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Los tacos rojos de Tequis: 62 años de tradición
Doña Juanita cumplió, en este 2021, 90 años de vida y nos contó cómo se convirtió en la vendedora más famosa de este platillo
Por: Ana G Silva
El Jardín de Tequis, al ser parte de los barrios originales de San Luis Potosí, guarda historias que son parte del legado de la ciudad. Es la representación de un estilo de vida al que cada tarde se puede acudir a caminar, conversar, comer algo… disfrutar. Entre las tradiciones contemporáneas de Tequis, los tacos rojos de Doña Juanita, que en el 2021 cumplieron 62 años, ocupan un lugar especial, ya que este pues se ha convertido en el más famoso y antiguo de San Luis Potosí en cuanto a este platillo.
Visitamos a Juana Paredes Torres, la dueña y fundadora del negocio, para conocer su historia y descubrir las anécdotas que desde sus tacos, ubicados en la esquina de Mariano Arista y Mariano Ávila, ha vivido.
Doña Juanita cumplirá 90 años de vida el próximo 30 de marzo. Su decisión de vender tacos rojos llegó luego de que la mujer que los hacía cerca del lugar falleció en 1959.
“La señora llamada Camila murió y junto con mi suegra nos fuimos a venderlos, ella fue la que me convenció. Empecé a vender en una cazuela enchiladas, ya después nos animamos a vender los tacos rojos”.
Juana narró que originalmente su negocio se encontraba a unos metros de su ubicación actual; sin embargo, se abrió un restaurante y tuvo que pedir el permiso del gobierno municipal para poder instalarse en el Jardín de Tequis donde ha trabajado desde 1979.
La mujer explicó que cuando empezó a vender los tacos los calentaba con petróleo, posteriormente leña, carbón y ahora con gas. Su negocio, por más de seis décadas, le ha permitido mantenerse a ella y a su familia, formada por nueve hijos:
“Empecé a vender los tacos rojos y les gustan mucho, no me quejo, solo que antes era muy barato todo, compraba 3 pesos de manteca y se ajustaba bien, ahora invierto más de 2 mil pesos para vender los tacos, pero aun así puedo seguir manteniendome y ahora saco para mis medicinas y mi renta”.
Por desgracia, Doña Juanita dijo que desde hace 8 meses tuvo que retirarse debido a que perdió la vista de un ojo; no obstante, sus hijos y nietos han continuado con la venta de los tacos rojos: “También les quedan bien porque sí venden. Tengo dos hijas que son las que se encargan del negocio y mis nietos les ayudan, a todos les pago”.
Doña Juana señaló que nunca creyó que duraría tanto en el trabajo, además de que tampoco se imaginó que podría llegar a ser reconocida en el estado: “Gracias a dios he estado tanto tiempo y espero que sea más, pero también estoy dispuesta a todo, cuando él ordene con todo gusto me voy”.
La señora destacó que sus clientes no solo radican en la capital potosina, sino de otros municipios e incluso de otros estados, pues cuando los visitantes llegan a la ciudad y piden recomendaciones para comer algún platillo típico, muchas personas recomiendan “los tacos rojos de Doña Juanita en el Jardín de Tequis”.
“Me dicen que vienen de muchos lugares. Estoy muy agusto porque la gente me saluda y me respeta”.
Doña Juanita dijo que gracias a los años que ha trabajado en ese lugar ha visto la transformación de San Luis Potosí y su gente, además de que su negocio pudo conocer a figuras como Salvador Nava.
Entre las anécdotas de Doña Juanita esta que fue niñera de Xavier Nava, ex alcalde de la capital: “cuando él tenía 12 años, yo iba a casa de su abuelita. A Conchita Nava le vendía tacos, pero también le limpiaba y le lavaba y es que ellos vivían muy cerca, a la vuelta de mi casa”, detalló; agregó que Xavier Nava solía ser un “niño bueno” al cual recuerda con cariño.
En 2019, está vendedora recibió un reconocimiento del Ayuntamiento por su contribución a la gastronomía potosina al cumplir 60 años en su negocio. No obstante, indicó que no ha sido el único, pues en 2008 el entonces gobernador Marcelo de los Santos también lo hizo por “su labor y trayectoria”.
Juana señaló que no podría decir lo que hace diferentes a sus tacos rojos del resto, pero resaltó que la limpieza es importante al momento de prepararlos. Puntualizó que ella utiliza chile guajillo y ajo para hacer la salsa que es lo que le da el sabor característico.
“Hay que usar el chile guajillo porque con ese queda rojo el taco y con el chile ancho, que lo utilizan algunos, quedan negritos. También hay que licuarlo bien”.
