octubre 16, 2026

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#4 Tiempos

Las cosas que extraño | Columna de Juan Jesús Priego

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Cuando yo era niño y me enfermaba, un ejército de tías asaltaba mi cama. Una, gorjeando como un pajarito, me ofrecía de comer; otra, la cronista e historiadora de la familia, me contaba cuentos, y otra más se llegaba hasta mí con una taza hirviente que contenía cierta infusión misteriosa preparada con hojas y raíces traídas de alguna montaña inaccesible por un escalador osado. Una vez que el brebaje se quedaba allí, humeando sobre el buró, la tía regresaba corriendo a la cocina para volver cinco minutos más tarde con otro remedio tan milagroso como el anterior. ¡Con qué gusto se enfermaba uno entonces! ¡Estábamos en los tiempos en que enfermarse era un placer!

Pero no nos hagamos ilusiones: hoy en día estos seres solícitos se hallan ya en vías de extinción, como los ornitorrincos y los osos polares. ¿Dónde están esos seres cuya única misión en la vida parecía ser la de quedarse noches enteras cuidando al pariente enfermo, al familiar en agonía? No, esas mujeres no existen más. Hoy el imperativo categórico es que cada quien viva su vida y deje que los demás vivan la suya arreglándoselas como puedan.

¿De dónde sacaban aquellas mujeres tanta disponibilidad, tanta paciencia, tanto tiempo? No lo sé. Y no hay que pensar que fueran todas ellas unas solteronas desocupadas: eran simplemente mujeres, como aquella Marta del evangelio que apenas vio llegar a Jesús se puso a remover en la cocina platos, ollas y cazuelas.

Recuerdo que cuando leí Una muerte muy dulce, libro en el que Simone de Beauvoir (1908-1986) cuenta los últimos días de su madre, me sorprendió muchísimo saber que la novelista filósofa no dormía –ni durmió nunca- en el hospital acompañando a la enferma, sino que, llegada la noche, tranquilamente se iba a su casa.

-¡Cómo! –pensé-. ¿Se va? ¿Por qué no se queda con ella? ¡Después de todo es su madre! ¡Después de todo su deber es estar allí!

Nacido en una familia de provincia, semejante actitud me parecía de una frialdad inconcebible. La idea de que uno pudiera marcharse mientras un ser tan querido agonizaba, literalmente me sacaba de mis casillas. Y es que yo estaba habituado a la creencia de que era un deber sacrosanto «estar al pie de la cama», como se decía entonces, todo el tiempo que fuera necesario: de noche y de día, a media mañana y a media tarde, hasta que el éste saliera de su cuarto bien vivo o bien muerto; hasta que el médico lo diera de alta o la vida lo diera de baja.

En La muerte de Iván Illich, uno de los más bellos re latos de León Tolstoi (1828-1910), el único que soportaba los gritos del funcionario moribundo era un criado de origen campesino llamado Guerasim. Era él quien lo llevaba al baño, lo cambiaba de posición en la cama y secaba con paciencia sus lágrimas, pues ni su mujer ni su hija quisieron nunca hacerlo. «¿Por qué nos atormenta papá de esa manera?», se preguntaba esta última cuando los gritos de su padre llegaron a parecerle demasiado desgarradores e insistentes. Sí, Guerasim era el único que estaba allí, y no por servilismo, sino porque era un murik

familiarizado con el dolor y los tormentos. Una noche en que Iván Illich quiso mandarlo a dormir, Guerasim protestó diciendo: «¿Y por qué no he de tomarme esta molestia?», dando a entender con ello que el trabajo que se tomaba por su amo no le era de ningún modo pesado, pues «esperaba que, cuando le llegase la ocasión,  habría otro que también lo haría por él».

Hoy por ti, mañana por mí: tal era la lógica que imperaba en aquel remoto entonces, y de esta manera la enfermedad se temía menos, pues cuando ésta llegaba el paciente no estaba nunca solo para combatirla.

¿Qué haría falta para regresar a ese pasado que nos parece mucho más humano que nuestro presente? Ante todo, dos cosas: disponibilidad y tiempo. ¿Cómo va a haber gente junto a uno si ésta no hace más que moverse apresurada de una oficina a otra y de un piso al siguiente? Y, sobre todo, ¿cómo vamos a quedarnos con los demás si ni siquiera tenemos tiempo ni para hacerles una breve visita? El antiguo sabía una cosa: que si se esforzaba por estar con los que sufrían, siempre habría alguien que estaría con él cuando se presentara la ocasión o llegara la oportunidad; pero el moderno, de esto, no sabe absolutamente nada. ¿Quién se preocupa hoy por el otro?, ¿quién le da aunque sólo sea una migaja de su tiempo?

