#4 Tiempos
Severa vigilancia | Columna de Juan Jesús Priego
LETRAS minúsculas
Amar a alguien es ejercer sobre él (o sobre ella) una vigilancia severísima. El que ama quiere saberlo todo de la persona amada: el día de su cumpleaños, los nombres de sus padres, los apodos de sus hermanos, las costumbres de su perro, las manías de su gato, la clave secreta de su cuenta en Yahoo!, las veces que se cayó en la infancia, los juegos que le gustaban, las materias que aborrecía, las canciones que cantaba, las veces que estornudó esta mañana, la hora en que le llamará esta tarde, los programas que verá en la noche. François Mauriac (1885-1970), por lo demás, lo sabía: «Ser amado es ser espiado», y así lo dijo en uno de sus libros. Amar es hacer de policía, andar tras ciertos pasos y rastrear determinadas huellas: un sabueso en busca del rastro que deja la presa al pasar.
Cuando nuestros abuelos quisieron representar en sus cuadros a la Divina Providencia, no encontraron mejor símbolo que un enorme ojo permanentemente abierto, un ojo que sigue a los suyos adondequiera que van, acaso inspirándose en el versículo de aquel salmo que dice: «Tu guardián, no duerme ni reposa, Isarel» (Salmo 120,3-4). Para el que ama, ni dormir ni reposar son acciones posibles y, aunque quisiera, no podría entregarse a ellas. Amar es no pegar ojo, ni poder hacerlo.
Ahora bien, cuando una persona se descubre vigilada (por ser amada), pueden suceder dos cosas: o que corresponda ejerciendo una vigilancia tanto o más intensa que la que padece, o que no corresponda en modo alguno y rechace de plano al espía que la acosa. Si fuese esto último lo que llegara a ocurrir, dirá entonces a su perseguidor: «¡Déjeme en paz, se lo suplico! Yo con usted no quiero nada. ¿Con qué palabras se lo tengo que pedir?». Le molesta esa mirada, la vigilancia le parece demasiado obsesiva: una carga que no está dispuesta a soportar.
«El amor consiste en la supervivencia del yo a través de la alteridad del tú –escribió Zygmunt Bauman (1925-2017) en Amor líquido-. Por lo tanto, amar significa prepotente deseo de proteger, nutrir, reparar, y también de acariciar, mimar y acudir; o bien defender celosamente, aislar, aprisionar. Amar significa estar al servicio, hallarse a disposición, esperar órdenes, pero podría significar también expropiación y secuestro de responsabilidad. Es dominio a través de la sumisión. El amor captura y pone al prisionero bajo custodia; efectúa un arresto para proteger al arrestado».
Es ambigua la naturaleza del amor. Por un lado da, pero por otro lado exige y quita. Quiere acariciar, pero, sin darse cuenta, puede también arañar al mismo tiempo que acaricia. Este mismo deseo de saberlo todo de la persona amada lleva en ocasiones a entablar con ella (tal vez sería mejor decir contra ella) interrogatorios casi judiciales: «¿Quién te habló ayer?, ¿dónde estuviste esta tarde entre las 7,13 y las 8,25?, ¿por qué apagaste tu celular?, ¿tenías acaso miedo de que te encontrara?, ¿qué era lo que hacías y, sobre todo, con quién?». El ser amado, en tales condiciones, no sabe entonces hacia dónde hacerse. Por un lado, necesita pertenecer; pero, por el otro, necesita también salvaguardar su intimidad, su independencia: esa libertad que –ya lo presiente-echará en falta tan pronto como formalice su relación con esa persona que parece no tener otro quehacer en la vida que acecharla.
Esto ha sido siempre así. Sin embargo, al hombre posmoderno le cuesta más que a sus padres o que a sus abuelos tomar a este respecto una seria resolución. Su sentido de libertad es más agudo, y más fuerte, también, la conciencia de sus derechos. ¿Pertenecer o no pertenecer?: he aquí la cuestión.
