#4 Tiempos
Las cosas que extraño | Columna de Juan Jesús Priego
LETRAS minúsculas
Cuando yo era niño y me enfermaba, un ejército de tías asaltaba mi cama. Una, gorjeando como un pajarito, me ofrecía de comer; otra, la cronista e historiadora de la familia, me contaba cuentos, y otra más se llegaba hasta mí con una taza hirviente que contenía cierta infusión misteriosa preparada con hojas y raíces traídas de alguna montaña inaccesible por un escalador osado. Una vez que el brebaje se quedaba allí, humeando sobre el buró, la tía regresaba corriendo a la cocina para volver cinco minutos más tarde con otro remedio tan milagroso como el anterior. ¡Con qué gusto se enfermaba uno entonces! ¡Estábamos en los tiempos en que enfermarse era un placer!
Pero no nos hagamos ilusiones: hoy en día estos seres solícitos se hallan ya en vías de extinción, como los ornitorrincos y los osos polares. ¿Dónde están esos seres cuya única misión en la vida parecía ser la de quedarse noches enteras cuidando al pariente enfermo, al familiar en agonía? No, esas mujeres no existen más. Hoy el imperativo categórico es que cada quien viva su vida y deje que los demás vivan la suya arreglándoselas como puedan.
¿De dónde sacaban aquellas mujeres tanta disponibilidad, tanta paciencia, tanto tiempo? No lo sé. Y no hay que pensar que fueran todas ellas unas solteronas desocupadas: eran simplemente mujeres, como aquella Marta del evangelio que apenas vio llegar a Jesús se puso a remover en la cocina platos, ollas y cazuelas.
Recuerdo que cuando leí Una muerte muy dulce, libro en el que Simone de Beauvoir (1908-1986) cuenta los últimos días de su madre, me sorprendió muchísimo saber que la novelista filósofa no dormía –ni durmió nunca- en el hospital acompañando a la enferma, sino que, llegada la noche, tranquilamente se iba a su casa.
-¡Cómo! –pensé-. ¿Se va? ¿Por qué no se queda con ella? ¡Después de todo es su madre! ¡Después de todo su deber es estar allí!
Nacido en una familia de provincia, semejante actitud me parecía de una frialdad inconcebible. La idea de que uno pudiera marcharse mientras un ser tan querido agonizaba, literalmente me sacaba de mis casillas. Y es que yo estaba habituado a la creencia de que era un deber sacrosanto «estar al pie de la cama», como se decía entonces, todo el tiempo que fuera necesario: de noche y de día, a media mañana y a media tarde, hasta que el éste saliera de su cuarto bien vivo o bien muerto; hasta que el médico lo diera de alta o la vida lo diera de baja.
En La muerte de Iván Illich, uno de los más bellos re latos de León Tolstoi (1828-1910), el único que soportaba los gritos del funcionario moribundo era un criado de origen campesino llamado Guerasim. Era él quien lo llevaba al baño, lo cambiaba de posición en la cama y secaba con paciencia sus lágrimas, pues ni su mujer ni su hija quisieron nunca hacerlo. «¿Por qué nos atormenta papá de esa manera?», se preguntaba esta última cuando los gritos de su padre llegaron a parecerle demasiado desgarradores e insistentes. Sí, Guerasim era el único que estaba allí, y no por servilismo, sino porque era un murik familiarizado con el dolor y los tormentos. Una noche en que Iván Illich quiso mandarlo a dormir, Guerasim protestó diciendo: «¿Y por qué no he de tomarme esta molestia?», dando a entender con ello que el trabajo que se tomaba por su amo no le era de ningún modo pesado, pues «esperaba que, cuando le llegase la ocasión, habría otro que también lo haría por él».
Hoy por ti, mañana por mí: tal era la lógica que imperaba en aquel remoto entonces, y de esta manera la enfermedad se temía menos, pues cuando ésta llegaba el paciente no estaba nunca solo para combatirla.
¿Qué haría falta para regresar a ese pasado que nos parece mucho más humano que nuestro presente? Ante todo, dos cosas: disponibilidad y tiempo. ¿Cómo va a haber gente junto a uno si ésta no hace más que moverse apresurada de una oficina a otra y de un piso al siguiente? Y, sobre todo, ¿cómo vamos a quedarnos con los demás si ni siquiera tenemos tiempo ni para hacerles una breve visita? El antiguo sabía una cosa: que si se esforzaba por estar con los que sufrían, siempre habría alguien que estaría con él cuando se presentara la ocasión o llegara la oportunidad; pero el moderno, de esto, no sabe absolutamente nada. ¿Quién se preocupa hoy por el otro?, ¿quién le da aunque sólo sea una migaja de su tiempo?
