#4 Tiempos
Pecado original | Columna de Juan Jesús Priego
LETRAS minúsculas
Aquel día, él y ella tuvieron lo que suele llamarse «un serio altercado». Es verdad que ya antes habían tenido muchos otros igual de serios, y que cada vez que los tenían acababan arrojándose lo que encontraran a mano, desde vasos, platos y sillas, hasta frascos, floreros y libros. La diferencia entre este altercado y los anteriores estaba, sin embargo, en que la ruptura ahora sí parecía ser definitiva y total. «¡Esto se acabó!», dijo ella subiendo las escaleras que llevaban a su cuarto mientras braceaba desesperadamente para no ahogarse en el mar que iban formando sus lágrimas en el suelo. «¡Es claro que se acabó!», dijo él, tomando una maleta, llenándola con lo que encontraba a mano y haciendo chirriar, ya en la avenida, las llantas de su automóvil.
A los doce días de aquel «penoso incidente», la esposa telefoneó a su madre para suplicarle que viniera a pasarse con ella una temporada. ¡Se sentía tan sola, tan deprimida! Mas la buena señora no llegó sino una semana después, es decir, hasta el día número diecinueve de aquella dramática separación. Cuando hubo transcurrido exactamente otra semana, ocurrió algo tan sorprendente como inesperado, y es que el marido pródigo volvió al hogar trayendo de los lugares por donde anduvo una cara muy larga y muy hinchada, símbolo inequívoco de cualquiera de estas dos cosas: de haber dormido mal o de haber bebido bien. Mientras introducía la llave en la cerradura, se encontró con la novedad de que ésta había sido cambiada y que para entrar a su casa tenía necesariamente que llamar a la puerta. Y ya se estaba arrepintiendo de haber regresado cuando oyó que una voz le preguntaba algo desde el interior: era su suegra, que preguntaba:
-¿Quién es?
Tan pronto como la buena mujer vio que era su yerno, al abrir retrocedió espantada e hizo el ademán de esquivar un golpe (¡tan grande era la fama que su hija le había creado de golpeador!). Viendo aquel gesto ridículo, el joven esposo preguntó ofendido:
-¿De qué tiene miedo, señora? ¿De que le pegue? No tenga miedo. ¿Es que acaso la quiero a usted?
El esposo tenía razón: sólo los que nos quieren pueden hacernos daño. Los otros, no; los otros son inofensivos: sus palabras apenas nos alcanzan; ante sus gritos o sus amenazas podemos pasar de largo, hacer caso omiso o taparnos los oídos, como hizo Ulises en el país de las sirenas. «La verdad es que nadie puede herirnos –reconoce Jorge Luis Borges en el prólogo a su Elogio de la sombra-, salvo la gente que queremos».
¡Qué poder tienen sobre nosotros las palabras de estas personas! Una, una sola de ellas puede levantarnos o hacernos morir de pena. Y si Borges tenía razón al decir lo que dijo, no se equivocaba François Mauriac (1885-1979) cuando afirmó mucho antes que aquél: «Ser amado es hacer sufrir».
Pero, ¿qué tiene que ver el amor con el sufrimiento? Mucho, pues amar a alguien es hacerlo sensible a nuestras pasiones y causarle a veces, por tanto, un gran dolor. Y no por maldad, no, sino porque al amar a ciertos seres los tenemos en nuestra mano –o nos tienen ellos en la suya- y cada movimiento de ella nos afecta –o los afecta- para bien o para mal. Sí, sólo aquellos que nos quieren pueden verdaderamente hacernos daño.
Los primeros golpes, las primeras heridas, ¿no las recibimos en casa siendo niños? Quizá por no haber hecho nuestros deberes, o por negarnos a ejecutar quién sabe qué tarea que era imposible dejar para mañana. De modo que las heridas que siguieron a aquellos primeros golpes, es decir, nuestros traumas de hoy, aunque nos duela reconocerlo, no se los debemos –como sucede a menudo en los cuentos infantiles- a hadas malévolas o a gnomos infernales, sino a padres o hermanos, tíos, abuelos o primos que decían querer sólo nuestro bien, es decir, a seres que nos amaban. Una vez conocí a un muchacho que le decía a su hermano menor:
-Si no me consigues diez pesos, diré que te vi haciendo esto y lo otro.
