noviembre 1, 2026

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#4 Tiempos

Las razones del ateo | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas.

Una necesidad básica que experimentamos los humanos es la de llegar a un acuerdo entre lo que pensamos y lo que hacemos; ahora bien, cuando este acuerdo, por alguna razón, no llega a darse, se produce entonces lo que el sociólogo Leon Festinger (1919-1989) llamó disonancia cognoscitiva. El mismo Festinger explica en qué consiste: «Siempre que una persona recibe una información o una opinión que juzga le impedirá seguir realizando lo que habitualmente realiza, esta información es entonces disonante. Y cuando existe la disonancia, la persona trata de reducirla modificando sus acciones o bien cambiando sus creencias u opiniones. Si no puede modificar la acción, el cambio de opinión sobrevendrá inmediatamente».

¿Qué quiso decir el sociólogo con esta afirmación aparentemente tan complicada? Veámoslo. Supongamos que durante diez años hemos venido realizado una determinada acción –fumar, por ejemplo-, y que de pronto alguien viene y nos dice que fumar hace mucho mal y que hasta es posible que acabemos con cáncer en los pulmones. ¿Qué sucede entonces? En realidad –asegura Festinger-, pueden suceder dos cosas: o que dejemos de fumar (cambiando nuestra opinión respecto al consumo de tabaco), o que nos neguemos a escuchar al atrevido que ha llegado hasta nosotros con tan desagradable novedad. Cuando resulta mucho más difícil hacer lo primero, casi siempre (para reducir la disonancia) recurrimos a lo segundo, como sucedió con aquel hombre de cierta edad que dijo un día a su mujer: «Desde que leí en el periódico que fumar hace tanto mal…, ¡vamos, que he dejado de leer el periódico!».

No podemos vivir en el desequilibrio; así, o dejamos de fumar o dejamos de leer. El bebedor que picando aquí y allá en su control remoto (los estudiosos de comunicación dirían haciendo zapping) va a dar a un canal que se halla transmitiendo un programa muy serio y muy científico acerca de «los daños al hígado que produce el alcohol», o dejará de beber o cambiará de canal, aunque lo más seguro es que se limite sólo a hacer lo segundo porque es lo más sencillo. ¡Nadie acepta de buen grado que alguien venga y le diga que lo que tanto le gusta hacer es a la larga perjudicial!

Mientras leía el artículo en el que Festinger explicaba su teoría de la disonancia cognoscitiva, me pregunté si no podría aplicarse también al fenómeno del ateísmo en lo que tiene éste de puramente humano.

En uno de sus famosos Ensayos, Francis Bacon (1561-1625), el filósofo inglés, hablando del ateísmo, hizo la siguiente afirmación: «Los hombres que se atreven a negar la existencia de Dios son solamente los que en ello tienen interés». ¡Qué frase más lapidaria y contundente! Pero, ¿es de veras así? ¿Es que hay en este mundo seres a quienes no conviene que exista Dios? Sin embargo, va a ser Pascal quien desarrolle más tarde esta idea en uno de sus Pensamientos. En él, el filósofo francés (se trata del número 457, edición de Jacques Chevalier) habla imaginariamente con un ateo y sostiene con él el siguiente diálogo: «Me dices: “Yo hubiera abandonado pronto los placeres si hubiera tenido fe”. Pero yo te digo: “Hubierais poseído pronto la fe si hubierais abandonado los placeres”».

Según Pascal, pues, lo que dificulta el acto de fe no es lo que uno piensa, sino más bien lo que uno hace: el ateísmo es hijo más de la razón práctica que de la razón teórica; más de las malas obras que de una serie de meditaciones llevadas hasta sus últimas consecuencias.

Un hombre que había pervertido a infinidad de jóvenes en sus múltiples incursiones nocturnas por las calles de mi ciudad, me dijo un día: «Dejemos en paz el problema de Dios. Por ahora es un problema que no me interesa». «¿Y crees tú –le pregunté- que algún día te interesará?». «¿Quién lo sabe?, me respondió. Después de todo, es probable, aunque no por ahora. En todo caso, mientras pueda gozar aunque sea un poco de esta vida irrepetible, mientras no cause asco a los demás, yo creo que no». Mientras esté joven y sano, tal parece ser su postura, Dios seguirá siendo para él una palabra inútil; mas cuando las cosas empiecen a complicarse, ya se verá…

A un narcotraficante, por ejemplo, ¿le convendrá mucho que Dios exista? Los dueños de esas casas de mal vivir y peor dormir, ¿desearán con vehemencia que haya un Dios que es –como dice el credo católico- Juez de vivos y muertos?

