octubre 31, 2026

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#4 Tiempos

Las cosas que extraño | Columna de Juan Jesús Priego

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Cuando yo era niño y me enfermaba, un ejército de tías asaltaba mi cama. Una, gorjeando como un pajarito, me ofrecía de comer; otra, la cronista e historiadora de la familia, me contaba cuentos, y otra más se llegaba hasta mí con una taza hirviente que contenía cierta infusión misteriosa preparada con hojas y raíces traídas de alguna montaña inaccesible por un escalador osado. Una vez que el brebaje se quedaba allí, humeando sobre el buró, la tía regresaba corriendo a la cocina para volver cinco minutos más tarde con otro remedio tan milagroso como el anterior. ¡Con qué gusto se enfermaba uno entonces! ¡Estábamos en los tiempos en que enfermarse era un placer!

Pero no nos hagamos ilusiones: hoy en día estos seres solícitos se hallan ya en vías de extinción, como los ornitorrincos y los osos polares. ¿Dónde están esos seres cuya única misión en la vida parecía ser la de quedarse noches enteras cuidando al pariente enfermo, al familiar en agonía? No, esas mujeres no existen más. Hoy el imperativo categórico es que cada quien viva su vida y deje que los demás vivan la suya arreglándoselas como puedan.

¿De dónde sacaban aquellas mujeres tanta disponibilidad, tanta paciencia, tanto tiempo? No lo sé. Y no hay que pensar que fueran todas ellas unas solteronas desocupadas: eran simplemente mujeres, como aquella Marta del evangelio que apenas vio llegar a Jesús se puso a remover en la cocina platos, ollas y cazuelas.

Recuerdo que cuando leí Una muerte muy dulce, libro en el que Simone de Beauvoir (1908-1986) cuenta los últimos días de su madre, me sorprendió muchísimo saber que la novelista filósofa no dormía –ni durmió nunca- en el hospital acompañando a la enferma, sino que, llegada la noche, tranquilamente se iba a su casa.

-¡Cómo! –pensé-. ¿Se va? ¿Por qué no se queda con ella? ¡Después de todo es su madre! ¡Después de todo su deber es estar allí!

Nacido en una familia de provincia, semejante actitud me parecía de una frialdad inconcebible. La idea de que uno pudiera marcharse mientras un ser tan querido agonizaba, literalmente me sacaba de mis casillas. Y es que yo estaba habituado a la creencia de que era un deber sacrosanto «estar al pie de la cama», como se decía entonces, todo el tiempo que fuera necesario: de noche y de día, a media mañana y a media tarde, hasta que el éste saliera de su cuarto bien vivo o bien muerto; hasta que el médico lo diera de alta o la vida lo diera de baja.

En La muerte de Iván Illich, uno de los más bellos re latos de León Tolstoi (1828-1910), el único que soportaba los gritos del funcionario moribundo era un criado de origen campesino llamado Guerasim. Era él quien lo llevaba al baño, lo cambiaba de posición en la cama y secaba con paciencia sus lágrimas, pues ni su mujer ni su hija quisieron nunca hacerlo. «¿Por qué nos atormenta papá de esa manera?», se preguntaba esta última cuando los gritos de su padre llegaron a parecerle demasiado desgarradores e insistentes. Sí, Guerasim era el único que estaba allí, y no por servilismo, sino porque era un murik

familiarizado con el dolor y los tormentos. Una noche en que Iván Illich quiso mandarlo a dormir, Guerasim protestó diciendo: «¿Y por qué no he de tomarme esta molestia?», dando a entender con ello que el trabajo que se tomaba por su amo no le era de ningún modo pesado, pues «esperaba que, cuando le llegase la ocasión,  habría otro que también lo haría por él».

Hoy por ti, mañana por mí: tal era la lógica que imperaba en aquel remoto entonces, y de esta manera la enfermedad se temía menos, pues cuando ésta llegaba el paciente no estaba nunca solo para combatirla.

¿Qué haría falta para regresar a ese pasado que nos parece mucho más humano que nuestro presente? Ante todo, dos cosas: disponibilidad y tiempo. ¿Cómo va a haber gente junto a uno si ésta no hace más que moverse apresurada de una oficina a otra y de un piso al siguiente? Y, sobre todo, ¿cómo vamos a quedarnos con los demás si ni siquiera tenemos tiempo ni para hacerles una breve visita? El antiguo sabía una cosa: que si se esforzaba por estar con los que sufrían, siempre habría alguien que estaría con él cuando se presentara la ocasión o llegara la oportunidad; pero el moderno, de esto, no sabe absolutamente nada. ¿Quién se preocupa hoy por el otro?, ¿quién le da aunque sólo sea una migaja de su tiempo?

