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#4 Tiempos

La raíz de una familia. Entrevista con mi abuelo

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En un viaje de introspección que duró lo que una entrevista, Deborah exterioriza a los lectores una de las relaciones más significativas en su vida

Por: Deborah Chavarría

El combustible de La Orquesta.mx siempre ha sido la vitalidad de los jóvenes periodistas potosinos. Como parte de un ejercicio para dar a conocer su talento, durante las próximas semanas publicaremos entrevistas y crónicas realizadas por los alumnos de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí. Queremos saber cuál es la visión de las chicas y chicos que, desde ya, son responsables de registrar la memoria de nuestra ciudad.

Hacía bastante tiempo que no me sentaba a platicar con mi abuelo, siendo franca no recuerdo la última vez que hablamos más allá de lo necesario. Habíamos acordado vernos en el café Versalles (a un costado de Palacio de Gobierno, en el centro de San Luis Potosí) a las cinco de la tarde; tenía que llegar temprano, pues a don Basilio no le gusta esperar.

Basilio Chavarría, nació el 30 de mayo de 1934 en el seno de una familia que le dio el oficio de carpintero, del que todos los Chavarría (o al menos la mayor parte) han vivido durante ya más de seis décadas.

Al llegar, encontré a mi abuelo sentado en la última mesa leyendo el periódico, con sus lentes enormes (que, cuando era pequeña, me fascinaba usar).

–¡Hija! –Dijo levantándose a darme un abrazo. –¿Cómo has estado?
La calidez de su saludo y la sinceridad de sus abrazos siempre me hicieron sentir en casa, y en últimas ocasiones, me hicieron temerle al tiempo (que por desgracia no se detiene). Noté sus ojos más cansados y sus movimientos más pausados que la última vez que nos vimos.

–¿Está listo para que empiece a preguntarle? – Dije apenas nos sentamos.
–No, ¿cómo crees?, si esto no es interrogatorio, vamos a comer primero.
Supuse que diría eso. Cuando niña me llevaba a ese mismo café cada que podía y comíamos pastel, según él porque toda pena podía curarla el merengue.
–En lo que nos traen la orden ¿por qué no empiezas, hija? –Me dijo con una sonrisa, que no recordaba haber visto hace muchos años. Estaba verdaderamente entusiasmado por la entrevista (tanto que incluso usó su mejor saco); siempre le emocionó ayudarme con encargos de la escuela, y por pequeño que pareciera el suceso, formaba una gran parte de nuestra cercanía abuelo-nieta.

Deborah: Está bien -sonreí- ¿Cómo se recuerda en su infancia?

Basilio: Qué pregunta… mira, era un chamaco como cualquier otro. En aquellos años lo único que me importaba era no perder mis canicas y no hacer enojar a mi papá. No era muy alto, ni muy rápido, ni muy fuerte, ¡pero ah como era listo!, era el más tremendo de todos mis hermanos, con los que había que estarse pelando para todo.

Hizo una pausa, y suspiró.

B: A pesar de nuestras limitaciones era un niño feliz, de verdad. Era una felicidad que no es fácil volver a alcanzar cuando uno se pone viejo y tiene que usar estas cosas. –Tomó sus lentes de la mesa y los guardó en el estuche, dentro de su maletín-.

B: Gran parte de mi infancia, lo que me fue formando desde chiquillo, fueron mis padres. Gracias a ellos mis hermanos y yo podíamos jactarnos de ser “menos peor” que los demás chamacos que conocíamos.

D: ¿A qué edad aprendió el oficio de la carpintería?
B: ¡Uy!, pues desde aquellos entonces; tendría yo unos 12 años cuando mi padre me empezó a llevar al taller. Y no creas, no estuvo fácil. Había veces que teníamos que pasar tardes enteras barnizando o cortando madera. Lo que hacía todo más ameno era que no estaba solo, siempre tuve a mis hermanos y mi padre conmigo.
Llegó la mesera con el café que don Basilio había pedido y mi refresco.
B: Perdón hija, me distraje con el café, ¿qué te estaba diciendo?

