agosto 17, 2026

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#4 Tiempos

Los santos lugares | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas

Me gusta ir a los templos antiguos y quedarme en ellos lo más que puedo. Me gusta su olor, su penumbra, su silencio. Son como un vientre en el que uno se encuentra a salvo de las tormentas de la ciudad y de la vida.

Al entrar a estas viejas construcciones es como si uno se hubiera ido a vivir a una isla en la que nadie pudiera encontrarnos, ni siquiera los que nos buscan con insistencia. Que nos esperan: ya regresaremos; que nos dejen un momento con nosotros mismos y con Dios: ya nos volveremos a ver. Ahora nos encontramos en un universo donde se vive sólo de lo esencial.

Aquí el ruido de la calle se apaga y el tumulto de los pensamientos se aquieta, pues lo santo que en este lugar mora exige silencio y reverencia.

Las rodillas, siempre firmes y rígidas, se doblan en gesto de veneración. En la oficina uno está siempre sentado o de pie, pero aquí nos arrodillamos. Es el único lugar donde el hombre puede arrodillarse sin sentirse ultrajado. Arrodillarse afuera sería cobardía; aquí es adoración.

Conforme se adentra uno en este mundo misterioso, los movimientos de nuestro cuerpo van tornándose menos bruscos y nerviosos, el corazón recobra su ritmo natural, la respiración se tranquiliza y el estrés disminuye. Es como si hubiéramos tomado una píldora para los nervios y ésta nos hubiera hecho efecto al instante.

Aquí el tiempo queda relativizado, si no es que detenido. La imagen sagrada que nos observa desde su nicho inalcanzable está en ese preciso lugar desde hace 100 años, o 200. Y al sentirnos alcanzados por su mirada dulce o terrible damos menos importancia a los movimientos internos de nuestro reloj.
Esta mirada nos interroga acerca de las cosas verdaderamente importantes y exige una respuesta.

¡Qué relativo nos parece lo urgente en el banco de un templo, qué sin importancia! Pareciera que únicamente desde aquí es posible ver las cosas en sus justas dimensiones.

Los que dicen no ir nunca a un templo, no saben lo que se pierden.
Cuando se entra en él no distraídamente, como quien va a un lugar turístico, sino en una actitud de profundo respeto ante lo santo, verá pronto cómo su mente se aclara, su corazón se serena y su voluntad se hace más fuerte. ¿Quiere usted tomar una buena decisión, una decisión justa? Vaya a un templo, quédese allí unos momentos –sin ver el reloj, apagando su celular, abandonándose a la atmósfera que en él se respira-, y vea después lo que sucede.

Sobre cosas serias, no decida usted en su escritorio, o viendo la televisión, o fumándose un cigarro; haga mejor lo que hizo Viktor E. Frankl (1905-1997), el famoso psicólogo vienés, cuando tuvo que decidir si quedarse en Austria acompañando a sus padres, que tarde o temprano irían a parar a un campo de concentración, o irse a Manhattan, donde le esperaba una vida llena de éxitos, pero lejos de sus padres y con el remordimiento de haberlos abandonado justo en el momento en que más era necesario estar con ellos.

Era el año de 1942, en Viena. La segunda guerra mundial se hallaba en su momento más dramático; los judíos eran despojados de todo y conducidos a lugares de los que no se volvía; el doctor Frankl, pues, se hallaba ante un serio dilema: ¿irse a América o quedarse en Europa?

«Cubrí con mi portafolios la estrella amarilla que tenía que usar en mi abrigo -cuenta en su autobiografía- y me senté una noche en la catedral de Viena.

Había un concierto de órgano y pensé: Siéntate, escucha la música y considera todas las preguntas. Descansa, Viktor, pues estás muy distraído. Entonces me pregunté a mí mismo qué hacer. ¿Debía yo sacrificar a mi familia por el bien de la causa a la que había dedicado mi vida, o debía sacrificar esta causa en bien de mis padres? Cuando uno está confrontado con esta clase de preguntas, uno ansía una respuesta del cielo… Cuando terminó el concierto, dejé la catedral y me fui a casa.

Ahí, sobre el aparato de radio, estaba un pedazo de mármol. Le pregunté a mi padre qué era eso. Él era un judío piadoso y lo había tomado del lugar donde estuvo la sinagoga más grande de Viena. Esta piedra fue parte de las tablas que contenían los diez mandamientos. En la piedra estaba grabada en dorado una letra hebrea. Mi padre me dijo que la letra aparecía solamente en uno de los
mandamientos, en el cuarto, que dice: Honra a tu padre y a tu madre [Éxodo 20, 12].