«Yo era una molestia para ti, sobraba –dice a su madre la protagonista de Le rendez-vous, esa desgarradora novela escrita por Justine Lévy, la joven escritora francesa-. ¿Alguna vez me acompañaste al médico, o me llevaste de vacaciones a algún lugar adecuado para mí y en el que no montases tu numerito, o me diste un consejo; alguna vez me escuchaste, me oíste siquiera?… No estoy de acuerdo contigo, Minina, no tengo tiempo de acompañarte al colegio, no tengo tiempo de enseñarte a nadar, no tengo tiempo de hacerte feliz. Eso era todo lo que decías… ¿Es que no hemos vivido juntas también momentos de ternura? Sí, claro que sí. Pero mi memoria, ya lo ves, no tiene buen gusto. Creo que he olvidado esos momentos”.

Cuando Dios giró la orden, por decir así, de guardar el sábado seguramente pensaba en la necesidad de que el hombre tuviera tiempo: tiempo para estar con los demás, para conversar amistosamente con ellos, para orar y estudiar e incluso para recordar. «Porque en seis días hizo el Señor el cielo, la tierra, el mar y lo que hay en ellos y el séptimo descansó. Por eso bendijo el Señor el sábado y lo santificó» (Deuteronomio 5,15).

Pareciera, a la luz de este texto, que el sábado fue hecho sobre todo para recordar. Para recordar las hazañas que hizo el Señor en favor de su pueblo, pero también los rostros desaparecidos nunca más vueltos a ver. Tiempo para cantar viejas melodías olvidadas, tiempo para la compañía, el amor y la sana nostalgia. Tiempo, tiempo. Lo que tanto extraño es que los hombres volvamos a tener tiempo para realizar estas pocas cosas, sencillas e improductivas, que quizá, además, sean las únicas que cuentan.

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Acento Ajeno

La alcancía sin fondo de Margarito | Columna de Haniel Valdés

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ACENTO AJENO

Por: Haniel Valdés Velázquez

Dice Shakira, “tiene nombre de persona buena, claramente no es como suena”. Nombre de flor, pero actuar de mala hierba. Mientras el Estado amplía las rutas gratuitas y de calidad, para los potosinos, las empresas que operan el otro, el caro y de pésima calidad, dicen que no les alcanza y necesitan duplicar el precio del pasaje.

Margarito Terán, representante del sector camionero, que nunca ha usado el transporte público para moverse, solo para llenar sus bolsillos, por eso no sabe el pésimo servicio que prestan, pide tarifa récord y dinero público sin explicar qué pasó con el aumento de este año ni con los camiones nuevos que el Estado ya entregó al sector.

En enero, Margarito Terán pidió subir el pasaje de 12.50 a 15 pesos. El Estado le autorizó 13.50. Nueve meses después vuelve con una cifra que ya no es petición sino ultimátum: 23 pesos por viaje, 2,797 millones del erario y la amenaza de que el sistema “va a colapsar por inercia”.

Veintitrés pesos son 70% más que la tarifa vigente y 53% más que los 15 que el propio Terán decía indispensables hace diez meses. Si 15 eran la salvación en enero, ¿qué cambió para que ahora cueste ocho pesos más?

Hay un dato que Terán omite. Ese mismo enero, el 12, el gobernador Ricardo Gallardo entregó 100 camiones nuevos con una inversión de 266 millones de pesos en financiamientos. Son 2.66 millones por unidad. Al ritmo de ese precio, renovar las 768 unidades de la iniciativa costaría unos 2,043 millones. Faltarían casi 750 millones para llegar a los 2,797 que piden. El resto cubriría déficits de operación, un margen de 15% de utilidad para los concesionarios y las pérdidas de la pandemia. Es decir: dinero público para garantizarles ganancia.

Tampoco está claro qué pasó con los camiones ya entregados. El Gobierno presumió 100 en enero; en octubre, la SCT habló ante el Congreso de “más de 70 unidades urbanas” renovadas. Nadie ha dicho cuántos circulan, en qué rutas ni quién paga el financiamiento. Antes de pedir más, habría que rendir cuentas de lo que ya se dio.

Yo, usuario del transporte público de la capital, debo ser un desafortunado, solo una vez subí a una unidad de las nuevas, al parecer las rutas 53, 21, 30, 27, 10 y 5, que son las que utilizo con frecuencia, no recibieron la dicha de contar con los nuevos camiones, porque he conocido autos clásicos más modernos que los camiones que suelen llevarme por la ciudad.

