#4 Tiempos
Que cada quién cargue sus cubetas | Columna de Jorge Saldaña
TERCERA LLAMADA
Para retratar la forma en que las autoridades de San Luis están abordando el tema de la crisis hídrica, una buena sugerencia sería una foto en la que aparezcan juntos el gobernador Gallardo, el alcalde Galindo y el rector de la Universidad Autónoma, Zermeño, disparándose como niños chisguetes con pistolas de agua. Todos contra todos.
Lo malo es que no son niños, son adultos con las más altas responsabilidades, y en su juego de mojarse para ver quién deja más salpicado al otro, se les van a evaporar los chisguetes, la ciudad, la gobernabilidad y la credibilidad centenaria. Los calores están fuertes.
Olvidan los juguetones que la escasez de un recurso tan básico no tiene culpables, al menos vivos, que tengan nombre y apellido y es absurdo disparar en ese sentido.
Se les escurre a los juguetones que buscar en el de enfrente y señalarlo como responsable de la crisis, no es una medida que genere espontáneamente el líquido.
O que el intercambio de “Boletinazos” entre los palacios, no arregla una válvula, ni prende un pozo.
Poner a cuestionables empresarios convertidos en presidentes de cámaras y a diputados federales en una esgrima declarativa contra senadoras, síndicos y líderes de partidos, no da agua para lavar los trastes.
En el torbellino del día a día, pierden de vista que el plan emergente, los estudios y hasta las voces e ideas contrarias al respecto, deberán ser avaladas genuina y exclusivamente por los ciudadanos cuando vean resuelto el problema junto a sus grifos dando agua y no antes.
Querer ganar la percepción desde ahora, es como querer anunciar el marcador final antes de los penalties.
En el mismo sentido va eso de tomar la postura de la UASLP, queriendo adornarse diciendo que tienen la solución en las manos a través de la evolución, reedición y elaboración de estudios especializados que han realizado tanto por décadas que recientemente.
Qué bueno que la tengan, pero sacar su última versión a la luz cuatro meses después de que se planteó y se socializó al máximo el problema “E-mer-gen-te” de 2023 pues…
Eso parece además de pomposo y trasnochado, francamente irrelevante para resolver la urgencia, la del diario, la de unas 100 mil casas.
Cierto y comprobable que la universidad lleva 55 años haciendo contribuciones de altísimo valor para la sociedad en el tema del agua.
Y ni se duda ni se regatea un solo renglón de lo presentado públicamente el lunes por el multidisciplinario y experto Grupo Universitario del Agua.
Tampoco se pone en tela de juicio que la sectorización propuesta como solución a mediano plazo reduciría en un 15 por ciento el desperdicio de tan valioso recurso.
Mucho menos se duda que el agua que extraerán de pozos que hoy se encuentran en proceso de excavación, puedan presentar niveles de contaminación, pero… ¿Por qué no lo dijeron antes como para encontrar mejores zonas de mantos acuíferos?
También es justo decir que es fehaciente, real y contundente lo que expuso la Máxima Casa de Estudios al respecto, y es que históricamente los gobiernos municipales (únicos responsables y ejecutores) habían sido de plano socarrones, necios, corruptos, ignorantes, omisos o todas las anteriores con las contribuciones universitarias, sin embargo, aunque en el pasado hayan sido relegadas sus investigaciones, la responsabilidad social le obliga a la UASLP seguir elaborándolas y entregándolas, así como lo hicieron, a toda la sociedad con generosidad genuina. La soberbia institucional y la actitud de púlpito inatacable ¿en qué es útil?
Las medallas, los abucheos o los aplausos son lo de menos, y en todo caso, la sociedad siempre ha reconocido y reconocerá la contribución académica al mismo tiempo que condena severamente a los gobiernos que han sido omisos.
Por cierto un breve paréntesis: consta que fue caprichoso y enteramente casual que empatara el día de la presentación universitaria con la llegada del “día cero”, y la mejor prueba está en que ni unos ni otros tenían cómo saber la fecha de la llegada del oficio de la Conagua anunciando el día en que acabaría el bombeo.
En resumen y en economía: agua no hay, la que hay está contaminada, el Realito tomará meses para que vuelva a bombear el recurso y eso ni siquiera es el principal o único problema.
