#4 Tiempos
La muerte del profesor Montag | Columna de Juan Jesús Priego
LETRAS minúsculas
Imagine que está usted enfermo y que ignora la gravedad de su mal. Sus amigos y parientes, para consolarlo, le dicen que no es nada, que todo fuera como eso, que ya verá cómo se pone bueno: en fin, cosas así. Sin embargo, recientemente ha descubierto que su médico, al hablar con sus hijos –con los hijos de usted, claro está- baja mucho la voz y adopta poses misteriosas. Ah, si todo estuviera tan bien como dicen, ¿por qué ese afán de formar conciliábulos detrás de las puertas, por qué esos bisbiseos que, pese a todo, usted alcanza a escuchar? ¿De qué hablan sus parientes, qué se dicen unos a otros? Apenas sale el médico de su habitación –estamos hablando de la suya, no lo olvide-, todos los de la casa empiezan a agruparse en círculos y a decir cosas como en clave, lo cual le da a usted muy mala espina. «¿Es que hay algo que éstos tratan de ocultarme?», se pregunta sin saber qué pensar.
Pero un día de tantos –seguimos con las suposiciones-, hurgando entre los papeles que reposan desordenadamente sobre un viejo escritorio, descubre el siguiente texto redactado nada menos que por su propia esposa: «Después de larga y penosa enfermedad, ha fallecido nuestro amado padre y esposo, el profesor doctor honris causa Wolf-Gerhard Montag». Por supuesto, ese doctor honoris causa del que habla el texto es precisamente usted. Diga la verdad: ¿qué sentiría?
Pues bien, esto fue lo que descubrió un día de 1990 el profesor Wolf-Gerhard Montag en Viaje a Trieste, la novela del escritor alemán Harmut Lange. Mientras se recuperaba de una dolorosa operación y deambulaba sin rumbo por las habitaciones de su casa, el profesor Montag pudo descubrir que los que lo rodeaban, en espera de su muerte, habían tomado ya todas las medidas pertinentes al caso y organizado el funeral.
Piense usted en lo que pudo haber sentido este pobre hombre al leer aquel papel. Como pudo, hizo de tripas corazón y se mantuvo en silencio. Pero he aquí que unos días más tarde descubrió, también en la biblioteca de su casa, este otro texto en forma de carta, listo para ser enviado a algún familiar lejano -por supuesto, también estaba firmado por su señora esposa-: «Ten presente –decía la nota- que cada letra cuesta veinticinco marcos (entonces eran todavía marcos) y que una lápida decente no se obtiene por menos de treinta mil. También habría que pensar si no conviene reducir las esquelas y, por lo menos, eliminar el honoris causa. Aquí cada sílaba resulta cara, y, ¿quién da importancia a semejante título? Además, a la esquela grande del Frankfurter Allgemeine tendría que contribuir toda esa gente, y si nosotros, como tú dices, reunimos treinta y cinco nombres y cada cual paga cien marcos, quedaría cubierta una parte del gasto».
El profesor Montag, al leer aquello, quiso morirse allí mismo, pero no de la enfermedad, sino de la pena. Pero eso no era todo, pues la carta continuaba así: «Esquela/imprenta: 10.000 marcos; entierro/tumba: 8.000 marcos; otros gastos: 3.000 marcos; total: 21.000 marcos». Todo estaba calculado, todo previsto. Lo único que faltaba era la fecha del deceso, pero ésta, claro está, era una de las pocas cosas que no dependía de la familia; no obstante, esposa e hijo se habían apalabrado ya con el dueño de una imprenta de la ciudad y éste se había comprometido solemnemente a tener listas las esquelas para el día en que ellos dijeran y a respetarles el precio establecido de antemano.
¡Qué familia más previsora! Sí, muy previsora, pero la verdad es que el profesor, además de morirse él, quería matarlos a todos. ¡Con qué desparpajo hablaban estos idiotas de marcos, entierros y coronas de flores! Pero no les cuento el final por si alguien, alguna vez, da con un ejemplar de esta novela bella y terrible y se decide a leerla.
¿Qué es lo que nos choca de esta previsión, por qué la sentimos irreverente y fuera de lugar? ¿Qué es lo que en ella nos parece insoportable? ¡Habían matado al profesor antes de tiempo! ¿Es que no era posible un milagro, un giro de esa rueda de la fortuna que es la vida?