La flota vieja no es una sorpresa. Terán dice que 882 unidades

ya debieron salir de circulación. La Ley de Transporte Público no permite camiones de más de 10 años, y renovarlos es obligación de quien tiene la concesión, no del usuario. En 2015 el padrón registraba mil 174 unidades; hoy hay mil 203. Once años después, el parque casi no creció, y tampoco se renovó. Y en mayo, el propio Terán reconoció que de mil 200 unidades autorizadas solo circulaban unas 800.

Hay una concentración que pesa. Cuatro empresas controlan 36% del padrón y diez, 61%. El dinero público llegaría sobre todo a quienes ya tienen más peso. Una de ellas, Tangamanga, enfrenta una denuncia de Ciudadanos Observando por mantener suspendidas tres rutas de su concesión.

El diputado Héctor Serrano lo dijo claro: las concesiones “son potestad del Estado, no propiedad de los concesionarios”. Quien explota un bien público no puede presentarse a pedir rescate cuando el negocio le sale mal.

Terán tiene razón en algo: los costos de operar suben. Pero una industria que pide más tarifa, más subsidio y más tiempo, sin ofrecer metas, plazos ni auditoría, no pide apoyo: pide un cheque en blanco.

Los costos suben, pero el respeto a la vialidad, la buena educación y atención por los conductores de las unidades, la limpieza de las mismas y el respeto a sus horarios y paradas, disminuyen.

La SCT debería preocuparse más por velar que las unidades de transporte urbano cumplan con aquello por lo que reciben dinero público, ofrecer un transporte de calidad. Pero primero y más fácil, cerrarle la boca y pararle los pies a este señor que ya parece alcancía, solo pidiendo dinero para guardar y no para emplear en lo que se necesita. O mínimo, salir con urgencia a desmentir sus falacias y exigirle resultados.

Lo mínimo que el usuario merece antes de pagar un peso más es saber cuántos de los 100 camiones nuevos circulan, un plan de renovación con fechas, rutas que realmente operen y cuentas abiertas sobre qué se hizo con el aumento de este año. Sin eso, los 23 pesos no son un precio. Son una factura sin desglose.

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El Cronopio

Carlos Villatoro, el actor de corazón potosino | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

Los inicios del cine mexicano están marcados por la participación de actores y actrices de San Luis Potosí; algunos personajes han sido tratados en esta columna. Desde la época del cine mudo hasta los albores del cine sonoro en México, aparecen estas contribuciones potosinas que se extienden a lo largo de toda la historia del cine mexicano.

Entre los personajes que inician su actividad actoral en el cine mudo se encuentra Carlos Villatoro, que si bien se registra su lugar de nacimiento en Comitán, Chiapas, en 1903, siempre subrayó su sello de potosino en virtud que sus hermanos mayores habían nacido en San Luis Potosí y su familia radicaba en la ciudad potosina al finalizar el siglo XIX.

Carlos Villatoro, actor del cine mudo y sonoro mexicano

Uno de dichos hermanos era Héctor Villatoro que a principios de la década de los veinte se encontraba como cónsul en Canadá, y con quien fue enviado Carlos Villatoro por su padre. Este periplo marcaría su primera relación con el mundo del cine, pues al quedar varado en Nueva York por una huelga que imposibilitó su viaje a Canadá, conoció a quienes iniciarían la dirección de películas en México, Gabriel García Moreno y Manuel Ojeda, en ese momento se acercaba a la actividad actoral en Nueva York. Como consecuencia, en 1925 García Moreno le propuso el papel estelar de la película El Buitre, y una serie de películas que se filmaron en Orizaba, Veracruz, de 1925 a 1927, entre ellas el Puño de Hierro de 1927 que se considera la primera película que trata el mundo de las drogas.

Como pionero del cine mudo mexicano Carlos Villatoro se convierte en uno de los mejores actores del cine mudo mexicano y de los primeros años del cine sonoro, al protagonizar películas sonoras desde 1934, entre ellas la película de Juan Bustillo Oro, Dos Monjes, donde participa también la actriz potosina Emma Roldán, en el papel de Gertrudis la madre de Javier, protagonizado por Carlos Villatoro; en esa película participa también en realización de Dos Monjes, el matehualense Juan José Ortega García, de quien trataremos en futuras entregas de esta columna.

Carlos Villatoro conoce a Juan Bustillo Oro cuando estudiaban en la Escuela Nacional Preparatoria, lo que fue otro encuentro que le marcaría su destino a la actuación en cine, donde también se formaría como guionista y director, dirigiendo a principios de los cuarenta los cortometrajes: Viaje a Jalapa, Canciones y Danzas Mexicanas, Compositores Mexicanos y Juan Diego. Escribió el argumento de la famosa y exitosa película Quinto Patio, dirigida por Rafael Sevilla en 1950.

