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La Conquista: la visión de los vencidos

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La petición de disculpas de AMLO a la Corona española avivó las dudas de los mexicanos sobre sus mismos orígenes

Por El Saxofón

La petición de disculpas que anunció el presidente Andrés Manuel López Obrador al rey de España, por los agravios cometidos durante el periodo de la Conquista de México, es acaso, por la forma en que se dio a conocer y por las reacciones que detonó, el primer traspié del actual presidente de la República.

Tal vez ninguna otra iniciativa de López Obrador enfrentó el rechazo mayoritario y devolvió al mandatario no solo una respuesta rotundamente negativa por parte del país aludido, sino de los propios mexicanos, cuya mayoría consideraron la carta enviada por AMLO al rey Felipe, como un despropósito.

Hay algo que tal vez no está a discusión: López Obrador equivocó las formas. Si se hubiera mantenido en los canales diplomáticos, acaso la solicitud del presidente hubiera prosperado en los casi dos años que restan para la celebración de la culminación de este episodio histórico en 2021, pero el mandatario decidió llevar el tema al debate público, y ello sacó a flote el trauma cultural que llevamos dentro los mexicanos, o incluso, los latinoamericanos.

En teoría, los mexicanos nos enorgullecemos de nuestro pasado indígena, pero en la práctica, nos sentimos más a gusto con la herencia española. ¿Cómo se manifiesta esta inclinación? Muy sencillo: en la discriminación de la que son objeto las personas de tez morena y los integrantes de las etnias.

Los mestizos recibieron, de los españoles ibéricos que se asentaron en el país y de los criollos nacidos en él, la aspiración de “mejorar la raza”, entendiéndose por ello, no el hecho de cultivar las ciencias y las artes, sino simplemente disminuir la pigmentación de la piel en los ciudadanos.

Los indios, como se dio en llamar a los habitantes originales del territorio que luego se llamó América, fueron tenidos entonces, y aún ahora, por bárbaros e ignorantes. Todavía hoy, en pleno siglo XXI, nos sorprende que algún miembro de un pueblo originario destaque en la sociedad occidental, que alcance el éxito o reconocimiento económico, académico o social, puesto que estamos habituados y vemos como algo “normal” su atraso y su ignorancia.

En el debate que ha surgido después de la aventurada petición de López Obrador al Reino de España y al papa Francisco, jefe del Estado Vaticano, incluso los mexicanos le han dado la espalda a López Obrador:

Podemos pasar por alto la reacción de los partidos españoles, que rechazaron de tajo la petición lopezobradorista, incluso el insulto de un novelista como Pérez Reverte que llamó imbécil a AMLO, y sugirió que sea el propio tabasqueño quien pida disculpas por llevar apellidos españoles, lo que sorprende (y no) es el rechazo de los mexicanos.

El diario mexicano El Universal hizo un sondeo, y el 67% de los lectores que lo respondieron, opinó que el rey de España no debe pedir disculpas a México. Solo un 24 por ciento estuvo a favor de la petición de López Obrador. Políticos e intelectuales asumieron también esta posición.  

Apenas algunas voces se levantaron para defender la iniciativa de López Obrador con algo de inteligencia:

Antes que algún periódico mexicano, el diario español El País consignó la opinión de Enrique Márquez, poeta potosino y jefe de la diplomacia cultural mexicana, quien en entrevista matizó la solicitud de López Obrador: Enrique Márquez: “Es mejor la polémica que el olvido”, cabeceó el rotativo ibérico.

La Agencia de Noticias del Estado Mexicano, Notimex, divulgó la opinión del poeta y editor José María Espinasa (descendiente de españoles refugiados en México durante la Guerra Civil) bajo el título Respuesta torpe del Rey de España a AMLO: José María Espinasa. Pocos medios la retomaron.

En cambio, proliferaron opiniones como la de los expresidentes Vicente Fox quien dijo que López Obrador hizo el ridículo ante tal petición; o Felipe Calderón que aseguró que la Conquista está zanjada.

Enrique Márquez fue cauto ante los cuestionamientos de Jorge Morla, colaborador de El País, y reprodujo el discurso presidencial que fundamenta la solicitud:

¿Cree que los mexicanos comparten la idea de López Obrador de que España debe pedir perdón por los abusos de la conquista?

