enero 27, 2023

Conecta con nosotros

#4 Tiempos

El pionero de la divulgación de la astronomía en San Luis Potosí | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

Publicado hace

el

EL CRONOPIO

 

La astronomía es el área de la ciencia más popular, a tal grado que existe una importante comunidad de los llamados astrónomos aficionados que colaboran, con sus observaciones, con los astrónomos profesionales y que han ayudado a su avance. Aunada a esa labor de observación, esa comunidad ha participado de manera activa a la divulgación de la astronomía. San Luis Potosí no ha sido la excepción. En el ámbito de la divulgación científica de la astronomía han existido y, existen, personajes que han realizado de manera importante esta labor de divulgación; uno de ellos y, que puede considerarse como el pionero de la divulgación de la astronomía en San Luis Potosí es Don Godofredo A. de la Fuente.

Don Godofredo A. de la Fuente era sobrino del padre Ricardo B. Anaya y llegó a vivir en el edificio de la Acción Católica en donde organizaba talleres de astronomía.

En el ámbito profesional se desempeñó en siete profesiones, entre otras, fue abogado, contador público, y, por su gusto por la astronomía fue técnico en óptica y técnico en divulgación científica en la entonces Secretaría de Agricultura y Ganadería. De esta manera fue de los primeros divulgadores científicos que recibían salario por esta labor lo que le convierte en uno de los divulgadores pioneros en el país. Escribía artículos de divulgación científica en temas de astronomía en el periódico El Sol de San Luis. En sus últimos años de vida aún se le veía deambular por la ciudad cargado de su telescopio a alguna de las plazas potosina, para montarlo y el público pudiera realizar observaciones mientras Don Godofredo explicaba a los interesados lo observado.

En la década de los sesenta su labor de divulgación lo llevó a la entonces Escuela de Física a platicar sobre el tema con los estudiantes que se habían aventurado a la física y colaboró con sus programas académicos, de manera informal; su labor como técnico en óptica y su experiencia en el uso de telescopios, lo llevó a reparar uno de los viejos telescopios que tenía la Escuela de Física y, que había lucido en el observatorio astronómico del Instituto Científico y Literario en el siglo XIX. El telescopio, gracias a Don Godofredo de la Fuente, quedó arreglado y volvió a usarse en observaciones y mediciones astronómicas.

En la actualidad este telescopio es un patrimonio cultural de San Luis Potosí y bajo el resguardo del Museo de Historia de la Ciencia de San Luis Potosí

, que ahora está en receso, se exhibe, bajo préstamo, en el Museo de Sitio de la UASLP.

El telescopio fue donado por Rafael Guzmán, suegro del entonces Gobernador de San Luis Carlos Diez Gutiérrez; Rafael Guzmán pagó quinientos pesos que fueron destinados para mandar fabricar el telescopio tipo tránsito a Londres, a la casa Troughton & Simms, mismo que fuera entregado y puesto en operación en 1884.

Dentro de la labor de divulgación, Don Godofredo elaboró mapas o cartas celestes del cielo potosino correspondientes al periodo 1969 a 1978. En estos mapas celestes, ahora históricos, aparece una especie de logotipo consistente en un telescopio que es usado, orientado hacia las estrellas por una especie de mago, con un gorro picudo, cónico, con estrellas. La carta celeste va firmada por “el potosino” entrecomillado que sigue al nombre de Godofredo A. De la Fuente. En una parte, de esa carta celeste, se lee: el mejor maestro es aquel que instruye a la vez que deleita a sus discípulos.

Como parte de la presentación de la Carta Celeste Don Godofredo escribe: “Sin pretensión alguna, representa la culminación de una pequeña obra llena de inacabable entusiasmo, propia de un simple Aficionado Autodidacta por la Astronomía o “Reina de todas las Ciencias”, a quien la musa Urania acompañó siempre desde 194, aunque algo aislada y solitariamente. Su intención objetiva es la de contribuir a enriquecer el Patrimonio Cultural de nuestro País -siquiera un poco-, despertando además el interés y estudio de la Juventud Mexicana por dicha ciencia”.