«Yo era una molestia para ti, sobraba –dice a su madre la protagonista de Le rendez-vous, esa desgarradora novela escrita por Justine Lévy, la joven escritora francesa-. ¿Alguna vez me acompañaste al médico, o me llevaste de vacaciones a algún lugar adecuado para mí y en el que no montases tu numerito, o me diste un consejo; alguna vez me escuchaste, me oíste siquiera?… No estoy de acuerdo contigo, Minina, no tengo tiempo de acompañarte al colegio, no tengo tiempo de enseñarte a nadar, no tengo tiempo de hacerte feliz. Eso era todo lo que decías… ¿Es que no hemos vivido juntas también momentos de ternura? Sí, claro que sí. Pero mi memoria, ya lo ves, no tiene buen gusto. Creo que he olvidado esos momentos”.

Cuando Dios giró la orden, por decir así, de guardar el sábado seguramente pensaba en la necesidad de que el hombre tuviera tiempo: tiempo para estar con los demás, para conversar amistosamente con ellos, para orar y estudiar e incluso para recordar. «Porque en seis días hizo el Señor el cielo, la tierra, el mar y lo que hay en ellos y el séptimo descansó. Por eso bendijo el Señor el sábado y lo santificó» (Deuteronomio 5,15).

Pareciera, a la luz de este texto, que el sábado fue hecho sobre todo para recordar. Para recordar las hazañas que hizo el Señor en favor de su pueblo, pero también los rostros desaparecidos nunca más vueltos a ver. Tiempo para cantar viejas melodías olvidadas, tiempo para la compañía, el amor y la sana nostalgia. Tiempo, tiempo. Lo que tanto extraño es que los hombres volvamos a tener tiempo para realizar estas pocas cosas, sencillas e improductivas, que quizá, además, sean las únicas que cuentan.

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El Cronopio

María Luisa Toranzo, pionera del cuento mexicano | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

Por: J.R. Martínez/Dr. Flash

En la antología de Liliana Pedroza sobre el cuento mexicano, A Golpe de Linternas, que en su tomo I dedica a las pioneras, se encuentra entre las antologadas la potosina María Luisa Toranzo, que dedicó parte de su vida a la escritura y que fuera figura cultural mexicana. Madre y abuela del filósofo Luis Villoro y el escritor Juan Villoro, respectivamente.

Parte de su obra literaria se recoge en libros como: Azahares, espinas y rosas; Meditaciones, Suegras; Esbozos; Tres Chiquillas; Cuadros de una exposición; Páginas viejas; Charlas con mi hija; Átomos tontos, entre otros. Libros que reflejan su formación en el campo potosino y la época que le tocó vivir, donde impera el existencialismo y la fenomenología, campos que experimentaría posteriormente su hijo Luis Villoro. En su libro de ensayos: Esbozos, que lleva como ensayo central: El dominio de sí mismo, Sophrosyne vs la Hybris, “el dominio de sí mismo” no es una negación de la vida o de los impulsos, sino la condición necesaria para la auténtica libertad. Sin el gobierno de uno mismo, el ser humano queda a merced de fuerzas externas o de impulsos ciegos, perdiendo su autonomía.

María Luisa Toranzo Jordana nació en San Luis Potosí el 13 de marzo de 1890, perteneciente a familia de hacendados, vivió su infancia en la Hacienda de Cerro Prieto en el altiplano potosino, rumbo a Zacatecas, fue hija natural y creció entre libros, estudiando idiomas y cultivando la música tocando el arpa y la mandolina. El movimiento revolucionario le llevó en la adolescencia a radicar en la Ciudad de México, donde la vida placentera se trastocaba y la famosa banda del automóvil gris hacía de las suyas, y que quedó registrada en una de las primeras películas realizadas en México, llamada justo La banda del automóvil gris de 1919 de Enrique Rosas, filmada en los lugares donde pertrecharan sus ataques. En la película aparece la casa Toranzo donde vivió María Luisa en México y donde aparece en escena acechada en el asalto a su casa por tan peculiar banda.

Los acechos no pararon para María Luisa y fue pretendida por un general revolucionario del que logró escapar partiendo a España e instalándose en Barcelona donde se casaría con el médico barcelonés Miguel Villoro Villoro, procreando a tres hijos, entre ellos al filósofo Luis Villoro. Quedaría viuda y al iniciar la guerra civil española regresa a México huyendo de nuevo de la violencia. Se instala por un tiempo en la Hacienda de Cerro Prieto y parte a la Ciudad de México para que sus hijos continuaran sus estudios de formación.