Doña Juana indicó que actualmente la orden de tacos cuesta 60 pesos, la cual contiene 6 tacos con verdura y queso: “llevan su lechuga, sus cueritos, su salsa si gustan, con queso arriba, se ponen los taquitos formados, encima solo va un taco atravesado y el puro queso”.
Doña Juana sabe que no podrá atender su puesto para siempre, ahora con su padecimiento médico ha optado por retirarse a su casa en donde realiza la preparación previa, cómo elaborar la salsa, rayar el queso, picas las verduras; sin embargo, la tradición parece estar a salvo, pues todo indica que su familia continuará con las ventas.
¿CUÁL ES EL ORIGEN DE LOS TACOS ROJOS?
León García Lam, doctor en antropología por el Colegio de San Luis, indicó que el origen de los tacos rojos, como todas tradiciones, es incierto, pero seguramente es parte de un conjunto de alimentos enchilados como quesadillas, enchiladas, tacos, etcétera, el cual tendría que ver con la combinación de la cultura europea y la originaria de México.
El antropólogo resaltó que lo que hace a este platillo especial es el chile rojo que es lo que lo vincula con el resto de alimentos “enchilados”; sin embargo, su importancia para el estado radica en el vínculo o unión que estos taquito producen entre potosinos y foráneos, “cada vez que los compartimos generan tejido social”.
García Lam contó que este platillo puede ser encontrado principalmente en las fiestas de barrio en San Luis Potosí: “pero estoy seguro que de se pueden comer los mejores en cualquier hogar potosino, todos tenemos una tía o una abuela que hace unos deliciosos taquitos rojos”.
León García destacó que los tacos rojos están fijados en el gusto de las personas, pues remiten al sabor del hogar.
El experto resaltó que en realidad no existe ninguna diferencia entre los tacos rojos de San Luis Potosí con las enchiladas zacatecanas o las enchiladas michoacanas, solo hay una transformación en el nombre variaciones ligeras en su preparación:
“A lo que se le conoce como taco en un lugar se le conoce como enchilada en otro y viceversa. Hay diferencias como las mismas enchiladas potosinas se sirven de manera diferente en la capital, que en La Pila, como en Soledad o en Santa María del Río, cada una tiene una diferencia en su presentación”.
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El olor a descomposición llegaba a la calle; la indiferencia llegaba más lejos | Editorial de La Orquesta
Durante años, un hombre habría vivido de reproducir perros sin poder ofrecerles ni agua, ni comida, ni una muerte digna. No eran perros, eran mercancias hasta que dejaron de existir
Por: La Orquesta
La crueldad humana no puede justificarse en nuestra condición de seres humanos complejos e imperfectos, es un porqué pero no una justificación.
Lo ocurrido en Milpillas es difícil de procesar. No por falta de información, sino porque mientras más se sabe, más insoportable resulta imaginar el sufrimiento que soportaron esos animales.
Es constante el intentar entender a las personas crueles. Decimos que tuvieron una infancia complicada, que padecen enfermedades mentales, que son producto de la pobreza, de la ignorancia, del abandono institucional o de una sociedad enferma. Todo eso puede ayudarnos a entender de dónde viene la violencia. Es un porqué, pero jamás puede convertirse en una justificación.
Porque el hombre que operaba este criadero vivía de los perros. Su trabajo consistía, básicamente, en encerrar a un macho con una hembra dentro de una jaula para que se reprodujeran, vender las crías y repetir el proceso una y otra vez. Nada más. Explotaba animales para obtener un ingreso económico y aun así no pudo ofrecerles lo más elemental: agua accesible, alimento suficiente, atención veterinaria, un espacio limpio o una muerte digna.
La normalización de estos actos de personas así es profundamente preocupante. Vecinos cuentan que llevaba años funcionando de esta manera. Durante años, al parecer, para él fue insignificante que los perros sufrieran. Era irrelevante que estuvieran en los huesos. Era irrelevante que agonizaran. Era irrelevante que compartieran espacio con cadáveres de otros perros, que respiraran el olor de cuerpos en descomposición, que algunos nunca hubieran recibido una caricia, un paseo, una manta durante el frío o un tratamiento para enfermedades.
Y entonces aparece la pregunta más dolorosa: ¿cuántos perros murieron ahí? ¿Cuántos nacieron solo para ser vendidos? ¿Cuántos pasaron toda su vida dentro de una jaula? ¿Cuántos agonizaron durante días antes de morir? ¿Cuántos soportaron el hedor de otros muertos porque ni siquiera eran retirados de las instalaciones? ¿Cuántos más existen en otros patios, bodegas o periferias de este país y nunca los conoceremos porque nadie denuncia, porque las autoridades no van o porque aprendimos a convivir con el horror?