«¿Qué felicidad que no esté amenazada? ¿Qué amor que no esté temblando?», se preguntaba el filósofo francés André Comte-Sponville. Esto es profundamente verdadero y, no obstante eso, sólo hasta ahora parece que nos hemos dado cuenta de la naturaleza temerosa del amor. El amor está siempre temblando: o porque teme que la libertad del otro empiece a tomar nuevas direcciones y caminos, o porque teme que ésta se empeñe en avasallar la suya, reduciéndola a un estado de vergonzoso cautiverio.
Los antiguos sabían que comprometerse era, de alguna manera, empeñar la libertad. Pero hoy, cuando la libertad lo es todo, el habitante de las rutilantes megalópolis globales no está seguro de si el amor, en tales condiciones, sea, después de todo, tan importante. De esta manera tenemos que, mientras los crapulosos optan por gozar los placeres del amor sin querer pagar las consecuencias (yendo de un ser a otro, de una relación a otra, de una puerta a la siguiente), los que no lo son han decidido quedarse solos, sumidos en un preocupante y a veces permanente estado de perplejidad. Tal vez nadie haya expresado mejor este dilema que un personaje de El hombre y sus fantasmas, la pieza teatral del olvidado dramaturgo francés H. R. Lenormand (1882-1951), cuando dice: «El cariño consume y nosotros no somos muy fuertes… El sonar de las horas, las llamadas del teléfono, los pequeños deberes… Si a mí me fuera preciso asumir una carga suplementaria de ternura, difícilmente la soportaría. Esto significa que ya no soy joven. Tendré que amar a un loro o aun pez rojo. El cariño de los seres humanos agota».
Las comunidades sólidas (es decir, aquellas donde los otros pueden ejercer su libertad sobre la nuestra) están siendo reemplazadas hoy por comunidades líquidas, es decir, por agrupamientos carentes de todo compromiso y en los que uno puede desaparecer de un día otro: como el cariño de los seres humanos agota, ¿por qué no limitarnos a formar clubes de admiradores, cuadrillas de fans o meras comunidades virtuales? En una palabra, si bien se quiere gozar de los placeres del amor, cada vez se está menos dispuesto a pagar el precio que éste casi siempre exige.
Cuando Christiane Rochefort, novelista francesa, escribió Celine y el matrimonio [Buenos Aires, Losada, 1963], planteó el dilema de los nuevos tiempos democráticos con estas sencillas palabras «¡O la Libertad o el Amor!». O soberanamente libres, pero sin pertenecer a nadie, o permitir que el otro se inmiscuya en nuestra vida, pero amados. ¿Qué elegiremos?
Lee también: El ritmo de las cosas | Columna de Juan Jesús Priego
El Cronopio
Filosofa Paula Gómez Alonzo y el papel de las mujeres en la cultura | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash
EL CRONOPIO
Con el propósito de preparar a las mujeres universitarias para que sirvan con mayor eficacia a los intereses de la colectividad, cooperando en esta forma al engrandecimiento de la Patria, se formó en la década de los cuarenta del siglo pasado la filial en San Luis Potosí de la organización Universitarias Mexicanas, situación ya tratada en esta columna.
Universitarias mexicanas en San Luis Potosí, reunía a las mujeres que estudiaban e impartían cátedra en la Universidad Autónoma de San Luis Potosí. La filial potosina tenía dos labores de fondo, una de aspecto cultural y, la otra de orden social; en el aspecto cultural se incluían charlas y conferencias sobre diferentes problemas de orden intelectual; la otra, de orden social que abordaba problemas como el de la miseria, la desnutrición infantil, entre otros. La desocupación, la prostitución y otros muchos, de los cuales hacen un minucioso estudio para luego presentarlos a las autoridades competentes y cooperar con ellos a su resolución.
Este movimiento nacional englobaba a un buen número de mujeres que se desempeñaban en el ámbito universitario y que contribuían al desarrollo del país en diversas áreas de estudio. Una de estas mujeres que colaboró con el grupo potosino y que visitó San Luis Potosí a dictar conferencias públicas fue la Doctora en Filosofía Paula Gómez Alonzo.
En 1953 dejaba la presidencia de la filial potosina de Universitarias Mexicanas, Rosario Oyarzun, ya tratada en esta columna, y se organizaron una serie de conferencias públicas, como era costumbre y como dictaban los objetivos de la agrupación femenina. Esa serie de conferencias estuvo marcada por los temas de filosofía, dándose cita en San Luis Potosí las escasas mujeres que realizaban filosofía en México y que se habían formado en la década de los veinte y treinta, como filósofas.