El recurso vital (odiosos lugares comunes) sufre de una pésima e histórica distribución, la red desperdicia, el agua tampoco tiene las mejores condiciones químicas para su consumo, la extracción, venta, tratamiento y desigualdad de acceso para unos y otros ciudadanos es patética y en el colmo, tomarla sin filtrar hasta esta bajando la capacidad intelectual de los niños, asunto gravísimo.
Mientras tanto, las estrategias del Ejecutivo, el gobierno municipal y la UASLP parecen jalar cada una por su lado (todas válidas, pero inconexas unas con otras).
¿Qué hacer? Pues que agarre cada quién sus cubetas, pero las acarreen para el mismo sitio.
Las soluciones académicas presentadas no están presupuestadas financieramente y aunque viables y deseables, no responden a la urgencia de poner agua en las casas de los potosinos ya, mañana.
Sus soluciones implican meses y meses, quizás más de los ocho meses que durará la reparación de la fallida presa y más de lo que tome al municipio sortear el álgido momento hasta recuperar los más de 460 litros por segundos ausentes (Y ya llevan poco más de la mitad recuperados en compensación).
Tampoco parece buen momento, en términos de solución social, que se fomente y genere un clima de enfrentamiento entre las autoridades.
Eso de nada y a nadie sirve.
Borrar a un probable rival político aprovechando un escenario de escasez líquida puede ser estratégico y rentable políticamente, pero saldrá carísimo el pleito porque en si mismo no abona a la tranquilidad y paz social que esta administración estatal ha logrado.
Tomemos en cuenta que la falta de absoluta de agua sí saca a la gente a las calles y paraliza la ciudad. Nadie desea ese escenario, ni resuelve el qué ponerle a la lavadora para asear la ropa, abre la regadera o llena el tanque de la taza del baño.
Es momento de dar golpes de timón y, por lo menos mientras dura la contingencia hídrica, cancelar todo pago de la CEA a Aquos El Realito.
Ni modo, hasta que la Conagua termine la reparación y hasta que Aqualia repare o de plano haga otro acueducto, no se contemple regresar al abusivo contrato. Cortar con la empresa solamente está en manos de gobierno a través de la CEA y del gobierno federal depende en exclusiva la reparación a la presa.
Tampoco debería Interapas en los próximos meses pagar un solo centavo a Aqualia sencillamente porque no se recibirá ni un litro.
Mientras tanto la clase empresarial (que parece estar poco más que extraviada) sus los líderes patronales, industriales y comerciales, podrían aportar mucho más que opiniones empapadas de babas.
Podrían por ejemplo empezar por pagar el agua que deben, esa que usan para sus procesos productivos, la que usan y no está tratada porque les sale más cara, esa que extraen de sus pozos que no comparten o de plano la que disfrutan simplemente porque los gobiernos anteriores les han condonado graciosamente los recibos.
Los ciudadanos y vecinos todos, tanto los que vivimos en las 59 colonias en las que se repartirán pipas cada cuatro días en diferentes horarios, como los que estamos conectados a la red, tenemos que ser conscientes del uso medido y restringido mientras dure la emergencia.
Los clubes sociales como el Deportivo, La Loma, Club de Golf, Campestre de Golf, Club dos mil y otros que tienen pozo, deben voluntariamente durante la crisis, compartir el beneficio de sus concesiones con todos los potosinos e inyectar de su recurso prestado a la red de toda la ciudad, misma de la que han obtenido tantos y tantos beneficios, de lo contrario, enfrentarse a la requisa que no es otra cosa que se les obligue a hacerlo advertidos que de negarse, podrían perder por completo la concesión, su permiso, su privilegio.
Si alguien tiene hoy las puertas abiertas con el presidente y su gabinete federal así como con las cámaras de diputados, y con casi todas las dependencias involucradas, es Ricardo Gallardo.
Si alguien tiene relaciones y comunicación directa con los poderes en la capital del país y el extranjero construidas durante su trayectoria profesional, es Enrique Galindo.
Sí alguien es reconocido, querido y muy altamente respetado en la comunidad académica nacional se llama Alejandro Zermeño.
¿Por qué en lugar de dispararse chisguetes de agua con pistolas de juguete no unen esas capacidades de gestión? No en beneficio de sus trayectorias, ni de sus futuros, sino en beneficio de la ciudad y el de las próximas generaciones. (Ya quieran poquito a la ciudad no?)
Algo que los une es que los tres reconocen el agua como derecho humano, pero igualmente deberían reconocer un poco su responsabilidad y comportarse como estadistas en la oportunidad que tienen para hacerlo y jueguen aunque sea por una vez, en equipo.
