noviembre 28, 2022

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La Conquista: la visión de los vencidos

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La petición de disculpas de AMLO a la Corona española avivó las dudas de los mexicanos sobre sus mismos orígenes

Por El Saxofón

La petición de disculpas que anunció el presidente Andrés Manuel López Obrador al rey de España, por los agravios cometidos durante el periodo de la Conquista de México, es acaso, por la forma en que se dio a conocer y por las reacciones que detonó, el primer traspié del actual presidente de la República.

Tal vez ninguna otra iniciativa de López Obrador enfrentó el rechazo mayoritario y devolvió al mandatario no solo una respuesta rotundamente negativa por parte del país aludido, sino de los propios mexicanos, cuya mayoría consideraron la carta enviada por AMLO al rey Felipe, como un despropósito.

Hay algo que tal vez no está a discusión: López Obrador equivocó las formas. Si se hubiera mantenido en los canales diplomáticos, acaso la solicitud del presidente hubiera prosperado en los casi dos años que restan para la celebración de la culminación de este episodio histórico en 2021, pero el mandatario decidió llevar el tema al debate público, y ello sacó a flote el trauma cultural que llevamos dentro los mexicanos, o incluso, los latinoamericanos.

En teoría, los mexicanos nos enorgullecemos de nuestro pasado indígena, pero en la práctica, nos sentimos más a gusto con la herencia española. ¿Cómo se manifiesta esta inclinación? Muy sencillo: en la discriminación de la que son objeto las personas de tez morena y los integrantes de las etnias.

Los mestizos recibieron, de los españoles ibéricos que se asentaron en el país y de los criollos nacidos en él, la aspiración de “mejorar la raza”, entendiéndose por ello, no el hecho de cultivar las ciencias y las artes, sino simplemente disminuir la pigmentación de la piel en los ciudadanos.

Los indios, como se dio en llamar a los habitantes originales del territorio que luego se llamó América, fueron tenidos entonces, y aún ahora, por bárbaros e ignorantes. Todavía hoy, en pleno siglo XXI, nos sorprende que algún miembro de un pueblo originario destaque en la sociedad occidental, que alcance el éxito o reconocimiento económico, académico o social, puesto que estamos habituados y vemos como algo “normal” su atraso y su ignorancia.

En el debate que ha surgido después de la aventurada petición de López Obrador al Reino de España y al papa Francisco, jefe del Estado Vaticano, incluso los mexicanos le han dado la espalda a López Obrador:

Podemos pasar por alto la reacción de los partidos españoles, que rechazaron de tajo la petición lopezobradorista, incluso el insulto de un novelista como Pérez Reverte que llamó imbécil a AMLO, y sugirió que sea el propio tabasqueño quien pida disculpas por llevar apellidos españoles, lo que sorprende (y no) es el rechazo de los mexicanos.

El diario mexicano El Universal hizo un sondeo, y el 67% de los lectores que lo respondieron, opinó que el rey de España no debe pedir disculpas a México. Solo un 24 por ciento estuvo a favor de la petición de López Obrador. Políticos e intelectuales asumieron también esta posición.  

Apenas algunas voces se levantaron para defender la iniciativa de López Obrador con algo de inteligencia:

Antes que algún periódico mexicano, el diario español El País consignó la opinión de Enrique Márquez, poeta potosino y jefe de la diplomacia cultural mexicana, quien en entrevista matizó la solicitud de López Obrador: Enrique Márquez: “Es mejor la polémica que el olvido”, cabeceó el rotativo ibérico.

La Agencia de Noticias del Estado Mexicano, Notimex, divulgó la opinión del poeta y editor José María Espinasa (descendiente de españoles refugiados en México durante la Guerra Civil) bajo el título Respuesta torpe del Rey de España a AMLO: José María Espinasa. Pocos medios la retomaron.

En cambio, proliferaron opiniones como la de los expresidentes Vicente Fox quien dijo que López Obrador hizo el ridículo ante tal petición; o Felipe Calderón que aseguró que la Conquista está zanjada.

Enrique Márquez fue cauto ante los cuestionamientos de Jorge Morla, colaborador de El País, y reprodujo el discurso presidencial que fundamenta la solicitud:

¿Cree que los mexicanos comparten la idea de López Obrador de que España debe pedir perdón por los abusos de la conquista?