Paula Gómez Alonzo se considera la primera mujer en participar en la filosofía académica en México. Como es el caso de otras mujeres, realizó al menos un par de carreras para su formación, la del magisterio, como era común para ellas, y la carrera de filosofía, que cursó en la Universidad Nacional Autónoma de México. Esta condición de caminar entre brechas en la formación y en el interés de estudio de las mujeres, hasta llegar a su objetivo de formación, lo subraya la propia Paula Gómez: “a las mujeres se les excluye de la educación, pero se les reprocha que no sean cultas”.
Paula Gómez nació en Etzatlán, Jalisco el 1 de noviembre de 1896. En 1932 recibió el grado de maestra en filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM
defendiendo la tesis: la cultura femenina; en 1951 recibe el grado de Doctora en Filosofía en la propia Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, con la tesis: filosofía de la historia y ética.Paula Gómez es una de las fundadoras del estudio de la filosofía en México, aunque poco o nada se le menciona en este sentido. En 1943, creó el curso de Historia de la Filosofía en México que se imparte en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, de la que fue profesora de tiempo completo desde 1933 y en la que laboró por treinta y tres años; pero desde 1925 dictaba cátedra en la Escuela Nacional Preparatoria.
Impartió clase en todos los niveles educativos, además de su participación en actividades públicas de educación informal, como fue su participación en 1953 en San Luis Potosí y en actividades de dirección, al encargarse de 1930 a 1940 de la subdirección de la Escuela Secundaria número 8 y directora de la Escuela Normal Superior de 1947 a 1948.
Paula Gómez se convertiría en la primera mujer en recibir un Doctorado Honoris Causa, por su valiosa contribución al desarrollo de la educación y la filosofía en México. En 1962 la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo se lo otorgó. Cuestión que es digna de mencionar, pues Paula Gómez, como otras de sus compañeras que hicieron filosofía en esa época, no suele mencionarse en la historia de la filosofía mexicana. Ya lo establecía Paula Gómez: “la diferencia entre los sexos es injusta, pues mientras la psicología del hombre parece separarse del especto físico, en la mujer se reduce a este”.
Paula Gómez Alonzo, que sentó las bases para la reflexión del papel de las mujeres en la cultura, murió en Coyoacán, en la Ciudad de México el 3 de noviembre de 1972.
También lee: Carmen Sarabia en la historia de la biología mexicana | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash
#4 Tiempos
Al salir de la tienda | Columna de Juan Jesús Priego
LETRAS minúsculas
Al salir de la tienda la mujer se ve contenta: casi se diría que un relámpago de felicidad ha iluminado su rostro. Pero, sin duda, se trata sólo de un relámpago, pues de aquí a unas horas, cuando esté ya en casa, mirará con espanto las cifras que todo eso que va en las bolsas le ha costado y que deberá pagar tarde o temprano (ojalá que temprano, por su bien). ¡Dios mío, cuántas bolsas! Apenas puede con ellas. Yo le ayudaría a cargarlas, pero no creo que se fíe de un simple transeúnte cual soy yo, encontrado como al acaso.
Una conocida mía, cuando se siente sola y deprimida, va a las tiendas.
-¡Son para mí -me dijo un día- una excelente terapia! Veo, compro, y al comprar me distraigo.
Sí, yo todo esto lo entendía, pero una vez que estuvo especialmente deprimida compró en una sola tarde la nada risible cantidad de 30.000 pesos en faldas, blusas, vestidos y pantalones. Es claro que, a la hora de enseñar las notas, el que quiso darse un tiro en la cabeza fue su marido, aunque no lo hizo por puro respeto al qué dirán.
¿También esta mujer a la que veo salir se sintió deprimida y ha querido curarse comprando? La sigo de lejos; ahora, de hecho, sólo la veo de espaldas. Camina con dificultad y las bolsas de plástico, que no son pocas –hay verdes, amarillas, rojas, pero todas son grandes, como para caber uno dentro-, se le vienen de las manos a cada diez o quince pasos y entonces se detiene para tomar aire y acomodarlas. Yo también me detengo. La mujer, viéndolo bien, no es fea, aunque viéndolo mejor tampoco es bonita: diría que, en cuestión de belleza, es uno de esos seres que, como se dice, ni fu ni fa.
