enero 21, 2021

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Las paredes nos hablan: el arte indígena novohispano | Columna de Edén Martínez

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Funambulista

 

El Arte Indocristiano

Una de las prioridades de la Corona Española en los primeros años después de la caída de Tenochtitlán el 13 de agosto de 1521, además de la ocupación del territorio, fue la evangelización de los pueblos indígenas. Por lo menos durante todo el siglo XVI, tres fueron las órdenes religiosas encargadas de cristianizara la Nueva España: Los Franciscanos, que llegaron en 1524, los Dominicos que les siguieron en 1526 y los Agustinos, que pisaron suelo novohispano hasta 1533. La tarea de evangelización funcionó a su vez para legitimar la Guerra Justa contra los pueblos chichimecas del norte, que todavía resistían, mientras se daba lugar a uno de los choques culturales más importantes de la historia universal.

Los indios tenían que ser educados en la palabra de Cristo para ser salvados, era el mandato que la providencia le había entregado a la Corona, pero además también debían aprender a escribir, a construir y a pensar como occidentales para que encajaran en la nueva realidad y para que fueran útiles. Esto además de un sincero interés por el pasado y las costumbres indígenas, se cristalizó en el establecimiento de varias escuelas y esfuerzos educativos realizados por las órdenes religiosas, como el proyecto de Pedro de Gante con el Colegio de San José de los Naturales, el Colegio de San Gregorio, o el Colegio de la Santa Cruz de Santiago Tlatelolco, fundado por fray Bernardino de Sahagún.

El sincretismo o la mezcla de estás dos tradiciones puede observarse claramente en la arquitectura y arte mural o pictórico de los conventos fundados en el primer periodo de la Colonia, donde se puede apreciar la combinación de elementos europeos y precolombinos. Hay varias denominaciones para este tipo de expresión artística y cultural, pero entre ellas sobresalen dos, que al mismo tiempo se contraponen: el término arte tequitqui, propuesto por el estudioso del arte mexicano José Moreno Villa, y el concepto de arte indocristiano, propuesto por el investigador Constantino Reyes-Valerio. El primero se define como “el producto que aparece en América al interpretar los indígenas las imágenes de una religión importada, y que aún está sujeto a la superstición indígena”, y el segundo, más acotado, se “concretaría principalmente al estudio del arte creado por los indios en los templos y conventos erigidos por las tres órdenes religiosas de franciscanos, dominicos y agustinos en el siglo XVI”.

El Grutesco

En un artículo para Letras Libres sobre El Pensamiento mestizo, de Serge Gruzinski, Christopher Domínguez Michael menciona que “los artistas indios dialogaron con el Renacimiento a través de centauros, moros contra cristianos que se vuelven conversos contra chichimecas y con el grutesco, ese adorno caprichoso de bichos, sabandijas, quimeras y follajes que Gruzinski encuentra en Parma y en Ixmiquilpan.” Con la palabra grutesco, Domínguez Michael se refiere a un estilo decorativo predominantemente español. Cuando el estilo artístico del Renacimiento invadía Italia, en España no creían que hubiera ningún motivo por el cuál renunciar a las formas góticas medievales, a las que consideraban, contrariamente, como “modernas”. En esta situación, el estilo artístico gótico permaneció de moda en la península ibérica hasta muy avanzado el siglo XVI, y las influencias renacentistas se adaptaron más como un ornamento que como una estructura.

A este estilo particular se le llamó Plateresco o Gótico Isabelino, y a los elementos decorativos renacentistas de su arquitectura se les denominó como grutescos. Lo grutesco (llamado así por la expresión italiana grotte, de bodega o gruta, en donde se encontraban las pinturas romanas augusteas que las inspiraron) terminó por definir una categoría estética diferenciada de la idea clásica de belleza, en oposición a la categoría de lo sublime. Insisto en lo anterior porque la decoración grutesca es muy común en el arte indocristiano del centro de México, y cobra características importantes al mezclarse con elementos prehispánicos.

Ixmiquilpan y Actopan: el arte como documento para la comprensión del pasado

Ahí, dentro del templo del exconvento agustino de San Miguel Arcángel, en Ixmiquilpan, donde “(las) metamorfosis de Ovidio fueron leídas en el siglo XVI en México (…) dando a luz a Perseos indígenas”, se encuentran algunas de las pinturas murales más antiguas e importantes de este tipo de arte, que son al mismo tiempo uno de los documentos más valiosos para el estudio histórico y antropológico de los procesos de aculturación, sincretismo y mestizaje en México. En los muros del convento podemos observar una gran batalla que para el historiador del arte José Luis Pérez Flores, tiene dos lecturas: el tema es una guerra espiritual que simboliza la psicomaquia (los combates del alma), el combate de los vicios contra las virtudes, y también una representación de la guerra chichimeca, en la que los guerreros indígenas cristianos, que pelean también en nombre de la civilización y la fe, toman el papel de verdaderos conquistadores, decorados con elementos grutescos y fantásticos.