Eso era el signo que necesitaba. Decidí permanecer en Austria y dejar que mi visa americana caducara».

Si Viktor Frankl no se hubiese planteado la pregunta en la catedral de Viena, ¿habría encontrado la respuesta que tanto anhelaba en aquel bloque de mármol, o lo habría tomado por una simple piedra sin importancia?

En el templo el corazón se hace más sensible y se preocupa de las únicas cosas verdaderas.

¿Qué más podemos decir en torno a este lugar sagrado? Que allí es seguro encontrar a Dios. Si buscas desesperadamente a un hombre, ¿a dónde vas a ir a buscarlo? ¿Caminarás sin rumbo por las calles de la ciudad para ver si la casualidad te hace dar con él? ¿No te informarás más bien dónde vive e irás allá a buscarlo? Pues bien, con Dios sucede algo similar. Y no porque Él no esté en todas partes, sino porque el Señor mismo dijo así: «He escuchado la oración y la súplica que me has dirigido. Consagro este templo que has construido para que en él resida mi nombre por siempre; siempre estarán en él mi corazón y mis ojos» (1 Reyes 9,3).

¿Quieres tener la certeza de que Dios escuchará tu clamor? Ya sabes lo que tienes que hacer. ¿Quieres sentirte visto por Él? Ven: en el templo están sus ojos.

Lo digo una vez más: los que dicen no ir nunca a un templo, no saben lo que se pierden.

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#4 Tiempos

Historias de valor | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas

 

Una vez, un famoso orador se presentó ante un auditorio muy numeroso para disertar acerca de La dignidad humana y sus fundamentos teóricos (así tituló su conferencia). ¡Pero, ay, tan largamente habló de estos asuntos que muchos asistentes empezaron a bostezar y otros francamente se durmieron! Entonces decidió cambiar de táctica y sacó de su cartera un billete de quinientos pesos, lo agitó en el aire y preguntó con voz tonante:

¿Alguien quiere este billete?

Los que estaban despiertos levantaron la mano, y los que en ese momento dormían también la levantaron, e incluso más firmemente que los otros, un poco así como los diputados y los senadores la levantan en la Cámara a la hora de las votaciones. ¿Sobre qué van a votar? Sólo Dios lo sabe, pero ellos de todas maneras, para fingir que viven, dan muestras de asentimiento. Pero sigamos con nuestra historia. Era claro que todos querían participar en el dichoso concurso, pero ¿qué tenían que hacer para ganarse esos quinientos pesos?

El orador adoptó un aire misterioso, tiró al billete al suelo, lo pisoteó una, dos y cien veces, cual si bailara sobre él el jarabe tapatío, lo levantó del suelo y volvió a decir:

-El billete ha quedado un poco maltratado, como ustedes pueden ver. Pero si alguien lo sigue queriendo, que me lo diga.

Por demás está decir el revuelo que se armó. ¿A quién le importaba que estuviera maltratado? ¡Todos seguían queriendo aquel billete!

Luego el orador escupió sobre él, lo dobló, hizo con él una bola del tamaño de una pelota de golf y lo enseñó otra vez a su auditorio.

-Quien en tales condiciones siga queriendo este billete no tiene más que decírmelo y se lo daré.

Y he aquí que todos volvieron a levantar la mano.

-Bien –dijo entonces el orador-. Ahora ya están en mejor condiciones de saber qué es la dignidad humana. Cuando el billete estaba liso y crujiente, todos lo querían, pues valía lo que dice en cada uno de sus cuatro ángulos, es decir, quinientos pesos. Cuando lo pisoteé no una, sino varias veces, y quedó manchado con el lodo de mis zapatos, ustedes quisieron tenerlo aún, pues seguía valiendo quinientos pesos: mis golpes, como quiera que sea, no le hicieron perder nada de su valor. Luego lo escupí, pero no por eso ustedes le hicieron ascos. Pues así sucede con el hombre, señores y señoras. El hombre puede ser pisoteado, escupido, humillado; pero, pase lo que pase con él y le hagan lo que le hagan, nunca perderá su valor ni su dignidad.

El auditorio esbozó una sonrisa de comprensión y amabilidad, y el orador prosiguió de esta manera:

-Suceda lo que suceda, ante Dios siempre seremos valiosos e importantes: infinitamente más valiosos que este billete que, por lo demás, sólo vale quinientos pesos. ¿Ahora han comprendido ya en qué consiste la dignidad humana?