Ahora bien, con toda esa ropa que lleva en las bolsas, ¿qué es lo que pretende? ¿Gustar? En días pasados había escrito en mi diario –sí, señores, debo confesarlo, yo también llevo un diario en el que, por desgracia, casi nunca escribo a diario- lo siguiente:
«No hay manera de provocar el amor, no hay ninguna manera. Aquí la cosmética no sirve de nada. Se ama o no se ama, se gusta o no. Si comprendiéramos esto, el mundo aún tendría esperanzas de durar. Pero se producen zapatos, camisas, corbatas, pulseras, abrigos y autos a ritmos vertiginosos con el único fin de hacernos creer que se puede, con eso, seducir a los demás. La sabiduría consiste, sin embargo, en no engañarnos: ¿qué puede un auto, un perfume o un lápiz labial para suscitar el amor? El amor es gracia, es pura gracia, y el que crea poder provocarlo quedará siempre, al final, decepcionado. Saber esto, aceptar esto tendría que hacernos más naturales, más sencillos. Y también más resignados».
Miro a la mujer con ternura. Ella cree que con todas esas chácharas podrá ser más amada. Pero no, no será así como conseguirá lo que busca. No sé cuánto le durará la felicidad que he creído verle en el rostro. Deseo de todo corazón que le dure mucho. Adiós, amiga mía, adiós. Quisiera para ti la alegría.
Algunos días después de aquello, ya por la noche y antes de dormirme, me puse a leer un libro de Viktor E. Frankl (1905-1997), y en él pude encontrarme con esto que ahora me tomo el trabajo de transcribir porque confirma mis más negras sospechas:
«La impresión externa de la apariencia física de una persona es indiferente en cuanto a las posibilidades de que se la ame . Esto debe llevarnos a una actitud de retraimiento en lo que respecta a afeites y cosméticos. En efecto, hasta los lunares y los defectos de la belleza forman parte integrante e inseparable de la persona a quien se ama. Sabemos, por ejemplo, de una paciente que abrigaba la intención de embellecer su busto mediante una operación plástica de reducción del pecho, creyendo que con ello aseguraría mejor el amor de su esposo. El médico a quien pidió consejo la disuadió de hacerlo; entendió que si su marido la quería de verdad, como al parecer era el caso, la quería, indudablemente, tal y como era. Tampoco los vestidos de noche impresionan al hombre de por sí, sino solamente puestos en la mujer amada que los viste. Por último, la mujer de nuestro caso, inquieta, pidió su parecer al propio marido. Y éste le dio a entender, en efecto, con toda claridad, que el resultado de aquella operación sólo traería consecuencias perturbadoras, pues le llevaría, tal vez, a pensar: Ésta ya no es mi mujer; me la han cambiado». Y concluye el doctor Frankl: «En efecto, los hombres tienden generalmente a olvidar cuán relativamente pequeña es la importancia de los atavíos externos y cómo lo que importa en la vida amorosa es, fundamentalmente, la personalidad. Todos conocemos claros –y consoladores- ejemplos de cómo personas exteriormente poco atractivas e incluso insignificantes, triunfan en la vida amorosa gracias a su personalidad y a su encanto» (Psicoanálisis y existencialismo).
Cerré el libro y pensé de pronto en aquella mujer que había visto salir de los almacenes en días pasados. La ternura volvió a apoderarse de mí. Sí, me dije, a los comerciantes les interesa hacernos creer que el amor se consigue impresionando; sin embargo, los orígenes de toda relación son más humildes. Pregúntale a este hombre mata el tiempo tomándose un café o a aquel otro que cruza apresurado la avenida –sí, el del periódico bajo el brazo- qué vestido llevaba su mujer cuando la conoció y verás que no te lo dice. ¡Ni siquiera vio el vestido! Lo impresionó ella, no lo que ella llevaba puesto.