D: El taller y sus hermanos, me estaba contando a qué edad aprendió el oficio…
B: ¡Ah!, sí; te decía, no me pesaba porque era con mi familia con quienes trabajaba, y aunque hubiera los típicos roces que se dan en un taller de carpinteros, en donde hay quince pelados trabajando, siempre regresábamos juntos para la casa, donde mi mamá nos tenía listos unos buenos frijolitos y un café calientito. Desde entonces aprendí a trabajar, y supe que la vida se trataba de eso.

D: ¿Trabajo? ¿La vida se trata de trabajo?
B: Sí, definitivamente. Ya te darás cuenta con el tiempo. Uno vive para trabajar, como trabaja para vivir. Con esto no quiero decirte que todo es trabajo, para nada, la vida también se tiene que disfrutar, pero para poder disfrutar, hay que trabajar.
Me resultó curioso que lo dijera, pues es algo que mi padre siempre dice.

B: Ahorita que me preguntaste me acordé de la primera vez que usé barniz. Teníamos que barnizar 4 puertas para una casona de riquillos de aquellos años. Y mi papá nos confió una a mi hermano, Macario, y a mí, nos dijo “Ahí está, pa’ que se ganen unos pesos”. Total, ahí anduvimos un día entero y los otros carpinteros no nos decían nada, los muy méndigos.

Echamos capas y capas de barniz nogal. Para no hacerte el cuento tan largo, mi papá llegó a ver cómo nos estaba yendo, “¡Par de chamacos mensos! ¿No ven que está quedando muy oscuro?”, tremenda regañiza que nos pegó. Todos los demás condenados carpinteros se burlaron de nosotros. Esa vez tuvieron que decirle a la clienta que iba a quedar más oscuro de lo esperado, y gracias a Dios no hubo problema.

D: ¿Y cómo recuerda su juventud?
B: Fue la etapa más hermosa de mi vida. Era muy feliz también, pero de una manera distinta a cuando era niño; esta felicidad la encontraba o la tuve, más bien, en cosas más amargas. Amigos, trabajo, pero principalmente, lo que marcó mi juventud fue una muchacha, Rosa; no te vayas a enojar porque no es tu abuelita.
Sus chistes eran los mismos de siempre, pero, aunque los hubiese escuchado cien veces antes, lograba sacarme una sonrisa.

B: Rosa no me quería para nada, es más, como se suele decir, no quería verme ni en pintura. Resulta ser que mi hermano Macario había pretendido a una prima de Rosa, pero hizo tantas estupideces que hasta a mí me llegó la mancha. Hice lo que pude para que se fijara en mí. Jamás pasó.

D: ¿Cómo era usted en ese entonces?
B: Más listo que cuando chamaco. Estaba en la flor de la juventud, vivo en toda la extensión de la palabra. Me peleaba con todo el que me mirara feo, según yo para hacerme el macho.
-Rió un poco y tomó un sorbo de su café-.

B: No sé qué quería probar con eso.

D: ¿Hubo algún suceso o etapa que marcó su vida?
Don Basilio dejó a un lado su taza, y su semblante cambió. Se puso serio y evitaba mis ojos. No recordaba haber visto a mi abuelo así, quizá porque nuestras conversaciones nunca fueron tan profundas.
B: Si, la botella.

D: ¿Tomaba mucho?
B: Como endemoniado. Agarré el vicio después de casarme con María, cuando nació tu tío Juan. Los carpinteros del taller en el que trabajaba, antes de poner el nuestro en León García, me invitaban casi diario a la cantina. Sentía que la botella me sacaba, aunque fuera un rato de todo aquello, idea que obviamente estaba mal. Era un ambiente muy sórdido.
-La mesera llegó con nuestra orden, y mientras comíamos siguió hablando-.

B: Había mujeres y botellas, otros que también buscaban pleito, robos, y hasta sangre. Una vez, estuve metido en una riña adentro de la cantina; volaron botellas y sillas. Un conocido mío, le decíamos “El Hueso”, salió descalabrado. La verdad es que me acuerdo y me da coraje pensar que estaba tan ciego como para no ver la perdición en la que estaba cayendo. Me da vergüenza hasta acordarme de las veces que María iba por mí en la noche, con el niño en brazos. Era un sinvergüenza.

