octubre 24, 2026

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#4 Tiempos

La irritación del buen samaritano | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas.

 

«Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó». Con estas palabras comienza uno de los relatos más bellos contado por Jesús: la parábola del buen samaritano (Lucas 10,25).

Si se tiene en cuenta que Jerusalén y Jericó estaban situados a una altura sobre el nivel del mar de 900 y 100  metros respectivamente, se comprende que el verbo bajar sea el más adecuado para describir ese trayecto de 27 kilómetros que aquel hombre tuvo que hacer para desplazarse de la primera ciudad a la segunda. Ahora bien, en un punto del camino –como se sabe- fue atacado por unos ladrones «que lo dejaron medio muerto».

Pero hay otra cosa que conviene aclarar aún, y es que bajar, aquí, tiene un sentido simbólico además de físico. Si podemos decirlo así, se trata también de un descenso de tipo religioso o incluso moral. No hay que olvidar que Jerusalén era (y lo es todavía) la Ciudad Santa, mientras que Jericó era una ciudad industrial –por decirlo así- en la que de día y de noche tenían lugar todo tipo de transacciones comerciales y donde la honradez no se hallaba precisamente en su elemento. Lo diremos en pocas palabras: mientras que Jerusalén era la ciudad de los piadosos, Jericó era la ciudad de los negociantes.

En realidad, el sueño de todo judío piadoso era residir en Jerusalén, es decir, en las cercanías del Templo, y cuando esto no era posible se conformaban con pisar sus atrios por lo menos una vez al año. «¡Qué alegría sentí cuando me dijeron: Vamos a la Casa del Señor. Ya están pisando nuestros pies tus umbrales, Jerusalén» (Salmo 121, 1-2). Así cantaban los peregrinos que se encaminaban danzando de júbilo hacia la ciudad y la casa del Todopoderoso; o bien de esta otra manera: «¡Qué deseables son tus moradas, Señor Dios de los ejércitos! Mi alma se consume y anhela los atrios del Señor, mi corazón y mi carne se alegran por el Dios vivo» (Salmo 83, 1-2).

Sin embargo, el hombre de la parábola no subía a Jerusalén, sino que bajaba, alejándose así del lugar donde moraba el Todopoderoso.

Como Jericó, según queda dicho, era una ciudad comercial, los que a ella se dirigían llevaban casi siempre consigo buenas sumas de dinero: tal es el motivo por el que el trayecto estuviera infestado de ladrones y salteadores. Ahora bien, por lo que sabemos, nuestro viajero fue víctima de ellos, quienes lo golpearon dejándolo medio muerto.

Cuando pasa por allí un sacerdote (seguramente en dirección opuesta, es decir, subiendo), lo ve y sigue de largo; un levita hace lo mismo poco después. El único que se detiene para socorrer al herido es un samaritano, o sea, un hereje del que podía esperarse muy poca piedad. Es este hombre quien levanta al herido, lo trepa a su cabalgadura, lo lleva un mesón y dice al encargado: «Ten estos dos denarios para que lo cuides, y, si te falta dinero, a mi regreso te lo pagaré».

¿Por qué no se detuvieron el sacerdote y el levita, si a estos hombres, piadosos por oficio, obligaba más que a nadie la compasión? Una teoría demasiado simplista afirma que tenían mucha prisa, y que por ir a ver a Dios se olvidaron del hombre. Parece muy poco probable que en realidad hubiese sido así. Lo más seguro es que hubieran creído que aquel hombre ya estaba muerto y no quisieron contaminarse; después de todo, en el libro del Levítico

(21,1) hay una mandamiento que dice: «El sacerdote no se contaminará con el cadáver de un pariente, a no ser de pariente próximo: madre, padre, hijo, hija, hermano. Quedaría profanado».

No es pues por maldad por lo que estos hombres se apartaron de aquel prójimo en peligro, sino por exceso de celo en el cumplimiento de la Ley. ¡Ley que, por lo demás, agrupaba otros 612 preceptos más! Y cuando hay tantas cosas que cumplir, ¿cómo no correr el riesgo de olvidar lo principal, es decir, la compasión y la misericordia?

Ahora bien, si en tiempos de Jesús era el exceso de leyes lo que hacía difícil la caridad, hoy en día lo que la dificulta es el exceso de ruido, como se verá a continuación.