Don Godofredo A. de la Fuente tuvo a la astronomía como su pasión, convirtiéndose en un verdadero difusor de la astronomía que realizó por mucho tiempo; una intensa labor desinteresada a favor de la popularización de la astronomía, del pionero de la divulgación de la astronomía en San Luis Potosí.

También lee: Las lágrimas de la luna: la plata | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

Continuar leyendo

#4 Tiempos

Apología del silencio | Columna de Juan Jesús Priego

Publicado hace

el

LETRAS minúsculas

 

Los antiguos, estimado señor –y créame usted que he tardado lo mío en reconocerlo- no eran precisamente unos idiotas. Ellos sabían cosas que nosotros hemos olvidado o que acaso ni siquiera nos interesa ya saber. Pienso, por ejemplo, en lo que enseñaban acerca del silencio.

Recuerdo haber leído en alguna parte que los miembros de cierta tribu africana decían esto a sus hijos para inculcarles desde su más tierna infancia el precioso arte de saber callarse: “Dios os ha dado dos orejas y una boca para que escuchéis lo doble y habléis la mitad”. ¿No es una enseñanza realmente admirable, estimado señor, lo que se dice una enseñanza de vanguardia? Hoy todos se sienten con derecho a hablar o, como dirían los italianos, a dire la sua. ¿Con qué resultado? Con el de que no se cree más en el poder de la palabra. ¿Ha visto usted cómo se desgañitan los panelistas de los talk shows en la televisión? Todos hablan, pero ninguno escucha; todos alegan, pero nadie hace caso al otro. ¡Una vergonzosa orgía de voces de la que no es posible sacar nunca nada en claro!

En cambio, como le digo a usted, los antiguos sabían que existe eso que podría llamarse una retórica del silencio. De los monjes medievales, que eran maestros en el difícil arte de hablar sin palabras, dijo Fray Antonio Pastor en una obra suya de 1661 que “son almas limpias que tienen la lengua hacia dentro, pues saben lo que calla el decir y lo que dice el callar”. ¡Qué frase más elocuente! ¿O no le parece a usted que lo es, estimado señor?

Permítame decirle que durante mucho tiempo mantuve la costumbre de decir siempre lo que pensaba. ¡Y cuánta pena me vino de este malhadado hábito, de este vicio nefando para la paz de los espíritus! Ora se enojaba este conmigo, ora se disgustaba aquel, ora dejaba de dirigirme la palabra el de más allá. ¡Cuántos enemigos me gané acausa de mi imprudente sinceridad! ¡Y cuántos amigos perdí por atreverme a decir lo que debía mantener en secreto! Para decirlo de una vez, tiraba mis verdades al primero que pasaba como arrojan monedas los padrinos al final de un bautizo. Hoy he comprendido que con el silencio podemos decir exactamente las mismas cosas que el hablador -y más cosas todavía-, pero sin la desventaja de parecer demasiado crueles. ¿Qué necesidad tenemos de correr la suerte de los peces? Estas criaturas acuáticas, estimado señor, como usted lo sabe bien, mueren siempre por su propia boca…

¡Qué majestuoso y qué solemne me parece ahora el hombre que sabe callar! Uno lo respeta como a la esfinge, conocedora de todos los secretos. ¡Ah, señor, este que así procede dice más con la boca cerrada que los vocingleros con todos sus discursos!

Seamos sinceros: nos quejamos demasiado, hablamos demasiado. ¿Y a quién conmovemos con nuestros gemidos? A nadie, señor, y acaso entre más nos quejemos menos nos compadecerán. Sí, tal vez nos escuchen, pero reprimiendo el bostezo y acaso preguntándose para sus adentros: “Y éste, ¿a qué hora va a cerrar el pico?”.

