quitamos años constantemente a nosotros mismos? Se me ocurren tres razones.

La primera de ellas es que hemos glorificado tanto la juventud que lo viejo nos parece francamente extemporáneo o fuera de lugar. Hoy todos quieren ser jóvenes, aunque estén bien lejos de serlo o de haberlo sido. ¿No fue la canción Forever young (joven por siempre) una especie de himno que todo el mundo cantó en la lejana década de los ochentas? La juventud, se dice allí, es cosa del corazón y no de los años. Y creeríamos que así es en realidad, si no fuera porque quienes dicen esto son casi siempre los viejos.

Recuerdo haber dicho un día a una mujer que acababa de ser abuela:

-¡Pero qué joven luce usted hoy! Pensé, mirándola de lejos, que se trataba de su hija.

La mujer no encontraba palabras para agradecerme tan subido elogio.

¿Mentiría si digo que daba incluso saltitos de satisfacción? En los tiempos que corren, decirle viejo a alguien es como llamarlo cadáver, o exponerse a objeciones del tipo: «¡Viejos los cerros!», u otras semejantes.

Pero hay todavía otra razón. Hablar de la edad es hablar, se quiera o no, de la proximidad de la muerte. Al menos más cerca de ella que el año anterior, que el día de ayer, sí que nos encontramos. Cad a día que pasa nos acercamos a la fecha en la que ya no estaremos: fecha que nos es desconocida, pero que es tan cierta como nuestra nariz.

«Desde el instante en que comenzamos a existir en este cuerpo mortal, nunca dejamos de tender hacia la muerte…

No existe nadie que no esté más cercano a la muerte después de un año que antes de él, y mañana más que hoy, y hoy más que ayer, y poco después más que ahora, y ahora poco más que antes.

Porque el tiempo vivido es un pellizco dado a la vida, y diariamente disminuye lo que resta; de tal forma que esta vida no es más que una carrera hacia la muerte.

No permite a nadie detenerse o caminar más despacio, sino que todos siguen el mismo compás y se mueven con igual presteza», escribió el genial San Agustín en La ciudad de Dios (XIII, 10).

En La dama del alba, una magnífica pieza teatral de Alejandro Casona (1903-1965), el dramaturgo español, un anciano se queja del tiempo ido, y exclama lleno de pesadumbre:

«-¡Tengo setenta años!».

A lo que responde la muerte vestida de mujer, que anda por ahí cerca:

«-Muchos menos, abuelo. Esos setenta que dices, son los que no tienes ya».

Es verdad: los años que tenemos son los que ya no tenemos. Porque han pasado, porque ya no están. Y como hablar de nuestra edad es hablar de los años que ya no tenemos, damos carpetazo a la cuestión y pasamos a hablar de otra cosa: nos ponemos, como mi amigo, a repartir limonadas…

La tercera razón, me parece, tiene que ver con el miedo. Miedo a sentirnos descontinuados, fuera de circulación, de la vida. Miedo a que los demás decreten que ya les estamos robando el aire, a que nos inviten a irnos a otra parte.

¿Ha observado usted que es más fácil decir una palabra de consuelo a uno que ha perdido a un abuelo nonagenario que a un hija de veinte? «Ah, noventa años –decimos-. Ya el pobre necesitaba un descanso». En un relato de Antón Chéjov (Los campesinos) se lee que una mujer hipocondríaca, cuando iba al médico –e iba cada vez que podía- aseguraba tener cincuenta años, cuando en realidad tenía setenta, pues «pensaba que el médico, si se enteraba de su verdadera edad, no querría curarla y le diría que no estaba ya para curarse, sino para morirse». Éste es el tipo de miedo a que me refiero.

No se crea; sin embargo, que por escribir estas líneas, el autor habla gustosamente de su edad. Hace una semana, para no ir tan lejos, alguien le preguntó cuántos años tenía, y él dijo una cifra que hubiera correspondido a la realidad si a ésta no le hubieran sido escamoteados dos años de 365 preciosos días cada uno. ¿Qué quiere usted? Él tampoco es ajeno a la condición humana.