En 1975 los psicólogos Kenneth Matthews y Lance Canon realizaron un interesante experimento que los llevó a la siguiente conclusión: «En medio de un alto nivel de ruido la gente se vuelve menos amable y menos dispuesta a ayudarse recíprocamente». El experimento consistió en lo siguiente: «Cuando un estudiante dejaba caer libros en la calle durante un momento de ruido normal (cerca de 50 decibeles), 20 por ciento de los transeúntes que pasaban se detuvieron a ayudar. Cuando el ruido llegaba a 87 decibeles, sólo el 10 por ciento se portaba como buen samaritano».

¿Qué quiere decir esto? Es muy sencillo: que el ruido vuelve a la gente huraña y poco caritativa, y que allí donde el ruido es ensordecedor, la caridad se hace todavía menos efectiva. Tal vez sea por eso que las grandes ciudades nos parecen demasiado hostiles, mientras que el campo nos atrae como un paraíso perdido. ¿No es verdad que aquí la gente aún se sonríe, se saluda y se ayuda?

Ahora bien, ¿significa esto que, ya que el 75 por ciento de la población mundial se ha ido a vivir a las ciudades, la caridad se halla como en vías de extinción? Al parecer, sí.

Aunque siempre habrá, por fortuna, alguien que a pesar del ruido circundante aminore su marcha y haga suya la desgracia del otro. De diez, uno, según el experimento de estos científicos sociales.

¿Pero no fue ese mismo el porcentaje de leprosos que, según el Evangelio, regresaron una vez con Jesús para agradecerle el milagro que les hizo?

Uno de diez. Así fue en tiempos de Jesús, y así sigue siéndolo en nuestros ruidosos tiempos…

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El Cronopio

Leticia Almazán de la Garza, compositora potosina | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

San Luis Potosí ha sido tierra de compositores, donde la música de concierto y las canciones de concierto han sobresalido. Algunos de estos personajes los hemos tratado en esta sección, aunque entre ellos han escaseado las mujeres, en cuanto a composiciones se refiere. Los tiempos cambian al abrirse oportunidades a las damas y, afortunadamente, en este siglo veintiuno podemos contar con algunas compositoras potosinas. Como muestra está el concierto que ofreciera la Orquesta Sinfónica de San Luis Potosí en el mes de marzo pasado donde interpretó, en el marco del Día Internacional de la Mujer, composiciones de autoras potosinas. Entre las compositoras potosinas programadas en el concierto se encontraba Leticia Almazán de la Garza.

Leticia Almazán, al menos fue mencionada en esta columna cuando tratamos el caso de la pianista potosina Malkhut Zavala, quien tiene entre su repertorio obras de Leticia Almazán, quien actualmente es encargada de las Escuelas de Iniciación Artística Asociadas que están asociadas al Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, que a pesar del esfuerzo de sus integrantes ha sido difícil su continuación, como suele suceder con el cambio de administraciones. Leticia Almazán se desempeña como Directora Académica del CEART San Luis.

Entre sus composiciones se encuentra La Noche, obra basada en los poemas de Manuel José Othón, obra con la que obtuvo el premio 20 de noviembre “Julián Carrillo”; la obra se estrenó en 2006, y ha sido poco interpretada, hasta que se armó el concierto de marzo.

A cien años de la muerte de Othón se compone esta obra musical, que da concreción a la obra inconclusa que contemplaran Othón y Carrillo, su conjunción lírica que habían titulado Tetralogía. Una pieza para celebrar el centenario de la Independencia de México que estaría dividida en cuatro partes: Descubrimiento de América, Conquista, Virreinato e Independencia. Así sería una obra que recorrería la historia hispana de México y la construcción de un nuevo país. La muerte sorprendió al poeta y la obra quedó en suspenso; colaboración entre dos grandes figuras potosinas del arte, cuestión ya tratada en muy anterior entrega de esta sección de El Cronopio.

Ahora Leticia Almazán, se basa en la poesía de Othón para crear su obra musical La Noche. Una forma de apreciar el nuevo arte musical potosino de la mano de Leticia Almazán y la poesía del máximo poeta potosino. Por desgracia, es música que no se encuentra grabada por lo que dificulta su difusión, de por sí escasa, en aquellas obras de que se disponen grabaciones.