Y así acabó aquella conferencia. Espero que, por su bien, el orador haya sorteado entre el auditorio aquel billete, pues, de lo contrario…

Cuando leí esta historia en un libro de cuyo título no puedo acordarme, también yo sonreí. Pero no por el ingenio de este orador, sino porque ya había leído yo en un libro de la antigüedad cristiana una historia parecida.

Una vez –así comienza esta otra historia, mucho más antigua que la primera-, un peregrino fue en busca de un anacoreta para pedirle ayuda y un consejo. Estaba muy afligido por sus pecados pasados y no estaba seguro de que Dios fuera a perdonárselos. “No he sido bueno –gemía, desconsolado-; no he sido trigo limpio. ¿Tendrá Dios compasión de mí?”.

El anacoreta le habló largamente de la misericordia divina, le contó la historia de David y otras muchas tomadas de la Biblia; lo amonestó con graves palabras para que confiara más en la misericordia divina, pero el pobre peregrino seguía mostrándose al borde de la desesperación.

Entonces el santo hombre de Dios le hizo esta pregunta:

-Dime, si tu túnica se rasgara, ¿la tirarías?

-No. Esta túnica es la única que tengo; si se rasgara, la remendaría y volvería a usarla.

-Entonces, fíjate bien –respondió el anacoreta-: si tú cuidas así tus vestidos, que no son más que paño, ¿crees que Dios no va a tener misericordia de uno que ha sido creado a su imagen y semejanza?

El peregrino sonrió lleno de gozo, luego lloró durante unos instantes, emocionado, y por último besó la mano del santo anacoreta: había comprendido la lección. ¡Ahora ya sabía cuál es el valor de la vida humana! Y, dándole las más sinceras gracias, reemprendió su camino…

¿No es ésta una historia bella y profundamente humana? En realidad, me gusta mucho más que la anterior. ¿Crees que, por lo que has hecho, Dios se va a deshacer de ti echándote en el olvido? ¿Crees que Dios se deshace de este modo de sus criaturas? Sí así lo crees, si esto es lo que piensas de Él, déjame decírtelo: aún no lo conoces. Como el billete del conferencista, el hombre puede estar sucio; como la túnica del peregrino, su corazón puede estar roto, pero no por eso a sus ojos vale menos. Tal es, en pocas palabras, el fundamento de la dignidad humana. Y quien quiera fundamentarla de otra manera y con otros argumentos construye sencillamente en el vacío.

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El Cronopio

El artista, narrador, periodista e ingeniero, Alberto Sustaita | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

J.R. Martínez/Dr. Flash

En la lista de los grandes literatos potosinos del siglo XIX y principios del siglo XX se encuentra Miguel Alberto Sustaita Zavala que combinó su actividad profesional entre el periodismo, la literatura, el dibujo y la música. Esta última exponiendo la vena musical familiar pues su abuelo fue el músico potosino de reconocimiento internacional León Zavala, cuyo nombre perduró en el imaginario potosino al preservarse la orquesta con su nombre, en la cual, por cierto, iniciaría sus actividades musicales Julián Carrillo.

Su nombre se suma a la lista de personajes que combinan su vocación entre las ciencias e ingeniería con las letras. Alberto Sustaita ingresaría a estudiar ingeniería en el Colegio Militar de México, después de terminar sus estudios de preparatoria en el Instituto Científico y Literario de San Luis Potosí, mismos que abandonaría para dedicarse a la escritura iniciando actividades de literatura y periodismo, en San Luis Potosí.

Miguel Alberto Sustaita Zavala nació en San Luis Potosí el 10 de mayo de 1863, su primera infancia la vivió bajo la ocupación francesa en San Luis. Si bien su obra literaria no es del todo conocida, sus composiciones musicales lo son menos, las cuales fueron influenciadas por el ambiente familiar en el cual varios de sus tíos ejercían su vocación musical heredada de su abuelo.

En sus primeros años como escritor se distinguiría por su trabajo periodístico, donde luego usaba la poesía como forma de expresión. Sus contribuciones en los periódicos locales de la época, como El Estandarte y El Correo de San Luis, usaba el seudónimo de P.K. Dor, el que luego también usaría en su obra literaria. Fue director del periódico potosino El Contemporáneo.

Su obra literaria incluye teatro, cuento, drama y novela

, la cual produjo desde fines del siglo XIX hasta su muerte que ocurrió el 29 de junio de 1909.

