agosto 4, 2021

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#4 Tiempos

Poder de tribuna | Columna de Víctor Meade C.

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SIGAMOS DERECHO.

 

En aquellos ejercicios de pulcra transparencia y rendición de cuentas sin precedentes que tienen lugar en Palacio Nacional durante la mañana, nos toca escuchar a nuestro presidente desenmascarar a los más malos de todos los malos y a los más corruptos de todos los corruptos. Así lo hizo, por ejemplo, con los fideicomisos. Otra cosa es que prometió los informes de sus malos manejos en un plazo no mayor a 10 (diez) días, y que desde entonces los benditos informes vienen con un ligero retraso (desde octubre) y aún no se han presentado para su revisión.

También se cargó en contra del Juez Gómez Fierro, a quien acusó de actuar en favor de intereses privados por haber concedido suspensiones contra los efectos de la Ley de la Industria Eléctrica y ahora contra el padrón de datos biométricos. Ya acusó a todas y todos los ministros de la Suprema Corte de ser incapaces de acabar con la corrupción en el Poder Judicial, por lo que esa tarea le corresponde únicamente a Arturo Zaldívar.

La semana antepasada le tocó el turno al candidato del PRI-PRD a la gubernatura de Nuevo León, Adrián de la Garza. En la conferencia del 07 de mayo, el presidente acusó a De la Garza de cometer fraude electoral por repartir unas tarjetas rosas, dice, “con la intención de comprar el voto”. No perdió la oportunidad para repetir que él, al haber sido víctima de hartos fraudes electorales, tiene la obligación como ciudadano de señalar todos estos actos antidemocráticos. Claro, tampoco perdió la oportunidad de acusar a los medios de comunicación (“sus adversarios”) de hacer campaña en favor de los políticos de la oposición.

Y aunque la lista es interminable y todas sus injurias son igual de graves, me detendré en la del pasado miércoles 12 de mayo. Al presidente le hicieron una pregunta sobre la entrega de tarjetas de Carlos Lomelí en Guadalajara, de Clara Luz Flores en Nuevo León y de Ricardo Gallardo en nuestro estado, pero, como se imaginarán, no hubo respuesta alguna a ese cuestionamiento, sino que terminaron proyectando en pantalla una imagen del consejo consultivo de Mexicanos Contra la Corrupción. Acusó personalmente a algunos cuantos y en general lanzó varios calificativos y falsedades, ante lo que a mi parecer es un cuadro de honor de personalidades de la sociedad civil que no merecen más que un profundo respeto.

Hablando al menos de quienes ejercen la profesión jurídica en ese consejo consultivo, tengamos siempre presente que la trayectoria intachable y el trabajo serio de José Ramón Cossío, Sergio López Ayllón, Pedro Salazar Ugarte, María Marván Laborde y de María Amparo Casar ha sido invaluable en la construcción de las instituciones democráticas y del Estado de Derecho en este país.

Siempre alegando que sus desafortunados vituperios en las mañaneras son fruto de su pleno ejercicio de libertad de expresión, de su derecho de réplica o simplemente alegando que “como ciudadano no se puede quedar callado”, es de gran importancia realizar unas cuantas precisiones. ¿Puede nuestro presidente decir y hacer todo lo anterior?

Ciertamente, la mera intuición y el sentido común nos dicen que algo anda mal cuando un Jefe de Estado dedica dos horas de todas las mañanas a lanzar retos bravucones e insultos desde una tribuna oficial a medios de comunicación, sociedad civil, órganos autónomos, gobernadores, candidatos de oposición o cual sea el adversario en turno. Pero más allá de la sola intuición, existe una sutil pero muy significativa distinción jurídica que el presidente está pasando por alto, seguramente con pleno conocimiento de ello y con toda intención. Esa distinción radica en aquellas acciones que realiza en su carácter de autoridad y en aquellas que puede realizar como ciudadano.