Para terminar, y en la feroz ignorancia de quien esto escribe así como mi conocida ausencia de sentido común, solo diré que así como un deseo, me hubiera gustado ver que el gobierno estatal, municipal, la universidad, los tres poderes, todos los alcaldes de la Zona Metropolitana, las cámaras empresariales, los industriales y la sociedad civil contemplaran hacer un pacto:
Un convenio de todos, en el que se resuelva a través del plan emergente municipal la urgencia de todos los días, pero al mismo tiempo se buscase con entidades nacionales e internacionales, civiles y públicas, los recursos, los 3 mil o 5 mil millones que hacen falta para resolver el problema de fondo, en el corto, en el mediano y en el largo plazo.
Un pacto temporal en el que los mejores técnicos universitarios honorariamente se aboquen a trabajar como funcionarios del organismo intermunicipal para asesorar en el campo y todos los días tanto el plan inmediato como en la planeación y ejecución de su plan multidisciplinario.
Un plan en el que, por voluntad (y si no por decreto) los que tienen agua concesionada la sumen a los que no tienen y se recuperen mucho más pronto los litros perdidos.
Un acuerdo amplio en el que se plantee la reestructura del Interapas, se integre al resto de los municipios o de plano se desintegre el organismo, pero mientras tanto, se le apoye para contener y enfrentar el acarreo de agua por colonia y por horarios, se acelere la perforación, se ubiquen nuevos y mejores lugares de extracción y se consiga el recurso suficiente para pagar a los ejidatarios los espacios de las presas jamás concluidas de El Palmarito y Las Escobas que tanta falta hacen.
Que funcione El Morro, que sea autosuficiente financieramente Tanque Tenorio, que se rehabiliten las plantas tratadoras, que se exija a los desarrolladores usar y tratar el agua en cada proyecto y por ley la industria solamente use agua tratada.
¿Será muy difícil aún unir todos esos esfuerzos?
Las autoridades, todas, llaman a la solidaridad de los ciudadanos. ¿Por qué no empiezan a ser solidarios entre ustedes?
A nadie vendría mal dar ejemplo nacional de tres buenos estadistas emprendiendo una acción conjunta, responsable y de enorme valor e impacto social del más grande nivel.
Agarren…agarrémos pues, cada quién nuestra cubeta.
Quiero terminar esta entrega, Culto Público, con un cuento, uno muy corto y de trágico e inesperado final:
Uno que relata la historia de tres niños que se encontraron un perro deshidratado. El primero quiere darle agua de la llave y de inmediato, el segundo lo criticó porque el agua no está limpia y presume de tener la solución, pero en su casa que está lejos, y que además quitará la sed del perro en unos meses (porque así debe ser según él). El tercer personaje les hace ver a ambos lo equivocado que están, les propone ayuda, unas jarras de agua grandes y hasta medidas contra la deshidratación de los perros permanentes, siempre y cuando solo lo haga él y los demás se hacen un lado, lo que también llevaría tiempo.
¿Cómo acabó la historia?
No lo sé, porque mientras se pusieron de acuerdo los niños, el perro se les murió de sed.
Hasta la próxima.
Atentamente:
Jorge Saldaña
También lee: Adán está enojado y muy lejos de Tabasco | Crónica de Jorge Saldaña
#4 Tiempos
“Yo no olvido al año viejo” Por: Jorge Saldaña.
Amigos (y Culto Público, hoy la lista va extendida aunque muchos pertenecen a las dos)
La vida es un “viene, viene”.
A unas horas de que termine el 2025, comparto con ustedes que me han acompañado, una breve reflexión.
En esta ocasión desde una calma y claridad especial, escribo desde algunos recuerdos, seguro también que desde muchos olvidos, lo mismo que de pequeños éxitos y fracasos por los que he transitado este año que fenece, y que he convertido según yo en aprendizajes.
Todos estos (y los que olvido) los quiero compartir con ustedes, y si de algo sirven, pues qué mejor.
Este 2025 no fue de certezas, pero sí de enseñanzas de las que se quedan tatuadas.
Aprendí a no creer en los “yo nunca te haría eso”, lo mismo que a desconfiar de mis “nunca diría eso”.
Aprendí que nunca acabamos de conocer a los demás ni a nosotros mismos, y que no sabemos quienes somos cuando nos acompaña el miedo, el poder o la prisa.
Aprendí que a veces las cosas no pasan como uno las piensa, pero definitivamente sí como uno las siente.