Después de su participación en el cine mudo en México donde actuó en cinco películas en la década de los veinte, inicia su participación en el cine sonoro en 1934 en la película Águilas de América dirigida por Manuel Ojeda, participando en alrededor de veinte películas en el lapso de diez años, terminando su actuación en 1943 en la película La Mujer sin Alma de Fernando de Fuentes en 1943, al lado de María Félix.

A partir de 1944 se desempeña como anotador y asistente de director hasta 1963, año de su muerte. En esta actividad trabaja en numerosas producciones norteamericanas filmadas en México, teniendo apariciones incidentales.

También tuvo participación en la radio en México, siendo locutor en varias estaciones desde 1929. En la XEW tuvo el programa en 1951 “El rincón bohemio de Carlos Villatoro”.

Carlos Villatoro Escobedo el actor pionero del cine mexicano y baluarte en su desarrollo, quien se consideró un potosino de corazón, es uno de los fervientes hacedores del cine en México, quien consideraba que “la vida no era de película, pero hacer cine era su vida”.

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El Cronopio

Leticia Almazán de la Garza, compositora potosina | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

San Luis Potosí ha sido tierra de compositores, donde la música de concierto y las canciones de concierto han sobresalido. Algunos de estos personajes los hemos tratado en esta sección, aunque entre ellos han escaseado las mujeres, en cuanto a composiciones se refiere. Los tiempos cambian al abrirse oportunidades a las damas y, afortunadamente, en este siglo veintiuno podemos contar con algunas compositoras potosinas. Como muestra está el concierto que ofreciera la Orquesta Sinfónica de San Luis Potosí en el mes de marzo pasado donde interpretó, en el marco del Día Internacional de la Mujer, composiciones de autoras potosinas. Entre las compositoras potosinas programadas en el concierto se encontraba Leticia Almazán de la Garza.

Leticia Almazán, al menos fue mencionada en esta columna cuando tratamos el caso de la pianista potosina Malkhut Zavala, quien tiene entre su repertorio obras de Leticia Almazán, quien actualmente es encargada de las Escuelas de Iniciación Artística Asociadas que están asociadas al Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, que a pesar del esfuerzo de sus integrantes ha sido difícil su continuación, como suele suceder con el cambio de administraciones. Leticia Almazán se desempeña como Directora Académica del CEART San Luis.

Entre sus composiciones se encuentra La Noche, obra basada en los poemas de Manuel José Othón, obra con la que obtuvo el premio 20 de noviembre “Julián Carrillo”; la obra se estrenó en 2006, y ha sido poco interpretada, hasta que se armó el concierto de marzo.

A cien años de la muerte de Othón se compone esta obra musical, que da concreción a la obra inconclusa que contemplaran Othón y Carrillo, su conjunción lírica que habían titulado Tetralogía. Una pieza para celebrar el centenario de la Independencia de México que estaría dividida en cuatro partes: Descubrimiento de América, Conquista, Virreinato e Independencia. Así sería una obra que recorrería la historia hispana de México y la construcción de un nuevo país. La muerte sorprendió al poeta y la obra quedó en suspenso; colaboración entre dos grandes figuras potosinas del arte, cuestión ya tratada en muy anterior entrega de esta sección de El Cronopio.

Ahora Leticia Almazán, se basa en la poesía de Othón para crear su obra musical La Noche. Una forma de apreciar el nuevo arte musical potosino de la mano de Leticia Almazán y la poesía del máximo poeta potosino. Por desgracia, es música que no se encuentra grabada por lo que dificulta su difusión, de por sí escasa, en aquellas obras de que se disponen grabaciones.

Leticia Almazán surge, así como una de las mujeres que abren camino en el campo de la composición en San Luis Potosí. Su incursión en esta línea de la composición es alentadora, pues puede sumarse a la escasa pero existente lista de compositoras mexicanas que incursionaron en la música clásica, entre ellas, María Grever, Sofía Cancino de Cuevas, Rosa Guraieb, Consuelo Velázquez, Ángela Peralta, María Teresa Prieto, Alicia Urreta, Guadalupe Olmedo, y ahora la joven compositora potosina Galya Cisneros, por citar algunas.

Leticia Almazán se tituló en la Licenciatura en Composición en la Escuela Estatal de Música en el año 2015, y realizó una Maestría en Administración Pública en la Universidad Latinoamericana.

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