Podemos describir la relación entre autoridad pública y ciudadanía en términos muy sencillos con aquella máxima jurídica que se conoce como Principio de Legalidad: «Para civiles, todo lo que no está prohibido está permitido. Para autoridades, todo lo que no está permitido está prohibido».  

Aunque en una primera lectura el principio de legalidad pareciera una frase muy sencilla y lógica, es importante reconocer que sobre esta fórmula están construidos el ejercicio de los derechos fundamentales de las y los ciudadanos;  y también las responsabilidades de quienes ostentan el poder. Por una parte, podemos desprender del principio de legalidad que el marco de acción de la ciudadanía es virtualmente ilimitado: uno puede hacer tantas cosas como se le ocurran, siempre y cuando no sean ilícitas. En otras palabras, los civiles tienen libertad en términos positivos y funcionan como un contrapeso a la autoridad. Por otra parte, dichas autoridades sólo pueden hacer aquello que la ley les permite expresamente; no más, no menos. Dicho de otro modo, las acciones de la autoridad están acotadas en términos negativos. En síntesis: la ciudadanía tiene derechos y las autoridades tienen facultades.

Lo anterior no quiere decir que el ciudadano Andrés Manuel y que el presidente Andrés Manuel sean personas distintas, ni que al momento de tomar protesta se extingue por seis años el ciudadano. Lo que quiere decir es que hay momentos en los que Andrés Manuel actúa en su carácter de autoridad —nada menos que como Jefe del Estado mexicano— y momentos en los que actúa en su carácter de ciudadano. En ese sentido, los domingos en su casa y fuera de su horario laboral puede realizar las actividades que le plazcan y señalar a los más malos de todos los malos y a los más corruptos de todos los corruptos. Pero hacerlo desde Palacio Nacional y ejerciendo sus funciones de presidente, cada palabra que pronuncie desde esa tribuna se configura como una declaración oficial que tiene efectos que son relevantes para todo el país.

El presidente tiene la facultad e incluso la obligación de informar de sus políticas y acciones gubernamentales y también de defenderlas. Pero esa defensa sólo podrá ser realizada a través de los mecanismos que la ley prevé para ello. Si sus políticas están siendo detenidas en tribunales por un pobre diseño legislativo, sus argumentos sólo podrán ser esgrimidos en los mismos tribunales y no hostigando a los jueces o pidiendo a la UIF que les investiguen hasta a sus familiares. También está completamente fuera de lugar acusar a actores de la sociedad civil —que, valga decir, lo han sido antes de él y lo seguirán siendo después— de ser sus “adversarios” o de “intentar derrocarlo” con financiamiento ilegítimo.

El presidente, con poder de tribuna, busca ganar amedrentando y hostigando desde lo más alto del poder todo lo que no está ganando en tribunales ni en elecciones. Desde hace tiempo, su discurso ha deteriorado las condiciones para la discusión democrática y eso no es normal ni tenemos por qué justificar su uso faccioso de espacios e instituciones oficiales. Claro que se puede defender, pero no puede seguir defendiéndose como lo hacía en campaña. Nos acercamos a la mitad del sexenio y aún actúa como candidato.

Hace falta que nuestra arquitectura institucional evolucione y se fortalezca para garantizar el cumplimiento de estas facultades y el respeto a los derechos de la ciudadanía. Las medidas cautelares que pueda emitir el INE con relación a los comentarios emitidos por el presidente sobre las elecciones realmente son insuficientes. ¿Acaso le van a dictar un arresto administrativo de 36 horas? Ciertamente no.

También lee: Los pormenores del desafuero | Columna de Víctor Meade C.

#4 Tiempos

Dos escritoras potosinas y sus novelas históricas | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

Después que Fernández de Lizardi publicara la primera novela en latinoamericana, el periquillo sarniento, en las primeras décadas del siglo XIX, el cubano Félix Varela, considerado como uno de los padres de la patria cubana, publicaba Jicoténcal que sería la primera novela histórica escrita en español.