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Acento Ajeno

La alcancía sin fondo de Margarito | Columna de Haniel Valdés

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ACENTO AJENO

Por: Haniel Valdés Velázquez

Dice Shakira, “tiene nombre de persona buena, claramente no es como suena”. Nombre de flor, pero actuar de mala hierba. Mientras el Estado amplía las rutas gratuitas y de calidad, para los potosinos, las empresas que operan el otro, el caro y de pésima calidad, dicen que no les alcanza y necesitan duplicar el precio del pasaje.

Margarito Terán, representante del sector camionero, que nunca ha usado el transporte público para moverse, solo para llenar sus bolsillos, por eso no sabe el pésimo servicio que prestan, pide tarifa récord y dinero público sin explicar qué pasó con el aumento de este año ni con los camiones nuevos que el Estado ya entregó al sector.

En enero, Margarito Terán pidió subir el pasaje de 12.50 a 15 pesos. El Estado le autorizó 13.50. Nueve meses después vuelve con una cifra que ya no es petición sino ultimátum: 23 pesos por viaje, 2,797 millones del erario y la amenaza de que el sistema “va a colapsar por inercia”.

Veintitrés pesos son 70% más que la tarifa vigente y 53% más que los 15 que el propio Terán decía indispensables hace diez meses. Si 15 eran la salvación en enero, ¿qué cambió para que ahora cueste ocho pesos más?

Hay un dato que Terán omite. Ese mismo enero, el 12, el gobernador Ricardo Gallardo entregó 100 camiones nuevos con una inversión de 266 millones de pesos en financiamientos. Son 2.66 millones por unidad. Al ritmo de ese precio, renovar las 768 unidades de la iniciativa costaría unos 2,043 millones. Faltarían casi 750 millones para llegar a los 2,797 que piden. El resto cubriría déficits de operación, un margen de 15% de utilidad para los concesionarios y las pérdidas de la pandemia. Es decir: dinero público para garantizarles ganancia.

Tampoco está claro qué pasó con los camiones ya entregados. El Gobierno presumió 100 en enero; en octubre, la SCT habló ante el Congreso de “más de 70 unidades urbanas” renovadas. Nadie ha dicho cuántos circulan, en qué rutas ni quién paga el financiamiento. Antes de pedir más, habría que rendir cuentas de lo que ya se dio.

Yo, usuario del transporte público de la capital, debo ser un desafortunado, solo una vez subí a una unidad de las nuevas, al parecer las rutas 53, 21, 30, 27, 10 y 5, que son las que utilizo con frecuencia, no recibieron la dicha de contar con los nuevos camiones, porque he conocido autos clásicos más modernos que los camiones que suelen llevarme por la ciudad.

La flota vieja no es una sorpresa. Terán dice que 882 unidades

ya debieron salir de circulación. La Ley de Transporte Público no permite camiones de más de 10 años, y renovarlos es obligación de quien tiene la concesión, no del usuario. En 2015 el padrón registraba mil 174 unidades; hoy hay mil 203. Once años después, el parque casi no creció, y tampoco se renovó. Y en mayo, el propio Terán reconoció que de mil 200 unidades autorizadas solo circulaban unas 800.

Hay una concentración que pesa. Cuatro empresas controlan 36% del padrón y diez, 61%. El dinero público llegaría sobre todo a quienes ya tienen más peso. Una de ellas, Tangamanga, enfrenta una denuncia de Ciudadanos Observando por mantener suspendidas tres rutas de su concesión.

El diputado Héctor Serrano lo dijo claro: las concesiones “son potestad del Estado, no propiedad de los concesionarios”. Quien explota un bien público no puede presentarse a pedir rescate cuando el negocio le sale mal.

Terán tiene razón en algo: los costos de operar suben. Pero una industria que pide más tarifa, más subsidio y más tiempo, sin ofrecer metas, plazos ni auditoría, no pide apoyo: pide un cheque en blanco.