Su familia potosina de abolengo le propició una considerable fortuna que le permitió ir a Barcelona, su abuela paterna Genoveva Peña Santacruz que casó en segundas nupcias con Casimiro Toranzo Ortiz, había sido esposa de Pantaleón Ipiña Eguía, siendo madre de José Encarnación Ipiña Peña.

Su pensamiento que de cierta forma influyera en su hijo Luis Villoro lo destaca en su libro Esbozos: “El dominio de sí mismo sobre la soberbia debe de consistir, no sólo en dominarse ‘delante de la gente’ y en vuestras ‘relaciones sociales’ para que los demás ‘vean’ que sois humildes o sencillos, sino que este dominio sobre vosotros mismos y sobre vuestra soberbia debe ser de tal modo profundo, que no sea un dominio efímero, originado únicamente por el bien parecer; tampoco debe ser un dominio de autosugestión, que sin serlo, os haga creer que ya sois humildes; sino que este dominio de vosotros mismos sobre la soberbia, debe ser una especie de ‘cura’ si queréis lenta y suave, pero sí honda, minuciosa y profunda. El dominio de vosotros mismos debe ser como un cauterio que tienda a curar, aunque sea quemando; a cauterizar, aunque sea con dolor, la llaga de vuestra soberbia, el cáncer de vuestro orgullo”

María Luisa Toranzo fue una mujer de una cultura vasta que participó activamente en la vida intelectual mexicana, aportando una sensibilidad ética que complementaba el rigor lógico de la época. Su enfoque en el “dominio de sí” suele leerse como un puente entre la virtud antigua, la psicología moderna y la abierta espiritualidad. Su nieto Juan Villoro la describe como una mujer que intentaba descifrar los secretos de la convivencia humana.

María Luisa Toranzo Jordana murió en la Ciudad de México a los 78 años de edad, el 2 de abril de 1968.

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Acento Ajeno

Maestría en derechos humanos y la incómoda pregunta | Columna de Haniel Valdés

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Por: Haniel Valdés

La comunidad cubana en el exilio, en Estados Unidos y en México, ha escrito en estos días cartas y mensajes dirigidos a la Universidad Autónoma de San Luis Potosí (UASLP). Cuestionan que Gabriela Fernández Álvarez, presentadora del programa oficialista “Con Filo”, haya sido admitida en la Maestría en Derechos Humanos de la UASLP y que hoy esté cursándola en esta ciudad.

Los hechos conocidos son pocos. Su nombre aparece en la lista de la generación 2026-2028. Está en San Luis Potosí. En 2025, durante una gira por España, sostuvo que en Cuba no hay presos políticos. Todo lo demás es una discusión de fondo, y es más incómoda de lo que parece.

“Con Filo” nació en 2021, tras las protestas del 11 de julio, como respuesta de la televisión estatal cubana. Sus defensores dicen que desmiente falsedades. Sus críticos, que en algún punto dejó de desmentir y empezó a ridiculizar a la oposición, dentro y fuera de la isla, y a señalar como “vendepatrias” a quien se fue. Muchos exiliados lo viven como algo personal, porque vieron su rostro en pantalla como blanco de burla por opinar distinto. Esa es la versión de ellos, y es la que han hecho llegar a la UASLP.

Hay una ironía que ellos señalan y que no puedo dejar pasar. Quien llamó traidor al que salió de Cuba pudo salir, viajar y dar charlas en Europa. Pocos cubanos tienen ese privilegio.

La pregunta para México

Aquí es donde el caso deja de ser solo cubano. La universidad pública mexicana, ¿puede negar un lugar por lo que una persona ha dicho en público? Mi respuesta es que no debería. Una maestría en derechos humanos que excluya por opinión traicionaría la materia que enseña. La libertad de expresión protege también a quien piensa lo contrario de lo que a uno le gustaría.

Pero esa respuesta no cierra el tema. Un posgrado no es una tribuna. El objetivo del programa es formar profesionistas críticos y comprometidos con la solución de problemas de derechos humanos, en lo local, en lo nacional y en lo internacional. Y de eso sí podemos preguntar, porque no es lo mismo defender el derecho de alguien a estudiar que ignorar lo que esa persona dijo en pantalla durante años.