-Pero si yo no he hecho nada de eso –respondía el pequeño casi a punto de echarse a llorar.
-No importa, de todos modos lo diré. ¿Crees que no puedo hacerlo? ¡Entonces verás cómo te va!
Y el niño robaba, literalmente robaba, para conseguirle dinero a su hermano y no ser acusado de algo que no había hecho. ¡Ah, pero una vez que aquél fue mordido un día por un perro rabioso, el hermano mayor lloraba cual si la víctima hubiera sido él! ¿Quién puede calcular el odio de que es capaz un corazón que ama? ¿Quién de cuánto amor es capaz un corazón que odia?
Y los mismos padres, ¿no han recibido los golpes más dolorosos de sus hijos que de sus enemigos? «¡Es que ese viejo…!», oí que decía una vez alguien de su padre. Como confesaba la esposa del gobernador de San Petersburgo en una novela de Ricarda Huch (1864-1947), la novelista alemana, a veces parece que «los hijos están aquí para vengarse de nosotros. Los hijos son los únicos seres con los que actuamos de forma completamente desinteresada, y por eso son los únicos que de verdad pueden destruirnos».
Recuerdo que cuando nació el hijo de mi hermano, mi padre se apresuró a cargarlo y a decir en alta voz como quien dice algo muy gracioso:
-Vaya, vaya, por fin nació mi vengador.
¿Por qué el amor ha de ser siempre temblando, por qué ha de hacer siempre llorar? Que alguien me conteste esta pregunta. Y si al responderla no habla, aunque sea de pasada, del pecado original, pensaré que se ha quedado en la superficie, o que simple y sencillamente está jugando. Algo malo debe haber en el hombre para que allí donde ponga la mano –o el corazón- cause siempre un estropicio.
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El Cronopio
El formador de humanistas, Villaseñor Tejeda | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash
EL CRONOPIO
Hace setenta y un años iniciaban las actividades académicas de la extinta Facultad de Humanidades de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí (UASLP) desaparecida ignominiosamente por motivos políticos en 1962. La UASLP caía en un largo periodo de oscurantismo del que costó salir, en la década de los ochenta, con el esfuerzo de la planta académica que comenzó su formación en la propia UASLP y que redondeara esa formación en universidades e instituciones de vanguardia a nivel mundial.
Sesenta años después se restablecían en la UASLP estudios humanísticos y sociales. Los primeros tiempos de aquella Facultad de Humanidades fueron brillantes y una pléyade de profesores figuraron en el claustro académico de la UASLP, muchos de los cuales han caído en el olvido y que hemos estado recordando en esta columna, tanto a profesores como profesoras que aparecen en el libro Damas de Potosí, perfiles publicados en La Orquesta.
En cuanto a la licenciatura de filosofía, activa en la actualidad en la UASLP, que cumple once años de ser reactivada, pues esta carrera era una de las carreras que existían en aquella Facultad de Humanidades, requiere conocer sus antecedentes y principalmente los profesores que le dieron vida en la década de los cincuenta y principios de los sesenta.
Uno de esos profesores fue José Villaseñor Tejeda, que impartió cátedra en la Facultad de Humanidades potosina de enero de 1958 a agosto de 1962, año y mes en que fue cerrada. A decir de Josefina de Ávila Cervantes, estudiante y profesora de la mencionada Facultad y de quien hemos tratado en esta columna, “el profesor Villaseñor fue el eje silencioso del cual partían y al cual volvían maestros y alumnos”.
En ese lustro de trabajo en la UASLP por formar maestros en filosofía y en letras escribiría su Introducción a la Filosofía, su estudio sobre la Crítica de la Razón Pura y sus ensayos sobre Sócrates, Freud, Proust, Dostoievski, el humanismo y otros temas que fueron publicados en la Revista de la Facultad de Hum anidades, en Letras Potosinas y en Vitral, revista del Instituto de Cultura Superior, así como escritos inéditos consistentes en investigaciones filosóficas, ensayos sobre arte: pintura, cine, literatura.