Leticia Almazán surge, así como una de las mujeres que abren camino en el campo de la composición en San Luis Potosí. Su incursión en esta línea de la composición es alentadora, pues puede sumarse a la escasa pero existente lista de compositoras mexicanas que incursionaron en la música clásica, entre ellas, María Grever, Sofía Cancino de Cuevas, Rosa Guraieb, Consuelo Velázquez, Ángela Peralta, María Teresa Prieto, Alicia Urreta, Guadalupe Olmedo, y ahora la joven compositora potosina Galya Cisneros, por citar algunas.

Leticia Almazán se tituló en la Licenciatura en Composición en la Escuela Estatal de Música en el año 2015, y realizó una Maestría en Administración Pública en la Universidad Latinoamericana.

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Acento Ajeno

Ni Moisés dividió tanto el agua | Columna de Haniel Valdés

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Por: Haniel Valdés

Hoy escribo porque cometí un error. Fui de los periodistas que estuvimos en rueda de prensa con el alcalde de la capital, Enrique Galindo Ceballos, al terminar la Junta de Gobierno con Interapas. El miércoles pasado ofreció declaraciones a medios de prensa que sí acudimos a la cita nocturna y compartió los acuerdos tomados en dicha reunión.

Ahí está mi error: al parecer mis notas no fueron lo suficientemente claras. O quizás solo fue que varios medios salieron a llenar huecos que no había.

Lo interesante de ese encuentro es que se aprobó el plan de estímulos fiscales que se llevará al Congreso del Estado para su aprobación de cara a 2027, donde se aclaró además (y se insistió mucho en eso) que la tarifa de cobro del líquido se mantendría igual que en este año.

Al día siguiente muchos medios ya traían la nota de que aumentaría la tarifa y quién sabe cuántos inventos más de colegas que no estuvieron en la conferencia de prensa y que les pareció divertido el imaginar datos e informar a medias.

Pero lo que más me preocupa no es el ruido que generaron esas notas, sino la incoherencia que se vivió en dicha reunión por parte del síndico y el alcalde de Soledad, así como de Pascual Martínez.

Según informa Galindo, entre las decisiones tomadas, está la de revisar si es posible cumplir con la petición que hizo el gobernador de no cobrar el servicio a adultos mayores. Ni los participantes por Soledad, ni el titular de la CEA, votaron a favor de dicha propuesta. ¿No están de acuerdo con la idea de Gallardo? Es que la primera vez que el gobernador habló sobre el tema, fui muy cuidadoso y me fijé claramente que ambos, Pascual

y Navarro, estaban aplaudiendo esa iniciativa.

La CEA ya es habitual que no aporte a esas reuniones, según Galindo, el titular solo ha ido a tres y no votó en esta última, tampoco dio razones ni propuso algo. Sí, el organismo responsable de la política pública del agua en el Estado no tiene nada que aportar sobre el tema.

Según informó el presidente de la junta, Juan Manuel Navarro sí aportó algo, propuso un estímulo fiscal que también quedó dentro de los acuerdos que se enviaron al Congreso. Ahora, cuando tocó votar, Navarro se abstuvo de hacerlo, ¿no está de acuerdo con una idea que él mismo había planteado? ¿o algo lo hizo cambiar de opinión?

Lo cierto es que mientras la diputada Nancy Jeannine García, presidenta de la Comisión del Agua, llama a no politizar, todos lo continúan haciendo, lo hace el aquaman Gámez Macías, lo hace el alcalde capitalino, lo hace el gobernador del estado, lo hace el alcalde de Soledad y la CEA. Mientras hay cuentas sin pagar, tinacos sin llenar, conductoras sin reparar y rezos por hacer para que El Realito no vuelva a fallar.

“Entonces extendió Moisés su mano sobre el mar, y Jehová hizo que el mar se retirase por recio viento oriental toda aquella noche; y volvió el mar en seco, y las aguas quedaron divididas.” (Éxodo 14:21)

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El Cronopio

María Luisa Toranzo, pionera del cuento mexicano | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

Por: J.R. Martínez/Dr. Flash

En la antología de Liliana Pedroza sobre el cuento mexicano, A Golpe de Linternas, que en su tomo I dedica a las pioneras, se encuentra entre las antologadas la potosina María Luisa Toranzo, que dedicó parte de su vida a la escritura y que fuera figura cultural mexicana. Madre y abuela del filósofo Luis Villoro y el escritor Juan Villoro, respectivamente.