Los demás han muerto para nosotros no cuando sabemos que se van a morir –pues esto es algo que de alguna manera todos saben-, sino cuando esperamos su muerte. Es esta espera impaciente la que nos parece intolerable, inhumana, patética.
La muerte, por más que parezca irremediable, para que sea una muerte humana, debe ser siempre inesperada. Se debe querer luchar contra ella, pese a todo; debe siempre sorprendernos y, a ser posible, hacernos llorar. En la historia que acabamos de contar es la aceptación anticipada de ella lo que nos parece trágico.
Desde que leía esta novela –Viaje a Trieste-, pido siempre silencio a los que hablan en torno a las camas de los enfermos graves. De oír alguna palabra inconveniente, de notar algún gesto de previsión, éstos podrían llegar a creer que su familia no sólo sabe algo de su muerte, sino que incluso secretamente la espera. Hay que guardar silencio aun con aquellos que parecen ya no escucharnos. El hombre es un mar, y por más sereno que nos parezca en la superficie, nada sabemos de las corrientes que se agitan en su interior.
Dijo una vez en el transcurso de una conferencia la doctora Elisabeth Kübler-Ross: «En la proximidad de una persona inconsciente no se debe hablar más que de cosas que esta persona pueda escuchar, sea cual fuere su estado. Es triste lo que a veces se dice en presencia de enfermos inconscientes… También es necesario que sepáis que si os acercáis al lecho de vuestro padre o madre moribundos, aunque estén ya en coma profundo, os oyen todo lo que decís, y en ningún caso es tarde para decir lo siento, te amo, o alguna cosa que queráis decirles» (La muerte: un amanecer).
¡Y vaya que esta mujer, que esta doctora sabía de lo que hablaba: había visto morir a 20.000 personas a lo largo de su vida y más de una conclusión había sacado de todo esto!

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El Cronopio
María Luisa Toranzo, pionera del cuento mexicano | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash
EL CRONOPIO
Por: J.R. Martínez/Dr. Flash
En la antología de Liliana Pedroza sobre el cuento mexicano, A Golpe de Linternas, que en su tomo I dedica a las pioneras, se encuentra entre las antologadas la potosina María Luisa Toranzo, que dedicó parte de su vida a la escritura y que fuera figura cultural mexicana. Madre y abuela del filósofo Luis Villoro y el escritor Juan Villoro, respectivamente.
Parte de su obra literaria se recoge en libros como: Azahares, espinas y rosas; Meditaciones, Suegras; Esbozos; Tres Chiquillas; Cuadros de una exposición; Páginas viejas; Charlas con mi hija; Átomos tontos, entre otros. Libros que reflejan su formación en el campo potosino y la época que le tocó vivir, donde impera el existencialismo y la fenomenología, campos que experimentaría posteriormente su hijo Luis Villoro. En su libro de ensayos: Esbozos, que lleva como ensayo central: El dominio de sí mismo, Sophrosyne vs la Hybris, “el dominio de sí mismo” no es una negación de la vida o de los impulsos, sino la condición necesaria para la auténtica libertad. Sin el gobierno de uno mismo, el ser humano queda a merced de fuerzas externas o de impulsos ciegos, perdiendo su autonomía.
María Luisa Toranzo Jordana nació en San Luis Potosí el 13 de marzo de 1890, perteneciente a familia de hacendados, vivió su infancia en la Hacienda de Cerro Prieto en el altiplano potosino, rumbo a Zacatecas, fue hija natural y creció entre libros, estudiando idiomas y cultivando la música tocando el arpa y la mandolina. El movimiento revolucionario le llevó en la adolescencia a radicar en la Ciudad de México, donde la vida placentera se trastocaba y la famosa banda del automóvil gris hacía de las suyas, y que quedó registrada en una de las primeras películas realizadas en México, llamada justo La banda del automóvil gris de 1919 de Enrique Rosas, filmada en los lugares donde pertrecharan sus ataques. En la película aparece la casa Toranzo donde vivió María Luisa en México y donde aparece en escena acechada en el asalto a su casa por tan peculiar banda.
Los acechos no pararon para María Luisa y fue pretendida por un general revolucionario del que logró escapar partiendo a España e instalándose en Barcelona donde se casaría con el médico barcelonés Miguel Villoro Villoro, procreando a tres hijos, entre ellos al filósofo Luis Villoro. Quedaría viuda y al iniciar la guerra civil española regresa a México huyendo de nuevo de la violencia. Se instala por un tiempo en la Hacienda de Cerro Prieto y parte a la Ciudad de México para que sus hijos continuaran sus estudios de formación.