Cuando uno se encuentra parado dentro de la nave del templo de San Miguel Arcángel, la sensación es de extraña fascinación: la arquitectura es occidental y los signos en las paredes intentan serlo, pero los colores y el estilo pictórico expone una fuerte tradición prehispánica. No cabe más que conjeturar cómo aquel mensaje de la guerra, la victoria y el sometimiento, era percibido por los habitantes locales de la región hace 500 años.

También en Hidalgo se encuentra otro importante ejemplo de pintura mural indocristiana: la capilla abierta del exconvento de San Nicolás Tolentino, en Actopan, fundado en 1546.  Las capillas abiertas fueron un recurso arquitectónico frecuentemente utilizado por las órdenes religiosas como estrategia de evangelización, con la intención de acercar a grandes grupos de indios a los cultos católicos, quienes estaban más habituados a las ceremonias al aire libre y que además no se sentían tan cómodos en espacios cerrados como las iglesias.

Ahora imaginen a cientos de indígenas de pie en una esplanada, observando el sacramento de la eucaristía, que está teniendo lugar en una estructura abierta semi circular. Detrás del altar están retratados una serie de sucesos bíblicos que adornan el muro (el diluvio, el pecado original, los jinetes del apocalipsis), coronadas con la imagen del Juicio Final en la parte superior, donde al parecer se está librando una batalla contra seres infernales. Si miran a la izquierda o a la derecha, notarán que una serpiente abre sus fauces a ambos lados, es el Leviatán, tragándose a aquellos que pecan o caen en el vicio, todo dentro de una enorme escena de torturas y suplicios: descuartizamientos, personas dentro de hornos cocinadas vivas y otras atenaceadas con pinzas.

A este tipo de discurso pictórico se le conoce como escatológico, y se refiere las ideas sobre “las últimas cosas”, la vida de ultratumba y el final de los tiempos, muy relacionado con la idea cristiano-medieval del infierno, definido extraordinariamente por George Minois como “la máquina más implacable, la más completa y la más desesperanzadora de triturar a los malvados que el genio humano haya podido jamás inventar”. Estas imágenes, al igual que las de Ixmiquilpan, tienen características indígenas, como la policromía y la ausencia de contornos delineados. Arturo Vergara Hernández, especialista del lugar, menciona que la explicación de su uso es compleja, ya que además de haber sido imágenes auxiliares de la evangelización y una forma de coacción mental, también pudieron responder a otras motivaciones específicas de su contexto y al fuerte choque cultural que dio lugar la llegada del cristianismo a la región: como las frecuentes hambrunas y epidemias interpretadas como castigos divinos, las circunstancias adversas de las misiones agustinas, los conflictos con el clero regular y la lucha contra la idolatría.

El pasado para comprender el presente

La historia del arte en México es un laboratorio extraordinario para comprender los procesos de mestizaje entre las culturas prehispánicas y la europea. Dos formas de comprender el mundo chocaron de frente, y aunque hubo una parte victoriosa, la visión de los sometidos sobrevivió discretamente, adoptando formas irreconocibles, infiltrándose para siempre en las creaciones de aquellos que los subyugaron y dando lugar a expresiones nuevas, que no eran ya ni completamente indígenas ni europeas.

Como estudiante de una licenciatura en historia estoy bastante acostumbrado a que me pregunten para qué sirve mi carrera. De hecho, yo mismo me he planteado la incógnita, e incluso he llevado la cuestión un paso delante preguntándome para qué sirve la historia en general. Me tranquiliza pensar que, como dice Gruzinski, el pasado del mundo nos ayuda a entender las periferias del actual Bombay, Los Ángeles y la Ciudad de México, hace dialogar al Renacimiento con los frailes novohispanos, al viejo mundo con el nuevo, para poder apreciar el presente.

 

*Este trabajo de difusión es el resultado de mi experiencia como estudiante en la práctica de campo del curso “Arte y cultura de los indígenas cristianos del siglo XVI”, perteneciente a la Licenciatura en Historia de la Facultad de Ciencias Sociales y Humanidades en la Universidad Autónoma de San Luis Potosí, e impartida por el Dr. José Luis Pérez Flores.

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La vida sencilla | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas.