Mucho calla el decir; mucho dice el callar. ¿Aprenderemos alguna vez, estimado señor, el arte de guardar silencio? Cada día me resultan más claras estas palabras que Jesucristo dijo una vez a sus contemporáneos: “Nada hay oculto que no llegue a saberse, ni nada secreto que no llegue a descubrirse”. Así hable uno con la pared, los demás siempre se enterarán de lo que dijimos. ¿Cómo le hacen?, ¿qué viento misterioso les lleva nuestros susurros? Mire usted lo que decía ese sabio desengañado que escribió el libro del Eclesiastés (que, no hay que olvidarlo, es incluso Palabra de Dios): “Ni en tu pensamiento hables mal del rey, ni en tu alcoba hables mal del poderoso, pues un pajarillo del cielo le lleva la voz y un volátil le da a conocer tu palabra” (10, 20).

Sí, así hable uno con la pared, los demás siempre se enterarán de lo que murmuramos. ¿No es esto misterioso? Sí que lo es, señor, pero de que se enterará no hay la menor duda. ¡Y cuántas aflicciones nos vienen de estos diálogos que nosotros creíamos confidenciales, cuántos disgustos! Un refrán judío dice así: “Tu amigo tiene amigos; por lo tanto, sé discreto”.

Llevo aquí –déjeme mostrárselo-, oculto en mi cartera, un billete en el que he escrito algunas máximas del abate Dinouart acerca del arte de callar que pienso leerle ahora; escuche usted: «”ólo se debe dejar de callar cuando se tiene algo que decir más valioso que el silencio”. “El hombre nunca es más dueño de sí que en el silencio: cuando habla parece, por así decir, derramarse y disiparse por el discurso, de forma que pertenece menos a sí mismo que a los demás”.

También quisiera leerle –si me lo permite usted- esto que transcribí hace poco en otro billete que aquí traigo: es sólo un pensamiento tomado de un libro famoso escrito por un cierto teólogo jesuita llamado Ladislaus Boros:

“Los hombres más fecundos y arrebatadores son siempre los más callados, aquellos que han aprendido a escuchar a Dios. A lo más íntimo de la existencia cristiana no se llega cuando se habla, sino cuando se calla”. ¿Se asombra usted, amigo? Pero permítame continuar: “Sin embargo, este estar callado hay que aprenderlo. Debemos alzarlo contra el interminable parloteo del mundo. Pero el ruido exterior es sólo una cara del problema, y quizá ni siquiera el peor. La otra cara es la agitación interior, el revuelo de los pensamientos, los temores y los deseos. Una vida bien ordenada ha de incluir el ejercicio de aprender a callar. Hay que empezar por cerrar la boca siempre que lo requiera el deber profesional. Pero esto es sólo el comienzo: deberíamos superar las ganas de abrir la boca. ¡Cuántas cosas superficiales decimos a lo largo del día, y cuántas tonterías!”.

¡Sí, sobre todo cuántas tonterías! ¡Y cuántas injusticias! Señor, recuérdelo: así hable usted con la pared, los demás siempre se enterarán. Medite en ello y saque todas las consecuencias pertinentes al caso. Es una verdad probada. Y si no me cree, mírese usted, por favor, en este espejo.

También lee: La condición humana | Columna de Juan Jesús Priego

Continuar leyendo

#4 Tiempos

Inicia nueva temporada de La Ciencia en el Bar | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

Publicado hace

el

EL CRONOPIO

 

El próximo miércoles 1 de febrero se realizará la primera charla del ciclo trigésimo quinto de La Ciencia en el Bar; charla a cargo del Dr. Armando Encinas, investigador de la División de Materiales Avanzados del Instituto Potosino de Investigación Científica y Tecnológica, IPICYT. La charla, dirigida al público en general lleva el título de: La Ley de Faraday Suena a Guitarra Eléctrica y se llevará a cabo en Las Bóvedas, Bar, localizada en la calle de Bolívar número 500 esquina con Madero, a las ocho de la noche, la entrada es libre. Al finalizar la chara y, a ritmo de guitarra eléctrica ameniza el grupo de rock conformado por científicos: Los Barbahanes.