«Yo era una molestia para ti, sobraba –dice a su madre la protagonista de Le rendez-vous, esa desgarradora novela escrita por Justine Lévy, la joven escritora francesa-. ¿Alguna vez me acompañaste al médico, o me llevaste de vacaciones a algún lugar adecuado para mí y en el que no montases tu numerito, o me diste un consejo; alguna vez me escuchaste, me oíste siquiera?… No estoy de acuerdo contigo, Minina, no tengo tiempo de acompañarte al colegio, no tengo tiempo de enseñarte a nadar, no tengo tiempo de hacerte feliz. Eso era todo lo que decías… ¿Es que no hemos vivido juntas también momentos de ternura? Sí, claro que sí. Pero mi memoria, ya lo ves, no tiene buen gusto. Creo que he olvidado esos momentos”.
Cuando Dios giró la orden, por decir así, de guardar el sábado seguramente pensaba en la necesidad de que el hombre tuviera tiempo: tiempo para estar con los demás, para conversar amistosamente con ellos, para orar y estudiar e incluso para recordar. «Porque en seis días hizo el Señor el cielo, la tierra, el mar y lo que hay en ellos y el séptimo descansó. Por eso bendijo el Señor el sábado y lo santificó» (Deuteronomio 5,15).
Pareciera, a la luz de este texto, que el sábado fue hecho sobre todo para recordar. Para recordar las hazañas que hizo el Señor en favor de su pueblo, pero también los rostros desaparecidos nunca más vueltos a ver. Tiempo para cantar viejas melodías olvidadas, tiempo para la compañía, el amor y la sana nostalgia. Tiempo, tiempo. Lo que tanto extraño es que los hombres volvamos a tener tiempo para realizar estas pocas cosas, sencillas e improductivas, que quizá, además, sean las únicas que cuentan.
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El Cronopio
El padre Peñaloza al rescate de la obra de Francisco González Bocanegra | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash
EL CRONOPIO
En las décadas de los cuarenta y cincuenta del siglo pasado hubo un importante movimiento editorial en San Luis Potosí dirigido por un selecto grupo de intelectuales preocupados por la cultura potosina; así aparecieron revistas como Estilo, Letras Potosinas, Cuadrante, Jueves Literarios, Revista de la Facultad de Humanidades, Archivos de Historia Potosina, entre otros, que recogieron importantes escritos culturales y que dieron vida a libros de importancia histórica local, como la memoria de Francisco Estrada padre, titulada Recuerdos de mi Vida y el libro conmemorativo por el centenario del Himno Nacional, publicados en los cincuenta a través de la UASLP.
En 1954 se publicaría el libro Vida y Obra de Francisco González Bocanegra con motivo del centenario del Himno Nacional, de la pluma del padre Dr. Joaquín Antonio Peñaloza, que participaba en algunas de las revistas y publicaciones mencionadas. En 1998 se editaría la segunda edición de este libro, ahora dentro del marco de festejos por el setenta y cinco aniversario de la autonomía universitaria, edición que estuvo a cargo de Jesús Rivera Espinosa y del propio padre Peñaloza. Esta edición agregaba otros poemas inéditos recopilados en ese periodo entre los cincuenta y los noventa.
El libro mencionado es uno de los mejores esfuerzos por difundir la obra de González Bocanegra y aún puede conseguirse en la Librería Universitaria de la UASLP a costo bajo, pues debe de andar en la friolera de ochenta y cinco pesos. Una buena forma de conocer a este personaje y disfrutar sus poemas y escritos realizados principalmente en la década de los cincuenta decimonónicos.
González Bocanegra vivió treinta y siete años, muriendo en 1861 sobreviviéndole su esposa y dos de sus hijas, una de ellas tomaría los hábitos y otra se casaría dejando descendencia del insigne poeta. En el libro el padre Peñaloza repasa la vida del poeta desde su nacimiento en San Luis Potosí, el destierro voluntario de su familia a Cádiz en España debida a la expulsión de españoles del país al formarse la República, su regreso a San Luis y su partida a la ciudad de México donde comenzaría su obra literaria. El padre Peñaloza divide su vida de acuerdo con sus aportaciones literarias, así nos habla de su faceta de poeta, de orador, de dramaturgo, de funcionario público, de narrador , entre otros; además de su etapa de vida en San Luis Potosí.
El libro recoge, además, la recopilación de su obra, con sus poemas, sus escritos, sus ensayos, sus reportes como censor de obra de teatro. De esta forma es una buena forma de conocer la obra de este potosino que trasciende en el mundo de las letras al ser el autor de la letra del Himno Nacional, uno de los mejores poemas cívicos creados a nivel mundial.
Su estatua, retirada de la glorieta que lleva o llevaba su nombre, ya no sé, ha quedado relegada a un costado de la glorieta un tanto perdida, como ahora es la obra de González Bocanegra que es poco a nada conocida, al igual que la relegación de la estatua a Manuel José Othón otros de los importantes hombres de letras que colocan a San Luis en la historia de las letras mexicanas.