A partir de entonces una gran cantidad de escritores han cultivado este género histórico en su trabajo narrativo. San Luis Potosí no ha sido la excepción para este tipo de trabajo y en la actualidad contamos con un par de ejemplos de escritoras que han incursionado en este género. A Estas escritoras les une el hecho de ser mujeres, del amor a su tierra, del interés por la historia regional, su rescate y difusión y por el placer de hacer narraciones. Las potosinas en cuestión son Sonia Saucedo Aguilar y María Concepción Nava Muñiz.

Con su trabajo han puesto en escena personajes y acontecimientos históricos que desde su pluma han novelado historias de la zona media y del altiplano potosino. Así, Ciudad del Maíz y Matehuala han sido los escenarios de sus historias que recrean acontecimientos de siglos pasados.

Otra característica de estas escritoras es la ausencia de apoyos y trabajos editoriales en el estado que cobijen este tipo de esfuerzos. Lo que es una constante en nuestro medio. Así, instituciones culturales y académicas sufren de esta debilidad en el terreno editorial. Lo anterior no ha sido un obstáculo para que estas escritoras hayan publicado con su propio esfuerzo una serie de libros que las colocan en el escenario cultural del estado.

Sonia Saucedo Aguilar, quien estudió sociología y que combina sus actividades con la escritura, ha escrito una saga de amor y nobleza situada en Ciudad del Maíz, que lleva el título de “dos razas y una nobleza”. Trilogía cuyo tercer volumen, fue terminado en el año 2018. En esta historia Sonia Saucedo recrea las leyendas y tradiciones de los ricos hacendados, los indios pames, despojados de sus tierras y los italianos que fundaron la colonia en Ciudad del Maíz, en torno a la historia de amor que protagonizan Isabel Moctezuma y Aldo Ferruli, pasando lista a una serie de importantes personajes de la vida política, y militar del estado, como los descendientes del emperador Moctezuma, o Francisco Barragán que llegó a ser Presidente de la República. En el fondo el interés de la autora es dar difusión a la historia de su tierra y en especial la de los italianos que fueron despojados de sus tierras por la influyente familia de los Diez Gutiérrez. Así, en la novela podemos recorrer parte de la historia de los pames y los movimientos pre revolucionarios sucedidos en aquellas tierras potosinas.

Por su parte María Concepción Nava Muñiz, originaria de Matehuala, S.L.P., estudió arquitectura y es especialista en patrimonio cultural. Ha escrito varias obras y entre ellas algunas narraciones históricas como su más reciente libro “oro, pasión y expiación”, donde recrea la vida de Dolores Huerta Careaga, una mujer que sobresalió a las mujeres de la época, previó su solvencia económica, tuvo dos maridos ricos y conoció a Miguel Baigén, del que se enamora locamente, y del que fue capaz de pagar el peso del hombre en lingotes de oro.

Ha escrito las obras: Matehuala una ciudad que agoniza; Matehuala corazón de la guachichila. Retablos barrocos potosinos, Rutas culturales de San Luis Potosí, ciudad virreinal y decimonónica y Un prócer matehualense que habla de la vida de Zeferino Flores, que promovió obras importantes como el acueducto de Laureles a Matehuala, que aproximadamente en 1770 puso a este lugar como una de las primeras ciudades de la república mexicana que tenían agua potable. Como se aprecia en los títulos, la historia regional de Matehuala se ve reflejada en sus libros y los personajes matehualenses forman parte del protagonismo en sus más recientes libros de narrativa.

Con su trabajo estas escritoras, nos proporcionan una vía amena para conocer sobre la historia de Ciudad del Maíz y Matehuala. Felicitamos a estas mujeres emprendedoras y agradecemos el interés por la historia de sus respectivas tierras potosinas y su esfuerzo por difundirla y acercarla al público en general.