Su familia potosina de abolengo le propició una considerable fortuna que le permitió ir a Barcelona, su abuela paterna Genoveva Peña Santacruz que casó en segundas nupcias con Casimiro Toranzo Ortiz, había sido esposa de Pantaleón Ipiña Eguía, siendo madre de José Encarnación Ipiña Peña.
Su pensamiento que de cierta forma influyera en su hijo Luis Villoro lo destaca en su libro Esbozos: “El dominio de sí mismo sobre la soberbia debe de consistir, no sólo en dominarse ‘delante de la gente’ y en vuestras ‘relaciones sociales’ para que los demás ‘vean’ que sois humildes o sencillos, sino que este dominio sobre vosotros mismos y sobre vuestra soberbia debe ser de tal modo profundo, que no sea un dominio efímero, originado únicamente por el bien parecer; tampoco debe ser un dominio de autosugestión, que sin serlo, os haga creer que ya sois humildes; sino que este dominio de vosotros mismos sobre la soberbia, debe ser una especie de ‘cura’ si queréis lenta y suave, pero sí honda, minuciosa y profunda. El dominio de vosotros mismos debe ser como un cauterio que tienda a curar, aunque sea quemando; a cauterizar, aunque sea con dolor, la llaga de vuestra soberbia, el cáncer de vuestro orgullo”
María Luisa Toranzo fue una mujer de una cultura vasta que participó activamente en la vida intelectual mexicana, aportando una sensibilidad ética que complementaba el rigor lógico de la época. Su enfoque en el “dominio de sí” suele leerse como un puente entre la virtud antigua, la psicología moderna y la abierta espiritualidad. Su nieto Juan Villoro la describe como una mujer que intentaba descifrar los secretos de la convivencia humana.
María Luisa Toranzo Jordana murió en la Ciudad de México a los 78 años de edad, el 2 de abril de 1968.
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Acento Ajeno
Maestría en derechos humanos y la incómoda pregunta | Columna de Haniel Valdés
Por: Haniel Valdés
La comunidad cubana en el exilio, en Estados Unidos y en México, ha escrito en estos días cartas y mensajes dirigidos a la Universidad Autónoma de San Luis Potosí (UASLP). Cuestionan que Gabriela Fernández Álvarez, presentadora del programa oficialista “Con Filo”, haya sido admitida en la Maestría en Derechos Humanos de la UASLP y que hoy esté cursándola en esta ciudad.
Los hechos conocidos son pocos. Su nombre aparece en la lista de la generación 2026-2028. Está en San Luis Potosí. En 2025, durante una gira por España, sostuvo que en Cuba no hay presos políticos. Todo lo demás es una discusión de fondo, y es más incómoda de lo que parece.
“Con Filo” nació en 2021, tras las protestas del 11 de julio, como respuesta de la televisión estatal cubana. Sus defensores dicen que desmiente falsedades. Sus críticos, que en algún punto dejó de desmentir y empezó a ridiculizar a la oposición, dentro y fuera de la isla, y a señalar como “vendepatrias” a quien se fue. Muchos exiliados lo viven como algo personal, porque vieron su rostro en pantalla como blanco de burla por opinar distinto. Esa es la versión de ellos, y es la que han hecho llegar a la UASLP.
Hay una ironía que ellos señalan y que no puedo dejar pasar. Quien llamó traidor al que salió de Cuba pudo salir, viajar y dar charlas en Europa. Pocos cubanos tienen ese privilegio.
La pregunta para México
Aquí es donde el caso deja de ser solo cubano. La universidad pública mexicana, ¿puede negar un lugar por lo que una persona ha dicho en público? Mi respuesta es que no debería. Una maestría en derechos humanos que excluya por opinión traicionaría la materia que enseña. La libertad de expresión protege también a quien piensa lo contrario de lo que a uno le gustaría.
Pero esa respuesta no cierra el tema. Un posgrado no es una tribuna. El objetivo del programa es formar profesionistas críticos y comprometidos con la solución de problemas de derechos humanos, en lo local, en lo nacional y en lo internacional. Y de eso sí podemos preguntar, porque no es lo mismo defender el derecho de alguien a estudiar que ignorar lo que esa persona dijo en pantalla durante años.
Y en México la materia no es teórica. Este es un país con miles de personas desaparecidas, periodistas asesinados y presos que esperan sentencia durante años. Un aula de derechos humanos en San Luis Potosí no es un espacio neutro. Se habla de casos reales, con familias reales.