Los costos suben, pero el respeto a la vialidad, la buena educación y atención por los conductores de las unidades, la limpieza de las mismas y el respeto a sus horarios y paradas, disminuyen.

La SCT debería preocuparse más por velar que las unidades de transporte urbano cumplan con aquello por lo que reciben dinero público, ofrecer un transporte de calidad. Pero primero y más fácil, cerrarle la boca y pararle los pies a este señor que ya parece alcancía, solo pidiendo dinero para guardar y no para emplear en lo que se necesita. O mínimo, salir con urgencia a desmentir sus falacias y exigirle resultados.

Lo mínimo que el usuario merece antes de pagar un peso más es saber cuántos de los 100 camiones nuevos circulan, un plan de renovación con fechas, rutas que realmente operen y cuentas abiertas sobre qué se hizo con el aumento de este año. Sin eso, los 23 pesos no son un precio. Son una factura sin desglose.

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El Cronopio

Carlos Villatoro, el actor de corazón potosino | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

Los inicios del cine mexicano están marcados por la participación de actores y actrices de San Luis Potosí; algunos personajes han sido tratados en esta columna. Desde la época del cine mudo hasta los albores del cine sonoro en México, aparecen estas contribuciones potosinas que se extienden a lo largo de toda la historia del cine mexicano.

Entre los personajes que inician su actividad actoral en el cine mudo se encuentra Carlos Villatoro, que si bien se registra su lugar de nacimiento en Comitán, Chiapas, en 1903, siempre subrayó su sello de potosino en virtud que sus hermanos mayores habían nacido en San Luis Potosí y su familia radicaba en la ciudad potosina al finalizar el siglo XIX.

Carlos Villatoro, actor del cine mudo y sonoro mexicano

Uno de dichos hermanos era Héctor Villatoro que a principios de la década de los veinte se encontraba como cónsul en Canadá, y con quien fue enviado Carlos Villatoro por su padre. Este periplo marcaría su primera relación con el mundo del cine, pues al quedar varado en Nueva York por una huelga que imposibilitó su viaje a Canadá, conoció a quienes iniciarían la dirección de películas en México, Gabriel García Moreno y Manuel Ojeda, en ese momento se acercaba a la actividad actoral en Nueva York. Como consecuencia, en 1925 García Moreno le propuso el papel estelar de la película El Buitre, y una serie de películas que se filmaron en Orizaba, Veracruz, de 1925 a 1927, entre ellas el Puño de Hierro de 1927 que se considera la primera película que trata el mundo de las drogas.

Como pionero del cine mudo mexicano Carlos Villatoro se convierte en uno de los mejores actores del cine mudo mexicano y de los primeros años del cine sonoro, al protagonizar películas sonoras desde 1934, entre ellas la película de Juan Bustillo Oro, Dos Monjes, donde participa también la actriz potosina Emma Roldán, en el papel de Gertrudis la madre de Javier, protagonizado por Carlos Villatoro; en esa película participa también en realización de Dos Monjes, el matehualense Juan José Ortega García, de quien trataremos en futuras entregas de esta columna.

Carlos Villatoro conoce a Juan Bustillo Oro cuando estudiaban en la Escuela Nacional Preparatoria, lo que fue otro encuentro que le marcaría su destino a la actuación en cine, donde también se formaría como guionista y director, dirigiendo a principios de los cuarenta los cortometrajes: Viaje a Jalapa, Canciones y Danzas Mexicanas, Compositores Mexicanos y Juan Diego. Escribió el argumento de la famosa y exitosa película Quinto Patio, dirigida por Rafael Sevilla en 1950.

Después de su participación en el cine mudo en México donde actuó en cinco películas en la década de los veinte, inicia su participación en el cine sonoro en 1934 en la película Águilas de América dirigida por Manuel Ojeda, participando en alrededor de veinte películas en el lapso de diez años, terminando su actuación en 1943 en la película La Mujer sin Alma de Fernando de Fuentes en 1943, al lado de María Félix.