En 1892 publicó Siete Pecados, libro de narraciones editado por la imprenta Vélez e hijos, donde Manuel José Othón hizo la presentación; presentación donde Othón lamentaba “porque en San Luis nadie lee” (¿qué tanto ha cambiado esta apreciación?).

Iniciando el siglo XX llevaría a la imprenta varias de sus obras, entre las que se encuentran la realizada en la Imprenta Popular en 1906 intitulada Las Bolado. En la Tipografía de la Escuela Militar de San Luis Potosí, editaría las obras: Nita. Drama en un prólogo y tres actos, en 1904; El crimen del Pullman en 1907; Mortales y veniales en 1907; El padre Adrián. Drama en tres, también en 1907; Mutilado en 1909, poco antes de su muerte.

En 2010 el Ayuntamiento de San Luis Potosí publicó la obra Cuentos Potosinos donde se incluyeron los escritos por Alberto Sustaita y en 1998 El Colegio de San Luis, en su colección Literatura Potosina 1850 – 1950 coordinada por Ignacio Betancourt, publicó los cuentos Un Truchiman, Doña Juanita y el Tren de Balastre.

Alberto Sustaita procreó cinco hijos en su matrimonio el 7 de mayo de 1898 con María Emilia Muñoz López realizado en San Luis Potosí.

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#4 Tiempos

El pionero de la música electrónica en América Latina | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

Uno de los trascendentes desarrollos artísticos y científicos potosinos lo son los pianos metamorfoseados desarrollados por Julián Carrillo, únicos en el mundo y que abriera la puerta a un nuevo universo musical. Los pianos, diseñados dando importancia al esquema práctico del propio piano, o sea sin cambiar la disposición de las teclas, fueron diseñados para poder tocar en tercios, cuartos, hasta dieciseisavos de tono, conformando así una serie de quince pianos que fueron presentados en la Feria Internacional de Bruselas en 1958 donde obtuvieron la medalla de oro.

Previamente Carrillo había diseñado y transformado un piano comercial de alta calidad a piano de tercios de tono, cambiando por completo el cuerpo del piano, el arpa que daba paso a tener un piano en tercios de tono, lo cual fue desarrollado a finales de la década de los cuarenta del siglo XX.

En este importante diseño del piano de tercios de tono, participó un joven que se haría camino en el mundo de la música y de la tecnología, Raúl Pavón Sarrelangue que pasa a la historia de la música mexicana como el pionero en la música electrónica en América Latina.

Por el lado musical, Raúl Pavón estudiaría guitarra con el célebre guitarrista Andrés Segovia y en Milán, Italia y en Colonia, Alemania, música electroacústica. Posterior a su participación el piano de tercios de tono, continuó su trabajo en nuevos diseños y construcción de guitarras y sintetizadores.

En el ámbito de la ingeniería y tecnología Raúl Pavón se formaría en el Instituto Politécnico Nacional egresando de la licenciatura en ingeniería en electrónica y comunicaciones en 1954, graduándose como ingeniero en radiocomunicación y electrónica con un diplomado en computación, continuando sus estudios superiores en electrónica en Milán, Colonia y París.

Su formación, así, estuvo ori entada a la música y la ingeniería lo que le permitiría unir esas disciplinas en sus futuras contribuciones en la música electroacústica de la que sería pionero en América Latina destacando además como compositor e investigador.

En 1964 construyó el primer sintetizador hecho en México, el Ominifón, uno de los primeros sistemas de sintetizador didáctico, que anticipó la idea de la tecnología musical como herramienta educativa y creativa.

En el Conservatorio Nacional de México fundaría en 1970 el Laboratorio de Música Electrónica junto a Héctor Quintanar, con quien colaboró en los primeros conciertos de música electrónica y electroacústica realizados en México. En 1976 dedicándose por completo a la música electrónica y al desarrollo del Icofón, instrumento de imagen y sonido electrónicos para el cual compuso las obras Suite icofónica (1983), Fantasía creacionista (1985), Una antifantasía (1986), Fantasía de la muerte (1987), Fantasía abstracta (1989) y Fantasía cósmica (1984), algunas de las cuales pueden escucharse por Youtube.

Publicó el primer libro sobre el tema de la música electrónica en 1981, intitulado La electrónica en la música y en el arte, editado por el Centro de Investigación y Documentación Musical Carlos Chávez (CENIDIM).

Raúl Pavón Sarrelangue, que tuvo relación con una de las aportaciones potosinas al mundo, nació en 1928 y falleció en el 2008.

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