noviembre 6, 2026

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#4 Tiempos

Severa vigilancia | Columna de Juan Jesús Priego

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Amar a alguien es ejercer sobre él (o sobre ella) una vigilancia severísima. El que ama quiere saberlo todo de la persona amada: el día de su cumpleaños, los nombres de sus padres, los apodos de sus hermanos, las costumbres de su perro, las manías de su gato, la clave secreta de su cuenta en Yahoo!, las veces que se cayó en la infancia, los juegos que le gustaban, las materias que aborrecía, las canciones que cantaba, las veces que estornudó esta mañana, la hora en que le llamará esta tarde, los programas que verá en la noche. François Mauriac (1885-1970), por lo demás, lo sabía: «Ser amado es ser espiado», y así lo dijo en uno de sus libros. Amar es hacer de policía, andar tras ciertos pasos y rastrear determinadas huellas: un sabueso en busca del rastro que deja la presa al pasar.

Cuando nuestros abuelos quisieron representar en sus cuadros a la Divina Providencia, no encontraron mejor símbolo que un enorme ojo permanentemente abierto, un ojo que sigue a los suyos adondequiera que van, acaso inspirándose en el versículo de aquel salmo que dice: «Tu guardián, no duerme ni reposa, Isarel» (Salmo 120,3-4). Para el que ama, ni dormir ni reposar son acciones posibles y, aunque quisiera, no podría entregarse a ellas. Amar es no pegar ojo, ni poder hacerlo.

Ahora bien, cuando una persona se descubre vigilada (por ser amada), pueden suceder dos cosas: o que corresponda ejerciendo una vigilancia tanto o más intensa que la que padece, o que no corresponda en modo alguno y rechace de plano al espía que la acosa. Si fuese esto último lo que llegara a ocurrir, dirá entonces a su perseguidor: «¡Déjeme en paz, se lo suplico! Yo con usted no quiero nada. ¿Con qué palabras se lo tengo que pedir?». Le molesta esa mirada, la vigilancia le parece demasiado obsesiva: una carga que no está dispuesta a soportar.

«El amor consiste en la supervivencia del yo a través de la alteridad del tú –escribió Zygmunt Bauman (1925-2017) en Amor líquido-. Por lo tanto, amar significa prepotente deseo de proteger, nutrir, reparar, y también de acariciar, mimar y acudir; o bien defender celosamente, aislar, aprisionar. Amar significa estar al servicio, hallarse a disposición, esperar órdenes, pero podría significar también expropiación y secuestro de responsabilidad. Es dominio a través de la sumisión. El amor captura y pone al prisionero bajo custodia; efectúa un arresto para proteger al arrestado».

Es ambigua la naturaleza del amor. Por un lado da, pero por otro lado exige y quita. Quiere acariciar, pero, sin darse cuenta, puede también arañar al mismo tiempo que acaricia. Este mismo deseo de saberlo todo de la persona amada lleva en ocasiones a entablar con ella (tal vez sería mejor decir contra ella) interrogatorios casi judiciales: «¿Quién te habló ayer?, ¿dónde estuviste esta tarde entre las 7,13 y las 8,25?, ¿por qué apagaste tu celular?, ¿tenías acaso miedo de que te encontrara?, ¿qué era lo que hacías y, sobre todo, con quién?». El ser amado, en tales condiciones, no sabe entonces hacia dónde hacerse. Por un lado, necesita pertenecer; pero, por el otro, necesita también salvaguardar su intimidad, su independencia: esa libertad que –ya lo presiente-echará en falta tan pronto como formalice su relación con esa persona que parece no tener otro quehacer en la vida que acecharla.

Esto ha sido siempre así. Sin embargo, al hombre posmoderno le cuesta más que a sus padres o que a sus abuelos tomar a este respecto una seria resolución. Su sentido de libertad es más agudo, y más fuerte, también, la conciencia de sus derechos. ¿Pertenecer o no pertenecer?: he aquí la cuestión.