Los libros que hablan de sobriedad, de vida tranquila, de regreso a viejas virtudes olvidadas son hoy leídos con avidez. Pienso, por ejemplo, en las obras de Pierre Sansot (Sobre el buen uso de la lentitud, Vivir con simplicidad, etcétera), que en Francia y en Italia han llegado a convertirse en auténticos bestsellers. Oler el pan recién cocido, pasear por un parque solitario a la hora del crepúsculo, degustar un vino viejo bebiéndolo a pequeños sorbos, charlar apaciblemente con los amigos manteniendo apagados nuestros teléfonos celulares, dar forma a una amistad con el mismo cuidado con que los japoneses de antaño daban forma a los mazos de flores: he aquí una serie de actividades reposadas que, a juzgar por sus lecturas, el hombre hiper-moderno echa bastante de menos.

En el fondo, lo que este hombre quiere saber es si hay alguna manera de volver atrás, de recobrar aunque sólo sea una parte de la calma perdida. «Antes la vida era más fácil –escribe Pedro Álvarez en El vivir humilde-, pero no por cómoda, sino por menos complicada». ¿Existe un camino que nos devuelva al paraíso del que hemos sido expulsados por la ansiedad y la alta tecnología? Pregunta capital es ésta, pues, como se sabe, en el reino tecnológico impera un axioma que dice así: «Lo que se ha inventado, no puede desinventarse». Esto quiere decir que no es posible volver al tiempo en el que Internet no existía; a la época en que los aviones eran sólo el sueño de Ícaro; en que para oír música había que recurrir a aquellas mastodónticas consolas que constituyen hoy las delicias de los anticuarios. ¿Significará también que ya no es posible volver al tiempo en el que éramos más simples porque nos conformábamos con poco?

Hace unos días cayó en mis manos un viejo libro de don Alfonso Junco –data el amarillento volumen de 1939, año en que estallaba la Segunda Guerra- cuyo título era La vida sencilla. En él el autor transcribía párrafos y pasajes de un libro más antiguo aún, encontrado por él en un bazar madrileño, en el que un tal Carlos Wagner encomiaba la sencillez de la vida y daba sugerencias prácticas para conseguirla. Transcribo y comento ahora algunos de estos consejos. ¿Quiere usted vivir apaciblemente y con sencillez? Entonces, escuche usted:

Ante todo, es necesario no sucumbir a la fáustica tentación de querer saberlo todo; he aquí lo que escribió Junco citando a Wagner: «Así como no hay necesidad de agotar toda el agua de las fuentes para apagar nuestra sed, tampoco necesitamos saberlo todo para vivir». Vale esta recomendación para aquellos que, queriendo estar al día en todas las cosas, se pasan la vida entre libros y documentos, telediarios y noticieros, de manera que muy raramente tienen tiempo para los demás y casi nunca para ellos mismos. ¡Hay que reencontrar las amistades perdidas y reanudar los lazos rotos! Hay quienes creen que los grandes amores mueren de traición, pero la verdad es que más frecuentemente mueren de olvido, o de descuido.

El segundo consejo se reduce a esto: evitar los pensamientos pesimistas: «Cuando se sabe que un manjar es peligroso para la salud, no se come. Y cuando un cierto modo de pensar nos quita la confianza, la alegría y la fuerza, hay que rechazarlo, seguros de que no es sólo un alimento detestable para el espíritu, sino que es falso… La esperanza más sencilla está más cerca de la verdad que la desesperanza más razonada».

Tercero: hacer concreto nuestro amor a la humanidad. Ya a principios de siglo decía Péguy, el poeta francés, que hay quienes creen que aman a Dios simplemente porque no aman a nadie; de igual manera, habría que decir que hay quienes creen amar a la Humanidad simplemente porque no son capaces de amar con amor sincero a aquellos que separadamente la componen, es decir, a los individuos. «Nos apasionamos por la comunidad –escribe Junco-, por el bien público, por las lejanas desgracias, mientras vamos pisando a los transeúntes, o empujándolos». ¡Pensamos en los lejanos, pero ignoramos a quienes tenemos a un lado! Los jóvenes posmodernos sentados a la mesa en silencio, pero maniobrando su teléfono mientras sus padres le hablan, son una excelente muestra de esta raza abominable.

Cuarto: conspirar a favor de la alegría. «El que se dedica a mantenerla, hace una labor tan provechosa como la del que hace puentes, perfora túneles o cultiva la tierra… Proporcionar un poco de placer, desarrugar las frentes preocupadas, introducir un poco de luz en los caminos oscuros, ¡qué oficio tan verdaderamente divino para esta pobre humanidad!».