Sentir si es real, el dolor que sentimos o hacemos sentir existe, y por lo tanto, hay que ser cuidadosos y empáticos en dos vías: en la de no permitir heridas, ni en cometerlas.
El tiempo no regresa, las cosas que ya pasaron, no vuelven (bendita entropía), pero los demás fuegos si deben ser aliviarlos. Lo merecemos. Se los deseo.
Aprendí este año que por pesos y absurdos malos entendidos, hay quien te patea hasta el parentesco, cambiando así, de por vida, los próximos encuentros: que de lo que pudieron ser fiestas y abrazos, pasarán a ser funerales y pésames. Lamento mucho la pérdida, pero aprecio más el cambio.
Siempre será mejor saber quién es quién, y con quien no volver a contar jamás.
También aprendí que prestar dinero a los amigos no es malo, lo malo es prestarlo a quienes en realidad nunca fueron tus amigos, esos que no vuelven, ni mucho menos devuelven…
(Los pueden distinguir porque suelen ser los más fanfarrones) ¿Te suena Daniel Díaz Félix?
La ganancia es que por unos pesos te deshaces de ellos para siempre, te dejan de hablar y te agachan la mirada. No tendrán cara de pedirte jamás y eso también suma.
Aprendí en este camino que hay tres posibles explicaciones sobre el amigo que te cuestiona sobre cuánto tienes:
Que debe ser muy pobre, o que por mucho que tenga, internamente nunca ha conocido la satisfacción de lo suficiente, o hay algo que te envidia que jamás podrá comprar.
Lo compadezco, lo abrazo y le deseo valores y experiencias de las que llenan el alma y no las cuentas.
Ahí mismo, aprendí que la vida simple es un lujo: dormir tranquilo, no dar explicaciones, no intentar demostrar nada, reír sin público, escribir para uno, y estar en paz con la propia conciencia y la honestidad intelectual.
También aprendí a no mencionar a quien no merece mención. Punto.
Entre otras duras pruebas, aprendí (y sigo aprendiendo) que es muy complejo tener a dos amigos arriba del ring, porque moverse un milímetro en esa delgada cuerda floja que separa una esquina de otra, puede interpretarse como traición o deslealtad, por lo tanto, decidí hacer lo que me corresponde: no traicionarme a mi mismo… y nada más. Por mi, que suene la campana el día que quieran.
Otra cosa de las que caí en cuenta este año es que a veces las cosas que parecen salir mal, al final resultan salir bien, por ejemplo: aprendí que algo tan inocuo como aplaudir en unos tacos me expulsó violenta y dolorosamente de una historia, pero a la distancia el resultado fue maravilloso, porque en esa historia nunca fui querido, ni protagonista.
Al mismo tiempo, los aplausos taqueriles rompieron hechizos del pasado, y el eco de aquel aspaviento me colocó en un camino de Damasco.
En resumen, el gesto al principio castigado, resultó ser una de las mejores cosas que he hecho en mi vida. (Igual fue pura suerte).
Este año también aprendí a tomar decisiones, que aunque parecen menores, me son importantes.
Prometí por ejemplo, que seguiré sin usar jamás herramientas como Tinder y similares. No quiero ofrecerme como vínculo disponible en catálogo portátil.
Respeto y no juzgo a quien usa esas herramientas, pero les deseo de todo corazón que en su permanente búsqueda de novedad (y no de verdaderos vínculos) no caigan en el vicio de las primeras citas, es decir, las de la satisfacción inmediata y desechable.
No les vaya a pasar lo que a las flores, que por lo efímero de sentirse deseadas por toda la colmena, y atender a todas las abejas, al final terminan vacías, solas y marchitas.
Aprendí de igual forma a vivir los duelos, pero también a soltarlos. A reconocer mis sombras sin dejar que me gobiernen.
Aprendí que hay gente que se queda, que baja a tu sótano sin juzgar y que eso vale más que mil palabras.
El año se va. Yo me quedo, pero más liviano, más consciente y con ganas genuinas de lo que viene.
Porque, como dije al principio, la vida siempre viene…siempre.
Viene en el siguiente respiro, en el siguiente amanecer, en el siguiente segundo, en el siguiente suspiro, en la siguiente elección, en la siguiente columna, en el siguiente semáforo, en mañana, en el día primero…siempre viene y viene… y solamente una vez se va.