D: ¿Cómo salió de todo aquello? ¿Cómo dejó el vicio?
B: Con ayuda de Dios, hija. Fue la única manera en la que pude ver que todo lo que estaba haciendo estaba mal, que no me iba a traer más que problemas. En ese momento tu bisabuela me acercó a la iglesia, y María la ayudó.

D: ¿Qué le trajo el acercarse a Dios?
B: Bienestar y bendito sea, trabajo. Tardamos unos años en estabilizarnos, pero no fue nada comparado con lo mucho que habíamos batallado ya. Caían chambitas cada semana, o hasta antes. Pude poner mi taller y me traje a mis primos a trabajar conmigo. Era mi propio patrón y las cosas salían bien. No dejo de agradecerle a Dios por todo lo que me ha dado.

D: ¿Cómo logró mantener a sus siete hijos?
B: La comida nunca faltó, sopita y frijoles siempre hubo. Todo lo demás era reciclable. No comprábamos cosas que no necesitáramos y si a uno ya no le quedaba un pantalón, le quedaba al siguiente.
-Mientras me decía eso, abrió su maletín y sacó un alfajor-.

B: Me acordé que te gustan mucho, y te lo compré.
-Lo tomé y le di la mitad, como acostumbrábamos hacer desde siempre-.

B: Había días en los que me ardía la espalda por el “¿Y ahora cómo le vamos a hacer?”, pero al final siempre salíamos. Y mira, los siete salieron bien, con carreras universitarias. Pienso en eso y sé que todo ese sacrificio valió la pena.

Casi acabábamos nuestra comida, y él me había dicho que tenía que irse temprano para recoger a su esposa (la señora Cande) de la iglesia, ya no quedaba mucho más tiempo.

D: Ya, por último, ¿Ha disfrutado vivir?
B: Definitivamente. Con todo lo que me ha tocado vivir, y lo bendecido que he sido, estoy seguro de que puedo recibir la muerte sin ningún problema. Unos años más no estarían mal, pero si Dios quiere llevarme ahorita, me voy con la certeza de que dejé mi huella en el mundo. Y eso es por lo que vale, valió y valdrá la pena vivir.
Pedimos la cuenta y platicamos un rato más, nimiedades de la vida (la escuela, mi gato, sus gallinas, el próximo cumpleaños de mi tía Nohemí). Iba a pagar mi comida, pero insistió en que él invitaba, “como cuando eras niña” dijo sonriéndome.

De limpiar vidrios a fundar la Facultad de Ciencias Sociales de la UASLP

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#4 Tiempos

Anécdota de un provinciano | Apuntes de Jorge Saldaña

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Apuntes

Hemos sido groseros en las palabras entre nosotros, pero es más por un acto de confianza. Somos muy amigos.

Yo lo conocí por allá en 2004. Éramos compañeros de trabajo, aunque no a los mismos niveles.

Hice un video que lo conmovió y, de ahí para acá, siempre me encarga ese tipo de aventuras audiovisuales aunque, debo confesar, me encantan, pero no me dedico a ellas.

¿Con quien dice que viene?. –Me pregunta una oficial (hermosa por cierto) con un uniforme impecable y quepí de los más nuevos.

Con el Comisionado General Enrique Galindo Ceballos y me está esperando, así que no le haga perder su tiempo. –Le dije de mamón.

Estaba yo en las instalaciones de Constituyentes de la Policía Federal en la capital del país. Mi amigo era “el mero mero”, nadie podía creer que este pobre diablo bajado de la pecera, que se paró del otro lado de la avenidota, tenía cita con el Comisionado General de miles de policías federales en el país y tenía bajo su mando un presupuesto más grande que el gobernador potosino, en ese entonces, Toranzo.

Todo sudoroso y con almohadazo “ETN” ahí llegó el provinciano.

Toda una anécdota. Hasta pasar, inscribirse, caminar por largos jardines, volver a mostrar el INE, ponerse frente a una especie de rayos equis vertical y finalmente quedarse en la sala de espera.