Mire, aquí lo importante es que es una iniciativa que mueve a la polémica, a la inquietud… habría sectores en España y en México que evidentemente preferirían la indiferencia y el olvido a polemizar sobre hechos históricos. Bueno, se van a celebrar los 500 años de la llegada de Hernán Cortés a México. Es una oportunidad para revisar la historia… para reacercarnos. La intención del presidente López Obrador, más allá del texto, es que no caigamos en la indiferencia y el olvido. Esto nos va a permitir reconciliarnos a través de la memoria histórica.

¿Y cree que López Obrador tiene derecho a hacer ese planteamiento?

Claro. El mismo que tuvo Barack Obama en 2016 cuando va a Hiroshima. El mismo que Willy Brandt en el 70 cuando se arrodilla ante el memorial del Holocausto.

Pero esos hechos son más recientes, había víctimas dueñas de un relato. Ahora hablamos de hechos de hace 500 años difíciles de calibrar. Al gobierno español le ha causado un gran malestar. ¿Qué opina de su respuesta?

Bueno, es natural esta inquietud. Estamos un día después de la propuesta, es natural, pero creo que es más importante que se polemice a que se olvide. La relación entre los dos países es fuerte.

En lo personal, ¿cree que este es un tema que la gente de la calle tiene en la cabeza?

La generación última… habría que preguntarle qué opina de la conquista. El propio término, conquista, ¿qué quiere decir a día de hoy? Justamente la celebración de coloquios y discusiones que proponemos en el marco del quinto centenario tienen que ver con documentar el conocimiento a quienes no tienen la cercanía con los hechos. Debemos acudir al expediente histórico para revisarlo y discutirlo. Mejor una polémica que un olvido. Es más sana, y en el caso de España y México siempre nos ha acercado.

Por su parte, José María Espinasa, poeta y editor, fue mucho más enfático:

“Esa reacción no es más que un ejemplo del mal momento por el que pasa la política española; pudo haber hecho lo mismo con más inteligencia, mayor elegancia y mucha profundidad”, dijo el editor y crítico literario a Notimex.

Espinasa es descendiente de inmigrantes que llegaron a México en el exilio español, producto de la Guerra Civil en ese país de 1936 a 1939. Desde su perspectiva, el país ibérico pasa por un momento muy conservador. En ese sentido aseguró que “España está gobernada por la Derecha… y los partidos de Izquierda también son de Derecha”.

Para él la respuesta del gobierno español ha sido torpe, triste y lamentable, e hizo votos porque las autoridades encabezadas por el Rey Felipe VI de España puedan recapacitar y se genere un diálogo sensato, constructivo e inteligente entre ambos países.

Reconoció que si bien la petición del presidente López Obrador pudo ser sorpresiva e intempestiva, lo real es que toca un tema que está presente.

“Han pasado 500 años pero la herida está ahí, y no costaba nada profundizar y pensar en ella, como hicieron con los árabes o los sefaradís, pero el conservadurismo español, en este momento, les impide no digamos pensar bien, simplemente, pensar”.

Explotación

Quienes critican la petición de López Obrador, sostienen que los abusos los cometieron solo los españoles que vinieron a América, pero esto no es tan simple. La guerra de Conquista duró dos años, pero el periodo de dominación se extendió por tres siglos, y es falso que esa dominación y esos agravios solo los hayan ejercido los españoles que vinieron a la Nueva España.

España extenuó la riqueza de América en sus guerras religiosas: “El calvinismo había hecho presa de Holanda, Inglaterra y Francia, y los turcos encarnaban el peligro del retorno de la religión de Alá. El salvacionismo costaba caro: los pocos objetos de oro y plata, maravillas del arte americano, que no llegaban ya fundidos desde México y el Perú, eran rápidamente arrancados de la Casa de Contratación de Sevilla y arrojados a las bocas de los hornos”, relata Eduardo Galeano en “Las venas abiertas de América Latina”, y donde también señala que la monarquía y los capitalistas españoles dilapidaron esa riqueza que fue mal administrada.

Trauma cultural

Octavio Paz, en El Laberinto de la soledad, afirma que no es forzado decir que “la Conquista fue una violación, no solamente en el sentido histórico, sino en la propia carne de las indias.

