#4 Tiempos
Los santos lugares | Columna de Juan Jesús Priego
LETRAS minúsculas
Me gusta ir a los templos antiguos y quedarme en ellos lo más que puedo. Me gusta su olor, su penumbra, su silencio. Son como un vientre en el que uno se encuentra a salvo de las tormentas de la ciudad y de la vida.
Al entrar a estas viejas construcciones es como si uno se hubiera ido a vivir a una isla en la que nadie pudiera encontrarnos, ni siquiera los que nos buscan con insistencia. Que nos esperan: ya regresaremos; que nos dejen un momento con nosotros mismos y con Dios: ya nos volveremos a ver. Ahora nos encontramos en un universo donde se vive sólo de lo esencial.
Aquí el ruido de la calle se apaga y el tumulto de los pensamientos se aquieta, pues lo santo que en este lugar mora exige silencio y reverencia.
Las rodillas, siempre firmes y rígidas, se doblan en gesto de veneración. En la oficina uno está siempre sentado o de pie, pero aquí nos arrodillamos. Es el único lugar donde el hombre puede arrodillarse sin sentirse ultrajado. Arrodillarse afuera sería cobardía; aquí es adoración.
Conforme se adentra uno en este mundo misterioso, los movimientos de nuestro cuerpo van tornándose menos bruscos y nerviosos, el corazón recobra su ritmo natural, la respiración se tranquiliza y el estrés disminuye. Es como si hubiéramos tomado una píldora para los nervios y ésta nos hubiera hecho efecto al instante.
Aquí el tiempo queda relativizado, si no es que detenido. La imagen sagrada que nos observa desde su nicho inalcanzable está en ese preciso lugar desde hace 100 años, o 200. Y al sentirnos alcanzados por su mirada dulce o terrible damos menos importancia a los movimientos internos de nuestro reloj.
Esta mirada nos interroga acerca de las cosas verdaderamente importantes y exige una respuesta.
¡Qué relativo nos parece lo urgente en el banco de un templo, qué sin importancia! Pareciera que únicamente desde aquí es posible ver las cosas en sus justas dimensiones.
Los que dicen no ir nunca a un templo, no saben lo que se pierden.
Cuando se entra en él no distraídamente, como quien va a un lugar turístico, sino en una actitud de profundo respeto ante lo santo, verá pronto cómo su mente se aclara, su corazón se serena y su voluntad se hace más fuerte. ¿Quiere usted tomar una buena decisión, una decisión justa? Vaya a un templo, quédese allí unos momentos –sin ver el reloj, apagando su celular, abandonándose a la atmósfera que en él se respira-, y vea después lo que sucede.
Sobre cosas serias, no decida usted en su escritorio, o viendo la televisión, o fumándose un cigarro; haga mejor lo que hizo Viktor E. Frankl (1905-1997), el famoso psicólogo vienés, cuando tuvo que decidir si quedarse en Austria acompañando a sus padres, que tarde o temprano irían a parar a un campo de concentración, o irse a Manhattan, donde le esperaba una vida llena de éxitos, pero lejos de sus padres y con el remordimiento de haberlos abandonado justo en el momento en que más era necesario estar con ellos.
Era el año de 1942, en Viena. La segunda guerra mundial se hallaba en su momento más dramático; los judíos eran despojados de todo y conducidos a lugares de los que no se volvía; el doctor Frankl, pues, se hallaba ante un serio dilema: ¿irse a América o quedarse en Europa?
«Cubrí con mi portafolios la estrella amarilla que tenía que usar en mi abrigo -cuenta en su autobiografía- y me senté una noche en la catedral de Viena.
Había un concierto de órgano y pensé: Siéntate, escucha la música y considera todas las preguntas. Descansa, Viktor, pues estás muy distraído. Entonces me pregunté a mí mismo qué hacer. ¿Debía yo sacrificar a mi familia por el bien de la causa a la que había dedicado mi vida, o debía sacrificar esta causa en bien de mis padres? Cuando uno está confrontado con esta clase de preguntas, uno ansía una respuesta del cielo… Cuando terminó el concierto, dejé la catedral y me fui a casa.
Ahí, sobre el aparato de radio, estaba un pedazo de mármol. Le pregunté a mi padre qué era eso. Él era un judío piadoso y lo había tomado del lugar donde estuvo la sinagoga más grande de Viena. Esta piedra fue parte de las tablas que contenían los diez mandamientos. En la piedra estaba grabada en dorado una letra hebrea. Mi padre me dijo que la letra aparecía solamente en uno de los
mandamientos, en el cuarto, que dice: Honra a tu padre y a tu madre [Éxodo 20, 12].