«¿Qué felicidad que no esté amenazada? ¿Qué amor que no esté temblando?», se preguntaba el filósofo francés André Comte-Sponville. Esto es profundamente verdadero y, no obstante eso, sólo hasta ahora parece que nos hemos dado cuenta de la naturaleza temerosa del amor. El amor está siempre temblando: o porque teme que la libertad del otro empiece a tomar nuevas direcciones y caminos, o porque teme que ésta se empeñe en avasallar la suya, reduciéndola a un estado de vergonzoso cautiverio.

Los antiguos sabían que comprometerse era, de alguna manera, empeñar la libertad. Pero hoy, cuando la libertad lo es todo, el habitante de las rutilantes megalópolis globales no está seguro de si el amor, en tales condiciones, sea, después de todo, tan importante. De esta manera tenemos que, mientras los crapulosos optan por gozar los placeres del amor sin querer pagar las consecuencias (yendo de un ser a otro, de una relación a otra, de una puerta a la siguiente), los que no lo son han decidido quedarse solos, sumidos en un preocupante y a veces permanente estado de perplejidad. Tal vez nadie haya expresado mejor este dilema que un personaje de El hombre y sus fantasmas, la pieza teatral del olvidado dramaturgo francés H. R. Lenormand (1882-1951), cuando dice: «El cariño consume y nosotros no somos muy fuertes… El sonar de las horas, las llamadas del teléfono, los pequeños deberes… Si a mí me fuera preciso asumir una carga suplementaria de ternura, difícilmente la soportaría. Esto significa que ya no soy joven. Tendré que amar a un loro o aun pez rojo. El cariño de los seres humanos agota».

Las comunidades sólidas (es decir, aquellas donde los otros pueden ejercer su libertad sobre la nuestra) están siendo reemplazadas hoy por comunidades líquidas, es decir, por agrupamientos carentes de todo compromiso y en los que uno puede desaparecer de un día otro: como el cariño de los seres humanos agota, ¿por qué no limitarnos a formar clubes de admiradores, cuadrillas de fans o meras comunidades virtuales? En una palabra, si bien se quiere gozar de los placeres del amor, cada vez se está menos dispuesto a pagar el precio que éste casi siempre exige.

Cuando Christiane Rochefort, novelista francesa, escribió Celine y el matrimonio [Buenos Aires, Losada, 1963], planteó el dilema de los nuevos tiempos democráticos con estas sencillas palabras «¡O la Libertad o el Amor!». O soberanamente libres, pero sin pertenecer a nadie, o permitir que el otro se inmiscuya en nuestra vida, pero amados. ¿Qué elegiremos?

Lee también: El ritmo de las cosas | Columna de Juan Jesús Priego

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El Cronopio

Juan José Ortega, director cinematográfico matehualense | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

En las primeras décadas del siglo XX un buen número de potosinos van a la Ciudad de México a continuar su formación y su desarrollo profesional. La mayoría sobresalen en las actividades que se realizan, como lo muestra la nutrida membresía de la Academia Potosina de Ciencias y Artes formada por potosinos que radican en la Ciudad de México, donde la mayoría ocupan puestos de importancia en la vida cultural mexicana. Entre estos personajes se encuentra el camelense Juan José Ortega García que destacaría en la industria cinematográfica en la época de oro del cine nacional a la que se incorpora en la década de los treinta siendo otro de los potosinos pioneros en el cine mexicano.

Juan José Ortega García nació en Matehuala, San Luis Potosí, el 27 de octubre de 1904, donde inicia su educación primaria la que tuvo que suspender, para proseguirla de manera autodidacta, para contribuir al sostenimiento de su familia. La familia se traslada a San Luis Potosí y continúa su formación autodidacta, entre ellos el oficio de mecanografía, lo que le conduciría a iniciarse en el periodismo en 1925 colaborando en el periódico Acción de San Luis Potosí, del que sería su subdirector en 1928 y, director en 1932 del periódico potosino Vanguardia. Fundó en el Bajío un par de periódicos: el Diario del Centro en Aguascalientes y El Globo en León, Guanajuato. Colaboró como corresponsal en los periódicos Excélsior y El Universal.