Mire, aquí lo importante es que es una iniciativa que mueve a la polémica, a la inquietud… habría sectores en España y en México que evidentemente preferirían la indiferencia y el olvido a polemizar sobre hechos históricos. Bueno, se van a celebrar los 500 años de la llegada de Hernán Cortés a México. Es una oportunidad para revisar la historia… para reacercarnos. La intención del presidente López Obrador, más allá del texto, es que no caigamos en la indiferencia y el olvido. Esto nos va a permitir reconciliarnos a través de la memoria histórica.

¿Y cree que López Obrador tiene derecho a hacer ese planteamiento?

Claro. El mismo que tuvo Barack Obama en 2016 cuando va a Hiroshima. El mismo que Willy Brandt en el 70 cuando se arrodilla ante el memorial del Holocausto.

Pero esos hechos son más recientes, había víctimas dueñas de un relato. Ahora hablamos de hechos de hace 500 años difíciles de calibrar. Al gobierno español le ha causado un gran malestar. ¿Qué opina de su respuesta?

Bueno, es natural esta inquietud. Estamos un día después de la propuesta, es natural, pero creo que es más importante que se polemice a que se olvide. La relación entre los dos países es fuerte.

En lo personal, ¿cree que este es un tema que la gente de la calle tiene en la cabeza?

La generación última… habría que preguntarle qué opina de la conquista. El propio término, conquista, ¿qué quiere decir a día de hoy? Justamente la celebración de coloquios y discusiones que proponemos en el marco del quinto centenario tienen que ver con documentar el conocimiento a quienes no tienen la cercanía con los hechos. Debemos acudir al expediente histórico para revisarlo y discutirlo. Mejor una polémica que un olvido. Es más sana, y en el caso de España y México siempre nos ha acercado.

Por su parte, José María Espinasa, poeta y editor, fue mucho más enfático:

“Esa reacción no es más que un ejemplo del mal momento por el que pasa la política española; pudo haber hecho lo mismo con más inteligencia, mayor elegancia y mucha profundidad”, dijo el editor y crítico literario a Notimex.

Espinasa es descendiente de inmigrantes que llegaron a México en el exilio español, producto de la Guerra Civil en ese país de 1936 a 1939. Desde su perspectiva, el país ibérico pasa por un momento muy conservador. En ese sentido aseguró que “España está gobernada por la Derecha… y los partidos de Izquierda también son de Derecha”.

Para él la respuesta del gobierno español ha sido torpe, triste y lamentable, e hizo votos porque las autoridades encabezadas por el Rey Felipe VI de España puedan recapacitar y se genere un diálogo sensato, constructivo e inteligente entre ambos países.

Reconoció que si bien la petición del presidente López Obrador pudo ser sorpresiva e intempestiva, lo real es que toca un tema que está presente.

“Han pasado 500 años pero la herida está ahí, y no costaba nada profundizar y pensar en ella, como hicieron con los árabes o los sefaradís, pero el conservadurismo español, en este momento, les impide no digamos pensar bien, simplemente, pensar”.

Explotación

Quienes critican la petición de López Obrador, sostienen que los abusos los cometieron solo los españoles que vinieron a América, pero esto no es tan simple. La guerra de Conquista duró dos años, pero el periodo de dominación se extendió por tres siglos, y es falso que esa dominación y esos agravios solo los hayan ejercido los españoles que vinieron a la Nueva España.

España extenuó la riqueza de América en sus guerras religiosas: “El calvinismo había hecho presa de Holanda, Inglaterra y Francia, y los turcos encarnaban el peligro del retorno de la religión de Alá. El salvacionismo costaba caro: los pocos objetos de oro y plata, maravillas del arte americano, que no llegaban ya fundidos desde México y el Perú, eran rápidamente arrancados de la Casa de Contratación de Sevilla y arrojados a las bocas de los hornos”, relata Eduardo Galeano en “Las venas abiertas de América Latina”, y donde también señala que la monarquía y los capitalistas españoles dilapidaron esa riqueza que fue mal administrada.

Trauma cultural

Octavio Paz, en El Laberinto de la soledad, afirma que no es forzado decir que “la Conquista fue una violación, no solamente en el sentido histórico, sino en la propia carne de las indias.

La Malinche o Doña Marina, como la bautizó Hernán Cortés, “se ha convertido en una figura que representa a las indias, fascinadas, violadas o seducidas por los españoles. Y del mismo modo que el niño no perdona a su madre que lo abandone para ir en busca de su padre, el pueblo mexicano no perdona su traición a la Malinche.