Parte de su obra literaria se recoge en libros como: Azahares, espinas y rosas; Meditaciones, Suegras; Esbozos; Tres Chiquillas; Cuadros de una exposición; Páginas viejas; Charlas con mi hija; Átomos tontos, entre otros. Libros que reflejan su formación en el campo potosino y la época que le tocó vivir, donde impera el existencialismo y la fenomenología, campos que experimentaría posteriormente su hijo Luis Villoro. En su libro de ensayos: Esbozos, que lleva como ensayo central: El dominio de sí mismo, Sophrosyne vs la Hybris, “el dominio de sí mismo” no es una negación de la vida o de los impulsos, sino la condición necesaria para la auténtica libertad. Sin el gobierno de uno mismo, el ser humano queda a merced de fuerzas externas o de impulsos ciegos, perdiendo su autonomía.

María Luisa Toranzo Jordana nació en San Luis Potosí el 13 de marzo de 1890, perteneciente a familia de hacendados, vivió su infancia en la Hacienda de Cerro Prieto en el altiplano potosino, rumbo a Zacatecas, fue hija natural y creció entre libros, estudiando idiomas y cultivando la música tocando el arpa y la mandolina. El movimiento revolucionario le llevó en la adolescencia a radicar en la Ciudad de México, donde la vida placentera se trastocaba y la famosa banda del automóvil gris hacía de las suyas, y que quedó registrada en una de las primeras películas realizadas en México, llamada justo La banda del automóvil gris de 1919 de Enrique Rosas, filmada en los lugares donde pertrecharan sus ataques. En la película aparece la casa Toranzo donde vivió María Luisa en México y donde aparece en escena acechada en el asalto a su casa por tan peculiar banda.

Los acechos no pararon para María Luisa y fue pretendida por un general revolucionario del que logró escapar partiendo a España e instalándose en Barcelona donde se casaría con el médico barcelonés Miguel Villoro Villoro, procreando a tres hijos, entre ellos al filósofo Luis Villoro. Quedaría viuda y al iniciar la guerra civil española regresa a México huyendo de nuevo de la violencia. Se instala por un tiempo en la Hacienda de Cerro Prieto y parte a la Ciudad de México para que sus hijos continuaran sus estudios de formación.

Su familia potosina de abolengo le propició una considerable fortuna que le permitió ir a Barcelona, su abuela paterna Genoveva Peña Santacruz que casó en segundas nupcias con Casimiro Toranzo Ortiz, había sido esposa de Pantaleón Ipiña Eguía, siendo madre de José Encarnación Ipiña Peña.

Su pensamiento que de cierta forma influyera en su hijo Luis Villoro lo destaca en su libro Esbozos: “El dominio de sí mismo sobre la soberbia debe de consistir, no sólo en dominarse ‘delante de la gente’ y en vuestras ‘relaciones sociales’ para que los demás ‘vean’ que sois humildes o sencillos, sino que este dominio sobre vosotros mismos y sobre vuestra soberbia debe ser de tal modo profundo, que no sea un dominio efímero, originado únicamente por el bien parecer; tampoco debe ser un dominio de autosugestión, que sin serlo, os haga creer que ya sois humildes; sino que este dominio de vosotros mismos sobre la soberbia, debe ser una especie de ‘cura’ si queréis lenta y suave, pero sí honda, minuciosa y profunda. El dominio de vosotros mismos debe ser como un cauterio que tienda a curar, aunque sea quemando; a cauterizar, aunque sea con dolor, la llaga de vuestra soberbia, el cáncer de vuestro orgullo”

María Luisa Toranzo fue una mujer de una cultura vasta que participó activamente en la vida intelectual mexicana, aportando una sensibilidad ética que complementaba el rigor lógico de la época. Su enfoque en el “dominio de sí” suele leerse como un puente entre la virtud antigua, la psicología moderna y la abierta espiritualidad. Su nieto Juan Villoro la describe como una mujer que intentaba descifrar los secretos de la convivencia humana.

María Luisa Toranzo Jordana murió en la Ciudad de México a los 78 años de edad, el 2 de abril de 1968.

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