Lo que corresponde
A la UASLP le corresponde explicar cómo se evalúa a quien aspira a este posgrado y qué responde a las cartas que recibió. Hasta ahora no hay una postura pública de la universidad, y el silencio solo alimenta la sospecha. También corresponde buscar la versión de la estudiante, que no ha respondido a los señalamientos. A ella le corresponde algo más difícil: sentarse en una clase donde se discute lo que defendió negar y escuchar.
Defiendo que se quede. Si la maestría sirve para algo, es para que esas ideas se confronten con argumentos, casos y compañeros que vivieron lo que ella calificó de mentira. Pero defender su derecho a estar no me obliga a fingir que la pregunta no existe.
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El Cronopio
El influyente divulgador de la ciencia, Luis González de Alba | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash
EL CRONOPIO
Uno de los importantes divulgadores científicos de México fue el charquense Luis González de Alba, que emergió como un personaje famoso por su participación en el Comité Nacional de Huelga en el movimiento estudiantil de 1968; compromiso que asumió justo al egresar de la carrera de psicología en la UNAM. Fue aprehendido y recluido en la cárcel de Lecumberri donde inicia su labor literaria al escribir la novela Los Días y los Años. Lo narrado en esta novela fue usado por Elena Poniatowska lo que derivó en un conflicto entre González de Alba y la Poniatowska lo que la llevó a corregir lo dicho en su libro de La Noche de Tlatelolco.
Este lamentable episodio en la historia del México moderno, en el cual tuvo un protagonismo Luis González de Alba, marcó su derrotero profesional, participando en el periodismo y la política, siendo colaborador de los medios de comunicación: Grupo Milenio, Excélsior, Punto, Punto de Partida, Revista de Revistas, Siempre, Unomásuno y Nexos. Participó en la creación del diario La Jornada, de donde sería expulsado en 1997 tras la polémica con Elena Poniatowska.
En La Jornada, iniciaría su aventura como escritor científico en la columna “La Ciencia en la Calle” que atendió durante una década. Continuó su labor como divulgador de la ciencia en una nueva columna en Milenio Diario, que llamó “Se descubrió que…” donde escribía sobre ciencia y temas nacionales. Estas columnas marcan un momento especial en la historia de la divulgación de la ciencia en México, pues entrelazan los temas científicos, que era una de sus pasiones, con los históricos y sociales lo que enriquece el contenido tratado de manera clara y amena.
Esta labor lo llevó a escribir, además de novelas, poesía, ensayos y cuentos, libros de divulgación de la ciencia como La Ciencia, La Calle y Otras Mentiras; El Burro de Sancho y El Gato de Schrödinger: un paseo al trote por cien años de física cuántica y su inesperada relación con la conciencia, donde muestra la relación entre física y sociedad a través de la historia, libros publicados en 1989 y 2001, respectivamente.
Escribió además los libros de divulgación científica: Bases biológicas de la bisexualidad, (1985); La orientación sexual: reflexiones sobre la bisexualidad originaria y la homosexualidad, (2003); Niño o niña. Las diferencias sexuales, (2006), donde refleja y explica las bases científicas sobre la homosexualidad, manifestando su labor como activista gay . Publica además los libros: Maravillas y misterios de la física cuántica: un paseo por la física del siglo XX y su inesperada relación con la conciencia, (2010) y Teoría de los grafos en las ciencias sociales, (1984).
Luis González de Alba nació en Charcas, San Luis Potosí, el 6 de marzo de 1944, donde realizó sus primeros estudios. Del pueblo minero, su familia se traslada a Guadalajara y González de Alba va luego a la Ciudad de México a continuar sus estudios profesionales de psicología en la Universidad Nacional Autónoma de México.
Entre sus actividades destacan la política, el activismo, la literatura y de manera especial su labor como divulgador científico pues se convirtió en uno de los divulgadores más influyentes e importantes del país, sumándose a la lista de divulgadores potosinos que forman parte de lo que llamo la tradición mexicana en divulgación de la ciencia donde se privilegia el compromiso social de la ciencia y su enfoque cultural. Fue un apasionado de los temas de física moderna y del cerebro humano, relación que marca una nueva etapa de estudio para entender la conciencia y la función del hombre en el universo con el desarrollo de la mente.
Luis González de Alba se suicidó el 2 de octubre de 2016, fecha de la conmemoración del 48 aniversario de la masacre de Tlatelolco.

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