Quinto: buscar a los de la misma casa. «Nuestros hijos –prosigue Junco- heredan un mundo que no es alegre… Deje la alegría de ser un género de exportación. Reunamos a nuestros hijos, multipliquemos las fiestas caseras, las recepciones y las excursiones en familia. Elevemos en nosotros el buen humor a la altura de una intuición… No hay nada semejante para comprender bien a un profesor que el haber reído junto a él. Recibid sencillamente, reuníos sencillamente. Veréis el fruto».

Sexto: amar el propio hogar, ese refugio donde el amor encuentra su escondite. «¡Cómo suspiran por el hogar los que lo han perdido! ¡Cómo, los que nunca probaron su acogedora plenitud! Así el norteamericano que conoce apenas el hogar porque en la mañana se dispersan todos al trabajo, a mediodía cada quien toma su lunch en la calle, por la noche cada uno se pasea por su lado… Porque el hombre no es un nómada. Le gusta, sí, salir y vagar; pero le gusta tener donde volver».

Pero me detengo aquí, porque se ha hecho tarde ¿Son válidos estos consejos en el año 2021 así como lo fueron en 1939 y en 1913 (años en que fueron publicados, respectivamente, los libros de Junco y Wagner?). Júzguelo el lector; o, mejor aún, haga la prueba y verá.

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Paloma debe ser la candidata de Morena en SLP | Columna de Luis Moreno

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HISTORIAS PARA PERROS CALLEJEROS.

Es un hecho, Paloma Rachel Aguilar Correa se inscribirá el lunes al proceso interno de Morena para definir quién será su candidata a gobernadora y es una de las favoritas a quedarse con la nominación, así lo confirmaron al menos tres fuentes diferentes.

Uno de los trascendidos apuntó a que el propio presidente López Obrador fue quien le solicitó a Paloma ser la candidata y la instrucción fue clara: hacer una campaña digna.

No una mentira ni tampoco un lance machista asegurar que hoy los perfiles más fuertes de Morena en San Luis son hombres: Leonel Serrato, Juan Ramiro Roble y Primo Dothé, pero la posibilidad de verlos en la boleta es lejana, por no decir imposible, pues implicaría la modificación de alguna de las ocho candidaturas para hombres en otros estados.

A finales del año anterior, cuando Mario Delgado, dirigente nacional morenista, hizo el anuncio de que en San Luis tendrían a una candidata, el proceso electoral se convulsionó, pues antes de eso muchos anticipábamos una victoria de Morena sin muchos contratiempos, pero considerando lo poco conocidas que son y los negativos que tienen las tres inscritas originalmente para la postulación: Francisca Reséndiz, Marcelina Oviedo y María del Consuelo Jonguitud, dio la impresión de que el partido quería perder y con su derrota abrirle paso a otro candidato para quedarse con el voto de las izquierdas.

Luego de eso surgieron voces que sentaban a Mónica Rangel, secretaria de Salud, en la postulación de Morena, una posibilidad que sigue latente, de hecho en el escritorio de Mario Delgado los expediente de Mónica y Paloma son los más adelantados, sin embargo, elegir a la funcionaria carrerista es un suicidio partidista para Morena, pues causaría una decepción irreparable no solo entre su militancia (que es muy poca), sino entre sus simpatizantes (que son muchos y muchas); ya que Mónica, además de no ser parte de Morena, tiene acusaciones serias por uso indebido de recursos públicos, lo que traería una retahíla, no para el partido, sino para el presidente López Obrador, que suficiente tiene con los cuestionamientos contra Félix Salgado Macedonio en Guerrero.

Hacer una campaña digna no es sinónimo de ganar, pues se puede ganar siendo indigno, pero es un triunfo a largo plazo, uno que urgentemente necesita Morena San Luis, pues liderazgos guiados por los complejos y mediocres como el de Sergio Serrano han condenado al partido oficial a un marasmo que lo hace parecer una izquierda de los años 70 y lo aleja de la visión progresista de las y los morenistas en la Ciudad de México que, sin problema, es capaz de convencer a las clases medias aspiracionales y juveniles, algo por ahora impensable en el estado.

Estoy convencido de que si es real que Andrés Manuel ha depositado esa encomienda en Paloma Rachel, ella cuenta con todos los elementos para cumplirla.

En primer lugar tiene el perfil político: es fundadora de Morena en el estado, tiene la inteligencia, la retórica y la oratoria. Fue brigadista de López Obrador, le ha sido leal durante toda su trayectoria y el presidente le responde igual. Y en un tema más trivial, pero que no se debe soslayar (las elecciones son en buena medida un tema de imagen), tiene el atractivo que ofrece la juventud.