Juan José Ortega García, director cinematográfico matehualense

Al llegar a la Ciudad de México para integrarse a la Comisión de Irrigación en el periodo presidencial de Lázaro Cárdenas inicia su carrera en el cine dirigiendo documentales oficiales, Irrigación en México y Gigantes de Piedra. Al dirigir estos largometrajes comprendió que su carrera sería el cine y se adentra dirigiendo su primera película en 1939, Sendas del Destino, donde actúa, entre otros, Eduardo Arozamena, en una trama que se desarrolla en la presa La Angostura en Sonora, reminiscencia de sus primeros largometrajes, la cual fue financiada de su propio peculio y con aportación de la Comisión Nacional de Irrigación, donde laboraba Ortega García.

Sendas del Destino sería su ópera prima de, al menos 42 películas que dirigió

, realizando también coproducciones internacionales, con Cuba, Venezuela, Colombia y Perú. Entre las películas que dirigió se encuentran: La mujer legítima en 1945, con Isabela Corona; La insaciable de 1947, con María Antonieta Pons, con un guion escrito por el propio Juan José Ortega incursionando así en el guionismo; Cuando el alba llegue, en 1950, con Meche Barba; Lodo y armiño, de 1951, con Armando Calvo; Cuentan de una mujer, en 1958, con Marga López; En carne propia, de 1961, con Joaquín Cordero; Pacto de sangre, en 1966, con Manuel López Ochoa, entre otras.

Entre los melodramas, género preferido de Juan José Ortega, filmados en Cuba se encuentran: la comedia musical filmada en 1953 en La Habana, intitulada Me gustan Todas con Adalberto Martínez Resortes; en 1954 las cintas, Frente al pecado de ayer y Yo no creo en los hombres, protagonizadas por Sarita Montiel; en 1956 dirige No me olvides nunca, con actuaciones de Luis Aguilar, Rosita Fornés y Olga Guillot.

En la década de los sesenta dirige la serie de películas tipo westerns de Leonardo Moncada, serie de cinco películas estelarizadas por Joaquín Cordero, basadas en una serie radiofónica cubana. En esa década Ortega comienza a dedicarse a la distribución de películas creando la distribuidora Compañía Cinematográfica Mexicana y Productora Mexicana de Películas. Es propietario también de Producción Fílmica de México y Películas y Videos Internacionales, todo ello en los ochenta.

Recibió varios reconocimientos a su carrera cinematográfica, como productor, director, guionista y distribuidor actividades que siguió después del periodismo, donde sería también pionero en el periodismo potosino del siglo XX. Juan José Ortega García murió en la Ciudad de México el 27 de diciembre de 1996.

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Acento Ajeno

La alcancía sin fondo de Margarito | Columna de Haniel Valdés

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ACENTO AJENO

Por: Haniel Valdés Velázquez

Dice Shakira, “tiene nombre de persona buena, claramente no es como suena”. Nombre de flor, pero actuar de mala hierba. Mientras el Estado amplía las rutas gratuitas y de calidad, para los potosinos, las empresas que operan el otro, el caro y de pésima calidad, dicen que no les alcanza y necesitan duplicar el precio del pasaje.

Margarito Terán, representante del sector camionero, que nunca ha usado el transporte público para moverse, solo para llenar sus bolsillos, por eso no sabe el pésimo servicio que prestan, pide tarifa récord y dinero público sin explicar qué pasó con el aumento de este año ni con los camiones nuevos que el Estado ya entregó al sector.