El causar dolor a un ser vivo indefenso habla mucho más de quien infringe ese dolor que de quien lo recibe. No hablamos únicamente de perros. Las personas hieren personas. Torturan personas. Matan personas. Las razones pueden ser políticas, económicas, sociales, familiares o personales, pero muchas veces tienen un hilo conductor: herir a otros desde las propias heridas no resueltas.
A quienes observamos desde fuera nos conmueve el sufrimiento, especialmente cuando se trata de seres incapaces de defenderse. Un perro no es una persona. Nunca lo será. Pero reconocer esa diferencia tampoco justifica minimizar el dolor que sentimos al imaginar la crueldad que soportaron estos animales. Deprimirnos ante ello no nos hace exagerados; probablemente nos hace una sociedad un poco menos enferma.
También debemos aceptar algo incómodo: la cárcel por si sola no cura a quien necesita infligir dolor. El castigo punitivo no repara la empatía rota de una persona. Sin embargo, sí debe existir un castigo ejemplar. Y en México, particularmente en San Luis Potosí, los castigos por maltrato animal suelen ser una burla. Hemos visto agresores salir prácticamente ilesos tras entregar costales de croquetas, cumplir medidas mínimas o evitar condenas efectivas, a pesar de que la legislación contempla penas de hasta cinco años de prisión en casos graves.
Quizá la prisión no transforme a un maltratador, pero las sanciones económicas severas sí pueden convertirse en un mecanismo disuasorio. A muchos les duele más perder dinero que saber que otro ser vivo sufrió bajo su responsabilidad.
La omisión institucional también es parte del problema. Resulta frustrante que cuando alguien roba un vehículo existan operativos, seguimiento y reacción inmediata, pero que cuando un policía observa a un animal siendo golpeado, encadenado, abandonado o muriendo lentamente, pocas veces intervenga. El maltrato animal debería asumirse con mayor seriedad y atenderse como un indicador de violencia social, no como una falta menor.
Hay otro componente incómodo: la periferia. En muchas comunidades alejadas de los centros de poder parece existir un mensaje tácito de impunidad. Ahí la gente construye sin permisos, quema basura, tira escombros, abandona animales y, a veces, opera criaderos clandestinos durante años sin consecuencias. Es un abandono institucional que termina normalizando cualquier cosa.
Finalmente, hay una responsabilidad colectiva que rara vez queremos asumir. Mientras siga existiendo un mercado dispuesto a pagar miles de pesos por un cachorro de determinada raza, seguirá habiendo personas dispuestas a reproducirlos en serie. Tal vez deberíamos dejar de decir “me encantan los perros, pero solo de tal raza”, porque ese supuesto amor muchas veces alimenta la industria que los convierte en mercancía.
El caso de Milpillas es indignante. Pero sería aún más indignante descubrir que dentro de unos meses volvemos a compartir fotografías de otro criadero, de otro perro en los huesos, de otro cadáver cubierto con cal, y reaccionamos con sorpresa, como si no supiéramos que el problema nunca fueron solamente los animales abandonados.
El problema es la facilidad con la que aprendimos a convivir con la crueldad.
También lee: Era peor de lo que se imaginaba: Animalistas rescatan a perros de criadero clandestino de Milpillas
Ciudad
Era peor de lo que se imaginaba: Animalistas rescatan a perros de criadero clandestino de Milpillas
Perros husky y pastor alemán en los huesos, animales agonizando dentro de jaulas, cadáveres cubiertos con cal, restos reducidos a mechones de pelo, un olor nauseabundo que llegaba hasta la calle y hasta lechones muertos dentro del predio
Por: Ana G Silva
Lo que vecinos y rescatistas encontraron al ingresar a un presunto criadero clandestino de perros en la fracción Milpillas fue descrito por ellos mismos como una escena “horrible, difícil de ver, de oler y profundamente triste”.
La tarde del miércoles, colectivos animalistas potosinos acudieron al domicilio señalado desde hace semanas por habitantes de la zona como un sitio donde se criaban y comercializaban perros husky y pastor alemán en condiciones inadecuadas. La intervención ocurrió luego de que el caso se viralizara en redes sociales, ante la falta de respuesta de autoridades municipales y estatales, pese a denuncias previas realizadas por vecinos.
Al llegar al inmueble, las rescatistas no localizaron a los cachorros que anteriormente habían sido observados en el lugar y que presuntamente eran comercializados incluso a la orilla de la carretera. De acuerdo con testimonios de quienes participaron en el rescate, aparentemente algunos animales fueron retirados antes de su llegada y hubo intentos por limpiar parcialmente las instalaciones.