Eso era el signo que necesitaba. Decidí permanecer en Austria y dejar que mi visa americana caducara».
Si Viktor Frankl no se hubiese planteado la pregunta en la catedral de Viena, ¿habría encontrado la respuesta que tanto anhelaba en aquel bloque de mármol, o lo habría tomado por una simple piedra sin importancia?
En el templo el corazón se hace más sensible y se preocupa de las únicas cosas verdaderas.
¿Qué más podemos decir en torno a este lugar sagrado? Que allí es seguro encontrar a Dios. Si buscas desesperadamente a un hombre, ¿a dónde vas a ir a buscarlo? ¿Caminarás sin rumbo por las calles de la ciudad para ver si la casualidad te hace dar con él? ¿No te informarás más bien dónde vive e irás allá a buscarlo? Pues bien, con Dios sucede algo similar. Y no porque Él no esté en todas partes, sino porque el Señor mismo dijo así: «He escuchado la oración y la súplica que me has dirigido. Consagro este templo que has construido para que en él resida mi nombre por siempre; siempre estarán en él mi corazón y mis ojos» (1 Reyes 9,3).
¿Quieres tener la certeza de que Dios escuchará tu clamor? Ya sabes lo que tienes que hacer. ¿Quieres sentirte visto por Él? Ven: en el templo están sus ojos.
Lo digo una vez más: los que dicen no ir nunca a un templo, no saben lo que se pierden.
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El Cronopio
María Luisa Toranzo, pionera del cuento mexicano | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash
EL CRONOPIO
Por: J.R. Martínez/Dr. Flash
En la antología de Liliana Pedroza sobre el cuento mexicano, A Golpe de Linternas, que en su tomo I dedica a las pioneras, se encuentra entre las antologadas la potosina María Luisa Toranzo, que dedicó parte de su vida a la escritura y que fuera figura cultural mexicana. Madre y abuela del filósofo Luis Villoro y el escritor Juan Villoro, respectivamente.
Parte de su obra literaria se recoge en libros como: Azahares, espinas y rosas; Meditaciones, Suegras; Esbozos; Tres Chiquillas; Cuadros de una exposición; Páginas viejas; Charlas con mi hija; Átomos tontos, entre otros. Libros que reflejan su formación en el campo potosino y la época que le tocó vivir, donde impera el existencialismo y la fenomenología, campos que experimentaría posteriormente su hijo Luis Villoro. En su libro de ensayos: Esbozos, que lleva como ensayo central: El dominio de sí mismo, Sophrosyne vs la Hybris, “el dominio de sí mismo” no es una negación de la vida o de los impulsos, sino la condición necesaria para la auténtica libertad. Sin el gobierno de uno mismo, el ser humano queda a merced de fuerzas externas o de impulsos ciegos, perdiendo su autonomía.
María Luisa Toranzo Jordana nació en San Luis Potosí el 13 de marzo de 1890, perteneciente a familia de hacendados, vivió su infancia en la Hacienda de Cerro Prieto en el altiplano potosino, rumbo a Zacatecas, fue hija natural y creció entre libros, estudiando idiomas y cultivando la música tocando el arpa y la mandolina. El movimiento revolucionario le llevó en la adolescencia a radicar en la Ciudad de México, donde la vida placentera se trastocaba y la famosa banda del automóvil gris hacía de las suyas, y que quedó registrada en una de las primeras películas realizadas en México, llamada justo La banda del automóvil gris de 1919 de Enrique Rosas, filmada en los lugares donde pertrecharan sus ataques. En la película aparece la casa Toranzo donde vivió María Luisa en México y donde aparece en escena acechada en el asalto a su casa por tan peculiar banda.
Los acechos no pararon para María Luisa y fue pretendida por un general revolucionario del que logró escapar partiendo a España e instalándose en Barcelona donde se casaría con el médico barcelonés Miguel Villoro Villoro, procreando a tres hijos, entre ellos al filósofo Luis Villoro. Quedaría viuda y al iniciar la guerra civil española regresa a México huyendo de nuevo de la violencia. Se instala por un tiempo en la Hacienda de Cerro Prieto y parte a la Ciudad de México para que sus hijos continuaran sus estudios de formación.