José Villaseñor Tejeda murió joven, a los cuarenta años, el 23 de diciembre de 1968 en la Ciudad de México a donde fue a laborar al Instituto de Cultura Superior después del cierre de la Facultad de Humanidades. En ese Instituto reestructuró el curso filosofía de la religión que había iniciado en la UASLP.
Villaseñor comenzó sus estudios de filosofía en el Seminario Conciliar de México y para 1947 pasó a la Universidad Nacional Autónoma de México donde terminó sus estudios de maestría en filosofía. Al terminar, ingresó como profesor a la Universidad de Guanajuato donde laboró por un poco tiempo al renunciar en protesta por el despido de un grupo de compañeros de trabajo tratados injustamente por las autoridades escolares.
Su compañera de aventura académica en la UASLP, la mencionada Josefina de Ávila lo retrata en un comentario de recuerdo: “La contrapartida de su historia -la que ofrece tan poco a aquellos que esperan todo de los hechos-, fue (usando términos suyos), su intrahistoria. Para quienes no traducen su propia existencia como un activismo urgente y aceptan, por el contrario, que la aventura del espíritu no puede ser corrida con la esperanza de una respuesta concreta y tranquilizadora sino con la pura actitud contemplativa, encontrarán en su obra una invitación a detenerse ante el misterio develable que envuelve y penetra esto que llamamos el Universo”.
El recuerdo de quienes contribuyeron al desarrollo de nuestras instituciones y, participaron en la formación de la juventud potosina y profesionales que contribuyen al desarrollo social es imprescindible en una institución que se jacta de ser representativa de la educación superior en el país; pero más importante es darles vida manteniendo su obra en difusión.
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Acento Ajeno
Educar en el siglo veintiuno es un acto de fe, no solo de vocación | Columna de Haniel Valdés Velázquez
ACENTO AJENO
Por: Haniel Valdés Velázquez
¿Te has fijado que en las escuelas hay muchas maestras y maestros veinteañeros o apenas llegados a sus treintas? Hay mucha gente joven llevando en sus hombros el futuro de este país.
Muchos recién egresados de las universidades están eligiendo el magisterio como forma de vida, muchos viven hoy de formar nuevas generaciones, de enseñar lo que pocos años antes aprendieron. Y creo que no lo ven solo como un trabajo, lo ven ya, quizás inconscientemente, como su misión de vida.
Las redes sociales se han llenado de nuevos maestros que comparten sus experiencias, sus historias frente a un aula, y están construyendo una forma distinta de educar, una de cercanía, de compañerismo, de ser uno más de sus alumnos, porque sí, educan, enseñan, pero también aprenden y crecen en el proceso.
Las escuelas son hoy, más que nunca, una bonita convergencia de generaciones, maestros experimentados, con años frente al pizarrón, alumnos muy jóvenes y que apenas comienzan ese largo camino que es el crecer, y noveles maestros, más cerca en edad de sus alumnos que de sus compañeros de profesión, que inician su vida laboral en la más noble de las tareas, educar.
A veces sin apoyo institucional, con un Mario Delgado como secretario de Educación Pública al que le falta la educación y el sentido común, con directivos a distintos niveles, que se preocupan más por las ganancias o los días libres que por el objetivo principal de los centros educativos, los maestros siguen firmes en su convicción de que sin su trabajo no existirían los demás, no habría mañana.
Educar, en pleno siglo veintiuno, en este mundo en el que vivimos, no solo es un acto de valentía, es un acto de fe, de esperanza, de profundo amor. ¿Cómo no creer en ustedes, que hoy entregan tanto?
No felicito a los maestros hoy, eso ya lo han hecho todos, mejor les pido disculpas, por las veces que fui del grupito de atrás que había que separar, por las tareas sin hacer, hasta por los padres incomprensivos que no supieron ver que su hijos no eran los angelitos que ellos pensaban.
Mejor les agradezco, sé que su labor no la hacen esperando la felicitación del único día del año que parece nos acordáramos de ustedes, les agradezco por seguir, por levantarse en las mañanas y salir dispuestos a cambiar vidas, a formar personas de bien, por no pensar en las carencias y solo ver oportunidades de crecimiento en cada alma que llega a sus clases.
A ustedes maestros, gracias, que no se les acaben nunca la experiencia, la creatividad, el amor y sobre todo, que no se les acabe nunca las ganas de construir futuro.