Pero mientras tanto -mientras no se va- los invito con el aprecio que tengo a todas y todos, a dejar que venga, y así como llegue, la convirtamos momento a momento en experiencia, en aprendizaje, en oportunidad de metamorfosis, en crecimiento, en nuevo comienzo, en perdón, en risa, en dolor del que transforma, o en suspiro del que alivia.
Les deseo que en 2026, con todo lo que traiga, dejemos más huellas que cicatrices.
Les deseo que todo lo bueno los alcance, que lo necesario los encuentre y lo bonito siempre se quede.
La vida viene,
Perdonar es seguir;
Con todo cariño:
Jorge Saldaña.
(PD: No hay explicaciones, reclamos, devoluciones ni debates, si lo leyó fue bajo su propio riesgo)
Hasta el próximo año y Feliz año. 😉
#4 Tiempos
Otro año de mi vida | Columna de Carlos López Medrano
Mejor dormir
Volví al gimnasio y luego dejé de ir. Desde la noche de un hotel en Querétaro, envié un último mensaje para intentar conectar con una chica, y después no volví a acercarme en absoluto. Ha sido un año de desprenderme con facilidad, de aprender a alejarme de aquellos lugares en los que uno debe esforzarse demasiado para obtener algo que debería caer con la naturalidad de una hoja seca en otoño.
Me invitaron a un seminario sobre migración impartido por un sociólogo de la Universidad de Beirut; escuché con atención durante dos horas y, al final, no supe qué preguntar ni anotar, simplemente me fui.
Después de una cita fallida entré al cine a ver Parthenope, de Sorrentino, uno de los míos, y quedé cautivado. Me remitió a aquellas películas que de niño veía de madrugada en Canal Once y que forjaron buena parte de mi educación sentimental: filmes que avanzaban con un tempo peculiar, casi distraído, y que te hacían desear estar lejos, con esa gente y en esas pinceladas de conversación. La considero una de las películas de mi vida; varios de sus fragmentos regresan a mí de vez en cuando, como ocurre con las obras definitivas. Estaba ya todo previsto con esa otra mujer cuyo nombre empezaba con las mismas letras, aunque entonces no lo supiera.
Fantaseé con la idea de ir a lugares a los que no fui y me sorprendí visitando otros que jamás imaginé conocer. Supe de los Zo’é, una tribu del Pará brasileño en la que las mujeres tienen varios maridos. Un amigo, exiliado nicaragüense, me habló de sucesos paranormales, y sobre todo de lo difícil que resulta lidiar con estadounidenses como parte de su trabajo. Ese mismo día tuve la única cita de mi vida en la que no sentí el menor interés por besar a la contraparte.
Quedé deslumbrado por un caballo llamado Calven Cool en un evento de equitación, aunque un poco menos que por la belleza de la mujer que lo montaba. Probé más vinos que nunca. Mis favoritos, sin orden en específico: el Xolo Nebbiolo del Valle de Guadalupe; el Saperavi de Moldavia; un Josh Cellars Reserve de North Coast; el Pradorey Reserva 2019 de Finca La Mina; un tinto Pesquera Reserva 2020; un Félix Callejo 2018 (el mejor, tal vez); un Gran Valtravieso Reserva 2015; un Cru Garage Nebbiolo 2020; un Taparacá Gran Reserva 2015, abierto en el momento exacto por mi amigo Luis Ángel; un Sirius 2019; The Prisoner Red Blend; el Mas La Plana Cabernet Sauvignon y un Marqués de Murrieta Reserva. Constelación púrpura.
Compré una edición estadounidense de El gran Gatsby, con un fotograma de Robert Redford y Mia farrow como portada (en la adaptación cinematográfica de Jack Clayton de 1974). Cada vez que tengo una edición de esa novela entre las manos leo el inicio y el final: una de las mejores aperturas y, sobre todo, uno de los mejores cierres de la literatura estadounidense. Y así vamos, botes contra la corriente, arrastrados sin cesar hacia el pasado.
Coqueteé, al fin, con la comida del mar, con resultados irregulares. Bien: ceviche negro en Manzanillo (entré al puerto y me regalaron una medalla); carpaccio de salmón en San Miguel de Allende; tostada de atún fresco con base de hummus en Al-Ándalus. Mal: taco de marlín ahumado. Fatal: un trozo de pato frito, que no es comida de mar. Hay que estar realmente mal para comerse a un animal tan simpático como el pato.
