#4 TiemposColumna de Enrique Domínguez Gutiérrez

La bipolaridad de los conservadores | Columna de Enrique Domínguez

Cuentas claras


Antes se burlaban de AMLO cuando se autoproclamó presidente ante un fraude colosal, ahora aceptan a Juan Guaidó como presidente de Venezuela.

Piden que el ahora presidente Andrés Manuel reconozca a un presidente espurio, como en su momento lo fue Felipe Calderón.

Reconocer a Guaidó es quebrantar la ley de acuerdo al artículo 89 cuya fracción X establece: la autodeterminación de los pueblos, la no intervención y la solución pacífica de controversias.

Critican a un supuesto “dictador” pero idolatran a Porfirio Díaz, quien permaneció en el poder 34 años con el denuesto de Benito Juárez.

Alaban el intervencionismo de USA en Venezuela y apoyan a Trump. Hace dos años todos despotricaban en contra de él, critican la inmigración centroamericana y furibundos reclamaban los señalamientos de Trump hacia los mexicanos.

Se corta el suministro de combustible y reaccionan enfurecidos argumentando falta de estrategia y logística; exigen la apertura de ductos. Días después se da una desafortunada explosión y mueren más de 100 personas, cuestionan al gobierno y lo responsabilizan. Aquellos que establecían antipatía por aquellas personas pobres, jodidas y sin estudio, que pedían a gritos su detención, ahora eran inocentes y víctimas del gobierno actual.

Detestan e impera la rabia con respecto a la cancelación del NAIM usando métricas sesgadas o “a modo” para determinar las pérdidas y lo que se dejará de ganar, pero ignoran o hacen mutis de la corrupción en su diseño y construcción. Ignoran también que el real coraje de los oligarcas y empresarios es por la adquisición de los terrenos aledaños a precio de burla y esperaban que una vez concluida la obra su inversión aumentaría al 2000 por ciento. Difícilmente se darán cuenta que el lugar no era el idóneo ni la afectación ecológica ni el desplazamiento de las comunidades.

Ignoran también que la viabilidad para la operación del aeropuerto de Santa Lucía se había estudiado desde los años ochenta.

Se proyecta el Tren Maya, lo cuestionan y argumentan el daño a los árboles y la deforestación, imploran ser escuchados sintiéndose mayoría, pero ignoran que son minoría.

No cabe duda que la mente conservadora desea con vehemencia un estilo monárquico, de apariencias y frivolidades, aman a las personas «guapas», rinden pleitesía al pudiente, quieren poseer un aeropuerto de primer mundo, aunque su pensamiento sea de quinto mundo. Añoran a los expresidentes, incluso los defienden, piden nombres de los responsables de la corrupción, se dan los nombres y ¿su reacción? acusan de señalamientos injustos.

Es necesario estudiar en el extranjero, ser “guapo”, tener apellidos ilustres o de abolengo, aman el sectarismo, aman la parafernalia y la sofisticación, se dicen “niños y niñas bien”, el tono despectivo impera en aquellos que piensan de manera distinta, la peor ofensa atribuible al “ofensor” es menospreciar estableciendo calificativos que pueden variar en jerarquización, pero, por lo general son alusivos al color de piel, la posición económica, su manera de hablar, su modo de vestir y el efímero pero emblemático distingo a su “éxito personal”. El egoísmo es una constante, se creen proveedores de quienes son beneficiados con programas asistenciales, argumentando que “ellos sí pagan sus impuestos” pero no ven hacia arriba y establecen en esa nula sensibilidad que los más poderosos se les condonan los impuestos, reclaman los recortes en las estancias infantiles, pero evaden recordar que esas partidas destinadas a su mantenimiento llegaban “mochadas” a su destino a lugares ficticios y con niños “fantasma”.

A mucho orgullo anteponen el neoliberalismo aplaudiendo la privatización y el increíble ascenso en el enriquecimiento de una minoría, sienten orgullo de tener a uno de los hombres más ricos del mundo, reaccionan de manera energúmena cuando ven a alguien que no coincide a su limitada percepción del prójimo en un sitio frecuentado solo por ellos, como bien puede ser un restaurant, un club, una sala priority, un almacén con artículos de lujo o simplemente un viaje en primera clase.

Piensan que una persona con pensamientos liberales, progresistas o de izquierda es por ende un comunista austero en su gasto y no merece esos sitios donde el conservadurismo se pavonea y se regodea en su propia mezquindad.

Joseph Stiglitz denominó al Neoliberalismo como «fundamentalismo del libre mercado», ya que es una ideología que sirve a los intereses de una minoría saltándose los controles y el funcionamiento de las democracias.

No cabe duda que la oposición conservadora no acepta la derrota y ve con beneplácito los tropiezos, alaba a quien crítica de manera disparatada y señala errores del actual gobierno. Eso sí, tienen una buena capacidad para hacerse escuchar, sin embargo, el resultado es el aumento de popularidad del actual gobierno. Realmente es paradójico: a mayor ataque, hay una mayor aceptación de aquello que tanto detestan. Eso, de alguna manera es el deseo de los mediocres y que siga prevaleciendo la existencia de comunicadores corrompidos con un cañonazo de billetes.


enry001@hotmail.com

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