Paloma puede ser la punta del inicio de una refundación de Morena en San Luis, en la que deben tener un lugar preponderante otros liderazgos importantes como Leonel Serrato. Su presencia en la boleta sería incontestable, no así la de muchas de las interesadas y de paso, en una de esas, con una elección dividida entre Ricardo Gallardo, Octavio Pedroza, Xavier Nava (si logra romper la coalición) y lo que logren juntar entre Juan Carlos Machinena, Arturo Segoviano, los representantes del PES y RSP, puede que la elección acabe por ponerse al alcance de todas, siempre y cuando se salven pleitos con viejos, se busquen aliados y se acuda a un discurso del siglo XXI.

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Dios es mi hijo | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas.

 

El 21 de junio de 1940, durante la segunda gran guerra, Jean Paul Sartre (1905-1980), soldado de la resistencia francesa, fue hecho prisionero y llevado a Tréveris, Alemania, donde estuvo recluido durante casi un año. Para ese entonces había publicado ya algunas de sus obras más importantes (La imaginación, El muro, La náusea), y comenzaba a convertirse en el intelectual-símbolo de una época que no estaba dispuesta a vivir más que en absoluta libertad y sin fe.

En Las palabras, su autobiografía, Sartre no vacila en dirigirse a Dios como no lo haría con el peor de sus enemigos. Uno se frota los ojos para cerciorarse de que no está viendo visiones en la página impresa, de que esas frases fueron dichas verdaderamente. Pero no se trata de ninguna visión, por desgracia, ni de ningún error de tipografía.

Sin embargo, según cuenta el dominico Bernard Bro en uno de sus libros (La foi n’est pas ce que vous pensez), durante aquel breve cautiverio, un sacerdote amigo suyo, miembro de su misma congregación, pidió a Sartre la noche de Navidad (era la Navidad de 1940, la única que pasó en el campo aquel) que escribiera algo para recordar el nacimiento del Salvador. Si casi todos los prisioneros eran cristianos y tenían entre ellos a alguien que escribía, y que lo hacía bastante bien, ¿por qué no pedirle una composición?, ¿por qué desaprovechar la oportunidad? He aquí cómo cuenta este episodio el padre Bro:

«Fue (Sartre) uno de los mejores filósofos franceses de los últimos tiempos. Estando en cautiverio, un sacerdote amigo que estaba prisionero con él, le pidió ayuda para que la primera Navidad pasada en el campo no fuera tan siniestra. El filósofo proclamó a menudo que había abandonado la fe. Lo dijo una y mil veces. Y, sin embargo, inesperadamente, compuso una obra de teatro para esta Navidad de cautiverio. En ella evoca a la Virgen, al Niño Jesús y la Sagrada Familia».

He aquí, por ejemplo, lo que Sartre dijo de José en aquella obra que, según sé, acaba de publicar la editorial española Voz de Papel con el título Bariona, el hijo del trueno: «¿Y José? A José no lo pintaría. Simplemente mostraría una sombra y dos ojos brillantes en el fondo del pesebre. Porque no sé qué decir de José, y José no sabe qué decir de sí mismo. Él adora y es feliz adorando. Y se siente un poco desterrado. Creo que sufre sin confesarlo. Sufre al darse cuenta que la mujer que ama se parece a Dios, toma partido por Dios. Porque Dios vino a la intimidad de esta familia. José y María están separados para siempre en este incendio de claridad. Imagino que José se pasará la vida tratando de aceptar todo esto».

En otro pasaje de la misma pieza, el filósofo hace a hablar a María y pone en su boca estas palabras:

Dios… Dios es mi hijo.

Esta carne divina es mi carne.

Está hecho de mí, tiene mis ojos.

La forma de su boca tiene la forma de la mía.

Se parece a mí.

Es Dios y sin embargo se parece a mí.

Ninguna mujer ha podido tener a Dios para ella sola,

un Dios- niño  al que se puede cubrir de besos,

un Dios que sonríe y que respira,

un Dios al que se puede tocar y que sonríe.

A pesar de haber escrito esto más por complacer a los demás que para convencerse a sí mismo, Sartre tenía razón. María, en secreto, debió haber  dicho o pensado algo semejante. Ese niño que tenía allí, tan cerca, era Dios, Dios que se dejaba acariciar como se acaricia un niño.

Celebrar la Navidad es celebrar que Dios tiene una boca como la nuestra, unos ojos como los nuestros, un corazón de carne como el nuestro: que se parece a mí y a ti, que se nos parece. Y que sonríe.

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