En este sentido sostiene que hay “una voluntad mexicana de vivir cerrados al exterior, (…) pero sobre todo cerrados frente al pasado (…) condenamos nuestro origen y renegamos de nuestro hibridismo. La extraña permanencia de Cortés y la Malinche en la imaginación y la sensibilidad de los mexicanos revela que son algo más que figuras históricas: son símbolos de un conflicto secreto que aún no hemos resuelto. Al repudiar a la malinche (…) el mexicano rompe sus ligas con el pasado, reniega de su origen”.

Más adelante añade: “la tesis hispanista, que nos hace descender de Cortés con excepción de la Malinche es el patrimonio de unos cuantos extravagantes –que ni siquiera son blancos puros-. Y otro tanto se puede decir de la propaganda indigenista, que también está sostenida por criollos y mestizos maniáticos, sin que jamás los indios le hayan prestado atención”.

Dice Paz, “se contempla la Conquista desde la perspectiva indígena o de la española (…) Si México nace en el siglo XVI, hay que convenir que es hijo de una doble violencia imperial y unitaria: la de los aztecas y la de los españoles”.

El Nobel mexicano, señala que “si los españoles no exterminaron a los indios fue porque necesitaban la mano de obra nativa para el cultivo de los grandes feudos y la explotación minera. Los indios eran bienes que no convenía malgastar. Es difícil que a esta consideración se hayan mezclado otras de carácter humanitario. Semejante hipótesis hará sonreír a quien conozca la conducta de los encomenderos con los indígenas”.

Octavio Paz reconoce, como muchos que han salido en defensa de la  –equivocadamente llamada- Madre Patria, que la diferencia de la Nueva España con las colonias sajonas es radical “la Nueva España, -dice- conoció muchos horrores, pero por lo menos ignoró el más grave de ellos: negarle un sitio, así fuera el último en la escala social a los hombres que la componían”.

Con esto se marca la diferencia con las colonias inglesas que exterminaron a los habitantes originarios de las tierras de las cuales se apoderaron o los redujeron a las llamadas “reservas”.

Pero señala que “También es cierto que la superioridad técnica del mundo colonial y la introducción de formas culturales más ricas y complejas que las mesoamericanas no bastan para justificar una época”.

Sin embargo, admite que “la creación de un orden universal, logro extraordinario de la colonia, sí justifica a esa sociedad y la redime de sus limitaciones.

“La gran poesía colonial, el arte barroco, las Leyes de Indias, los cronistas, historiadores y sabios y, en fin, la arquitectura novohispana, en la que todo, aun los frutos fantásticos y los delirios profanos, se armoniza bajo un orden tan riguroso como amplio, no son sino reflejos del equilibrio de una sociedad en la que también todos los hombres y todas las razas encontraban sitio, justificación y sentido”.

No obstante puntualiza: “No pretendo justificar a la sociedad colonial. En rigor, mientras subsista esta o aquella forma de opresión, ninguna sociedad se justifica”.

“Aspiro a comprenderla como una totalidad viva –dice- y, por eso, contradictoria”

“Del mismo modo me niego a ver en los sacrificios humanos de los aztecas una expresión aislada de crueldad sin relación con el resto de esa civilización: la extracción de corazones y las pirámides monumentales, la escultura y el canibalismo ritual, la poesía y la “guerra florida”, la teocracia y los mitos grandiosos son un todo indisoluble.

“Negar esto es tan infantil como negar el arte gótico o a la poesía provenzal en nombre de la situación de los siervos medievales, negar a Esquilo porque había esclavos en Atenas. La historia tiene la realidad atroz de una pesadilla; la grandeza del hombre consiste en hacer obras hermosas y durables con la sustancia real de esa pesadilla.”

Acaso ahí encuentra su base la petición de López Obrador. La Conquista duró dos años, con sus matanzas y crueldades mutuas, pero la colonia se extendió por tres siglos, tres siglos de explotación y no menos barbarie. Quinientos años después, la sociedad que surgió de ese periodo productivo y bárbaro a la vez, no ha resuelto ese trauma cultural.

El juicio moral sobre la Conquista se ha dado en diversos periodos de la historia, con mayor o menor intensidad, aún durante la misma época de la Colonia. Hay, como en toda cuestión humana, argumentos a favor y en contra, pero los papeles son muy claros: España nunca se podría llamar a sí misma, víctima de ese proceso.

Sin embargo, a todas luces el debate que ha surgido recientemente, está marcado por los mismos defectos que provocaron ese choque histórico, la incomprensión y la intolerancia.