En enero, Margarito Terán pidió subir el pasaje de 12.50 a 15 pesos. El Estado le autorizó 13.50. Nueve meses después vuelve con una cifra que ya no es petición sino ultimátum: 23 pesos por viaje, 2,797 millones del erario y la amenaza de que el sistema “va a colapsar por inercia”.

Veintitrés pesos son 70% más que la tarifa vigente y 53% más que los 15 que el propio Terán decía indispensables hace diez meses. Si 15 eran la salvación en enero, ¿qué cambió para que ahora cueste ocho pesos más?

Hay un dato que Terán omite. Ese mismo enero, el 12, el gobernador Ricardo Gallardo entregó 100 camiones nuevos con una inversión de 266 millones de pesos en financiamientos. Son 2.66 millones por unidad. Al ritmo de ese precio, renovar las 768 unidades de la iniciativa costaría unos 2,043 millones. Faltarían casi 750 millones para llegar a los 2,797 que piden. El resto cubriría déficits de operación, un margen de 15% de utilidad para los concesionarios y las pérdidas de la pandemia. Es decir: dinero público para garantizarles ganancia.

Tampoco está claro qué pasó con los camiones ya entregados. El Gobierno presumió 100 en enero; en octubre, la SCT habló ante el Congreso de “más de 70 unidades urbanas” renovadas. Nadie ha dicho cuántos circulan, en qué rutas ni quién paga el financiamiento. Antes de pedir más, habría que rendir cuentas de lo que ya se dio.

Yo, usuario del transporte público de la capital, debo ser un desafortunado, solo una vez subí a una unidad de las nuevas, al parecer las rutas 53, 21, 30, 27, 10 y 5, que son las que utilizo con frecuencia, no recibieron la dicha de contar con los nuevos camiones, porque he conocido autos clásicos más modernos que los camiones que suelen llevarme por la ciudad.

La flota vieja no es una sorpresa. Terán dice que 882 unidades

ya debieron salir de circulación. La Ley de Transporte Público no permite camiones de más de 10 años, y renovarlos es obligación de quien tiene la concesión, no del usuario. En 2015 el padrón registraba mil 174 unidades; hoy hay mil 203. Once años después, el parque casi no creció, y tampoco se renovó. Y en mayo, el propio Terán reconoció que de mil 200 unidades autorizadas solo circulaban unas 800.

Hay una concentración que pesa. Cuatro empresas controlan 36% del padrón y diez, 61%. El dinero público llegaría sobre todo a quienes ya tienen más peso. Una de ellas, Tangamanga, enfrenta una denuncia de Ciudadanos Observando por mantener suspendidas tres rutas de su concesión.

El diputado Héctor Serrano lo dijo claro: las concesiones “son potestad del Estado, no propiedad de los concesionarios”. Quien explota un bien público no puede presentarse a pedir rescate cuando el negocio le sale mal.

Terán tiene razón en algo: los costos de operar suben. Pero una industria que pide más tarifa, más subsidio y más tiempo, sin ofrecer metas, plazos ni auditoría, no pide apoyo: pide un cheque en blanco.

Los costos suben, pero el respeto a la vialidad, la buena educación y atención por los conductores de las unidades, la limpieza de las mismas y el respeto a sus horarios y paradas, disminuyen.

La SCT debería preocuparse más por velar que las unidades de transporte urbano cumplan con aquello por lo que reciben dinero público, ofrecer un transporte de calidad. Pero primero y más fácil, cerrarle la boca y pararle los pies a este señor que ya parece alcancía, solo pidiendo dinero para guardar y no para emplear en lo que se necesita. O mínimo, salir con urgencia a desmentir sus falacias y exigirle resultados.

Lo mínimo que el usuario merece antes de pagar un peso más es saber cuántos de los 100 camiones nuevos circulan, un plan de renovación con fechas, rutas que realmente operen y cuentas abiertas sobre qué se hizo con el aumento de este año. Sin eso, los 23 pesos no son un precio. Son una factura sin desglose.