Esto no significa, por supuesto, que todo ateo sea un inmoral; ¡Dios me libre de decir semejante cosa! Significa, únicamente, que muchos ateísmos no son más que un recurso para reducir la disonancia, una pose para justificar algo: la propia manera de vivir, por ejemplo. Puesto que «si Dios no existe, todo está permitido», éstos, para permitirse todo, deben convencerse a sí mismos de que no existe Dios, y para convencerse a sí mismos gritan su incredulidad al primero que pasa, pues de otra forma tendrían que cambiar de conducta, cosa que, por el momento, no les hace maldita la gracia.

También existe el ateísmo de ciertos intelectuales que por ganar fama y fortuna son capaces de todo. Como Dios hoy ya no es popular y ellos sí que quieren serlo -y con todas sus fuerzas, además- sin ningún tipo de miramiento  mandan a Dios al desván de las cosas viejas, o lo tratan como a un insoportable viejo gruñón que lo mejor que podría hacer en favor de la humanidad sería desparecer cuanto antes del horizonte. ¡Ah, el populismo de los intelectuales! ¿Quién nos pondrá a salvo de él?

Pero terminemos ya. Poco antes de morir, Franz Werfel (1890-1945), el gran escritor austriaco, escribió una especie de testamento o de balance espiritual que después, al mandarlo a las prensas, tituló así: Entre el cielo y la tierra. Pues bien, en este libro imprescindible es posible encontrar el siguiente aforismo: «El origen del ateísmo no es el conocimiento de que Dios no existe, sino el deseo vehemente de que no exista».

¿Será? Por lo menos acerca de esto, a mí no me queda ya ninguna duda.

 

 

 

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Acento Ajeno

La alcancía sin fondo de Margarito | Columna de Haniel Valdés

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ACENTO AJENO

Por: Haniel Valdés Velázquez

Dice Shakira, “tiene nombre de persona buena, claramente no es como suena”. Nombre de flor, pero actuar de mala hierba. Mientras el Estado amplía las rutas gratuitas y de calidad, para los potosinos, las empresas que operan el otro, el caro y de pésima calidad, dicen que no les alcanza y necesitan duplicar el precio del pasaje.

Margarito Terán, representante del sector camionero, que nunca ha usado el transporte público para moverse, solo para llenar sus bolsillos, por eso no sabe el pésimo servicio que prestan, pide tarifa récord y dinero público sin explicar qué pasó con el aumento de este año ni con los camiones nuevos que el Estado ya entregó al sector.

En enero, Margarito Terán pidió subir el pasaje de 12.50 a 15 pesos. El Estado le autorizó 13.50. Nueve meses después vuelve con una cifra que ya no es petición sino ultimátum: 23 pesos por viaje, 2,797 millones del erario y la amenaza de que el sistema “va a colapsar por inercia”.

Veintitrés pesos son 70% más que la tarifa vigente y 53% más que los 15 que el propio Terán decía indispensables hace diez meses. Si 15 eran la salvación en enero, ¿qué cambió para que ahora cueste ocho pesos más?

Hay un dato que Terán omite. Ese mismo enero, el 12, el gobernador Ricardo Gallardo entregó 100 camiones nuevos con una inversión de 266 millones de pesos en financiamientos. Son 2.66 millones por unidad. Al ritmo de ese precio, renovar las 768 unidades de la iniciativa costaría unos 2,043 millones. Faltarían casi 750 millones para llegar a los 2,797 que piden. El resto cubriría déficits de operación, un margen de 15% de utilidad para los concesionarios y las pérdidas de la pandemia. Es decir: dinero público para garantizarles ganancia.

Tampoco está claro qué pasó con los camiones ya entregados. El Gobierno presumió 100 en enero; en octubre, la SCT habló ante el Congreso de “más de 70 unidades urbanas” renovadas. Nadie ha dicho cuántos circulan, en qué rutas ni quién paga el financiamiento. Antes de pedir más, habría que rendir cuentas de lo que ya se dio.

Yo, usuario del transporte público de la capital, debo ser un desafortunado, solo una vez subí a una unidad de las nuevas, al parecer las rutas 53, 21, 30, 27, 10 y 5, que son las que utilizo con frecuencia, no recibieron la dicha de contar con los nuevos camiones, porque he conocido autos clásicos más modernos que los camiones que suelen llevarme por la ciudad.