Un amigo me contó su aspiración de abandonar su trabajo como director corporativo para volverse cantante. Caminé bajo el sol de Amealco hasta encontrar una taquería llamada Chayan, aunque no pedí nada. Vi una película en la que uno de los personajes dice: «Cambia de cara o te quedarás fea y sola en tu rincón». Fui feliz deambulando por San Ángel; el Templo del Carmen quizá sea mi lugar favorito de la Ciudad de México. Vi un lápiz colgado en una galería de arte contemporáneo.
Visité por fin Veracruz, uno de los estados que me faltaban. Conocí gente entrañable en Coatepec; una de ellas me regaló un chile habanero que guardé en el bolsillo hasta mi regreso a casa. En esas calles con olor a café —el cursi cliché resultó cierto— un gato negro iluminó mi noche con sus ronroneos mientras se restregaba en mis piernas. Comí en un poblado de menos de cinco mil habitantes y me enfermé del estómago. Débil, con náuseas, caminé por Córdoba buscando algo que me ayudara, pero acabé comiendo tacos árabes de cerdo.
Fui a la UNAM un 14 de febrero y añoré la vitalidad y facilidad romántica de aquellos muchachos de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, un aura entrañable, aunque ya solo dispuesta a lo lejos, sin dejarse tocar.
Usé un extinguidor por primera vez. Tuve un déjà vu en una zona residencial de Campeche, como si hubiera vivido ahí de niño, aunque era la primera vez que pisaba ese lugar. Acabé con el cuerpo raspado tras una capacitación de seguridad en un campo militar, en la que conocí personas bastante simpáticas de otras ciudades. Tomé un negroni mientras veía pasar una cucaracha en la cantina El Tío Pepe, en el Centro Histórico.
Vi por segunda vez al Liverpool ganar la Premier League. Conocí a Luis Pérez Sabido, autor de la letra de «Yo sé que volverás», en un entrañable local de dueños cubanos en Mérida. Tomé vino japonés y recorrí de noche el Museo de las Culturas con colegas y la ayuda de lámparas de celular. Probé un licor japonés llamado Shibitakojo Kuro Kirishima Genshu que me resultó mucho mejor que el sake, pero que no me atreveré a pronunciar en un bar.
Las habitaciones de Médica Sur me parecieron superiores a las de muchos hoteles. Coincidí con alguien a quien no veía desde hacía años; como aquella última vez, nos cruzamos por azar en una ciudad inmensa entre millones de habitantes, pero esta vez ya no nos saludamos. Encontré una nota tirada en la calle: «$150 de bistec, ¼ de chuleta ahumada, ½ de jitomate (6)». La reunión de Oasis me sacó del retiro de conciertos; fui a la segunda fecha y pensé que, aunque lo creamos, nunca nos alejamos tanto de la adolescencia.
Estado de ánimo: fastidiado. A menudo me sesentendido por días de otras personas y de lo que importa.
Unos admiradores de Pulp me invitaron a escuchar el nuevo álbum en un sitio especializado y recordé cuánto me gustaba esa banda; su concierto de 2012 en el Palacio de los Deportes sigue en mi top cinco de eventos musicales. Pedí un coctel malo con sabor chícharo solo porque se llamaba como mi canción favorita de Bob Dylan: «Simple Twist of Fate». Una amiga dedicada a la medicina me habló de su road trip universitario por Francia y España y de su deseo de repetirlo algún día.
Recuperé mi reloj favorito gracias a un relojero avezado que tardó un año en encontrar la refacción de un reloj ya descontinuado que nunca se vendió en México. Me reencontré con una compañera de secundaria después de veinte años; quizá pasen otros veinte antes de volver a verla (o ni eso). Caminé por Iztacalco, Tláhuac e Iztapalapa por primera vez, con esa atmósfera tan aparte. Me faltan Milpa Alta y Magdalena Contreras para cerrar el circuito de la Ciudad de México, aunque no llevo ansias.
Un amigo de San Luis y su hija vinieron de visita y comimos como si el tiempo no hubiera pasado, aunque claramente sí lo había hecho. En Coyoacán, una chica me dijo que sus abuelos se conocieron cerca de ahí. Luego fuimos a uno de mis Sanborns favoritos. El pastel que comí en mi cumpleaños llegó desde San Luis de parte con la persona que me mantiene conectado por allá.
Falleció mi abuelo materno; siempre llevaré conmigo su nobleza y hedonismo. Vinimos a estar sentados y tomar una copa. Llevó una vida buena y tranquila. Me conmoví leyendo la autobiografía del papa Francisco y me desarmé al releer la contundencia del Credo católico, que no repasaba desde que era niño.