El maestro está ocupado, pero nos solicitó que lo atendieran. ¿Quiere comer o tomar algo? –He de confesar que a mi me urgía un Brandy nada más por la ansiedad) pero pues pueblerino, pedí un agua.

Tres horas para 500 mililitros de H2O. Ni modo, el amigo está ocupado.

Por fin y a punto ya de una pestaña, me habla un oficial y me dice: –¿Es usted el de San Luis?
–Ajá. –Le respondí elocuente.
Pues que el maestro lo atenderá en traslado.
–Ah, ok, ¿y qué hago?
Acompáñeme al helipuerto dos. –Luego supe había cuatro.
–Ajá. –Seguí con mi elocuencia.

¿Es neta? Pensé para mí solito. ¿Me voy a subir a esa madre? ¿Y si se cae? Pueblerino y pobre, pues ¿qué esperaban?

Yo no me hice el espantado y vámonos.

Apenas me saludó mi amigo de la prepa “el Aguacate” (jaja le caga que le digan así) Beto Zavala.

“Súbete pendejo, ¿o te quedas? –Pues ahí va el pendejo.

Platicamos Enrique y yo a través de unos audífonos a pesar de estar a centímetros de distancia. Bajamos y junto a nosotros un “Blackhawk” artillado hasta los dientes.

Cerramos la conversación en la oficina de Galindo y hasta me invitó un sándwich que le preparó quién sabe quién.

Eran los 85 años de la entonces Policía Federal y había que hacer un video.

Fueron tres minutos, me acuerdo, que costaron sangre, sudor y lágrimas por más de dos meses.

Una aventura fantástica aunque ingrata.

Conocí los tres volcanes que tenemos entre México y Veracruz. Carlitos, mi hermano calaca, cayó de nalgas cuando se levantaron al mismo tiempo cinco helicópteros en épocas de Peña Nieto en las instalaciones de allá por Xochimilco. La cámara, pues sabrá Dios.

Gran evento. Presidencial de esos que uno hasta traje compra. Llevé hasta a la esposa bien emperifollada (saludos mi Chany) y perfumada.

¡Eventazo! Aviones, paracaidistas, canciones, condecoraciones, muro de los caídos, arte y pasarela tanto de cadetes como de elementos perfectamente coordinados en movimiento y color.

Carajo, fue un gran evento.

De ese estilo de los que le gustan a Enrique, de los que saludó y presumió e impactó al entonces presidente copetón.

Por si fuera poco, a los pocos meses, el equipo de Enrique atrapó ni más ni menos que al “Chapo”. (Luego les cuento esa con unos tacos).

Anécdotas sobran. Mi video ni siquiera se transmitió por cuestiones técnicas, pero se consignó hasta al primer mandatario que lo vio en traslado a Los Pinos.

–Cabrón te luciste. Ya ni chingas con tu…
Nos interrumpió un invitado de los VIP, que hacía apenas meses le habían matado en un secuestro a su hijo.
–Me recaté, prudente y comencé a decirle a Enrique “si maestro”, que intercambié por pura compostura del “güey cómo andas” (Betty Benavente es testigo del momento aquel).

La plática ofisocial-salutatoria terminó y ya no pude yo comentar más nada. Creo que aquella conversación aún está pendiente.

Hoy Galindo es el alcalde de la capital de San Luis Potosí.

Ayer, se inauguraron los Juegos Latinoamericanos de Policías y Bomberos. Vino la potosina Rosa Icela Rodríguez, buena amiga, a dar por comenzada la justa. Gober y alcalde no dejaron pasar la oportunidad de con ella comentar la situación de esta tierra. Yo no los escuché, pero ojalá hayan logrado acuerdos.

Esos son los eventos que le gusta organizar a Enrique. Son los eventos que, se quiera o no, internacionalmente ya nos distinguen a los potosinos.

Competidores a darle sin miedo. Que no se les vea, como a mí en aquel diciembre, lo pueblerino.

Que venga el mano a mano. Que San Luis vibre una vez más en el continente.

Que el evento no pase desapercibido.

Bienvenidos a todas y todos.

Gracias mi querido amigo.