También lee: Gallardo renueva transporte público urbano

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El Cronopio

Carlos Villatoro, el actor de corazón potosino | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

Los inicios del cine mexicano están marcados por la participación de actores y actrices de San Luis Potosí; algunos personajes han sido tratados en esta columna. Desde la época del cine mudo hasta los albores del cine sonoro en México, aparecen estas contribuciones potosinas que se extienden a lo largo de toda la historia del cine mexicano.

Entre los personajes que inician su actividad actoral en el cine mudo se encuentra Carlos Villatoro, que si bien se registra su lugar de nacimiento en Comitán, Chiapas, en 1903, siempre subrayó su sello de potosino en virtud que sus hermanos mayores habían nacido en San Luis Potosí y su familia radicaba en la ciudad potosina al finalizar el siglo XIX.

Carlos Villatoro, actor del cine mudo y sonoro mexicano

Uno de dichos hermanos era Héctor Villatoro que a principios de la década de los veinte se encontraba como cónsul en Canadá, y con quien fue enviado Carlos Villatoro por su padre. Este periplo marcaría su primera relación con el mundo del cine, pues al quedar varado en Nueva York por una huelga que imposibilitó su viaje a Canadá, conoció a quienes iniciarían la dirección de películas en México, Gabriel García Moreno y Manuel Ojeda, en ese momento se acercaba a la actividad actoral en Nueva York. Como consecuencia, en 1925 García Moreno le propuso el papel estelar de la película El Buitre, y una serie de películas que se filmaron en Orizaba, Veracruz, de 1925 a 1927, entre ellas el Puño de Hierro de 1927 que se considera la primera película que trata el mundo de las drogas.

Como pionero del cine mudo mexicano Carlos Villatoro se convierte en uno de los mejores actores del cine mudo mexicano y de los primeros años del cine sonoro, al protagonizar películas sonoras desde 1934, entre ellas la película de Juan Bustillo Oro, Dos Monjes, donde participa también la actriz potosina Emma Roldán, en el papel de Gertrudis la madre de Javier, protagonizado por Carlos Villatoro; en esa película participa también en realización de Dos Monjes, el matehualense Juan José Ortega García, de quien trataremos en futuras entregas de esta columna.

Carlos Villatoro conoce a Juan Bustillo Oro cuando estudiaban en la Escuela Nacional Preparatoria, lo que fue otro encuentro que le marcaría su destino a la actuación en cine, donde también se formaría como guionista y director, dirigiendo a principios de los cuarenta los cortometrajes: Viaje a Jalapa, Canciones y Danzas Mexicanas, Compositores Mexicanos y Juan Diego. Escribió el argumento de la famosa y exitosa película Quinto Patio, dirigida por Rafael Sevilla en 1950.

Después de su participación en el cine mudo en México donde actuó en cinco películas en la década de los veinte, inicia su participación en el cine sonoro en 1934 en la película Águilas de América dirigida por Manuel Ojeda, participando en alrededor de veinte películas en el lapso de diez años, terminando su actuación en 1943 en la película La Mujer sin Alma de Fernando de Fuentes en 1943, al lado de María Félix.

A partir de 1944 se desempeña como anotador y asistente de director hasta 1963, año de su muerte. En esta actividad trabaja en numerosas producciones norteamericanas filmadas en México, teniendo apariciones incidentales.

También tuvo participación en la radio en México, siendo locutor en varias estaciones desde 1929. En la XEW tuvo el programa en 1951 “El rincón bohemio de Carlos Villatoro”.

Carlos Villatoro Escobedo el actor pionero del cine mexicano y baluarte en su desarrollo, quien se consideró un potosino de corazón, es uno de los fervientes hacedores del cine en México, quien consideraba que “la vida no era de película, pero hacer cine era su vida”.

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