Hablé de jazz —esa vieja amante a la que había oxidado— con una gran conocedora del tema. Recordé mis primeros contactos con el género, hace más de veinte años, con el Kind of Blue de Miles Davis y el Blue Train de John Coltrane, que marcaron al jazz como algo definitivamente nocturno y azul para mí.
Titular de una vieja revista encontrada en San Fernando: «El peligroso acto de tragar espadas». Hubo una sola canción de los Stones a la que recurrí con constancia: «Fool to Cry». Fui jurado en una cata de vinos españoles, aunque las quince copas me supieron casi iguales porque apenas salía de una gripe prolongada.
Platiqué sobre música con un grupo de guatemaltecos mientras nos guarecíamos de la tormenta bajo una pequeña estructura de lámina, una versión chabacana de Lifeboat o Extraños en un Tren. Canté «Romance te puedo dar» en un karaoke con japoneses. Vi un par de veces a Ana, a quien aprecio, aunque no lo muestre de forma alguna. No tengo mucho por ofrecer.
Inicié el año en San Luis Potosí. En una pared leí: «Sal del bucle, cierra el círculo». Una muchacha punk me regaló un pin en el Bizarro Café. Le pedí a un peluquero que no me cortara mucho el cabello y me lo cortó mucho. Un chef de la costa del Pacífico me animó a comer un taco de lengua, algo a lo que hasta entonces me había negado rotundamente por darme repelús. El sabor fue maravilloso, pero intuí que fue por una preparación muy especial que no sé si encuentre en otro lado.
Pensé que debería filmarse una película nocturna en el Club France. Fui a bares con una mujer que no bebía. Encontré una carta intensa entre las páginas de un libro que hace mucho no abría; al leerla me sorprendí al no recordar el nombre de la autora y lamenté que no viniera firmada. Llegué tarde a un evento de L’Oréal.
Una desconocida en la calle me regaló una bolsa de tela luego de que se me rompiera la bolsa de papel en la que llevaba unos aguacates y estos cayeran dramáticamente al suelo. Fue uno de los mayores actos de bondad que recibí el año y reconocí nuevamente ese aire de misericordia que hay en las mujeres mexicanas. En los peores momentos siempre ha habido una mujer dispuesta a ayudarme.
Escuché sobre todo Beatles, boleros y canciones románticas, convencido de que los Beatles son una banda latina. Regalé un poemario que no fue valorado. Una piña, la última foto de un celular que perdí y que de manera infructuosa (y absurda) intenté rescatar al otro día en Iztacalco.
En medio de una reunión, me desencajé al enterarme de la muerte de Diane Keaton, esa mujer que muchos hombres buscamos y que, cuando se va —cuando se vuelve inalcanzable o simplemente desaparece—, queda adherida a la memoria para el resto de los días. Pensé entonces en la escena de las langostas de Annie Hall, un pequeño tratado sobre los amores irrecuperables: aquellos que creemos haber dejado atrás, pero que en realidad siguen ahí, acompañándonos, discretos y persistentes, como una forma añeja del recuerdo.
Fui a san Miguel de Allende después de más de veinte años; vi a un perro con las cejas pintadas, compré una figura de San Miguel Arcángel y me dio un ataque de tos antes de una reunión de trabajo. Una muchacha sentada en una banca me recordó a alguien del pasado. Probé ron de Santa Lucía y un destilado danés llamado Empirical que me invitó Clover, la talentosa hija de mi amigo Oswaldo.
En Insurgentes Sur, un anciano con el rostro cubierto por un paliacate me gritó «ÁNIMO, GÜERO, ÁNIMO» con tal enjundia que me levantó la emoción perdida, lo cabizbajo. Pensé que a menudo Dios se manifiesta a través de personas que están ahí afuera, aunque luego desaparezcan en la esquina.
Di un tour de 5 minutos por un museo a unos visitantes del exterior antes de que tuvieran que correr al aeropuerto para olvidarse de México. Una persona muy generosa preparó tinga para mí, entre otros detalles invaluables. Leí que en Año Nuevo los griegos untaban aceite en la frente a los niños deseándoles que vivieran tanto tiempo como los olivos.
En la Narvarte vi a un amigo más ilusionado que nunca. Otro amigo cumplió dos años con su novia y lo vi más ilusionado que nunca (y me regaló unas plumas que me inspiraron a volver a escribir). Y aquí estoy, con la esperanza de escribir más el próximo año.