La flota vieja no es una sorpresa. Terán dice que 882 unidades

ya debieron salir de circulación. La Ley de Transporte Público no permite camiones de más de 10 años, y renovarlos es obligación de quien tiene la concesión, no del usuario. En 2015 el padrón registraba mil 174 unidades; hoy hay mil 203. Once años después, el parque casi no creció, y tampoco se renovó. Y en mayo, el propio Terán reconoció que de mil 200 unidades autorizadas solo circulaban unas 800.

Hay una concentración que pesa. Cuatro empresas controlan 36% del padrón y diez, 61%. El dinero público llegaría sobre todo a quienes ya tienen más peso. Una de ellas, Tangamanga, enfrenta una denuncia de Ciudadanos Observando por mantener suspendidas tres rutas de su concesión.

El diputado Héctor Serrano lo dijo claro: las concesiones “son potestad del Estado, no propiedad de los concesionarios”. Quien explota un bien público no puede presentarse a pedir rescate cuando el negocio le sale mal.

Terán tiene razón en algo: los costos de operar suben. Pero una industria que pide más tarifa, más subsidio y más tiempo, sin ofrecer metas, plazos ni auditoría, no pide apoyo: pide un cheque en blanco.

Los costos suben, pero el respeto a la vialidad, la buena educación y atención por los conductores de las unidades, la limpieza de las mismas y el respeto a sus horarios y paradas, disminuyen.

La SCT debería preocuparse más por velar que las unidades de transporte urbano cumplan con aquello por lo que reciben dinero público, ofrecer un transporte de calidad. Pero primero y más fácil, cerrarle la boca y pararle los pies a este señor que ya parece alcancía, solo pidiendo dinero para guardar y no para emplear en lo que se necesita. O mínimo, salir con urgencia a desmentir sus falacias y exigirle resultados.

Lo mínimo que el usuario merece antes de pagar un peso más es saber cuántos de los 100 camiones nuevos circulan, un plan de renovación con fechas, rutas que realmente operen y cuentas abiertas sobre qué se hizo con el aumento de este año. Sin eso, los 23 pesos no son un precio. Son una factura sin desglose.

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El Cronopio

Carlos Villatoro, el actor de corazón potosino | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

Los inicios del cine mexicano están marcados por la participación de actores y actrices de San Luis Potosí; algunos personajes han sido tratados en esta columna. Desde la época del cine mudo hasta los albores del cine sonoro en México, aparecen estas contribuciones potosinas que se extienden a lo largo de toda la historia del cine mexicano.

Entre los personajes que inician su actividad actoral en el cine mudo se encuentra Carlos Villatoro, que si bien se registra su lugar de nacimiento en Comitán, Chiapas, en 1903, siempre subrayó su sello de potosino en virtud que sus hermanos mayores habían nacido en San Luis Potosí y su familia radicaba en la ciudad potosina al finalizar el siglo XIX.

Carlos Villatoro, actor del cine mudo y sonoro mexicano

Uno de dichos hermanos era Héctor Villatoro que a principios de la década de los veinte se encontraba como cónsul en Canadá, y con quien fue enviado Carlos Villatoro por su padre. Este periplo marcaría su primera relación con el mundo del cine, pues al quedar varado en Nueva York por una huelga que imposibilitó su viaje a Canadá, conoció a quienes iniciarían la dirección de películas en México, Gabriel García Moreno y Manuel Ojeda, en ese momento se acercaba a la actividad actoral en Nueva York. Como consecuencia, en 1925 García Moreno le propuso el papel estelar de la película El Buitre, y una serie de películas que se filmaron en Orizaba, Veracruz, de 1925 a 1927, entre ellas el Puño de Hierro de 1927 que se considera la primera película que trata el mundo de las drogas.

Como pionero del cine mudo mexicano Carlos Villatoro se convierte en uno de los mejores actores del cine mudo mexicano y de los primeros años del cine sonoro, al protagonizar películas sonoras desde 1934, entre ellas la película de Juan Bustillo Oro, Dos Monjes, donde participa también la actriz potosina Emma Roldán, en el papel de Gertrudis la madre de Javier, protagonizado por Carlos Villatoro; en esa película participa también en realización de Dos Monjes, el matehualense Juan José Ortega García, de quien trataremos en futuras entregas de esta columna.

Carlos Villatoro conoce a Juan Bustillo Oro cuando estudiaban en la Escuela Nacional Preparatoria, lo que fue otro encuentro que le marcaría su destino a la actuación en cine, donde también se formaría como guionista y director, dirigiendo a principios de los cuarenta los cortometrajes: Viaje a Jalapa, Canciones y Danzas Mexicanas, Compositores Mexicanos y Juan Diego. Escribió el argumento de la famosa y exitosa película Quinto Patio, dirigida por Rafael Sevilla en 1950.