Con esta charla reinician las sesiones presenciales, interrumpidas debido a la pandemia, y que continuaron de manera virtual recordando charlas de anteriores ciclos y que pueden consultarse por youtube en el canal de José Refugio Martínez Mendoza.

Las charlas de La Ciencia en el Bar se realizan una vez por mes, el último o primer miércoles del mes. Una oportunidad para convivir con la comunidad científica potosina y nacional y abrir un espacio de participación ciudadana. El programa de La Ciencia en el Bar se realiza desde hace diecisiete años.

Como parte de las actividades de difusión de la cultura científica que realizamos en San Luis Potosí, se inició en enero del 2006 el programa: La Ciencia en el Bar, tratando de diversificar los escenarios y actividades de nuestro programa de divulgación de la ciencia, el cual tiene como principal objetivo participar en la incorporación de la ciencia en la cultura general de la población.

La Ciencia en el Bar, complementa los escenarios de comunicación del programa de divulgación, con la ventaja que proporciona el ser desarrollado en un ambiente informal, de convivencia y relajado lo que a su vez posibilita la comunicación bidireccional e interdisciplinaria, en contraposición a eventos análogos de divulgación desarrollados en recintos formales, que de cierta forma imponen una barrera en el proceso de comunicación en sociedades como la nuestra. El programa La Ciencia en el Bar, trata de contribuir a enriquecer una cultura científica de la población, consiste en una serie de charlas que tratan de propiciar un diálogo entre el gran público y científicos de diferentes áreas.

La Ciencia en el Bar se establece como un lugar privilegiado de debate ciudadano en los temas de ciencia, y ha resultado ser, no sólo novedoso, sino que ha llamado la atención de los jóvenes estudiantes y del público en general quienes literalmente han abarrotado las diferentes sedes del evento. Es, además, la primera experiencia de este tipo en el país.

La Ciencia en el Bar es una oportunidad para que cada uno se haga su propia idea sobre temas científicos actuales en un lugar informal y de convivencia. En poco tiempo, la idea se extendió a otras partes del país y teniendo sus raíces en San Luis Potosí, se realiza en lugares como la ciudad de Xalapa, en la ciudad de Puebla, en León, Sinaloa, Nayarit, entre otros donde asumen nombres y derivaciones de La Ciencia en el Bar. Estos eventos nacen como consecuencia y, en estrecha relación, de la experiencia en San Luis Potosí.

Desde el punto de vista histórico y cultural La Ciencia en el Bar encierra otra característica y cobra especial importancia, pues sin proponérnoslo, se realiza en su mayor parte en el que fue, el primer laboratorio de física en San Luis Potosí en el siglo XIX; donde Francisco Javier Estrada trabajó e implementó un buen número de aparatos que llevaron a San Luis a un plano mundial, aunque sin el reconocimiento necesario.

El crear un escenario propicio para la participación ciudadana en temas científicos, facilitando el debate público, es uno de los retos que persigue el programa de La Ciencia en el Bar en San Luis Potosí.

También lee: La mina vieja, novela histórica de un geólogo potosino | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

Continuar leyendo

#4 Tiempos

Práctica de vuelo | Columna de Julián de la Canal

Publicado hace

el

 

No está a discusión la civilidad del sr. Guillermo Sheridan al denunciar el plagio de la tesis de la sra. Yasmín Esquivel, como tampoco su incivilidad en calidad de presunto aviador, pinchar aquí  y aquí. Si lo primero es loable, lo segundo imputable. La denuncia no ampara la impunidad, pero desde la impunidad reditúa la denuncia. No basta con subrayar que es escritor para justificar una plaza en una institución pública, como no basta con afirmar que la sra. Esquivel es magistrada para exculpar un plagio. La fingida polémica desafía razones de las respectivas defensas que en ningún caso se interesan en aportar verdad al asunto. En realidad, no existe debate: son hechos de naturaleza distinta, ambos reprobables en atención a la higiene social. La sra. Esquivel plagió su tesis de licenciatura por lo que se hace acreedora a sanciones ajustadas a la falta. Si el sr. Sheridan es aviador exige correctivos apegados al reglamento de la Universidad y del Sistema Nacional de Investigadores. Los efectos del affaire Sheridan son nocivos para UNAM y Conacyt porque el trato de favor demerita y agravia a la comunidad académica, a lo que agrega la complicidad de autoridades pasadas y presentes de las respectivas instituciones. Complejo entramado al servicio de un investigador quien compite con trampas y atajos en detrimento de colegas.