La Malinche o Doña Marina, como la bautizó Hernán Cortés, “se ha convertido en una figura que representa a las indias, fascinadas, violadas o seducidas por los españoles. Y del mismo modo que el niño no perdona a su madre que lo abandone para ir en busca de su padre, el pueblo mexicano no perdona su traición a la Malinche.

En este sentido sostiene que hay “una voluntad mexicana de vivir cerrados al exterior, (…) pero sobre todo cerrados frente al pasado (…) condenamos nuestro origen y renegamos de nuestro hibridismo. La extraña permanencia de Cortés y la Malinche en la imaginación y la sensibilidad de los mexicanos revela que son algo más que figuras históricas: son símbolos de un conflicto secreto que aún no hemos resuelto. Al repudiar a la malinche (…) el mexicano rompe sus ligas con el pasado, reniega de su origen”.

Más adelante añade: “la tesis hispanista, que nos hace descender de Cortés con excepción de la Malinche es el patrimonio de unos cuantos extravagantes –que ni siquiera son blancos puros-. Y otro tanto se puede decir de la propaganda indigenista, que también está sostenida por criollos y mestizos maniáticos, sin que jamás los indios le hayan prestado atención”.

Dice Paz, “se contempla la Conquista desde la perspectiva indígena o de la española (…) Si México nace en el siglo XVI, hay que convenir que es hijo de una doble violencia imperial y unitaria: la de los aztecas y la de los españoles”.

El Nobel mexicano, señala que “si los españoles no exterminaron a los indios fue porque necesitaban la mano de obra nativa para el cultivo de los grandes feudos y la explotación minera. Los indios eran bienes que no convenía malgastar. Es difícil que a esta consideración se hayan mezclado otras de carácter humanitario. Semejante hipótesis hará sonreír a quien conozca la conducta de los encomenderos con los indígenas”.

Octavio Paz reconoce, como muchos que han salido en defensa de la  –equivocadamente llamada- Madre Patria, que la diferencia de la Nueva España con las colonias sajonas es radical “la Nueva España, -dice- conoció muchos horrores, pero por lo menos ignoró el más grave de ellos: negarle un sitio, así fuera el último en la escala social a los hombres que la componían”.

Con esto se marca la diferencia con las colonias inglesas que exterminaron a los habitantes originarios de las tierras de las cuales se apoderaron o los redujeron a las llamadas “reservas”.

Pero señala que “También es cierto que la superioridad técnica del mundo colonial y la introducción de formas culturales más ricas y complejas que las mesoamericanas no bastan para justificar una época”.

Sin embargo, admite que “la creación de un orden universal, logro extraordinario de la colonia, sí justifica a esa sociedad y la redime de sus limitaciones.

“La gran poesía colonial, el arte barroco, las Leyes de Indias, los cronistas, historiadores y sabios y, en fin, la arquitectura novohispana, en la que todo, aun los frutos fantásticos y los delirios profanos, se armoniza bajo un orden tan riguroso como amplio, no son sino reflejos del equilibrio de una sociedad en la que también todos los hombres y todas las razas encontraban sitio, justificación y sentido”.

No obstante puntualiza: “No pretendo justificar a la sociedad colonial. En rigor, mientras subsista esta o aquella forma de opresión, ninguna sociedad se justifica”.

“Aspiro a comprenderla como una totalidad viva –dice- y, por eso, contradictoria”

“Del mismo modo me niego a ver en los sacrificios humanos de los aztecas una expresión aislada de crueldad sin relación con el resto de esa civilización: la extracción de corazones y las pirámides monumentales, la escultura y el canibalismo ritual, la poesía y la “guerra florida”, la teocracia y los mitos grandiosos son un todo indisoluble.

“Negar esto es tan infantil como negar el arte gótico o a la poesía provenzal en nombre de la situación de los siervos medievales, negar a Esquilo porque había esclavos en Atenas. La historia tiene la realidad atroz de una pesadilla; la grandeza del hombre consiste en hacer obras hermosas y durables con la sustancia real de esa pesadilla.”

Acaso ahí encuentra su base la petición de López Obrador. La Conquista duró dos años, con sus matanzas y crueldades mutuas, pero la colonia se extendió por tres siglos, tres siglos de explotación y no menos barbarie. Quinientos años después, la sociedad que surgió de ese periodo productivo y bárbaro a la vez, no ha resuelto ese trauma cultural.