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El primer ser que pudo volar

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Después de casi un año, hemos interceptado una nueva carta de Eugen Blitz Zepief. Domie Vorti C. :

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La divina gracia de abrir puertas | Columna de León García Lam

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VOLUTA.

 

Los cerrajeros pertenecen, con los mecánicos, los vulcanizadores, los médicos y los abogados, al conjunto de oficios que se ganan la vida sacando de apuros a las personas. A todos nos ha pasado que, por una razón o por otra, no podemos abrir una puerta, porque se nos pierden o se nos olvidan las mugres llaves. Con inocencia intentamos forzar inútilmente la cerradura hasta que, con resignación se solicita la intervención del especialista que, empleando unos fierritos con artes misteriosas, convence al cerraje de abrirse. Tan útil es que se nos abra una puerta, que decidí, querido y culto público de La Orquesta, dedicar esta columna a los cerrajeros, a las puertas y al dilema de abrirlas o cerrarlas.

Primero, para valorar aun más a quienes abren puertas, le sugiero empezar por las antípodas de la cerrajería, es decir por aquellos especialistas en impedir el paso. Los más comunes: policías, secretarias o ventanillas que le preguntan a uno la razón por la que se visita un lugar. Cuando se desea ingresar a un lugar se requiere del visto bueno del portero, luego se pasa a escribir en un diario el nombre, la fecha, la hora y el “asunto”. Hoy día ya no se puede visitar un lugar (aunque sea público) nada más porque a uno le dio la gana y sin una buena excusa. La burocracia moderna organiza la obstaculización del espacio en círculos concéntricos, como un infierno dantesco: después del portero siguen ventanillas, escritorios, señoritas, asistentes, auxiliares, encargados de despacho, cuya principal función es la de obstaculizar lo más posible el acceso a los funcionarios que pueden solucionar los problemas.

La sistematización de la atención al público es llevar el infierno burocrático a otro nivel. Consiste en que, en vez de cerrar la puerta, el “sistema” ingresa a un ciudadano, derechohabiente o usuario a un laberinto angustiante para convencerlo de que su problema no tiene solución. Se marca un número telefónico, responde una máquina parlante que ofrece opciones y más opciones dentro de las opciones que no llevan a ningún lugar, hasta que el usuario cansado de ingresar los 16 dígitos de su cuenta y sin cabellos qué arrancarse, cobra consciencia de que la única solución posible es aceptar a Dios como el salvador de su alma miserable.

Culto público de La Orquesta, hay otra clase de obstáculos modernos que se han inventado para impedir el ingreso a los nuevos espacios residenciales, cuyo sistema se basa en la discriminación, el clasismo y el racismo con tan poco apego a la Constitución, que lo dejaré para otra columna. También cabrían aquí, los hoteles que impiden el disfrute de las playas nacionales y esos grupos amafiados de artistas, deportistas o académicos que cierran las puertas desde dentro de las instituciones para impedir el acceso de los demás: efectivamente, los cotos en la vida pública son miserables.

Consideremos ahora que, los próceres fueron esa clase de personas que lograron abrir puertas no solo para ellos, sino para todos los demás. Así me da por pensar en don Ponciano Arriaga, quien abrió las puertas de la justicia proponiendo el derecho de amparo, en don José María Morelos quién nos abrió la puerta de este lugar que hoy seguimos llamando “Nuestra Nación”. En Francisco I. Madero y en todos aquellos que abrieron las puertas de la democracia.

Cristóbal Colón, ese navegante genovés, abrió las puertas más grandes del mundo, las del Océano Atlántico y con ese suceso histórico que inició un 3 de agosto en el puerto de Palos y terminó el 12 de octubre de 1492 en las actuales Bahamas, recordamos y celebramos que nos conocimos y reconocimos las naciones de aquí y las de allá, con heridas profundas y dolores (como el esclavismo y la colonia) pero también con gozos y bienes muchos. Tenga usted un feliz día del encuentro de dos mundos como lo llamó el Dr. Miguel León Portilla o de la invención de América como lo cuestionó Edmundo O’Gorman.

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Esa delgada línea | Un texto de Eduardo L. Marceleño

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Gun, Andy Warhol

Dicen que estamos condenados. Lo saben, por eso lo dicen. Las generaciones, también aseguran, ellos, los que por sentado nos han condenado, tienden a repetirse. Hay aciertos y hay errores, pero ni unos ni los otros tendrían a qué repetirse, reproducirse, entre nosotros, los nuevos, o aun peor, con aquellos, los que vienen.