Su familia potosina de abolengo le propició una considerable fortuna que le permitió ir a Barcelona, su abuela paterna Genoveva Peña Santacruz que casó en segundas nupcias con Casimiro Toranzo Ortiz, había sido esposa de Pantaleón Ipiña Eguía, siendo madre de José Encarnación Ipiña Peña.
Su pensamiento que de cierta forma influyera en su hijo Luis Villoro lo destaca en su libro Esbozos: “El dominio de sí mismo sobre la soberbia debe de consistir, no sólo en dominarse ‘delante de la gente’ y en vuestras ‘relaciones sociales’ para que los demás ‘vean’ que sois humildes o sencillos, sino que este dominio sobre vosotros mismos y sobre vuestra soberbia debe ser de tal modo profundo, que no sea un dominio efímero, originado únicamente por el bien parecer; tampoco debe ser un dominio de autosugestión, que sin serlo, os haga creer que ya sois humildes; sino que este dominio de vosotros mismos sobre la soberbia, debe ser una especie de ‘cura’ si queréis lenta y suave, pero sí honda, minuciosa y profunda. El dominio de vosotros mismos debe ser como un cauterio que tienda a curar, aunque sea quemando; a cauterizar, aunque sea con dolor, la llaga de vuestra soberbia, el cáncer de vuestro orgullo”
María Luisa Toranzo fue una mujer de una cultura vasta que participó activamente en la vida intelectual mexicana, aportando una sensibilidad ética que complementaba el rigor lógico de la época. Su enfoque en el “dominio de sí” suele leerse como un puente entre la virtud antigua, la psicología moderna y la abierta espiritualidad. Su nieto Juan Villoro la describe como una mujer que intentaba descifrar los secretos de la convivencia humana.
María Luisa Toranzo Jordana murió en la Ciudad de México a los 78 años de edad, el 2 de abril de 1968.
También lee: El influyente divulgador de la ciencia, Luis González de Alba | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash
Acento Ajeno
Maestría en derechos humanos y la incómoda pregunta | Columna de Haniel Valdés
Por: Haniel Valdés
La comunidad cubana en el exilio, en Estados Unidos y en México, ha escrito en estos días cartas y mensajes dirigidos a la Universidad Autónoma de San Luis Potosí (UASLP). Cuestionan que Gabriela Fernández Álvarez, presentadora del programa oficialista “Con Filo”, haya sido admitida en la Maestría en Derechos Humanos de la UASLP y que hoy esté cursándola en esta ciudad.
Los hechos conocidos son pocos. Su nombre aparece en la lista de la generación 2026-2028. Está en San Luis Potosí. En 2025, durante una gira por España, sostuvo que en Cuba no hay presos políticos. Todo lo demás es una discusión de fondo, y es más incómoda de lo que parece.
“Con Filo” nació en 2021, tras las protestas del 11 de julio, como respuesta de la televisión estatal cubana. Sus defensores dicen que desmiente falsedades. Sus críticos, que en algún punto dejó de desmentir y empezó a ridiculizar a la oposición, dentro y fuera de la isla, y a señalar como “vendepatrias” a quien se fue. Muchos exiliados lo viven como algo personal, porque vieron su rostro en pantalla como blanco de burla por opinar distinto. Esa es la versión de ellos, y es la que han hecho llegar a la UASLP.
Hay una ironía que ellos señalan y que no puedo dejar pasar. Quien llamó traidor al que salió de Cuba pudo salir, viajar y dar charlas en Europa. Pocos cubanos tienen ese privilegio.
La pregunta para México
Aquí es donde el caso deja de ser solo cubano. La universidad pública mexicana, ¿puede negar un lugar por lo que una persona ha dicho en público? Mi respuesta es que no debería. Una maestría en derechos humanos que excluya por opinión traicionaría la materia que enseña. La libertad de expresión protege también a quien piensa lo contrario de lo que a uno le gustaría.
Pero esa respuesta no cierra el tema. Un posgrado no es una tribuna. El objetivo del programa es formar profesionistas críticos y comprometidos con la solución de problemas de derechos humanos, en lo local, en lo nacional y en lo internacional. Y de eso sí podemos preguntar, porque no es lo mismo defender el derecho de alguien a estudiar que ignorar lo que esa persona dijo en pantalla durante años.
Y en México la materia no es teórica. Este es un país con miles de personas desaparecidas, periodistas asesinados y presos que esperan sentencia durante años. Un aula de derechos humanos en San Luis Potosí no es un espacio neutro. Se habla de casos reales, con familias reales.