Atentamente: Jorge Saldaña, el muy herido.

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#4 Tiempos

La conspiración licuado | Apuntes de Jorge Saldaña

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Apuntes

Amigos de los viernes e hijos de las preposadas, una vez más les comparto algunos apuntes de viernes por la tarde, de esos breves, poco cándidos pero muy pecaminosos como para poder platicar por la noche con quién más confianza le tenga, o comparta bajo una felina cobija este frío fin de semana que se avecina.

Que si Mauricio Ramírez Konishi dejó al PRI para irse a Movimiento Ciudadano sería una nota igual o menos importante para los potosinos como el saber que la policía de Beijing compró nuevos helicópteros. ¿Y a nosotros qué?

Que si doña Lidia Argüello declinó a favor de Josefina Salazar para juntas intentar derrotar a Verónica Rodríguez pues…muchas felicidades. ¿En qué beneficia o afecta al resto de los potosinos?

Que si renunció la señora Rocío Cervantes Salgado a su puesto en la ASE… ¿Alguien dejará de pagar la renta o iniciará novenario por el desempleo de la ahora ex funcionaria?

Que si Oscar Valle Portilla está cabildeando en la ciudad de México para ser el sucesor de Sergio Serrano… ¿cómo a cuanta gente le puede importar el asunto?

Que si Sebastián Pérez se está “desmarcando” del Navismo (mejor dicho de Xavier Nava) para emprender nuevos caminos en el horizonte público ¿a cuántos quita el sueño?

Solo uno que otro trasnochado, como quien esto escribe, dio alguna muestra de agravio por que se le entregó el Frente Cívico Potosino a Nava, pero de ahí en fuera la gente anda más preocupada por el precio del Paixtle (¿así se escribe?) para poner el nacimiento que en lo que ocurra o deje de ocurrir en una organización que estaba prácticamente occisa.

Y remato con la aún menos importante: que si Rodolfo Flores (¿quién?) se vendió al mejor postor y salió huyendo con un botín de proyecto de MC que en principio ni era de él… ¿cómo cuántos potosinos saldrán corriendo a comprar Taffil para superar semejante traición?

Apuesto doble a ciegas que nadie en el estado dejará de comerse un buñuelo azucarado por ninguna de las situaciones consignadas aquí arriba pero…

¿Y si todo está conectado? Yo le llamo la “Conspiración Licuado” y le explico por qué:

En la política no hay casualidades, y “donde hay poder, hay resistencia” escribió el calvo francés de Michel Foucault en alguno de sus libros.

Y es que hasta donde yo conozco, el jugo de naranja no se hace solo, ni las gallinas ponen en los árboles, luego entonces si están juntos, no es natural…y se llama licuado, son todos movimientos conectados y controlados para formar una sustancia de oposición potosina rumbo a 2024.

Así es Culto Público, por sórdido y hasta incestuoso que se lea, los protagonistas heridos de la pasada elección y un grupo compacto de amigos ambiciosos están ejecutando una receta para, una vez más, envenenar a los potosinos con polarizaciones e inquinas.

Con la alianza de las señoras Argüello y Salazar, los panistas saben que se están jugando el último movimiento de un “jaque mate” anunciado: si aún juntas pierden, van a desquebrajar el partido, no habrá quien reconozca el triunfo de Verónica Rodríguez y comenzará (de mi se acuerda) un éxodo de figuras que buscarán otra “tierra prometida”.

Si en un acto que hoy por hoy con números en la mano parece de lo más improbable, Josefina Salazar alcanza el triunfo, de cualquier forma el resultado será el mismo porque pondrá a disposición de la “conspiración” el membrete de lo que quede de partido.

La sustancia la aportará la ex titular de la ASE, la misma que no fue capaz de que le aprobaran en el congreso una sola de las cuentas públicas que auditó, la misma que quiso cubrir con una servilleta de papel lo roto que se dejó la vajilla presupuestal en la pasada administración. La misma que dijo que en el gobierno de Xavier Nava, sus lámparas, sus contratos vehiculares y la contratación de cientos de aviadores todo estaba muy bien.