El juicio moral sobre la Conquista se ha dado en diversos periodos de la historia, con mayor o menor intensidad, aún durante la misma época de la Colonia. Hay, como en toda cuestión humana, argumentos a favor y en contra, pero los papeles son muy claros: España nunca se podría llamar a sí misma, víctima de ese proceso.

Sin embargo, a todas luces el debate que ha surgido recientemente, está marcado por los mismos defectos que provocaron ese choque histórico, la incomprensión y la intolerancia.

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#4 Tiempos

Una historia de derechos humanos | Columna de León García Lam

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VOLUTA

 

Se acerca diciembre, mes en el que evaluamos cuánto de lo propuesto se cumplió. Yo me propuse desde hace meses narrar una historia de lo más sorprendente que me pasó en este 2022.

Comienzo esta narración reconociéndome una capacidad perfeccionada de estar cerca de las situaciones más insospechadas, en vez de verlo como un defecto (una persona bien poco agradable un día me lo reprochó: “León, ¿por qué siempre, siempre te metes en líos?) lo veo con optimismo y poca humildad, como una de mis virtudes más presumibles. Faltaba más: por eso soy antropólogo, documento y registro situaciones sociales y entre más extrañas y peligrosas, mejor.

Sucedió pues de que estaba yo en la Central Camionera de Morelia, el mero Domingo de Pascua, último día de vacaciones de Semana Santa. Sí, el peor día para tomar un autobús de vuelta a casa, al San Luis de las Tunas. Filas y filas de gente desesperada en todas las líneas. Era la época en que el COVID todavía asustaba y las multitudes intentaban guardar infructuosamente su distancia, con su cubrebocas y poniéndose gel en las manos.

En el mostrador de ETN estaban 2 señoritas atendiendo a los pasajeros. Frente al mostrador, en el piso, estaban pegados unos círculos rojos que indicaban el lugar en que cada cliente debía ubicarse. Sin embargo, solo había una fila con 12 personas formadas y el resto de círculos rojos ahí solitos. Pensé en formarme en una fila vacía y ahorrarme unos 20 minutos, pero me pareció extraña la situación y mejor le pregunté a la última persona formada:

  • Disculpe ¿esta es la fila para comprar boletos…?

La señora me miró pensando en lo tonto de la pregunta (“no, es la fila para comprar filetes de pescado”), me respondió un lacónico “sí” y me formé, como el ciudadano obediente y decente que soy. Luego de mí, llegaron otras y otros que hacían la misma pregunta tonta al último formado. Entonces sucedió: un hombre en short y con playera de quien acaba de llegar de la playa observa una fila enorme de 15 personas y toma la decisión de pararse en el primer círculo rojo abandonado.

Tiene razón, pensé. Ahí están las marcas, que claramente tienen el letrero pintado “párese aquí” y espere su turno, pero mi experiencia me hace saber que, aunque una institución ponga reglas, la mejor manera de meterse en problemas es seguir esas reglas, siempre hay que esperar a ver qué pasa. Efectivamente sucedió: cuando el hombre quiso pasar, la señorita le dijo: fórmese en la fila y él respondió, “yo me formé en donde la empresa puso las marcas de las filas”. La señorita se molestó y le ordenó al señor que se formara en la fila de ya 20 personas que veíamos la situación. Como el hombre no se quiso mover de ahí hasta ser atendido, la señorita 2 llamó a la otra señorita 1 para explicar entre las dos que, aunque la empresa puso esas marcas en el piso, no había que hacerles caso: es una trampa para ver quién cae. Luego, llamaron al gerente de ETN, quién creyó que si ponía su semblante más amargado y gritaba iba a poner en su lugar al cliente que estaba cada vez más ofendido.

Aquí es donde intervengo yo: me salgo de la fila y voy y le digo al gerente: “El señor tiene razón, ustedes pusieron esas marcas, yo mismo me hubiera formado, pero se trata de una cuestión cultural, claramente él es extranjero y no tiene por qué saber que en México hay que preguntar en la cola de las filas, por favor atiéndalo ya y ayude a que la fila avance”. Lo más sorprendente del caso fue que el hombre me contradijo hablando un español perfecto: “No, no se trata de una cuestión cultural, sino de educación y de orden, que la empresa respete sus propias reglas”.  Wuao.