Contacto:
Correo: yomiss[arroba]gmail.com
Twitter: @Bigmaud
También lee: No serán de mi equipo | Columna de Carlos López Medrano
El Cronopio
Gonzalo Celorio, su relación con San Luis Potosí | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash
EL CRONOPIO
Cerramos las entregas de El Cronopio del 2025, con el caso del ganador del Premio Cervantes 2025, el máximo galardón de las letras castellanas que fue otorgado a Gonzalo Celorio, escritor mexicano que se une a los seis mexicanos que han sido galardonados con este importantísimo premio. Octavio Paz (1981); Carlos Fuentes (1987); Sergio Pitol (2005); José Emilio Pacheco (2009); Elena Poniatowska (2013); y ahora Gonzalo Celorio, Reconocido por su “hondura reflexiva” y su defensa de la lengua española, el premio reconoce la obra de Celorio por su elegancia literaria, su lucidez crítica y su capacidad de explorar los matices de la identidad y la memoria. Pero también invita a mirar hacia atrás y recordar a los autores que antes que él, llevaron el español de México a la cima del mundo hispánico. El premio será entregado en abril del 2026 en el paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares en España.
La familia de Gonzalo Celorio está relacionada con San Luis Potosí, pues su padre al ser comisionado como inspector de timbres traslado a su familia a fines de la década de los treinta y principios de los cuarenta a radicar a San Luis Potosí, donde nacerían tres de los hermanos Celorio Blasco; Gonzalo Celorio nació en la Ciudad de México a donde fue su familia en ese peregrinar de trabajo del padre de Gonzalo, que lo llevó como trashumante a vivir en La Habana, Cuba donde nacieron sus primeros hijos, Estados Unidos, Guadalajara, San Luis potosí y México entre otras poblaciones.
La familia Celorio echaría ciertas raíces en San Luis, uno de los hermanos mayores de Gonzalo, Alberto Celorio, iría a radicar a Matehuala a regentear una tienda de sombreros y textiles propiedad de Santiago Vivanco, familia con la que tuvieron una relación muy cercana, y quien sería presidente Municipal de Matehuala en la década de los cincuenta.
La abundante biblioteca de Gonzalo Celorio inició al heredar una de las colecciones que su familia paterna comprara en San Luis Potosí, la enciclopedia juvenil ilustrada, lo que de cierta forma lo fue orillando al mundo de las letras.
Como parte de su formación, en los periodos vacacionales de estudios, entraba a trabajar con sus hermanos, de esta forma estaría en varias ocasiones viviendo en Matehuala, mientras trabajaba en la tienda de su hermano Alberto.
Parte de esa vida relacionada a San Luis es narrada en la saga dedicada a sus orígenes y que publicara en la editorial Tus Quets, Tres lindas cubanas, los apostatas y la más reciente ese montón de espejos rotos.
Este año de 2025, ha sido un año de reconocimientos, pues además de haber sido nombrado ganador del premio Cervantes, recibió la Medalla José Vasconcelos, que se une a los Premios Xavier Villaurrutia en 2023; el Premio Nacional de Ciencias y Artes en el 2020 en el campo de Lingüística y Literatura; El premio Mazatlán de Literatura en el 2014; el Premio Novela IMPAC-CONARTE-ITESM en 1999; y el premio Prix des Deux Océans (Biarritz 1977).
Gonzalo Celorio ha sido profesor de literatura en la Universidad Nacional Autónoma de México desde 1974, donde ocupa la cátedra “maestros del exilio español”. En 2019 fue elegido director de la Academia Mexicana de la Lengua y su obra ha sido traducida al inglés, francés, italiano, portugués, griego y chino.
Entre sus obras como ensayista y narrador se encuentran sus novelas Amor propio (1992), Y retiemble en sus centros la tierra (1999), y la trilogía “Una familia ejemplar”, formada por Tres lindas cubanas (2006), el metal y la escoria (2014) y los apostatas (2020), así como los ensayos El viaje sedentario (1994), México, ciudad de papel (1997), Ensayo de contraconquista (2001), cánones subversivos (2009) y Del resplandor de la lengua española (2016); Mentideros de la memoria (2022).
Reavivar su obre a través de la lectura es el mejor homenaje que podemos hacerle a este importante escritor mexicano que pone en alto las letras mexicanas y del que podemos recrear parte de la historia potosina en con sus obras de la saga familiar.
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