Después de su participación en el cine mudo en México donde actuó en cinco películas en la década de los veinte, inicia su participación en el cine sonoro en 1934 en la película Águilas de América dirigida por Manuel Ojeda, participando en alrededor de veinte películas en el lapso de diez años, terminando su actuación en 1943 en la película La Mujer sin Alma de Fernando de Fuentes en 1943, al lado de María Félix.

A partir de 1944 se desempeña como anotador y asistente de director hasta 1963, año de su muerte. En esta actividad trabaja en numerosas producciones norteamericanas filmadas en México, teniendo apariciones incidentales.

También tuvo participación en la radio en México, siendo locutor en varias estaciones desde 1929. En la XEW tuvo el programa en 1951 “El rincón bohemio de Carlos Villatoro”.

Carlos Villatoro Escobedo el actor pionero del cine mexicano y baluarte en su desarrollo, quien se consideró un potosino de corazón, es uno de los fervientes hacedores del cine en México, quien consideraba que “la vida no era de película, pero hacer cine era su vida”.

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El Cronopio

Leticia Almazán de la Garza, compositora potosina | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

San Luis Potosí ha sido tierra de compositores, donde la música de concierto y las canciones de concierto han sobresalido. Algunos de estos personajes los hemos tratado en esta sección, aunque entre ellos han escaseado las mujeres, en cuanto a composiciones se refiere. Los tiempos cambian al abrirse oportunidades a las damas y, afortunadamente, en este siglo veintiuno podemos contar con algunas compositoras potosinas. Como muestra está el concierto que ofreciera la Orquesta Sinfónica de San Luis Potosí en el mes de marzo pasado donde interpretó, en el marco del Día Internacional de la Mujer, composiciones de autoras potosinas. Entre las compositoras potosinas programadas en el concierto se encontraba Leticia Almazán de la Garza.

Leticia Almazán, al menos fue mencionada en esta columna cuando tratamos el caso de la pianista potosina Malkhut Zavala, quien tiene entre su repertorio obras de Leticia Almazán, quien actualmente es encargada de las Escuelas de Iniciación Artística Asociadas que están asociadas al Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, que a pesar del esfuerzo de sus integrantes ha sido difícil su continuación, como suele suceder con el cambio de administraciones. Leticia Almazán se desempeña como Directora Académica del CEART San Luis.

Entre sus composiciones se encuentra La Noche, obra basada en los poemas de Manuel José Othón, obra con la que obtuvo el premio 20 de noviembre “Julián Carrillo”; la obra se estrenó en 2006, y ha sido poco interpretada, hasta que se armó el concierto de marzo.

A cien años de la muerte de Othón se compone esta obra musical, que da concreción a la obra inconclusa que contemplaran Othón y Carrillo, su conjunción lírica que habían titulado Tetralogía. Una pieza para celebrar el centenario de la Independencia de México que estaría dividida en cuatro partes: Descubrimiento de América, Conquista, Virreinato e Independencia. Así sería una obra que recorrería la historia hispana de México y la construcción de un nuevo país. La muerte sorprendió al poeta y la obra quedó en suspenso; colaboración entre dos grandes figuras potosinas del arte, cuestión ya tratada en muy anterior entrega de esta sección de El Cronopio.

Ahora Leticia Almazán, se basa en la poesía de Othón para crear su obra musical La Noche. Una forma de apreciar el nuevo arte musical potosino de la mano de Leticia Almazán y la poesía del máximo poeta potosino. Por desgracia, es música que no se encuentra grabada por lo que dificulta su difusión, de por sí escasa, en aquellas obras de que se disponen grabaciones.

Leticia Almazán surge, así como una de las mujeres que abren camino en el campo de la composición en San Luis Potosí. Su incursión en esta línea de la composición es alentadora, pues puede sumarse a la escasa pero existente lista de compositoras mexicanas que incursionaron en la música clásica, entre ellas, María Grever, Sofía Cancino de Cuevas, Rosa Guraieb, Consuelo Velázquez, Ángela Peralta, María Teresa Prieto, Alicia Urreta, Guadalupe Olmedo, y ahora la joven compositora potosina Galya Cisneros, por citar algunas.

Leticia Almazán se tituló en la Licenciatura en Composición en la Escuela Estatal de Música en el año 2015, y realizó una Maestría en Administración Pública en la Universidad Latinoamericana.

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