¿Cómo supe que era extranjero? Por un detalle que he omitido intencionalmente: el hombre era negro y aquí entró un prejuicio mío, supuse que era extranjero por su piel y que era turista por su atuendo.

Mientras el gerente de ETN gritaba y manoteaba, el señor se recargaba en el mostrador desafiante y tranquilo a la vez. Una señora mayor y de tez blanca se formó en una de las filas vacías e inmediatamente fue llamada al mostrador. Entonces sí, el señor reclamó y argumentó que se trataba de un caso de evidente discriminación racial, a él lo formaban y a la señora la dejaban pasar. El gerente no pudo más y llamó a la policía. Entonces saqué el celular y me puse a grabar, porque pensé que se iban a llevar al señor detenido por formarse en una fila de trampa.

Arribaron corriendo las fuerzas de la policía privada que cuida la Central Camionera (en estos casos, la policía llega bien rápido). El jefe y tres de ellos se fueron contra el señor y otro contra mí por estar grabando. Aquí entran discusiones del tipo “¿qué estás grabando?” “Lo que me da la gana, señor”, “no puedes grabar aquí” “¿por qué no?”, “lo dice el reglamento”, “tráigame el reglamento”. Etc. Hubo un momento de máxima tensión cuando los policías intentaron llevar el conflicto a un terreno físico.

Entonces ocurrió algo muy extraño. Los policías poco a poco se empezaron a retirar y solo quedó el jefe que le ordenó al último guardián del orden que me dejara en paz. Yo estaba a un turno para llegar al mostrador a comprar mis boletos, pero seguí grabando.

El hombre ofendido le reprochaba al jefe policía, dónde estaba su placa y le recordaba todos los artículos del reglamento que estaba incumpliendo. Le pidió ciertos papeles que el policía también incumplió y le advirtió: “tú vas a escribir tu informe y ahí vas a poner que incumpliste este procedimiento, y este y esto más y si no lo pones, yo me voy a encargar de que además seas sancionado por ocultar información, esto que hiciste es muy grave”. El policía se iba haciendo chiquito, chiquito, chiquito. El gerente de ETN desapareció de la escena y la señorita 1 atendió al hombre y le despachó sus boletos.

La señora mayor seguía ahí esperando. ¡Iba en compañía del hombre!

Pero la historia aun no acaba, viene lo mejor.

El señor me pidió mi teléfono para compartir los videos, pues estaba decidido a denunciar formalmente a la empresa ETN y a los policías. Me dijo: “Esto no puede seguir pasando en este país” y nos despedimos. Minutos más tarde, mientras comía una torta deliciosa en un lugar privilegiado (y casi secreto) de la central camionera me llegó un whatsapp de mi nuevo amigo. En su foto aparecía él, de traje, sentado en un escritorio, junto a las banderas de México, de la Comisión Internacional de Derechos Humanos y de la ONU. Lo busqué y resultó que se trataba de un alto comisionado que asesora al Gobierno de Michoacán en este tema de los derechos humanos. ¡ja!

Hace unas semanas recibí un mensaje de él. Me relataba que su denuncia fructificó: la empresa ETN debe solicitar disculpas públicas y desarrollar talleres y cursos para preparar a su personal en Derechos Humanos y evitar a toda costa actos de discriminación. Yo añado: No estaría mal también una asesoría en manejo de las filas de clientes.

Estimadas y cultas lectoras de La Orquesta: este es el mensaje para las empresas y gerentes discriminadores: Nunca saben cuándo están en la mira.  

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#4 Tiempos

La competencia en competencia | Columna de León García Lam

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VOLUTA

Un logro más de este gobierno fue recientemente anunciado por la Secretaría de Educación: no habrá más reprobados, la calificación mínima de cualquier estudiante será 6. En el momento que leí la nota, cruzaron por mi mente tantas noches en vela pensando cómo iba a aprobar el examen de Química Orgánica o el de Biología (una maestra nos obligó a memorizar las tres eras geológicas con sus respectivos períodos y temporalidades) o el de Etimologías (nos obligaban a memorizar los cinco modelos de declinación del latín). Muchos de esos días los viví convencido que no iba a terminar la preparatoria y de que no merecía existir.