Así que, hágase de este libro, si no lo ve en las estanterías, solicítelo a ver si lo sacan de las bodegas de la librería universitaria.
Ante la ausencia de homenajes en los aniversarios de su nacimiento, como sucedió hace dos años que se cumplieron doscientos años de su natalicio el 8 de enero, el mejor homenaje que podemos hacer a este ilustre potosino es mantener su obra viva a través de la lectura.
También lee: Pedro Miramontes Vidal y su faceta de escritor científico | Columna de J. R. Martínez/Dr. Flash
#4 Tiempos
La batalla del segundo café | Columna de Carlos López Medrano
Mejor dormir
Sé que un día se ha estropeado cuando, antes de que empiece la faena, no tengo tiempo de tomar un café y tontear un poco. Desayunar sin prisa, leer una nota ligera del periódico, observar a un paseador de perros, pensar fugazmente en un viejo amor. Ese paréntesis previo al trabajo es la última línea de defensa entre el espíritu libre y el triste destino de convertirse en un engranaje más de una máquina fría. Conviene protegerlo como se protege una playa al amanecer, atrincherado frente al desembarco de la urgencia, para que no arrase con lo más valioso de uno mismo.
Hay seres poseídos por ánimos totalizadores que han logrado convencernos de la necesidad de la prisa. No ya llegar a tiempo, sino llegar antes, hacer acto de presencia, simular que la puntualidad es la forma más alta de la responsabilidad. Son los que clavan la bandera en la luna: lunáticos del ansia, sometidos a un espacio donde ya no son ellos, sino el sometimiento mismo, el hilo carcomido del proceso. Embusteros que, al final del día, cambian muy poco el mundo.
En cambio, quienes pelean por otro sorbo de café, por caminar una cuadra más, por detenerse en la esquina siguiente y descubrir una calle nueva, llevan una insignia que convendría reivindicar en tiempos de métricas, rendimiento y KPIs —a qué punto hemos llegado, Dios mío—. Son los verdaderos justicieros: la resistencia suave que consiste en tomarse el ritmo a la ligera y escuchar otra canción.
Cumplir, sí. Llegar a tiempo. Hacer lo tuyo. Pero sin renunciar a la parte del pastel que te pertenece: ese tiempo libre que, sin venir a cuento, cedemos a las dinámicas de la preocupación y la rutina. El gran engaño de la jornada laboral de ocho horas, que siempre acaba siendo más larga por los minutos regalados al transporte, a la anticipación, a la congoja, minutos que podrían devolverte una sonrisa que no encontrarás en ningún otro sitio.
Sobre la importancia del aquí y el ahora, del tiempo libre como una variante del oro, aprendí de mi amigo Karim, abogado poblano, un mediodía en el Bar Mascota del Centro Histórico de la Ciudad de México. Estábamos de vacaciones, aunque incluso en esos territorios se filtra la ponzoña del oficio. Entre risas y anécdotas sonó su teléfono. Alguien quería hacerle una consulta, pedirle algo. Karim escuchó con atención, sin perder el aplomo ni olvidar que estaba pasándola bien con los presentes. Entonces soltó una frase memorable que aún guardo en el anecdotario: «Si es urgente, márcame en media hora». Y siguió en la cháchara, sin agobiarse.
Nadie es recordado por su fervor a la rutina, por renunciar a una escena de cine para sentarse veinte minutos antes frente a un escritorio. Quienes gozan de su tiempo cargan con un descrédito inmerecido. Hay más que aprender del hombre que fuma un cigarrillo y mira el horizonte que del que corre ansioso a apretar una máquina checadora.
Algo parecido ocurre por la noche: saber cuándo marcharse. Entender las responsabilidades como el oleaje: nunca desaparecerá, y mal hacen quienes pretenden domarlo. La sabiduría consiste, más bien, en surfearlo, pulir un poco las piedras, volver a casa y al día siguiente repetir el gesto. El trabajo nunca se acaba; la disponibilidad perpetua solo sirve para avivar el fuego y descubrir nuevos rincones que limpiar.
Languidecer no es el destino de los viernes. Un viernes es para detenerse y saludar a la vendedora de la esquina, mirar una vitrina de pan dulce, probarse un suéter que no se comprará, hojear el menú de un restaurante al que invitarás a alguien. Beber el licor suave de no hacer nada. La rutina es un ladrón de guante blanco: te roba historias y momentos si no te resistes, si no das la batalla cada mañana.
Hay que ponerse en modo guerrilla para defender la propia subsistencia antes de convertirse en una versión disminuida de lo que ya hace mejor un robot sin agallas o la mentada IA, incapaz de atender al olor de una naranja recién cortada o de entender el valor de un atardecer: la belleza de quedarse embobado, de no tener respuestas, de esperar un poco.