De ella sacarán documentos, armarán expedientes y técnicamente la conspiración se nutrirá de oficios que seguramente en este momento ya están fuera de las oficinas de la ASE y que no usó, como debió hacerlo, cuando así se lo encomendaron los representantes de todos los potosinos.

El vocero, por supuesto, será Xavier Nava, que desde un moribundo Frente Cívico querrá convertirse en el vengador potosino, persiguiendo figuras ficticias desde la comodidad de la mansión, y ocupando su tiempo en mover tres hilos en tres partidos: a Sebastián Pérez cerca de Konishi en MC, a Oscar Valle empujando en Morena y a Josefina flanqueando en el PAN, si no gana Josefina, MC será la “tierra prometida” de la que escribí arriba.

Total que “los mismos de siempre”, ya están partiendo las “naranjas” (con una traición fraguada y desalmada al grupo y proyecto de origen ciudadano y empresarial) y agregando huevos de gallinas viejas en posiciones ídem.

Es la Conspiración Licuado, es un Movimiento Calculado, es la apuesta de una oposición que nace de la herida.

Con razón Juan Carlos Valladares Eichelman los mandó al demonio a todos juntos y formados. Ser parte de una simulación perversa no está dentro de sus planes.

Con razón ya se va del PRI, Cecilia González Gordoa.

Por eso ya Boris no está en el PAN ni salió en la foto con Dante y Ramírez Konishi

Si esa es la oposición, con razón el gobernador tiene todo el sartén por el mango.

¿De veras piensan que nada más ustedes saben hacer licuados?

Me despido y recuerde, Culto Público, que mis fuentes son los confesionarios del Santuario, las peores cantinas de un viejo barrio, un par de palomas mensajeras, una galleta de la suerte y por supuesto uno que otro de los protagonistas de las historias que le comparto.

Hasta la próxima.

Jorge Saldaña, el que prefiere no estudiar a reprobar el primero de Tinder.

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El punto de equilibrio del amor | Columna de Juan Jesús Priego

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En tiempos de la segunda guerra mundial el alimento escaseó por toda Europa. Era natural: si los campesinos habían sido movilizados y los campos bombardeados, ¿qué otra cosa podía hacerse sino racionar la comida y hacer que familias enteras se las arreglasen para vivir con menos de 250 gramos diarios de pan? Pues bien, durante aquellos años terribles, en Francia, una heroica madre de familia, al ver que sus dos hijos crecían anémicos y sin padre (pues, como Mambrú, se había ido a la guerra), tomó una firme determinación: en adelante, toda la comida que recibiera del Estado la daría a sus hijos. Toda. Ella no se quedaría con nada. La mujer había escuchado en alguna parte que la única medida del amor es amar sin medida, y quería poner en práctica tan bello pensamiento. Era su vida o la de los niños, y había que elegir. Sin embargo, conforme pasaron los días, el rostro de la mujer fue adquiriendo tonalidades casi cadavéricas. Ya no se alegraba como antes cuando los hijos comían con ansia los pocos mendrugos de pan que repartía todas las mañanas un hombre uniformado. Ya no se alegraba; antes bien, empezó a experimentar un sentimiento nunca antes sentido, y mucho menos hacia sus pequeños: odio, rencor, ganas de matarlos.

-¡Cómo comen! –gemía la mujer-. ¡Cómo se atragantan! ¡Y lo hacen sin apenas verme, no sea que les vaya a pedir algo! ¿Por qué no me ofrecen aunque sea un poquito? ¡Yo también necesito comer, yo también me puedo morir de hambre! ¿Por qué no me dan siquiera lo que les sobra?