Que ellos hayan tenido una vida de mierda no confirma que la nuestra sea, de igual forma, una mierda. Subsistimos gracias a una suerte de milagros. No es que yo sea un hombre de fe, nunca lo he sido. Pero no hay otra forma de ver las cosas, o de equilibrarlas, que atribuyendo la existencia a una suerte de milagros.

Me gusta la farándula y los coffeebreaks, esos donde las reporteras van de falda corta y clavan su mirada en mi entrepierna. Un consultor de la arena pública como yo sabe que la prensa no es sino una trampa de grotescas formas, y como tal está puesta a cazar a quien sea que se distraiga. Me dedico a abrir el camino, a quitar lo que estorba. Aquí y en todo el mundo siempre se juega al cazador y la presa. No se sabe a simple vista quién es quién en este juego. Cada cual asume el rol que quiere, a sabiendas, desde luego, que si se ha equivocado en escoger, el resultado, no por esperado, será menos doloroso.

Lo disfruto. Eso, la farándula y sus obscenas formas de conducirse, las minis dejando entrever los calzones de las reporteras y el animal dispuesto tras mi pantalón. Mientras pueda, siempre veré por ser el cazador, nunca la presa.

Las barras de los bares están hechas para tipos solitarios, las hacen muy resistentes para que el peso de los infelices no las eche abajo. Las culpas ahí se reposan, diluyen, refrescan. Somos varios solitarios en esta barra. Aquí mi única cosa es quedarme callado, me meto de lleno en el silencio. Meto la cabeza hasta el fondo de mi cerveza. Me siento tranquilo.

Tengo varias decenas de empleados comiendo de mi mano. Comen de mi talento, de mi carisma. Si me lo propongo, me doy a desear como un objeto inalcanzable, es decir, no como el príncipe y su riqueza, sino como el genio que vuelve príncipe al mendigo. Mis clientes, que no se andan a las inesperadas, sino que se saben a las inmediatas, ven en mí a un eficaz administrador del peligro, un calculador de riesgos políticos. Me pagan bien, no me quejo.

Para todos los demás soy como un Cristo, saben respetar. Mis empleados, a menudo gente motivada por la esperanza de trepar a uno, dos, tres, cuatro, o cinco escalones, me ven aún más grande. Por lo demás, a mí me viene estupendo aquello de la esperanza. Aunque de vez en cuando, si yo quiero que todos callen, me convierto en el dueño de su silencio, y ahí nada de esperanzas imbéciles ni de compasivas atenciones. Es por el bien de todos.

Por estos días un hombre me ofreció un arma. Me compré un arma. Hay mucha mierda junta a mi redonda, muchos hijos de puta sueltos. Vaya a saberse si a las tantas de mi continuo éxito alguno que otro perturbado quiera matarme. La posibilidad de que al menos uno de tantos locos entre en mi casa de noche es real. Vienen a lanzarse a matarme sin más. Toda aquella mierda junta en contra mía. Mi asesino, algún enfermo de rabia, odio y derrota, aguarda en silencio, recorre los pasillos de mis oficinas, merodea esperando el momento, creyéndose así el cazador de este juego.

El arma es preciosa, un ejemplar italiano de locura. Es de un brillante color metálico; un trozo de acero que en otro tiempo hubo sido un simpático soldadito de juguete, fundido tras la prohibición del plomo y hecho arma. Si estos fierros no hubieran sido fabricados para matar, hubieran funcionado para jugar. A veces cualquier cosa, en cualquier momento, se convierte en el artefacto de entretenimiento que estabas buscando. A qué negar, en cambio, que si no la hubiese comprado loco de paranoia, la habría encontrado para jugar en contra mía, o a favor mía, da lo mismo.

A poco que puede, la belleza del arma se marcha para volverse una constante obsesión con la muerte. Crece el deseo de utilizar sus fines en mi contra.

Olvidadas ya las primeras impresiones de su compra, su precioso color metálico se volvió opaco, de una consistencia absoluta, un pedazo de plomo hecho a la medida de la tapa de mis sesos.

El hombre del puesto de café tiene unas manos enormes. También sirve jugos de frutas. Con una sola mano puede exprimirle el jugo a dos mitades de una naranja de buen tamaño. Con la otra mano sostiene el colador. Ambas manazas podrían arrancarte la cabeza del cuerpo. Me pregunta: –Chico, ¿cómo has llegado tan lejos? Eres muy joven.