En aquel tiempo, la excusa para torturar estudiantes era la competencia, entendida como “la sobrevivencia del más apto”. Se nos atemorizaba, diciéndonos que “allá afuera” en el mundo “real” y no en nuestras vidas de pacotilla, había que competir por todo y sólo el más apto sobrevivía y si se trabajaba tenazmente se podía hasta “triunfar”. Se nos explicaba, ya en tono buena onda, que la verdad de esta postura descansa en la naturaleza: Darwin había descubierto que la evolución se basaba en la competencia entre individuos y especies. El universo entero era una jaula de lucha libre: todos contra todos (o una fiesta de Gobierno del Estado en tiempos de Toranzo). Acto seguido, nos pasaban a la clase de religión y ahí nos explicaban cómo Noé diseñó el arca para que las jirafas no se pelearan con los rinocerontes.

No quiero entretenerla mucho cuestionando estas ideas, pero déjeme separar algunas piedritas de este arroz. La frase de la supervivencia del más apto no fue de Darwin sino de Spencer (Darwin dijo “adaptado” y Spencer dijo “apto”, que no son lo mismo). Si Darwin vio competencia entre especies fue porque su modelo lo tomó del capitalismo bebé, pues cuando Darwin vio las tortugas galápagos no tenía ninguna formación como biólogo, pero sí conocía a Adam Smith y a Thomas Malthus. Siendo estrictos Darwin casi no habló de evolución, sino de origen de las especies y podría decirse que hasta antievolucionista era, en el sentido que Darwin pensaba que cada especie estaba adaptada a su medio ambiente y esto no significaba ser mejor o peor. De hecho, parece que le molestaba la arrogancia del ser humano de sentirse superior al resto de las especies: todos estamos adaptados a nuestras circunstancias y en la naturaleza no hay circunstancias mejores que otras. ¿Entonces la naturaleza está en competencia o no? Pues cada quién ve lo que le conviene, pero en la naturaleza operan otros muchos procesos además de la competencia.

Hasta aquí, estimada y culta lectora de La Orquesta, parece que trato de convencerla de unirse al movimiento contra la competitividad que ha lanzado la SEP, pero nada de eso. Yo me declaro un defensor de la competencia, no por los argumentos evolucionistas, ni por defender al capitalismo transnochado, sino por la simple razón que la competencia genera felicidad y cuando no la hay se reciben amarguras tremendas. Le propongo algunos ejemplos: 

Casi toda persona ha tenido que comer una torta de central camionera. Las venden en localitos ubicados en la zona de andenes, para aquellos pasajeros de paso que tienen 15 minutos antes de abordar su camión. Seguramente son las peores tortas del mundo: insípidas, vacías, con ingredientes de mala calidad ahumados con diesel, preparadas de mala gana y carísimas. Se trata de tortas carentes de competencia. Esos torteros se aprovechan de que sus clientes nunca son los mismos y no hay manera de reclamarles. Quienes hemos pagado $60.00 pesos por una torta de esas es porque el instinto de supervivencia obliga a comer lo que sea antes de morir de hambre.

El segundo ejemplo es el SAT. Si hubiera dos SAT en competencia por captar contribuyentes, el servicio mejoraría muchísimo: imagine que usted llega a las oficinas a preguntar cualquier cosa y lo recibe una chica qué le orienta con amabilidad. “No haga filas, venga a este SAT, su SAT de confianza” o “No permita que lo traten como ganado, aquí todos nuestros contribuyentes son personas”. Sin regaños, sin páginas indescifrables, sin laberintos burocráticos, sin trámites innecesarios. ¡Qué maravilla! Hasta dan ganas de pagar impuestos.

El tercer ejemplo está en la llamada “Liga Mx”. También se trata de un monopolio. Los espectadores no tenemos de otra: vemos un juego del San Luis contra el Puebla o renunciamos a nuestra afición futbolera. Con una tenacidad notable, la Liga Mexicana de Futbol ha logrado lo que parecía imposible: quitarles a los deportistas las ganas de competir. Decisiones como que el último equipo ya no desciende a la liga inferior o limitar el número de jugadores extranjeros dizque para “proteger” al jugador mexicano producen resultados “más peores” que las tortas de la Central Camionera, les faltó decir que, en adelante, ya no habrá equipos perdedores, todos somos ganadores por decreto de la SEP.