Entre las acciones que detectaron se encontraba la colocación de recipientes con agua; sin embargo, ésta permanecía fuera de las jaulas, imposibilitando que los perros encerrados pudieran acceder a ella.
A pesar de ello, numerosos ejemplares permanecían confinados en jaulas pequeñas, sin alimento y en condiciones de extrema desnutrición. Algunos perros se encontraban prácticamente reducidos a piel y huesos, mientras que otros presentaban un estado de salud tan delicado que las voluntarias consideraron que estaban al borde de la muerte.
Las activistas denunciaron además la presencia de grandes cantidades de cal esparcidas en distintas áreas del predio, particularmente en zonas donde localizaron perros muertos en avanzado estado de descomposición. El olor, señalaron, era nauseabundo y podía percibirse desde la calle, situación que vecinos consideraron incluso un riesgo sanitario para quienes habitan en las inmediaciones.
Durante la inspección también fueron encontrados restos de animales que consistían únicam ente en mechones de pelo y vestigios óseos.
Asimismo, localizaron varios lechones recién nacidos muertos, que, según sospechan algunas personas involucradas en el rescate, podrían haber sido utilizados ocasionalmente como alimento para los perros.
Los rescatistas sostuvieron que las condiciones encontradas permiten presumir que los animales sobrevivientes permanecían cotidianamente en ese entorno insalubre, rodeados de cadáveres, desechos y fuertes olores derivados de la descomposición.
Ante la gravedad de la situación, vecinos y colectivos decidieron sacar del inmueble a todos los perros que aún permanecían con vida. Algunos fueron adoptados de manera inmediata por ciudadanos que acudieron al sitio, mientras que el resto fue trasladado a un refugio para recibir atención, aunque hasta el momento se desconoce con precisión el estado de salud de cada uno de los ejemplares rescatados.
Habitantes de Milpillas recordaron que el funcionamiento del presunto criadero clandestino había sido denunciado con anterioridad ante diversas autoridades, pero aseguran que no obtuvieron respuesta ni inspecciones formales, situación que derivó en que las agrupaciones animalistas actuaran por cuenta propia una vez que el caso alcanzó notoriedad en redes sociales.
Respecto al propietario del inmueble, vecinos señalaron que presuntamente se encontraba hospitalizado y que recientemente habría sido dado de alta; sin embargo, hasta ahora no se ha presentado en la vivienda ni ha establecido contacto con quienes participaron en el rescate.
Las organizaciones animalistas anunciaron que este jueves acudirán a presentar una denuncia formal ante la Fiscalía General del Estado por posibles actos de maltrato animal, abandono y operación irregular de un criadero, además de aportar evidencia sobre la presunta venta de perros en las inmediaciones de la carretera y las condiciones deplorables en que eran mantenidos.
También lee: Crueldad animal en Milpillas: huskys fueron desechados tras dejar de reproducirse en criadero
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“Dependerá del gobierno entrante”: Sedesore sobre sus programas sociales
La titular de Sedesore reconoce que los apoyos —tortilla subsidiada, becas, madres solteras, adultos mayores— podrían no sobrevivir al cambio de administración en 2027
Por: Redacción
María del Rosario Martínez Galarza, titular de la Secretaría de Desarrollo Social y Regional (Sedesore), reconoció este miércoles que la continuidad de los programas sociales del gobierno de Ricardo Gallardo Cardona dependerá de quien encabece la siguiente administración, al margen de los compromisos adquiridos.
La declaración ocurrió durante el anuncio de una nueva tortillería subsidiada en Residencial del Bosque, cuando se le preguntó si existe garantía de que los apoyos no se eliminen con el cambio de gobierno. “Cada administración tiene un tema muy diferente de trabajar”, respondió.
Martínez Galarza recordó que cuando Sedesore inició la gestión de Gallardo, la dependencia contaba con un solo programa activo: las despensas de emergencia de la pandemia de COVID-19. Desde entonces, la Secretaría construyó una red que hoy incluye tortilla subsidiada , apoyos a madres solteras, adultos mayores y becas escolares.
La titular planteó que estos apoyos deberían convertirse en políticas permanentes, sin embargo, sostuvo que “va a depender muchísimo de las personas que estén a cargo de la dependencia, pero sobre todo de las indicaciones del gobierno”.
La dependencia opera actualmente ocho tortillerías en el estado con una inversión de más de 3 millones de pesos y una distribución de más de 500 kilos diarios a 14 pesos el kilo, poco menos de la mitad del precio comercial.
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