Y en México la materia no es teórica. Este es un país con miles de personas desaparecidas, periodistas asesinados y presos que esperan sentencia durante años. Un aula de derechos humanos en San Luis Potosí no es un espacio neutro. Se habla de casos reales, con familias reales.

Lo que corresponde

A la UASLP le corresponde explicar cómo se evalúa a quien aspira a este posgrado y qué responde a las cartas que recibió. Hasta ahora no hay una postura pública de la universidad, y el silencio solo alimenta la sospecha. También corresponde buscar la versión de la estudiante, que no ha respondido a los señalamientos. A ella le corresponde algo más difícil: sentarse en una clase donde se discute lo que defendió negar y escuchar.

Defiendo que se quede. Si la maestría sirve para algo, es para que esas ideas se confronten con argumentos, casos y compañeros que vivieron lo que ella calificó de mentira. Pero defender su derecho a estar no me obliga a fingir que la pregunta no existe.

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El Cronopio

El influyente divulgador de la ciencia, Luis González de Alba | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

 

Uno de los importantes divulgadores científicos de México fue el charquense Luis González de Alba, que emergió como un personaje famoso por su participación en el Comité Nacional de Huelga en el movimiento estudiantil de 1968; compromiso que asumió justo al egresar de la carrera de psicología en la UNAM. Fue aprehendido y recluido en la cárcel de Lecumberri donde inicia su labor literaria al escribir la novela Los Días y los Años. Lo narrado en esta novela fue usado por Elena Poniatowska lo que derivó en un conflicto entre González de Alba y la Poniatowska lo que la llevó a corregir lo dicho en su libro de La Noche de Tlatelolco.

Este lamentable episodio en la historia del México moderno, en el cual tuvo un protagonismo Luis González de Alba, marcó su derrotero profesional, participando en el periodismo y la política, siendo colaborador de los medios de comunicación: Grupo Milenio, Excélsior, Punto, Punto de Partida, Revista de Revistas, Siempre, Unomásuno y Nexos. Participó en la creación del diario La Jornada, de donde sería expulsado en 1997 tras la polémica con Elena Poniatowska.

En La Jornada, iniciaría su aventura como escritor científico en la columna “La Ciencia en la Calle” que atendió durante una década. Continuó su labor como divulgador de la ciencia en una nueva columna en Milenio Diario, que llamó “Se descubrió que…” donde escribía sobre ciencia y temas nacionales. Estas columnas marcan un momento especial en la historia de la divulgación de la ciencia en México, pues entrelazan los temas científicos, que era una de sus pasiones, con los históricos y sociales lo que enriquece el contenido tratado de manera clara y amena.

Esta labor lo llevó a escribir, además de novelas, poesía, ensayos y cuentos, libros de divulgación de la ciencia como La Ciencia, La Calle y Otras Mentiras; El Burro de Sancho y El Gato de Schrödinger: un paseo al trote por cien años de física cuántica y su inesperada relación con la conciencia, donde muestra la relación entre física y sociedad a través de la historia, libros publicados en 1989 y 2001, respectivamente.

Escribió además los libros de divulgación científica: Bases biológicas de la bisexualidad, (1985); La orientación sexual: reflexiones sobre la bisexualidad originaria y la homosexualidad, (2003); Niño o niña. Las diferencias sexuales, (2006), donde refleja y explica las bases científicas sobre la homosexualidad, manifestando su labor como activista gay

. Publica además los libros: Maravillas y misterios de la física cuántica: un paseo por la física del siglo XX y su inesperada relación con la conciencia, (2010) y Teoría de los grafos en las ciencias sociales, (1984).

Luis González de Alba nació en Charcas, San Luis Potosí, el 6 de marzo de 1944, donde realizó sus primeros estudios. Del pueblo minero, su familia se traslada a Guadalajara y González de Alba va luego a la Ciudad de México a continuar sus estudios profesionales de psicología en la Universidad Nacional Autónoma de México.

Entre sus actividades destacan la política, el activismo, la literatura y de manera especial su labor como divulgador científico pues se convirtió en uno de los divulgadores más influyentes e importantes del país, sumándose a la lista de divulgadores potosinos que forman parte de lo que llamo la tradición mexicana en divulgación de la ciencia donde se privilegia el compromiso social de la ciencia y su enfoque cultural. Fue un apasionado de los temas de física moderna y del cerebro humano, relación que marca una nueva etapa de estudio para entender la conciencia y la función del hombre en el universo con el desarrollo de la mente.

Luis González de Alba se suicidó el 2 de octubre de 2016, fecha de la conmemoración del 48 aniversario de la masacre de Tlatelolco.

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