La entusiasta defensa del sr. Sheridan se ordena en torno a dos directrices preferentes: “buen escritor” y sentido del humor. Sus valedores argumentan con fervor que es “buen escritor”, olvidando de manera deliberada que también hay matemáticos o plomeros o empresarios o carteros que son buenos escritores y cumplen con sus obligaciones profesionales. El contrato del sr. Sheridan con la UNAM es en calidad de profesor-investigador, no de “buen escritor” aunque se agradece. Sorprende que entre sus fiadores no se incluyan académicos del centro al que está adscrito lo que se asume como acusación de parte. Estridente silencio que expone a consideración el aprecio que merece entre pares. No menos elocuente, la mudez de las autoridades del Instituto de Investigaciones Filológicas habilita doble conjetura: confesión de indecorosa arbitrariedad y reconocimiento del corrupto régimen de excepción. Tampoco lo exonera alegar sentido del humor, del que sin duda hace gala al proclamar apego estricto a la normatividad académica. Habitualmente limitado a la mofa de otros, su humor se reduce a parvedad o patología. Todavía ninguna institución académica contrata a alguien por su sentido del humor, aunque sea abreviado, sino por presunta competencia desplegada en cuatro áreas: clases y dirección de tesis, investigación, extensión, administración. Echar unas risas no se incluye dentro de la nomenclatura, pero se antoja que es atributo aquilatado en lo particular por la claque literaria. Adicta al jolgorio, irrumpe en defensa del humorista portátil apelando a su ingenio. El sr. Sheridan no ingresa de momento las quincenas por sus humoradas, sino presuntamente por cumplir con lo estipulado en protocolos legales, lo que a lo mejor no invita a risa, pero no deja de ser gracioso.

Confortablemente instalado en supuesta impunidad que manipula razones y evidencias, el sr. Sheridan objeta que sus exenciones laborales son aprobadas metódicamente por las autoridades del Instituto de Investigaciones Filológicas. Disimulan uno y otras la violación a los artículos 2 y 61 del Estatuto del Personal Académico, pinchar aquí. Todo indica que es objeto de gratuita deferencia que excede su condición de “buen escritor” puesto que tiene colegas que son “buenos escritores”, que sobrepasa su sentido del humor ya que compañeros lo exhiben más acusado; anomalía a la que permiten una acomodada existencia como “buen escritor” y humorista destacado, excusado de los rigores del oficio. Parece improcedente que se atribuya la defensa de una ética que transgrede a cada oportunidad a no ser que se considere ornato de una parafernalia kitsch. La UNAM se resiste a reparar en una situación abusiva consecuencia de prácticas corruptas que humilla a investigadores comprometidos con la institución, que la respetan en los hechos, que no maniobran a conveniencia. La ejemplaridad de la universidad responde solo a la presión a que la someten medios de comunicación. Las manoseadas integridad y honestidad se aplican en exclusiva a determinadas coyunturas. El deslucido prestigio opera como coartada para el trasiego de presupuestos. En descargo, atendiendo al retrato del mexicano pergeñado por el sr. Sheridan (“el mexicano es por lo general violento, fanático, corrupto, ladrón, caprichoso, temperamental”), su espíritu se expresa con codiciada propiedad como portavoz de la raza.

También lee: Héctor Aguilar Camín, oropel de un pillo | Columna de Julián de la Canal

Continuar leyendo

Opinión