Sal del arroyo de las tonterías. Todo pasa.
«La noche fue hecha para amar», decía Lord Byron. Bien podría decirse lo mismo de la vida entera.
Contacto:
Correo: yomiss[arroba]gmail.com
Twitter: @Bigmaud
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#4 Tiempos
Pedro Miramontes Vidal y su faceta de escritor científico | Columna de J. R. Martínez/Dr. Flash
EL CRONOPIO
Manuel Martínez Morales, uno de los creadores de El Cronopio, hablaba de la responsabilidad del investigador en el quehacer de la divulgación de la ciencia. Su corriente de trabajo basado en la socialización del conocimiento científico, exigía de cierta forma, exponer una opinión ante los temas tratados. Su obra de divulgación abordaba artículos y ensayos donde la historia, el arte, la filosofía y la ciencia eran recurrentes en el abordaje de sus temas.
Un buen tiempo tenía sin encontrar artículos con esta característica, hasta que la buena voluntad de Pedro Miramontes me tendió un libro suyo intitulado Mares de Tiempo y Agua, de las ediciones del Instituto de Física de la UASLP que encabeza Jesús Urías; si bien, el libro no está exento de errores editoriales viene a enriquecer los títulos que el Instituto de Física ha editado a lo largo de su corta existencia y que ha venido a refrescar el árido mundo de las ediciones potosinas y, sobre todo, las universitarias.
Formados como físicos por la misma época y su deambulación por las matemáticas, así como el estilo de escribir artículos de corte científico dirigidos a un amplio público, son los factores que caracterizan a Manuel Martínez y Pedro Miramontes quien en mares de tiempo y agua nos recorre la historia del pensamiento que formó el estudio de los sistemas complejos y nos descubre un mundo multifactorial para su explicación. Los detalles históricos, muchos de ellos dejados de lado en la historia oficial del pensamiento científico y su relación con la construcción de las ideas sobre nuestro universo desde la antigüedad y que ha moldeado la filosofía de la ciencia, son recurrentes en los capítulos que corresponden a artículos y ensayos escritos en su mayoría al despuntar el siglo XXI para la revista Ciencias de la Facultad de Ciencias de la UNAM, una de las revistas de divulgación de gran prestigio en el país, y que ahora es dirigida, precisamente, por Pedro Miramontes que realiza una estancia académica en la Facultad de Ciencias de la UASLP.
La complejidad de los sistemas naturales que conforman nuestro mundo, lo manifiesta en sus propios escritos pues la visión holística con que los aborda, nos permite transitar desde diferentes enfoques en el entendimiento de tales sistemas, ya sea a través del arte y por supuesto, desde la ciencia en su gran abanico de disciplinas, donde las matemáticas sintetizan las posibles explicaciones. A través de la selección que realiza Miramontes podemos enterarnos de conceptos sobre el caos, la geometría fractal , sin desligarnos de aspectos sociales y educativos. Sus escritos responden al requerimiento filosófico de Ortega y Gasset donde critica la especialización y sus inconvenientes en asuntos de carácter complejo, como es el mundo donde nos desenvolvemos y del que queremos entender a cabalidad para mejorarlo y construir sociedades más justas y de feliz convivencia.
En todos ellos, hay una opinión, y una socialización del conocimiento formado a lo largo de siglos para la contribución del desarrollo científico y social. Pues el carácter utilitario de la ciencia es un factor que requiere reflexión por parte de los constructores de dicho conocimiento para contribuir al desarrollo social. Nuestro país, no es ajeno a este requerimiento y esa carencia que suele suceder sobre reflexión de nuestra labor como científicos, la señala Miramontes, como un recordatorio de nuestro papel como miembros de una sociedad con múltiples problemas y de los cuales podemos contribuir.
Si tienen oportunidad, no dejen de leer ese libro es ampliamente recomendado y, en especial para quienes quieren adentrarse en la divulgación escrita, es un buen ejemplo de cómo realizarlo, para lo cual se requiere mucha preparación en el ámbito cultural.
Pedro Miramontes estudió física en la UNAM y se doctoró en la propia UNAM en Matemáticas, combina sus investigaciones en áreas interdisciplinares como computación, biología, física, matemáticas, genómica, entre otras. Es profesor titular del Departamento de Matemáticas de la Facultad de Ciencias de la UNAM, ha participado desde hace años como profesor e investigador visitante en la Facultad de Ciencias de la UASLP. Su trabajo docente y de investigación lo combina con la divulgación del conocimiento científico, participa activamente como disertador en el ciclo de charlas La Ciencia en el Bar, actualmente dirige la revista de Divulgación Ciencias de la Facultad de Ciencias de la UNAM una de las más importantes revistas de alta divulgación científica en el país.
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