He llegado hasta aquí gracias a la mezcla de ignorancia, inconsciencia y buena suerte. Hay que confiar más seguido en la suerte. Así que siga confiando en que no viviré más allá de los 40, sólo los tontos viven tanto, y los tontos casi siempre carecen de buena suerte.

Le respondo al señor de las manos grandes: “soy un chico con mucha suerte”.

Hay una delgada línea entre estar en el abismo y perseguir culos dispuestos de chicas interesadas.

Entrar en el bar y sentarse a cantar las canciones de la rocola con mi cerveza o acariciar el arma a solas en mi casa. Tratar bien al empleado para que me sonría una vez o tratarlo mal para que me sonría siempre. Café o jugo de naranja. Políticos o señores de puestos de cafés con manos que destrozan cabezas. Demasiado jóvenes o suficientemente viejos para el trabajo. Enfermos o sanos.

Toda la buena suerte del mundo o toda la esperanza de quienes no tienen nada suerte.

Ema es la reportera de un portal mediocre de noticias, pero tiene las mejores tetas que yo haya visto nunca. Tienen la forma perfecta de una gota de agua. Seguido se pasea por mis oficinas, va a limosnear uno que otro dato que pueda servirle, a veces le paso unos muy buenos a través de mis empleados.

Hace poco Ema se enojó conmigo. Después de tirármela, me dijo: “Yo solo hago este tipo de trabajos por amor”. Ema no me cobra una tarifa, nunca lo hace, pero esta vez habló sobre trabajo y amor. Saqué unos billetes del pantalón y se los di con mucha amabilidad. Entonces se enojó, me dejó con los billetes en la mano y se largó.

La vi el lunes siguiente, no hablamos, nunca hablamos en las áreas de trabajo. El miércoles siguiente alguien me informa que ella formalizó con uno de mis empleados. Pobre Ema, hubiera escogido quedarse con mis billetes, de lejos le hubiera ido mejor.

Cuando yo era pequeño mi padre me dijo: “Escucha bien, Christopher, nunca confíes en las mujeres, porque lo mismo ellas no confiarán en ti nunca, y te va a doler mucho cuando te des cuenta”. Mi papá era un fracasado, pero sospecho que los fracasados a menudo tienen la razón. Era un buen hombre mi padre, un día me dijo aquello de las mujeres y luego se lanzó de un puente por encima de una corriente de autos que iban a toda velocidad. Dejó su cuerpo esparcido en la avenida, como mantequilla sobre un pan.

Qué buena vida se pegan los artistas. Los que cantan o actúan en grandes producciones, esos que tienen la posibilidad de hacer lo que quieran, los que no conviven con la porquería tan de cerca. Me puse a ver videos en YouTube, di con una entrevista a C. Tangana. Se dice artista y lo mismo le da cantar que pintar, que actuar o cagarse en Las Cibeles. Envidia de la buena. Envida de la buena ser libre y tener billetes para cagarse en Las Cibeles o pagar para ver llorar a Cher.

Qué preciosa pistola, es de acero. Miro en mi clóset y descubro que tengo más de seiscientas corbatas, en su mayoría azules. Las hay desde azul marino hasta azul turquesa, pasando por toda su infinita gama de azules. Juntas hacen una sinfonía de azules, cantan como sirenas tristes alguna canción sobre el éxito y la buena vida. La pistola está guardada en el clóset, tengo las municiones listas.

De pronto se aparece el tipo del puesto de café con sus manazas haciendo malabares con diez naranjas grandes y me pregunta: “Chico, ¿cómo es que sabes exactamente que tienes esa cantidad de corbatas?”

No sé qué decirle, hace unos malabares estupendos. Me quedo en silencio viendo el espectáculo de naranjas. Luego le pregunto: “¿Cómo es que puede hacer eso? ¿Alguna vez le ha arrancado la cabeza a alguien?” Escojo una corbata, acaricio la pistola. Estoy impecable, mis zapatos siempre están perfectos. Salgo en mi carro a toda velocidad, brilla su lujo por donde le mires. Hoy es día de farándula y coffeebreaks, de reporteras interesadas en lo que sea que pueda yo darles a cambio de sus culos. Hay una delgada línea que me separa de los culos y las municiones, de la vida de mierda y la muerte tranquila. Por ahora, decido quedarme.

Imagen: Gun, Andy Warhol

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