Fíjese que, la solidaridad es la competencia de la competencia y también es muy necesaria, pero de eso platicamos otro día.

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#4 Tiempos

La gastroanomia | Columna de León García Lam

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VOLUTA

 

Sí usted me hizo el grandísimo honor de leer la columna pasada, recordará que hablaba del patrianomio. La anomia, le explicaba, es el malestar social, la enfermedad de la cultura, el COVID de las instituciones, que se genera cuando los propósitos no se cumplen. Por ejemplo, si una madre o un padre de familia trabajan mucho, es buscando que a su familia no le falte nada, pero si por este motivo, el padre o la madre trabajan tanto que dejan de atender y estar con sus hijos, pues se echa a perder todo: trabajo, tiempo y familia. El despropósito total.

En nuestro contexto potosino pululan los ejemplos de instituciones anómicas. Lo reto a hallar una institución que cumpla medianamente con el fin para el que fue hecha. Yo solo he dado con una de la que hablaré otro día (10 letras, empieza por T y repite cuatro veces una misma vocal).  Por lo pronto, me vienen a la cabeza hartos recuerdos de casos escandalosos de fiscalías, iglesias, partidos, legislaturas, asociaciones civiles, medios de comunicación y escuelas en donde cunden los despropósitos y los efectos contraproducentes, o sea que logran a cabalidad exactamente lo opuesto de su misión.

Pero de lo que quiero hablar es algo que ocurre a la hora de la comida. Se trata de la pérdida de patrimonio gastronómico, culinario y nutricio que debiera considerarse un rasgo alarmante de nuestra sociedad. Esta reflexión no es mía, sino una argumentación que Miguel Iwadare expone a través de una plática al respecto y que yo tuve la fortuna de organizar para mis estudiantes. Tan impresionado quedé con la propuesta de la gastroanomia que escribí la columna del patrianomio de la vez anterior.

La primera cuestión es que la comida no es simple digestión de nutrientes orgánicos. No se trata solamente de meterse los tamales al cuerpo o de llenar el vacío de las 11.45. Sino que la comida es alimento de significados. Fíjese bien y se dará cuenta que solo Hannibal Lecter cocinaba para sí mismo. Generalmente, cocinamos para los demás: los guisos tienen como remitente a alguien cercano y querido. Cocinar significa querer agradar, cuidar, comer con alguien implica compartir y cada alimento incorpora emociones y significados al cuerpo.

La segunda cuestión es que los saberes y sabores de la cocina de nuestras abuelitas están en riesgo de perderse (si no es que, como en mi caso, ya se los llevó el xoloescuincle del más allá). No sólo eso, también se pierden las maneras de mesa y los valores y significados que la comida transporta de generación en generación. Los valores, no solo se transmiten con regaños y chanclazos, sino sobre todo se pasan a través de la comida. No vaya usted a creer que ese plato que le ponían en la mesa nomás eran fideos … no, se trata de un sofisticado artilugio mediante el cual las madres de familia transmiten valores, reglas y sentimientos:

-Mamá, es que está muy caliente…

– ¡Te lo comes!

Y así, uno aprende a aceptar que lo que hay, es un lujo.

Tampoco piense que esa mesa llena de chavillos gritando y peleándose por la última concha era simple caos cotidiano, sino toda una escuela de convivencia, en donde a punta de zapes, gritos, y llanto con mocos, las personas aprenden a compartir, a respetar y a disentir. Es probable que, en escenarios como estos, en una mesa donde se comparten alimentos, los políticos de antes aprendían a aceptar sus derrotas.

¿Por qué le digo que estamos en medio del apocalipsis gastroanómico?

Porque los sabores y saberes de las cocinas se dejaron de transmitir. El molcajete pasó a ser una licuadora que ya tampoco se usa por falta de tiempo. Los frijoles dejaron de cocerse en la casa y ahora se compran por botes al igual que la salsa. Las tortillas ya ni son de maíz. La mayor porción de alimentos está industrializada y, en el fondo de esto, está el hecho de que muchas personas comen solas. Comer solo, es la peor manera de alimentarse y la mejor manera de agravar los problemas sociales (entre ellos, la salud).

Lo saludable es cocinar y comerlo con las personas que se quiere en la mesa de la casa. Cualquier cosa que sustituya esta tendencia es poner en riesgo nuestro ser social y corporal.

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