Y, de pronto, me escucho a mí mismo hablando con aquella desconocida apresurada: «No, amiga, no. Eso que traía usted hace unos días con tanta felicidad en las bolsas no sirve para lo que cree usted. Sirve, si usted quiere, para andar por la vida decorosamente y con cierta dignidad, pero sólo para eso sirve. Trate, más bien, de ser gentil, delicada, dulce; en una palabra, encantadora, y entonces se habrá hecho usted lo que se llama una personalidad. Y, cuando ya la tenga, verá que cuanto se ponga le vendrá siempre bien.
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#4 Tiempos
México vs México | Columna de Arturo Mena “Nefrox”
TESTEANDO
Durante muchos años, la Concacaf quiso convencernos de que el fútbol de la región estaba creciendo parejo.
Que la MLS ya había alcanzado.
Que Centroamérica resistía.
Que los gigantes mexicanos ya no imponían como antes.
Y entonces llega otra final.
Tigres contra Toluca.
México contra México.
Otra vez.
La Concacaf Champions Cup tiene algo curioso: cada torneo parece abrir la puerta a una sorpresa… hasta que aparece un club mexicano recordándole a todos cómo funciona realmente esta competencia.
Porque sí, hay historias emocionantes en el camino. Equipos que compiten, estadios que aprietan, noches donde parece que el dominio se tambalea. Pero al final, casi siempre termina pasando lo mismo: el trofeo se queda aquí.
Y no es casualidad.
Durante años, los equipos mexicanos entendieron algo que el resto de la región todavía persigue, este torneo no se juega solo con intensidad. Se juega con profundidad, con jerarquía y con la costumbre de competir bajo presión.
Por eso las finales recientes ya parecen parte de una misma memoria.
León imponiéndose con autoridad.
Monterrey haciendo del torneo una propiedad privada.
Pachuca apareciendo cuando parecía que el dominio se desgastaba.
América recordando que los ciclos pasan, pero el peso permanece.
Y cuando no gana México… el impacto se siente histórico.
Porque las excepciones son pocas. Muy pocas.
Seattle Sounders rompiendo la hegemonía en 2022 se sintió menos como un cambio de era y más como una anomalía que obligó a reaccionar. Antes de eso, había que ir demasiado lejos para encontrar un campeón que no hablara mexicano futbolísticamente.
Ese es el tamaño del dominio.
Ahora la historia pone enfrente a dos maneras distintas de entender el poder.
Tigres llega como ese equipo que aprendió a habitar estas noches. Ya no juega las finales con ansiedad; las juega con memoria. Sabe sufrirlas, sabe administrarlas y, sobre todo, sabe que los detalles terminan cayendo de su lado cuando el partido se rompe.
Toluca, en cambio, llega con algo diferente: hambre.
Con esa sensación de equipo que volvió a reconocerse. Que encontró ritmo, carácter y una identidad incómoda para cualquiera. Toluca no llega a esta final solo por talento; llega porque volvió a competir como club grande, como bicampeón. Y eso cambia todo.
Porque esta final no se siente improvisada.
Se siente lógica.
Son dos equipos que entendieron antes que nadie cómo sobrevivir a un torneo que exige viajar, rotar, adaptarse y competir cada tres días sin perder forma. Mientras otros clubes de la región todavía viven la Champions Cup como una oportunidad, algunos de los mexicanos la viven como obligación.
Y esa diferencia mental pesa demasiado.
Por eso, más allá de quién levante el trofeo, hay algo que ya quedó claro desde antes de jugarse la final:
La Concacaf volverá a tener campeón mexicano.
Otra vez.
Como ha pasado la mayor parte del tiempo.
Como pasa cuando la costumbre se vuelve estructura.
Como pasa cuando un país convierte un torneo regional en parte de su identidad futbolística.
Y quizá eso también explique por qué estas finales, aunque repetidas, nunca se sienten vacías.
Porque en el fondo no se trata solo de ganar la Concacaf.
Se trata de sostener un dominio que lleva décadas construyéndose. Uno que ha sobrevivido generaciones, formatos, discursos y proyectos extranjeros que prometían cambiar la jerarquía de la región.
Pero cada año, cuando llega mayo, el futbol termina acomodando las piezas en el mismo lugar.
Con un club mexicano levantando la copa.
Y con el resto de la Concacaf preguntándose cuánto falta para que eso deje de pasar.
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