A partir de 1944 se desempeña como anotador y asistente de director hasta 1963, año de su muerte. En esta actividad trabaja en numerosas producciones norteamericanas filmadas en México, teniendo apariciones incidentales.

También tuvo participación en la radio en México, siendo locutor en varias estaciones desde 1929. En la XEW tuvo el programa en 1951 “El rincón bohemio de Carlos Villatoro”.

Carlos Villatoro Escobedo el actor pionero del cine mexicano y baluarte en su desarrollo, quien se consideró un potosino de corazón, es uno de los fervientes hacedores del cine en México, quien consideraba que “la vida no era de película, pero hacer cine era su vida”.

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El Cronopio

Leticia Almazán de la Garza, compositora potosina | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

San Luis Potosí ha sido tierra de compositores, donde la música de concierto y las canciones de concierto han sobresalido. Algunos de estos personajes los hemos tratado en esta sección, aunque entre ellos han escaseado las mujeres, en cuanto a composiciones se refiere. Los tiempos cambian al abrirse oportunidades a las damas y, afortunadamente, en este siglo veintiuno podemos contar con algunas compositoras potosinas. Como muestra está el concierto que ofreciera la Orquesta Sinfónica de San Luis Potosí en el mes de marzo pasado donde interpretó, en el marco del Día Internacional de la Mujer, composiciones de autoras potosinas. Entre las compositoras potosinas programadas en el concierto se encontraba Leticia Almazán de la Garza.

Leticia Almazán, al menos fue mencionada en esta columna cuando tratamos el caso de la pianista potosina Malkhut Zavala, quien tiene entre su repertorio obras de Leticia Almazán, quien actualmente es encargada de las Escuelas de Iniciación Artística Asociadas que están asociadas al Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, que a pesar del esfuerzo de sus integrantes ha sido difícil su continuación, como suele suceder con el cambio de administraciones. Leticia Almazán se desempeña como Directora Académica del CEART San Luis.

Entre sus composiciones se encuentra La Noche, obra basada en los poemas de Manuel José Othón, obra con la que obtuvo el premio 20 de noviembre “Julián Carrillo”; la obra se estrenó en 2006, y ha sido poco interpretada, hasta que se armó el concierto de marzo.

A cien años de la muerte de Othón se compone esta obra musical, que da concreción a la obra inconclusa que contemplaran Othón y Carrillo, su conjunción lírica que habían titulado Tetralogía. Una pieza para celebrar el centenario de la Independencia de México que estaría dividida en cuatro partes: Descubrimiento de América, Conquista, Virreinato e Independencia. Así sería una obra que recorrería la historia hispana de México y la construcción de un nuevo país. La muerte sorprendió al poeta y la obra quedó en suspenso; colaboración entre dos grandes figuras potosinas del arte, cuestión ya tratada en muy anterior entrega de esta sección de El Cronopio.

Ahora Leticia Almazán, se basa en la poesía de Othón para crear su obra musical La Noche. Una forma de apreciar el nuevo arte musical potosino de la mano de Leticia Almazán y la poesía del máximo poeta potosino. Por desgracia, es música que no se encuentra grabada por lo que dificulta su difusión, de por sí escasa, en aquellas obras de que se disponen grabaciones.

Leticia Almazán surge, así como una de las mujeres que abren camino en el campo de la composición en San Luis Potosí. Su incursión en esta línea de la composición es alentadora, pues puede sumarse a la escasa pero existente lista de compositoras mexicanas que incursionaron en la música clásica, entre ellas, María Grever, Sofía Cancino de Cuevas, Rosa Guraieb, Consuelo Velázquez, Ángela Peralta, María Teresa Prieto, Alicia Urreta, Guadalupe Olmedo, y ahora la joven compositora potosina Galya Cisneros, por citar algunas.

Leticia Almazán se tituló en la Licenciatura en Composición en la Escuela Estatal de Música en el año 2015, y realizó una Maestría en Administración Pública en la Universidad Latinoamericana.

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