Sí, quería torcerles el pescuezo cuando los veía atragantarse, aunque se reprimía, conformándose con restregarse salvajemente las manos. El suyo era ya un odio demencial, casi diabólico, y si una vecina no hubiera corrido a impedirlo, la madre hubiera acabado ahorcándolos, pues ya se disponía a hacerlo valiéndose de una cuerda…

¿Qué era lo que había pasado con este amor grande y sacrificado? ¿Cómo y por qué un amor así había acabado convirtiéndose en el odio más feroz? Si Carlos G. Vallés hubiera conocido esta historia, seguramente la habría contado en Te quiero, te odio, libro en el que explica que en todo amor, por grande que sea, se agazapan inadvertidas pequeñas dosis de odio. Los sentimientos humanos no son nunca puros –dice el jesuita español-, y allí donde hay odio puede haber también un amor muy bien agazapado, así como es posible que existan resentimientos ocultos allí donde pareciera que no hay más que vida, dulzura y esperanza nuestra. «La mamá quiere con toda el alma a su hijo –escribe-: no hay amor más bello, más puro y sacrificado en esta tierra. Pero un hijo le hace perder la libertad, la juventud: la ata; ella quisiera irse de vacaciones, y no puede; quisiera ir a algún sitio, pero tiene que atenderlo a él… Junto con ese amor inenarrable de cuerpo y alma que siente por esa criatura que ha llevado nueve meses en su seno, siente también resentimiento».

El amor es entrega absoluta, pero también retiene absolutamente; da, pero también quita; acaricia, pero también lastima; y es precisamente  en ese retener, quitar y lastimar que se introduce el odio, aunque sólo sea en pequeñísimas dosis. Al amigo se le quiere -¡cómo no va a querérsele!-, pero se le odia cuando no llama a las 7.56, como prometió hacerlo; cuando se permite un chiste de mal gusto a nuestra costa; cuando se olvida de nosotros por andar a la caza de nuevas amistades; cuando se entremete demasiado en nuestra vida, o bien cuando se entromete demasiado poco. Te quiero, te odio. He aquí la química de los sentimientos humanos. Tal es el motivo por el que Carlos G. Vallés confiesa no despertar a sus amigos ni aun cuando se lo pidan de rodillas: «Yo no despierto a nadie –confiesa serenamete- porque me odian después por despertarlos; aunque me lo agradezcan, el cuerpo está rabioso. Les digo que para eso están los despertadores; que la maquinita cargue con su odio, no yo».

Bien, esta sería la respuesta del padre González Vallés a la pregunta por el odio de aquella madre famélica, aunque un médico quizá pensaría de otra manera. Un médico diría tal vez (como el doctor Paul Chauchard, que es quien cuenta la historia en uno de sus libros) que la respuesta habría que buscarla más bien en la falta de una cierta vitamina necesaria para el organismo.  Sea como sea, una cosa es cierta: el hombre, por más que ame, no puede dejarse morir así como así. Hay que pensar también en uno, aunque sólo sea en breves periodos, aunque sólo sea de manera esporádica. Darlo todo, todo, sin dejar nada para sí, puede ser un bello gesto de generosidad, pero que a la larga corre el riesgo de convertirse en odio, en ganas de torcerle el pescuezo a la misma persona que se ama.

El Papa Benedicto XVI lo dijo con claridad: el que da, también quiere recibir, y si no recibe nunca, se cansa y se va; he aquí cómo lo dijo exactamente en esa encíclica bellísima titulada Deus caritas est: «El hombre no puede vivir exclusivamente del amor oblativo, descendente. No puede dar únicamente y siempre: también desea recibir. Quien quiere dar amor, debe a su vez recibirlo como don» (n. 7).

Hay que amar a los otros como a uno mismo, dice la Escritura santa, pero no más que a uno mismo, ni tampoco menos. Pues si la balanza se inclina hacia acá, el amor deja de existir y se convierte en egoísmo; pero si se carga sólo hacia allá –sólo hacia los otros, como pasó con aquella madre buena pero ingenua- el amor también deja de existir y se convierte en odio.

Sí, el gesto de aquella madre nos parece abnegado y generoso, pero el tiempo reveló que era imprudente. ¿En dónde está el punto de equilibrio del amor? En hacerle caso a Dios y aceptar que tal equilibrio está justamente aquí: en que no debemos pensar sólo en nosotros mismos, pero que tampoco podemos olvidarnos por completo. ¡Todo hubiera acabado bien si la madre, bajando la cabeza, se hubiera sentado a la mesa con sus hijos compartiendo lo poco que tenían! Después de todo, también ella tenía ese modesto derecho. ¿O me equivoco?

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