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#4 Tiempos

#Editorial | Nueve años de La Orquesta y Jorge, el reportero que puso un medio

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Por: Luis Moreno

El primero de agosto del 2012, La Orquesta arrancó operaciones: era Jorge Saldaña sentado frente al monitor de su propia computadora de casa, en una oficina prestada. En aquel momento, Jorge cumplía con esa labor, quiero suponer, como un acto de amor propio, pues las circunstancias lo habían dejado marginado del juego público como a muchos otros que creyeron en Fernando Toranzo y luego fueron traicionados.

Conocí a Jorge unos meses antes de esa primera publicación, durante una fiesta en la que luego de que nos presentaran dio una locuaz y genial explicación de por qué, gracias al desayuno, la conquista estadounidense sobre México nunca sería posible al 100%. Recuerdo de manera general el discurso, pero mejor sería que algún día Jorge lo cuente.

Así es Jorge, un loco que cae en la casilla de la genialidad y que, como a todos, a veces le gana el loco al genio.

A Jorge, la historia del periodismo potosino debe reconocerle ser un pionero de los medios indie (usando un término de la época en que nos conocimos), pues, como a él mismo le gusta decir: La Orquesta es el primer medio de comunicación que no estuvo respaldado por una gran fortuna, que no sirvió como brazo armado para resolver en la arena pública los problemas de grupo de ricos y que no se anda con la mojigatería de decirse objetivo (creo que la neutralidad es un valor sobre estimado e imposible de acercar, porque ¿quién es dueño de verdades absolutas?).

Durante estos nueve años, La Orquesta ha tenido muchas configuraciones tanto en su esquema de trabajo como en el equipo que lo ejecuta, a veces ha sido más grande y ambiciosa de lo que Jorge pudo imaginar, para luego contraerse. Personalmente, lo veo como una larguísima curva de aprendizaje que nunca va a concluir. Pero estoy seguro que todos quienes trabajamos en ella intentamos tuvimos ratos de brillantez, sacada en buena medida por convección con el talento de Jorge.

Estos vertiginosos 9 años, han servido para que La Orquesta se demuestre a sí misma que es un medio de verdad. Una supervivencia tan prolongada hoy es garantía de permanencia.

Nuestro país y San Luis Potosí, en lo particular, viven una época de cambios que nos emociona ver y narrar, hemos sido testigos de la caída de muchas falsos pilares sociales y esperamos que se derrumben otros tantos. Ahí estaremos para tratar de interpretar el por qué de las cosas.

Por lo pronto, al culto público, le agradezco su paciencia y felicito a todas y todos mis compañeros que han militado en La Orquesta, muy en especial a Jorge, el reportero que puso un medio.

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#4 Tiempos

Crónicas de un voto anulado | Columna de Víctor Meade C.

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SIGAMOS DERECHO.

Ayer, como todos los domingos, desperté algo tarde, tomé café, leí algunas columnas y atendí mis rigurosos planes de hacer absolutamente nada por el resto del día hasta que llegara el momento de la noche en que me dispongo a escribir esta opinión.

Particularmente, el día de ayer tenía pensado no salir a votar en la consulta popular por los motivos que ya había expuesto en este espacio hace algunas semanas y por otros que se fueron sumando desde entonces. También había decidido que dedicaría estas líneas al —me parece— bobo, patriotero e injustificado linchamiento mediático que recibieron las jugadoras mexicanas de softball que dejaron en la basura parte de sus uniformes olímpicos.

Para bien o para mal, mis planes se interrumpieron cerca del mediodía, hora en que uno de mis hermanos me pidió que lo acompañara a vacunarse. Ya de vuelta a casa pasamos por enfrente de la mesa de votación de la consulta, que para sorpresa de nadie se encontraba absolutamente vacía salvo por los seis vecinos y vecinas funcionarias de casilla. Nos seguimos de largo.