Lo que corresponde
A la UASLP le corresponde explicar cómo se evalúa a quien aspira a este posgrado y qué responde a las cartas que recibió. Hasta ahora no hay una postura pública de la universidad, y el silencio solo alimenta la sospecha. También corresponde buscar la versión de la estudiante, que no ha respondido a los señalamientos. A ella le corresponde algo más difícil: sentarse en una clase donde se discute lo que defendió negar y escuchar.
Defiendo que se quede. Si la maestría sirve para algo, es para que esas ideas se confronten con argumentos, casos y compañeros que vivieron lo que ella calificó de mentira. Pero defender su derecho a estar no me obliga a fingir que la pregunta no existe.
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El Cronopio
El influyente divulgador de la ciencia, Luis González de Alba | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash
EL CRONOPIO
Uno de los importantes divulgadores científicos de México fue el charquense Luis González de Alba, que emergió como un personaje famoso por su participación en el Comité Nacional de Huelga en el movimiento estudiantil de 1968; compromiso que asumió justo al egresar de la carrera de psicología en la UNAM. Fue aprehendido y recluido en la cárcel de Lecumberri donde inicia su labor literaria al escribir la novela Los Días y los Años. Lo narrado en esta novela fue usado por Elena Poniatowska lo que derivó en un conflicto entre González de Alba y la Poniatowska lo que la llevó a corregir lo dicho en su libro de La Noche de Tlatelolco.
Este lamentable episodio en la historia del México moderno, en el cual tuvo un protagonismo Luis González de Alba, marcó su derrotero profesional, participando en el periodismo y la política, siendo colaborador de los medios de comunicación: Grupo Milenio, Excélsior, Punto, Punto de Partida, Revista de Revistas, Siempre, Unomásuno y Nexos. Participó en la creación del diario La Jornada, de donde sería expulsado en 1997 tras la polémica con Elena Poniatowska.
En La Jornada, iniciaría su aventura como escritor científico en la columna “La Ciencia en la Calle” que atendió durante una década. Continuó su labor como divulgador de la ciencia en una nueva columna en Milenio Diario, que llamó “Se descubrió que…” donde escribía sobre ciencia y temas nacionales. Estas columnas marcan un momento especial en la historia de la divulgación de la ciencia en México, pues entrelazan los temas científicos, que era una de sus pasiones, con los históricos y sociales lo que enriquece el contenido tratado de manera clara y amena.
Esta labor lo llevó a escribir, además de novelas, poesía, ensayos y cuentos, libros de divulgación de la ciencia como La Ciencia, La Calle y Otras Mentiras; El Burro de Sancho y El Gato de Schrödinger: un paseo al trote por cien años de física cuántica y su inesperada relación con la conciencia, donde muestra la relación entre física y sociedad a través de la historia, libros publicados en 1989 y 2001, respectivamente.
Escribió además los libros de divulgación científica: Bases biológicas de la bisexualidad, (1985); La orientación sexual: reflexiones sobre la bisexualidad originaria y la homosexualidad, (2003); Niño o niña. Las diferencias sexuales, (2006), donde refleja y explica las bases científicas sobre la homosexualidad, manifestando su labor como activista gay . Publica además los libros: Maravillas y misterios de la física cuántica: un paseo por la física del siglo XX y su inesperada relación con la conciencia, (2010) y Teoría de los grafos en las ciencias sociales, (1984).
Luis González de Alba nació en Charcas, San Luis Potosí, el 6 de marzo de 1944, donde realizó sus primeros estudios. Del pueblo minero, su familia se traslada a Guadalajara y González de Alba va luego a la Ciudad de México a continuar sus estudios profesionales de psicología en la Universidad Nacional Autónoma de México.
Entre sus actividades destacan la política, el activismo, la literatura y de manera especial su labor como divulgador científico pues se convirtió en uno de los divulgadores más influyentes e importantes del país, sumándose a la lista de divulgadores potosinos que forman parte de lo que llamo la tradición mexicana en divulgación de la ciencia donde se privilegia el compromiso social de la ciencia y su enfoque cultural. Fue un apasionado de los temas de física moderna y del cerebro humano, relación que marca una nueva etapa de estudio para entender la conciencia y la función del hombre en el universo con el desarrollo de la mente.
Luis González de Alba se suicidó el 2 de octubre de 2016, fecha de la conmemoración del 48 aniversario de la masacre de Tlatelolco.

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