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El Cronopio
Filosofa Paula Gómez Alonzo y el papel de las mujeres en la cultura | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash
EL CRONOPIO
Con el propósito de preparar a las mujeres universitarias para que sirvan con mayor eficacia a los intereses de la colectividad, cooperando en esta forma al engrandecimiento de la Patria, se formó en la década de los cuarenta del siglo pasado la filial en San Luis Potosí de la organización Universitarias Mexicanas, situación ya tratada en esta columna.
Universitarias mexicanas en San Luis Potosí, reunía a las mujeres que estudiaban e impartían cátedra en la Universidad Autónoma de San Luis Potosí. La filial potosina tenía dos labores de fondo, una de aspecto cultural y, la otra de orden social; en el aspecto cultural se incluían charlas y conferencias sobre diferentes problemas de orden intelectual; la otra, de orden social que abordaba problemas como el de la miseria, la desnutrición infantil, entre otros. La desocupación, la prostitución y otros muchos, de los cuales hacen un minucioso estudio para luego presentarlos a las autoridades competentes y cooperar con ellos a su resolución.
Este movimiento nacional englobaba a un buen número de mujeres que se desempeñaban en el ámbito universitario y que contribuían al desarrollo del país en diversas áreas de estudio. Una de estas mujeres que colaboró con el grupo potosino y que visitó San Luis Potosí a dictar conferencias públicas fue la Doctora en Filosofía Paula Gómez Alonzo.
En 1953 dejaba la presidencia de la filial potosina de Universitarias Mexicanas, Rosario Oyarzun, ya tratada en esta columna, y se organizaron una serie de conferencias públicas, como era costumbre y como dictaban los objetivos de la agrupación femenina. Esa serie de conferencias estuvo marcada por los temas de filosofía, dándose cita en San Luis Potosí las escasas mujeres que realizaban filosofía en México y que se habían formado en la década de los veinte y treinta, como filósofas.
Paula Gómez Alonzo se considera la primera mujer en participar en la filosofía académica en México. Como es el caso de otras mujeres, realizó al menos un par de carreras para su formación, la del magisterio, como era común para ellas, y la carrera de filosofía, que cursó en la Universidad Nacional Autónoma de México. Esta condición de caminar entre brechas en la formación y en el interés de estudio de las mujeres, hasta llegar a su objetivo de formación, lo subraya la propia Paula Gómez: “a las mujeres se les excluye de la educación, pero se les reprocha que no sean cultas”.
Paula Gómez nació en Etzatlán, Jalisco el 1 de noviembre de 1896. En 1932 recibió el grado de maestra en filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM
defendiendo la tesis: la cultura femenina; en 1951 recibe el grado de Doctora en Filosofía en la propia Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, con la tesis: filosofía de la historia y ética.Paula Gómez es una de las fundadoras del estudio de la filosofía en México, aunque poco o nada se le menciona en este sentido. En 1943, creó el curso de Historia de la Filosofía en México que se imparte en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, de la que fue profesora de tiempo completo desde 1933 y en la que laboró por treinta y tres años; pero desde 1925 dictaba cátedra en la Escuela Nacional Preparatoria.
Impartió clase en todos los niveles educativos, además de su participación en actividades públicas de educación informal, como fue su participación en 1953 en San Luis Potosí y en actividades de dirección, al encargarse de 1930 a 1940 de la subdirección de la Escuela Secundaria número 8 y directora de la Escuela Normal Superior de 1947 a 1948.
Paula Gómez se convertiría en la primera mujer en recibir un Doctorado Honoris Causa, por su valiosa contribución al desarrollo de la educación y la filosofía en México. En 1962 la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo se lo otorgó. Cuestión que es digna de mencionar, pues Paula Gómez, como otras de sus compañeras que hicieron filosofía en esa época, no suele mencionarse en la historia de la filosofía mexicana. Ya lo establecía Paula Gómez: “la diferencia entre los sexos es injusta, pues mientras la psicología del hombre parece separarse del especto físico, en la mujer se reduce a este”.
Paula Gómez Alonzo, que sentó las bases para la reflexión del papel de las mujeres en la cultura, murió en Coyoacán, en la Ciudad de México el 3 de noviembre de 1972.
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