Una vez en casa, con muchas preguntas y sin respuesta cierta a ninguna de ellas, sentí la inmediata necesidad de acudir a la mesa de votación y sufragar; al menos para vivirlo en carne propia y no solo a través de los testimonios de otros pocos. Decidido a participar, aún sin saber exactamente en qué sentido, me replanteé los tres posibles escenarios: votar por el «no»; votar por el «sí»; o anular mi voto.

Primero descarté votar por el «no» por razones que para este punto espero que sean obvias; quiero suponer que realmente todas y todos estamos de acuerdo en que los fenómenos de violencia, corrupción y abuso tienen que detenerse, investigarse, repararse. Aunque, claro, también me parece completamente válido y razonable votar «no» a semejante pregunta.

Descarté también votar por el «sí» porque, de nuevo, se trata de una pregunta que no tiene ni pies ni cabeza, es decir, no tiene ningún cauce procedimental definido.

También porque lo que sea que vaya a suceder después pudo haberse realizado sin la consulta y sin todos los costos que representó; la Corte lo menciona muy claramente en la sentencia: se trata de facultades discrecionales, o sea, pueden activarse cuando exista la voluntad para hacerlo. Además porque el gobierno y sus aliados promovieron esta consulta desde la mentira y la desinformación mañosa, repitiendo mil veces el cuento de los “juicios a expresidentes” y otra sarta de falsedades.

Sobre la anulación de mi voto, consideré que al menos para mí ello representaría una buena opción para participar en este ejercicio sin caer en las dinámicas obstinadas de los extremos del oficialismo y de la oposición, que, sin ningún plan, sólo llaman a votar por votar, o a contradecir por contradecir.

Anular también representaría una manera de aportar al total de votos necesarios para la obligatoriedad del resultado sin tener que votar por el «sí» y validar todo lo mencionado en líneas anteriores. No hace falta que lo digan, sé muy bien que los 37 millones de votos jamás se iban a alcanzar en estas condiciones. Sin embargo, la razón por la cual vale la pena sumarse a este ejercicio y buscar el resultado obligatorio es para respaldar a los colectivos de víctimas que ven en esta consulta una buena oportunidad para seguir luchando por la creación de comisiones de la verdad y de otros mecanismos dirigidos a atender fenómenos de violencia sistemática y no solo a hechos delictivos y
responsabilidades aisladas.

Bajo esas dos premisas —pensar la consulta desde el matiz, no desde la polarización sorda y simplona; y la necesidad de que sean las víctimas el centro de la discusión— acudí a la mesa cercana a mi domicilio a emitir mi opinión: una X grande rayada por toda la boleta. Ahora bien, de ninguna manera pretendo presentar mis motivos como correctos o más válidos que otros. Mientras no comprendamos que toda manifestación democrática que se realice de manera consciente —votar en cualquier sentido, o incluso no acudir a votar— es tan válida y respetable como cualquier otra, nuestros procesos deliberativos valdrán para muy poco.

Hay que decir que los votos emitidos por el «sí» o aquellos anulados que coinciden con el objetivo aquí descrito no servirán para nada si este ejercicio solamente inició y terminó el 1 de agosto. Pensar en esta consulta popular como un fin y no como uno de varios escalones es terriblemente equivocado; ante la pequeñez de este gobierno, los grandes esfuerzos de la ciudadanía tendrán que seguir siendo los que lleven la atención a lo más urgente: verdad, justicia y reparación para quienes han sufrido lo peor de nuestros gobiernos, incluido el actual.

El tiempo, el trabajo y la lucha invertida en los próximos meses definirán el verdadero resultado de esta consulta. Mientras tanto, vivir este primer ejercicio de democracia directa me deja —y supongo que a muchos y muchas más— decepcionado, con las ideas nubladas y buscando las respuestas que definitivamente no encontré mirando detenidamente y por varios minutos la tinta indeleble que marca mi pulgar derecho.

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